Al
final, para explicar el mundo y los comportamientos de algunos o muchos
humanos, tenemos que volver a la dualidad maniquea de buenos y malos, en el
sentido que la gran mayoría de las religiones o corrientes filosóficas de
nuestra historia le han dado al término. Si definimos de una manera sencilla
los conceptos, bueno sería aquel que hace el bien en todos los ámbitos de su
vida, no solo porque sea buena persona, sino porque sus actos tienen que ver con
el bien común, ya sea de su familia, sus amigos, sus vecinos o la sociedad en
general, algo que en estos tiempos de individualismo atrófico ha caído en
desuso; por el contrario malo sería aquel que se regodea en su ego y sólo busca
el bien personal, por encima del resto de sus congéneres, sin empatía hacia los
demás y/o comportamientos físicos o intelectuales que engendran el mal hacia
sus semejantes.
Muchos
de ustedes pensarán que la vida está llena de grises que son un abanico de posibilidades
entre el blanco y el negro, pero cuando se trata de hacer el bien o el mal esos
grises se difuminan. Uno no puede se bueno en su casa y un canalla fuera de
ella; ni ser una bellísima persona en la calle y un demonio en casa; ni salir
de misa dándose golpes de pecho y machacar al prójimo en la primera esquina. No
se puede ser decente y honesto a la vez que sinvergüenza y corrupto. Las medias
tintas solo sirven para justificar comportamientos reprobables, porque hemos
asumido tanto el relativismo de todo, que acabamos aceptando que incluso los
malos tienen una justificación para su maldad.
Me
viene todo esto a la cabeza por el escándalo que estamos viviendo estos días en
España, ya antiguo, de los desahucios, y la maldad, sin fisuras, de aquellos
que los promueven, los justifican, los alientan, los dejan correr, los
decretan, los utilizan para ridiculizar a quienes los sufren o se ríen de ellos.
No hay término medio ni motivo que pueda empatizar, por mínimo que sea, con
aquellos que echan a la gente a la calle, convierten el mercado de la vivienda
en un infierno para una mayoría de la sociedad, justifican y alientan la
pobreza, se rinden a la violencia, sea del tipo que sea, o caen de bruces ante
el becerro de oro de la maldad y el dinero, sin miramientos hacia los demás.
La
sociedad es todo lo compleja que nosotros queremos hacerla, pero al final todo se
reduce a una sencilla dicotomía: estar en el lado de la bondad o en el de la
maldad; en definitiva: ser bueno o ser malo.

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