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domingo, 31 de enero de 2021

La pobreza en España: un estigma que la democracia no ha sabido curar

 


Leo en INFOLIBRE del domingo 31 de enero, que “la pobreza tenía el terreno abonado antes del virus: la comparación con la UE desnuda el grave atraso social de España” (sic), e inmediatamente me pregunto que se ha hecho y se está haciendo mal, si después de cuarenta años de democracia, en España la pobreza sigue siendo un problema estructural, independientemente de que en situaciones de crisis profunda se agrave el problema. Las cifras son de escándalo: mientras Francia dedica el 8,3% de su PIB a protección social, España se queda en un 3,6%. Habría que preguntarse por qué esta diferencia, si no cabe suponer que los franceses sean más inteligentes que los españoles.

España durante el franquismo, no solo era un país pobre, era un país empobrecido, donde se malvivía, la mujer no tenía acceso al mercado de trabajo, las comodidades de cualquier país europeo eran una quimera imposible, los salarios eran tan bajos que se tenía que ejercer el pluriempleo y un elevado número de trabajadores tuvo que emigrar  Europa para poder dar de comer a sus familias. Todo esto es lo que la propaganda oficial de un régimen que se ha perpetuado en muchos aspectos en el tiempo,  ha tratado de ocultar, y no solo eso, pues no es un problema exclusivo que esa parte de nuestro pasado se haya hurtado de los libros de historia, como mucho de lo que fue y supuso el franquismo. El grave problema es que los desequilibrios estructurales de desigualdad se han perpetuado durante la democracia, como si de un estigma social y de país se tratara, imposible de curar. Por eso el riesgo de pobreza en España durante los últimos quince años no ha bajado del 18%, alcanzando una cifra estratosférica para un país democrático en 2021, con un 26% de la población. Es decir,  más de un cuarto de la población española está en riesgo de pobreza y no parece que ningún gobernante se vaya a rasgar las vestiduras por ello.  

Habría que mirar al pasado para entender el porqué de esta situación. Es en la restauración borbónica de 1875 cuando se fraguan las nuevas élites, que junto con las antiguas de carácter principalmente nobiliario, crearon un país con una estructura social tan compartimentada y diferenciada, que casi podríamos hablar de una democracia estamental. Una élite de poder que solo tiene como objetivo perpetuarse en él, al igual que las casas nobiliarias y la monarquía, a las que les une el fin de conservar la herencia a las generaciones venideras y aumentarla trabajando lo menos posible.

Este esquema mental de entender la nación como un coto privado donde podían hacer y deshacer a su antojo, basado en el caciquismo y la explotación de las clases trabajadoras al entender a estas no como fuerza de trabajo, sino como seres serviles que les debían gratitud por darles las migajas de sus beneficios a costa de trabajos esclavos con salarios de miseria y condiciones de trabajo inexistentes. Sin olvidar el uso de las fuerzas policiales y el ejército para imponer su voluntad ante la mayoría de la población. No voy a extenderme en este asunto, que ya conocen ustedes, como las represiones brutales a los trabajadores en el final del siglo XIX y principios del XX, o las zancadillas constantes de esa élite a la República desde su inicio, que acabaron en un golpe de estado en 1936, que sumió al país, tras una cruenta Guerra Civil, en cuarenta años de dictadura fascista bendecida por la Iglesia, cuando intuyeron que podía habérseles acabado el dominio “patriótico” de la nación.

Lo preocupante es que la democracia actual no ha sido capaz de acabar con esos resortes del poder de las élites históricas (solo hay que bucear en el árbol genealógico de muchos de los que hoy están en la cima del poder político, económico y social), quizá porque la Transición no supo o no pudo poner fin a ella y las nuevas élites surgidas de la democracia posterior no mostraron mucho interés en acabar con la situación.

