lunes, 21 de septiembre de 2026

Díaz Ayuso en el república Bolivariana de Madrid



¿Y si el centro de la República Bolivariana estuviera en la Puerta del Sol de Madrid? Parece una paradoja, que siendo el gobierno de la Comunidad de Madrid el más entusiasta receptor de opositores venezolanos al régimen dictatorial de Maduro, pueda ser, a la vez, su más fiel seguidor, no tanto del personaje como de las formas de ejercer el poder. Quizá, porque desde que Esperanza Aguirre llegó a ser presidenta de los madrileños, mediante uno de los actos de corrupción política más vergonzosos de este país, la mano de hierro contra quienes han tenido la osadía de salirse del guion que se marcaba desde la Puerta del Sol, se ha parecido más a una república bananera, con su sátrapa haciendo y deshaciendo a su antojo, también enriqueciéndose, que a un ejercicio del poder democrático y preocupado por los madrileños. 

Uno de los métodos de actuación de cualquier gobernante que se cree que el poder es suyo y lo puede manejar a su antojo y beneficio, es matar al mensajero cuando las noticias no son de su agrado. La Comunidad de Madrid lo viene haciendo desde hace mucho tiempo, pero es ahora, con la lenguaraz Isabel Díaz Ayuso de presidenta, cuando está llegando al virtuosismo para cargarse a todo lo que le impida, ya sean amigos o enemigos, seguir haciendo de su capa un sayo, con el aplauso de medios de comunicación, bien regados de dinero público, y un electorado que de tanto ponerse cara al sol se está quedando ciego, o la ceguera viene porque Madrid es el paraíso de las cañas.

Después de la corrupción de su familia, la de su novio, las 7291 muertes del Covid, el chalet en la sierra madrileña, el hospital de Torrejón, el viaje a México, el ático y otras muchas chulerías, como el “me gusta la fruta”, etc., ahora sus víctimas son quienes se han atrevido a denunciar la manipulación de las listas de espera en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, y quién sabe si no en más hospitales, si el miedo a las represalias, que tan bolivarianamente ejerce la señora Ayuso, no estuviera instalado en el cerebelo de muchos madrileños que tienen su sustento en las instituciones de la Comunidad. Nada que no sucediera o suceda en la Venezuela de Maduro, la Israel de Netanyahu, la nicaragua de Daniel Ortega o, en los últimos tiempos, en los Estados Unidos de Donald Trump. Porque al final el miedo es lo que mejor le funciona a cualquier déspota.             

jueves, 17 de septiembre de 2026

Lobbies, la corrupción consentida


 

¿Se imaginan que los sindicatos emplearan millones de euros en comprar voluntades políticas, para conseguir que se aprueben o no leyes? ¿Qué dirían todos aquellos y aquellas que están celebrando que el Congreso ha rechazado la ley de regulación de lobbies? La respuesta es fácil: se echarían las manos a la cabeza, ¡¡¡Qué escándalo!!!, dirían, y a la cartera para que los medios afines se lanzaran a la yugular de los dirigentes sindicales. Porque en ese ecosistema de dependencia mutua entre determinados políticos y partidos y los intereses de las grandes empresas, está bien visto que el dinero fluya para doblegar a quienes tienen en su mano la regulación de las actividades económicas, de la manera que mejor saben hacer unos y otros: regando de dinero y privilegios el bolsillo de legisladores y gobiernos; y como no creo en la polarización política equidistante, más a los de la derecha que a los de la izquierda.

La pregunta que deberíamos hacernos en un país de fortaleza democrática, es si es necesario regular los lobbies. Porque quizá, digo solo quizá, lo que habría que hacer es prohibirlos y considerarlos como lo que son: grupos de corrupción política que nunca pensarán en el bien común. De esa manera, algunos de los que han votado en contra de la ley reguladora de los lobbies sabrían que no hay espacios de legalidad para sus corruptelas. Por eso, pienso, que es un error del gobierno haber presentado esa norma de regulación al Congreso, porque es darles carta de naturaleza jurídica, y ya sabemos, que cuando a un corruptor se le da un centímetro de espacio, va a encontrar un corrupto, por muy señoría que sea, para correr por la banda disimulando que es defensa. Habría sido más democrático acabar, legalmente, con esos grupos de presión, que se saltan, billetera en mano o bitcoins, el normal funcionamiento de una democracia. Porque una cosa es presionar y tratar de convencer, y otra pagar para doblegar voluntades. 

