jueves, 6 de mayo de 2021

180º. Poemas de Elia S. Temporal

 


Lo inmediato que se me ocurrió nada más terminar de leer el poemario de Elia S. Temporal, 180º (Lastura, 2020), es que la poeta se había desnudado ante la mirada del lector, sin que nos hubiéramos dado cuenta. Porque lo hace con una delicadeza sublime, casi antigua, recordándonos aquellos poemas persas del siglo XIII, que hacían de la poesía un lugar espiritual para el amor y la belleza. Y es que Elia nos resume en un tiempo que son cuatro meses, los últimos 180 de una vida plagada de emociones vertidas sobre la persona amada, bebidas sorbo a sorbo por ella misma, humedeciendo el alma encallecida de todos nosotros. Nos hace parar para entender que, sin amor, el mundo y la vida son un trampantojo de felicidad, que no satisface a nadie.

A veces me pregunto cómo contaría los días

si no estuvieran ya contados,

cómo imaginaría los besos sin conocer tus labios.

 Pero no nos habla de un amor divino, platónico, imposible de alcanzar como el de los poetas del Renacimiento italiano. En su poesía hay una mística carnal, al igual que la había en los poemas encendidos de Santa Teresa, pero con una diferencia: su amor, su amado, el hombre que mueve sus emociones, es de carne y hueso. Por eso cuesta distinguir entre la Elia que ama a veces hasta la liquidación de su ser, de la Elia poeta mística, que se entrega con pasión a fundirse en los versos que ella misma escribe, cerrando el paso al olvido de las experiencias vividas desde su propia identidad de mujer —¡qué diferente aman las mujeres de los hombres!— proyectadas en un amor a veces físico, a veces espiritual, a veces material, definido en la persona amada, con sus encuentros y desencuentros, con su plenitud y sus vacíos, con sus dudas y certezas.

Cómo puedo explicarle al mundo que te quiero por debajo

de todas las raíces de la tierra,

de todos los susurros del silencio.                                                                                                                                                        

En 180º, Elia S. Temporal nos descubre que para ella el amor no es una entelequia que se pierde entre versos de bellísima factura, sino que está anclado a la vida en las noches de espera y de deseo compartido; en las ciudades que han sido testigos de sus quebrantos y esplendores amorosos.

Cuando te miro siento

que la profundidad del campo se vuelve innecesaria,

que todo se difumina, que todo fluye

en la parte del cuerpo por donde te observan mis ojos.

 Tiempo y geografía definen el diario de 180 meses, que Elia condensa en un verano imaginario, para que nada se quede enredado entre los pliegues de la memoria. Escribe María Teresa Espasa en el prólogo: “El tiempo al que se refiere Elia no solo es presente, sino también recuperación de la existencia vivida en el pasado”.  Ese tiempo está anclado a la geografía de las ciudades donde ha sentido la emoción del amor con todos sus sentimientos desplegados. Y es que su mundo gira en torno al pensamiento del amado:

Me derramo entera de pies a cabeza,

me vierto encima de ti.

 de sus ausencias:

 Amor o mar sin límites no hace falta que vengas

porque ya me hallo inmersa en tu inmensidad.

 del miedo a perdelo:

 Te comulgo sin comprender

tus medios enigmas

tus medias verdades

tus besos a medias.

 La poesía es el camino de redención hacia la plenitud o hacia el vacío. Es el lugar donde el poeta, la poeta, vierte sus más hondos sentimientos, el rincón donde desnudamos el alma, para volver a renacer como un Ave Fénix. Elia S. Temporal recorre en un viaje de ciento ochenta grados el camino de su identidad desde la profundidad del amor que ha marcado su vida, quizá dándole sentido. ¿Quién puede sustraerse a la fuerza indómita del deseo, la pasión y la plenitud de amar y ser amado? Porque, tras la belleza formal de sus versos, se esconde la verdad insondable de que el tiempo ha pasado y ella seguirá amando sin volver la vista atrás.

 Mirarte a los ojos es sonreír hasta doler, y volver

a sentir la ropa resbalando.

/porque hoy es el final del principio

/porque hoy dejo de escribir/.

