viernes, 30 de octubre de 2015

La herida sigue abierta

Publicado en Levante de Castellón el 30 de Octubre de 2015
1 de Noviembre y volvemos a llenar los cementerios para honrar y recordar a nuestros seres queridos. Familias, amigos y deudores de los fallecidos acudirán a la llamada de la memoria de aquellos seres a los que han querido y se han sentido queridos por ellos, para homenajearles con flores, que son el símbolo más cariñoso de decirle a alguien “no te olvido”, en un día que la religión católica viene tomando de la tradición pagana de celebrar la muerte de la naturaleza, por la llegada del invierno, cuarenta días después del equinoccio de otoño. De cualquier forma, esta simbolización de la muerte, está muy presente en todos nosotros, por lo que tiene de seguir unidos a los que ya se fueron, ya sea desde ritos paganos, como de ritos religiosos, o desde la celebración lúdica de la muerte que significa Halloween, por cierto una fiesta que tiene su origen en la cultura celta, que se denominaba “Samhain”, que venía celebrarse ente los días 5 y 7 de Noviembre, es decir, alrededor de 40 días después del equinoccio de otoño, en la que los celtas daban cuto a sus muertos. Esta tradición, desde mucho antes que Halloween irrumpiera en España, ya se celebraba en Galicia, con calabazas encendidas y castañas cocidas con anís.
                El culto a los muertos, un entierro digno y la sensación de haberlos honrado en el tránsito de los caminos de la muerte, es algo que está muy enraizado en nuestro país, por eso cuando no se puede llevar a cabo, por causas ajenas a la voluntad de uno, una losa pesa sobre la memoria de los descendientes que sólo el miedo a una voluntad mayor puede impedir que se pasen la vida buscando a sus parientes muertos y no enterrados debidamente.
                En España hay una herida abierta para muchas personas que nunca han podido enterrar a sus muertos, porque una dictadura, muy cercana en términos históricos, se lo impidió sembrando el terror entre los descendientes. Una herida que nunca se cerrará hasta que la cauterice su propia muerte o pueden encontrar y dar la sepultura que cada uno considere a sus parientes desaparecidos. Y digo bien al decir “desaparecidos” porque esa es la versión oficial que durante décadas ha prevalecido desde los estamentos oficiales para justificar el óbito de miles, demasiados miles y demasiados ceros en la cuenta, de españoles y extranjeros a los que les cayó el estigma de “rojos” por los vencedores de una guerra civil, que implantaron una dictadura férrea basada en la venganza y el odio sembrado desde los púlpitos a todo aquel que no comulgó con las doctrinas nacionalcatólicas del franquismo.
                Por eso, cuando escuchamos que una diputada de la derecha postfranquista que gobierna España, Rocío López,  dice: ¡Dejen en paz a los muertos! y vuelve a argumentar lo de la famosa herida que no hay que abrir (no se puede abrir una herida que no ha cerrado), uno sólo pude sentir tristeza, por tanta falta de sensibilidad y poca empatía con aquellas personas que llevan décadas buscando a familiares que la dictadura que ella, tan veladamente defiende, asesino y ocultó su paradero, para que ese oprobio gubernamental, siempre bendecido por un cura, no pasara a la historia, permaneciendo oculto en la memoria de colectiva de los españoles.