 El resultado es palpable con unas élites más afianzadas que nunca, cada vez más enriquecidas, vengan las crisis que vengan, y una población en la que crece exponencialmente la desigualdad y la pobreza, gracias a un cuerpo legal que ha diseñado un país para que sigan controlándolo sin mayores sustos. De ahí, que la democracia no haya sido capaz de acabar con el problema estructural del paro, que se agrava en cada crisis, y de las que se sale con peores condiciones salariales y laborales; que el trabajo precario sea la única posibilidad de encontrar empleo para mucha gente; que los sueldos no están a la altura de una sociedad moderna y democrática o que sean salarios de pobreza en España (en el año 2020 el 12,7% de los trabajadores, principalmente trabajadoras, tenían un salario de pobreza, es decir, que aun trabajando no les permite salir de su condición de pobres), y una carga impositiva poco progresiva y  muy desigual, que tiene como efecto, que las rentas cuanto más altas son, menos tributan en proporción.

Por todo ello y más que no cabe en este artículo, volvemos al principio del titular de INFOLIBRE: la pobreza es estructural en España y el coronavirus, lo único que ha hecho ha sido echar alcohol a una herida que  nunca se cierra,   con unas élites que no tiene ningún interés en que la situación cambie. Y mientras, la brecha con Europa se agranda.              

lunes, 14 de mayo de 2018

Desigualdad vs Violencia de género


Publicado en Levante de Castellón el 11 de mayo de 2018
Cualquier acontecimiento, cualquier acto, cualquier evento que suceda tiene unas causas profundas, que a simple vista no son perceptibles, pero que cuando rascamos empiezan a revelarse, descubriéndonos que la superficie sólo es una parte pequeña de la realidad, sometida a las presiones que se producen en el interior. Siempre es así. Detrás de un accidente laboral, hay un rosario de negligencias, que van más allá del descuido de trabajador/a. Igual que cuando una pareja se rompe porque se acabó el amor, y cuando metemos la mano en la herida que queda abierta, afloran muchas razones que no se han querido atender a su debido tiempo y acaban dinamitando lo que en otro momento fue la sal de nuestra vida.
                Ahora la sociedad española, con muchísimas resistencias latentes en gran cantidad de comportamientos, está descubriendo  que hay un terrible mal que la tiene prisionera: la violencia de género. Y lo está haciendo de una manera superficial, atendiendo sólo al suceso, a esa superficie carente de brillo, sin plantearse por qué hay una violencia tan despiadada y consentida hacia las mujeres. Lo que nos lleva a fijarnos sólo en los grandes sucesos con resultados dramáticos, tan del gusto de los medios de comunicación y del morbo que la sociedad engendra en su seno.  No queremos ver lo que hay debajo, lo que puede brotar cuando se excava en el problema, quizá por miedo a vernos reflejados en el espejo de nuestra culpabilidad (a nadie le gusta sentirse culpable); quizá por no vernos implicados en cuestionar un orden social fundamentado en el poder del más fuerte, donde las mujeres, sin apelaciones a las clases sociales, a la cultura o a la inteligencia, están en un peldaño tan bajo en su consideración, que no les permite salir de ese agujero de desprecio y desconsideración, que la sociedad masculinizada les ha otorgado. En la relación hombres/mujeres estamos instalados en una sociedad de castas, donde la movilidad hacia arriba o hacia abajo es casi imposible, y digo casi, porque siempre hay alguna excepción que confirma la regla.
