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lunes, 23 de marzo de 2026

La foto de la vergüenza

 

                                                                     Foto: Mónica Torres. EL PAÍS

                El debate sobre la utilización del velo integral o no en España, está, recurrentemente, encima de la mesa, como un argumento de la extrema derecha, y en algunos casos con la aquiescencia del Partido Popular, con argumentos en favor de los derechos de las mujeres -como si a los abascales y ayusos de turno, les importasen mucho las mujeres, cuando estas no están en casa haciendo la comida-, que esconden un discurso xenófobo, que este sí es seña de identidad de la extrema derecha.

                Hasta aquí llega la preocupación por las mujeres de una derecha cada vez más echada al monte del extremismo, negacionista de todo lo que suponga una mejora en la igualdad entre géneros y seguridad para las mujeres. No son pocos entre ellos y ellas, muchos jóvenes, los que están aupando un machismo, que está convirtiendo a las mujeres en sus enemigas, por activa y por pasiva. Un machismo que huele a naftalina, que tiene inundadas las redes sociales, algunos medios de comunicación, el programa político de la extrema derecha y los comportamientos que muestran en los debates del Congreso y el Senado; acordémonos de aquellas jornadas sobre ideología de género y denuncias falsas, que organizó Vox en el Senado en septiembre de 2025, con la autorización del Partido Popular, que tiene mayoría absoluta en esta cámara, donde se lanzaron todo tipo de lindezas contra las políticas de igualdad y violencia de género.

                No nos ha de extrañar, que una foto publicada hoy, 23 de marzo de 2026, en El País, sea posible en la España del Siglo XXI. Una foto que rezuma el machismo más rancio y más vergonzante para los hombres y las mujeres que creemos en la igualdad y en el progreso social. Una foto que es toda una radiografía de la mentalidad que muchos hombres siguen teniendo con respecto a las mujeres, y que no es inocua, porque representa un riesgo claro de involución y de vuelta a un pasado, que por mucho que las redes sociales lo traten de disfrazar de modernidad, no deja de desprender un ácido olor a confesionario y Sección Femenina.

                La foto, que nos muestra exultantes de alegría a un grupo de jóvenes cófrades saguntinos celebrando que han ganado una votación, además por bastante mayoría, que impide a las mujeres ser cófrades en las mismas condiciones que ellos, lo que las deja en su condición de sirvientas de la cofradía, es un gran triunfo de la extrema derecha y su cruzada contra los derechos de las mujeres. Lo que nos debe preocupar, por el grado de penetración que tienen esas ideas en determinados grupos, asociaciones, mentalidades y sectores sociales que están haciendo de su rechazo a lo que el trumpismo llama woke: justicia social, ecologismo, feminismo, igualdad, etc., etc., etc., una seña de identidad clasista, nacionalista, machista y xenófoba, que supone ya un riesgo cierto para la democracia.

                Esta foto de la vergüenza no debería haberse producido, si los demócratas no estuviéramos mirando los toros desde la barrera, como si lo que se está cociendo en el albero no fuera con nosotros y el futuro de nuestros hijos. Porque el problema no es sólo el velo o las cófrades, sino que estos exabruptos de la extrema derecha, a la que bien poco les importa los derechos de las mujeres, están siendo utilizados para construir una identidad española más próxima al fascismo que a la democracia.

domingo, 27 de agosto de 2023

Luis Rubiales un machista con poder

 


Ha tenido que producirse un triunfo deportivo mayúsculo, como ganar el Campeonato del Mundo de fútbol femenino, para darnos cuenta de hasta qué punto el machismo está acampado en las estructuras de las instituciones públicas y privadas del Estado y la sociedad española. Porque no sólo es el fútbol el que está inoculado con ese virus que hace pensar a los hombres que están por encima de las mujeres, tratando a estas como si fueran un apéndice bíblico de la grandeza masculina (parece que la sociedad ha avanzado muy poco en este sentido en los últimos 5.000 años), sino que el comportamiento de muchos, en estos días de machirulismo inaceptable del ex presidente de la Federación de Fútbol y toda la corte que le rodea, nos ha puesto a la sociedad en su conjunto y a los hombres en especial, frente al espejo que nos muestra lo que realmente somos: una sociedad que trata de avanzar en derechos de las mujeres, pero que se topa con unas estructuras mentales consolidadas en el machismo y la desigualdad, que va a costar mucho derribar.

Es cierto que en todo este proceso de vergüenza ajena que hemos sentido por el chulesco comportamiento machista de Luis Rubiales y todos los que le aplaudieron en la Asamblea de la Federación, ha habido un proceder mayoritario de rechazo, lo que nos indica que las políticas desplegadas en los últimos tiempos, y una cultura cada vez más entregada a la reivindicación de la mujer como sujeto social en igualdad con el hombre, van calando en nuestra conciencia individual y colectiva. Pero también nos hace ver que falta mucho camino por recorrer.

Vergüenza ajena, que también hemos sentido al escuchar a periodistas y medios deportivos jaleando, defendiendo y justificando el baboso beso de Luis Rubiales a una jugadora de la selección, a la que simplemente debería haber felicitado con un apretón de manos y unas palabras de agradecimiento y satisfacción por la hazaña que acababa de hacer junto a sus compañeras. Medios que ahítos de machismo de sacristía han tratado de culpabilizar a Jenni Hermoso, como si de una buscona se tratara, en su defensa del presidente de la Federación. Lo que dice muy poco de la catadura moral de esos periodistas, apuntados al bochornoso acto de lavar la mierda de otros, vaya usted a saber si por razones ideológicas o pecuniarias o quizá por ambas.

