Todos los días me llegan por whatsapp un par de bulos informativos, de esos que solo tratan de extender la mentira y el miedo en la población. Lo peor, es que algunos son de personas que seguro tienen la cabeza bien armada, pero que la pierden a la hora de apuntarse al “comparto”; no se si es que esto les produce un derroche de dopamina en el cerebro y tienen unos segundo de placer lujurioso, que les provoca una felicidad perdida por otras vías.
Vengo pensando, que el problema no está en quienes construyen el bulo, rejoneadores de la desconfianza en todo lo que nos rodea, que por otro lado es bastante fácil hacerlo: usted se va a la puerta del hospital de su ciudad, saca una foto de alguien ingresando en camilla, la cuelga en la red con el texto: una persona ingresada grave por coronavirus en el hospital de…, y ya está, todo un ejército de “compartidores” van a difundir la noticia que usted ha creado en la malicia de su ordenador.
El problema está, precisamente, en todos esos a quienes les gusta jugar a ser periodistas tumbados en la cama, que sin ningún rigor ni criterio comparten todo lo que les llega, y cuanto más funesto sea más lo comparten. Da igual si se lo creen o no se lo creen, si es cierto o no lo que acaban de compartir, eso no es significativo, lo importante es apretar el botón del móvil o el ordenador, para recibir la dosis dopante de felicidad; sentirse miembros de un colectivo, aunque este sea una congregación de majaderos mal pensados, que quieren hacernos partícipes de su mentecatez.
No sé si esto tiene remedio, a fin de cuentas nuestro alma individual y el alma de la sociedad del siglo XXI, ya están constreñidas a las dimensiones de un móvil o un portátil.
martes, 25 de febrero de 2020
lunes, 24 de febrero de 2020
Magallanes-Elcano. Cuando el mundo se hizo global
Planisferio de Cantino. Principios del Siglo XVI
T
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enemos los españoles una
tendencia excesiva a minusvalorar, cuando no menospreciar, aquellos
acontecimientos que cualquier otra sociedad los elevaría al altar de las
glorias nacionales. Esas que forjan una identidad colectiva, cuando han sido lo
suficiente importante como para estar grabada a fuego en la historia, universal
o local. Somos un pueblo despreocupado de nuestro destino y marcado por una
envidia enfermiza hacia todo lo que destaca por encima de nuestra capacidad
para entender la relevancia que tiene. Sin embargo, ensalzamos sobremanera
acontecimientos que no son como creemos, normalmente inducidos por intereses
ajenos a la historia, construyendo un imaginario falso de nuestro pasado y, por
tanto, de lo que somos. Por eso, los intentos de situar a personajes (vivos o
muertos) y acontecimientos en un contexto que trate de poner, negro sobre
blanco, el valor de lo singular, lo sublime y la capacidad de hacer grandes
gestas, o haber dado al mundo a excelsos hombres y mujeres, siempre serán una
corriente de inteligencia, para conseguir alcanzar ese equilibrio tan caro a
nuestra idiosincrasia entre la negación y la exaltación. Seríamos una sociedad
que se aceptaría más así mismo, sin necesidad de tener que esperar a que el
mundo nos diga que hemos hecho algo
bueno.
Ahora parece que
estamos empezando a reconocer la gran importancia de una de las proezas
marítimas más atrevidas, fascinantes e importantes que se han producido en la
historia de la humanidad. Algo que para otra sociedad sería motivo de orgullo,
y que para la española pasa tan inadvertida que prácticamente la desconocemos.
Me refiero a la primera vuelta al mundo que una pequeña flota de barcos
consiguió dar, de la que ahora conmemoramos 500 años. Una vuelta imposible, en
su momento, porque la cartografía de la época, más allá de la Amazonía hacia el
este, simplemente no existía. Fue como navegar a ciegas por un planeta perdido
en las tinieblas del desconocimiento.
El 20 de septiembre
de 1519, parte del puerto de Sanlúcar de Barrameda una expedición comercial de
cinco barcos, capitaneada por el portugués Fernando de Magallanes. La
expedición, financiada por la monarquía de los Austrias (Carlos I no hace mucho
que ha sido proclamado rey por las Cortes de la Corona de Castilla y las de la
Corona de Aragón), tiene como objetivo encontrar una ruta directa hacia el
oriente de las especias, y en ese sentido, el éxito de la expedición fue
absoluto. Acabó siendo sumamente rentable para las finanzas de la
monarquía; la Nao Victoria, única que
sobrevivió a la dureza de la expedición, trajo en sus bodegas un cargamento de
600 quintales de especias (60.000 kg.): clavo, nuez moscada, canela… (hay que
tener en cuenta que un saco de canela sería más o menos el sueldo de toda una
vida), que supuso un beneficio exagerado
por el astronómico precio que tenían las especias en la época, consideradas
como un producto de lujo.
