miércoles, 8 de abril de 2020

Vigesimoquinto día de cuarentena. Aire


Vigesimoquinto día de cuarentena. Aire. Hay un asunto que deberíamos empezar a valorar para cuando acabe la cuarentena, que todo llegará. Y no me refiero a que nos lancemos, como fieras enjauladas recién liberadas, a los bares, que todo se andará, y volveremos a brindar a la salud de los presentes. Me está resultando curioso el estoicismo con el que nos estamos tomando haber roto esa cadena de relaciones sociales que son los bares en España. Porque aquí no vamos al bar a beber, vamos a hacer vida social, a sentirnos miembros de la comunidad a la que pertenecemos.
Pero no es de bares de lo que quiero hablar. Es de contaminación. Ya tiene guasa que ahora que las ciudades están limpias de gases contaminantes, no podamos disfrutarlo al aire libre, como si estuviéramos cumpliendo una penitencia, por ser los causantes de tanto deterioro medioambiental. ¿No ha encontrado el coronavirus un campo abonado para su expansión en una sociedad donde las enfermedades respiratorias y autoinmunes están a la orden del día?  
Deberíamos hacer un alto y mirar qué tipo de sociedad hemos construido, al borde del colapso ecológico, que en cuanto paramos la actividad económica, y dejamos de usar el coche hasta para ir a comprar el pan, los niveles de contaminación atmosférica bajan drásticamente. Algo estamos haciendo mal. A lo mejor, conseguiríamos doblegar el efecto invernadero y por ende el cambio climático, si la cuarentena mundial durase un par de meses más.
Es muy triste llegar a esa conclusión. Qué tengamos que asumir tener que encerrarnos en casa para salvar la supervivencia de nuestra civilización. Seamos conscientes de que no hemos sido ni la única ni, posiblemente, la última. Pero si estamos condenados a desaparecer, que no sea porque nos hemos autodestruido, envueltos en necedad y autosatisfacción.
Estamos comprobando que revertir el cambio climático es posible; como la naturaleza, que es ese espacio en el que vivimos, se regula así misma; que los únicos que estamos alterando el ecosistema que nos ha permitido vivir durante miles de años, somos nosotros. No creo que haya una especie en la tierra tan imbécil como para  destruir el sitio donde viven.
Reflexionemos si la vida que llevamos de complacientes consumidores, en una espiral de desarrollo sin límite, es sostenible, en una sociedad donde es necesario que cada vez consumamos más, porque es la única manera de aumentar los beneficios del capitalismo depredador que gobierna todo. En estos días de confinamiento y respiro de la naturaleza a nuestras agresiones, pensemos si cuando todo esto se acabe merece la pena volver a cometer los  mismos errores que antes de la pandemia, o si nos vamos a tomar en serio que otra forma de vivir es posible, sin necesidad de padecer escaseces, más acorde con el entorno que no rodea.
No sé si el coronavirus va suponer resetear nuestra forma de comportarnos como sociedad. Sí sé que estamos afrontando que hay otras maneras de vivir y relacionarnos. Pero también sé que el reseteo no se va a hacer solo, que si no lo hacemos nosotros, volveremos a caer en lo mismo y, posiblemente, con más ahínco destructivo. A ver si es posible, que dentro de un tiempo salgamos a los balcones a darnos un aplauso, porque hemos aprendido la lección.
Después de pensar y la siesta, nos vemos a las ocho.     

