jueves, 30 de abril de 2026

La seguridad en la escuela

 


                Está el patio educativo de Cataluña revuelto, por el plan piloto de la Generalitat de enviar un mosso d’escuadra a los centros de enseñanza. Muchos son los que están en contra, desde ese buenismo que tiene una parte de la izquierda, que ignora las soluciones a corto plazo, hipotecándolas , siempre, en el tiempo. Y no es que no se tengan que buscar esas soluciones a largo, con grupos de estudio, comisiones de trabajo y debates sobre la bondad del ser humano. Eso hay que hacerlo, para que la escuela sea un lugar donde la única prioridad tenga que estar en la educación y la mejor manera de impartirla en una sociedad democrática. Pero los árboles del bosque no nos tienen que impedir ver que los lobos acechan en sus lindes.

                Existe un problema grave en el sistema educativo, que poco tiene que ver con la enseñanza. Un problema que produce urticaria, o lo parece, a muchos que dicen defender una educación democrática en la escuela, ignorando que la seguridad es un pilar básico para que la sociedad, en democracia, no se sienta indefensa ante los peligros que la acechan, tanto en el ámbito colectivo como en el individual. Por ello hay que buscar soluciones, para que los educadores y educadoras no se tengan que convertir en policías que garanticen la seguridad en las escuelas. Su labor es otra, y solo dedicándose a ella con seguridad, podrán ejercerla con éxito.

                El sistema educativo se ha mostrado, hasta ahora, incapaz de afrontar el problema del acoso, ya sea entre el alumnado o hacia el profesorado. Alumnos que  practican un hostigamiento salvaje hacia otros compañeros; profesores que sufren violencia física y verbal por parte de alumnos y, en cada vez más casos, de padres de alumnos; centros en los que se vive en un estado permanente de temor e incertidumbre, por lo que pueda pasar; menudeo de droga en las puertas de los centros educativos, que pone en riesgo la salud física y mental de nuestros hijos y/o nietos. Problemas que se van acumulando en las escuelas, porque no se puede, en muchos casos, ni se quieren solucionar, no vaya a ser que… Después, cuando la bomba estalla, y un alumno o alumna se suicida, un profesor/a es agredido o se destapan casos de abuso y/o acoso sexual, viene, como no, en una sociedad tan dada al boato litúrgico, el rasgarse las vestiduras, los minutos de silencio y agachar la cabeza, para que la ola de culpabilidad no nos señale.

                La violencia en la escuela tiene muchos frentes desde los que se puede afrontar. Indudablemente, mejorar los recursos de los centros es uno de ellos. Pero en una sociedad donde la violencia se ha estandarizado y convive con nosotros desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, no creo que la mejor manera de encararla sea convertir al personal docente en agentes del orden. Ni es su misión ni están preparados para ello. Porque el único legitimado para hacer frente a la violencia de la sociedad es el Estado, sino queremos convertir esta en un Mad Max o en la ley del más fuerte. Es el Estado el que debe afrontar el problema que se vive en los colegios, porque ya no vivimos en una sociedad de respeto y empatía, sino, más bien, gracias a la ola de individualismo que corre por nuestras venas, todo lo contrario. Y en un Estado democrático, no podemos seguir estigmatizando a la policía, esa que criticamos cuando está y echamos de menos cuando no está.

                Si hay centros educativos que necesitan un refuerzo de seguridad, porque la situación así le requiere, quién mejor que la policía para ejercer esa función. No se trata, como algún tertuliano viene diciendo, de abrir comisarías en los colegios (de la misma manera que se piden sanitarios y nadie piensa que cada escuela vaya a tener un centro de salud) ni de abrir cárceles para los malos. No se trata de eso. Simplemente algo mucho más sencillo, como poner orden en el desorden violento que impera en algunos centros, que ya con la sola presencia de un policía, bastaría como elemento de disuasión. No puede ser que pidamos policía preventiva en los barrios y la rechacemos en los colegios. Salvo que se quiera privatizar la seguridad con vigilantes jurados, algo que muchos de los que hoy se echan las manos a la cabeza no criticarían.

                Seamos sensatos y no nos dejemos llevar por el buenismo de una sociedad flower power, porque el mundo real no es así. Siempre, desde que los humanos existimos ha habido violencia y problemas relacionados con ella, y la única manera de enfrentarnos a ella es la disuasión policial, las leyes y la educación. Todo ello garantizado por un Estado democrático. A no ser, como es en este caso de la escuela, que prefiramos aquel modelo en el que el orden en las aulas y el recreo se conseguía a base de tortazos, capones y horas de estar de rodillas con los brazos en cruz.  

