martes, 30 de noviembre de 2021

La Renta Básica Universal y el derecho a una vida digna

 


Muchas veces nos preguntamos cuál es el futuro que nos espera como sociedad y como individuos. Si nos encaminamos hacia una sociedad distópica, en donde la brecha social sea un abismo y la desigualdad se convierta en un fenómeno estructural aceptado por todos, ya sean ricos o pobres, con el deterioro innegable de la democracia, que sería subvertida en regímenes plutocráticos y autoritarios, como ya está sucediendo en muchos países del mundo, en los que se ha convertido en la cortina de humo perfecta para el nacimiento de dictaduras. O si por el contrario, se abrirá camino un modelo de convivencia capaz de doblegar la desigualdad y por tanto fortalecer la democracia, no olvidemos que esta solo se sostiene sin el peligro de sucumbir a los populismos cuando es capaz de distribuir la riqueza entre todos los ciudadanos. Lo que no quiere decir que no haya diferencias de riqueza, si no que los ricos no lo sean indecentemente, y los pobres dejen de serlo, para llevar una vida digna.

Es un debate que nos enfrenta a lo más profundo de nuestra alma ciudadana, que nos obliga a elegir entre el individualismo, cada vez más egoísta, que defiende el liberalismo ultracapitalista existente actualmente, del sálvese quien pueda; o la construcción de una sociedad comunitaria, donde la libertad de cada uno reside en el bienestar colectivo y se sustente en el respeto a los demás y en la búsqueda de modelos de distribución de la riqueza. Y en ese debate, que empieza a salir de los límites de una izquierda minoritaria al encontrar eco en un número creciente de instituciones mundiales, nada sospechosas de defender tomas de la Bastilla o palacios de invierno,  debe posicionarse la socialdemocracia, inmersa en una crisis ideológica autodestructiva, como instrumento necesario de discusión y cambio moderado. Pero también, tiene que estar la derecha democrática, la populista ya sabemos que solo tiene una pareja de baile: la extrema derecha. Porque no se trata de enfocarlo como la discusión tradicional entre modelos de derecha e izquierda. Tiene que trascender esos límites, es decir, no está regañada la defensa de los intereses de clase, con un modelo diferente de organización de la sociedad. Nadie se atrevería hoy a negar la existencia del derecho a la sanidad o la educación como un bien público. Otra cosa es que se discuta sobre diferentes formas de gestión, pero siempre respetando su titularidad pública y universal. Los únicos que se atreven a cuestionar ese derecho son los ultraliberales que tienen como principio que cada uno tenga lo que se gane, y el que se queda atrás es porque es un vago; o los diferentes fascismos que están surgiendo en Europa y en el mundo, que ya de por sí son enemigos de la democracia.

No es un secreto que el modelo de crecimiento permanente de la economía es incapaz de impedir la desigualdad y la pobreza, además de revelarse como insostenible para la supervivencia de la humanidad desde criterios ecológicos y medioambientales. En el umbral de una nueva era, seguir con modelos de desarrollo pertenecientes a la Revolución Industrial, solo conduce al desastre social y medioambiental, como podemos constatar día a día. Además, las nuevas tecnologías, que llevan años introduciéndose en los distintos sectores productivos, solo están abocando a un desempleo creciente, que no se va a poder eludir, tal como vienen advirtiendo numerosos estudios que nos avisan de un futuro en el que no va a haber trabajo para todos, si seguimos persistiendo en el modelo laboral actual. A lo que hay que añadir la crisis de ingresos de los regímenes de Seguridad Social, al sustituir trabajadores/as que cotizan, por máquinas que no lo hacen.