                La violencia de género no es un asunto de hombres malvados, aunque haberlos los hay y, desgraciadamente, más de lo que podríamos suponer. Detrás de esa dicotomía existente entre hombres y mujeres existe un machismo generalizado que abarca a ambos géneros y del que sólo podremos salir, cuando seamos conscientes de que la sociedad debe sustentarse sobre unos parámetros de igualdad y respeto entre géneros, que acabe trasformando la relación de poder existente en la actualidad, en la que los/las de arriba fundamentan su estatus en la dominación de los/as de abajo. En donde la mujer, además, sufre un doble sometimiento, al tener que asumir todas aquellas tareas que al hombre le parecen no apropiadas a su sexo. Aunque, afortunadamente, esto parece estar cambiando. Si no es así; si lo ceñimos todo a una guerra entre sexos,  nunca atacaremos las causas profundas del problema, y seguiremos reproduciendo los roles actuales, mientras nos echamos las manos a la cabeza.
                El principal motivo de la violencia de género hay que buscarlo en la desigualdad, en todas sus manifestaciones: social, salarial, de oportunidades, de seguridad, jurídica, educativa, etc. Una desigualdad que convierte a las mujeres en ciudadanas de segunda categoría y lo que es mucho más grave, la sociedad la acepta como normal, porque ha sido siempre así. Es como la pobreza: si siempre ha habido ricos y pobres, por qué molestarnos en cambiar las cosas.
                El cimiento de las desigualdad hay que buscarlo en el poder, en aquellos que no quieren que en las escuelas se eduque en la creencia de que mujeres y hombres somos iguales; en aquellos que se niegan a introducir asignaturas que enseñen valores de género y respeto, como uno de los mayores bienes que puede tener una sociedad democrática, fomentando, sin embargo, la enseñanza de la religión, que ha sido y es una de las mayores formas ideológicas de dominación de la mujer existentes en la historia. Pero, también, la desigualdad que acaba conduciendo a la violencia de género, y aquí cabe cualquier tipo de violencia o intimidación, defendida por aquellos que se niegan a modificar las leyes, para que ninguna mujer se siente insegura jurídicamente ni desprotegida policial y socialmente. En aquellos que consienten la brecha salarial y tienen a la mujer como mercancía laboral, no permitiendo que esta pueda conciliar su actividad profesional, con su familia o su vida personal. En todos aquellos que sermonean, que justifican la violencia, que le buscan tres pies al gato cuando se trata de ridiculizar la denuncias de las mujeres ante la inseguridad que viven como víctimas de la violencia. En aquellos que desprecian el miedo y se mofan de él.
                Todos somos responsables, de alguna manera, de este mal -que cada uno haga su examen de conciencia-, pero sobre todos quienes siguen negando que las mujeres son iguales (desde la diferencia) a los hombres y con sus actos están perpetuando no sólo la imposibilidad de encontrar una solución a corto plazo, que de mayor seguridad a las mujeres, sino también quienes no están dispuestos a tomar medidas a medio y largo plazo, que acaben con una desigualdad, que ya a muchos y muchas nos resulta insultante. Claro, que para eso, deberíamos empezar valorar quiénes son los/as dirigentes más adecuados para promover ese cambio en la sociedad y quiénes no. 

