Mostrando entradas con la etiqueta Novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Novela. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de diciembre de 2017

LA FUNCIÓN PERDIDA. Novela de María García-Lliberós

                Uno de los fantasmas que espantan a los recién jubilados, es la pérdida de su función en la sociedad, sobre todo cuando nos han enseñado que nuestras vidas sólo tienen sentido si giran alrededor del trabajo. El miedo a la nada, al vacío como ser productivo, al silencio social y la soledad que amenaza con rodearles, provocan sentimos depresivos y de quebranto de la identidad como ser necesario y todavía útil para vivir. 
                De eso trata “La Función Perdida” (Sargantana 2017), última novela de María García-Lliberós, de los miedos que atenazan a Emilio Ferrer, recen jubilado a los 70 años de su cargo como Ingeniero y Jefe de Proyectos de la Dirección General de Infraestructuras de la Comunidad Valenciana. Un Hombre con poder y prestigio, que de la noche a la mañana se enfrenta al olvido y el vacío que le provoca una vida sin nada que hacer. De eso y de muchas cosas más. Porque Emilio Ferrer, viudo y con los hijos viviendo en ciudades lejanas, tras el primer impacto emocional de encontrarse solo en su casa, sabrá, con la generosa ayuda de su amigo Guillermo y la aparición de su nieta Marisita, una adolescente que entra en su vida como un torrente de aire fresco, enfrentarse a sí mismo y resurgir, como un Ave Fénix de sus cenizas, de su condición de jubilado abúlico, para descubrir una vida llena de novedades y satisfacciones, que le resultan absolutamente desconocidas en su persona.
                María García-Lliberós trata con maestría un problema que afecta a una parte cada vez más creciente de la población: la jubilación. Y lo hace con humor, consiguiendo que Emilio Ferrer, a pesar de su carácter torcido,  se convierta en un ser entrañable y casi familiar. Sin olvidar lo grotescos que pueden llegar a ser, por la falta de dramatismo con que son tratados,  algunos de los problemas que afectan a la Comunidad Valenciana y por extensión a toda España, como la corrupción y la crisis. Pero no son estos los temas, ni siquiera secundarios de la novela. Con el alarde que durante su dilatada vida de escritora ha ido consiguiendo, todo lo convierte en un gran escenario por donde transita Emilio Ferrer y compañía. Porque en el fondo sus problemas son los de todos nosotros, más allá de nuestra condición en el mercado de trabajo: la identidad, el miedo, el amor, el reconocimiento, la soledad, la venganza…, en definitiva, la búsqueda de un lugar en el que no sintamos reconocidos y reconocibles, amados y amantes.
Esa es la gran aventura que inicia Emilio Ferrer el día que se jubila y se enfrenta a un mundo desconocido para él, vacío de contenido. Todo contado en primera persona, lo que hace al personaje mucho más atractivo y la novela más interesante. Porque hay cosas que se deben contar en primera persona y María García-Lliberós tiene la magia de meterse en el papel de Emilio Ferrer y hacernos olvidar que es ella la que escribe. 
                  
               

               

miércoles, 25 de octubre de 2017

"La televisión de la discordia" Mi nueva novela



Acabo de autopublicar una novelita en edición digital por 2,99 €. Me hacéis un gran favor si la leéis y escribís algún comentario, pequeño, en la página de Amazon.



Haz clic en la imagen







martes, 11 de julio de 2017

"Tres minutos de color" Novela de Pere Cervantes

               
La novela negra está viviendo en España una de sus etapas más álgidas de su historia. Género que siempre ha estado vivo, gracias a escritores míticos que nos regalaron a los amantes de la intriga momentos de sumo placer. Cierto que hoy no tenemos al gran Vázquez Montalbán, maestro de maestros en el género, pero esta carencia viene suplida por la gran cantidad  de escritores que parcial o íntegramente se dedican a escribir historia policiacas o detectivescas, sumergidas en un  mundo sórdido y sólo apto para hombres duros y mujeres fatales –se echa de menos una novela de mujeres duras y hombres fatales-.
                Lo  bueno de la proliferación de novelas del género es que, entre el río revuelto de publicaciones, que en general tiene un tono bastante aceptable, aparece alguna que sobresale y nos deja un buenísimo sabor de boca. Es el caso de “Tres minutos de color” (Alrevés 2017) del escritor castellonense Pere Cervantes (la nómina de escritores de Castellón sigue engrosándose felizmente), una novela deslumbrante que juega con la intriga policial en la búsqueda de un desparecido y la muerte, pero no la muerte prosaica que tiene detrás un crimen, una enfermedad o un accidente, aquí se va un paso más allá, y Pere Cervantes nos sumerge en el enigmático mundo de las ECM (Experiencias Cercanas a la Muerte), dando a la novela un barniz de misterio que trasciende a la vida alcanzando el más allá.

                Pero no nos confundamos; no se trata de un panfleto sobre este tipo de experiencias que algunas personas dicen haber vivido tras una muerte clínica transitoria. En “Tres minutos de color” sólo importa una cosa: la angustia del detective Coque Brox por sobrevivir a sí mismo y a la mediocridad que le rodea, marcado por varios acontecimientos personales que le hacen transitar por la vida como un diletante,  sólo activado por la búsqueda de su compañero de trabajo, desaparecido en extrañas circunstancias. Todo lo demás, son recursos literarios que colaboran a construir una gran novela, por no decir deslumbrante.

viernes, 19 de mayo de 2017

"El Retablo de NO" novela de Luis Rodríguez


   Luis Rodríguez tiene una novela en la cabeza, y nos la va dosificando poco a poco en los sucesivos libros que va publicando. No es una novela cualquiera, es simplemente una novela sobre la vida, mejor dicho, sobre cómo miramos los mortales la vida en nuestra intimidad; cómo pensamos todo aquello que no nos atrevemos a decir. Es esa mirada turbia, pero lúcida de las cosas que nos sitúa frente a nuestros propios engaños diarios, esos que nos hacen ir hacia adelante. Vivir no es fácil, y lo soportamos con un velo que envuelve lo que somos: seres adorables, capaces de pensar las mayores barbaridades,  qué sólo  nuestra cobardía nos impide hacer.
                En “El Retablo de NO” (Tropo Editores 2017), Luis Rodríguez vuelve a utilizar los personajes como objeto de sus reflexiones, y otra vez más no defrauda. Con una escritura impecable, uno a uno van siendo cómplices de la mirada que tiene el autor de la vida, puestas en sus bocas reflexiones y aforismos que nos invitan a la risa, esa risa que nos produce leer lo que muchas veces no nos atrevemos ni a pensar, pero que no por ello dejan de ser verdades escondidas en el pliegue de nuestras vergüenzas.
                Por ello, volver a leer a Luis Rodríguez, es como no haber dejado de hacerlo nunca, y ese torrente de frescura intelectual que sentimos en sus anteriores novelas, vuelve a recorrer nuestra conciencia y a producirnos el placer de una buena lectura, ajena a las corrientes literarias que encada momento puedan estar de moda.
                “El retablo de No” es una contradicción entre el deseo y la realidad. Esa que viven los actores a caballo entre su vida real y los personajes que representan, en munchas ocasiones tan vividos, que no son capaces de distinguir entre una y otros. Actuar es un espejismo. Como leer. La vida es una mierda, le dice Claudio a José Ángel, el personaje principal, que se decide a dirigir Hamlet porque Shakespeare no le gusta.
                Los personajes, que tiene en la vida real los mismos nombres que los de la obra de Hamlet,  reflexionan sobre su pasado y el futuro, de su identidad perdida y recuperada cada noche en el escenario. Huyen de sí mismos, porque la herida se mueve y sólo cicatriza cuando ya no son ellos, sino otros.