Por tanto, la búsqueda de un nuevo sistema productivo que no solo atienda al beneficio sin control del capital, solamente puede pasar por el reparto del trabajo, no olvidemos que el salario es el mayor distribuidor de la riqueza que existe, junto a un sistema fiscal equitativo, que responda a los nuevos retos de la sociedad y el bienestar de la población en general. Y en este contexto, la única manera de asegurar unos ingresos mínimos para toda la población que mitiguen la desigualdad que puede provocar la pérdida de puestos de trabajo por la mecanización laboral y romper con la brecha entre riqueza y pobreza que ahora existe en la sociedad, es lo que se ha llamado en denominar: Renta Básica Universal, para que nadie se quede descolgado de poder tener una vida digna. Hay otros factores que contribuyen al progreso no desigual de hombres y mujeres, entre otros la educación como ascensor social, la no discriminación por razones de género, sexo, raza o cualquier otra causa, etc.

A simple vista, un ingreso garantizado para toda la población puede parecer insostenible para los Estados si evaluamos este con criterios actuales, en donde lo público está cada vez más amenazado por los intereses privados, con el consentimiento de los gobiernos, que se han descolgado de la obligación moral de contribuir al desarrollo no desigual de la sociedad. Pero si introducimos en el debate un nuevo modelo de relaciones sociales, en donde el criterio principal sea el bienestar de la ciudadanía, la quiebra de las desigualdades y la sostenibilidad del planeta, estaremos apostando por un futuro menos incierto y negro para la mayoría de la población, y aquí entraría en juego la Renta Básica Universal.

En contra de todas las informaciones interesadas; los análisis pagados por los grupos de presión económicos; la defensa a ultranza del ultraliberalismo capitalista, como pareja de baile del sálvese quien pueda; los mensajes apocalípticos dirigidos a inocular el miedo a los cambios en la población; y las falsedades, mentiras y engaños que se lanzan desde el establishment del poder actual, una renta básica universal es posible, no solo ya desde criterios morales, sino como impulsora del desarrollo económico, a pesar de las cifras mareantes de aumento de gasto que se ponen encima de la mesa, en donde no se cita el ahorro que supondría en subvenciones y ayudas; ni el aumento de la recaudación fiscal, solo en impuestos indirectos; ni el crecimiento de la actividad económica al haber más población con capacidad de gasto y ahorro, lo que supondría más empresas, más empleo y más consumo, siempre que este sea sostenible y no derrochador de recursos. El argumento de que generaría vagos es un discurso obsoleto e interesado para criminalizar el estado de bienestar.

El derecho a una vida digna alejada de la pobreza, ya sea desde el punto de vista individual, que permita planificar la vida con perspectiva de futuro, ya sea colectiva al preservar la sostenibilidad del planeta y la igualdad, alejada de políticas de un crecimiento económico insostenible, que solo beneficia a unos pocos, debería ser el objetivo de una sociedad enferma, que languidece en un tiempo de cambios rápidos que están haciendo tambalear todos los principios que han servido hasta la actualidad, y el principal fin de la democracia. Y aquí la Renta Básica Universal tendría que ser el pilar donde se apoyan todos los demás factores de los que hemos hablado en este artículo. Como todo en esta vida, es posible si se quiere hacer. No hay nada inmutable, porque la humanidad no lo es, a pesar de que muchos se crean invulnerables e indestructibles, porque lo que hace el hombre (entiéndase este en su aceptación genérico), el hombre lo puede deshacer, cambiar, modificar y mejorar.

          

 

 


domingo, 28 de noviembre de 2021

Adiós a Almudena Grandes, muchacha desconocida de Filosofía B

 


Quizá en alguna ocasión coincidí con Almudena Grandes por los pasillos de Filosofía B; ambos estudiamos la misma carrera, Geografía e Historia, en la misma facultad de la Universidad Complutense de Madrid, y aunque ella es un poco más joven, yo empecé la carrera un poco más tarde de lo que me tocaba por edad. Conclusión: que casi con toda seguridad compartimos pasillo, cafetería o biblioteca. Pero lo que nunca pude llegar a imaginar es que esa muchacha desconocida llegara a ser una de las mejores escritoras que ha habido en el siglo XX y principios del XXI en España. Ni que sería un referente que con los años influiría tanto en mis novelas, en la manera de enfocar la literatura como un ejercicio para entender la historia de los que nunca salen en los libros de texto, pero que han sido y son la clave de bóveda en la que se sostiene todo nuestro pasado histórico.

