lunes, 2 de marzo de 2026

Elegir entre Hobbes y Rousseau

               

                El mundo, tal como lo hemos conocido hasta ahora se desmorona. Es la única sensación que podemos tener a tenor del ascenso del nuevo fascismo del siglo XXI, a cotas de poder a las que nunca debería llegar en una democracia. Los acontecimientos de los últimos meses, nos están precipitando hacia un futuro incierto y distópico, de consecuencias, que, todavía, no sabemos o no queremos calibrar.

                Dos filósofos surgidos en los albores de la descomposición política y social del Antiguo Régimen: Thomas Hobbes (1588-1679) y Jean Jacques Rousseau (1712-1778), sentaron las bases, de muy diferente manera, de lo que luego serían las ideologías dominantes, a partir de la Revolución Francesa, con el ascenso de la burguesía al poder y el nacimiento, posterior, del movimiento obrero y la lucha de clases.

                Thomas Hobbes, se anticipa en un siglo (hay que tener en cuenta que la primera revolución burguesa en Inglaterra se produce a mediados del siglo XVII, cuando el rey y el Parlamento se enfrascan en una guerra civil que limitó el poder del rey frente a la burguesía y sentó las bases del futuro capitalismo) al considerar al hombre como un ser peligroso para su propia especie, porque vive en competencia constante con sus semejantes. Ese pensamiento lo reflejó en su libro Leviatán (1651), en donde sentenció que “el hombre es un lobo para el hombre”, siendo lo único que podría evitar el enfrentamiento constante, es decir, la ley de la selva, el establecimiento de una fuerza superior o Estado, que denomina Leviatán, al cual, el hombre, que es un ser libre e individual, cede sus libertades en aras de una mayor seguridad y orden social.

                Jean Jacques Rousseau, muy crítico con Hobbes, parte de una premisa bien diferente a la del pensador inglés. Para él, el hombre es bueno por naturaleza, y aunque nace libre, vive encadenado a otros hombres, lo que provoca injusticia. La sociedad que propone, como un germen de la democracia, es la de iguales que se deben gobernar por un contrato social, que regule la convivencia pacífica y justa, dando la voz al pueblo por encima de un monarca o un Estado al que se le ceden derechos y libertades. Este principio, que desarrolla en su libro El contrato social, publicado en 1762, apenas dieciocho años antes de la Revolución Francesa, ha sido el que ha inspirado la democracia hasta nuestros días.

                Estamos, pues, ante dos pensamientos filosóficos, que si bien señalan la puerta de salida del Antiguo Régimen absolutista, tienen un desarrollo a lo largo de los siglos XIX, XX y lo que llevamos del XXI, opuesto. Así, mientras la filosofía de Hobbes ha sido fundamento para los regímenes autoritarios, ya sean fascistas o comunistas, la filosofía de Rousseau ha dado pie a la construcción de un orden liberal/social, en el que se ha sustentado la democracia que regula la vida política de Europa, sobre todo desde la Segunda Guerra Mundial, hasta el ascenso del nuevo fascismo a lo largo de este siglo.

                Sin embargo, ahora, volvemos a enfrentarnos a esa dicotomía, entre regímenes totalitarios, de inspiración fascista y regímenes democráticos. Se repite la historia de hace noventa años, con una sociedad amnésica o deliberadamente ignorante del pasado, que está provocando que en países de implantación democrática, vuelva la involución y el peligro de un Estado totalitario. Que en EE.UU, Italia, Argentina, Hungría, Rusia, Chile, entre otros países, que podríamos considerar del orbe occidental democrático, estén gobernando dirigentes y partidos de fuerte inspiración fascista, con el palpable retroceso de derechos, libertades y bienestar; o que partidos claramente fascistas estén coqueteando con la derecha democrática, para un reparto del poder, es algo que debería preocuparnos, no como un postureo político, sino como un peligro cierto, que sólo puede acabar en la destrucción de nuestro modo de vida, fundamentado en la libertad, la igualdad, la justicia y el bienestar. Sólo tenemos que ojear lo que está pasando a nuestro alrededor, para que nos tomemos en serio la amenaza. No estamos en la casilla de mejorar lo que tenemos, sino de reaccionar para evitar perderlo todo.

                Lo que está sucediendo en los últimos días, no es una serie de Netflix, es la constatación de que el fascismo sólo entiende un lenguaje: el de la fuerza, para doblegar a sus adversarios e imponer su voluntad, que siempre va a ir ligada a los intereses del capitalismo más salvaje, que es el que ahora gobierna el mundo.

                Debemos, pues, elegir entre Hobbes o Rousseau, aunque parezca una paradoja del tiempo, después de los siglos que nos separan de ellos. Porque de esta elección va a depender nuestro futuro, el de nuestros hijos y el del planeta. La distopía fascista ya no es un libro de ciencia ficción ni una película ni una serie, que vemos sentados cómodamente en la butaca del cine o en el sillón de nuestra casa. Está tan cerca, que podemos percibir el olor a quemado que va dejando allá por donde pasa.       

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Perdón y contexto histórico

                Estas semanas atrás, los medios de comunicación han planteado el debate sobre la conveniencia o no de que España pida perdó...