 


martes, 27 de abril de 2021

El "sofagate" o la humillación de las mujeres europeas.

 


No sé por qué tengo la sensación de que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula van der Leyen, se siente sola tras la humillación que el presidente de Turquía, Tayyip Erdogán, con la camaradería del presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, sufrió en su visita al país turco, tras ser ninguneada por los dos dirigentes, en lo que se ha llamado el “sofagate; solo les faltó pedir que les sirviera un  café. Un acto del machismo más burdo e indigno, que del dirigente turco se da por sentado, pero no del dirigente europeo, que nos ha hecho avergonzar a muchos, de cómo, todavía, el machismo sigue siendo un problema mental y estructural en los comportamientos de muchos hombres y no pocas mujeres en Europa, incluidos bastantes de sus dirigentes. La propia van der Leyen lo ha descrito muy acertadamente en el Parlamento Europeo, que tampoco ha estado muy a la altura, al no recriminar, formalmente, más allá de lo que hayan expresado algunos de sus parlamentarios, ese comportamiento de un dirigente de altísimo rango en la UE.

“Me sentí humillada y sola, como mujer y como europea”, ha dicho la presidenta de la Comisión, casi en un intento desesperado para que se la escuche y no vuelva a suceder un desprecio tan grosero a una mujer, y sobre todo, entre aquellos que tienen que dar ejemplo de igualdad. Porque está claro, que si en vez de ser ella hubiera sido él, esa situación no se habría producido.

"Soy la primera mujer en ser presidenta de la Comisión Europea y así es como esperaba que se me tratara en nuestra visita a Turquía. Pero no lo fui. No hay ninguna justificación. Se me trató así por ser mujer”.  Ese es el problema de fondo, y por el que Charles Michel, si tuviera un mínimo de conciencia de género y dignidad democrática, habría presentado su dimisión. No cabe otra, cuando a una mujer, que además ocupa un puesto de altísima representación en la UE, se la trata de esa manera. Porque se insulta a las mujeres, a los hombres y a la institución que representa, que es como hacerlo a todos y todas las europeas.

Que Erdogán se comporte así no nos extraña, pero es en esos momentos de controversia cuando uno debe ser consciente de lo que está pasando, y comportarse con dignidad y respeto, algo que Charles Michel no ha hecho.

lunes, 26 de abril de 2021

Lo que Chernobyl nos enseñó y parece que no hemos aprendido.

 


Hace unos meses vi por fin la serie Chernobyl y hoy, que se cumplen 35 años de aquella catástrofe medioambiental provocada por un régimen totalitario al que solo le importaba avanzar hacia la nada, sin medir los costes humanos, sociales o medioambientales, me he acordado de ella.

 Porque en Chernobyl se conjugaron todos estos costes, que pagó una sociedad abducida por  un poder sustentado sobre los cimientos del miedo y la mentira. El sinsentido de creer, porque no existía en la sociedad soviética del momento otra posibilidad, los dictados del poder, hasta el convencimiento de que no era posible que los dirigentes que todo lo controlaban, fueran capaces de equivocarse hasta llegar a ser cómplices de la muerte de muchos que creían ciegamente en ellos.

La serie Chernobyl nos plantea una reflexión, no sobre la potencial peligrosidad de la energía nuclear, algo que cualquier espectador ya conoce, sino sobre la capacidad de resiliencia que tenemos los humanos para zafarnos mentalmente de un poder que controla nuestra vida en todos sus aspectos, mediante la ocultación de nuestras emociones, nuestros sentimientos y la verdad ineludible que marca saber que las cosas no tienen por que ser así.

Es en ese mirar hacia otro lado de la población donde se sostiene el poder autoritario, creando una falsa imagen de la realidad, muy alejada de lo que sucede realmente a nuestro alrededor. Un poder al que en la actualidad ya no le hace falta usar de manera indiscriminada la represión, porque es capaz de someternos, gracias a mensajes torticeros que solo tienen la intención de alagar nuestros oídos y de mentiras construidas metódicamente como si nuestra vida fuera un algoritmo que se puede manipular cuando lo deseen.