                En esa gran novela, que por entregas Luis Rodríguez va escribiendo en diferentes escenarios y con distintos personajes, que en el fondo tienen todos la misma esencia, estos se mueven como diletantes intelectuales por la vida, ofreciéndonos una panoplia de reflexiones sobre su visión del mundo, sobre la soledad que todo lo impregna cuando se enfrentan al espejo de sus contradicciones y ven que todavía están ahí. Dale la vuelta a tu vida. Si finges la realidad, si vives la ficción como real, verás que ni la actuación aburre ni la vida pesa”.  Dejo esta última reflexión del personaje José Ángel, que bien podría ser del autor Luis Rodríguez.

miércoles, 3 de mayo de 2017

"La peste del azahar" Novela de Joan Montañés Xipell

               

                La primera novela de Xipell: “La peste del azahar” (La pajarita roja. 2017), es un disparate, una astracanada tan inteligente como sus tiras de humor gráfico diarias en el Levante de Castellón. Porque para Joan Montañés Xipell, el humor no tiene sentido si no nos provoca una sonrisa sacástica, de esas que destilan ironía empática con el humorista. 
                La risa es un viento diabólico, es pecado -clamaba fray Jorge de Burgos en “El nombre de la rosa”-. A lo que respondía Guillermo de Baskerville, cómo los santos se valían del humor para ridiculizar a los enemigos de la fe. Incluso fray Guillermo va más lejos en su discusión con el anciano monje benedictino, apelando al segundo libro de la Poética de Aristóteles, como instrumento de la vedad.
                Se preguntarán qué tiene que ver lo anterior con “La peste del azahar”. Pues todo, porque Xipell, desde el humor, en este caso utilizando la palabra escrita como vehículo, se permite el lujo de reírse de tantos tópicos de la sociedad actual, en general, y valenciana en particular, que no puede impedir que la verdad asome por los resquicios de su novela entre el absurdo bufo de sus personajes.  
Una verdad insondable que afecta a la esencia pura de lo que somos: la estupidez y la vanidad.  No importa que los personajes parezcan estar sacados de una parada de bufones: el escritor amanuense de otros, que trata de escribir la gran obra de la literatura valenciana; la miss de medidas esculturales, que se debate entre el deseo que despierta en los otros (ellos y ellas) y su deseo de redimir a los negritos de Africa; la gordita que trata de superar sus kilos de más sacando a pasear una inteligencia sobrecargada de vanidad y envidia por no ser tan deseable como su compañera de adosado y miss; la Molt Honorable, histriónica, que recuerda demasiado a algún personaje real de la vida valenciana; el repartidor que sueña con batir la velocidad del sonido entre el ir y venir de algún reparto, como ya lo hizo su padre; el incompetente líder de la oposición que sueña con desbancar a la Molt Honorable… y toda una galería de personajes menores que en nada desmerecen a los disparatados principales.
Xipell utiliza “La peste del azahar” para desentrañar, a través del humor y del engaño, la verdad de lo majadera que es esta sociedad y quienes la formamos, al igual que Cervantes en su ya famoso “Retablo de las Maravillas”, se mofa de la hipocresía y la falsedad que imperan en su época. Nos tiende una celada, provocándonos a la risa, porque así es más fácil hacernos ver que el mal que provoca la peste del azahar no está sometido a las páginas de su novela, impregnando a toda la sociedad valenciana y quién sabe si española, de sus efectos.  


                 

viernes, 28 de abril de 2017

"Ojalá estuvieras aquí". Novela de Julio César Cano

                Resultado de imagen de Novela Ojalá estuvieras aquí

Castellón vuelve a entrar en escena literaria, otra vez de la mano del inspector Monfort, que vuelve a recorrer las calles de la ciudad y los parajes de la provincia, con su peculiar estilo de policía a la antigua usanza en plena crisis de identidad profesional, al chocar sus métodos expeditivos, cuando estos son necesarios y de viejo sabueso, que prefiere olfatear el escenario del crimen y perseguir sospechosos, con la excesiva fe en la ciencia criminológica de sus colegas más jóvenes y los miedos a salirse del protocolo de sus jefes.
                En esta tercera entrega de las saga que Julio Cesar Cano acaba de publicar bajo el título de “Ojalá estuvieras aquí”, Monfort se encuentra también en una crisis de identidad personal, con el medio siglo ya superado, lo que le hace afrontar el futuro desde una perspectiva diferente, como si el tiempo empezara una cuenta atrás que no tiene retorno. Se enfrenta a una realidad metafísica que podríamos resumir en un pregunta: ¿Cuánto tiempo me queda, para hacer qué?, que lo humaniza, mostrando su lado más culto, amante de la buena vida, preocupado por sus seres queridos y sumergido en un mar de dudas. Decía Miguel de Unamuno que la vida es duda, y la fe sin la duda es sólo muerte.
                En “Ojalá estuvieras aquí” se nos revela que el inspector Monfort es un hombre de fe, porque él cree firmemente en su capacidad para desentrañar los misterios que envuelven el crimen, los crímenes en esta novela; una fe en sus maneras de policía intuituvo que le impelen a cargarse de dudas, siendo estas las que le incitan a superarse, y creer más en sí mismo. El acierto de Julio César Cano, es que este proceso que podría dar lugar a un personaje literario petulante e insoportable, ejerce sobre el lector un efecto contrario, incluso a veces de empática compasión, al mostrarse perdido en un mundo que ya está empezando a dejar de ser el suyo.
                El resto de personajes policiales, incluso el de Silvia Redó, su abnegada y joven compañera, sigue orbitando alrededor de él, epicentro de toda la investigación que se monta tras aparecer degollado en un rincón del Mercado Central de Castellón un empresario de doble vida. Todos no, hay un personaje de nueva aparición, que rompe todos los esquemas, incluso se los rompe al propio Monfort: la juez Elvira Figueroa, una mujer fascinante, que atrapa por su  fuerte y bien trazada personalidad, que esperemos no sea trasladada de su plaza de Castellón y siga apareciendo en próximas entregas.
                El buen hacer de Julio Cesar Cano en esta novela tiene otra perla: una historia paralela de abnegación, pasión por el boxeo, sexo, deseo, alcohol y ambición, que construye la novela tanto como la investigación del inspector Monfort, dándole una potencia admirable.

                En definitiva, “Ojalá estuvieras aquí”,  es una buena novela, quizá la mejor de la saga hasta la fecha; con ingredientes novedosos y enmarcada en un atrezzo cada vez más literario, como es Castellón,  desarrolla una trama muy bien elaborada, con un personaje en pleno proceso de convertirse en referente de la novela negra/policial en España,  lo que le ha valido el Galardón Letrás del Mediterráneo de este año 2017.  

