¿Y
ahora qué hacemos? confinados en nuestras casas, cuando llegue el momento de
estar hartos de tanta tele, tanto Internet y tanto móvil y nos encontremos a un
paso de descubrir el placer del aburrimiento. Sí, sí, como lo digo: EL PLACER
DEL ABURRIMIENTO. De no hacer nada, de sentirnos indolentes, abúlicos, sin nada
que agitar en nuestro horizonte vital. A lo mejor, empezamos a pensar que ese
pánico al aburrimiento, a no estar constantemente haciendo cosas (ni siquiera
paramos cuando estamos de vacaciones); a no ser esclavos de estrés permanente
por hacer algo, es una condena. A lo mejor, nos damos cuenta de que en el
aburrimiento desplegamos una enorme capacidad de pensar, de reflexionar sobre
la vida, de lo que nos rodea, de la familia, del trabajo, de la propia indolencia del aburrimiento, y nos
damos cuenta de que hay un mundo propio, nuestro, que está por descubrir, una
vez perdido en la vorágine que nos impone la vida moderna hiperconectada e
hiperactivada. A lo mejor, detrás del aburrimiento, miramos con otros ojos
menos ciegos a nuestra pareja, a nuestros hijos, a nuestros vecinos, amigos y
compañeros; incluso, gracias al aburrimiento nos podemos dar cuenta que tenemos
capacidad de empatizar con los demás y salir de la burbuja de yoísmo que nos
envuelve. Incluso, a lo mejor, cogemos un libro y descubrimos que todo lo que
nos pasa ya está escrito, y en muchos casos de una manera mucho más divertida y
sugerente que nuestra vida.
viernes, 13 de marzo de 2020
jueves, 5 de marzo de 2020
No me gusta una sociedad sin igualdad
No me gusta una Comunidad Valenciana
donde la violencia sobre las mujeres es el pan nuestro de cada día. Mujeres agredidas
por sus parejas; mujeres agredidas por empresarios que abusan de su condición de
mujer para la explotación laboral, con contratos parciales y jornadas completas,
con graves diferencias salariales y con condiciones precarias de trabajo. No me
gusta que se siga utilizando a la mujer como reclamo publicitario, o que sean
las grandes perdedoras del sistema público de pensiones. No me gusta, que las
amas de casa sean un cero a la izquierda o que las trabajadoras carguen con la mayoría
del trabajo doméstico. Pero tampoco me gusta, que haya unos horarios laborales,
escolares, etc., imposibles para la conciliación familiar de hombres y mujeres.
Ni me gusta ese feminismo de “estamos hasta le culo de tanto macho chulo”, porque
al final se acaba por no distinguir el trigo de la paja y todos los hombres terminamos
siendo machos chulos. Ni el de “queremos una Comunidad Valenciana de dones”, porque
siempre he pensado que la igualdad entre hombres y mujeres es cosa de dos, que
no es posible alcanzarla sin la complicidad de los hombres, porque la sociedad
será igualitaria cuando todos, hombres y mujeres, entendamos que es una tarea común.
Sí entiendo que el 8 de marzo sea
un día exclusivo para que las mujeres se reivindiquen como sujetos de la historia
y la sociedad actual. Para que transcendiendo muchos otros roles, reclamen su
papel en un mundo que sin ellas sería imposible, y no me estoy refiriendo solo
a la natalidad. Pero el resto del año, si la igualdad no es una tarea común,
seguirá quedándose en un reivindicación sin resultados tangibles de avance. La
sociedad no tiene por qué ser feminista, con todos los respetos y reconocimiento
de la labor del feminismo; la sociedad tiene que ser igualitaria, que es la
única manera de acabar con la discriminación, la invisibilidad, el vacío, las
brechas, la marginación y el olvido.
Esa es la sociedad que me
gustaría, pero me temo que falta mucho para ella, por eso el 8 de marzo va a
ser imprescindible durante mucho tiempo.
miércoles, 4 de marzo de 2020
Amas de casa. Las grandes olvidadas
En unos
días se celebra el día internacional de la mujer. Reivindicaciones necesarias
contra la violencia de género, la brecha salarial, la igualdad de
oportunidades, etc., estarán en la calle. Incluso se hablará más de la ausencia
de mujeres en los consejos de administración de las grandes empresas, que de
aquellas que después de toda una vida sosteniendo la sociedad como amas de
casa, llegan a la edad de jubilación sin derecho a pensión. Digamos que son las
grandes olvidadas de cualquier debate sobre la igualdad de género.