Porque Almudena Grandes nos ha enseñado tantas cosas a través de sus novelas y artículos que es imposible no tenerla en un lugar preferente de nuestra memoria literaria y democrática. Nos enseñó en un  momento en el que el sexo de adolescentes era un tabú, que hay un mundo multicolor más allá de la grisácea ideología dominante que pretende que todo lo veamos en una sola dirección, la suya, con aquella primera novela publicada en 1989 que tanto escandalizó: Las edades de Lulú. Y a partir de ahí, fue desgranando toda una literatura que sacaba a la luz la intrahistoria de una sociedad, con personajes que tienen dudas, no son el primero de la clase, ni ejercen un poder tan deslumbrante que acaba ocultando todo  lo que le rodea. Son los sufridores de la historia, pero también los que albergan un mensaje de esperanza en el futuro, porque en ellos se sostendrá siempre el devenir de la sociedad, como esas vigas que sujetan los cimientos de un edificio, que se derrumbaría si no estuvieran allí. Lo hemos podido leer en obras como Malena es un nombre de tango, Los aires difíciles, Atlas de la geografía humana y esa novela maravillosa que enfrenta a una familia de perdedores de la historia contra otra de triunfadores, en este caso de la Guerra Civil, pero que no deja de ser una historia de supervivencia, en la novela El corazón helado.   

Hasta que Almudena Grandes escribe una de las grandes obras de la literatura española, quizá la que perdure en el tiempo a la altura de Los episodios nacionales de Pérez Galdós, con su serie Episodios de una guerra interminable, donde hace una radiografía certera y aleccionadora de algunos de los aspectos más lúgubres de la postguerra española, otra vez con personajes que tienen que sobrevivir a la historia de los vencedores. Y aunque siempre ha sido así a lo largo del tiempo, la magia de la literatura de Almudena Grandes es que ha dado voz a los que no la tienen, en un país donde uno de los pasatiempos preferidos del poder es silenciar a quien no lo detenta o entiende que si emerge a la luz pondría en peligro su papel triunfante en la Historia.

Inesperadamente nos ha dejado, sumiendo a las letras españolas, en su extensión universal y geográfica, en una tristeza de duelo. Porque su muerte no es solo la pérdida de una persona, todavía joven, a la que como se dice vulgarmente, no le tocaba. Su muerte nos deja huérfanos de muchas obras que ya no van a ver la luz; esa luz o lucidez que se ha apagado para siempre.

Descansa en paz, muchacha desconocida de los pasillos de Filosofía B, que nosotros te llevaremos siempre en nuestra memoria y en tus libros.  

    

viernes, 19 de noviembre de 2021

Club de lectura IES Matilde Salvador

 


En tiempos difíciles para la cultura es una buenísima noticia el nacimiento de un club de lectura, y mucho más si este se encuentra ubicado en un centro educativo, lo que dice mucho en favor de quienes lo han puesto en marcha. Porque no nos engañemos, si la literatura no asienta bien sus raíces en la educación y la lectura no se convierte en un hábito entre los jóvenes, su futuro será más pobre, más triste y difícil. Leer es un ejercicio contra la ignorancia, además de bastante divertido, lo que supone tejer un antídoto contra el miedo que día a día nos inoculan para paralizarnos y convertirnos, poco a poco, en seres diletantes y acríticos con el mundo que nos rodea, incluido el nuestro propio. Pero además, es una acto de socialización, porque más allá de la soledad que representa el acto de la lectura, nos introduce en una comunidad de lectores que comentan, hablan, discuten, recomiendan y sienten pertenecer a un cosmos que tiene un espacio reconocible por todos: el de la lectura. Los humanos somos gregarios y leer contribuye a fortalecer esos lazos de socialización necesaria para nuestro bienestar mental.

Volviendo al principio: participar en el nacimiento de un club de lectura es un privilegio y un honor como escritor, y a mí, ayer, me tocó vivirlo en el Club de Lectura del IES Matilde Salvador en Castellón de la Plana. El entusiasmo, la ilusión y las ganas de crear un ámbito cultural y social en torno a los libros y la lectura se podía palpar entre sus miembros, la gran mayoría mujeres, por cierto, como viene siendo habitual en estos menesteres.