jueves, 30 de marzo de 2017

"Me cuesta tanto olvidarte" de Mónica Mira

               
Una novela puede ser buena por muchos motivos, algunos muy sesudos y otros más ligeros, depende de las personas y los momentos de la vida. Al final es un reconocimiento subjetivo, que nos puede hacer desechar lo que para otros es una gran novela, o entusiasmar lo que muchos repudian.  En mi caso particular, me tiene que gustar, envolver su trama, sentir la caricia de las palabras como algo placentero y no pesado. Tiene que haber conexión con el texto, para que no quiera que se acabe, y debe transmitirme no sólo sentimientos y emociones, también alguna que otra enseñanza. Pero, cuando realmente sé que una novela me ha atrapado, es después de haberla leído, si su recuerdo sigue estando presente en mis pensamientos.
                Algo así, es lo que me ha sucedido con la novela de Mónica Mira: “Me cuesta tanto olvidarte” (Versátil 2017), que me ha atrapado más allá de su lectura. He de confesar que llegué a ella con cierta prevención, pues viene editada en un una colección de novela romántica, género que suelo frecuentar bastarme poco. Por lo que ya de entrada, es inevitable,  mi disposición no era muy favorable. Pero ahí es donde está la gracia: afrontar una lectura sin un interés mínimo y llevarte la sorpresa. Es lo que tiene la literatura, que si nos acercamos a ella sin dogmatismos, nos puede deparar momentos fantásticos, sin buscarlos.
                No soy muy entendido en este género que leen miles de personas, y por tanto desconozco sus claves, por eso yo no me atrevería calificar “Me cuesta tanto olvidarte” como novela romántica,  porque tras un argumento hipotéticamente sostenido por el amor, no una amor pegajoso y dulzón, sino un amor de los que duelen, de los que cuesta llegar a entender, y cuando lo haces, te das cuenta de que el amor tiene muchas aristas, que muchas veces nos hieren, sin que lleguemos a descubrirlas; tras ese amor que desde el personaje principal, Gabriela,  se abre a varias personas, se esconde una historia muy triste de soledad y descubrimiento de lo que uno se pierde de la vida cuando está dedicado en exclusividad a un asunto.
                Mónica Mira con estos ingredientes hace además una radiografía de algunos de los temas más actuales que hoy marcan la información de los medios, se nota su oficio de periodista: la corrupción, el alzhéimer y la desolación que deja en familiares,  la violencia sostenida por el poder del dinero, la mentira pública y privada en la que vivimos instalados, el machismo irreverente del poder que trata a la mujer como un objeto, y el esfuerzo que tenemos que hacer para sobrevivir en este mundo donde nada es lo que parece. Y lo hace a través de un relato muy bien organizado, con una estructura lineal de la novela, por lo que no hay lugar a equívocos temporales, y unos personajes bien trazados, que están perfectamente insertados en la trama, y, sobre todo, en lo que la autora pretende contarnos.
                Dos son los personajes principales: Gabriela, una mujer en la treintena, que de repente se enfrenta a la vida desde la soledad y el desamparo, tras haber dedicado años al cuidado de su padre enfermo de alzhéimer; y Darío, un joven fotógrafo de familia  acaudalada, con un padre que sólo vive para conservar su poder y aumentar su riqueza. Los demás son personajes colaterales, necesarios para construir la historia que van a vivir Gabriela y Darío, que va mucho más allá de una historia de amor, aunque sea este, y no sólo el amor pasional, el que les redima de sus triste vida.

                En definitiva, Mónica Mira escribe una novela con muchos recovecos, de una lectura agradable, que no deja indiferente. A mí, me ha costado desprenderme de ella, una vez leída. 

martes, 28 de febrero de 2017

"El imaginador de pinturas" de Joan Feliu

               
Después de leer “El imaginador de pinturas” (Unaria 2016) de Joan Feliu, me ha quedado la agradable sensación de haber asistido a una clase de arte, pasándolo estupendamente. No de una clase cualquiera, de esas que se dan en las universidades, para que conozcamos el arte y sus artistas, no. Joan Feliu, con un despliegue nada pedante de erudición, nos enseña todos los trucos y técnicas para convertirnos en buenos falsificadores. Tomen nota. Porque la gracia de esta novela es que salvo los personajes, el paisaje y la historia que cuenta, todo lo demás es cierto. Quiero decir, que si es usted un alumno aplicado, puede dedicarse a dar gato por liebre, en los ámbitos artísticos del mundo, después de leer esta magistral lección sobre cómo falsificar un artista y luego que parezca genuino. Todo un mérito del autor, a quien se le nota que de arte sabe y mucho; y a tenor de lo leído, también sabe escribir.
                “El imaginador de pinturas” parte de un hecho constatable: que la admiración que nos produce el arte no es capaz de discernir entre lo verdadero y lo falso, ni siquiera para grandes expertos y/o avezados miembros de la benemérita. Quizá porque, como explica el capitán Halcón: “El gran descubrimiento de Rovere no está en la copia del original, sino en la creación de un falso original”. Este es el quid de la cuestión de la novela: como crear una obra de arte con técnicas de falsificación, que parezca hecha por el verdadero artista, y cómo colarla en el cerrado y exigente mundo del coleccionista. 
                Juan Rovere, el falsificador que nadie es capaz de poner cara, ni siquiera su perseguidor y primer admirador, el capitán de la Guardia Civil Manuel Halcón, sabe muy bien todo esto, por eso ha llegado a ser el número uno. Sabe jugar con la codicia, la vanidad y la avaricia del poder, ya sea en su vertiente económica, política e intelectual. Ahí es donde está su éxito, no tanto en la calidad de su creación falseada, sino en su capacidad para excitar la hormona del placer que activa el poder, y qué duda cabe, que poseer una obra de arte única, funciona como un chute de dopamina para muchos que se sienten llamados por la divinidad a ser y tener más que nadie.
                Todo el proceso se lo va enseñando Rovere a la hija de su antiguo socio ya fallecido, Linda; una estudiante, recién salida del horno universitario, pero que enseguida se da cuenta que se encuentra aprendiendo de Rovere como pez en el agua.  Este, si al principio pone alguna pega, se deja llevar por la testosterona que produce saberse poseedor de un conocimiento único, que le permite lucirse ante una chica joven, guapa e inteligente. Es de esta manera, mientras ejecuta la obra de su último gran engaño, como nos va enseñando a convertirnos en falsificadores, mediante las explicaciones que le va dando a Linda. El círculo de esta clase magistral se cierra con el capitán Halcón, alguien cuyos conocimientos sobre arte y falsificaciones están a la altura de su delicuete preferido, al que sueña apresar, para demostrarse a sí mismo que él, a pesar del traje verde, es digno de sus conocimientos.

                    Joan Feliu escribe una espléndida novela, sin pliegues y fácil de leer, lo que se agradece dada la complejidad del tema que trata. Si bien al principio, puede apuntar a una novela del género policiaco, nada más lejos; ni siquiera creo que el autor haya pretendido esto. La narración crece por caminos muy distintos, introduciéndonos en ese mundo tan desconocido de las falsificaciones artísticas.  Tanto, que después de haberla leído, ya no sabremos, cuando nos pongamos delante de un cuadro, si realmente está facturado por el artista que lo firma, o es una magnifica creación del Juan Rovere de turno. Esa es la gracia de esta magnífica novela.

lunes, 13 de febrero de 2017

Un viaje sólo para hombres

               
  Raúl Ariza es un escritor que nos tenía acostumbrados al género corto: cuentos breves, relatos reflexiones en su blog… todo un mundo literario en el que se mueve muy bien. Sus anteriores libros: “Elefantiasis” ( Policarbonados, 2010), “La suave piel de la anaconda” (Talentura, 2012) y “Glóbulos Versos” (Talentura 2014), son un ejemplo  magistral del control de  los tempos que exige contar una historia en un espacio físico breve. Pero ahora ha dado el salto a la novela, un ámbito literario en donde el pulso de la narración exige otros tiempos y los personajes han de volar con vida propia, más allá de las líneas del texto. Vuelve a sorprendernos Raúl.
                “Un viaje sólo para hombres” (Versatil, 2017), es una novela donde nada es lo que parece. No es una novela negra; no es una novela policiaca, ni de investigación: no es un thriller psicológico, y el amor brilla por su ausencia. Ni siquiera con los personajes se tiene la sensación de que son lo que simulan ser. Sin embargo, es un poco de todo, porque Raúl sabe jugar muy bien con el lector, como si de un laberinto de espejos se tratase, donde la realidad queda escondida entre reflejos falsos de apariencia.
                “Un viaje sólo para hombres” es eso: un viaje sin retorno de tres personajes, que no saben a dónde van. Un padre que huye del acto más aborrecible que ha cometido en su vida y su hijo pequeño, que le acompaña sin saber por qué no está la madre con ellos. Es un viaje físico hacia ninguna parte, o quizá hacia el único lugar, más allá del mapa, hacia donde esa huida hipada de cobardía y de confusión les puede llevar. Hay un tercer personaje, Jorge Canal que no viaja con ellos físicamente, pero que hace tiempo inició otro camino hacia la destrucción personal e intenta redimirse sumergiéndose en la triste historia que unos años atrás vivieron Santiago Albiol y su hijo de cinco años. Aquí, Raúl hace un magnífico trampantojo entre los dos personajes, cargando de ilusiones narrativas su presencia en la novela. Pero no piensen que esto genera confusión en el lector, porque los personajes están desprovistos de maniqueísmo alguno y por tanto, no se mezclan sentimientos. 
En ese juego de espejos, nos hace creer que los acontecimientos que se narran son ciertos. Incluso, el lector tardará un rato en darse cuenta si realmente sucedieron o son pura ficción inventada por el escritor. Hasta ese extremo llega la maestría de Raúl Ariza en esta novela, que no para de jugar con el lector al escondite, para que nunca sepamos dónde está ese punto que nos acabará reconciliando con los personajes. Tanto en así, que se permite el lujo de hacer un cameo, situándose él, como personaje, de lado de uno de ellos. Este es otro ardid de genialidad: hacer que el autor se acabe confundiendo con un personaje de la novela, y que el narrador esté ajeno a todo ello.       