viernes, 10 de julio de 2026

Bajas laborales

 


                Núñez Feijoo vuelve a liarla con una de sus ocurrencias, que, si bien, está en su ideario político, no quita para que introduzca un tema con su torpeza habitual. Recorte de derechos, prestaciones y bienestar a la gran mayoría de la sociedad, son parte del ADN del Partido Popular. No nos extrañe, pues, que vaya lanzando con torpeza y la soberbia de que nada le va a perjudicar en su carrera hacia la Moncloa, apuntes de lo que se nos puede avecinar si ellos y sus compadres de Vox acaban gobernando el país.

                La lía, en este caso, con las bajas por enfermedad, contra los trabajadores y trabajadoras, aunque no nos debe extrañar, porque la mayor desregulación laboral que se ha producido en España, la hizo el gobierno de Mariano Rajoy, con el aplauso de los empresarios y el mundo financiero. El debate está servido, pero con una simpleza tal por parte de algunos agentes, que debería sonrojarnos.

                Todo el mundo habla, pero nadie, salvo los sindicatos de clase, lo hace pensando en los trabajadores y trabajadoras. Me pregunto: ¿Alguien en la derecha y los medios se ha preguntado por qué enferman tanto los trabajadores/as? ¿Es culpa de estos que las bajas se prolonguen, en algunas ocasiones, más de lo debido? ¿Están los médicos, como parece sugerir Feijoo, vendidos a una potencia extranjera que trata de perjudicar a las empresas?

                Posiblemente si los trabajadores/as tuvieran unas buenas condiciones laborales, alejadas de la explotación, con posibilidad de conciliar su vida con el trabajo y salarios que los alejaran de la pobreza, enfermarían bastante menos. Si los empresarios cumplieran con las normas de prevención de riesgos laborales y no las escatimaran, cuando no, directamente, las obvian, se producirían menos accidentes y enfermedades, y ese sistema del que tanto se quejan, provocaría menos bajas. Pero claro, es mejor mirar para otro lado, reducir los costos al máximo, explotar todo lo que se pueda, y luego lavarse las manos por la responsabilidad que ellos tienen en el aumento de bajas laborales.

                ¿Y las Comunidades Autónomas? Alguna responsabilidad tendrán, si las competencias de sanidad son suyas. La hemorragia presupuestaria a la que está siendo sometida en las últimas décadas la sanidad pública, algo tendrá que ver con el problema. Falta de personal sanitario, listas de espera, reducción de gastos, tardanza en las citas para visitar al médico de familia, pruebas que nunca llegan…, todo un despropósito que tiene como único objetivo desvirtuar la sanidad pública y fomentar el sálvese quien pueda de la privada.

                Culpar a los médicos de ser muy ligeros con las bajas, es de una bajeza moral e ignorancia tan sublime, que hasta sonroja que lo diga Feijoo. No tengo mucho que decir sobre esto, porque me parece indecente que lo diga un dirigente político que aspira a ser presidente de su país, salvo que al candidato del Partido Popular ya todo le vale para conseguir gobernar el país, aunque debería andarse con cuidado porque por el camino se está creando demasiados enemigos.

                Para Núñez Feijoo todo lo anterior no es causa de las bajas. A los empresarios los exime como causantes del problema, porque ya sabemos de qué pie cojea su Partido Popular, y a quien va a favorecer si llega a gobernar. Y con las CC.AA. silencio. Cómo va a señalarlas con el dedo si la gran mayoría están gobernadas por ellos o por Page. Otro gallo cantaría si fuera el PSOE quien las gobernara. Entonces las bajas serían única responsabilidad de ellas y el “sanchismo”.  