Lo más triste, es que cuando ya la Unión Soviética es solo materia de estudio en los libros de historia, un totalitarismo de seda y astucia se ha instalado en nuestra sociedad, cuando creíamos que estábamos vacunados contra él, no por una razón de componente ideológico, sino porque hemos decidido vivir con la cabeza metida en un agujero, para que nada perturbe nuestra autocomplacencia de sociedad acomodada. Y es que, al final, George Orwell y Ray Bradbury tenían razón cuando nos advirtieron en sus obras distópicas: 1984 y Fahrenheit 451, que el totalitarismo solo tiene una cara, que a veces lleva la careta del comunismo totalitario y a veces la del fascismo, pero siempre es la misma cosa, se llame como se llame.  

domingo, 18 de abril de 2021

Madrid al borde del abismo

 


En esta sociedad distópica que se está configurando como fin de la pandemia, las ideologías no tienen cabida, por lo menos todas menos una: la que está imponiendo su credo gracias al control de una sociedad cada vez más anestesiada, que ha cambiado su rol de ciudadanos con derechos por el de consumidores abducidos por la necesidad de poseer y gastar al son que marcan las grandes corporaciones empresariales, apoyadas en gobiernos que, siento decirlo, se han convertido en títeres de los intereses de estas.

En una distopía, lo primero que se piensa es erradicar las ideologías, porque de esta manera nadie cuestionará el poder, las desigualdades, la pobreza, la destrucción del medio ambiente y el abismo que se abre entre una minoría de ricos y el resto de la sociedad. Ya lo apuntó Francis Fukuyama en 1992, cuando se desmoronó el comunismo soviético y, según él, la única alternativa que quedaba era la democracia liberal capitalista, obviando todo el abanico de ideologías que resurgían, después de haber estado silenciadas por el enfrentamiento capitalismo/comunismo que marcó la guerra fría desde del fin de la Segunda Guerra  Mundial.

Este simplismo de reducir el pensamiento político a dos ideologías no es inocuo, está en la raíz del pensamiento neoliberal impuesto en el mundo desde finales de los años 70, cuando líderes políticos de la derecha más conservadora irrumpieron, principalmente , en el mundo anglosajón, personalizados en Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Una doctrina política, que nos ha llevado al capitalismo salvaje que se impone en la actualidad, eliminando por el camino, no solo el comunismo, sino también el estado de bienestar, los sindicatos, el asociacionismo civil político y todo aquello que se pusiera por delante de la desregulación de las normas y leyes, para poder acumular riqueza y hacernos creer, gracias a unos medios de comunicación cada vez más controlados por el dinero y los poseedores de este, que todo está acabado y que la única redención de la humanidad es entregarse al neoliberalismo salvaje sin cuestionarse otra cosa que no sea como consumir más, cobrar menos y endeudarse hasta la esclavitud financiera.

Este escenario, que es el que vamos a heredar en la salida de la pandemia, tiene todavía grandes debilidades, a pesar de intentar colarnos como irremediables a personajes como Donald Trump o Isabel Díaz Ayuso, y toda la cohorte de negacionista de todo lo que no sea el triunfo, sin piedad, del autoritarismo, el capitalismo salvaje y la reducción de la sociedad a peones de brega de los intereses del poder capitalista actual. Ahí están, en sus diferentes modalidades, vestidos de búfalo o con traje y corbata o conjuntos de Chanel, el  nuevo fascismo, que sigue siendo tan viejo como el ya conocido, en el llamado mundo occidental.

Pero es cierto que las ideologías contrarias a este fascismo de guante blanco, que utiliza la democracia para el triunfo de sus intereses, siguen estando ahí y se van abriendo camino en la sociedad, asomando la cabeza de vez en cuando e imponiéndose en territorios donde las ideologías no han muerto del todo. Aunque, sin embargo, no están exentas de caer en la desgana política, que tanto beneficia al poder neoliberal.

Decía más arriba, que reside en la destrucción del estado del bienestar el principio ejecutor más nítido del avance del liberalismo fascistoide, que trata de imponerse en el camino hacia la sociedad distópica. Pero hay todavía, afortunadamente, mecanismos pacíficos y democráticos que pueden impedir ese avance. Se ha revertido la situación en EEUU, cuando la movilización de la ciudadanía ha conseguido frenar el ascenso desbocado del fascismo trumpista, y lo puede conseguir Madrid, haciendo que la imagen de ese totalitarismo a lo Donald Trump que representa Isabel Díaz Ayuso, no se abra camino en las próximas elecciones.