Vergüenza de género que muchos hombres hemos sentido al ver como una gran parte de la masculinidad del deporte en general y del fútbol en particular, ha mirado para otro lado, como si la cosa no fuera con ellos. Es notoria la ausencia de comentarios de muchas grandes figuras del deporte nacional o la tardanza en hacerlo, que en algunos casos, parece el intento de subirse a un carro, que les resulta incómodo, a regañadientes. Porque no nos engañemos, en un mundo como el del fútbol, donde la gloria, la fama y, por qué no decirlo, la estupidez, han sido y son todavía un asunto de hombres, la irrupción de las mujeres supone un terremoto, que muchos no están dispuestos a aceptar. Compartir gloria y fama a nadie le gusta. Aceptar que las mujeres lo pueden hacer tan bien o mejor que los hombres, es tener que compartir la exclusividad del poder que da ser el único. Y la sociedad, en oriente y occidente, lleva siglos ninguneando a las mujeres para no tener que hacerlo.

Luis Rubiales y la actual Federación de Fútbol deben desaparecer del mapa. No se trata de quitarse de en medio al actual expresidente, para que todo siga igual. Para que el desprecio hacia el esfuerzo y las capacidades de las mujeres, quede laminado de las estructuras del fútbol y otras disciplinas deportivas; todos tenemos en la retina la imagen de las ganadoras de la supercopa femenina poniéndose ellas mismas las medallas que recogían de una mesa. Aquellos que han aplaudido a Luis Rubiales en la intervención pública más vergonzosa de un dirigente deportivo en años, deben de ser apartados de sus cargos, porque ya no son de fiar y porque la sombra de la corrupción y el machismo, ya convertida en luz cegadora, planea sobre ellos, como un estigma ganado a pulso, que difícilmente se van a poder quitar de encima. Porque una sociedad democrática no puede permitir que una persona atente contra los valores que deben regir en el comportamiento público y privado de cada uno de nosotros. Y no quiero caer en un falso moralismo de golpes en el pecho. No. Los valores sobre los que se fundamenta la democracia son el pegamento de la sociedad y ningún personaje público puede situarse con sus actos, por obra u omisión, enfrente de ellos. Y eso es lo que ha pasado estos días con los dirigentes del fútbol español.

Al escuchar a Luis Rubiales sólo se podía pensar si su discurso se lo había escrito VOX. Porque no hubo ni una coma que se saliera del guion de lo que piensa la extrema derecha de las mujeres. Destilaba tanta misoginia, falta de empatía hacia las mujeres, odio hacia la igualdad y culpabilización de la jugadora para expiar los propios pecados de Luis Rubiales, que no nos extrañe ver al ya ex presidente del fútbol español en alguna lista electoral de VOX próximamente.


Luis Rubiales, además, no sólo ha cometido un acto de infamia hacia las mujeres y la sociedad, que deba purgarse con su salida de los cargos que ocupa actualmente. Su comportamiento es mucho más grave. Tanto que está tipificado en los artículos 178.1 y 2 del Código Penal —les ruego que se lo lean—. Por ello debe comparecer ante la justicia y responder por sus actos. Y porque, además, la única manera de que en España se empiece a tomar en serio este tipo de actitudes, que no son tan minoritarias como muchos pueden creer, es que haya una sentencia ejemplar, por la repercusión mediática que esta pueda tener como aviso a navegantes. Si nuestra relación con las mujeres no empieza por respetar su derecho a decidir sobre su propia intimidad e integridad moral y física, nunca seremos una sociedad que nos podamos mirar a la cara sin avergonzarnos. Y si bien la educación es fundamental para ello, crear una mentalidad social que construya una aceptación de la igualdad como algo natural es básico, y para ello la aplicación de la justicia es un revulsivo que puede hacernos reflexionar como comunidad y como individuos.

El machismo sonrojante de Luis Rubiales ha tenido la capacidad de unir a la sociedad española en su condena unánime. Incluso a la clase política, salvo VOX y el clamoroso silencio de las diferentes Iglesias que pueblan el país, se ha posicionado sin fisuras, algo raro en España, en contra de lo sucedido. Aunque no se entiende muy bien, que dirigentes del Partido Popular hayan intentado desgastar al gobierno con este asunto, con unas declaraciones similares a las de la extrema derecha, fuera de tono y poco edificantes. Es el momento, por tanto, de dar un paso al frente y empezar a modificar y cambiar la manera de afrontar la desigualdad de género. No sólo se trata de un “Me too” que denuncie las agresiones sexuales. Se trata de cambiar los comportamientos sexistas en las empresas, en las universidades, en los colegios, en las familias, en el deporte, en la política, en las relaciones entre hombres y mujeres, etc. También en la aceptación por parte de los hombres de que nosotros somos parte del problema, pero también de la solución. En definitiva, aprovechar lo sucedido, para despertar conciencias individuales, con el fin de alcanzar esa igualdad tan trabajada, que nos hará más libres, más justos y más felices.   