miércoles, 24 de febrero de 2016

OFELIA DESCALZA. Novela de Desirée Ruiz

“Ofelia descalza” (Ediciones Hades. 2015) es una novela de Desirée Ruiz que te va envolviendo conforme vas pasando las páginas, y lo que inicialmente parecía ser una historia de amor, con algún ingrediente heterodoxo dentro del género, se va convirtiendo en una narración, que conforme avanza va creciendo por la calidad literaria de su texto y por unos personajes perfectamente engarzados en la historia.
                La muerte de un fotógrafo que lleva una vida marcada por el asesinato de sus padres, revela, a su hermana, un nombre misterioso, de un posible amor desconocido para ella. Este es el inicio de un desfile de personajes que irán teniendo apariciones muy bien medidas, que van indicando el camino hacia la resolución un misterio, en torno al cual pivota toda la novela. Lo cierto, es que de la profusa galería de personajes que aparecen, no sobra ninguno, y cada uno de ellos aporta un grado de estabilidad al personaje principal, Marcela, que evita que este de desplome por los intersticios de la narración.
                La estructura de “Ofelia descalza” es sencilla, pero a la vez compleja, porque los anillos narrativos que van encajando la historia, están muy bien insertados en el texto, de tal manera, que la novela no cae en elucubraciones fáciles ni ñoñas, muy típicas de las novelas del género amoroso. Por eso, lo que parece el principio, se diluye enseguida, por otros caminos, quizá más psicológicos y detectivescos, que dan al texto un punto de emoción medido, pero interesante. Además, desde el punto de vista puramente lingüístico, el texto está escrito con un primor excelente, de buena literatura, que no parece de una novela primeriza.
                Desirée Ruiz es una escritora de vocación, no profesional, como en la mayoría de los escritores, pues su profesión es la enseñanza. Pero no es una recién llegada al mundo de la escritura. Aunque “Ofelia descalza” es su primera novela, viene escribiendo cuentos desde hace varios años, lo que hace que afronte la escritura de esta novela con cierto bagaje como escritora, y el temido paso de muchos escritores de cuentos a un formato narrativo más largo y complejo, lo soluciona con habilidad y muy buen hacer.

                Todo ello hace que su lectura sea recomendable, si se quiere pasar un buen rato con una  novela entre las manos.

jueves, 24 de diciembre de 2015

"Mañana, si Dios y el diablo quieren" de Julio Cesar Cano

                                  Foto portada libro: OPALWORKS
      
            Julio César Cano, es un escritor que tiene una obra importante. Hace ya casi tres años leí su novela “Hojas de otoño”, Ed. Hiria. 2012, y me pareció una obra fascinante (http://laescrituraesferica.blogspot.com.es/2013/01/hojas-de-otono.html) y ahora, tras una larga sequía, vuelve a publicar una novela policiaca, retomando al inspector Monfort, para ponerse al frente de un nuevo caso que lleva por la calle de la amargura a la policía de Castellón: “Mañana, si Dios y el diablo quieren”, Maeva Ediciones. 2015.
                La nueva novela de JC Cano, que continúa con la saga abierta en el “Asesinato en la plaza de la farola”, vuelve a recorrer la geografía de Castellón y de su ciudad con mano sabia, conocimiento del terreno que pisa y gran maestría a la hora de plantear, desarrollar y resolver el relato. Exposición, nudo y desenlace, en la mejor tradición literaria, que tan magistralmente supo manejar Lope de Vega en sus obras teatrales, en donde los personajes transitan por el hilo narrativo de la obra, siendo quienes le dan contenido, desde el principio al final.
                JC Cano maneja bien esta técnica de la estructura narrativa de la novela y hace de “Mañana, si Dios y el diablo quieren” una lectura que fluye como un río de acontecimientos, bien encauzados, hacia la resolución final, con la habilidad de un maestro que nos va poniendo trampas, hasta el punto, que a lo largo de su lectura vamos cambiando varias veces nuestra idea sobre quién es el asesino. No es fácil sostener este juego de sombras, que hacen al lector redoblar su interés, según van cayendo sus candidatos a posibles culpables.
                Con personajes bien trazados, perfectamente sostenidos por el incasable trabajo del inspector Monfort, los acontecimientos se van sucediendo sin prisa, pero sin pausa, por la geografía castellonense, hasta transformar este territorio, en la imaginería popular, como de ocio y vacaciones, en un lugar más sombrío de lo que las apariencias pudieran hacernos creer. Esta es la magia de la novela: darle la vuelta a la realidad, para enseñarnos ese lado oscuro que todas las sociedades tienen. Y aunque estemos en el terreno de la ficción literaria, nos muestra que las sombras pueden encontrarse en cualquier doblez de la realidad.
                “Mañana, si Dios y el diablo quiere” es, por tanto, una novela de alto voltaje policiaco, muy recomendable, en un género que está más vivo que nunca, y que va a llevar al lector colgado de una cuerda por el abismo de unos acontecimientos que se asoman al lado perverso de la humanidad, como son el crimen y el fanatismo. Impecablemente escrita, lo que hace que su lectura sea aún mucho más atractiva.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