lunes, 13 de marzo de 2017

Sólo son mujeres

                                                                                                  Foto. Autor desconocido
Publicado en Levante de Castellón el 10 de marzo de 2017
Cada año celebramos el 8 de marzo como una fecha reivindicativa de los derechos de las mujeres en igualdad con los hombres, y cada año se repiten las mismas palabras, los mismos gestos y las mismas indignaciones. Es como si el tiempo se hubiera detenido y todo siguiera igual año tras año: violencia machista, brecha salarial, desigualdad profesional… etc. Todo un rosario de afrentas hacia las mujeres que la sociedad está consintiendo, quizá porque los hombres seguimos teniendo el sentido de posesión muy activo, lo que convierte a las mujeres en un objeto sobre el que se tiene la propiedad de decidir qué hacer con él; no debemos olvidar que el mundo sigue estando gobernando por hombres o, en algún caso, por mujeres que se comportan como hombres, y las leyes son y están hechas para y por los hombres.
                Nos escandalizamos por cada atentado violento que sufre una mujer, y sin embargo no hay un clamor social para que la violencia de género tenga la misma calificación jurídica y social, que el terrorismo. O cuando un diputado polaco lanza exabruptos contra las mujeres dignos del siglo XIX, y sin embargo, ante unos calificativos que deberían haber hecho levantarse a todas sus señorías dejando con la palabra en la boca al energúmeno que estaba hablando,  nadie abandona el hemiciclo y los medios de comunicación van prestos a que sus ideas cavernícolas queden bien amplificadas por todo el continente. Nos escandalizamos, hasta que cada acto denigrante que se ejerce contra las mujeres vuelve a caer en el olvido, quizá porque vivimos en una sociedad tan cortoplacista que nuestra vida se ha convertido en una amnesia permanente de todo lo que haya pasado un minuto antes, o quizá porque, en el fondo, seguimos bebiendo tragos de ese machismo que nos han inoculado desde el poder, porque, no nos engañemos, en nuestra sociedad el poder sólo se mantiene si es machista en el sentido amplio de la palabra, es decir, si puede someter a su dominio, violencia incluida, a la mayor parte de población posible, teniendo las mujeres el doble sometimiento de la transversalidad a todas las clases sociales. Miramos cada acto de desigualdad, sintiéndolo como algo ajeno. A fin de cuentas, sólo son mujeres, por eso en el último barómetro del CIS, el problema de la violencia machista sólo le preocupa al 1,6% de los españoles.
                Tratamos de buscar soluciones a corto plazo de un problema que tiene su origen en el mismo principio de nuestra civilización, que se fundamentó,  no me cabe la menor duda, en la fuerza que les daba a los hombres ser lo cazadores, y por tanto, los que llevaban el alimento a la tribu (no hemos cambiado mucho, como pueden ustedes ver). Sin embargo, más allá de las necesarias medidas urgentes que la sociedad debe acometer para acabar con los casos más graves de machismo y violencia, el problema sólo se puede resolver a largo plazo, mediante la educación que sistemáticamente se nos ha hurtado a las generaciones actuales. Una educación en igualdad que hiciera que hombres y mujeres, en un futuro, estuvieran en el mismo plano de consideración mutua, legal y social. Yo sé que esto es revolucionario, por ello los grupos más conservadores de la sociedad, que tristemente suelen ir unidos a cualquiera de las religiones que se profesan en el mundo, no cejan en su empeño para que desaparezcan de los programas escolares asignaturas que eduquen a niños y niñas en igualdad. Además, si el poder abre la mano para que una de las mayores injusticias desaparezca gracias a la educación, quién le asegura que no va a ocurrir otro tanto con las demás desigualdades que se ocupan de mantener.

                Podemos protestar por grandes iniquidades o graves sucesos, es necesario hacerlo, pues la sociedad civil se alimenta, entre otras cosas, por ser la vigilante de los desmanes del poder. Sin embargo, nos encontramos ante un desafuero compartido, bidireccional entre el poder y nosotros. Hay muchos comportamientos que pasan desapercibidos; demasiados actos de dominio y sumisión entre hombres y mujeres; pequeños micromachismos en lo que sí podemos incidir, liquidar, romper esa dinámica de miles de años que nos sitúa a los hombres por encima de las mujeres, sin que muchas veces seamos conscientes de ello. Está bien que discutamos sobre el machismo con mayúscula en el lenguaje, en el mundo laboral, en la cultura, en el deporte, en todas y cada una de las actividades que desarrollamos diariamente, pero si nosotros no cambiamos en nuestro comportamiento cotidiano; si no exigimos, por ejemplo, que la Real Academia de la Lengua acabe con definiciones denigrantes para la mujer, pero que están ahí, porque el lenguaje se ha construido desde la visión que los hombres y el poder tienen de la sociedad , como la de sexo débil: “conjunto de mujeres”; o que a una mujer no se la despida porque no lleva tacones al trabajo o va sin pintar. Si no conseguimos esto, seguiremos celebrando cada año el 8 de marzo, con las mismas reivindicaciones, porque la igualdad se ha parado en el tiempo o está en claro retroceso. 