Iniciativas como la que se está llevando a cabo en el Matilde Salvador, deberían ser imitadas en todos los institutos del país, para que el alumnado perciba que leer es un acto normal, compatible con sus gustos, modas y formas de comunicarse. Y para ello, el empuje de profesores y profesoras es muy importante en la tarea de lograr que los libros sigan siendo un patrimonio cultural y social imprescindible para el progreso, la convivencia y el ocio.

Enhorabuena a las impulsoras del club de lectura, a los miembros que participan en la iniciativa y al IES Matilde Salvador, por facilitar su puesta en marcha. Y felicidades a toda la comunidad educativa del centro, porque, aunque muchos no lo sepan todavía, el instituto ha crecido como centro de formación y espacio abierto al conocimiento universal que dan los libros. Que tontería, solo con poner en marcha un club de lectura. 

 


martes, 16 de noviembre de 2021

MÁS ALLÁ DE LA TRISTEZA (Novela de María García-Lliberós)

 


María García-Lliberós es una de las escritoras más prolíficas que tenemos en el panorama literario de la Comunidad Valenciana. Con más de una decena de obras publicadas, la mayoría de ellas novelas, su trayectoria como escritora ha ido evolucionando en un crescendo de calidad, que hace de sus últimas novelas una lectura imprescindible. He tenido la fortuna de leer sus últimas cinco novelas y puedo dar fe de ello: Babas de caracol, Lucía y la fragilidad de los fuertes, Diario de una sombra y La Función perdida. A las que tengo que añadir su última obra Más allá de la tristeza.

Es de esta novela de la que quiero hablar, pues, una vez más, la autora hace un ejercicio de equilibrismo literario al tratar en una misma trama varios temas de por sí complejos, con un estilo sencillo, que hace fácil la lectura, sin perder por ello un ápice de calidad. Porque tratar en una misma novela temas como las adopciones de niños extranjeros, el acoso escolar, la xenofobia y la pederastia, es embarcarse en una aventura que no siempre llega a buen puerto. Pero María García-Lliberós lo consigue mediante un juego literario que le da a la novela un ritmo tranquilo, pero no exento de cierta tensión emocional.

La aceptación de la culpa en una familia rota por una mala gestión derivada de la adopción de un niño peruano, que acaba desembocando en un fatal suceso, es un brindis al triunfo del amor, como única expiación de esa culpa, que magistralmente conduce la autora mediante un artificio narrativo que provoca en el lector empatía con los tres personajes de la historia, de tal manera que ninguno aparece como culpable, ni tampoco deja de serlo del todo. Para ello se sirve de la confesión, en primera persona, de Bernardo (padre) y Diego (hijo) de su responsabilidad en los acontecimientos que llevan a la ruptura familiar. Esta ausencia de narrador hace que su historia tenga mucha más verosimilitud y el lector se identifique con ellos. Sin embargo en el tercer personaje, el de Alicia (madre), aparece un narrador externo, que nos relata la situación de enfermedad mortal que vive esta, entremezclándose con sus recuerdos, que vuelven a ser en primera persona, pero en este caso más como la necesidad de perdonar y ser perdonada, que alivie la pena y el dolor que durante años ha albergado en su corazón.

Hay mucha sabiduría en esta manera de contarnos algo que podría haberse complicado mucho, pero que María García-Lliberós, como ya he dicho más arriba, hace sencillo. En definitiva, Más allá de la tristeza, publicada por la editorial Sargantana, es una novela que no deja indiferente, al conseguir que el lector o la lectora se implique en la confesión y el deseo de perdón de unos personajes que nunca han dejado de amarse y que nos lega un mensaje de esperanza, de triunfo del amor.                

lunes, 8 de noviembre de 2021

Al poder no le asusta el cambio climático

 