                Eso es precisamente lo que el franquismo intentó evitar: el juicio de la historia y los tribunales, y los que, ahora sus descendientes ideológicos, económicos y políticos, están tratando de evitar a toda costa, incluso con expresiones como las de la diputada antes aludida o las del senador conservador Jose Joaquín Peñarrubia, que en nombre de su Partido ha llegado a decir: “Ya no hay más fosas que descubrir…”, en un intento sin alma de esconder la barbarie del franquismo de la memoria colectiva y de procesos judiciales que tribunales ajenos a España han abierto o puedan abrir. Una brutalidad represiva que ha convertido a España “en el segundo país del mundo después de Camboya, con mayor número de víctimas de desapariciones forzadas cuyos restos no han sido recuperados ni identificados” (sic) Jueces para la Democracia. Un deshonor que cuarenta años de democracia no han sabido borrar.
                Pero la historia no se puede ocultar, por mucho que los herederos del franquismo se empeñen, ni por ningún acuerdo político que intente borrar el pasado en aras de la estabilidad social. La historia es tozuda y al final aparece por lo pliegues de esa memoria que se ha querido sesgar. El pasado del franquismo, con sus vendettas y miles de asesinatos es demasiado grande como para ocultarlo. Porque, además, es un pasado que no sólo ha dejado un reguero muerte en las cunetas de las carretas o las tapias de los cementerios, hay mucho más que ha de salir a la luz de la historia, para que nunca más se vuelva a repetir.
                A veces da la sensación que los culpables de ese pasado negro de la reciente historia de España son los que reclaman sacarlo a la luz, en un ejercicio de memoria colectiva que acabe por reencontrarnos a nosotros mismos, condenando socialmente a quienes lo hicieron, plenamente conscientes de lo que estaban haciendo, y reconociendo legal y públicamente a quienes lo sufrieron. Y no me estoy refiriendo solamente a los muertos. También fueron objeto de las iras del franquismo los maestros y funcionarios, a los que se condenó a unos expedientes de depuración humillantes, eso a los que no habían fusilado antes, que despojaron a muchos del ejercicio de su profesión; a los familiares de todos aquellos que desparecieron y han tenido que callar durante décadas por miedo o por vergüenza. Víctimas del franquismo, los miles de encarcelados en campos de internamiento, prisiones o aquellos que tuvieron que depurar su “culpas” en la construcción del Valle de los Caídos. Pero también los que tuvieron que marcharse de España para convertirse en refugiados de un régimen que les negaba la libertad, la dignidad y quién sabe si no la vida. Los torturados en oscuros sótanos de la DGS y otras dependencias policiales, los asesinados en los primeros años de la Transición, el juez Garzón o las madres que veían como les quitaban a sus hijos, por el mero hecho de ser rojas, para entregarlos a un mercado vergonzoso de compra-venta de niños y niñas, que era alentado por curas y franquistas de pro.