Esa primera vuelta al
mundo, pasó por muchas vicisitudes. Escribió Antonio Pigafetta, cronista de la
aventura que consiguió sobrevivir a la dureza de la travesía: “Durante tres
meses y veinte días, no pudimos conseguir alimentos frescos. Comíamos bizcochos
a puñados, aunque no se puede decir que lo fuera, porque era polvo mezclado con
gusanos y lo que quedaba apestaba a orines y ratas”. Solo llegó una nave, la
Nao Victoria, al mando del guipuzcoano de la villa de Guetaria Juan Sebastián
Elcano, el 6 de septiembre de 1522, a la bahía de Sanlúcar, con 18 tripulantes
a bordo, de los 239 tripulantes que partieron tres años antes. La proeza, quizá
involuntaria de dar la vuelta al mundo, revolucionó la cartografía del planeta,
que la tierra era redonda estaba ya bastante asumido por la sociedad, y
abrió nuevas oportunidades para el
cultivo de las especias en occidente y rutas que marcaron el futuro de la
navegación hacia oriente. Aunque, no pudieron encontrar esa vía marítima a
directa entre Europa ay las Indias, sin tener que vadear el Estrecho de
Magallanes el sur de África o el Cabo de Buena Esperanza en el cuerno meridional
de América del Sur.
Fue una expedición difícil
por la bravura de mares desconocidos; tensa por la desconfianza habida entre
marineros portugueses y españoles; angustiosa porque varias veces perdieron el
rumbo en la mar océana; y lúgubre porque la muerte hizo estragos en la
tripulación. Incluso, después de arribar a tierra muchos no alcanzaron el favor
de su hazaña (les correspondía una parte de los 600 quintales de especia que
trajeron en la nave; el propio Juan Sebastián Elcano, no solo es silenciado por
Pigafetta en su crónica: Relación del primer viaje en torno al globo,
porque el cronista, incondicional de Magallanes, consideraba que todo el éxito
de la travesía se debía al portugués, sin tener en cuenta que la decisión de
dar toda la vuelta al mundo, al optar por regresar a través del Índico y
arribar con éxito a Sanlúcar, es de Elcano. Incluso, los 500 ducados anuales
que el rey le concedió y escudo de armas con el lema «Primus circundedisti me»,
por la burocracia de la corona nunca llegó a disfrutarlos, al morir en el Pacífico
en 1526, durante la Segunda Expedición a las Islas Molucas.
La vuelta al mundo de
Magallanes y Elcano, marcó un hito en la historia universal, que no solo supuso
la creación de nuevas rutas comerciales y un impulso al comercio global,
creando mecanismos de financiación público privados; fue una gesta que marcó un
nuevo tiempo en la cosmografía que se tenía del planeta; el inicio de la conciencia
de que el mundo era un gran territorio global que necesitaba una nueva forma de
relacionarse con él.
viernes, 21 de febrero de 2020
Un temps i un País de Vicent Àlvarez
Desde hace unos años tengo la
suerte de conocer a Vicent Àlvarez, un
hombre comedido, de reflexión serena y atinada. Nunca le he escuchado decir una
palabra más alta sobre otra de nadie ni de nada. El respeto hacia el mundo que le rodea parece ser su máxima. Pero
solo después de leer su libro Un temps i un País (Companyia
Austrohogaresa de Vapor, SL. 2019), he alcanzado a comprender la magnitud del
hombre que se encuentra tras una parte importante de la historia de la
Comunidad Valenciana y, por ende, de España, de la que Vicent Àlvarez ha sido y
es una pieza fundamental en el engranaje del devenir de la izquierda
valenciana, a caballo entre el valencianismo, el nacionalismo y el socialismo
universal; un conflicto no siempre bien resuelto. Y es, porque toda la
sabiduría y experiencia que atesorado durante su vida, es un bagaje intelectual
que no se puede perder.