martes, 7 de abril de 2020

Vigesimocuarto día de cuarentena. Palabras


Vigesimocuarto día de cuarentena. Palabras. Deberíamos ser más cuidadosos con las palabras, porque estás no solo tienen un significado morfológico o semántico, también expresan una intención sobre lo que se quiere decir. Escucho en los últimos días la palabra falso y otras derivadas de ella. Sobre todo cuando alguien quiere referirse a algo que todos sabemos: que los datos sobre el número de contagio del coronavirus no reflejan la cifra que realmente pueda ser, entre otras cosas, porque para cifrar los datos exactos habría que hacer pruebas masivas a toda la población.  Está claro que hay una disfunción entre la realidad y lo que se dice, pero de ahí a que se quieran ocultar datos de contagios hay un trecho muy grande. Por eso, cuando alguien usa la palabra “falseando” o “falso”, está introduciendo, es posible que a veces sin quererlo, una carga de acusación, de me estás engañando y yo sé que lo estás haciendo. Con esto, lo único que se consigue, deliberadamente, como lo hacen aquellos a los que les gustaría que todo fuera mal, cuanto peor mejor, es crear un ambiente de sospecha sin datos que lo sostengan; o los que tienen que parecer más listos que todos, y no se aguantan de  pavonearse en público. Luego están los que lo hacen inconscientemente, porque cada vez hablamos peor y no sabemos utilizar las palabras.
Sería mejor, en vez de acusar de falsedad a los datos oficiales, los de el gobierno o cualquier Comunidad Autónoma, habría que hablar de cifras no correctas, porque aquí  se abre mucho el abanico de posibilidades para analizar la incorrección de los datos. Mientras que si usamos la palabra falso, no hay ningún camino alternativo a la acusación de ser un mentiroso.
Otra cosa es que no se den los datos correctos en lo que ya se está pudiendo medir: ingresados hospitalarios, ingresados en UCI y fallecimientos. Aquí no hay margen de error, salvo que se quiera mentir u ocultar la realidad por razones espurias (hablaremos de este asunto otro día y los datos falsos que están ofreciendo algunos países, para parecer que ellos son más listos, más altos, más guapos y más rubios).
Otra palabra que me chirría en los oídos. Ahora se habla de crear espacios para la cuarentena de personas contagiadas y asintomáticas. Nada que objetar, sabios tiene la Iglesia. Lo que me parece sospechoso es el nombre que se está dando a estos espacios: ARCAS DE NOÉ. ¡¡Hombre!! parece más que lo que están planeando es una selección de la especie, para que si esto se pone mal, alguien salve a la humanidad. Mezclar “arca” y Noé es como anunciar que la ira de Dios ha vuelto a caer sobre nosotros, por malos. Quizá deberían buscar otro nombre menos sospechoso, porque las palabras son importantes y pueden tener muchas interpretaciones dependiendo de quién las diga, cómo las diga, dónde se digan, qué intencionalidad tienen o qué esconde el que las dice.
De momento, cada uno en su Arca de Noé, y nos vemos a las ocho.

lunes, 6 de abril de 2020

Vigesimotercero día de cuarentena. TVE y el rigor científico


Vigesimotercero día de cuarentena. Seguimos a velocidad de crucero. En estos días de confinamiento se escuchan muchas noticias, verdaderas o falsas, que nos llegan con un constante bombardeo informativo que empieza a ser cansino. Por eso la televisión pública debe comportarse con rigor, mucho rigor, a la hora de enfocar y decidir cómo edita una información. Con tristeza tengo que decir que no está siendo así, que en muchos momentos parece estar abonada al espectáculo mediático en el que se ha convertido el coronavirus para algunas televisiones privadas. Qué estas no sean rigurosas, y algunos programas están muy lejos de ese concepto, se puede entender, porque al final, transmiten lo que sus dueños quieren que se transmita. Por eso están llenas de mercachifles de la palabra, vendemantas de la información, propagadores de bulos, vociferantes profesionales y tertulianos que  en un programa dicen una cosa y en otro la contraria, si eso les llena el bolsillo. Ciertamente que se salvan algunos programas y tertulianos, pero pocos. Ya sabemos la calidad de la televisión privada en España y convivimos con ello.
Lo que no es compatible con una información pública y veraz, es que TVE, mejor, algunos programas de TVE, hayan caído en ese tipo de periodismo televisivo, que poco o nada, aportan a un buen conocimiento de los hechos. Voy a ser más explícito, que así me explico mejor.  Esta mañana escucho una noticia sobre como está afectando el coronavirus a la localidad de Tomelloso. El Ayuntamiento informa que hay 104 fallecidos, en cifras oficiales, que son las que nos deben importar, hasta que no se demuestre lo contrario. Todo bien hasta que deciden completar la noticia con algo parecido al primo de Rajoy, aquel supuesto climatólogo del que echaba mano el expresidente para justificar que su gobierno  no tomaba  ninguna medida para detener el cambio climático. La presentadora da paso al cura del pueblo de al lado, para quien no lo haya visto, una autoridad contrastada en esta epidemia. Este señor, no sé si ungido o no por la gracia divina, desde el púlpito, como se hacía a la vieja usanza, dice que a él le han dicho algunos curas, no sabemos quiénes ni cuantos, que las cifras oficiales son mentira, que en realidad hay 180 muertos, dejando caer veladamente, que el Ayuntamiento de Tomelloso, que por su puesto debe estar dirigido por personas que no son de su agrado, está engañando al pueblo. Todo un alarde de rigor científico, transmitido por la televisión pública a las 10 de la mañana. Qué esto lo haga Ana Rosa Quintana, vale, pero TVE, preocupa.
Si el único bastión que nos queda de información veraz y rigurosa hace esto, qué podemos esperar cuando las noticias está sometida a la cuenta de resultados de las cadenas privadas y el bonus de sus ejecutivos. TVE no puede pasar de estar controlada por el gobierno de turno, a convertirse en Patio de Monipodio donde todas las noticias valen, si enganchan audiencia. 
Seguimos bajando. Hasta las ocho.  