                  

jueves, 4 de julio de 2019

Diario Esférico 04.07.2019. Nules prohibe un concierto machista


               
El Ayuntamiento de Nules ha suspendido un concierto por el contenido machista de las letras del cantante. No acabo de descifrar bien qué diferencia hay entre suspender y prohibir. Y prohibir un concierto o cualquier otro acto porque no nos gusta lo que se va a decir, me suena mucho a los tiempos en  que había que presentar en la Dirección General de Espectáculos, las letras que se iban a cantar cuando se organizaba a un concierto, para que lo autorizaran. Franquismo en estado puro, que quizá los concejales que ahora han tomado esa decisión no hayan vivido, y por eso son tan casquivanos en sus decisiones dudosamente democráticas. La democracia no se puede mover en los términos de la lógica franquista, de aquello que no le gustaba lo prohibía o perseguía.
En una democracia lo que no gusta se combate con propaganda, debate o saliendo a la calle a denunciarlo, pero prohibir, suspender una acto para no tener que oír aquello que nos molesta, es esconder la cabeza como hacen las avestruces -aquello que no veo no existe-, más propio del totalitarismo sea del signo que sea, o defienda las ideas que defienda
¿Qué pretende el Ayuntamiento de Nules prohibiendo un concierto machista? ¿Decir que ellos defienden la igualdad de género más que nadie? ¿Escaquearse de hacer labor pedagógica entre los jóvenes que vayan a asistir, para que rechacen ese tipo de actitudes? ¿Hacernos ver qué ellos nunca lo habrían contratado?
Más bien pienso que están haciendo el ridículo, aplicando una especie de ley mordaza municipal, que lo único que va a conseguir es que un cantante machista, del que deliberadamente no he dicho el nombre, adquiera una notoriedad que no tenía. Torpeza del equipo de gobierno y falta de educación democrática.    

martes, 25 de junio de 2019

Las derechas descorchan el machismo


La campaña de desprestigio e intimidación de las mujeres, continúa desde la extrema derecha, sin que la derecha autodenominada “constitucionalista” parezca que se despeine. No son exabruptos aislados de machos ibéricos de bar, los que estamos escuchando contra la sentencia de la Manada, contra la ministra de justicia o contra las mujeres que se atreven a denunciar ese machismo resurgido en tiempos de reivindicación de la igualdad de las mujeres. Qué casualidad. Estamos asistiendo a un contrataque de los sectores más reaccionarios de la sociedad, capitaneados por la ultraderecha, ahora reagrupada en torno al trasnochado fascismo de Vox y coreado por algunos medios de comunicación,  que en nombre de la libertad de información se han convertido en el amplificador de las invectivas dialécticas de ese partido surgido de las cenizas del franquismo.
                Lo peor que se puede hacer en la sociedad actual es dar pábulo al cerrilismo ideológico, porque despierta los instintos más primarios de ese fascismo larvado que anida en una parte de la sociedad, que siente el progreso como un atentado contra su posición de poder, ya sea este en la política, en el trabajo, en la pareja, en la familia o en la escuela. Y pábulo le están dando a estas ideas regresivas quienes se están sirviendo de ese nuevo fascismo, que detrás del griterío en nombre de España, esconde un cuerpo ideológico incompatible con la democracia.
                El aumento del discurso machista de la ultraderecha, asentido por una importante parte del Partido Popular, tiene como valedor inesperado a Ciudadanos. Este partido, que utiliza el metalenguaje del limbo ideológico, es decir, que nadie sepa lo que pienso para hacer lo que me dé la gana, es el máximo responsable del auge de Vox y sus ideas ultranacionalistas, ultraliberales y ultramachistas. No se puede saciar la sed de poder de sus líderes, apoyándose en el neofascismo de Vox, porque lo único que están consiguiendo es que ocupen un espacio político desde el que pueden amplificar sus retrógradas ideas sobre las mujeres,  por mucho que el partido naranja lo quiera disimular, por muchas piruetas dialécticas que estén haciendo, por mucho enfado que muestren sus dirigentes cuando se les acusa de ser la muleta del machismo de Vox.
                No hay trampolines que posibiliten alcanzar el poder a la derecha saltándose a Vox. Cuando se manifestaron con ellos en la Plaza de Colón de Madrid, o cuando han conseguido que Begoña Villacís sea vicealcaldesa de la capital, o en el caso del PP, Díaz Ayuso, posible presidenta de la Comunidad madrileña con los votos de la ultraderecha, lo que han conseguido es la visibilización política de esta, haciendo que obtengan parcelas de poder. Y llegará a pasar lo que en Andalucía, que la necesidad de sus votos para la gobernabilidad de la Comunidad, está haciendo que Vox, poco a poco, vaya introduciendo medidas contra la igualdad, sin que en Ciudadanos hayan saltado las alarmas.
                La regeneración se ha quedado en regresión, desde que Rivera y su mano derecha Arrimadas, hayan dado por bueno, sin avergonzarse, que Ciudadanos, para ser algo, tiene que ir de la mano de la extrema derecha. Único pacto de la infamia que se ha hecho en este país, en los últimos tiempos. Nuestro querido Benito Pérez Galdós dijo de los hipócritas: «Bajo el hipócrita candor, se esconde una aritmética parda que supera en agudeza y perspicacia a cuanto idearon los matemáticos más expertos».    


