Decimonoveno día de cuarentena.
Estos día dan mucho para pensar. Redescubrir el placer de tumbarse en el sofá o
la cama, bocarriba, y mirar el techo mientras dejamos que los pensamientos y
las ideas vayan y vengan, hasta que los vamos ordenando y empezamos a
reflexionar sobre esto y aquello. Es muy sano, porque acabamos quitando el
trigo de la paja, expulsando el ronroneo constante que nada aporta a la
solución del problema o que solo tiene por fin aprovecharse de la situación.
Es curioso, que de repente salgan
sindicatos, denunciando a las administraciones por incumplimiento de la Ley de
Riesgos Laborales, algo que no hacían hace dos meses, con unos datos de
siniestralidad laboral de asustar (695 muertos el año pasado y 635.000
accidentes; aquí no entran los datos de enfermedades por causa del trabajo).
Una posición absolutamente ventajista, porque saben que es difícil que un juez
dicte una sentencia en contra de la falta de equipos de protección en una
empresa. Realmente, esto no aporta nada, salvo la algarabía mediática que
provocan, ya que si no hay equipos de protección suficientes es porque nadie ha
previsto que los haya, y ahora es complicado obtenerlos, por lo menos a corto
plazo (que se lo pregunten a la Comunidad de Madrid, que ha tardado 10 días en conseguir
que aterrice una avión cargado de EPIS).
Huele mal que ahora se prodiguen por los juzgados, quizá más con la
intención de salvar su culo, por lo que no han hecho antes, que de conseguir esos equipos.
Es curioso que esos sindicatos
orbiten en el entorno de la derecha y la extrema derecha. Ahora se suman el
sindicato ultraderechista de la policía Jusapol y la asociación ultracatólica
de Abogados Cristianos, en lo que parece una campaña judicial orquestada desde
los ámbitos más conservadores del país, que se añade al endurecimiento del
discurso de la derecha política. Nada es casualidad. Toda la derecha: política,
sindical, social, jurídica, cultural, engrasando la máquina de destrucción
masiva contra el gobierno.
Alguien está muy interesado en
romper la unidad de la sociedad en la lucha contra esta pandemia. Realmente no
sé quién es, porque los que vemos son los actores, no los guionistas ni el
director de esta obra de teatro, que más quiere parecerse a un Auto de Fe, que
a un Auto Sacramental. Estos días estamos viendo con claridad, que la
Inquisición, con toda su arrogancia despiadada, incendiaria de la razón, nunca ha desaparecido de España, y a mas de
uno le gustaría ocupar el papel de Torquemada. Hasta las ocho y resistencia, no
solo al virus.
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