Han pasado cuarenta y cinco años
de aquel triste día en el que lo más casposo y retrógrado de la sociedad española
entró en el Congreso, intimidando a tiros a los diputados/as y al resto de los
españoles que queríamos dejar atrás, no sólo los aciagos años de la dictadura
franquista, también lo que esta representaba en la historia de España desde, al
menos, el siglo XIX.
Cuarenta y cinco años y nunca
hemos estado tan cerca de que el espíritu golpista del 23-F estuviera a punto
de gobernar España. No, afortunadamente, porque una asonada militar como aquella,
se esté gestando en los cuarteles, si no, porque todas las instituciones controladas
por la derecha, están colaborando en la deslegitimación de la democracia y la
satanización de un gobierno que no les gusta, como han hecho siempre que no han
tenido el poder político, pero esta vez sin ahorrar esfuerzos.
“El que pueda hacer, que haga”,
dijo José María Aznar en noviembre de 2023 y, desde entonces, las bravuconadas
políticas de la derecha y la extrema derecha, han dado paso a un movimiento pseudogolpista,
con el que se está poniendo al estado de derecho democrático a los pies de los
caballos del nuevo fascismo del siglo XXI. La judicatura, o parte de ella;
medios de comunicación serviles; el Senado, utilizado como arma arrojadiza del
Partido Popular contra el gobierno; la CEOE, echada al monte contra cualquier avance
de los trabajadores, sobre todo, después de que su presidente, fuera reelegido
y asegurado un salario de casi 400.000 € al año; comunidades autónomas, ayuntamientos
y diputaciones que gobiernan, más pendientes de descalificar al presidente del
gobierno que de mejorar la vida de sus conciudadanos; todo un abanico de
sindicatos corporativistas, controlados por la extrema derecha, que no tienen
ninguna intención de negociar nada, porque están siendo lanzados como arietes
contra el gobierno “sanchista”; etc., etc., etc. Todos haciendo a una, con un único
fin: reducir la democracia a los intereses de una élite que no soporta no estar
en el poder, para manejar a su antojo el país.
Es cierto que siempre que ha gobernado
la izquierda, la derecha ha puesto al país patas arriba, para que pareciera que
sólo ellos tienen la capacidad natural de gobernar con orden, siempre que ese
orden esté al servicio de sus intereses. Lo hizo Aznar contra Felipe González,
Rajoy contra Zapatero y ahora el clan Feijoo-Ayuso-Abascal contra Pedro
Sánchez. Es una historia que se repite y que, quizá, sirva, también, como
cortina de humo, para tapar la corrupción enquistada en su seno, desde que JM
Aznar alcanzó la presidencia del gobierno, hasta hoy. Pero nunca, los dos anteriores, pasaron del
insulto, la descalificación y el cuanto peor mejor. Sin embargo, ahora, todo es
diferente. Con un Partido Popular tan agobiado por su derecha, que no es capaz
de marcar la diferencia entre ser un partido demócrata o acostarse con el ideario
de Vox, tan próximo al de los golpistas, militares y civiles, del 23-F.
Por eso, en este cuarenta y
cinco aniversario del golpe militar de Tejero, Milans del Bosch, Armada, y
todos los que participaron por activa o por pasiva en él, la democracia vuelve
a estar en máximo riesgo, no por la descalificación grosera del gobierno, sino
por la pérdida de convivencia y tolerancia que subyace en el ideario de la
extrema derecha, cada vez más asimilado por la derecha. Por no hablar del
retroceso en derechos civiles, laborales, sociales, de igualdad, en violencia
de género, bienestar social, seguridad, libertad y todo aquello que una
democracia significa, por muy desgastada que esté, frente al nuevo fascismo tan
próximo al 23-F, que con palabras huecas y discursos fáciles, está colonizando
las mentes de muchos, sin que sean conscientes del agujero negro que se está abriendo
en la democracia y, por extensión, en cada uno de nosotros como miembros de una
sociedad democrática que se desmorona.

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