                Son muchas las causas que provocan que en España el número de bajas laborales por enfermedad o accidente sea elevado. Pero también mucha la mala intención de Núñez Feijoo al mezclar churras con merinas, bajas médicas con absentismo o licencias y permisos especiales, etc., haciendo un totum revolutum que sólo pretende, a corto plazo, enfangar un debate necesario, y a largo plazo privatizar las bajas dándole todo el poder a las Mutuas, que no tendrán ningún problema si han de hacer que los trabajadores y trabajadoras vayan a trabajar estando enfermos o accidentados, si su cuenta de resultados depende de ello. El mundo empresarial estaría encantado de esto, y Garamendi, a lo mejor se subía otra vez el sueldo, a costa de lo que se va a reducir el salario de quien esté de baja.   

 

   

martes, 7 de julio de 2026

El nuevo hombre tóxico

 


                Con el verano llegaron ellos. Cuerpos esculpidos en interminables sesiones de gimnasio, en horas de mancuernas, pesas y sudores. Músculos ahítos de proteína, para que la sobredosis de esfuerzo no acabe dañándolos. Hombres que se miran y remiran al espejo; que se acicalan con camisetas de tirantes o mangas cortas a punto de estallar; bien peinados, cuando no rasurados como un «marine»; en fin, hombres que han hecho de su masculinidad un escaparate social. Y no está mal que se pongan afeites y ungüentos, incluso que algunos se perfumen, con colonias abrótano macho o eau sauvage. Atrás quedan los machos ibéricos de pelo en pecho y cara rasurada; hoy la barba si es de un par de días, mejor, más varonil.

           Masculinidades modernas del siglo XXI, desgraciadamente intoxicadas por esa autodenominada machosfera, que está haciendo que muchos hombres, bastantes más de lo que cabría esperar, piensen, respiren, miren y se comporten como aquellos personajes de las películas de los años setenta y ochenta, tan maravillosamente encarnados por José Luis López Vázquez, Toni Leblanc o Alfredo Landa, pero con más músculo por enseñar. Nuevos machos alfa, que hacen de la misoginia que se extiende por la manosfera una epidemia de vuelta a las cavernas mentales, y reniegan, temerosos de perder sus privilegios heredados por un machismo ancestral que los ha situado en la cúspide de la depredación social, de las mujeres, si no son seres que Dios ha puesto en la Tierra para servirles en la cama o en la cocina.

                Masculinidades toxicas que han hecho de los gimnasios sus templos sagrados de oración y culto al cuerpo, lo de la mente es demasiado woke, y de las redes sociales el caldo de cultivo perfecto para expandir sus ideas neomachistas, con el fin de imponer, de nuevo, un mundo de dominación hacia las mujeres, en donde solo brillen los aceites que hacen relucir sus musculados cuerpos, que lucirán como palmitos este verano en la playa. 

jueves, 30 de abril de 2026

La seguridad en la escuela

 


                Está el patio educativo de Cataluña revuelto, por el plan piloto de la Generalitat de enviar un mosso d’escuadra a los centros de enseñanza. Muchos son los que están en contra, desde ese buenismo que tiene una parte de la izquierda, que ignora las soluciones a corto plazo, hipotecándolas , siempre, en el tiempo. Y no es que no se tengan que buscar esas soluciones a largo, con grupos de estudio, comisiones de trabajo y debates sobre la bondad del ser humano. Eso hay que hacerlo, para que la escuela sea un lugar donde la única prioridad tenga que estar en la educación y la mejor manera de impartirla en una sociedad democrática. Pero los árboles del bosque no nos tienen que impedir ver que los lobos acechan en sus lindes.

                Existe un problema grave en el sistema educativo, que poco tiene que ver con la enseñanza. Un problema que produce urticaria, o lo parece, a muchos que dicen defender una educación democrática en la escuela, ignorando que la seguridad es un pilar básico para que la sociedad, en democracia, no se sienta indefensa ante los peligros que la acechan, tanto en el ámbito colectivo como en el individual. Por ello hay que buscar soluciones, para que los educadores y educadoras no se tengan que convertir en policías que garanticen la seguridad en las escuelas. Su labor es otra, y solo dedicándose a ella con seguridad, podrán ejercerla con éxito.

