Si en una cosa somos campeones
los españoles, es en buscar culpables por encima de todo. Nos resulta más
interesante señalar con el dedo, que buscar y encontrar soluciones a los
problemas. Es posible que ese comportamiento nos venga por nuestra tradición
católica de confesión y expiación de los pecados. Nos gusta el linchamiento,
porque es una manera de ofrecer un sacrificio que aplaque la ira que podemos
sentir por una situación muy grave o adversa y, después, si te he visto no me
acuerdo. Pasamos del escarnio público al olvido, en lo que dura un telediario o
una penitencia, que dependiendo de a quien se le aplique puede ser más o menos
dura.
No es esta una reflexión hecha
como un brindis al sol por los últimos acontecimientos que estamos viviendo,
sino porque la doble vara de medir que tenemos nos delata. Perdonamos en nombre
de una misericordia de clase las responsabilidades políticas cuando son de los
nuestros, y exigimos que todo el fuego del averno caiga cuando el responsable
es de los otros. Y al final, entre penas de telediario, tertulias de
“expertos”, búsqueda de culpables, señalamiento con el dedo y perdón de los
pecados, los problemas que han causado un evento grave, como los accidentes de
tren u otro tipo de accidentes en casos anteriores, nos olvidamos de lo
importante: Que no vuelva a pasar.
No voy a negar que en un
accidente tan grave como el de Toledo no haya un culpable humano o varios (digo
humano porque algunos tratan de obviar lo que todos estamos observando), entre
otros factores que sí son competencia de los poderes públicos, como son la
seguridad, la tecnología y las condiciones laborales de los trabajadores.
Afortunadamente, todavía, los humanos tenemos la capacidad de vigilar los
fallos del sistema; fiarlo todo a este nos desnaturaliza y hace que acabemos
perdiendo el control.
Hay muchos factores en juego, que
podemos señalar como culpables de lo sucedido, y las investigaciones que ya
están en marcha, y las que se abran nuevas, dilucidarán quiénes son
responsables, con penitencia, y qué hay que hacer para que no vuelva a suceder.
Entonces podremos separar el trigo de la paja, la culpa de la responsabilidad.
Desde luego en esa culpa no está
el ministro de Transportes; el no estaba en la sala de operaciones controlando
trenes y paneles. Siento decir esto por aquellos que apuntan a él y más arriba,
los mismos que se escondieron como cobardes cuando fueron ellos los
responsables de otras catástrofes pasadas. Sin embargo, sí hay una
responsabilidad política que tiene que asumir. Porque no ser culpable del
accidente, no le exime de responsabilidad sobre cuál es la situación
ferroviaria en España. Máxime cuando hace pocos meses hubo otra desgracia
parecida y/o cuando el servicio ferroviario es bastante deficiente en los
últimos años, por falta de inversiones y voluntad política.
Es necesario que aprendamos a
distinguir entre culpabilidad y responsabilidad. El ministro no es culpable,
pero sí es responsable político, y por ello, después de todo lo sucedido en
torno al tren en España en los últimos años, debería dimitir. No puede ser juez
y parte en la investigación, por muy honesto que se pueda creer que es.
Pero hay otra cosa: la sociedad necesita, en
estos momentos, ver que la política es un servicio público y no un lugar de
privilegio, solo al alcance de unos pocos, en donde, pase lo que pase, nadie
asume responsabilidades.






