domingo, 31 de enero de 2021

La pobreza en España: un estigma que la democracia no ha sabido curar

 


Leo en INFOLIBRE del domingo 31 de enero, que “la pobreza tenía el terreno abonado antes del virus: la comparación con la UE desnuda el grave atraso social de España” (sic), e inmediatamente me pregunto que se ha hecho y se está haciendo mal, si después de cuarenta años de democracia, en España la pobreza sigue siendo un problema estructural, independientemente de que en situaciones de crisis profunda se agrave el problema. Las cifras son de escándalo: mientras Francia dedica el 8,3% de su PIB a protección social, España se queda en un 3,6%. Habría que preguntarse por qué esta diferencia, si no cabe suponer que los franceses sean más inteligentes que los españoles.

España durante el franquismo, no solo era un país pobre, era un país empobrecido, donde se malvivía, la mujer no tenía acceso al mercado de trabajo, las comodidades de cualquier país europeo eran una quimera imposible, los salarios eran tan bajos que se tenía que ejercer el pluriempleo y un elevado número de trabajadores tuvo que emigrar  Europa para poder dar de comer a sus familias. Todo esto es lo que la propaganda oficial de un régimen que se ha perpetuado en muchos aspectos en el tiempo,  ha tratado de ocultar, y no solo eso, pues no es un problema exclusivo que esa parte de nuestro pasado se haya hurtado de los libros de historia, como mucho de lo que fue y supuso el franquismo. El grave problema es que los desequilibrios estructurales de desigualdad se han perpetuado durante la democracia, como si de un estigma social y de país se tratara, imposible de curar. Por eso el riesgo de pobreza en España durante los últimos quince años no ha bajado del 18%, alcanzando una cifra estratosférica para un país democrático en 2021, con un 26% de la población. Es decir,  más de un cuarto de la población española está en riesgo de pobreza y no parece que ningún gobernante se vaya a rasgar las vestiduras por ello.  

Habría que mirar al pasado para entender el porqué de esta situación. Es en la restauración borbónica de 1875 cuando se fraguan las nuevas élites, que junto con las antiguas de carácter principalmente nobiliario, crearon un país con una estructura social tan compartimentada y diferenciada, que casi podríamos hablar de una democracia estamental. Una élite de poder que solo tiene como objetivo perpetuarse en él, al igual que las casas nobiliarias y la monarquía, a las que les une el fin de conservar la herencia a las generaciones venideras y aumentarla trabajando lo menos posible.

Este esquema mental de entender la nación como un coto privado donde podían hacer y deshacer a su antojo, basado en el caciquismo y la explotación de las clases trabajadoras al entender a estas no como fuerza de trabajo, sino como seres serviles que les debían gratitud por darles las migajas de sus beneficios a costa de trabajos esclavos con salarios de miseria y condiciones de trabajo inexistentes. Sin olvidar el uso de las fuerzas policiales y el ejército para imponer su voluntad ante la mayoría de la población. No voy a extenderme en este asunto, que ya conocen ustedes, como las represiones brutales a los trabajadores en el final del siglo XIX y principios del XX, o las zancadillas constantes de esa élite a la República desde su inicio, que acabaron en un golpe de estado en 1936, que sumió al país, tras una cruenta Guerra Civil, en cuarenta años de dictadura fascista bendecida por la Iglesia, cuando intuyeron que podía habérseles acabado el dominio “patriótico” de la nación.

Lo preocupante es que la democracia actual no ha sido capaz de acabar con esos resortes del poder de las élites históricas (solo hay que bucear en el árbol genealógico de muchos de los que hoy están en la cima del poder político, económico y social), quizá porque la Transición no supo o no pudo poner fin a ella y las nuevas élites surgidas de la democracia posterior no mostraron mucho interés en acabar con la situación.