miércoles, 19 de junio de 2019

Putas, guarras, zorras


Putas, guarras, zorras. Estos son los insultos que tuvieron que soportar las concejalas de Barcelona en Comú, en la constitución del nuevo consistorio barcelonés. Parece que sus oponentes políticos no tenían mejores argumentos para expresar su descontento a la traición que  esas concejalas habían hecho al ideario independentista. Pero no es de esto de lo que quiero hablar. Sino de los comportamientos machistas, tan arraigados en la sociedad, que cuando a unos ciudadanos/energúmenos deciden protestar, cabe esperar que cargados de sus razones, sólo se les ocurre recurrir al insulto contra las mujeres, que parece es lo más fácil si tiramos de lo que nos cuece en las entrañas.
                A pesar de tantas campañas de igualdad; a pesar de todos los 8 de marzo exitosos que ha habido en los últimos años; a pesar de aprobar leyes para equiparar a mujeres y hombres; a pesar del auge del feminismo en el último siglo; y a pesar de los pesares, nada ha cambiado desde la Edad Media. Los intra comportamientos de la sociedad siguen estando donde estaban, y las mujeres sieguen siendo unas zorras en las que fijamos nuestra ira cuando ellas son partícipes de algo que no nos gusta o nos incomoda.
                Damos por sentado que hay una parte de la sociedad que nunca va a considerar a las mujeres como iguales. Una parte que ahora sale a relucir, y que tiene unas ideas sobre la mujer, sus derechos y la igualdad, que no difieren mucho de las  que tenía San Agustín en el siglo V:  «Nada hay tan poderoso para envilecer el espíritu de un hombre como las caricias de una mujer». A esos los damos por irrecuperables. Sólo hay que leer el programa electoral de Vox, o escuchar algunas declaraciones hechas por miembros de la extrema derecha para darse cuenta. Pero que ciudadanos supuestamente defensores de la igualdad, lancen improperios contra las mujeres por el hecho de serlo, da mucho que pensar. ¿Cuántos de los que gritaron en la Plaza de San Jaume: putas, guarras, se autodefinen como defensores de la igualdad ? No lo sabremos  nunca, pero lo cierto es que el espectáculo fue vergonzoso, denigrante para las mujeres, no sólo para las concejalas insultadas, sino para todas las mujeres y todos los hombres que creemos en la igualdad sin desvíos por enfados políticos o de otra índole. 
                Desgraciadamente, lo de Barcelona no es un hecho aislado. Está más presente en los comportamientos habituales de los hombres y también de las mujeres, de lo que pudiéramos pensar. Aceptamos con normalidad que la extrema derecha, con su discurso en contra de la igualdad, entre en las instituciones, avalada por partidos que supuestamente no comparten esa manera de pensar. No nos escandalizamos cuando se trata, desde el machismo más recalcitrante, de despreciar la violencia de género con falsos testimonios que colocan a las mujeres al pie de los caballos de los hombres. Miramos para otro lado, cuando no asentimos, ante la campaña de desprestigio del feminismo, orquestada desde la extrema derecha, y no tan extrema, y sus medios de comunicación afines, que presentan a este como una secta de mujeres radicales, despechadas y machirulos.
                Nadie ha levantado la voz, salvo algún medio de comunicación tímidamente, contra la despreciable humillación vertida en Barcelona, porque quizá, se podría haber producido en cualquier otra parte y  no queremos vernos reflejados en el espejo de la vergüenza. A fin de cuentas, son mujeres queriendo emular a los hombres. Si estuvieran en casa al cuidado de sus hijos y su marido, no les pasaría esto. Suena fuerte ¿verdad?, pero en el fondo, todos los que gritaron putas, guarras, zorras, aireando el machismo más burdo, no están muy alejados de esa manera de pensar y valorar el papel de las mujeres en sociedad.