Un temps i un País es una autobiografía,
una reflexión a tiempo pasado de cómo se fue construyendo la izquierda
valenciana desde los años cincuenta, cuando Vicent Àlvarez, todavía un mozo
bachiller, coincide en el instituto de su Xátiva natal, con el Pele
(posteriormente conocido por Raimon) y otros, en donde empieza a tomar
conciencia de la realidad política que le rodea.
A lo largo del libro podemos ir
descubriendo cómo ya en la universidad y después como abogado, van surgiendo
movimientos y organizaciones enfrentadas al franquismo con conciencia del
valencianismo como una seña de identidad de una izquierda, que posteriormente
acabó fragmentada entre comunistas, socialistas, nacionalistas y
valencianistas. Todo ello lo va desgranando Vicent Àlvarez, desde los primeros movimientos
estudiantiles en la facultad de derecho de la Universidad de Valencia,
participando como director de la revista Dialeg, fundada por Eliseu Climent; su amistad con
Joan Fuster; la fundación y ruptura de PSV Partido Socialista Valenciano; sus
relaciones con el PSOE, etc., nos van desvelando que el camino de la izquierda
en Valencia no fue fácil. Toda una lección de historia reciente, que Vicent
Àlvarez nos da como activista de primera línea en esos años, desde el recuerdo y sus artículos publicados
en la prensa valenciana durante décadas.
Un temps i un País, es un
libro necesario para comprender lo que es hoy la Comunidad Valenciana y lo que
proyecta al futuro. Su propio autor nos dice: “Finalment, el material que vos
aporte, tot i apostar per un tipus de valencianisme molt vinculat a les
propostes de canvi de valors, marca el limits o continguts d’una forma de fer
país i, alhora, és una visió de con hauria de ser el futur” (“Finalmente, el
material que aporto, marca los límites o contenidos de una forma de hacer país
y, al mismo tiempo, es una visión de cómo debería ser el futuro”). Lástima
que no haya una edición en castellano, porque sus reflexiones son tan
universales, que podrían aportar mucho al conocimiento de la construcción de la
izquierda en España, durante y después del franquismo.
lunes, 17 de febrero de 2020
"El espesor de un lápiz" Novela de Miguel Torija
Inteligente libro, el recientemente publicado por Talentura Libros,
del escritor Miguel Torija: “El espesor de un lápiz”, que nos sumerge en
el submundo, casi surrealista, de un escritor, o quizá muchos escritores, que
para escribir han de experimentar antes lo que van a plasmar sobre el papel,
como si la imaginación no fuera suficiente para desbordarnos con la literatura,
sin necesidad de que la novela se convierta en una notaria de las sensaciones
experimentadas por quien la escribe. Posiblemente, esta no haya sido la
intención de Miguel Torija al escribir su novela, pero detrás de su magnífica
historia, en la que sí hay una desbordante imaginación para fabular, se
advierte esa enfermedad que sufren muchos escritores, de confundir ficción con vivencias
personales.
Una novela puede ser buena por
muchas razones que no voy a desgranar aquí, y “ El espesor de un lápiz” lo
es, entre otras, no ajenas al buen quehacer literario de Miguel Torija con las
palabras, por su capacidad de penetrar
en nuestro hemisferio derecho y activar las neuronas de las emociones, que
tanto placer nos provocan cuando leemos. Pero también, porque nuestro
autor/escritor es capaz de situarnos en medio de la trama argumental, gracias a
un artificio, que hace de su novela un excelente juego narrativo, al situar al
narrador como un personaje más de la historia. Esto no es
fácil y requiere mucho oficio.
Oficio le sobra a Miguel Torija,
que ha sabido pasar de la síntesis y la concreción estética del relato y el
microrrelato, al mundo y la estructura narrativa de la novela, casi sin
despeinarse. Aunque esto no sorprenderá a quien haya seguido su obra y leído su
anterior novela “La isla de las culebras” (La Pajarita Roja), en la que
ya nos anunciaba, con un estilo literario impecable, que su imaginación y su
pluma daban para cualquier género narrativo.