lunes, 17 de octubre de 2016

Fragmento de mi ensayo La Brecha en el Día Internacional de la Pobreza 2016

                                            Fotos portada: José Luis Cuesta
Juanito tiene siete años. Cuando vuelve del colegio se entretiene jugando con el único muñeco que tiene. Los reyes se lo trajeron las últimas Navidades, bueno, más bien tuvo que ir él a recogerlo, pues los Magos de Oriente habían dejado los juguetes en el centro de la Cruz Roja. Él no sabe qué es ese sitio, pero su madre de vez en cuando le trae algo de ropa que dice comprar allí. Su madre no quiere que Juanito pierda tan pronto la inocencia dándose cuenta de que la pobreza se ha instalado en su familia como un miembro más al que hay que alimentar y cuidar. Por eso Juanito vive en su mundo, entre las planchas de metal y trapos viejos que ahora son su hogar, debajo del puente que hay cercano al parque de Gulliver en Valencia, que sus padres se afanan en mantener pulcro y lo más habitable posible. Tiene una suerte enorme de poder estar mucho tiempo jugando en la calle con los niños que van al parque por las tardes después del colegio, hasta que se van a sus casas y él sigue subiendo y bajando por el vientre del gigante, esperando que su madre le vaya a buscar para hacer los deberes. Ahora ya sabe que no puede decir a los otros chicos dónde vive, porque se ríen de él, y eso no le gusta, le pone triste, porque él adora su nueva casa, que ha construido su padre, con su ayuda, de lo que se siente muy orgulloso. Cuando está triste sólo desea que llegue el momento de acostarse, para esconderse bajo las sábanas y cerrar los ojos con el runrún de una vieja radio de pilas que su padre trajo un día, Es un truco que ha aprendido solo, cierra los ojos y todo lo que hay alrededor se desvanece, como si sólo él existiera en el universo, ante un mundo nuevo que va apareciendo en la oscuridad, llenando de luz y color los últimos resquicios de su pena, de esa pena que le provocan sus amigos cuando se ríen de su casa. Juanito se pierde en aventuras fantásticas que le llevan por lugares inimaginables, a países donde los niños son felices y tienen habitaciones llenas de juguetes. Donde no hay colegio y nunca hace frío. Así Juanito pasa el tiempo hasta que se duerme cansado de tanto viajar. Pero esa noche la aventura aparecerá antes de acostarse, y sentirá que va navegando en un barco de velas gigantescas que se enfrenta a mares de olas asesinas, en busca de un gran monstruo marino de dos cabezas que tiene aterrorizados a todos los marineros que surcan aquellas aguas. ¡Su padre ha traído hamburguesas! No sabe cómo lo hace, pero de vez en cuando su padre llega a casa con alguna sorpresa de estas, y hoy ha traído una caja de hamburguesas,
con regalo y todo. Esa noche Juanito no ha necesitado cerrar los ojos debajo de la manta para volar a mundos fantásticos. La felicidad estaba en su casa, y cuando vio que a sus padres se les saltaban las lágrimas por verle tan feliz, se abrazó a ellos y les dijo que les quería.

