Siempre que me asomo al patio de
la izquierda que habita más allá del PSOE, no puedo evitar acordarme de la
película La vida de Brian de los Monty Python y de El Frente Popular de
Judea versus Frente Judaico Popular, y su media docena de abnegados militantes,
iluminados por una gracia divina para salvar el mundo, en este caso a Judea de
los pérfidos romanos, nunca juntos, por supuesto, no vaya a ser que a unos u
otros, se les confunda con un atajo de aprendices, cuando no impostores.
Lo que me lleva a plantear una
pregunta: ¿Qué sucede en la autodenominada izquierda verdadera, para que dos
mil años después sigan comportándose igual? Habría una contestación simple: todo
se reduce a una cuestión de egos. Yo no digo que no, vista la manera que tienen
de comportarse los líderes del rosario de formaciones locales, regionales,
autonómicas, federales, independentistas, nacionales, etc., que hasta con unos
resultados electorales tan pírricos como los obtenidos en las últimas
elecciones de Extremadura y Aragón, se muestran satisfechos/as, por lo que,
dada la maldad cándida que todos y todas albergamos en nuestro interior, sólo
podemos llegar a una conclusión: que como ellos o ellas han conseguido
clasificarse en el reparto de escaños, una parte importante de su revolución sigue
viva.
No son conscientes de que el
camino que les está enseñando las urnas es el de la irrelevancia política.
Decía Groucho Marx: «Partiendo de la nada, hemos alcanzado las más altas cotas
de la miseria». Y eso es, precisamente, lo que están consiguiendo. Eso sí, sin
contaminarse con el resto de partidos, no vaya a ser que alguien se piense que
se están desviando del sendero inmaculado de su pureza ideológica.
Sin embargo, como he dejado caer
anteriormente, esta es una explicación válida, pero simple. Pienso, que en el
fondo lo que subyace detrás de estas formaciones políticas, va más allá del
personalismo de sus líderes, a fin de cuentas, como dice el refrán: «dentro de
cien años, todos calvos«. Es decir, que todos somos prescindibles y todos
tenemos fecha de caducidad, y en política mucho más. Habría que buscar,
entonces, la explicación en el carácter mesiánico de algunos de estos partidos
(volvemos a Judea hace dos mil años), y al convencimiento de que sólo ellos
pueden liderar la “verdadera” transformación de la sociedad, y los demás, si
quieren, deberán seguir su rastro de luz.
Resulta gracioso que partidos
que apenas llegan a con seguir media docena de diputados/as se muestren tan
eufóricos. Es compresible que sortear la invisibilidad política a la que les condena
no estar en las instituciones, sea motivo de alegría, pero no sé si de tanta
felicidad autocomplaciente, como algunos/as muestran. Preguntas inevitables:
¿De qué se muestran tan eufóricos? ¿De que los demás han conseguido menos o,
simplemente, no han conseguido nada? ¿De que salen reforzados en su
irrelevancia política? ¿De que alcanzando una alta cota de miseria, van a ser
la verdadera oposición? No encuentro la fórmula por la que una representación
marginal en un parlamento, llegue a conseguir alguno de los objetivos de su
programa político y electoral. Y mucho menos, en parlamentos donde gobierna la
derecha con holgada mayoría. Sin embargo, ellos y ellas parecen encantados de
seguir transitando por la irrelevancia. Y no se dan cuenta, que donde unos y
otras ven un fortalecimiento de sus ideas y actitudes sectarias, el resto vemos
división de la izquierda en diferentes etiquetas y progreso de la derecha
neotrumpista.
No es de extrañar, por tanto,
que cualquier intento de aunar a las izquierdas no socialdemócratas, nazca con
el estigma del pecado original y encienda las alarmas en los partidos que
conforman ese espacio; a ver si unos charnegos sin pedigrí y, sobre todo fuera
de su control, van a estropearles el chiringuito. Pero sobre todo, la
incertidumbre que esto les genera tiene que ver con la posición en la que
quedarían sus líderes en una supuesta unidad electoral. Esto no es baladí, y ya
hemos asistido a rupturas de coaliciones por este motivo, como ha pasado con
SUMAR, siendo los partidos que conformaron la coalición al principio, quienes
han puesto más palos entre las ruedas del carro de la formación, por todo lo
expuesto más arriba.
Ahora dos versos sueltos, pero
mediáticamente en alza, están agitando el avispero (perdón por el tópico) de la
izquierda, con el amago de poner en marcha un proyecto de unidad, según ellos,
desde la diversidad, al que han tardado menos de un suspiro en salir en tromba
casi todos los partidos. No vaya a ser que…
Desconozco si las intenciones de
Gabriel Rufián y Emilio Delgado, son todo lo honestas que cabría imaginar. Pero
pretender superar esa división mesiánica de la izquierda, para romper la
tendencia de apoyo electoral a una derecha, cada vez más difícil de deslindar
de la extrema derecha, debería recibirse con un poco más de entusiasmo, por
parte de a aquellos y aquellas a quien va dirigido. Pero lo que sí podemos
saber es que la iniciativa va en la dirección correcta, si se trata de unificar
proyectos de izquierdas, que no son tan dispares, y ponerlos al servicio de la
mejora de la vida de la ciudadanía, por encima de los intereses particulares de
cada uno.
Nada más necesario, con un PSOE
a la baja, por muchas razones externas e internas, que no son objeto de este
artículo, para evitar, si se puede, que España se convierta, otra vez, en El
Patio de Monipodio, esta vez mucho más cruel, al entrar en la garita del
control, la extrema derecha.

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