domingo, 5 de abril de 2020

Vigesimosegundo día de cuarentena. ¿De verdad estamos ansiosos?


Vigesimosegundo día de cuarentena. Conforme pasan los días, cada vez hablan más expertos sobre las consecuencias psicológicas que pueden tener tanto tiempo de confinamiento. Escuchando a algunos, no todos, afortunadamente, parece que somos una panda de trastornados a la que cualquier cosa que desestabilice nuestras vidas, nos convierte en carne de diván. Puede que haya gente que realmente lo esté pasando mal: familias desestructuradas, parejas que no se soportan, hijos que son como un grano en el culo constante, en fin, situaciones insoportables de convivencia. No incluyo en este escrito a quienes estén padeciendo el miedo de tener que convivir sin tregua con un maltratador, porque esa es otra historia mucho más seria de lo que voy a hablar aquí. Pero más allá de este gravísimo problema, y de los casos anteriores, que son los que confirman la regla, me pregunto si la mayoría de nosotros tenemos derecho a quejarnos, a sentirnos ansiosos y desgraciados.
Respetando el derecho que cada uno tiene a sentirse como le dé la gana, creo que no hay motivos suficientes para tanto alboroto psicológico. Si estar encerrados en casa, no confinados en un campo de concentración, con nuestra familia o solos, que cada uno elige la vida que quiere; sin obligaciones aparentes, lejos de las prisas de la vida diaria que nos hemos impuesto; pudiendo hacer casi lo que queremos, es motivo de ansiedad, estamos peor de lo que cabría pensar.
Vemos gente que realmente lo está pasando mal: todos aquellos que están luchando directamente con el virus; enfermos que se debaten en un mar de incertidumbres; familiares que ven como algún ser querido batalla entre la vida y la muerte, y la impotencia que queda cuando alguno se va y no puedes decirle ni adiós. ¿Y nosotros nos sentimos mal? Podemos ser empáticos, y lo estamos siendo, pero de ahí a vivir en un estado de ansiedad que nos amarga la existencia, hay un trecho.
Además de estar en casa, -¿no es un placer poder hacerlo sin prisas en la casa que hemos ido construyendo poco a poco?-, vivimos en una sociedad rica, que gracias a las medidas gubernamentales, y no me refiero solo a España, nos está garantizando cierta tranquilidad, dentro de las posibilidades de cada Estado; la sanidad, la educación, que los servicios sociales sigan funcionando, que tengamos un colchón económico hasta que esto pase. ¿Y nosotros vivimos agobiados por tener que estar unos días más en casa, sin madrugar, viendo películas, leyendo libros, despertando nuestro lado más imaginativo y creativo?
Reflexionemos un poco si tenemos derecho a quejarnos como niños malcriados, que se enrabietan por todo, y estresarnos (esto puntualmente puede pasar, porque no somos Ghandi) o es que nos están endosando una vitola que no se corresponde con la realidad, y en el fondo, todos, todas, cada uno de nosotros, cada una de nosotras, estamos de puta madre (con perdón por la expresión, pero así todos me entienden).
Por si acaso, no confundamos la ansiedad con el aburrimiento. Hasta las ocho.         