No tiene sentido que la comunidad autónoma más rica de España tenga todo los indicadores sociales bajo mínimos, desde un punto de vista democrático y de bienestar, y vaya a triunfar en las próximas elecciones una candidata que solo ha sabido hacer bien una cosa: gobernar para que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. Una Comunidad que tiene los peores niveles de gasto público, de desigualdad, de contaminación, de pérdida de libertad (entendida esta como la capacidad de decidir sin que la situación vital esté encadenada a la subsistencia). Que durante años se ha dedicado a desmantelar los servicios públicos: sanidad, educación, dependencia, atención a mayores, etc., todo en beneficio de la privatización de lo público. Y a mayores de la mano de la extrema derecha, ya sea bien fagocitándola o bien pactando con ella. Por no hablar de la desastrosa gestión de la pandemia, que está dejando un reguero de muertos y afectados por el camino.

Isabel Diaz Ayuso representa lo más parecido al hombre de los cuernos de búfalo que asaltó el Capitolio en Estados Unidos. Y no está sola. Detrás de ella o empujándole a ella, está el poder más ideologizado que ha existido en España en los últimos años. Un poder que ha encontrado en el simplismo de la candidata del Partido Popular la horma para imponer sus intereses sobre todos los madrileños y, si es posible, preparare el asalto al gobierno del Estado, que perdieron ahítos de corromper al partido que durante años se dedicó en cuerpo y alma a desmantelar el estado de bienestar en España.

No tendría sentido, si el mal de la desideologización en Madrid ya no fuera reversible y los que más tienen que perder se hagan el harakiri en estas elecciones. Pero todo es posible cuando nos empeñamos en creer que Fukuyama tenía razón, aunque no hayamos oído hablar de él en la vida. Ahora más que nunca los madrileños pueden elegir entre distopía o democracia que les lleve, nos lleve, pasito a pasito hacia la utopía, pasando por una mejora, más tangible, de sus condiciones de vida, simplemente distribuyendo mejor la riqueza.       

      

lunes, 12 de abril de 2021

Aniversario de una República fallida

 


«Fue un día profundamente alegre -muchos que ya éramos viejos no recordábamos otro día más alegre-, un día maravilloso en que la naturaleza y la historia parecían fundirse para vibrar juntas en el alma de los poetas y en los labios de los niños».

De esta forma Antonio Machado recordaba en una artículo publicado en 1937, en La Voz de España, bajo el título: “El 14 de Abril de 1931 en Segovia”, un día que fue el comienzo de una gran esperanza para el pueblo español y que a él le llenó de alegría al ser uno de los que proclamaron la República junto a su amigo Antonio Ballesteros e izaron su bandera desde el balcón del Ayuntamiento y se cantó la Marsellesa y el Himno de Riego.

Machado, como tantos millones de españoles que abarrotaron las plazas de sus ciudades, abrazó la República porque traía un nuevo aire de libertad; de poner fin al despótico control de la sociedad por parte de una clase anclada en los privilegios del pasado; de la utilización de todos los resortes del Estado en beneficio de los intereses de ricos, nobles, eclesiásticos y militares, que tenían un concepto patrimonial del país; para poner fin a una monarquía corrompida, que bajo sus alas daba cobijo a corruptos, facinerosos y asesinos.

La República fue un soplo de aire fresco en un país asfixiado por una clase dirigente a la que le importaba poco o nada la miseria que crecía a su alrededor, la represión brutal de los trabajadores, la utilización de matones para acabar con dirigentes sindicales y sociales, y toda una lista de comportamientos que, en muchos casos, acabaron con la utilización de la pena de muerte de forma indiscriminada, si alguien ponía en peligro el estatus quo de poder que les sostenía. Militares, curas, policía, jueces, fiscales, políticos y un largo etcétera, solo servían a la corrupción, la explotación y los privilegios. Y a todo ello no era ajeno el rey Alfonso XIII, quizá, junto con Juan March, el mayor corrupto y déspota de todos los que entendían España como un coto privado de caza.