lunes, 26 de octubre de 2015

Cañizares y la pobreza invisible

Publicado en Levante de Castellón el 23 de Octubre de 2015
El arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, en un momento de éxtasis divino, hizo el otro día unas declaraciones que han escandalizado, incluso, a sus propios correligionarios de fe. No son nuevas estas salidas de tono estertóreas del guardián de la ortodoxia más rancia de la Iglesia. Algunas de sus perlas han sido bastante sonadas y muy festejadas por el ultramontanismo nacionalcatólico español, incluido el catalán, como aquellas que hizo en 2009, a colación de la reforma de la Ley del aborto del gobierno del Zapatero, en las refiriéndose a los casos de pederastia habidos en colegios católicos, dijo: “No es comparable lo que haya podido pasar en unos cuantos colegios, con los millones de vidas destruidas por el aborto”. Ya lo ven, a monseñor Cañizares el padecimiento en vida le importa bien poco, y si este es infringido por curas, nada.
                Pero no es este el tema sobre el que me gustaría reflexionar. En las declaraciones de Cañizares ha habido dos focos de atención mediático, por su poca sensibilidad con el sufrimiento de la gente. Uno referente a los refugiados, que ha tenido una inmediata respuesta desde diferentes ámbitos de la sociedad por xenófobas, y ser un tema muy delicado en este momento que incluso le han obligado a desdecirse. Aunque siempre he pensado, como bien dice el proverbio, que “la jodienda no tiene enmienda”, con perdón, y este tipo de actos de contrición dura hasta que se vuelve a caer en el mismo pecado. Pero no se alarmen, para eso está la confesión, ese acto exculpatorio general, que da a los católicos carta blanca para hacer lo que les da la gana, si después se confiesan o arrepienten.
                Pero no es la preocupación que tiene monseñor sobre que quedará de Europa en unos años con tanta invasión musulmana (parece que para algunos la guerra contra le infiel no se terminó en Lepanto), lo que me ha llamado la atención, sino sus declaraciones sobre la pobreza. Un hombre de bien, con un supremo sentido de la fe católica, tenía que echar una mano al gobierno que tanto le gusta por su conservadurismo. El país vive “una recuperación económica que hay que reconocer”, ha dicho monseñor Cañizares, capaz de poner a cada uno en su sitio: a los ricos en el suyo y a los pobres debajo. Es tanto el fervor mutuo que se tienen que algunos reconocidos meapilas han salido en su defensa, como el ministro del Interior (cómo le hubiese gustado a este hombre ser Inquisidor General) y otros venidos a menos, como Camps y Cotino, que no han dudado en darle su apoyo.
                Dicho lo anterior, habiendo recuperación económica desde el minuto uno que llegó Rajoy a la Moncloa, el cardenal no ve “más gente pidiendo en la calle o viviendo bajo un puente, que antes”. Estas declaraciones, que no han tenido tanto impacto social y mediático como las de los refugiados, quizá porque el empeño del poder en invisibilizar la pobreza, para que no se les estropee el chiringuito que está montado a costa de ella, están dando sus resultados. El arzobispo de Valencia debe tener un concepto de la pobreza ligado al número de pobres que piden en la puerta de las iglesias, bien a la vista de todos para que los feligreses descansen su conciencia dando una limosna, eso que tanto le gusta dar a la Iglesia porque les genera clientela. Ligado a esto, la pobreza debería visualizarse en las calles y bajo los puentes, como sucedía siglos atrás, en donde sus señorías laicas o eclesiásticas convivían con todo género de pobres, desarrapados y gentes con el estigma de la miseria, buscando cómo sobrevivir más allá de las limosnas. Pero el siglo XX, en Europa, gracias a la Revolución Industrial y las luchas sindicales y obreras estableció una nueva clase de relaciones entre los trabajadores y los patronos, haciendo del estado de bienestar el mayor éxito para la erradicación de la pobreza habido en todos los siglos de historia conocida. Simplemente, el fin de la pobreza estructural y la explotación que esta supone vino del empleo, el salario y las condiciones de trabajo, en situación de dignidad, que convirtió a millones de europeos y españoles en clase media, y ya saben ustedes, una potente clase media es un gran antídoto contra la pobreza generalizada.
                Debería el arzobispo de Valencia leer los informes de Cáritas, que tan cerca le quedan, para darse cuenta que la pobreza hoy es más invisible que nunca. Puesto que los  nuevos pobres que el siglo XXI ha traído como consecuencia de las políticas de desigualdad que la jerarquía de su Iglesia tanto bendice, no está tirados por las calles, ni abarrotan las escalinatas de la iglesias, ni se han dado a la mendicidad como profesión. No, porque los pobres del siglo XXI son clase media, trabajadores y trabajadoras que hasta hace bien poco tenían un trabajo digno y un salario que no les condenaba a la indigencia, como ya sucede con el 14% de los trabajadores españoles. Son ciudadanos que se han visto arrojados de unas vidas con cierta estabilidad económica y que se resisten a entrar en el mundo compasivo de la pobreza, aunque no hayan tenido más remedio que entrar en el bucle de la caridad. Ciudadanos que todavía tienen esperanza de que la situación cambie para volver a ser lo que antes fueron. Por eso el cardenal Cañizares no los ve. Por eso y porque no quiere verlos, no le interesa verlos.