LA HERIDA SE MUEVE de Luis Rodríguez

Genaro es un tipo sin aristas, ni doblez alguna por la que se le puede buscar un pliegue o una perífrasis. Transita por la novela de Luis Rodríguez: “La herida se mueve” (Tropo Editores 2015) sin cuestionarse si su comportamiento se ciñe a las reglas del bien y del mal. Pero lo bueno del caso es que el narrador tampoco se entretiene en situar al lector ante una decisión maniquea. No. Que cada uno aplique su propia escala de valores a lo que está leyendo y juzgue, si es que lo cree preciso. Porque los personajes de las novelas de Luis Rodríguez no están  sometidos a lo políticamente correcto, ni siquiera a lo políticamente incorrecto, van por libre, al dictado de unas normas que se salen de lo habitual, que  no vienen dictadas por nadie, sino por el devenir de  los acontecimientos en cada caso y lugar.
                “La herida se mueve”, no es una novela al uso, de las de exposición, nudo y desenlace, ni siquiera uno novela modernista o moderna, que se niegue a someterse a determinadas reglas de la narrativa. Tampoco es la novela de un anarquista que combata las normas sociales burguesas; muy diferente es su intención, si es que la tiene, y no es ni más ni menos, que enseñarnos en su desnudez más desvergonzada la realidad de la vida fuera de la literatura. Por eso sus personajes no son empáticos, ni sentimos una afectividad camarada con ellos; quizá porque son demasiado reales y  pasan por la novela sin pretender conquistarnos.
                Estamos hablando de una novela lineal, como un río que discurre paralelo a una orilla, que simplemente nos muestra, por la que entran y salen personajes que acompañan a Genaro en su navegación hacia la nada. Está alejada de las  florituras y descripciones, todo esto no le interesa al autor. ¿Qué más da si Genaro es un capullo o no? Es irrelevante, al propio narrador le resulta irrelevante, y lo que es pero al mismo Genaro le da igual.
                Pero no nos engañemos “La herida se mueve” es una novela de grandes verdades y profundas reflexiones, dichas por el narrador o sus personajes sin pretender impresionar, que se hunde tanto en la sustancia de muchas cosas, que acaba por convertirse en una novela expresionista. De un expresionismo, sin color, en blanco y negro, como los cuadros de Antonio Saura, que son una bofetada conceptual de sentimientos profundos que nos hace revolvernos ante su mirada. Lo mismo sucede con esta novela, que nos revuelve, sin poder dejar de leerla, atrapados en gruesos trazos de verdad expresiva. Quizá porque nos revela ese yo oculto que todos tenemos y queremos esconder de la luz, despojándolo del envoltorio de convenciones tras el  que se esconde.
                No hay conexión afectiva con el presente y eso nos lleva a una búsqueda constante que no pretende calmar ninguna ansiedad, sino rellenar los huecos vacíos que puedan ir quedando en el ejercicio diario de vivir. Lo expresa muy bien Genaro en un momento dado de la novela: “Todas las personas que vemos por primera vez proceden del futuro, de nuestro futuro”. No se pude condensar mejor la inestabilidad del presente, cuando uno se descarga del pasado, porque, en definitiva, este ya no es nuestra vida, será la de otros, pero  no la nuestra, que ha quedado varada en cualquier orilla del río. El futuro es el único asidero al que nos podemos agarrar para seguir adelante.

                Sólo por esa reflexión que nos va a hacer pensar y replantearnos todo nuestro concepto del tiempo vital, merece la pena dejarse atrapar por una novela, que lo que seguro va a conseguir es no dejarnos indiferentes, poniéndonos ante el espejo de lo que somos.

martes, 15 de septiembre de 2015

Sinopsis de la novela "Nunca seremos los mismos"

La caída de Barcelona en manos de las tropas de Franco supone la salida de miles de republicanos que se unen a la diáspora, ya iniciada desde hace meses, hacia la frontera francesa. También lo hace el gobierno, con todos los intelectuales que residen en la capital catalana, y el presidente de la República. Se inicia así un largo camino que los convertirá a todos en refugiados y conducirá hacia un exilio que tiene como primera parada Francia, y por última, tras el sufrimiento del camino el desarraigo que supone el abandono de su vida anterior y todos los referentes con los que habían vivido, a una transformación personal que los convertirá en otras personas, y ya nunca volverán a ser los mismos.
                Manuel Murillo y Rodrigo Ballester, son antiguos milicianos que se conocieron en el frente de Teruel, y que ahora sirven como chóferes militares del gobierno republicano. Se encuentran en Barcelona el día 22 de enero de 1939, cuando se produce la huida del gobierno hacia Francia. A Manuel le asignarán abandonar España como chófer de la familia Machado y a Rodrigo, junto a Marga Centellés, una  novia de Manuel a la que consigue llevar en el convoy in extremis, le tocará conducir el vehículo en donde el presidente de la República abandonará Barcelona, rumbo a la frontera.
                Durante el viaje Manuel intima con Antonio Machado, al que acompañará hasta Colliure, convirtiéndose en el amigo inseparable del poeta hasta la muerte de este un mes después.
                La peripecia de Rodrigo y Marga es mucho más complicada, mientras el amor va surgiendo entre ellos. Después de recalar en La Vajol y vivir la accidentada salida de España del presidente Azaña con parte de su gobierno, en una fría madrugada de principios de Febrero, son separados en la frontera por los gendarmes franceses. Rodrigo es detenido y enviado a Perpignan, para acabar en el campo de internamiento de la playa de Argelès-sur-mer, en donde sufrirá el lado más oscuro del exilio, y Marga, que ha hecho buenas migas con doña Dolores, esposa de Azaña, parte con la comitiva presidencia hacia Les Illes, pequeña población francesa cercana a la frontera, para dedicarse, posteriormente, a la búsqueda incansable de Rodrigo y a sacarle del infierno de la playa de Argelès, una vez que consigue descubrir que su amado está allí.
                Tras el entierro en Colliure de Machado el 23 de Febrero de 1939, Manuel, que ha sabido por algunos exiliados que su amigo Rodrigo se podría encontrar en el campo de Argelès, se dirige hacia allí, donde se encontrará con Marga y tras una rocambolesca situación conseguirán que Rodrigo huya del campo.
                A partir de aquí Manuel dirigirá sus pasos hacia Nueva York, en un viaje no exento de riegos y dificultades, que le llevará primero a París y después a Le Havre, junto a un cáliz de oro que robó del Palacio Episcopal de Teruel cuando el ejército de la República  reconquistó la ciudad, por unos días, en la navidad de 1937. En Nueva York encontrará una ciudad hecha a su medida, en la que encaja perfectamente. Tras pasar por un centro de ayuda a los exiliados de la guerra de España, conseguirá instalarse como empresario de una pequeña empresa de reparto de bebidas, que irá creciendo hasta convirtiéndose en un mecenas de la cultura neoyorquina y entusiasta del jazz. En Nueva York, gracias al cáliz que ha viajado con él por medio mundo, conseguirá cerrar una herida que viene arrastrando desde la Guerra Civil, y consolidará su amor con Viveca, una mujer que conoció en Le Havre y que vive en París durante la ocupación nazi.
                A París llegan Marga y Rodrigo, topándose con un mundo fascinante de libertad y agitación política, que cuando las tropas nazis ocupen la ciudad, les hará participar activamente en la resistencia parisina contra el nazismo, haciendo de Marga la líder indiscutible de su grupo resistente. Viven intensamente su Juventud y su amor, entre la felicidad y el riesgo.
                Mientras tanto, en España, Marcial Canero, falangista y comisario de policía en Barcelona, es citado a Burgos para encomendarle una altísima misión. La Iglesia está muy preocupada por el robo del cáliz del Palacio Episcopal de Teruel e insta a las autoridades de la Nueva España a poner todo el empeño posible para recuperarlo. Marcial acepta, qué remedio, el encargo, sin saber que su destino va asociado a la nueva misión.


                “Nunca seremos los mismos” habla de personajes reales y ficticios que tienen que exiliarse después de ser derrotados en la Guerra Civil  española,  en busca de una vida más segura, más libre y más digna, aunque se encuentran con el rechazo del gobierno francés, que los confina en campos de internamiento. Pero como se refleja en la dedicatoria, cualquier persona que tenga que abandonar su país si desearlo, por las razones que sean, se puede sentir reflejado en sus páginas.

