Desde hace tiempo tengo la
sensación de que hay una gran operación de Estado para blanquear la figura de
Juan Carlos I, maltrecha por sus fechorías de Borbón picaflor, monarca
corrompido por amor al dinero y rey que está por encima del bien y del mal,
incluso de la Ley. Este blanqueamiento, con la única intención de que los
españoles volvamos a abrir nuestros corazones, para darle todo el amor patrio
posible, viene quizá, por los nervios que empieza a haber en La Zarzuela y en
la Moncloa, sobre qué hacer si el
exiliado monarca, que no tiene derecho ni a una pensión, recibe la visita de la
parca. No es baladí, porque lo que les motivaría es hacerle un gran funeral de
Estado, en donde la grandeza borbónica y juancarlista se derramara desde las
televisiones, radios y medios de comunicación, por todos los rincones de
nuestras casas y por todos los pliegues de nuestra vida, hasta que cualquier
pensamiento que tuviéramos estuviera ahíto de un fervor borbónico, imposible de
obviar.
Todo conduce hacia ese momento,
pero para que suceda con la gloria y el glamour que la Casa Real anhela, la
figura del emérito debe estar inmaculada, abrillantada y pulida. De ahí los
viajes cada vez más continuos a Sanxenxo, hermosa localidad costera gallega
convertida en el epicentro del blanqueamiento; el hacernos creer que Juan
Carlos está en Abu Dabi, unas veces por la maldad de algunos españoles que
reniegan de la monarquía y otras como si estuviera de vacaciones, largas y
pagadas vacaciones, viviendo su retiro como cualquier jubilado se merece.
En esa campaña estamos. Y
escuchamos que Juan Carlos no regresa a España porque no quiere, como si no
tuviera aquí pendiente algunas cuentas con hacienda y quién sabe si con la
justicia. Aunque visto como son los jueces de este país, no creo que tuviera
mucho problema en este aspecto. O que la culpa es del gobierno por no hacerle
la debida pleitesía cortesana, como se la hace la derecha cada vez que puede.
Incluso la derecha menos monárquica, por partidaria de Franco, si con esto
debilita al gobierno central.
Al emérito Juan Carlos se le ha
querido presentar como una víctima de la infame guerra que EEUU e Israel han
abierto contra Irán, por mucho que el régimen iraní se merezca ser lapidado en
plaza pública. El pobre, según algunos medios, ha tenido que alojarse, como un
refugiado cualquiera, en una suite del hotel Four Seasons de Abu Dabi, como
medida de seguridad, hasta que pueda volver a España. Intención que no tiene,
no vaya a ser qué Hacienda empiece a enredar. La verdad es que su estancia en
el hotel de mega lujo es porque su residencia habitual, de no menos lujo, se
está reformando. Quizá estén haciéndole a su nieto Froilán una habitación.
Sin embargo, este es un pequeño
detalle en la campaña de victimizar al emérito. Donde la derecha ha echado el
resto ha sido con la desclasificación de documentos oficiales de las últimas
décadas. El Partido de Feijoo, pasó en veinticuatro horas, de decirnos que la
descalcificación sólo servía para esconder la vergüenzas del gobierno -parecía
que estaban un poco nerviosos, no fuera a ser que lo que estaba a punto de
saberse no les gustara-, a pedir a voz en grito la vuelta del emérito, al no
aparecer una incriminación clara en su papel del 23-F-. Ahora sí les valía la
desclasificación, para, además, culpabilizar al gobierno, por no mandar un Falcon,
inmediatamente, para su repatriación con honores y banda de música. El propio
Núñez Feijoo, reclama al gobierno su vuelta, porque como no tiene nada que ver
en el golpe del 23-F, sino que fue el gran salvador de España, obviando que
Juan Carlos I no está en Abu Dabi por su participación en la asonada militar,
algo que según los historiadores no está claro del todo, sino por corrupto y haber
utilizado en beneficio propio su papel de máximo embajador de España, como así
nos decían muchas veces.
Seguiremos asistiendo a ese
blanqueamiento que la corona no tiene más remedio que impulsar, con el apoyo
del Estado, no vaya a ser que se encuentren, un día, con un finado sin saber
qué hacer con él.

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