Desgraciadamente, esa República, que tan feliz hizo a Machado, fue débil con quienes desde el minuto uno comenzaron a destruirla mediante la manipulación, el control de los medios de comunicación, las mentiras, los bulos, la desacreditación y la paralización de las instituciones republicanas con sus actuaciones. Para muestra vale un botón: Cuando las Cortes empezaron a  debatir el  Estatuto de Autonomía de Cataluña, los diputados derechistas y radicales de Lerroux, presentaron más de 200 enmiendas, con la intención de eternizar los debates. No se quedó  atrás la Ley de Bases para la Reforma Agraria, que se eternizó en interminables discusiones, que acabaron descafeinando la reforma cuando fue aprobada.

Pero los enemigos de la República no se quedaron en la desestabilización de las instituciones. La insurrección contra ella fue uno de los instrumentos que contemplaron, hasta que al final, cuando la derecha perdió las elecciones de febrero de 1936 y volvieron a ver en peligro sus privilegios, pusieron en marcha el golpe estado que los devolvió al poder durante cuarenta años.

Pero la República, al final fue destruida por la desidia de sus dirigentes moderados, que nunca quisieron ver la dimensión que tenían los ataques a cara descubierta y los preparativos de golpes de estado contra ella. Excluyo de este grupo democrático y republicano a la derecha, cada vez más amiga del fascismo que imperaba en Europa y los grupos extremistas de izquierda, que antepusieron su revolución obrera  a la defensa de los valores republicanos, que calificaban de burgueses. Esa debilidad de la democracia, incapaz de defenderse de sus enemigos internos, que acaban aliándose con los externos, fue en este momento histórico más patente que nunca. No se pudo ser más displicente. Las noticias del golpe militar en Marruecos llegan a Madrid, y Azaña pregunta a Santiago Casares Quiroga, presidente del gobierno, qué estaba haciendo Franco, a lo que este le contestó: «Está bien guardado en Canarias». Después, Casares Quiroga,  habla con su amigo Juan Negrín, quitándole hierro al asunto: «Está garantizado el fracaso de la intentona. El gobierno es dueño de la situación. Dentro de poco todo estará terminado». Pero la supina necedad del presidente del gobierno republicano llega cuando el controvertido periodista Salvador Cánovas Cervantes presenció la contestación más estúpida que un dirigente gubernamental puede dar, cuando se le informa de que está a punto de producirse un golpe de estado contra su gobierno: «¡Que se levanten! Yo, en cambio, me voy a acostar».     

Ahora celebramos el 90º aniversario de la proclamación democrática de la II República en España y convendría reflexionar sobre algunos aspectos de aquella que la mitología nacional ha venido exacerbando, desvirtuando el verdadero valor de lo que supuso.

El primer mito es absolutamente partidario: para la derecha, la República fue un periodo de desorden y mal gobierno, que puso en tela de juicio la esencia de España y sus valores tradicionales y católicos, que había que enmendar, y así lo hicieron, propiciando un golpe de estado nacional/católico/fascista, que acabó con ella y la democracia durante cuarenta años. En el imaginario de la izquierda, todavía perdura el sentimiento de que los problemas de España se solucionarían simplemente con proclamar la República, aferrándose a la simbología de aquella, como si fuera el Bálsamo de Fierabrás. Nada más falso en un caso y en otro: ni fue un desastre ni una bendición.  Más bien fue una lucha sin futuro de los sectores moderados republicanos, tanto a derecha como a izquierda, en su intento por modernizar España, contra las aspiraciones revolucionarias de una parte de la izquierda y el fascismo que abrazó una parte de la derecha como única manera de preservar sus privilegios.

Todo eso sigue vivo, de ahí que el debate sobre monarquía y república siga tan polarizado en derecha e izquierda, hasta el punto de hacerlo imposible. Siguen, después de noventa años, en pie los mismos argumentos que se daban entonces. Parece que el tiempo no ha pasado o que todavía vivimos bajo la influencia de la dictadura que acabó con la República.