lunes, 15 de junio de 2015

La Ciudad de la Memoria

               
 Santiago Álvarez es un hombre polifacético que atiende con su saber a diferentes ámbitos de la cultura. Le faltaba iniciarse en el mundo de la novela y lo ha hecho por el lado que mejor conoce, la novela negra, un género que domina bien, gracias a su bagaje como director de contenidos del festival de género Valencia Negra, algo que se nota enseguida cuando uno se adentra por los vericuetos de su novela “la Ciudad de la Memoria”, a pesar de ser esta su primera novela.
                Es Valencia una ciudad que se presta muy bien como geografía física y humana para la novela negra: su situación litoral, su carácter portuario, la proliferación polígonos industriales, con la sordidez que muchos de ellos tienen, el crecimiento de una bolsa de economía sumergida que parece no tener freno, la corrupción de una clase política y empresarial depredadora de todo tipo de recursos, una burguesía que sin haber perdido su carácter rural y provinciano, se ha convertido en pocos años en una potente burguesía urbana e industrial. En definitiva, para un buen narrador que le guste adentrarse en ese mundo oscuro que transita entre el bien y el mal, siempre al borde del precipicio de la Ley, la ciudad tiene ingredientes suficientes para construir excelentes historias narrativas. La prueba es que en los últimos años la novela negra está en auge en el territorio valenciano, como lo demuestran las últimas publicaciones que están saliendo al mercado de lectores, algunas de ellas de muy interesante factura.
                Pero “La Ciudad de la Memoria” tiene algo más, un plus de calidad que nos retrotrae a los años dorados de la novela negra norteamericana, con esa elegancia desgarbada y tenaz que Raymond Chandler dotó a Philipp Marlowe. Porque Mejías, el detective todo terreno creado por Santiago Álvarez, nos recuerda mucho a aquel, encajador, solitario,  con un concepto casi religioso de la justicia, a pesar de estar de vuelta de muchas cosas. Personalmente me ha recordado mucho al Marlowe de “El largo adiós”, pero con una gran diferencia, Mejias tiene alma mediterránea, con una esencia valenciana que le hace ver las cosas desde una perspectiva más luminosa y humana, a pesar de mostrarse como un hombre duro y perspicaz. Dureza que acaba derritiendo ese otro personaje fantástica de la novela, que es Berta, una estudiante de periodismo, ayudante de Mejías, con un grado de inteligencia y suspicacia desbordante, que añade una fuerte personalidad a la novela.
                Álvarez, hace transitar a la pareja Mejías/Berta por las altas esferas de la sociedad valenciana, mediante la lucha de poder que libra una de las familias de más postín de esa alta burguesía adinerada y cerrada sobre sí mismas, los Dugo-Escrich. Pero esa lucha por el control  del poder familiar y por ende económico de la ciudad, se libra en el filo de la navaja que esconde un gran secreto, guardado con celo por el patriarca y fundador de la saga familiar, en el que Mejias y Berta se verán envueltos y obligados a resolver.


                Se puede decir que Santiago Álvarez ha entrado por la puerta grande de la novela negra, con esta primera obra, “La Ciudad de la Memoria”, y de las letras valencianas,  por su esmerado estilo literario, que no por fluido disminuye su calidad y su buen trabajo narrativo. Esperamos que las vicisitudes de Mejías y Berta no tarden mucho en regresar.

lunes, 4 de mayo de 2015

Siroco

             
                                                       Imagen: Tony Tirado
Cuando uno termina de leer la novela “Siroco”, de Javier García Martínez (Loisele Ediciones 2015), tiene un primer impulso que no puede reprimir: ir a la portada y mirar el nombre del autor para cerciorarse de que es el que creía haber leído, y no ha sufrido un lapsus de memoria. Incluso después, duda acerca de la autenticidad del mismo, no fuera a ser que estuviera ante un seudónimo detrás del que se esconde un relevante escritor o escritora. No nos ha de extrañar esto si estamos bajo el síndrome de Robert Galbraith, nombre ficticio de la autora de la espléndida novela “El canto del cuco”, bajo el que se encontraba J.K. Rowling, la ya universal autora de la saga Harry Potter. Afortunadamente, esa duda sólo dura unos segundos, sobre todo cuando se conoce personalmente al autor, como es mi caso.
                Javier García es un escritor nobel que ha entrado en el género de la novela por una puerta muy grande, al que hay que agradecer que haya asumido el riesgo de saltar de la poesía y el relato a la novela con tanta pericia y buen hacer. Porque “Siroco” es una obra que no defrauda al lector, bien escrita y perfectamente estructurada, que no provoca vacilación alguna a la hora de calificarla como una espléndida novela negra. Está muy bien construida poniendo al servicio de la resolución final todos los acontecimientos que se van sucediendo a lo largo de la narración, que no son pocos. A ello además hay que añadirle un artificio magistral, que es ese primer capítulo que te deja pegado al sillón, y que actúa como clave de bóveda que soporta el resto de capítulos que se suceden hasta el final. Nunca se podrá decir con tanta claridad que esta novela si no fuera por el primer capítulo sería otra muy distinta.
                Puede parecer que estamos ante una novela coral, pero nada más lejos de ello. Jorge Alarma, el personaje principal, soporta sobre sus espaldas el peso de toda la narración, convirtiendo al resto de personajes, con historias alguno de ellos muy conmovedoras, en figurantes al servicio de las cuitas del detective Alarma. Incluso en el caso de Anthony, un nigeriano que va a tener un papel relevante en los acontecimientos de la novela, su potente historia no deja de ser un drama tangencial que impacta y rebota sobre el de Jorge Alarma. El resto de los personajes, siendo esenciales para el desarrollo de la narración, tienen un papel secundario, unos más, otros menos, pero muy bien trazados e insertados en el engranaje de unos acontecimientos que ya, desde el primer capítulo, no bajan la intensidad argumental.
                Ha estado el autor acertado al elegir Valencia, más bien el entorno periurbano de la ciudad, de polígonos industriales y de huerta, como escenario de una trama que lleva a Jorge Alarma por el filo de la navaja a lo largo del texto, entre escenarios sórdidos en los que se tejen grandes fortunas con las manos manchadas de corrupción y se pelea por el poder sin miramientos por la vida ajena. Lugares por los que el detective privado Alarma, ex inspector de policía, se mueve con la facilidad que le da el oficio de muchos años haciendo seguimientos y enfrentándose con lo más bajo de la condición humana. Es un detective de perfil clásico, que nos recuerda en algunos matices y comportamientos a los grandes como Pepe Calvalho o Philip Marlow, detectives que están de vuelta de muchas cosas, pero que se enfrentan a su oficio con profesionalidad, asumiendo que el riesgo va incluido en el cheque de su cliente.

                No soy partidario de contar el argumento de las novelas y no lo voy a hacer en este caso. Sólo me queda decir que podemos estar ante el nacimiento de un magnífico escritor de novela negra, y ante un nuevo detective que nos haga vivir tardes de flirteo con el crimen.  

miércoles, 16 de julio de 2014

Babas de Caracol


Escrito por González de la Cuesta

Lo único que se me ocurre decir de la novela “Babas de Caracol” es que es una gran novela; una obra de madurez literaria de la escritora valenciana María García-Lliberós, que nos retrotrae a esa gran literatura de novelas que se construyen en torno a la vida de un personaje, como puede ser Onofre Bouvila en la “Ciudad de los Prodigios” de Eduardo Mendoza, o la princesa Selma, maravilloso personaje femenino de la novela “De parte de la princesa muerta”, de la escritora Kenizé Mourad, entre otros. Porque “Babas de Caracol” narra la vida de Berta Astomi Ferrán, una mujer de armas tomar, que transita con su existencia a lo largo del siglo XX, en la que la autora focaliza las miserias de la alta burguesía valenciana durante casi cien años de grandes e importantes cambios sociales. Berta Astomi, una muchacha criada entre los algodones de una familia terrateniente, con grandes extensiones agrarias cercanas a Valencia, ve cómo su carácter alegre y abierto de la juventud se va agriando por la ruptura de un amor equivocado, las presiones de una sociedad muy cerrada sobre sí mismo, y por una familia opresiva, gobernada por un padre demasiado autoritario, hasta convertirse en un mujer huidiza del mundo, con una sola obsesión: cumplir una venganza, para que su nombre quede limpio entre sus descendencia, para la posteridad.
                Este es el hilo argumental de una novela que está perfectamente trazada en sus tempos narrativos, yendo y viniendo del pasado a la actualidad, con una discreción que, a veces, se hace imperceptible. No significa esto que no sepamos en qué momento se encuentra la narración, sino que el fundido que nos traslada de la época pasada a la actual se hace con suma delicadeza. De tal manera que el otro personaje principal, Pedro Ribera, afamado escritor sobre el que recae el encargo de Berta de ajustar cuentas con su pasado a través de la literatura, se mueve con absoluta libertad entre su vida, en plena reconstrucción emocional, y la de Berta Astomi, mediante el proceso de escritura de una novela, que acabará liberando a ambos personajes, Pedro en el presenta y Berta en el pasado, de sus fantasmas.