¿En algún  momento hemos creído que las grandes corporaciones internacionales iban a dejar de obtener beneficios estratosféricos porque el planeta se esté recalentando y convirtiendo en un microondas? ¿Nuestra ingenuidad es tan grande que nos hace invulnerables a la mentira y la manipulación? Al gran capital solo le interesa amasar dinero, porque la plata, como diría una argentino, proporciona lo que más anhela cualquier ser humano: el poder. Y el poder disuelve cualquier neurona capaz de empatizar con los problemas de la población. A fin de cuentas, si en algún momento la vida en la tierra se vuelve imposible, ellos ya tendrán su alternativa de salvación, como bien nos recuerda la ciencia ficción en libros y películas.

En una situación de deterioro del medio ambiente y la naturaleza como la que estamos viviendo sin que nadie con autoridad lo remedie, con la aquiescencia de la ciudadanía que sigue apoyando con su voto, en los países democráticos, a los mismos que están arruinando la vida tal como la hemos conocido hasta ahora; eso sin contar que cada vez se apoyan más a los movimientos de extrema derecha, que no dejan de ser la sublimación del neoliberalismo más salvaje por  mucho que traten de disimular con sus discursos populistas, no nos ha de extrañar que las predicciones más distópicas estén más cerca de lo que se puede llegar a creer.

A veces pienso que el interés de la ciencia, no tanto de los científicos como de quien los paga, por encontrar  nuevos mundos habitables, no es más que un barniz que oculta, con brillo, las verdaderas intenciones del poder, que  no son otras que las de asegurarse un lugar confortable en el universo conocido, si la cosa se pone mal para vivir en la Tierra. No quiero parecer agorero, pero…

Hace muchos años, cuando los de mi generación éramos felices e indocumentados (parafraseo el título de un libro de García Márquez publicado en 1973) y empezábamos a pelear contra la energía nuclear, sí, esa que ahora muchos quieren mostrarnos como una alternativa limpia contra el cambio climático, un amigo mío escribió en una revista de barrio que la energía solar, entonces no se hablaba de energías alternativas, solo avanzaría cuando las grandes multinacionales energéticas se hicieran con el negocio. Lucidez meridiana la de mi amigo Luis.

Nada de economías locales y sostenibles ni de producción energética dispersada en pequeños proyectos viables. Ya se encargan los gobiernos de que así no sea. Si el gran capital no mete la mano en el futuro energético nos encontraremos con un mundo parecido al de Elysium, película de 2012, dirigida por Neill Blomkamp.

Aunque siempre queda una esperanza, la de que la sociedad se organice en la búsqueda de un futuro más sostenible, seguro y viable, protestando en la calle y votando a quienes sí estarían dispuestos a cambiar el rumbo de este  despropósito al que hemos llegado. Nosotros somos incapaces de asegurar un futuro mejor a nuestros hijos y les toca a ellos deshacer el entuerto en el que les hemos metido.

 

martes, 2 de noviembre de 2021

La banca siempre gana

 


¿Alguien pensaba que la salida de la crisis económica provocada por el coronavirus iba a ser  un dechado de amor y solidaridad? ¿De verdad somos  tan ingenuos, hasta el punto de creer que el capitalismo salvaje imperante en el mundo consentiría perder un año de hacer caja, sin hacer nada? Trato de resumir en estas dos preguntas lo que está pasando en la economía global diseñada para que el gran capital pueda hacer y deshacer a su antojo, no ya por encima de las personas, sino también pasándose a los Estados por el Arco del Triunfo de su entrepierna.

Lo que está sucediendo, con la industria paralizada por la falta de componentes, el comercio bloqueado porque empiezan a escasear productos para vender y la energía fuera de todo control político, no es ni más ni menos, que la consecuencia de años de desindustrialización en Europa, deslocalización empresarial y un frágil sistema de comercio global sometido a desajustes cada vez mayores, por cualquier incidente o acontecimiento mundial o local. Una tormenta perfecta, provocada por el gran capital, de la que todo el mundo saldrá perdiendo: trabajadores, pequeños y medianos empresarios, medioambiente, igualdad de género y bienestar social. Todos, menos las grandes empresas que controlan la economía mundial, con el beneplácito de una clase política entregada desde hace tiempo a los intereses de un capitalismo sin freno de ningún tipo, para la obtención de unos beneficios que no paran de crecer.