En definitiva, buena literatura,
la que nos vuelve a brindar Miguel Torija: Aunque apenas les separa el
espesor de un lápiz, una mirada atenta podría deducir que esa exigua distancia
equivale a muchos kilómetros. Primeras líneas de “El espesor de un
lápiz”.
jueves, 5 de diciembre de 2019
Los libros nos salvarán del desastre
¿Os habéis preguntado qué
quedaría si la sociedad actual hiperconectada se fuera al carajo porque no
hemos sido capaces de preservar el planeta tal como lo conocemos? Cómo no soy
adivino no puedo vaticinar nada, pero tengo clara una cosa: lo que quedaría para
salvarnos del vacío material y existencial serían los libros. Sí, esos objetos
que mucha gente los tiene como
antigüedades de un pasado aburrido sin redes sociales ni internet.
Quedarían para decirnos cómo
empezar de nuevo; cómo hacer para no sucumbir a la negrura de un futuro sin
conocimiento. Porque un libro no necesita estar enchufado para abrirlo y
leerlo, incluso no necesita luz artificial para ver lo que esconde dentro. En
esos libros apilados en estanterías públicas y privadas, estaría nuestra
salvación.
Al igual que en la novela de Ray
Bradbury: “Fahrenheit 451”, la esperanza de aquella humanidad, atrapada en un mundo
distópico y controlado por un poder absoluto, donde la postverdad era el
instrumento más efectivo de control, se encontraba en los libros; en la
sociedad actual, que por unas causas
diferentes pudiera devenir en un desastre global total, ellos serían la guía
para volver a empezar.
Algunos pensarán que estoy elucubrando
sobre una fantasía oscura, que exagero demasiado, pero puede ser una realidad
no tan lejana, si no ponemos remedio al desenfreno con el que nos comportamos
ante la naturaleza, como si fuéramos dioses capaces de doblegarla.
Por eso debemos cuidar los libros como si
fueran tesoros que la sabiduría de la humanidad nos lega, esperando que sigan
siendo ese lugar al que acudimos para divertirnos, soñar, emocionarnos y
acercarnos al conocimiento, y nunca lleguen a convertirse en la única tabla de
salvación de lo que quede de la humanidad.
viernes, 1 de noviembre de 2019
Otra vez en el cementerio a reivindicar a las víctimas del franquismo
Volvemos a recordar hoy a todas las
víctimas de la dictadura franquista. Este año con la satisfacción de que el
gobierno ha hecho justicia histórica con la democracia, sacando al dictador Franco
del Valle de los Caídos (nada de general, Franco tiene que pasar al historia
como lo que fue: un dictador fascista, todo lo demás son intentos de blanquear
su figura).
Este país, tan dado a reconocer, homenajear
e incluso utilizar a las víctimas del terrorismo en el interés propio de la
derecha posfranquista, se vuelve olvidadizo hasta el sonrojo cuando ha de reparar
la dignidad de todas aquellas víctimas del mayor terrorismo de Estado que ha
vivido España en toda su historia. Un país que sigue plagado de cunetas, fosas
comunes, monumentos a los caídos del bando franquista, olvido de los miles de
exiliados y expedientes judiciales que serían un oprobio para cualquier democracia.
Por eso seguimos yendo todos los
años el 1 de noviembre a los cementerios; seguimos poniendo flores en las
tapias de los cementerios, para que la muerte injusta de todos aquellos demócratas
no caiga en el olvido, y algún día, igual que por fin Franco ha salido de
Cuelgamuros, el Estado democrático se decida a reparar esta injusticia
histórica, que es la verdadera herida que nunca se acabara de cerrar hasta que
no haya justicia.
No hay alternativa posible a que
sean las instituciones las que se impliquen en la búsqueda de las víctimas y
entrega a sus familiares, igual que lo hace el Ayuntamiento de Castellón, desde
que gobierna la izquierda, porque antes lo único que había era silencio y
olvido por parte de las instituciones locales.
No es venganza, es vergüenza, lo
que hoy, uno de noviembre, sentimos, al ver que el neofranquismo y su desprecio
a las víctimas de la dictadura, vuelve a levantar cabeza en la sociedad española,
y no es porque el gobierno haya sacado a Franco de Cuelgamuros, sino porque le
derecha y su ultranacionalismo español, ha dado alas al fascismo de Vox, que
durante tantos años ha estado silenciado.
jueves, 24 de octubre de 2019
Exhumación del dictador Franco.