                Esas también son víctimas de la dictadura que merecen ser reconocidos por la memoria histórica. Porque un país que no reconoce a las víctimas de la intolerancia, todas las víctimas sin distinción, es un país que todavía no ha alcanzado una democracia plena y vive de los resabios de la dictadura. Una dictadura que aún hoy todavía es ocultada de los planes de estudio en las escuelas.

lunes, 26 de octubre de 2015

Cañizares y la pobreza invisible

Publicado en Levante de Castellón el 23 de Octubre de 2015
El arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, en un momento de éxtasis divino, hizo el otro día unas declaraciones que han escandalizado, incluso, a sus propios correligionarios de fe. No son nuevas estas salidas de tono estertóreas del guardián de la ortodoxia más rancia de la Iglesia. Algunas de sus perlas han sido bastante sonadas y muy festejadas por el ultramontanismo nacionalcatólico español, incluido el catalán, como aquellas que hizo en 2009, a colación de la reforma de la Ley del aborto del gobierno del Zapatero, en las refiriéndose a los casos de pederastia habidos en colegios católicos, dijo: “No es comparable lo que haya podido pasar en unos cuantos colegios, con los millones de vidas destruidas por el aborto”. Ya lo ven, a monseñor Cañizares el padecimiento en vida le importa bien poco, y si este es infringido por curas, nada.
                Pero no es este el tema sobre el que me gustaría reflexionar. En las declaraciones de Cañizares ha habido dos focos de atención mediático, por su poca sensibilidad con el sufrimiento de la gente. Uno referente a los refugiados, que ha tenido una inmediata respuesta desde diferentes ámbitos de la sociedad por xenófobas, y ser un tema muy delicado en este momento que incluso le han obligado a desdecirse. Aunque siempre he pensado, como bien dice el proverbio, que “la jodienda no tiene enmienda”, con perdón, y este tipo de actos de contrición dura hasta que se vuelve a caer en el mismo pecado. Pero no se alarmen, para eso está la confesión, ese acto exculpatorio general, que da a los católicos carta blanca para hacer lo que les da la gana, si después se confiesan o arrepienten.
                Pero no es la preocupación que tiene monseñor sobre que quedará de Europa en unos años con tanta invasión musulmana (parece que para algunos la guerra contra le infiel no se terminó en Lepanto), lo que me ha llamado la atención, sino sus declaraciones sobre la pobreza. Un hombre de bien, con un supremo sentido de la fe católica, tenía que echar una mano al gobierno que tanto le gusta por su conservadurismo. El país vive “una recuperación económica que hay que reconocer”, ha dicho monseñor Cañizares, capaz de poner a cada uno en su sitio: a los ricos en el suyo y a los pobres debajo. Es tanto el fervor mutuo que se tienen que algunos reconocidos meapilas han salido en su defensa, como el ministro del Interior (cómo le hubiese gustado a este hombre ser Inquisidor General) y otros venidos a menos, como Camps y Cotino, que no han dudado en darle su apoyo.
                Dicho lo anterior, habiendo recuperación económica desde el minuto uno que llegó Rajoy a la Moncloa, el cardenal no ve “más gente pidiendo en la calle o viviendo bajo un puente, que antes”. Estas declaraciones, que no han tenido tanto impacto social y mediático como las de los refugiados, quizá porque el empeño del poder en invisibilizar la pobreza, para que no se les estropee el chiringuito que está montado a costa de ella, están dando sus resultados. El arzobispo de Valencia debe tener un concepto de la pobreza ligado al número de pobres que piden en la puerta de las iglesias, bien a la vista de todos para que los feligreses descansen su conciencia dando una limosna, eso que tanto le gusta dar a la Iglesia porque les genera clientela. Ligado a esto, la pobreza debería visualizarse en las calles y bajo los puentes, como sucedía siglos atrás, en donde sus señorías laicas o eclesiásticas convivían con todo género de pobres, desarrapados y gentes con el estigma de la miseria, buscando cómo sobrevivir más allá de las limosnas. Pero el siglo XX, en Europa, gracias a la Revolución Industrial y las luchas sindicales y obreras estableció una nueva clase de relaciones entre los trabajadores y los patronos, haciendo del estado de bienestar el mayor éxito para la erradicación de la pobreza habido en todos los siglos de historia conocida. Simplemente, el fin de la pobreza estructural y la explotación que esta supone vino del empleo, el salario y las condiciones de trabajo, en situación de dignidad, que convirtió a millones de europeos y españoles en clase media, y ya saben ustedes, una potente clase media es un gran antídoto contra la pobreza generalizada.
                Debería el arzobispo de Valencia leer los informes de Cáritas, que tan cerca le quedan, para darse cuenta que la pobreza hoy es más invisible que nunca. Puesto que los  nuevos pobres que el siglo XXI ha traído como consecuencia de las políticas de desigualdad que la jerarquía de su Iglesia tanto bendice, no está tirados por las calles, ni abarrotan las escalinatas de la iglesias, ni se han dado a la mendicidad como profesión. No, porque los pobres del siglo XXI son clase media, trabajadores y trabajadoras que hasta hace bien poco tenían un trabajo digno y un salario que no les condenaba a la indigencia, como ya sucede con el 14% de los trabajadores españoles. Son ciudadanos que se han visto arrojados de unas vidas con cierta estabilidad económica y que se resisten a entrar en el mundo compasivo de la pobreza, aunque no hayan tenido más remedio que entrar en el bucle de la caridad. Ciudadanos que todavía tienen esperanza de que la situación cambie para volver a ser lo que antes fueron. Por eso el cardenal Cañizares no los ve. Por eso y porque no quiere verlos, no le interesa verlos.