 El resultado es palpable con unas élites más afianzadas que nunca, cada vez más enriquecidas, vengan las crisis que vengan, y una población en la que crece exponencialmente la desigualdad y la pobreza, gracias a un cuerpo legal que ha diseñado un país para que sigan controlándolo sin mayores sustos. De ahí, que la democracia no haya sido capaz de acabar con el problema estructural del paro, que se agrava en cada crisis, y de las que se sale con peores condiciones salariales y laborales; que el trabajo precario sea la única posibilidad de encontrar empleo para mucha gente; que los sueldos no están a la altura de una sociedad moderna y democrática o que sean salarios de pobreza en España (en el año 2020 el 12,7% de los trabajadores, principalmente trabajadoras, tenían un salario de pobreza, es decir, que aun trabajando no les permite salir de su condición de pobres), y una carga impositiva poco progresiva y  muy desigual, que tiene como efecto, que las rentas cuanto más altas son, menos tributan en proporción.

Por todo ello y más que no cabe en este artículo, volvemos al principio del titular de INFOLIBRE: la pobreza es estructural en España y el coronavirus, lo único que ha hecho ha sido echar alcohol a una herida que  nunca se cierra,   con unas élites que no tiene ningún interés en que la situación cambie. Y mientras, la brecha con Europa se agranda.              

lunes, 25 de enero de 2021

Nadie quiere a Salvador Illa

 


Estimado Salvador Illa: Mal momento has escogido para dejar el ministerio. La verdad es que en España siempre es mal momento para cualquier asunto, sobre todo si tiene que ver con la cosa pública. Uno acaba olvidando la cantidad de veces que ha escuchado: “no es el momento”. Esa maldición de frase que cae sobre el progreso como una losa de conformismo o, siendo maligno, como freno a cualquier querencia por hacer algo que no satisface al poder. Por eso, tu adiós al ministerio de Sanidad, nunca va a ser bien recibido, aunque sean los mismos que llevan tiempo pidiendo tu dimisión, los que ahora más gesticulan cuando te vas. Cosas de la sinrazón política en un país cainita como ninguno. Porque de lo que se trata no es de tu gestión al frente de la mayor amenaza para la salud de los ciudadanos y la sanidad del país, eso da igual. Podrías haber sido el saltimbanqui del gobierno, que si sacaras mucho la cabeza, no tardarías en convertirte en un muñeco de tiro al blanco, de esta feria de pueblo perdido en la ignorancia, en la que se ha convertido la política en España.

Pero tu problema se agrava y la cacería solo acaba de empezar, al mutarte en candidato a las elecciones catalanas. Siento decirte que se acabaron los amigos políticos. Incluso aquellos que aplaudían tu gestión hasta hace poco, se van a convertir en feroces neandertales a la caza de la presa. Sobre todo, porque tu candidatura ha trastocado los planes de muchos y dado alas a la mediocridad de otros, poniendo nerviosa a demasiada gente.

Por eso no va a haber misericordia contigo, y no solo te van a acusar de haber traído la pandemia al país y al mundo, para forjar tu imagen de candidato a las elecciones catalanas, sino que no tardarán en convertirte en el único responsable de todas las crisis que ha desatado esta pandemia. Triste final para un buen ministro de Sanidad en circunstancias extremadamente difíciles.

Ignoro cómo va a ser tu papel de candidato, pero a mí me has parecido un buen ministro, el mejor junto con la titular del ministerio de Trabajo. No tengo por qué ocultarlo, porque, además,  ni debo nada a tu Partido, ni tu Partido me debe nada a mí. Lo digo desde la honestidad y la convicción de que lo mejor que nos ha podido pasar en este país durante estos duros meses, es tener un filósofo al frente del ministerio de Sanidad; una persona acostumbrada a pensar y ponderar todos los pliegues de la realidad. No me imagino que al frente del  ministerio hubiera habido un médico o un economista, con sus visiones correctas de las cosas, pero limitadas a su área de conocimiento.

Decía antes que has puesto nerviosos a  tus adversarios en las elecciones catalanas. Tanto que todos han apostado por aplazar las elecciones, a ver si el denominado “efecto Illa, que tanto gustan los medios de comunicación propagar, se diluía como un azucarillo en la mediocridad cortoplacista de la política catalana, que no es mucho más mediocre que la española, la europea y la  mundial. No te des por aludido, pero es que corren malos tiempos para los políticos, sobre todo por su incapacidad de mirar a la sociedad como un ente de ciudadanos con problemas reales y no como un número de votos en una encuesta.