Hace
poco escribía que fascismo y dictadura son incompatibles. Como decía Sartre,
refiriéndose la muerte: los dos no
podemos entrar juntos en un ascensor. Pues esto es lo que pasa con la dictadura
franquista y la democracia que tenemos en España: no pueden convivir en el
mismo espacio. Por eso, que el dictador Franco haya estado todo este tiempo
enterrado en un mausoleo de Estado con todos los honores, ha supuesto para
cualquier demócrata una vergüenza, que no se puede justificar con la cantinela
de la reconciliación de todos los españoles, ni la manida de no hay que abrir
viejas heridas. Que Franco haya estado enterrado todo este tiempo en el Valle
de los Caídos revela que hemos consentido un territorio de impunidad fascista,
intolerable en una democracia. Además, nos retrata como un país que no ha hecho el suficiente ejercicio de
contrición del fascismo que lo gobernó
durante cuarenta años, esparciendo por toda la geografía la infamia de los
muertos enterrados sin tumba, sin identificar, y que ha convertido España en
una gran fosa común, solo superada por el terror de otra dictadura como la de
Pol-Pot en Camboya. Triste honor, que parece no querer ver la derecha
patriótica, que tanto le gusta agitar la bandera, sin pudor por no exigir que
se solucione, de una vez por todas, esa página negra de nuestra historia y
nuestro presente.
Sí,
porque resulta incompresible que la derecha -aquí excluyo a Vox, porque ya
sabemos que ellos están con Franco en todos sus pensamientos- no haya hecho el
suficiente ejercicio de democracia alineándose con todos aquellos que quieren y
desean que se ponga fin a los estertores, todavía algunos muy dramáticos, del
franquismo en España. Uno siente vergüenza ajena cuando escucha a Riviera decir
con respecto a la exhumación de Franco: “A mí me da igual porque yo nací en
democracia”. Es tal la falta de conocimiento histórico que demuestra, tal la
poca empatía con las víctimas del franquismo, que asusta. Quizá por eso, cada
día está más vinculado a esa idea de España una, grande y libre, que tanto
juego le dio al franquismo. La necedad es la enseña de los ignorantes.
El
Partido Popular no sorprende, de alguna manera siempre ha tenido en su seno a
los nostálgicos de la dictadura, haciendo gala de una política postfranquista
de la que no es capaz de desprenderse. A Casado, que también nació después de
muerto el dictador, me gustaría decirle, que un país democrático, que él aspira
a gobernar, solo se puede sustentar sobre la firmeza de las convicciones
democráticas, y estas son incompatibles con cualquier atisbo de justificación
de la dictadura, y mucho menos con el mantenimiento del dictador con honores de
jefe de Estado. Ha tenido una oportunidad fantástica para alinearse con los
demócratas de este país, incluso para liderar la normalización de la
democracia, alejándose de la dictadura y resarciendo las reivindicaciones de
sus víctimas, y la ha tirado por la borda, todo por miedo electoral, o porque
quizá, no están tan desprendidos del franquismo, como nos quieren hacer ver.
Pablo
Iglesias, de quien no dudo que se alegre de la exhumación del dictador, una
vez más ha metido la pata. Me gustaría
decirle que sacar a Franco debería ser una prioridad absoluta para cualquier
demócrata, y mucho más si se define de izquierdas. No puede haber aplazamientos
por que haya unas elecciones, simplemente por respeto a los miles de demócratas
que han sentido como una afrenta que el dictador estuviera enterrado en el
Valle de los Caídos, que espero empiece a llamársele por su nombre:
Cuelgamuros. Criticar que se saque a
Franco ahora es de una torpeza supina, otra más, de una ceguera política tan
grande, que solo le permite ver lo que tiene delante de las narices. Además, si
él hubiera querido, hoy su Partido sería un miembro del gobierno que está
sacando a Franco de su tumba de dictador perpetuo. A veces, sería mejor que callara la boca; que estemos en
periodo electoral no significa tener que decir siempre una memez.
Por
último, ha llegado al hora de intervenir en el Valle de los Caídos, primero
para que deje de ser la fosa común más grande España y de Europa: segundo, para
se convierta en un gran centro dedicado a la memoria histórica, no solo para
recordar a sus víctimas, también para explicar a las generaciones actuales y
futuras quién fue Franco, cómo fue su dictadura, y qué consecuencias tuvo para
la población española y España, de represión, falta de libertades, atraso y
palurdismo. Sería la mejor manera de ver que el franquismo es un mal recuerdo
del pasado, que no estamos dispuestos a olvidar, seamos de derechas o de
izquierdas.
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