                 En síntesis, “Babas de Caracol” es una novela imprescindible para cualquier amante de la literatura, con unos personajes, principales y secundarios, muy bien construidos, que retratan perfectamente la mentalidad de una época, y las grandezas y miserias de los humanos, plagadas de emociones, odios, amores, virtudes y venganzas, impecablemente escrita y narrada. Una obra con la que podemos decir, que María García-Lliberós ha alcanzado la madurez literaria y narrativa. Encontrarse con una novela así, en una época de tantas banalidades convertidas en libro, es una suerte y una esperanza, que nos deja entrever que más allá de la mercantilización de la escritura, se sigue haciendo muy buena literatura.   

viernes, 14 de febrero de 2014

NUNCA SEREMOS LOS MISMOS, el último grito de González de la Cuesta

                                                   Imagen: David Díaz Mundina

De Elia Saneleuterio Temporal
       Universitat de València / Universidad Católica de Valencia

Calentita todavía nos llega la última novela de González de la Cuesta, Nunca seremos los mismos, publicada hace escasos meses por una editorial joven cuyo nombre tampoco pueden perderse: Unaria.
Aunque la novela teje como telón de fondo un escenario fibroso de la historia de España, los últimos días de la guerra civil y las vicisitudes del exilio, el autor sabe hacerse su hueco entre las mejores obras que en la última década han resurgido el tema, con Soldados de Salamina a la cabeza.
Digo novela, pero tiene alguna incursión del género teatral: se trata de un detalle, pero curioso, el hecho de que el autor nos ofrezca al principio un elenco exhaustivo de personajes. Lo cierto es que el lector agradece la ayuda, en novelas con muchos personajes, porque es difícil retener la identidad de algunos que aparecen de manera puntual.
Es un libro que se disfruta, que se acaba y se recomienda a los amigos. Elementos dramáticos aparte, incluso poéticos, entre sus páginas se encuentra la posibilidad de degustar lo mejor del género narrativo: para empezar, una estructura propia de los grandes hitos del género. Dividida en 28 capítulos, la novela avanza con ramas cuya relación o tronco común conoce el lector, pero no los personajes. Lo interesante es que en ellos se distribuye el argumento en tres o cuatro tramas paralelas, que se van sucediendo estratégicamente, consiguiendo grandes golpes de efecto en los momentos en los que el autor las entrecruza, pues no siempre nos encontramos ante el resultado que quizás estábamos esperando. Resumiendo, tanto las sorpresas argumentales como la estructura en capítulos relativamente breves facilitan el mantenimiento del ritmo, al mismo tiempo que agilizan la lectura y aseguran al lector indudable amenidad.
Asimismo la transición entre los capítulos se realiza como lo harían los grandes maestros del género. Guardando una pregunta cuya respuesta abre toda una perspectiva de interpretación, por ejemplo como cuando tras presentar a una mujer desconocida, que acude a una reunión secreta, descubrimos que no es tan desconocida para nosotros como lectores, aunque lo sea para los personajes en ese momento.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Marga rompiendo el frío silencio que se había instalado en todos los demás.
—Mi nombre es Viveka Grossman. (p. 256)
En la presentación del personaje, el autor deja el nombre para el último lugar, un nombre por otra parte elegido con gran poder de atracción, como el del resto de personajes.
El capítulo siguiente retoma una de las tramas argumentales diferentes, dejándonos el regustillo en el paladar de aquello que la simple mención del nombre nos ha suscitado. En mi opinión, esta es una de las estrategias del suspense mejor conseguidas del libro.
Pero no siempre hay respuesta para estas preguntas que González de la Cuesta nos deja para el final… A veces las deja latir en el aire, sin réplica. Por ejemplo, cuando Marcial pregunta al personal del Hostal del Gall por Manuel: “Una cosa más. ¿Me podrían describir a nuestro sujeto?” (p. 284). Conocemos la respuesta, pero no si los interlocutores la satisfarán, ni tampoco las implicaciones que esta tendrá en el avance de la investigación de Marcial… Y como siempre, el siguiente capítulo, desmarcándose de Marcial y centrándose ahora en otros de los protagonistas, nos obligará a mantener la intriga en la recámara, mientras se abren nuevos interrogantes.
Pero sobre todo, la novela brinda al lector la oportunidad de disfrutar de una prosa de lujo, con una cadencia adecuada a los requerimientos de momento argumental, según la contracción o distensión de la acción. Y en relación a esto considero que la novela es bastante decorosa, y me estoy refiriendo al concepto aristotélico de decoro, que recuperaron los ilustrados y neoclásicos a finales del siglo XVIII. Decoro como adecuación de la caracterización física, lingüística, de vestuario, etc. de los personajes a su realidad social, política, de acuerdo con su extracción cultural y económica. Por ejemplo, las referencias toponímicas son diferentes en las descripciones que en boca de los personajes: Girona/Gerona, etc. El autor ha realizado un trabajo profundo de documentación histórica y geográfica que es de agradecer, por la cultura con la que ilustra al lector.
Recuperando la referencia al decoro, por supuesto no me refiero a la ausencia de jugo morboso, que lo hay, aunque sin excederse, que hasta en esto hace el autor gala de buen gusto. Si hay que soltar tacos para caracterizar a un personaje o a una situación, se hace, todo ello con cuidado exquisito del ritmo. Y por ello les quiero regalar un fragmento en el que se consigue magistralmente esta caracterización de la que les hablo.  
Quince minutos, quince, llevaba Marcial esperando a que le sirvieran en un bar del barrio de Sants un café y un bollo. Quince minutos que se estaban clavando en su paciencia como un puñal. Era intolerable que le trataran así, a él, que podía cerrar el local con un simple chasquido de dedos. Era tanto su enfado que, cuando la chica vino con el servicio, dio un manotazo tirando taza, plato, bollo y bandeja por los suelos. Fue un acto de mala leche y soberbia, que dejó a la camarera y a todos los que estaban en el bar estupefactos. La primera reacción fue del dueño que se lanzó sobre él:
 Pero usted qué… cortada inmediatamente por Marcial, que saltó hacia atrás,  sacó su pistola reglamentaria y encañonó la frente del hombre.
No me toque los cojones más de lo que ya lo ha hecho le gritó si no quiere que le joda ahora mismo la vida. (p. 273)
Pero donde se luce el autor, donde yo como lectora he nadado, buceado, con inmenso placer literario, es en los momentos de emoción contenida o distensión en el ritmo de la acción. Yo confieso que me pierdo, en el sentido de que abandono mis sentidos en prosa como esta. Me detengo en ella, degustando lingüística y metafóricamente la trama, el texto (recordad que texto tiene la misma etimología que tejido). Quizás sea yo muy platónica. Pero lo cierto es que cuando el escritor se recrea en la elección de la palabra precisa, cuando se divierte con la construcción no solo del argumento, sino también de la sintaxis, plegándola a su antojo, cuando el autor disfruta, eso se nota, y permite al lector disfrutar con él.
Cuando su cuerpo cansado y envejecido asomó por encima del resto, de repente un silencio, casi reverencial, se hizo en la estación. Todas las voces, todos los sonidos se apagaron como si un viento de admiración hubiera barrido los andenes. Incluso los gendarmes que ya se preparaban para intervenir se quedaron clavados en el suelo. El pueblo amaba a Antonio Machado, adoraba sus poemas, y ahora, ante ellos, ante ese gentío que abarrotaba las estación de Cerbère, posiblemente en el día más aciago de su vida, personas que tomados uno por uno tenían una vida rota que recomponer: familiar, personal, profesional… Ante todos ellos, como expresión de todos los hombres, mujeres y niños que se habían visto forzados al exilio, con la derrota colgada a sus espaldas como una losa, se encontraba el poeta que habían recitado en el colegio hasta la memorización de sus poemas, con el que se habían enamorado y soñado; el hombre que mediante su poesía y sus escritos les había enseñado que otra vida era posible y necesaria, y había apoyado, sin fisuras intelectuales, el camino de la República como valor de progreso y libertad. Todos estos pensamientos le vinieron a la cabeza a Manuel, cuando la piel se le erizó por el silencio impresionante que la sola presencia en Machado había provocado.  (p. 104)
Para acabar me permito la licencia de anunciaros una profecía. González de la Cuesta no será el mismo después del éxito que seguro cosecha esta novela.
Pensemos un momento. Un año antes de escribir el Quijote de Cervantes nadie podría haber afirmado que era el autor del Quijote. ¿Quién era Cervantes a finales del siglo XVI? Quien tuviera el placer de platicar veinte minutos con él no habría platicado con el Cervantes que conocemos ahora.
Ahora veis que no era un juego de palabras. González de la Cuesta, el autor de Nunca seremos los mismos, nunca será el mismo. Y nunca lo será porque este libro no va a poder ser borrado, ni de su currículum ni de la memoria de los lectores. Tampoco va a quedar como una obra más dentro del género de novela histórica de la guerra civil y el exilio, ni dentro de la historia de la literatura española en general.
Quiero dejarles con las palabras con las que González de la Cuesta nos hace pensar al respecto. En una de las numerosas reflexiones mágicas, aplomantes, que dispersa por la novela, nos dice:
Al tercer día de llegar, Bernard le anunció que se iba. Había contactado con compañeros del Partido Comunista Francés y estos le habían encontrado un nuevo alojamiento; volvía a la lucha contra el fascismo, que en esos días en París tomaba fuerza, agitando la vida pública parisina, por los rumores crecientes de confrontación con la Alemania de Hitler, a pesar de los incesantes desmentidos del gobierno. Cada uno debe seguir su camino —le dijoy aquella noche en Le Chat Noir, rodeados de artistas, bohemios, vinos, tabaco y nostalgias, se emborracharon hasta el amanecer. No se volverían a ver nunca más, pero eso entonces no lo sabían, y tampoco les importaba. (p. 207)