Mujeres
que no han trabajado o dejaron de trabajar por la imposición de una concepción
machista del mundo laboral; que han sido el soporte donde se han sostenido las
familias, que es como decir la organización básica de la sociedad; que han
limpiado la casa, cuidado a los hijos en la salud y la enfermedad; atendido al
marido para que fuera a trabajar con la ropa planchada; fregado, cocinado; se
han encargado de toda la logística familiar; han sido cuidadoras de padres,
hijos o maridos dependientes. Mujeres sin las cuales nada habría funcionado,
porque el mundo se sustentaba sobre su trabajo, siguen siendo las grandes
olvidadas.
En un
momento de reivindicación del papel de la mujer en la sociedad, no podemos
dejar al margen a todas esas mujeres: nuestras madres, hermanas, tías, amigas,
que han trabajado sin descanso, sin horarios, sin vacaciones, sin ningún tipo
de regulación laboral, por mucho que nos
parezca que esos tiempos son para olvidar.
Lo
menos que la sociedad podría hacer como reconocimiento a su papel es poner en valor el trabajo que han
hecho a lo largo de su vida, no solo con
palabras, sino con hechos. Las amas de casa deberían tener derecho a una
pensión, que las permitiera saber que su trabajo ha sido relevante más allá del
ámbito de su familia.
Está
bien que se consiga romper la jaula de cristal por arriba y todas las mujeres
compitan en igualdad de condiciones y oportunidades. Pero por abajo hay un
suelo de barro que oculta una realidad que casi nadie quiere reconocer. Porque
las amas de casa han sido y siguen siendo las grandes marginadas y sufridoras del
machismo que impera en la sociedad.
martes, 25 de febrero de 2020
Compartir bulos
Todos los días me llegan por whatsapp un par de bulos informativos, de esos que solo tratan de extender la mentira y el miedo en la población. Lo peor, es que algunos son de personas que seguro tienen la cabeza bien armada, pero que la pierden a la hora de apuntarse al “comparto”; no se si es que esto les produce un derroche de dopamina en el cerebro y tienen unos segundo de placer lujurioso, que les provoca una felicidad perdida por otras vías.
Vengo pensando, que el problema no está en quienes construyen el bulo, rejoneadores de la desconfianza en todo lo que nos rodea, que por otro lado es bastante fácil hacerlo: usted se va a la puerta del hospital de su ciudad, saca una foto de alguien ingresando en camilla, la cuelga en la red con el texto: una persona ingresada grave por coronavirus en el hospital de…, y ya está, todo un ejército de “compartidores” van a difundir la noticia que usted ha creado en la malicia de su ordenador.
El problema está, precisamente, en todos esos a quienes les gusta jugar a ser periodistas tumbados en la cama, que sin ningún rigor ni criterio comparten todo lo que les llega, y cuanto más funesto sea más lo comparten. Da igual si se lo creen o no se lo creen, si es cierto o no lo que acaban de compartir, eso no es significativo, lo importante es apretar el botón del móvil o el ordenador, para recibir la dosis dopante de felicidad; sentirse miembros de un colectivo, aunque este sea una congregación de majaderos mal pensados, que quieren hacernos partícipes de su mentecatez.
No sé si esto tiene remedio, a fin de cuentas nuestro alma individual y el alma de la sociedad del siglo XXI, ya están constreñidas a las dimensiones de un móvil o un portátil.
lunes, 24 de febrero de 2020
Magallanes-Elcano. Cuando el mundo se hizo global
Planisferio de Cantino. Principios del Siglo XVI
T
|
enemos los españoles una
tendencia excesiva a minusvalorar, cuando no menospreciar, aquellos
acontecimientos que cualquier otra sociedad los elevaría al altar de las
glorias nacionales. Esas que forjan una identidad colectiva, cuando han sido lo
suficiente importante como para estar grabada a fuego en la historia, universal
o local. Somos un pueblo despreocupado de nuestro destino y marcado por una
envidia enfermiza hacia todo lo que destaca por encima de nuestra capacidad
para entender la relevancia que tiene. Sin embargo, ensalzamos sobremanera
acontecimientos que no son como creemos, normalmente inducidos por intereses
ajenos a la historia, construyendo un imaginario falso de nuestro pasado y, por
tanto, de lo que somos. Por eso, los intentos de situar a personajes (vivos o
muertos) y acontecimientos en un contexto que trate de poner, negro sobre
blanco, el valor de lo singular, lo sublime y la capacidad de hacer grandes
gestas, o haber dado al mundo a excelsos hombres y mujeres, siempre serán una
corriente de inteligencia, para conseguir alcanzar ese equilibrio tan caro a
nuestra idiosincrasia entre la negación y la exaltación. Seríamos una sociedad
que se aceptaría más así mismo, sin necesidad de tener que esperar a que el
mundo nos diga que hemos hecho algo
bueno.
Ahora parece que
estamos empezando a reconocer la gran importancia de una de las proezas
marítimas más atrevidas, fascinantes e importantes que se han producido en la
historia de la humanidad. Algo que para otra sociedad sería motivo de orgullo,
y que para la española pasa tan inadvertida que prácticamente la desconocemos.