Decía al principio, que la República fue, ante todo, un rayo de esperanza para la gran mayoría de la sociedad española de la época, harta de corrupción, caciquismo, atraso social y desigualdad. Todavía lo sigue siendo. Pero en la actualidad deberíamos centrar el debate no en términos emocionales, sino en criterios racionales que nos hagan ver que una nueva república sería capaz de modernizar el país, desterrando los malos hábitos de una clase de poder, que se sigue comportando igual que hace  un siglo.

Por eso, cada vez es más necesario iniciar el debate para ver cómo revertimos la situación actual, tan parecida, en algunos aspectos, a la de 1931, a pesar de estar en 2021, y decidir en referéndum, si es la república o una renovada monarquía la que nos tiene que llevar por la senda de la modernización y la profundización democrática a lo largo del siglo XXI.            


jueves, 25 de marzo de 2021

La ausencia de ética solo genera intolerancia

 




La política española parece estar metida en un bucle de irresponsabilidad que hace muy difícil poder analizar y buscar soluciones para los graves problemas que tiene el país. La estrategia de algunos Partidos se ha convertido en un mitin permanente, en el que todo vale, desde las bravatas cargadas de testosterona plagadas de insultos, a la mentira cada vez más burda para desprestigiar al contrario. Y desgraciadamente, unos medios de comunicación que viven del pesebre de la política o, mucho peor, de quienes propietarios de periódicos, cadenas de radio, televisión y grupos mediáticos que todo lo quieren controlar, dictan noticias, encumbran políticos indignos de llamarse tal, silencian las informaciones que les perjudican o dictan persecuciones implacables contra quienes no sirven a sus intereses.  

Parece que cuanto más fango haya en la política más se asegura la supervivencia de determinados intereses, que no miran por el bienestar de la sociedad, sino por el grosor de sus bolsillos. Enfangamiento que suele ser más sucio cuando no gobierna la derecha; a nadie se le puede escapar que hayan coincidido esos periodos de máxima tensión política y mentira en las épocas de Aznar, Rajoy y Casado, cuando estaban/están en la oposición aspirando al poder.

Y si lo visto hasta ahora nos parecía poco, en estas últimas semanas cualquier atisbo de dignidad ha quedado laminado por la compra, sin escrúpulos, de toda una caterva de políticos, que emulando a Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, los del tamayazo, no tienen ningún pudor de venderse al mejor postor. Y siempre, detrás de estas operaciones de transfuguismo, por llamarlo de una manera suave, están los mismos, los cachorros de la escuela de Esperanza Aguirre, hoy dirigiendo la derecha y la extrema derecha.

Sin embargo, sucede que a una parte de la sociedad española estos asuntos no parece que les importe mucho, convirtiéndose en hooligans de un espectáculo deplorable en cualquier cabeza que todavía no haya perdido el norte con el “que se jodan”, expresión máxima de desprecio hacia los que no son los tuyos.

Una sociedad abducida por la satanización del otro, de quien no piensa como ella, es una sociedad enferma, precipitada por el abismo de la confrontación y la intolerancia. Y eso es lo que está sucediendo en una parte de la sociedad española, desgraciadamente en ambos bandos del espectro político, que no ideológico, porque nada más lejano a lo que estamos viviendo en los últimos tiempos que un debate ideológico. Aunque es cierto que en esa confrontación hay una parte que tiene muchos más recursos en los medios y la redes sociales para la lapidación del otro.

El espectáculo de tránsfugas en Murcia; la espantada de miembros de Ciudadanos hacia posiciones políticas que hasta hace poco criticaban sin pudor, para no perder presencia pública, cercanía con el poder o simplemente por unas cuantas monedas de oro; la transfiguración de la decencia política en un espectáculo carente de toda ética pública y privada; la destrucción del juego limpio y el respeto al adversario, con la única intención de eliminar al competidor con OPAS y prebendas, para lograr de esta forma lo que un partido por sí solo no es capaz de conseguir, dan pie a personajes que no tienen ningún empacho en cambiar de bando político todas las veces que sean necesarias, siempre que esto les resulte beneficioso, por mucho que lo quieran disfrazar de dignidad impostada. Es el juego de corruptos y corruptores, en definitiva.