sábado, 4 de abril de 2020

Vigesimoprimer día de cuarentena. La felicidad nunca viene sola


Vigesimoprimer día de cuarentena. Por fin parece que llegan nuevas noticias. Ahora que algunos medios se han empezado a cuestionar las cifras que nos ofrecen diariamente, tenemos la noticia de un importante bajón de todo, y realmente me pregunto, si más allá de la precisión de los datos para los expertos y la ciencia, al resto nos importa mucho saber si se está haciendo bien o mal, siempre que se siga el mismo criterio de contaje. Es decir, que no apliquen una manera de contar un día y otra al otro. Si no es así, lo que nos dicen son tendencias estadísticas y por ahí, hoy han llegado buenas noticias.
Pero yo no soy un  medio de comunicación, que necesita tener un tema del que hablar con relación al coronavirus. Respeto que los medios deben hacer su labor, pero sin caer en el espectáculo, y a veces, con este asunto, algunos están cayendo. Eso, por no hablar de esos programas de TV, con apariencia de tertulia, en los que he llegado a contar hasta nueve personas en el plató, por supuesto todos sin mascarilla.
Hablando de mascarillas. ¿Qué pasa con la OMS? De haber puesto en duda la eficacia de las mascarillas, ahora dice que deberíamos llevarlas todos. Lo que se le tiene que pedir a un organismo de esa envergadura es un poco de coherencia, y no ir a salto de mata. Porque una cosa es ir improvisando, un poco sobre la marcha, qué medidas tomar, cuando un virus así ataca a la humanidad, porque no existe un manual de instrucciones, y otra lanzar al mundo noticias contradictorias.
 “La felicidad nunca viene sola”, es el título de una comedia francesa dirigida por James Huth -la recomiendo para estos días-. Es cierto. La dicha siempre viene acompañada de algo que la empaña. Hoy que podemos respirar de tanta noticia mala, que parece que las medidas que se están tomando empiezan a hacer ver un poco de luz, recibimos la noticia de la  muerte de Aute. A muchos, a lo mejor ni os suena, pero Aute ha sido uno de los grandes compositores de la canción de autor en España, y referente de toda una generación, que ha tatareado sus canciones sin descanso. No importa de lo que haya muerto. Posiblemente, porque estaba muy enfermo desde que tuvo el infarto. También muere gente por otras enfermedades, aunque ahora parezca que ya no, que solo el coronavirus tiene la patente de la muerte en España. Descanse en paz y esta tarde, también aplaudiremos por él. Hasta las ocho. 

viernes, 3 de abril de 2020

Vigésimo día de cuarentena. Y después, el vacío


Vigésimo día de cuarentena. Os aseguro que hoy es un día difícil. Me ha costado mucho ponerme a escribir. Mi ánimo está bajo y nunca he entendido la escritura como una terapia. Ayer fue un día complicado. Justo a las ocho, cuando me asomaba al balcón para aplaudir, recibí una llamada de esas que sabes que pueden llegar, pero que nunca la esperas. Mi hermana me comunicaba que  mi madre acababa de fallecer por coronavirus en la residencia madrileña donde llevaba varios años de residente.
Todas las cifras. Todas las estadísticas de estos días, de repente cobran cara: la de mi madre. Se cae ese velo que disfraza la realidad en la frialdad de los datos, que nos resultan tan ajenos y tan llevaderos. Es como si en un segundo, el “pico de la curva”, las gráficas de evolución de la epidemia se humanizaran y adquirieran rostro: el de todos los que han fallecido, el de todas las que sufren la enfermedad en el silencio existencial de una UCI, en el vacío de una cama de hospital sin contacto con el mundo exterior, con la vida puesta en las manos del personal sanitario.
No puedo tener malas palabras contra la residencia, a pesar de lo que se está diciendo estos días, porque me consta que están haciendo un esfuerzo sobrehumano para llevar la situación que están viviendo. Porque durante años han tenido un trato exquisito con mi madre. Solo puedo tener agradecimiento hacia su personal y hacia el de todas las residencias de la tercera edad que hay en España. Ahora se habla mucho y quizá se conozca poco.
Mi madre se ha ido rápido, en apenas dos días desde que nos comunicaron que había dado positivo en el test. Su avanzada edad y algunas patologías previas han empujado bastante hacia el trance final. Solo deseo que no haya sido consciente de ello y que ese momento, que dicen que tenemos de lucidez antes de cruzar la laguna Estigia, haya sido para recordar los instantes más felices de su vida, que afortunadamente han sido muchos, y de reencuentro con su Pepe, al que tanto echaba de menos.
A mí me queda una extraña sensación de orfandad. Como si ahora que ya tus padres no están, te quedaras solo ante el mundo. Cuando viven, aunque los veas poco, sabes que están ahí, pero cuando faltan los dos, se acabó, ya eres tú solo frente a tu vida, por muy mayor que seas. Esa es la sensación que yo tengo y la pena de no poder despedirla hasta que todo esto pase. Y un recuerdo cálido, sobre los demás: el de un niño de apenas tres años en una habitación casi vacía, porque hacía pocos días que se habían trasladado a vivir a la nueva casa, bajo una tormenta de verano que se colaba por la ventana, junto a una mujer joven que lo abrazaba y sentía que nada le podía pasar, porque estaba con su madre. Hoy volveremos a vernos en el balcón a las ocho.  