                El sistema educativo se ha mostrado, hasta ahora, incapaz de afrontar el problema del acoso, ya sea entre el alumnado o hacia el profesorado. Alumnos que  practican un hostigamiento salvaje hacia otros compañeros; profesores que sufren violencia física y verbal por parte de alumnos y, en cada vez más casos, de padres de alumnos; centros en los que se vive en un estado permanente de temor e incertidumbre, por lo que pueda pasar; menudeo de droga en las puertas de los centros educativos, que pone en riesgo la salud física y mental de nuestros hijos y/o nietos. Problemas que se van acumulando en las escuelas, porque no se puede, en muchos casos, ni se quieren solucionar, no vaya a ser que… Después, cuando la bomba estalla, y un alumno o alumna se suicida, un profesor/a es agredido o se destapan casos de abuso y/o acoso sexual, viene, como no, en una sociedad tan dada al boato litúrgico, el rasgarse las vestiduras, los minutos de silencio y agachar la cabeza, para que la ola de culpabilidad no nos señale.

                La violencia en la escuela tiene muchos frentes desde los que se puede afrontar. Indudablemente, mejorar los recursos de los centros es uno de ellos. Pero en una sociedad donde la violencia se ha estandarizado y convive con nosotros desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, no creo que la mejor manera de encararla sea convertir al personal docente en agentes del orden. Ni es su misión ni están preparados para ello. Porque el único legitimado para hacer frente a la violencia de la sociedad es el Estado, sino queremos convertir esta en un Mad Max o en la ley del más fuerte. Es el Estado el que debe afrontar el problema que se vive en los colegios, porque ya no vivimos en una sociedad de respeto y empatía, sino, más bien, gracias a la ola de individualismo que corre por nuestras venas, todo lo contrario. Y en un Estado democrático, no podemos seguir estigmatizando a la policía, esa que criticamos cuando está y echamos de menos cuando no está.

                Si hay centros educativos que necesitan un refuerzo de seguridad, porque la situación así le requiere, quién mejor que la policía para ejercer esa función. No se trata, como algún tertuliano viene diciendo, de abrir comisarías en los colegios (de la misma manera que se piden sanitarios y nadie piensa que cada escuela vaya a tener un centro de salud) ni de abrir cárceles para los malos. No se trata de eso. Simplemente algo mucho más sencillo, como poner orden en el desorden violento que impera en algunos centros, que ya con la sola presencia de un policía, bastaría como elemento de disuasión. No puede ser que pidamos policía preventiva en los barrios y la rechacemos en los colegios. Salvo que se quiera privatizar la seguridad con vigilantes jurados, algo que muchos de los que hoy se echan las manos a la cabeza no criticarían.

                Seamos sensatos y no nos dejemos llevar por el buenismo de una sociedad flower power, porque el mundo real no es así. Siempre, desde que los humanos existimos ha habido violencia y problemas relacionados con ella, y la única manera de enfrentarnos a ella es la disuasión policial, las leyes y la educación. Todo ello garantizado por un Estado democrático. A no ser, como es en este caso de la escuela, que prefiramos aquel modelo en el que el orden en las aulas y el recreo se conseguía a base de tortazos, capones y horas de estar de rodillas con los brazos en cruz.  

                 

                   

jueves, 23 de abril de 2026

Día del Libro. La nebulosa del escritor/a

 


                Hoy es el Día del Libro, y como escritor me pregunto si merece la pena seguir escribiendo. Si merece la pena pertenecer a una profesión en la que el libro sólo tiene valor como mercancía en un mundo donde todo se monetiza, otorgándole a los escritores valor, no por la calidad de sus obras, sino, principalmente, por la cantidad de libros que sean capaces de vender, para engordar las cuentas de resultado de grandes editoriales, cadenas de librerías, medios de comunicación y redes sociales, lanzados, decididamente, a promocionar sólo aquellos libros que pasan primero por la caja de la publicidad, sin importar la calidad de estos.