El coronavirus ha supuesto la creación de grandes bolsas de ahorro, por no haber podido gastar al frenarse el consumo mundial durante muchos meses, y esa creación de un montante dinerario que se cifra en miles de millones (solo entre Francia y España 200.000 millones de Euros) no pasa desapercibida para el gran capitalismo mundial, que hará todo lo posible para que se produzca una transferencia del bolsillo de los particulares y las empresas, a sus cuentas de resultados.

Dicho de otra manera: están dispuestos a hacer lo que sea para quedarse con el botín del ahorro generado por el confinamiento, como haría cualquier pirata frente a un galeón cargado de plata y oro. Y para ello utilizan las armas que mejor saben manejar, léase: aumento de precios frente al estancamiento de los salarios, ya de por sí bajos desde hace años. Se dispara el coste de la energía por un sistema de fijación de precios absurdo; paralizan el comercio mundial para que la demanda justifique la subida de precios; y rompen el sistema de producción industrial, para que occidente se vea atenazado por el miedo al desabastecimiento y por tanto, a corto o medio plazo subir todos los productos industriales.

En definitiva, ganar a costa de lo que sea y de quien sea. Incluso encendiendo la mecha de la inflación, que lo único que va a provocar es una bajada generalizada de salarios, con la excusa de salir de la crisis. Vamos, que en este juego de Monopoly en el que se ha convertido la economía mundial, con actores desaprensivos y nada empáticos con los problemas de la población, la banca siempre gana.

martes, 26 de octubre de 2021

Enésima crisis del capitalismo

 


Parece que la enésima crisis del capitalismo está en ciernes, cuando todavía no hemos salido de la hecatombe económica que ha supuesto la pandemia de coronavirus. Nada nuevo bajo el sol en una sociedad que ha dimitido de sus derechos ciudadanos, para convertirse en un rebaño de ovejas mansas dirigidas por el apetito del dinero y el consumo. Y así vamos encadenando una crisis tras otra -ajustes del capitalismo lo llaman sus más entusiastas seguidores-, que parece ser es ya la única manera de que las grandes corporaciones, léase multinacionales, que dominan la economía y la política sigan aumentando sus beneficios sin control.

La nueva crisis de falta de todo que se avecina, no sé por qué nos extraña, en un mundo globalizado que solo ha servido para que los capitales puedan ir y venir a su antojo por esos caminos del Señor y que la industria se haya deslocalizado a zonas del mundo donde las regulaciones laborales o medioambientales son escasas o inexistentes. Si en este caso Europa se ha desindustrializado por el auge del pensamiento neoliberal que solo busca la optimización de los beneficios y decidido producir bienes en los países asiáticos, no solo se está creando un problema de empleo en el continente con el empobrecimiento generalizado de la clase trabajadora, sino que se ha colocado en una situación de dependencia absoluta de países terceros, como hemos comprobado con la falta de material higiénico y médico durante la pandemia, o ahora con la escasez de componentes de todo tipo que puede derivar en una crisis comercial e industrial de incalculables consecuencias.   

Estamos, por tanto, atrapados en una espiral de egoísmo capitalista, que como ya vamos comprobando demasiadas veces, es incapaz de atender a las necesidades de la población, y no me refiero a la necesidad de consumir sin solución de continuidad, sino al bienestar social, la salud, la educación, la movilidad y todo lo que se puede englobar en un ámbito de reparto de la riqueza para mejorar la vida de la ciudadanía.

Nueva crisis, de la que la mayoría de la población no es responsable,  pero ya saben ustedes, que en cada crisis aumenta un poquito más la pobreza y las desigualdades.

    

 

La Renta Básica Universal y el derecho a una vida digna

  Muchas veces nos preguntamos cuál es el futuro que nos espera como sociedad y como individuos. Si nos encaminamos hacia una sociedad distó...