Mesura, contención, ética, moral de servicio público, claridad, veracidad…,  palabras de comportamientos que cada vez se echan más de menos en estos tiempos de fangosidad en la política. Pero esto parece que no es capaz de hacerse oír entre tanto ruido mediático y griterío intolerante.     

domingo, 14 de marzo de 2021

La corrupción, siempre es un fracaso de la democracia

 


Algunos comentaristas decían sobre la moción de censura en Murcia, que el desenlace había sido un triunfo del Partido Popular. No voy a negarles la razón, sobre todo cuando la realidad se analiza con una mirada cortoplacista, abonada el titular de prensa, tan propia de una sociedad que ha sucumbido al vértigo de lo inmediato, con la capacidad de mirar más allá velada por las prisas. Y no se la voy a negar, porque es indudable que conseguir frenar una moción de censura en tan corto espacio de tiempo, es un éxito sin paliativos.

Sin embargo, el método, la manera de llegar a ese éxito es lo que hace plantearme si el éxito del Partido Popular no es una derrota de la democracia. Porque cuando aceptamos que todo vale para conseguir nuestras metas, algo empieza a oler a podrido en nuestra sociedad.

Damos ya por hecho que el Partido Popular es una organización corrupta, como se viene demostrando a  lo largo de estos últimos años,  capaz de todo con tal de conservar el poder o alcanzarlo. Un Partido que hace mucho tiempo perdió el norte de la democracia; posiblemente desde que José María Aznar empezó a hablar catalán en privado y a poner los pies encima de la mesa, como un acto de colegio con el entonces  presidente de EE.UU. y las paredes de Génova y no pudieron soportar más el hedor a pútrido que salía de sus despachos. 

El problema empezamos a ser nosotros como sociedad, que damos como normal estos comportamientos, cada vez más capaces de extender la corrupción por donde pasan sin que nada suceda ni nadie se eche las manos a la cabeza. Con un: “los políticos son todos iguales”, descargamos nuestra mala gana de asumir que en una democracia los ciudadanos debemos ser exigentes con los comportamientos y las actitudes de la clase política.

Una sociedad que asume sin sonrojo, que quien ha sido durante décadas el Jefe del Estado ha devenido en uno de los mayores corruptos que ha tenido en su seno, no es de extrañar acepte que un Partido utilice la maquinaria del poder a su alcance para corromperse. Y no me refiero solo al robo monetario ennegrecido y al fraude fiscal, sino a comportamientos como el acaecido en Murcia, donde no han tenido apuro para comprar, casi con luz y taquígrafos, a quienes fuese menester para no perder el poder regional. Lo que justifica, todavía más si cabe, las razones de corrupción esgrimidas por los firmantes de la moción de censura.

Es tanto el derroche de descomposición que alberga una parte de la sociedad en su seno, que encima nos están haciendo creer que toda esa operación ha sido un éxito para el PP, y que los malos son quienes han tratado de poner freno a una situación que en cualquier democracia, no sé si plena, pero sí normal, habría resultado un escándalo mayúsculo, imposible de digerir.

Pero no solo es Murcia. En Madrid la actitud trumpista de su presidenta; personaje al que se le ha dado un poder enorme y que ella utiliza como si fuera un juguete, confirma que “todo vale si creo que me va a beneficiar” y convoca elecciones en la Comunidad más castigada de toda España por la pandemia, solo porque a ella le parece que puede seguir su deriva de ingobernabilidad hacia la extrema derecha, sin que nadie le ponga un palo en las ruedas. Claro, que en este caso, a diferencia de los murcianos, los madrileños sí van a tener la oportunidad de decir ¡basta!, y acabar con 25 años de corrupción, experimentos de capitalismo salvaje y gobernantes ensimismados en su burbuja de poder.

España no se merece dirigentes ni Partidos ajenos a las necesidades de la gente, por eso cualquier éxito político que está salpicado de corrupción debe ser rechazado para que  no se convierta en un fracaso de la democracia.

Bajas laborales

                   Núñez Feijoo vuelve a liarla con una de sus ocurrencias, que, si bien, está en su ideario político, no quita para que int...