Para terminar, solo tengo que decirte que te estoy agradecido por tu trabajo al frente del ministerio de Sanidad estos meses;  desearte que tengas  mucha suerte en tu nueva andadura política, a ver si introduces un poco de sentido filosófico a la política catalana y se acaba con ese frentismo imbécil de nacionalismos trasnochados,  que se ha instalado en la sociedad de Cataluña y, por extensión, en el resto de España.       

martes, 19 de enero de 2021

La necedad por bandera


Querido Pablo: Pensábamos muchos que siendo vicepresidente del gobierno tu incontinencia verbal se iba a moderar. Ya lo dijo don Quijote respondiendo a la ignorancia de Sancho cuando se regodeaba por su título de gobernador de la ínsula de Barataria: “el necio en su casa ni en la ajena sabe nada, a causa de que sobre el cimiento de la necedad no asienta ningún discreto edificio”. Así es, por los siglos de los siglos. Ahora nos has sorprendido con una de las comparaciones más tontas que se han escuchado en los últimos tiempos, y de eso vamos sobrados. Además, esa salida de tono es mucho más grave cuando sale de la boca desbocada, de alguien que se presume inteligente y defensor de las maldades del fascismo.

Convendrás conmigo que tu afirmación, mejor dicho comparación de Puigdemont con los exiliados de la Guerra Civil, no solo no ha sido afortunada, sino que además ha rayado el insulto. Quizá por querer defender sin un atisbo de juicio lo que hace mucho tiempo no se sostiene en cualquier mente cabal. No sé si por querer aparecer como el adalid de la buena justicia en España, de la que estamos tanto a faltar, o por querer demostrar que sigues estando en contra de que los enjuiciados del “procés” sigan en la cárcel, o voy más lejos, están en la cárcel. Somos muchos los que pensamos así y no por ello decimos necedades delante de un micrófono, como si estuviéramos de cañas con los amigos en el bar.

Pero la comparación es fatal para la inteligencia. Veamos, Puigdemont es un señor que después de saltarse a la torera la norma constitucional de convivencia entre los diferentes territorios de España (y no porque a muchos nos guste cambiarla deja de estar vigente), a sabiendas de lo que estaba haciendo, es decir, con cierta prevaricación, actúa como los fariseos que tiraban la piedra y escondían la mano. O en expresión más moderna: después de liarla parda, se largó y dejó a sus socios con el culo al aire, muchos de ellos aposentándolo ahora en la cárcel.

Ese señor, que se fue como un cobarde zelote, a esconderse de sus actos, viviendo en un casulario de lujo, como un  marqués de la sopa boba, no se puede comparar, salvo con una borrachera de delirio nacionalista, con los cientos de miles de exiliados que tuvieron que abandonar España en 1939 huyendo del fascismo, para salvar su vida y su dignidad. Que acabaron, muchos de ellos, en campos de concentración, luchando en la Guerra Europea contra el nazismo, perdida su memoria allende los mares y/u olvidados por la historia y por los que ahora los defienden.

 El uno es un cara derrotado por su propia egolatría de mesías aterrizado en Cataluña para salvarla de los demonios españolistas. Los otros son víctimas de una guerra civil ganada por el fascismo golpista, que solo tenía como objetivo su aniquilación, moral y ciudadana, cuando no física.

Por eso, el vicepresidente del gobierno debería ser más cuidadoso cuando trata de justificar sus ideas. Sobre todo cuando cae en el ridículo dañoso y provoca desafección hacia su formación política, que a mí se me antoja necesaria para el devenir de un futuro progresista de España, al actuar como contrapeso en la balanza de la izquierda. Podría ser un importante político si su inteligencia estuviera un peldaño por encima de su boca, lo que parece no sucede.       