                Pero la pobreza es una realidad imposible de esconder. Está instalada en el centro de nuestra sociedad. Y al margen de la celebración del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, que se ha celebrado el 17 de Octubre, según lo dispuesto por la ONU, de la esta sólo se sale con educación, cultura, igualdad de oportunidades, trabajo digno y salario suficiente. Y esto sólo se consigue si cambiamos los gobernantes que nos han conducido a ella, y están diseñando un mundo a su medida, para que se perpetúe. 

domingo, 18 de octubre de 2015

Una brecha de desigualdad

Publicado en Levante de Castellón el 16 de Octubre de 2015
                El 2 de Octubre me dieron una agradable sorpresa, cuando Antonio Montiel, secretario general de Podemos en la Comunidad Valenciana, me escribió para decirme que le había regalado un ejemplar de mi libro “La Brecha” a Felipe VI, durante la inauguración de una exposición en Valencia.  No voy a negar que fue una inmensa alegría saber que alguien del mundo político ha valorado en su justa medida el relato de la desigualdad en España que se hace en el libro y tenido el acierto de entregárselo al rey, que por que seamos republicanos no deja de ser el jefe del Estado, para hacerle saber que sigue siendo intolerable el abismo que se ha abierto en España entre ricos y pobres.
Pero más allá del gesto de Montiel o si su “majestad” se lo va a leer o no, “La Brecha” es un libro que  nunca se debería haber escrito, ni sus fotografías haberse realizado, si no existieran argumentos, escenarios y personas que están sufriendo. Fotografiar, escribir sobre la exclusión, la pobreza inducida por la avaricia del poder que gobierna ahora mismo Europa y la desigualdad más vergonzosa que se recuerda desde la muerte de Franco, no es un plato de gusto, sino más bien un ejercicio de introspección social y personal que te conduce a lo más hondo de la vileza humana. Un desprecio por la vida en condiciones de dignidad, que reduce a las personas a la categoría de esclavos modernos, que sólo tienen como misión de su existencia hacer que los ricos lo sean cada vez más.
Porque “La Brecha” no es sólo un testimonio sobre la desigualdad. Es también una denuncia sobre las causas. Poner negro sobre blanco que hay un fondo ideológico, unos responsables políticos, unos divulgadores intelectuales y unos embaucadores espirituales, que solamente tienen como fin la justificación de la pobreza, para someter a la mayoría en beneficio de una minoría, cada vez más enriquecida, a costa de apropiarse de la riqueza que produce la sociedad. Es el neoliberalismo salvaje y austericida que gobierna Europa por medio de unos dirigentes políticos que legislan al dictado de los ricos, ya sean estos particulares o corporativos; que tienen a las diferentes Iglesias que hay en el continente como justificadoras espirituales de la pobreza: “Bienaventurados los pobres, porque de estos será el reino de los Cielos”.
                Hay un dogma, que a lo largo de repetirlo durante miles de años nos lo hemos llegado a creer, sin ni siquiera cuestionarnos su veracidad o falsedad: “Siempre habrá ricos y pobres”. Sin embargo, esta afirmación esconde una trampa ideológica que está en el centro de la desigualdad. Que haya ricos y pobres sólo depende de cómo se reparta la riqueza. Si el reparto se hace de una manera justa y equitativa, la pobreza podría llegar a desaparecer. ¿Significa esto que ya no habría más ricos? No. Significa que no habría pobres, y que siendo las oportunidades las mismas, cualquiera podría llegar a ser rico y todos llevar una vida digna. Pero si el reparto no es justo y equitativo, nos encontramos en la situación actual: miseria, pobreza, falta de oportunidades que va aumentando conforme vamos bajando en el escalafón social, desigualdad y explotación. Digo explotación, porque sólo se puede llegar a una sociedad tan injusta como la actual, cuando las élites del poder actúan sin control legal que les impida dedicarse a explotar a los trabajadores (que son la mayoría de la población), para acumular la mayor parte de riqueza posible.