domingo, 13 de enero de 2019

El machismo bien vale una misa


Publicado en Levante de Castellón el 11 de enero de 2019
Empezamos por decir que los hombres somos víctimas de tanto feminismo, radical o no. Continuamos por creer que las mujeres son unas quejicas, que no aguantan nada. Seguimos culpando a las mujeres de utilizar los malos tratos como venganza contra los hombres. Y acabaremos borrando de los medios la violencia de género, que si no se sabe, parece que no existe y, además, resulta cansino todo el rato hablando de las mujeres, como si los hombres no existieran.
                Esa es la lógica del nuevo/viejo fascismo. Esa y la reivindicación del hombre, del macho, para ser más exactos, como el ser elegido por la divinidad para hacer de su capa un sayo. Una lógica que ha imperado a lo largo de la historia, en donde las mujeres han ocupado un papel subalterno, cuando no subsidiario del hombre. No hay frase más ilustrativa del machismo histórico, que aquella que decía: “detrás de un gran hombre, hay una gran mujer”. Y eso es lo que no pueden soportar los hombres que entienden el machismo como un valor de poder sobre la mujer y todo lo que nos rodea. Porque detrás del machismo que muchos están intentando volver a poner en alza, sólo existe la intención de dominio, de fuerza sobre el “hipotéticamente” más débil, y así, trasladar ese pensamiento de dominación al resto de la sociedad. El hombre domina a la mujer; el hombre domina la naturaleza; el hombre domina a otros hombres que considera inferiores.
                Dicen que el feminismo es cansino. No digo que algunas mujeres no lo sean, como siempre que se da voz a un exaltado. Pero es un  cansancio que debemos sufrir, aunque sólo sea para darnos cuenta de que las mujeres tienen razón en sus reivindicaciones de igualdad y seguridad. A fin de cuentas, a pesar de los discursos facciosos, las víctimas de la violencia y la desigualdad son ellas.
                ¿Y el machismo? ¿No es cansino? ¿No cansa tener que ser siempre el gallo del corral? ¿No es aburrido parecer que lo controlamos todo? ¿No es triste tener que ocultar nuestros sentimientos, para que no parezca que somos “nenazas”? Quizá, si los hombres hiciéramos una reflexión sobre este asunto, muchas cosas cambiaría, y los discursos del nuevo machismo conservador serían  una anécdota y no una categoría. Además, si abandonáramos ese concepto erróneo de masculinidad que tenemos, tan ridículo y destructivo, ¿nos hemos planteado si no seríamos más felices?
                Decía Betty Friedan, una mujer nada sospechosa de feminismos radicales, que ninguna mujer tiene un orgasmo abrillantando el suelo de la cocina. Sin embargo, durante décadas, eso es justo lo que nos ha hecho creer toda la propaganda machista, mostrándonos mujeres felices en el hogar, atendiendo a su marido y a sus hijos, como abnegada, pero contenta, madre y esposa. Justo lo que la propaganda nazi decía sobre la nueva mujer en Alemania, en donde no podían fumar o maquillarse, porque eso perjudicaba su tarea primordial de tener hijos. O como aconsejaba aquel famoso consultorio de Elena Francis, que destrozó la vida a tantas mujeres en España, con sus exhortaciones de sumisión y buena esposa alejada de los placeres mundanos. En un caso y otro, las vanidades femeninas, los gustos por el placer,  la libertad de sentirse persona, se asociaba a las mujeres de mala vida, que nada tenían que ver con esa fémina hecha para la procreación y el servicio a los hombres.
                Eso es, ni más ni menos, lo que está desempolvando la extrema derecha en España, con el debate manido y vergonzoso sobre la mujer y la violencia estructural que sufren todas, y la violencia particular que muchas de ellas padece. Pero que un partido de extrema derecha, heredero ideológico del franquismo y su cruzada nacional católica, diga las barbaridades que está diciendo, está dentro de lo previsible. Lo que no es de recibo es el papel que está jugando en este asunto la otra derecha, la supuestamente democrática y defensora de la igualdad, que es capaz de aliarse con el diablo si, cómo a Fausto, le garantiza el poder y la gloria. A no ser que piensen que Elena Francis daba buenos consejos a las mujeres, y no se atrevieran a confesarlo.
                París bien vale una misa, dijo el príncipe hugonote Enrique de Borbón, cuando la única alternativa que tenía para hacerse con el trono francés era convertirse al catolicismo.

sábado, 3 de febrero de 2018

Crecemos en pobreza

                                                                       "Niño espulgándose" Murillo 
Publicado en Levante de Castellón el 2 de febrero de 2018

Los trabajadores de la hostelería de Castellón llevan sin convenio desde 2012. Opel amenaza con llevarse la producción del Opel Corsa de su factoría de Figueruelas a otro país, si los trabajadores no aceptan una reducción de sus condiciones laborales, entre ellas la salarial. Estos son dos ejemplos de la caída libre en la que se encuentran los derechos laborales de los trabajadores, por una legislación, que ya sin tapujos, apuesta por convertir a la clase trabajadora en servidumbre laboral de la empresa.
                El trabajo ya no es un medio de estabilidad personal, desde la que se puede planificar la vida sin grandes sobresaltos y, mucho menos, esa fuente de dignidad que los individuos sentían al considerarse útiles para la sociedad, siendo correspondidos con un salario digno que los alejaba de la pobreza. Hoy, más bien, nos encontramos en el escenario contrario: la precariedad del mundo laboral ha liquidado cualquier atisbo de estabilidad económica y lapidado la dignidad laboral, al convertir a los trabajadores en herramientas de usar y tirar, al servicio de una economía que sólo tiene como objetivo el enriquecimiento de desvergonzado de los que más tienen, incluidos los resortes del poder.
                Asistimos al ensalzamiento de la economía denominada macro, esa que el común de los mortales sólo alcanza a ver en los medios de comunicación, con grandes cifras de crecimiento y engolamiento en las voces de los dirigentes económicos, que sirven para disimular la otra realidad, la de millones de personas que malviven, privadas de bienes que son básicos para llevar una vida digna.  Cifras de reducción del desempleo, que se sostienen sobre la precariedad laboral, mientras la pobreza se extiende entre los que tiene un trabajo.  Parece que nadie se escandaliza porque el 25% de los trabajadores están en situación de pobreza.
Ya no garantiza el trabajo salir de la penuria económica, cuando se fuerza, desde la autoridad que dan unas leyes aprobadas para ello, a tener que renunciar a mejoras que se tenían, bajo la amenaza de perder el puesto de trabajo o convertirse en saltimbanquis de contrato en contrato, muchos de ellos por horas, días o semanas, que sí, rebajan las cifras del paro, pero no sirven para salir de la pobreza laboral.
                 El medio más efectivo para que una persona tenga una vida digna alejada de la amenaza de la miseria, es el salario. Dad a la sociedad un salario decente y se enriquecerá; y sus habitantes se convertirán en seres dignos, capaces de mejorarla. Porque el mayor distribuidor de la riqueza que existe es el salario, por encima de los impuestos, la caridad y las buenas intenciones de todos aquellos que luchan por suavizar la pobreza. 
                Sin embargo, la actual clase dirigente mundial, que se reúne en Davos, en esa fiesta del capitalismo salvaje, que todos los años planifica la mejor manera, como si fuese un trampantojo, de seguir enriqueciéndose a costa de seguir empobreciéndonos. Diseñan un mundo a su medida, en el que la mayoría de la sociedad sólo va a tener el papel de servidumbre, y lo peor de todo, es que esa sociedad acepta ese papel de semiesclavitud que le otorga la oligarquía del mundo, ya camino de la plutocracia.
                Tienen un instrumento poderosísimo para ello: el miedo. La pobreza o su proximidad, produce miedo y atenaza las conciencias. Por eso nunca van a acabar con el paro, los contratos precarios, las amenazas de dumping laboral, la brecha salarial, la supresión de las condiciones de trabajo: horarios, jornadas, salud laboral, etc. Nada de lo que suponga que los trabajadores ganen relevancia y, por tanto, fuerza, van a consentir. Para ello ya se encargaron de enterrar a los sindicatos en el olvido de los trabajadores, haciéndoles ver que son una lacra para sus intereses laborales.