     

jueves, 14 de enero de 2021

El negocio giratorio de las eléctricas


 Otra vez a vueltas con el precio de la electricidad. Un asunto recurrente en nuestro país, que desde hace años ha convertido el coste del recibo de la luz en uno de los más caros de Europa, teniendo en cuenta que los salarios en España son sustancialmente menores que el de nuestros vecinos franceses, alemanes o italianos, por poner un ejemplo. El debate vuelve a estar servido, pero las grandes eléctricas, una vez más saldrán indemnes, como siempre sucede, hasta la próxima gran subida, sin que nadie haga nada por remediarlo, salvo poner algún que otro parche, puesto por el gobierno de turno de cara a la galería.

Cabe imaginar que los motivos que hacen intocables a las eléctricas en España son varios, entre ellos, y no menor, las puertas giratorias que han acomodado en su seno a todo tipo de ministros y gobernantes: Aznar, Felipe González, Ángel Acebes, Luis de Guindos, Elena Salgado, Pedro Solbes, Miquel Roca, etc., etc. A nadie se le puede escapar que esta connivencia entre la clase política y las empresas energéticas es un obstáculo, parece que insalvable, que impide terminar con el monopolio, de facto, que ejercen en el mercado y los precios. Recientemente el exministro José Manuel Soria, ha reconocido que Iberdrola manipuló los precios de la electricidad en el año 2013. No creo que sea un caso aislado.

En España el recibo de la luz es un disparate que solo tiene como beneficiarias a las compañías eléctricas, por muchos planes y ofertas que hagan a los consumidores. No solo por el precio fluctuante de la electricidad en el mercado mayoritario, en un sistema de subastas que convierte a los usuarios en comparsas de la avaricia del mercado eléctrico. Además, es que se pagan unos peajes difícilmente justificables. Por ejemplo, ese invento denominado “beneficios caídos del cielo”, un dislate fuera del sentido común que nadie hace por frenar. Concretamente, se trata de 3.000 millones de euros que reciben las eléctricas al pagar la electricidad producida por las centrales nucleares e hidráulicas al precio del gas natural en el mercado mayorista, siempre más alto, entre otras cosas porque esas centrales ya tiene amortizada la inversión que se hizo en su momento, lo que reduce, sustancialmente, el coste de la electricidad que producen. ¿Y quién paga esto? Los consumidores.

Pero lo más grave es que el gobierno dice que no puede actuar y acabar con este robo que se nos hace anualmente. ¿No puede o no quiere? ¿Cuánto poder tienen estas compañías para que ningún gobierno se atreva a meterles mano? ¿Acaso un gobierno no debería actuar siempre en nombre del bien común? Parece que el beneficio de la sociedad no entra en la ecuación del beneficio de las energéticas consentido por los gobiernos.

Curioso. La única solución que se les ocurre a los que nada tienen que objetar con el dominio de los precios impuestos por las eléctricas, es que el gobierno baje los impuestos que se aplican al recibo. No que reduzcan sus beneficios astronómicos las compañías. No. La ocurrencia del neoliberalismo es que esa reducción del recibo la paguemos nosotros, todos los españoles, porque al bajar impuestos disminuye la recaudación del estado y, por tanto, los servicios. Axioma neoliberal de libro.

Hay otra solución: la creación de una empresa pública de electricidad. Anatema, porque este país renunció hace mucho tiempo a que el estado ejerciera de regulador de la economía, cuando liquidó todas lss empresas públicas en nombre de la libertad de mercado, con todas sus consecuencias nefastas para la población. La libre competencia lo único que Ha hecho es subir los precios de servicios esenciales como a electricidad.

España, siempre más papista que el Papa, y da igual el gobierno que esté. Lo que deberían explicar es por qué aquí no puede haber una empresa pública de electricidad y en Europa sí: el 62% de las empresas eléctricas de la OCDE son públicas, o participadas por las instituciones del estado,  mientras que en España solo el 5% de la energía que se genera es de producción pública. Algunos ejemplos: En Francia la Électricité de France es propiedad del Estado en un 83,65%; por cierto primer productor y distribuidor de electricidad en Europa y segundo del mundo. En Alemania, las instituciones públicas tienen un 56% de la empresa RWE, segunda compañía eléctrica del país. En Italia, el Estado es el accionista mayoritario de la empresa ENEL, la mayor del país y propietaria en España de ENDESA. Curiosamente en todos estos países y la mayoría de Europa la electricidad es más barata que en España.