Me refiero a la primera vuelta al mundo que una pequeña flota de barcos
consiguió dar, de la que ahora conmemoramos 500 años. Una vuelta imposible, en
su momento, porque la cartografía de la época, más allá de la Amazonía hacia el
este, simplemente no existía. Fue como navegar a ciegas por un planeta perdido
en las tinieblas del desconocimiento.
El 20 de septiembre
de 1519, parte del puerto de Sanlúcar de Barrameda una expedición comercial de
cinco barcos, capitaneada por el portugués Fernando de Magallanes. La
expedición, financiada por la monarquía de los Austrias (Carlos I no hace mucho
que ha sido proclamado rey por las Cortes de la Corona de Castilla y las de la
Corona de Aragón), tiene como objetivo encontrar una ruta directa hacia el
oriente de las especias, y en ese sentido, el éxito de la expedición fue
absoluto. Acabó siendo sumamente rentable para las finanzas de la
monarquía; la Nao Victoria, única que
sobrevivió a la dureza de la expedición, trajo en sus bodegas un cargamento de
600 quintales de especias (60.000 kg.): clavo, nuez moscada, canela… (hay que
tener en cuenta que un saco de canela sería más o menos el sueldo de toda una
vida), que supuso un beneficio exagerado
por el astronómico precio que tenían las especias en la época, consideradas
como un producto de lujo.
Esa primera vuelta al
mundo, pasó por muchas vicisitudes. Escribió Antonio Pigafetta, cronista de la
aventura que consiguió sobrevivir a la dureza de la travesía: “Durante tres
meses y veinte días, no pudimos conseguir alimentos frescos. Comíamos bizcochos
a puñados, aunque no se puede decir que lo fuera, porque era polvo mezclado con
gusanos y lo que quedaba apestaba a orines y ratas”. Solo llegó una nave, la
Nao Victoria, al mando del guipuzcoano de la villa de Guetaria Juan Sebastián
Elcano, el 6 de septiembre de 1522, a la bahía de Sanlúcar, con 18 tripulantes
a bordo, de los 239 tripulantes que partieron tres años antes. La proeza, quizá
involuntaria de dar la vuelta al mundo, revolucionó la cartografía del planeta,
que la tierra era redonda estaba ya bastante asumido por la sociedad, y
abrió nuevas oportunidades para el
cultivo de las especias en occidente y rutas que marcaron el futuro de la
navegación hacia oriente. Aunque, no pudieron encontrar esa vía marítima a
directa entre Europa ay las Indias, sin tener que vadear el Estrecho de
Magallanes el sur de África o el Cabo de Buena Esperanza en el cuerno meridional
de América del Sur.
Fue una expedición difícil
por la bravura de mares desconocidos; tensa por la desconfianza habida entre
marineros portugueses y españoles; angustiosa porque varias veces perdieron el
rumbo en la mar océana; y lúgubre porque la muerte hizo estragos en la
tripulación. Incluso, después de arribar a tierra muchos no alcanzaron el favor
de su hazaña (les correspondía una parte de los 600 quintales de especia que
trajeron en la nave; el propio Juan Sebastián Elcano, no solo es silenciado por
Pigafetta en su crónica: Relación del primer viaje en torno al globo,
porque el cronista, incondicional de Magallanes, consideraba que todo el éxito
de la travesía se debía al portugués, sin tener en cuenta que la decisión de
dar toda la vuelta al mundo, al optar por regresar a través del Índico y
arribar con éxito a Sanlúcar, es de Elcano. Incluso, los 500 ducados anuales
que el rey le concedió y escudo de armas con el lema «Primus circundedisti me»,
por la burocracia de la corona nunca llegó a disfrutarlos, al morir en el Pacífico
en 1526, durante la Segunda Expedición a las Islas Molucas.
La vuelta al mundo de
Magallanes y Elcano, marcó un hito en la historia universal, que no solo supuso
la creación de nuevas rutas comerciales y un impulso al comercio global,
creando mecanismos de financiación público privados; fue una gesta que marcó un
nuevo tiempo en la cosmografía que se tenía del planeta; el inicio de la conciencia
de que el mundo era un gran territorio global que necesitaba una nueva forma de
relacionarse con él.
viernes, 21 de febrero de 2020
Un temps i un País de Vicent Àlvarez
Desde hace unos años tengo la
suerte de conocer a Vicent Àlvarez, un
hombre comedido, de reflexión serena y atinada. Nunca le he escuchado decir una
palabra más alta sobre otra de nadie ni de nada. El respeto hacia el mundo que le rodea parece ser su máxima. Pero
solo después de leer su libro Un temps i un País (Companyia
Austrohogaresa de Vapor, SL. 2019), he alcanzado a comprender la magnitud del
hombre que se encuentra tras una parte importante de la historia de la
Comunidad Valenciana y, por ende, de España, de la que Vicent Àlvarez ha sido y
es una pieza fundamental en el engranaje del devenir de la izquierda
valenciana, a caballo entre el valencianismo, el nacionalismo y el socialismo
universal; un conflicto no siempre bien resuelto. Y es, porque toda la
sabiduría y experiencia que atesorado durante su vida, es un bagaje intelectual
que no se puede perder.
