domingo, 15 de febrero de 2026

La desconfianza nos hace inútiles

 


                Siempre que me asomo al patio de la izquierda que habita más allá del PSOE, no puedo evitar acordarme de la película La vida de Brian de los Monty Python y de El Frente Popular de Judea versus Frente Judaico Popular, y su media docena de abnegados militantes, iluminados por una gracia divina para salvar el mundo, en este caso a Judea de los pérfidos romanos, nunca juntos, por supuesto, no vaya a ser que a unos u otros, se les confunda con un atajo de aprendices, cuando no impostores. 

                Lo que me lleva a plantear una pregunta: ¿Qué sucede en la autodenominada izquierda verdadera, para que dos mil años después sigan comportándose igual? Habría una contestación simple: todo se reduce a una cuestión de egos. Yo no digo que no, vista la manera que tienen de comportarse los líderes del rosario de formaciones locales, regionales, autonómicas, federales, independentistas, nacionales, etc., que hasta con unos resultados electorales tan pírricos como los obtenidos en las últimas elecciones de Extremadura y Aragón, se muestran satisfechos/as, por lo que, dada la maldad cándida que todos y todas albergamos en nuestro interior, sólo podemos llegar a una conclusión: que como ellos o ellas han conseguido clasificarse en el reparto de escaños, una parte importante de su revolución sigue viva.

                No son conscientes de que el camino que les está enseñando las urnas es el de la irrelevancia política. Decía Groucho Marx: «Partiendo de la nada, hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria». Y eso es, precisamente, lo que están consiguiendo. Eso sí, sin contaminarse con el resto de partidos, no vaya a ser que alguien se piense que se están desviando del sendero inmaculado de su pureza ideológica.

                Sin embargo, como he dejado caer anteriormente, esta es una explicación válida, pero simple. Pienso, que en el fondo lo que subyace detrás de estas formaciones políticas, va más allá del personalismo de sus líderes, a fin de cuentas, como dice el refrán: «dentro de cien años, todos calvos«. Es decir, que todos somos prescindibles y todos tenemos fecha de caducidad, y en política mucho más. Habría que buscar, entonces, la explicación en el carácter mesiánico de algunos de estos partidos (volvemos a Judea hace dos mil años), y al convencimiento de que sólo ellos pueden liderar la “verdadera” transformación de la sociedad, y los demás, si quieren, deberán seguir su rastro de luz.

                Resulta gracioso que partidos que apenas llegan a con seguir media docena de diputados/as se muestren tan eufóricos. Es compresible que sortear la invisibilidad política a la que les condena no estar en las instituciones, sea motivo de alegría, pero no sé si de tanta felicidad autocomplaciente, como algunos/as muestran. Preguntas inevitables: ¿De qué se muestran tan eufóricos? ¿De que los demás han conseguido menos o, simplemente, no han conseguido nada? ¿De que salen reforzados en su irrelevancia política? ¿De que alcanzando una alta cota de miseria, van a ser la verdadera oposición? No encuentro la fórmula por la que una representación marginal en un parlamento, llegue a  conseguir alguno de los objetivos de su programa político y electoral. Y mucho menos, en parlamentos donde gobierna la derecha con holgada mayoría. Sin embargo, ellos y ellas parecen encantados de seguir transitando por la irrelevancia. Y no se dan cuenta, que donde unos y otras ven un fortalecimiento de sus ideas y actitudes sectarias, el resto vemos división de la izquierda en diferentes etiquetas y progreso de la derecha neotrumpista.

                No es de extrañar, por tanto, que cualquier intento de aunar a las izquierdas no socialdemócratas, nazca con el estigma del pecado original y encienda las alarmas en los partidos que conforman ese espacio; a ver si unos charnegos sin pedigrí y, sobre todo fuera de su control, van a estropearles el chiringuito. Pero sobre todo, la incertidumbre que esto les genera tiene que ver con la posición en la que quedarían sus líderes en una supuesta unidad electoral. Esto no es baladí, y ya hemos asistido a rupturas de coaliciones por este motivo, como ha pasado con SUMAR, siendo los partidos que conformaron la coalición al principio, quienes han puesto más palos entre las ruedas del carro de la formación, por todo lo expuesto más arriba.

                Ahora dos versos sueltos, pero mediáticamente en alza, están agitando el avispero (perdón por el tópico) de la izquierda, con el amago de poner en marcha un proyecto de unidad, según ellos, desde la diversidad, al que han tardado menos de un suspiro en salir en tromba casi todos los partidos. No vaya a ser que…

                Desconozco si las intenciones de Gabriel Rufián y Emilio Delgado, son todo lo honestas que cabría imaginar. Pero pretender superar esa división mesiánica de la izquierda, para romper la tendencia de apoyo electoral a una derecha, cada vez más difícil de deslindar de la extrema derecha, debería recibirse con un poco más de entusiasmo, por parte de a aquellos y aquellas a quien va dirigido. Pero lo que sí podemos saber es que la iniciativa va en la dirección correcta, si se trata de unificar proyectos de izquierdas, que no son tan dispares, y ponerlos al servicio de la mejora de la vida de la ciudadanía, por encima de los intereses particulares de cada uno.

                Nada más necesario, con un PSOE a la baja, por muchas razones externas e internas, que no son objeto de este artículo, para evitar, si se puede, que España se convierta, otra vez, en El Patio de Monipodio, esta vez mucho más cruel, al entrar en la garita del control, la extrema derecha.           

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