Los consumidores españoles nos merecemos algo más que buenas palabras para poner freno a este disparate y ahora es el momento, cuando el gobierno anuncia una transición energética hacia las energías renovables, que sería bueno no se hiciera solo desde la barrera de la ley, algo que las grandes compañías son maestras en saltarse, sino interviniendo en la producción y la distribución con una empresa pública, que pusiera coto a la situación de privilegio actual y “hago lo que me da la gana” de las grandes eléctricas. Claro que eso supondría la renuncia de los políticos a entrar por la puerta giratoria de alguna de estas compañías.      

martes, 29 de diciembre de 2020

2021 Un año cargado de futuro

 



Ha llegado el momento de hacer balance del año, y casi hasta da miedo, pero yo no lo voy a hacer. Bastante he escrito ya a lo largo de los meses de pandemia, de enero y febrero ya no nos acordamos de nada, en la batería de reflexiones con las que he machacado durante meses a quién las haya querido leer.

 No voy a hablar de lo pasado; demasiados y nunca pocos balances se están haciendo en estos días. Prefiero hablar de lo que está por venir, de todo lo que se otea en el horizonte y, en muchos casos, va a depender de nosotros que pueda suceder. No es que quiera hacer futurología, para eso ya están los nigromantes y los carlosjesús de turno, es simplemente tratar de ver el año que empieza con cierto optimismo, sobre todo para todos aquellos que han perdido a algún familiar, o han padecido la enfermedad; para todo los que han sufrido daños colaterales en su salud por culpa del coronavirus; los sanitarios y demás trabajadores que han estado y están siempre en la primera línea del riesgo; para quienes han perdido su trabajo y los que hayan pasado a engrosar las estadísticas de la desigualdad y la pobreza. Y por último para todos los demás, porque el año 2021 si no lo encaramos con optimismo será terrible desde el punto de vista de la salud mental y colectiva, y no hay nada peor que una sociedad deprimida y, por tanto, incapaz de asumir los retos que tiene por delante.

Es posible que el año no sea todo lo “normalizado” que nos gustaría: todavía la mascarilla seguirá empañándonos las gafas, la inmunidad colectiva de la vacuna tardará en tener efecto inmunológico en la población y la economía seguirá en la UCI durante unos meses, hasta que volvamos a recobrar la confianza y el empleo se empiece a recuperar. Todo eso irá pasando, y nosotros debemos estar convencidos de que pasará. Basta ya de agoreros que nos anuncian el apocalipsis día sí y día no. De milenaristas que ven el fin del mundo en cada esquina.

La humanidad vive en constante riesgo provocado por la naturaleza: los virus están ahí desde que la Tierra empezó a albergar vida; hay catástrofes naturales brutales como terremotos, huracanes, erupciones volcánicas, tsunamis, diluvios, etc., y eso no nos ha impedido avanzar y hacerles frente en la medida de nuestras posibilidades. Seguirán estando entre nosotros al acecho, y con ellos nos hemos acostumbrado a vivir.   

Pero hay otros riesgos en los que sí podemos actuar, porque han sido provocados por nosotros, desde el cambio climático y todas sus secuelas de destrucción de vidas, haciendas y construcciones humanas; la pobreza secular, que en los últimos tiempos vuelve a niveles que ya creíamos olvidados; la contaminación, que mata a cientos de miles de personas en el mundo todos los años; las guerras, uno de los inventos de la humanidad más bárbaros que han existido jamás; las migraciones y toda la carga de dolor y desarraigo que arrastran en quienes las sufren; y un  etcétera demasiado extenso. En todo ello, podemos intervenir nosotros, y después de una crisis mundial como la actual, deberíamos ponernos a pensar cómo nos gustaría que fuera el futuro. Nada de ambiciones revolucionarias que solo conducen a la miseria de la postrevolución, más bien cambios que nos hagan mejorar lo que ya sabemos que está mal.

