He
releído estos días la novela de Patrick Modiano El café de la juventud
perdida, una novela publicada en 2008, que sucede en el París bohemio de
los años sesenta del siglo pasado, en un momento en el que una nueva generación
de jóvenes, nacidos después de la Segunda Guerra Mundial, vive amarrada a una
percepción existencialista de la vida; sólo les interesa el aquí y el ahora,
como una seña de identidad que tiene un anclaje muy difuso en el pasado,
generalmente, a través de sus experiencias vitales, y una enorme incertidumbre
en el futuro, que para ellos es una ilusión incierta.
La lectura me ha llevado a una
reflexión, que no es ajena a la juventud actual. En todas las épocas la
juventud ha sostenido una lucha dual entre el pasado y el futuro, para hacerse
hueco entre una sociedad que no comprenden, porque es el mundo que construyeron
sus padres cuando eran jóvenes, y a ellos ya no les sirve, y la sociedad que
tienen que construir, pero que todavía no saben cómo hacerlo. Nada nuevo, que
no se haya producido generación tras generación, como el motor que ha impulsado
la rueda de la historia hacia el progreso, unas veces bueno y otras veces no
tan bueno o decididamente malo.
Sin embargo, la actitud de los
jóvenes protagonistas en El café de la juventud perdida, es muy similar a la de los
jóvenes de hoy: gregarismo y sentimiento de pertenencia a un pequeño grupo, que
hace las veces de una burbuja, frente a un mundo que no les comprende. Las
incertidumbres ante el amor, las circunstancias que les rodean, el
comportamiento de los adultos o el pensamiento que, todavía, está en
construcción, puede hacer pensar que nada ha cambiado, salvo en una cosa,
fácilmente distinguible: si en aquellos tiempos, en el caso de la novela el
café Condé, principalmente, el núcleo de relaciones eran las vivencias que
experimentaban en torno a su grupo de amistades, como forma de definir su vida,
hoy ese núcleo está más difuminado, por el efecto de las redes sociales, que,
además, han reducido el debate sobre sus inquietudes a la mínima expresión,
convirtiendo la experiencia de ser joven en un escrutinio permanente, que con
información sesgada y deficiente en cuanto a discusión, está dominada por la
dictadura de los algoritmos, que controlan, o tratan de hacerlo, su manera de
pensar, sus inquietudes y sus miedos.
Esa es la diferencia, que
convierte a los jóvenes actuales en seres vulnerables, atados a un destino que
están decidiendo otros, a los que solamente les interesan los jóvenes como
mercancía a la que se puede manipular y vender de todo, desde ideas a productos
o maneras de pensar. Por el contrario, la novela de Patrick Modiano, retrata
una juventud parisina, o de cualquier otra ciudad, que a pesar de sus
inquietudes, incertidumbres y rebeldía, sí tenían un resquicio de libertad por
el que encontrarse con el futuro, creyéndose dueños de su destino.
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