Un temps i un País es una autobiografía,
una reflexión a tiempo pasado de cómo se fue construyendo la izquierda
valenciana desde los años cincuenta, cuando Vicent Àlvarez, todavía un mozo
bachiller, coincide en el instituto de su Xátiva natal, con el Pele
(posteriormente conocido por Raimon) y otros, en donde empieza a tomar
conciencia de la realidad política que le rodea.
A lo largo del libro podemos ir
descubriendo cómo ya en la universidad y después como abogado, van surgiendo
movimientos y organizaciones enfrentadas al franquismo con conciencia del
valencianismo como una seña de identidad de una izquierda, que posteriormente
acabó fragmentada entre comunistas, socialistas, nacionalistas y
valencianistas. Todo ello lo va desgranando Vicent Àlvarez, desde los primeros movimientos
estudiantiles en la facultad de derecho de la Universidad de Valencia,
participando como director de la revista Dialeg, fundada por Eliseu Climent; su amistad con
Joan Fuster; la fundación y ruptura de PSV Partido Socialista Valenciano; sus
relaciones con el PSOE, etc., nos van desvelando que el camino de la izquierda
en Valencia no fue fácil. Toda una lección de historia reciente, que Vicent
Àlvarez nos da como activista de primera línea en esos años, desde el recuerdo y sus artículos publicados
en la prensa valenciana durante décadas.
Un temps i un País, es un
libro necesario para comprender lo que es hoy la Comunidad Valenciana y lo que
proyecta al futuro. Su propio autor nos dice: “Finalment, el material que vos
aporte, tot i apostar per un tipus de valencianisme molt vinculat a les
propostes de canvi de valors, marca el limits o continguts d’una forma de fer
país i, alhora, és una visió de con hauria de ser el futur” (“Finalmente, el
material que aporto, marca los límites o contenidos de una forma de hacer país
y, al mismo tiempo, es una visión de cómo debería ser el futuro”). Lástima
que no haya una edición en castellano, porque sus reflexiones son tan
universales, que podrían aportar mucho al conocimiento de la construcción de la
izquierda en España, durante y después del franquismo.
lunes, 17 de febrero de 2020
"El espesor de un lápiz" Novela de Miguel Torija
Inteligente libro, el recientemente publicado por Talentura Libros,
del escritor Miguel Torija: “El espesor de un lápiz”, que nos sumerge en
el submundo, casi surrealista, de un escritor, o quizá muchos escritores, que
para escribir han de experimentar antes lo que van a plasmar sobre el papel,
como si la imaginación no fuera suficiente para desbordarnos con la literatura,
sin necesidad de que la novela se convierta en una notaria de las sensaciones
experimentadas por quien la escribe. Posiblemente, esta no haya sido la
intención de Miguel Torija al escribir su novela, pero detrás de su magnífica
historia, en la que sí hay una desbordante imaginación para fabular, se
advierte esa enfermedad que sufren muchos escritores, de confundir ficción con vivencias
personales.
Una novela puede ser buena por
muchas razones que no voy a desgranar aquí, y “ El espesor de un lápiz” lo
es, entre otras, no ajenas al buen quehacer literario de Miguel Torija con las
palabras, por su capacidad de penetrar
en nuestro hemisferio derecho y activar las neuronas de las emociones, que
tanto placer nos provocan cuando leemos. Pero también, porque nuestro
autor/escritor es capaz de situarnos en medio de la trama argumental, gracias a
un artificio, que hace de su novela un excelente juego narrativo, al situar al
narrador como un personaje más de la historia. Esto no es
fácil y requiere mucho oficio.
Oficio le sobra a Miguel Torija,
que ha sabido pasar de la síntesis y la concreción estética del relato y el
microrrelato, al mundo y la estructura narrativa de la novela, casi sin
despeinarse. Aunque esto no sorprenderá a quien haya seguido su obra y leído su
anterior novela “La isla de las culebras” (La Pajarita Roja), en la que
ya nos anunciaba, con un estilo literario impecable, que su imaginación y su
pluma daban para cualquier género narrativo.
En definitiva, buena literatura,
la que nos vuelve a brindar Miguel Torija: Aunque apenas les separa el
espesor de un lápiz, una mirada atenta podría deducir que esa exigua distancia
equivale a muchos kilómetros. Primeras líneas de “El espesor de un
lápiz”.
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