Es el momento, después de una pandemia que casi ha reseteado el mundo, sobre todo el occidental, de reflexionar y pasar a la acción, porque en nuestras manos está reiniciar la sociedad para que sea más justa, más segura, más divertida y más sana. Pero para ello hay que ser optimistas, confiar en nuestras posibilidades y no sucumbir al pesimismo atávico al que los poderes de siempre nos han inoculado. Esa es su arma para volver a la casilla de partida de un mundo del que solo ellos obtienen beneficios.

Está en nuestras manos acabar en una sociedad distópica o en una sociedad eutópica para todos y todas.  2021 puede ser el principio de ese cambio de rumbo personal y social del que tanto hemos hablado durante la pandemia.



sábado, 26 de diciembre de 2020

El silencio real de los langostinos

 


El rey Felipe VI dice en su discurso de Nochebuena (ese que todo el mundo ve sí o sí, por mucho que cambies de canal, pero nadie escucha, porque esta cenando o con los últimos preparativos de la cena) que la ética está por encima de las consideraciones familiares. Una buena forma de dar carpetazo a un asunto del que no quiere hablar ni como rey ni como hijo. Lo que no queda claro es a qué tipo de familia se refiere cuando hace esa alusión: ¿A una familia cualquiera? ¿A la familia es la familia de Vito Corleone cuando le dijo a su hijo: “Nunca digas lo que piensas a alguien fuera de la familia”? ¿A la familia Telerín? No queda claro. Y es lo que pasa con la ambigüedad, que nunca se calcula bien y siempre deja insatisfechos a muchos. Es como cuando quieres ligar y la otra persona está deseando que le preguntes ¿en tu casa o en la mía?, y tú te pasas la noche tomando cubatas y diciendo gilipolleces, y al final duermes solo.  

Mal asunto este y el otro del que no habló. ¡Hombre Felipe VI!, que tenga vuesa majestad a un nutrido grupo de militares tocando arrebato contra la democracia, incluso con número de muertos necesarios para instaurar el fascismo, y usted, capitán general de los ejércitos, no diga nada, da mucho que pensar. Porque  a los españoles, que somos muy refraneros, enseguida se nos viene a la cabeza el de quien calla otorga.  

En fin, debe pensar que como nadie le escucha, ocupados con pelar las cabezas de los langostinos, tiene licencia para decir y no decir lo que le venga en gana, para eso es rey inviolable.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

España ya no es juancarlista

 


Durante años hemos estado escuchando el mismo mantra: "los españoles no son monárquicos, son juancarlistas", una forma muy sutil de despachar cualquier veleidad republicana que pudiera asomar la cabeza. Y era cierto. Durante varias décadas, la figura de Juan Carlos I, no ha tenido fisuras en el aprecio de una gran parte de la sociedad española. Quizá, porque se construyó un relato de heroico hacedor de la democracia y salvador glorioso de esta después. Claro, que para ello se ocultó, durante décadas, cualquier información relativa a la  Casa Real, en un pacto de silencio que debería avergonzar a todos aquellos que claman, cuando les interesa, en favor de la libertad de prensa.

Todo funcionó bien hasta que se cruzaron los elefantes en el camino de la corona y la figura del rey empezó a desdibujarse en el imaginario de la sociedad, mostrándose como un ser mortal, que como todos los mortales tiene un lado luminoso y otro oscuro. Pero el rey no es un mortal cualquiera como usted o como yo, porque no es una persona común, sino que representa a la más alta institución del Estado, nos guste o no. Y si su vida disipada de millonario decimonónico, sus líos de faldas, su matrimonio roto y todo lo que fuimos sabiendo poco a poco empezaron a desvirtuar su figura ante los españoles, hasta el punto de tener que decir lo que a buen seguro no le hizo ninguna gracia: “Perdón me he equivocado, no volverá a ocurrir”, su figura todavía disfrutaba de cierto prestigio, aunque una marejadilla empezaba a agitar la conciencia de muchos juancarlistas, enseñándoles el camino del republicanismo. Lo que obligó a los poderes fácticos del Estado a hacerle dimitir para salvar la monarquía, abdicando en su hijo, actual rey.