                Cuando dicen que no hay trabajo para todo el mundo, es mentira. No lo hay si se pretende acumular la riqueza en muy pocas manos. Igual que nos hacen creer que si no hubiera agricultura intensiva y transgénica controlada por media docena de multinacionales, el mundo se  moriría de hambre, cuando, hay cientos de miles, millones de hectáreas yermas en el mundo, que podría alimentar a la humanidad, sólo con cambiar el modelo productivo. Pero este es otro tema, aunque del mismo libro, que trata de construir una sociedad bipolar llena de privilegios para unos pocos y de carencias y pobreza para el resto. La ciencia ficción ya está aquí.

lunes, 10 de julio de 2017

Empapados de machismo

Publicado en Levante de Castellón el 6 de julio de 2017
Pasados los fastos planetarios del “orgullo gay” volvemos a la cruda realidad.  No es que yo tenga nada en contra de la gran fiesta reivindicativa de derechos civiles que supone el world pride, que tiene como epicentro mundial Madrid, al contrario, me parece maravilloso que se luche por lo que sea festivamente, siempre que el colorido de los farolillos no acabe tapando el fondo de la cuestión. Pero, apagadas las cámaras y restablecido el tráfico de la ciudad, la realidad se impone y la discriminación machista sigue campeando por este país como Pedro por su casa. Eso, por no hablar de la violencia que el machismo despliega sobre lgtb’s, mujeres y todo aquel que la sociedad considere débil,  trufada de agujeros del sistema por los que respira.
                La desigualdad debería ser una vergüenza en la sociedad moderna del siglo XXI, y sin embargo la aceptamos como si fuera una compañera de viaje fea, feísima, a la que estamos acostumbrados a ver. Sobre todo la desigualdad de género, por suponer, muchas veces, una doble o triple discriminación, tan latente en  nuestra sociedad que no somos conscientes de la injusticia que representa para más la mitad de la humanidad.
                Hablemos de  la situación de la desigualdad entre géneros, que no sólo no mejora, sino que en las nuevas generaciones hay un rebrote de tufillo machista, que no únicamente se manifiesta en el control que los muchachitos machitos quieren ejercer sobre sus novias o amadas. No se cuestionan que sigan existiendo discriminaciones hacia las mujeres, muy similares a las que había en la generación de sus padres, a pesar de que en muchos aspectos se ha avanzado legalmente. Y ese es el quid de la cuestión: que se avanza en leyes, pero la mentalidad de la sociedad sigue estancada, desvirtuando el esfuerzo que desde el feminismo se viene haciendo por la equiparación de derechos y oportunidades reales.
                Fijémonos: Las mujeres no sólo cobran menos que los hombres, que ya de por sí debería sonrojarnos a los hombres y a quienes del sexo opuesto justifican esta discriminación, es que en muchas actividades, además, tiene que estar buenas, muy buenas, macizas, para que simplemente encuentren un trabajo o para tener un salario más alto con sus compañeras menos agraciadas. Algo que incluso se ve con cierta condescendencia desde la sociedad –en determinadas actividades económicas el trabajo cara al público sólo lo ejercen mujeres jóvenes y guapas-, sin llegar a cuestionarse que el machismo no sólo reside en los comportamientos violentos, sino que se esconde en otros muchos que vemos con buenos ojos.
                A la lucha que vienen haciendo las organizaciones feministas y los sindicatos contra esa discriminación salarial, que está patente en todos los niveles sociales -hay tenemos la denuncia que muchas actrices están haciendo sobre la gran diferencia salarial entre ellas y sus compañeros, a pesar de tener papeles protagonistas iguales- ahora se empieza a revelar el gran machismo que existe en el deporte. Niñas, que no pueden salir ni siquiera a recoger el trofeo que ha ganado el equipo en el que juegan, por la única razón de ser  niñas. Chicas florero en el tenis, el motociclismo, el automovilismo el ciclismo, etc., etc., etc. Surfistas, tenistas…, campeonas, número uno en los rankings, ven como sus ingresos se ven superados por otras que tiene un físico del agrado de la industria, que están mucho más abajo en la lista que ellas.
                Cosificación de la mujer: “una mujer despedida por negarse a llevar sujetador”, “tres mujeres despedidas de una gasolinera por negarse a llevar minifalda”…,  que ve cómo su vida profesional empieza a estar directamente relacionada con su cuerpo, y las exigencias de una industria cada vez más ávida de ingresos, aunque estos sean alimentando el machismo latente en los poros de nuestra sociedad. 

