El mundo, tal como lo hemos
conocido hasta ahora se desmorona. Es la única sensación que podemos tener a
tenor del ascenso del nuevo fascismo del siglo XXI, a cotas de poder a las que
nunca debería llegar en una democracia. Los acontecimientos de los últimos
meses, nos están precipitando hacia un futuro incierto y distópico, de
consecuencias, que, todavía, no sabemos o no queremos calibrar.
Dos filósofos surgidos en los
albores de la descomposición política y social del Antiguo Régimen: Thomas
Hobbes (1588-1679) y Jean Jacques Rousseau (1712-1778), sentaron las bases, de
muy diferente manera, de lo que luego serían las ideologías dominantes, a
partir de la Revolución Francesa, con el ascenso de la burguesía al poder y el
nacimiento, posterior, del movimiento obrero y la lucha de clases.
Thomas Hobbes, se anticipa en un
siglo (hay que tener en cuenta que la primera revolución burguesa en Inglaterra
se produce a mediados del siglo XVII, cuando el rey y el Parlamento se
enfrascan en una guerra civil que limitó el poder del rey frente a la burguesía
y sentó las bases del futuro capitalismo) al considerar al hombre como un ser
peligroso para su propia especie, porque vive en competencia constante con sus
semejantes. Ese pensamiento lo reflejó en su libro Leviatán (1651), en
donde sentenció que “el hombre es un lobo para el hombre”, siendo lo único que
podría evitar el enfrentamiento constante, es decir, la ley de la selva, el
establecimiento de una fuerza superior o Estado, que denomina Leviatán, al cual,
el hombre, que es un ser libre e individual, cede sus libertades en aras de una
mayor seguridad y orden social.
Jean Jacques Rousseau, muy
crítico con Hobbes, parte de una premisa bien diferente a la del pensador
inglés. Para él, el hombre es bueno por naturaleza, y aunque nace libre, vive
encadenado a otros hombres, lo que provoca injusticia. La sociedad que propone,
como un germen de la democracia, es la de iguales que se deben gobernar por un
contrato social, que regule la convivencia pacífica y justa, dando la voz al
pueblo por encima de un monarca o un Estado al que se le ceden derechos y
libertades. Este principio, que desarrolla en su libro El contrato social,
publicado en 1762, apenas dieciocho años antes de la Revolución Francesa, ha
sido el que ha inspirado la democracia hasta nuestros días.
Estamos, pues, ante dos
pensamientos filosóficos, que si bien señalan la puerta de salida del Antiguo
Régimen absolutista, tienen un desarrollo a lo largo de los siglos XIX, XX y lo
que llevamos del XXI, opuesto. Así, mientras la filosofía de Hobbes ha sido
fundamento para los regímenes autoritarios, ya sean fascistas o comunistas, la
filosofía de Rousseau ha dado pie a la construcción de un orden liberal/social,
en el que se ha sustentado la democracia que regula la vida política de Europa,
sobre todo desde la Segunda Guerra Mundial, hasta el ascenso del nuevo fascismo
a lo largo de este siglo.
Sin embargo, ahora, volvemos a
enfrentarnos a esa dicotomía, entre regímenes totalitarios, de inspiración
fascista y regímenes democráticos. Se repite la historia de hace noventa años,
con una sociedad amnésica o deliberadamente ignorante del pasado, que está
provocando que en países de implantación democrática, vuelva la involución y el
peligro de un Estado totalitario. Que en EE.UU, Italia, Argentina, Hungría,
Rusia, Chile, entre otros países, que podríamos considerar del orbe occidental
democrático, estén gobernando dirigentes y partidos de fuerte inspiración
fascista, con el palpable retroceso de derechos, libertades y bienestar; o que
partidos claramente fascistas estén coqueteando con la derecha democrática,
para un reparto del poder, es algo que debería preocuparnos, no como un
postureo político, sino como un peligro cierto, que sólo puede acabar en la
destrucción de nuestro modo de vida, fundamentado en la libertad, la igualdad,
la justicia y el bienestar. Sólo tenemos que ojear lo que está pasando a
nuestro alrededor, para que nos tomemos en serio la amenaza. No estamos en la
casilla de mejorar lo que tenemos, sino de reaccionar para evitar perderlo
todo.
Lo que está sucediendo en los
últimos días, no es una serie de Netflix, es la constatación de que el fascismo
sólo entiende un lenguaje: el de la fuerza, para doblegar a sus adversarios e
imponer su voluntad, que siempre va a ir ligada a los intereses del capitalismo
más salvaje, que es el que ahora gobierna el mundo.
Debemos, pues, elegir entre
Hobbes o Rousseau, aunque parezca una paradoja del tiempo, después de los
siglos que nos separan de ellos. Porque de esta elección va a depender nuestro
futuro, el de nuestros hijos y el del planeta. La distopía fascista ya no es un
libro de ciencia ficción ni una película ni una serie, que vemos sentados
cómodamente en la butaca del cine o en el sillón de nuestra casa. Está tan
cerca, que podemos percibir el olor a quemado que va dejando allá por donde
pasa.

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