                Me pregunto, si los escritores nos hemos convertido en agentes de venta, si queremos que nuestra obra tenga un mínimo de lectores, muy mediatizados por una industria monopolizada por grandes grupos empresariales, que tienen editoriales, cadenas de televisión y radio, prensa escrita, críticos literarios y redes sociales, al servicio de quienes ellos deciden que pueden ser un filón de ventas. Un negocio que, en muchos casos, pregunta o indaga cuántos seguidores tienes en la redes sociales,  antes de aceptar la obra que les has enviado, independientemente de si es buena o mala. Todo al servicio del bussines y no de la literatura. Con esto no quiero decir que no haya escritores o escritoras en estos grandes grupos, que se han ganado a pulso su éxito, por la indudable calidad literaria de sus obras.

                El oficio de escritor es una nebulosa cada vez más gaseosa. Hay un núcleo sólido en el que, de momento (ya veremos con la irrupción de la IA), estás tú solo frente a ti mismo. Es esa intimidad que te ofrece estar dándole vueltas durante un tiempo a una novela, un ensayo, un poema o una obra de teatro; sentirse, como un llanero solitario, frente a la pantalla del ordenador o el papel en blanco, buscando la manera de contar lo que te bulle en la cabeza. Un trabajo hermoso, que nos hace libres, porque en ese acto podemos escribir lo que queremos, como queramos. Sin embargo, finalizado ese trance íntimo de creación, el gas se empieza a expandir en un proceso que escapa a nuestro control y nos deja al albur de otros intereses, absolutamente ajenos a nuestra obra. Ha sido así siempre. El escritor, la escritora, han tenido que buscar quien les acepte su obra, para ser publicada. Pero una vez aceptada, era la editorial, confiando en la calidad de ella, la que se encargaba de todo. Ahora, en estos tiempos de rentabilidad y vellocino de oro, a la gran mayoría de los escritores/as se les deja al albur de sus capacidades de venta, si quieren que su obra se lea, incluso a muchos de los que publican con grandes editoriales.

                No obstante, merece la pena pertenecer a este oficio. Porque el libro, desde que existe la escritura, ha sido fuente de conocimiento, ayuda, distracción, sabiduría, necedad, pasión, sentimientos encontrados, emociones y registro del devenir de la historia de la humanidad. Merece la pena escribir y procurar pulir tu obra, porque el lector, la lectora, no se merece enfrentarse a una obra que no esté bien escrita, al margen de que les guste más o menos lo que están leyendo. No hay nada más gratificante que cuando alguien lee tu libro, al cerrarlo tenga la certeza de que no ha perdido el tiempo: bien porque se ha divertido, porque ha aprendido cosas, porque se ha emocionado, o por vaya usted a saber qué. Por eso merece la pena ser un ser sólido frente al ordenador, que se va a convertir en gaseoso cuando la obra está terminada.

                Dicho lo anterior y a pesar de todo ello, me gustaría felicitar hoy, en el Día del Libro, a todos, todas, los que sí creen que el libro es algo más que un apunte en la contabilidad o un dato en el telediario. A todas las que se sientan a leer y se evaden de la realidad que les rodea; a todas y todos que no paran de imaginar historias, para entregárselas al mundo; a quienes día a día levantan la persiana de su librería o se dejan los ojos leyendo manuscritos que puedan ser editados. En definitiva, a esa comunidad, que en un mundo gobernado por la imagen, la velocidad y la simplicidad de los mensajes, es capaz de hacer el esfuerzo de sentarse a escribir o leer, y encima les gusta.  

lunes, 30 de marzo de 2026

Perdón y contexto histórico

 


             Estas semanas atrás, los medios de comunicación han planteado el debate sobre la conveniencia o no de que España pida perdón a México por los desmanes que la corona castellana y, posteriormente, cuando el federalismo de los Austrias se convirtió en centralismo borbónico, infringió a los nativos americanos durante la conquista y permanencia en aquellas tierras allende los mares.

                La discusión se ha debido al reconocimiento, por parte de Felipe VI, de los “abusos y agravios cometidos durante la Conquista”. Una petición que venía haciendo el gobierno mexicano desde que el expresidente López Obrador la lanzó como una necesidad imperiosa, para que España y México pudieran seguir teniendo buenas relaciones.