                 

                   

jueves, 23 de abril de 2026

Día del Libro. La nebulosa del escritor/a

 


                Hoy es el Día del Libro, y como escritor me pregunto si merece la pena seguir escribiendo. Si merece la pena pertenecer a una profesión en la que el libro sólo tiene valor como mercancía en un mundo donde todo se monetiza, otorgándole a los escritores valor, no por la calidad de sus obras, sino, principalmente, por la cantidad de libros que sean capaces de vender, para engordar las cuentas de resultado de grandes editoriales, cadenas de librerías, medios de comunicación y redes sociales, lanzados, decididamente, a promocionar sólo aquellos libros que pasan primero por la caja de la publicidad, sin importar la calidad de estos.

                Me pregunto, si los escritores nos hemos convertido en agentes de venta, si queremos que nuestra obra tenga un mínimo de lectores, muy mediatizados por una industria monopolizada por grandes grupos empresariales, que tienen editoriales, cadenas de televisión y radio, prensa escrita, críticos literarios y redes sociales, al servicio de quienes ellos deciden que pueden ser un filón de ventas. Un negocio que, en muchos casos, pregunta o indaga cuántos seguidores tienes en la redes sociales,  antes de aceptar la obra que les has enviado, independientemente de si es buena o mala. Todo al servicio del bussines y no de la literatura. Con esto no quiero decir que no haya escritores o escritoras en estos grandes grupos, que se han ganado a pulso su éxito, por la indudable calidad literaria de sus obras.

                El oficio de escritor es una nebulosa cada vez más gaseosa. Hay un núcleo sólido en el que, de momento (ya veremos con la irrupción de la IA), estás tú solo frente a ti mismo. Es esa intimidad que te ofrece estar dándole vueltas durante un tiempo a una novela, un ensayo, un poema o una obra de teatro; sentirse, como un llanero solitario, frente a la pantalla del ordenador o el papel en blanco, buscando la manera de contar lo que te bulle en la cabeza. Un trabajo hermoso, que nos hace libres, porque en ese acto podemos escribir lo que queremos, como queramos. Sin embargo, finalizado ese trance íntimo de creación, el gas se empieza a expandir en un proceso que escapa a nuestro control y nos deja al albur de otros intereses, absolutamente ajenos a nuestra obra. Ha sido así siempre. El escritor, la escritora, han tenido que buscar quien les acepte su obra, para ser publicada. Pero una vez aceptada, era la editorial, confiando en la calidad de ella, la que se encargaba de todo. Ahora, en estos tiempos de rentabilidad y vellocino de oro, a la gran mayoría de los escritores/as se les deja al albur de sus capacidades de venta, si quieren que su obra se lea, incluso a muchos de los que publican con grandes editoriales.

                No obstante, merece la pena pertenecer a este oficio. Porque el libro, desde que existe la escritura, ha sido fuente de conocimiento, ayuda, distracción, sabiduría, necedad, pasión, sentimientos encontrados, emociones y registro del devenir de la historia de la humanidad. Merece la pena escribir y procurar pulir tu obra, porque el lector, la lectora, no se merece enfrentarse a una obra que no esté bien escrita, al margen de que les guste más o menos lo que están leyendo. No hay nada más gratificante que cuando alguien lee tu libro, al cerrarlo tenga la certeza de que no ha perdido el tiempo: bien porque se ha divertido, porque ha aprendido cosas, porque se ha emocionado, o por vaya usted a saber qué. Por eso merece la pena ser un ser sólido frente al ordenador, que se va a convertir en gaseoso cuando la obra está terminada.

                Dicho lo anterior y a pesar de todo ello, me gustaría felicitar hoy, en el Día del Libro, a todos, todas, los que sí creen que el libro es algo más que un apunte en la contabilidad o un dato en el telediario. A todas las que se sientan a leer y se evaden de la realidad que les rodea; a todas y todos que no paran de imaginar historias, para entregárselas al mundo; a quienes día a día levantan la persiana de su librería o se dejan los ojos leyendo manuscritos que puedan ser editados. En definitiva, a esa comunidad, que en un mundo gobernado por la imagen, la velocidad y la simplicidad de los mensajes, es capaz de hacer el esfuerzo de sentarse a escribir o leer, y encima les gusta.  

La seguridad en la escuela

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