La pregunta: ¿Es posible que no haya violencia machista en una sociedad que acepta el papel subsidiario y al servicio de los gustos masculinos de la mujer? 

jueves, 16 de junio de 2016

Violencia de género. Un mal alimentado por la Iglesia

                                                           Imagen: Autor desconocido
El ruido de fondo, cada vez más intenso, por la proximidad de las nuevas elecciones está silenciando una multitud de problemas que siguen latentes en la sociedad. Problemas que son de ida y vuelta, según el espacio libre que tengan los medios de comunicación para interesarse por ellos, sin que los poderes del Estado pongan un remedio que pueda dar con su solución.
                Me voy a referir concretamente a la violencia de género. Ese goteo incesante de muertes semanales, de agresiones físicas y psíquicas, de discriminación laboral y desigualdad, que las mujeres tienen que sufrir, por el que nos rasgamos las vestiduras, sobre todo cuando la violencia es tan extrema que tiene como resultado la muerte. Si nos damos cuenta, en los medios de comunicación, últimamente sólo se habla de la violencia de género cuando se produce un asesinato, durante unos segundos, con una planilla fija: información escueta del suceso, entrevista a algún vecino o vecina de la víctima, imágenes de la manifestación en la puerta del ayuntamiento de turno y el número de teléfono sobre expuesto para denunciar la violencia de género, que no deja huella en la factura. Parece que cumplido el ritual informativo, descargamos la mala conciencia de lo transigentes que somos con el problema y ya podemos pasar a otra noticia, hasta que vuelva a saltar en las parrillas informativas la muerte de otra mujer.
                 Pero no son los medios de comunicación los únicos responsables de esta violencia que nunca llega a avergonzarnos lo suficiente, como para decir basta ya y exigir medidas contundentes contra el maltrato, el machismo y la desigualdad de género, que todo suma en esta espiral violenta contra las mujeres. Hacen falta políticas y recursos económicos. De nada sirven las buenas intenciones, las palabras graves, los discursos acerados y los golpes de pecho, si las instituciones, con el gobierno a la cabeza no ponen encima de la mesa las dotaciones económicas necesarias para  ello.
                Pero no sólo se necesita dinero, hay algo más, una pez pegada en lo más profundo de  nuestro acervo cultural, algo que viene acumulándose en nuestra sociedad desde hace miles de años y ha sido transmitido de padres a hijos, de madres a hijas, de generación en generación, en la escuela, en los libros, en la iconografía, en los refranes…, como algo consustancial a la naturaleza de las cosas. Existe el convencimiento en cada uno de nosotros, porque así nos lo han transmitido, de que la mujer es un ser inferior al hombre, y por tanto, aunque ahora se vea con horror la violencia de género por parte de la mayoría de la sociedad, consentimos la desigualdad y la discriminación casi sin darnos cuenta. Hacemos leyes en favor de la igualdad entre hombres y mujeres, para quebrantarlas con la misma facilidad con que denunciamos la injusticia. A fin de cuentas, más allá de lo políticamente correcto, a la mujer se la sigue considerando el sostén del guerrero y la parra fecunda, en palabras de Rouco Varela, que tiene que asegurar la continuidad de la familia. La violencia de género no es más que una cuestión de intensidad en al desigualad que provoca discriminación y dominio de un sexo sobre otro.          
                No nos escandalizan las palabras de arzobispo de Valencia Antonio Cañizares cuando llama a los católicos a desobedecer las leyes contra la violencia de género. Ni su cruzada contra las mujeres que no aceptan ser fieles esposas, sometidas al imperio del marido y la Iglesia. Nadie en la Curia Romana ha desautorizado las palabras de Cañizares, quizá porque comparten el fondo de las mismas, por eso es la Iglesia Católica la institución que más y mejor discrimina a las mujeres: no se las considera el derecho a disponer de su vida y su cuerpo; no son aptas para el sacerdocio; las monjas siguen siendo sirvientas, no solo de Dios, sino también de sus representantes en la Tierra (damos por sentado que ellas no representan a nadie de la divinidad). Sería interminable el listado de discriminación de la mujer en la Iglesia. Una actitud que se transmite a la sociedad, a través de pequeños comportamientos, lo que se llama hoy micromachismos y la intransigente defensa de la educación religiosa en valores caducos y machistas, que es el mayor medio de transmisión de la moral católica que existe en la actualidad, una vez que las misas se vacían y los púlpitos pierden el papel que antaño tenían.
                Históricamente la Iglesia ha mantenido una actitud hostil hacia la mujer. Desde el principio de los tiempos con el papel que le asigna la Biblia como portadora del pecado, que al tentar al hombre, le trae la desgracia de ser expulsado del Paraíso. Una misoginia que se manifiesta a lo largo de la Edad Media, llegando, incluso, a discutir si la mujer tenía alma o era un ser inferior: “Una hembra es deficiente y originada sin intención”, decía Santo Tomás.
                El capuchino Jaime de Corella, escribe: “Aviendo causa legítima, lícito es al marido castigar, y aun poner manos en su mujer moderadamente a fin de que se enmiende…” ¿Qué diferencia hay entre estas palabras escritas en el siglo XVII y le libro “Cásate y se sumisa” de Constanza Miriano, publicado por el arzobispado de Granada en 2013? ¿Esa actitud de sumisión que la Iglesia otorga a las mujeres, no es una incitación a no violentar al hombre y sus normas? ¿No hay violencia de género encubierta cuando un cura aconseja a una mujer maltratada aguantar esa penitencia por el bien de su familia? ¿No tiene relación el papel secundario que tienen las mujeres en la Iglesia, con la discriminación que la sociedad ejerce sobre ellas, que acaba derivando en una gran desigualdad en todos los ámbitos de la vida?
                Al ínclito obispo de Alcalá de Henares, Reig Pla, le asusta el feminismo: “El feminismo ideológico es un paso en el proceso de deconstrucción de la persona”, dijo en 2014 y le preocupa que gane terreno en la opinión pública y la cultura. Pensará que es un atentado contra la misoginia de la que hace gala la Iglesia y contra un modelo de dominación social que se fundamenta en la familia católica, en donde la mujer ocupa un lugar de transmisora de valores que poco tienen que ver con la libertad y los derechos individuales.
                Con estos mimbres y las resistencias a cambiarlos, no nos ha de extrañar que la violencia de género siga siendo un problema de difícil solución, más allá de las leyes de igualdad, que parecen mariposas revoloteando en torno a un avispero.

