Honor y gloria para Óscar Puente,
por su gesto de asumir la responsabilidad política de los accidentes de trenes
que ha habido este año en España, y dimitir como corresponde a un político con
un alto sentido del deber hacia sus conciudadanos. Dimitir no es ser culpable,
como ya señalé en mi anterior artículo del 1 de noviembre https://laescrituraesferica.blogspot.com/2026/11/resposabilidad-vs-culpa.html
al contrario, enaltece a quién lo hace, al asumir la responsabilidad política
que le toca, como es en este caso.
En España no estamos
acostumbrados a que esto suceda, y aunque no es un caso aislado, ha habido dimisiones
anteriores de dirigentes políticos por diferentes razones, la dimisión de Óscar
Puente añade una dosis de decencia a la política española, en un momento donde el
insulto, el bulo y la destrucción del adversario es la moneda de cambio entre aquellos
que quieren gobernar cueste lo que cueste, incluso la decencia. Por eso, el
gesto de Óscar Puente, aparte de dignificarlo a él como político y como
persona, lanza un mensaje de ennoblecimiento de la política, a la que no
estamos acostumbrados en este país. Una dimisión que tiene otro ingrediente que
no deberíamos pasar por alto: la petición de perdón a las víctimas y a la
ciudadanía, por no haber estado a la altura de su responsabilidad.
La palabra “dimisión” o el
sintagma “responsabilidad política” no está en el diccionario de muchos dirigentes,
sobre todo cuando atañen al espectro político de la derecha más conservadora
y/o extrema. Si no, que digan por qué todavía estamos esperando dimisiones en
el gobierno madrileño por las miles de muertes acaecidas en las residencias de
mayores durante el COVID; nadie dimitió ni pidió perdón por el accidente del
metro de Valencia; por qué tardó Carlos Mazón un año en dimitir por su gestión,
mejor dicho, no gestión de la DANA de 2024; dónde están las dimisiones por el accidente
de Angrois, que por cierto, sucedió cuando Núñez Feijoo era presidente de Galicia:
“Es evidente que hay un fallo humano” dijo entonces, tratando de exculpar de responsabilidades
políticas a dirigentes de su partido; Federico Trillo tardó catorce años en dimitir,
siendo ya embajador en Londres, por el Yak-42, pero nunca asumió su responsabilidad.
Hay más casos en los que se ha escondido la cabeza bajo el ala en la derecha,
pero como muestra vale un botón.
En el fondo, la dimisión de Óscar
Puente, cómo se ha producido y el mensaje que lanza, ha debido sentar bastante
mal en las filas de la derecha, porque la coloca frente al espejo de su
hipocresía y les fastidia el relato de cara a las elecciones, que ya celebraban
como ganadas por goleada, al introducir un nuevo elemento de discusión: la
decencia política, algo que ellos, en los últimos tiempos, parece que han
olvidado.