                El debate, con posicionamientos a un lado y otro del espectro político, que poco o nada tiene que ver con la historia, ha durado el tiempo que los medios han tardado en suplantarlo por otra cosa más jugosa para sus intereses en el EGM (Estudio General de Medios), pero, sin embargo, me gustaría, ya fuera de foco mediático, hacer alguna reflexión sobre el tema, corta, porque ahora nuestra cabeza está más en la playa y las procesiones interminables que se van a producir estos días.

                No estoy muy de acuerdo en la utilización del término “contexto” o “contextualizar”, como si fuera el comodín del público, para justificar posiciones que tienen que ver más con la ideología o las necesidades políticas, que con la historia y sus momentos. Es evidente que al hablar del pasado siempre debemos contextualizar, porque los criterios éticos y morales de los diferentes tiempos históricos no son los mismos. Pondré un ejemplo que sirve para la cultura: si leemos hoy El Quijote con la moral actual, acabaremos condenándolo al fondo del armario de la literatura, digo más, la gran mayoría de la literatura no pasaría el filtro de nuestra moralidad de siglo XXI, por cierto, cada vez más intransigente y victoriana. Pero cuando hablamos de historia, la cosa cambia.

                Si sacamos el debate del ámbito estresado de la política, en donde todo tiene que retorcerse para justificar lo que se dice, siempre en la descalificación del otro, deberíamos saber discernir entre los acontecimientos históricos, que siempre deben estar contextualizados y la crítica que se les puede hacer, esta irremediablemente, pasada por el tamiz del pensamiento y la moral actual. Pongamos otro ejemplo: Roma fue un imperio que se cimentaba en la esclavitud, algo absolutamente reprobable con la mentalidad de ahora, y criticable —aunque algunos y algunas no harían ascos a que volviera a establecerse—. Sin embargo, mucho de lo que es la sociedad actual se lo debemos justamente a Roma, y nadie cuestiona ese legado, que se sustentó en algo tan nefando como la esclavitud. ¿Cinismo? No. Todos entendemos que en aquella época, eso que hoy no nos gusta nada, era corriente, aceptado y bien visto por la mayoría, incluso de muchos esclavos, que habrían hecho lo mismo si hubieran tenido en sus manos un poder de conquista tan grande como el romano. ¿Tendría que pedir perdón hoy el gobierno italiano a germanos, galos, hispanos, británicos, egipcios, sirios, macedonios, etc., etc.? No parece que vaya a ser así, ni tampoco tendría mucho sentido.

                Sin embargo, al tratar de geopolítica internacional, si una nación o pueblo, el que sea, se siente maltratado por la historia por culpa de quienes lo han conquistado y subyugado, creo que están en su derecho de exigir disculpas, si esto les reconcilia con su historia y con sus antaño conquistadores. Y estos, hacer un acto de contrición, y pedir ese perdón, si con ello las buenas relaciones de los pueblos se ensanchan. Creo que ese era el sentido de las palabras de Felipe VI, y creo que México las ha entendido perfectamente, por lo que bienvenidas sean.

                A lo largo de la historia se han producido una sucesión de conquistas y conquistados. España, por contextualizar el concepto de nación para que todos nos entendamos, ha sido conquistada varias veces y conquistadora, en sus diferentes formas históricas: imperialismo, colonialismo, etc., y eso es lo que la ha forjado como nación actual. Esa es la realidad de la historia, tan cierta, como que hoy estamos viviendo un contexto de conquista de otros tiempos, por las ansias expansionistas de algunos estados, que todos sabemos quiénes son.

                Nos hacemos cruces de cómo es posible que esté sucediendo una cosa así en pleno siglo XXI, cuando creíamos que ya habíamos superado ese pasado por el que estamos hoy pidiendo explicaciones. Pero lo cierto es que los humanos somos una especie tan depredadora, que ayer, hoy y mañana nos dedicaremos a destruirnos con la saña que lo hemos hecho siempre, aunque ahora sí que lo que está sucediendo en muchos lugares del mundo es reprochable y condenable, porque ya no hay contexto para ello.


Díaz Ayuso en el república Bolivariana de Madrid

¿Y si el centro de la República Bolivariana estuviera en la Puerta del Sol de Madrid? Parece una paradoja, que siendo el gobierno de la Comu...