Pero los intentos de reflotar un barco con demasiadas vías de agua, se vienen abajo cuando se empieza a conocer la verdad de un personaje, que tendrá que compartir en la historia su papel de rey con el de corrupto. Porque el descubrimiento de sus actividades al margen de la Ley (la corrupción, por muy real que sea, no se puede calificar de otra manera), como gran comisionista internacional, que ha utilizado su papel regio para amasar una gran fortuna (en eso se parece a su abuelo Alfonso XIII), lo que pone en solfa a la monarquía, que ya es incapaz de cerrar las vías de agua, incluso enviándolo al extranjero (que manía tiene esta familia de irse al extranjero a ver si escampa, cada vez que tiene algún problema con la justicia). Y no digamos, después de esa regularización exprés de una parte de sus deudas fiscales, penadas con delito de cárcel, que ha dejado en evidencia al gobierno, a la oposición , a la Agencia Tributaria y a la propia monarquía.

No hay por donde coger el tema. Y si la derecha se ha empeñado, como está haciendo denodadamente,  en secuestrar para sí a la monarquía, como si fuera de ella, al igual que la bandera, el escudo, el himno y España entera, mal augurio tiene el futuro de la Casa Real en España, más todavía, cuando el rey actual guarda un silencio sepulcral y sospechoso de complicidad con la actuación de su padre. 

Pero dicho esto, tampoco tengo claro que la sociedad española sea absolutamente republicana. Sobre todo, cuando la República está siendo acaparada por una parte de la izquierda, como una seña de identidad excluyente de todos los demás. Es decir, para ser republicano tienes que ser de izquierdas, sino eres monárquico. Demasiado determinismo infantil. Porque debemos tener en cuenta una cosa, o varias. Hasta que no haya un partido de derechas republicano, no habrá República en España, a no ser que algunos piensen en una república revolucionaria, que tantos días de gloria dio a la II República española, hasta el punto de sacrificarla en aras de la revolución.

En 1931 se alcanzó la Republica porque se dieron dos circunstancias: una, que la sociedad urbana española estaba hasta el gorro de la Restauración, la Dictadura de Primo de Rivera y de una monarquía que solo defendía a los poderosos, tratando al resto no como ciudadanos, sino como súbditos. Otra, que en ese contexto una parte de la derecha se identificó con la Republica, por las mismas razones expuestas anteriormente. Y quizá, en ambos casos, porque se pensaba que la ética democrática no es compatible con una institución que obtiene cargos y prebendas públicas solo por haber nacido en una cuna real.

Todo esto dista mucho de la sociedad española actual, no dándose ninguna de las dos circunstancias anteriores. Lo que no quita para creer que está en proceso de maduración hacia la República. Pero en ese proceso, algunos se están equivocando, al plantear insistentemente el debate sobre la desaparición de la monarquía, tomando como referencia las fechorías del rey emérito. A este hay que juzgarle sin privilegios, porque a pesar de lo que nos quieren hacer ver, ante la Ley es uno más. Por cierto, no estaría mal que el rey actual renunciara a la inviolabilidad legal en la que se están amparando los monárquicos para proteger al rey emérito de una larga carrera de corrupción.

En las circunstancias actuales de crisis sanitaria y económica aguda, hacer de la caída de la monarquía un asunto de primer orden, es síntoma de una bisoñez política, muy propia de alguna izquierda, que piensa que solo es bueno lo que ellos creen. Además, lo que están provocando es un cierre de filas de la derecha en defensa del rey actual y la corona. Torpeza absoluta, que nos hará retrasar un montón de años el camino hacia una república en la que quepamos todos, los que nos consideramos de izquierda y los que se proclaman de derecha.

La República no es un asunto de derechas e izquierdas, sino de maduración ética y política de la sociedad, pero sí deben estar comprometidas con ella unos y otros. Todo lo demás son brindis al sol, que para lo único que sirven es para enrarecer el debate político y enconar las posturas.

Si España ha dejado de ser juancarlista, no hagamos que se convierta en felipista, y tiro porque me toca, en la casilla de la República nunca caeremos. 

   

 


Resposabilidad vs. culpa

  Si en una cosa somos campeones los españoles, es en buscar culpables por encima de todo. Nos resulta más interesante señalar con el dedo, ...