                ¿Hay solución? Siempre hay una solución. Si abandonamos la dejadez por la política, y nos dedicamos a exigir a los gobernantes, no sólo que sean honestos, sino que también sean justos y gobiernen pensando en el bienestar del conjunto de la sociedad, todo es posible. Si esto hubiese sido así, no habríamos tenido que escribir “La Brecha”. Pero desgraciadamente no lo es, y la chulería política sigue campando por los cenáculos del poder, haciendo gala de un desdén hacia el bienestar de la ciudadanía que raya el insulto. Si el gobierno del país fuese de otra manera no saldría el ministro de Hacienda amenazando y cumpliendo su amenaza de cortar el grifo de la financiación a la Comunidad Valenciana, como castigo por no haber votado a su Partido. No le importa, ni a él ni al gobierno al que pertenece, que sus actos puedan generar mayor desigualdad y pobreza, si con estos deslegitima al gobierno valenciano actual, que se ha encontrado con las arcas de la Comunidad vacías, por la inmensa corrupción y despilfarro de los gobiernos anteriores, por cierto del mismo Partido del señor ministro, y por la ausencia de una financiación justa que durante cuatro años el Partido gobernante en España no ha hecho nada por solucionar. El mismo Partido que ahora exige en la Comunidad Valenciana que el nuevo gobierno de izquierdas arregle en cien días lo que ellos han destrozado durante veinte años.
                Si la sociedad estuviese más vigilante con sus gobernantes, nunca se habría producido al gran estafa de Wolkswagen y quién sabe si del resto de las compañías automovilísticas, a tenor de lo que hemos ido conociendo en las últimas semanas. Una estafa de dimensiones épicas, consentida por los gobiernos comunitarios, y que curiosamente, todavía no ha dado con los huesos en la cárcel de los responsables políticos, ni económicos, ni empresariales. Esto es como la película “Uno de los nuestros” de Martin Scorsese, en la que una vez entrado en la mafia, si eres leal, hagas lo que hagas, siempre tendrás la protección de “la familia”. A lo suma te llevarás un tirón de orejas. En esta Europa neoliberal, en la que se han perdido las formas democráticas, está sucediendo lo mismo: ellos se sienten protegidos, porque son uno de los suyos. Si los bancos comenten el desfalco más grande habido en el siglo XX, nadie paga por ello, y el Estado, ese del que tanto reniegan, correrá al rescate con cientos de miles de millones de euros, que pagaremos nosotros. Si la Wolkswagen y otras multimodales de automoción son cómplices de una estafa sin precedentes, tranquilos que ya se buscarán un responsable de tercera fila para que expíe por los pecados de sus jefes y, además, ya se dispondrán a pedir que si la cosa va a mayores, sean los Estados los que salgan a rescate. Una vez más, usted y yo a pagar, aunque sea acosta de la desigualdad, la explotación y la pobreza de una parte, cada vez más creciente, de la población.

                Por ejemplos como este, y por muchas otras cosas que han hecho de esta sociedad un hervidero de injusticias y abismos, es necesario un libro como “La Brecha”, y políticos  que sean conscientes de que sólo cambiando verdaderamente las cosas se puede salir de este atolladero. Y mucho más fundamental: lectores de hagan de “La Brecha” un ejercicio de reflexión para el cambio político.

Bajas laborales

                   Núñez Feijoo vuelve a liarla con una de sus ocurrencias, que, si bien, está en su ideario político, no quita para que int...