martes, 19 de noviembre de 2013

A ti Mateo, es a ti.


Escrito por González de la Cuesta

                 Escribir una novela sobre pinturas robadas, con Roma como escenario y la Iglesia como tenedor de arte, es un riesgo hoy en día, pues se puede caer en esa corriente de misterios vaticanistas y sectas de origen oscuro que tratan de preservar la verdad del universo, que tan al uso están en la literatura desde hace años, y que, todo hay que decirlo, ha dado algunas obras esplendidas y muchas más prescindibles. Por eso a Juanma Velasco (Castellón, 1963) autor de la novela “Sólo los hombres sin patria pintan lobos”, hay que reconocerle que haya sabido dar el tono adecuado a su nueva novela A ti Mateo, es a ti, sin dejarse llevar por ese torrente editorial que ha colonizado los estantes de las librerías en los últimos años.
                A ti Mateo, es a ti, es una novela muy bien trazada, que nos habla de la ambición del poder, la glotonería de la riqueza y el triunfo del amor, con un cuadro de Caravaggio, La vocación de San Mateo, exhibido en la iglesia de San Luis de los Franceses en Roma, que sin pretenderlo se convierte en el verdadero personaje principal de la trama, haciendo girar al resto alrededor de él. Una historia contada con maestría que tiene un argumento muy bien estructurado de intriga policiaca, pero que no se resuelve dentro de los cánones habituales de este género. Porque aunque la sucesión de capítulos platean una trama policial, salpicada de retrospectivas históricas que nos cuentan cómo se gestó la pintura del cuadro, el fondo de la historia tiene más que ver con la realidad de la vida, cargada de matices, en donde los personajes no aparecen como buenos o malos, sino simplemente como deudores de sus propios actos.
                Hay varias intrigas en la novela que se superponen con la habilidad suficiente para que no se entorpezcan unas a otras, y para que las resoluciones de todas lleven una secuencia que nos haga ver que el final de la historia es la suma de todas ellas. Pero también hay una pulsión de deseo sexual que atraviesa gran parte de la narración, convirtiéndola, en algunos momentos, casi en una novela erótica.
                Por todo ello, Juan Velasco ha acertado en esta su segunda novela, haciendo de A ti Mateo, es a ti, una lectura recomendable, en la que podremos disfrutar y darnos cuenta que detrás de cada cosa, siempre hay una trastienda en la que se esconde otra realidad menos visible.

martes, 25 de junio de 2013

novienvre


Escrito por González de la Cuesta

LITERATURA. Es el único adjetivo que se me ocurre para calificar la nueva novela de Luis Rodríguez “novienvre”. Literatura con todas sus letras y en mayúscula, para un texto que trasciende lo puramente novelesco, para adentrarnos en un terreno en el que lo anecdótico es la historia que Luis Rodríguez nos cuenta, porque brilla con luz propia su capacidad para transmitirnos ideas y un concepto de la escritura que raya la magistratura de la insubordinación intelectual y gramatical. Porque en “novienvre” encontramos un ejercicio de concisión mental que no deja lugar a la interpretación subliminal de la palabra escrita, ni a ningún rodeo semántico; no hay, ni siquiera, espacio para la subordinación gramatical, mediante la encadenamiento de oraciones que se subordinan en explicaciones innecesarias de lo que se quiere decir. Lo dicho se escribe con tal rotundidad, que a veces pude herir alguna sensibilidad. Una crudeza que ya se pudo leer en su anterior novela “La soledad del cometa”, que ahora, si es cierto que se suaviza en beneficio de una historia mejor construida y muy bien narrada, no deja de tirar para atrás a las mentes bien pensantes y algunas de las políticamente incorrectas. Y aquí está la gracia de esta maravillosa novela, que no por breve desmerece su calidad, al contrario, es tanta la que tiene que una dosis mayor acabaría dopándonos a una adicción de la que sería difícil desengancharse. La gracia reside en que una literatura tan políticamente incorrecta esté tan pegada a la realidad, que nos duele al situarnos ante el espejo de nuestra hipocresía intelectual. Todavía más cuando sus personajes nos resultan tan cercanos y familiares, que podríamos ser cualquiera de nosotros. De hecho somos cualquiera de nosotros al otro lado del espejo. No es gratuito que el personaje principal se llame Luis Rodríguez, igual que el autor, y que el narrador sea un híbrido entre ambos seres, el real y el ficticio. Porque aun ignorando cuánto de autobiográfico tiene la novela, los tres están íntimamente ligados en una simbiosis que les hace entender la vida de la misma manera, con esa mirada que todo lo disecciona y lo reduce a esencia mordaz, de quien hace lo que hace sin remordimientos morales. Lo que no significa que personaje, narrador y autor, sean seres amorales, que viven en un mundo de libertinaje e indecencia. Simplemente que el libre albedrío está condicionado por la irremediable huella del destino que cada uno transita, y así se acepta sin necesidad de remordimiento. La lectura de “Novienvre” no deja indiferente, pues detrás de una espléndida literatura, se esconde la irreverencia de la palabra frente a la mojigatería de la sociedad actual. LITERATURA.

Bajas laborales

                   Núñez Feijoo vuelve a liarla con una de sus ocurrencias, que, si bien, está en su ideario político, no quita para que int...