jueves, 2 de abril de 2020

Decimonoveno día de cuarentena. El retorno de la Inquisición


Decimonoveno día de cuarentena. Estos día dan mucho para pensar. Redescubrir el placer de tumbarse en el sofá o la cama, bocarriba, y mirar el techo mientras dejamos que los pensamientos y las ideas vayan y vengan, hasta que los vamos ordenando y empezamos a reflexionar sobre esto y aquello. Es muy sano, porque acabamos quitando el trigo de la paja, expulsando el ronroneo constante que nada aporta a la solución del problema o que solo tiene por fin aprovecharse de la situación.
Es curioso, que de repente salgan sindicatos, denunciando a las administraciones por incumplimiento de la Ley de Riesgos Laborales, algo que no hacían hace dos meses, con unos datos de siniestralidad laboral de asustar (695 muertos el año pasado y 635.000 accidentes; aquí no entran los datos de enfermedades por causa del trabajo). Una posición absolutamente ventajista, porque saben que es difícil que un juez dicte una sentencia en contra de la falta de equipos de protección en una empresa. Realmente, esto no aporta nada, salvo la algarabía mediática que provocan, ya que si no hay equipos de protección suficientes es porque nadie ha previsto que los haya, y ahora es complicado obtenerlos, por lo menos a corto plazo (que se lo pregunten a la Comunidad de Madrid, que ha tardado 10 días en conseguir que aterrice una avión cargado de EPIS).  Huele mal que ahora se prodiguen por los juzgados, quizá más con la intención de salvar su culo, por lo que no han hecho antes,  que de conseguir esos equipos.
Es curioso que esos sindicatos orbiten en el entorno de la derecha y la extrema derecha. Ahora se suman el sindicato ultraderechista de la policía Jusapol y la asociación ultracatólica de Abogados Cristianos, en lo que parece una campaña judicial orquestada desde los ámbitos más conservadores del país, que se añade al endurecimiento del discurso de la derecha política. Nada es casualidad. Toda la derecha: política, sindical, social, jurídica, cultural, engrasando la máquina de destrucción masiva contra el gobierno.
Alguien está muy interesado en romper la unidad de la sociedad en la lucha contra esta pandemia. Realmente no sé quién es, porque los que vemos son los actores, no los guionistas ni el director de esta obra de teatro, que más quiere parecerse a un Auto de Fe, que a un Auto Sacramental. Estos días estamos viendo con claridad, que la Inquisición, con toda su arrogancia despiadada, incendiaria de la razón,  nunca ha desaparecido de España, y a mas de uno le gustaría ocupar el papel de Torquemada. Hasta las ocho y resistencia, no solo al virus.      

Resposabilidad vs. culpa

  Si en una cosa somos campeones los españoles, es en buscar culpables por encima de todo. Nos resulta más interesante señalar con el dedo, ...