                

martes, 8 de marzo de 2016

8 de Marzo de 2016. La desigualdad de género avanza

                                                                                               Imagen: Autor desconocido
El 8 de Marzo, se está convirtiendo en el día de la Marmota. Todos los años se hacen las mismas declaraciones, los mismos programas en los medios y los mismos comentarios. Parece como si la igualdad de género hubiera entrado en un bucle de difícil salida, que se retroalimenta de su propia impotencia. Es más, en los últimos tiempos podemos decir sin rubor que las cosas han ido a peor, a mucho peor, y que los comportamientos del poder y la sociedad en su conjunto son mucho más machistas.  Hay un fracaso clamoroso en la educación del que no es ajena la supresión de la asignatura Educación para la Ciudadanía, un intento loable para ir educando en valores como la igualdad, la tolerancia, la libertad y el respeto a los demás. Temas, que a la derecha meapilas del país, les parece escandalosos, de ahí esa campaña que organizaron para acabar con la asignatura, pues no pueden soportar que las mujeres abandonen el papel que les ha asignado la Biblia de parteras sumisas al cuidado y vigilancia de sus maridos. Lo dicen constantemente obispos o alcaldes de la derecha ultramontana del país, y no pasa nada. Aquí entras en una herriko taberna  y puedes ir a la cárcel, pero si prácticas ese otro terrorismo que existe hoy en España de dar alas al machismo intolerante que alimenta la violencia de género, no hay porque preocuparse, a fin de cuentas, estamos hablando de mujeres, esas lloronas calladas, según el ayuntamiento de Bigastro.
                Ningún poder hace nada. Ni siquiera que se cumpla la Ley. El 74% de las empresas españolas, incluida las administraciones públicas, incumplen la Ley de Igualdad. Y no se trata sólo de si las mujeres están en los Consejos de Administración, o en los equipos de dirección. Eso está bien reivindicarlo, pero que no sea una cortina de humo para ver ocultar otras realidades muy diferentes, como que el paro femenino ya ha superado el 50%, o que los salarios sean un 20% inferiores a los de los hombres –decía un estudio publicado hace unas días, que las mujeres trabajan gratis desde el mes de septiembre, comparando sus sueldos con el de sus compañeros masculinos-. Pero también se extiende la feminización de la precariedad laboral, los contratos a tiempo parcial, que afectan sobre todo a las mujeres, con jornadas a tiempo total, y la condena a realizar los trabajos menos valorados socialmente.
                Todas estas actitudes, que reducen a la mujer al papel del comparsa en una sociedad masculinizada, se están acrecentando en los últimos tiempos, y transmitiendo valores de desigualdad y posesión, o de pertenencia, que han provocado el aumento de los micromachismos, o el machismo, sin más, que los jóvenes están ejerciendo sobre sus compañeras, traducido en un control excesivo a través de las redes sociales, que muchas veces acaba en violencia de género. Algo de lo que todo el mundo se escandaliza, pero que nadie hace nada por remediarlo. A veces me pregunto ¿Si la ETA hubiese matado en esta legislatura a 213 personas, como mujeres asesinadas hay por violencia de género, qué habría sucedido? ¿Por qué las víctimas de la violencia de género no tienen la misma consideración que las víctimas de ETA? ¿Por qué no tienen tratamiento de víctimas, con todas las de la Ley, las mujeres que sufren esta violencia? ¿Están el gobierno y la clase política en general, satisfechos con los resultados de sus políticas sobre la violencia y la desigualdad de género? Si no es así, ¿por qué no las cambian?

                No hay motivo este 8 de Marzo para celebrar nada, pues hemos retrocedido en un problema de los más graves que tiene la sociedad española, y todos: gobierno nacional, gobiernos autonómicos, parlamentos, partidos, medios de comunicación, sistema educativo, sistema judicial, Iglesias distintas, empresas, sindicatos, trabajadores, etc…, en definitiva, hombre y mujeres, tenemos la culpa. Ya va siendo hora de acabar con esta lacra, que nos debería avergonzar como sociedad, pero que parece ser no es así.

Maricarmen

Es un día triste y el ánimo me pide hablar de Maricarmen, pero no creo que sea ético ni estético hacer bandera de una persona que acaba de m...