                Pero la pobreza es una realidad imposible de esconder. Está instalada en el centro de nuestra sociedad. Y al margen de la celebración del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, que se ha celebrado el 17 de Octubre, según lo dispuesto por la ONU, de la esta sólo se sale con educación, cultura, igualdad de oportunidades, trabajo digno y salario suficiente. Y esto sólo se consigue si cambiamos los gobernantes que nos han conducido a ella, y están diseñando un mundo a su medida, para que se perpetúe. 

domingo, 18 de octubre de 2015

Una brecha de desigualdad

Publicado en Levante de Castellón el 16 de Octubre de 2015
                El 2 de Octubre me dieron una agradable sorpresa, cuando Antonio Montiel, secretario general de Podemos en la Comunidad Valenciana, me escribió para decirme que le había regalado un ejemplar de mi libro “La Brecha” a Felipe VI, durante la inauguración de una exposición en Valencia.  No voy a negar que fue una inmensa alegría saber que alguien del mundo político ha valorado en su justa medida el relato de la desigualdad en España que se hace en el libro y tenido el acierto de entregárselo al rey, que por que seamos republicanos no deja de ser el jefe del Estado, para hacerle saber que sigue siendo intolerable el abismo que se ha abierto en España entre ricos y pobres.
Pero más allá del gesto de Montiel o si su “majestad” se lo va a leer o no, “La Brecha” es un libro que  nunca se debería haber escrito, ni sus fotografías haberse realizado, si no existieran argumentos, escenarios y personas que están sufriendo. Fotografiar, escribir sobre la exclusión, la pobreza inducida por la avaricia del poder que gobierna ahora mismo Europa y la desigualdad más vergonzosa que se recuerda desde la muerte de Franco, no es un plato de gusto, sino más bien un ejercicio de introspección social y personal que te conduce a lo más hondo de la vileza humana. Un desprecio por la vida en condiciones de dignidad, que reduce a las personas a la categoría de esclavos modernos, que sólo tienen como misión de su existencia hacer que los ricos lo sean cada vez más.
Porque “La Brecha” no es sólo un testimonio sobre la desigualdad. Es también una denuncia sobre las causas. Poner negro sobre blanco que hay un fondo ideológico, unos responsables políticos, unos divulgadores intelectuales y unos embaucadores espirituales, que solamente tienen como fin la justificación de la pobreza, para someter a la mayoría en beneficio de una minoría, cada vez más enriquecida, a costa de apropiarse de la riqueza que produce la sociedad. Es el neoliberalismo salvaje y austericida que gobierna Europa por medio de unos dirigentes políticos que legislan al dictado de los ricos, ya sean estos particulares o corporativos; que tienen a las diferentes Iglesias que hay en el continente como justificadoras espirituales de la pobreza: “Bienaventurados los pobres, porque de estos será el reino de los Cielos”.
                Hay un dogma, que a lo largo de repetirlo durante miles de años nos lo hemos llegado a creer, sin ni siquiera cuestionarnos su veracidad o falsedad: “Siempre habrá ricos y pobres”. Sin embargo, esta afirmación esconde una trampa ideológica que está en el centro de la desigualdad. Que haya ricos y pobres sólo depende de cómo se reparta la riqueza. Si el reparto se hace de una manera justa y equitativa, la pobreza podría llegar a desaparecer. ¿Significa esto que ya no habría más ricos? No. Significa que no habría pobres, y que siendo las oportunidades las mismas, cualquiera podría llegar a ser rico y todos llevar una vida digna. Pero si el reparto no es justo y equitativo, nos encontramos en la situación actual: miseria, pobreza, falta de oportunidades que va aumentando conforme vamos bajando en el escalafón social, desigualdad y explotación. Digo explotación, porque sólo se puede llegar a una sociedad tan injusta como la actual, cuando las élites del poder actúan sin control legal que les impida dedicarse a explotar a los trabajadores (que son la mayoría de la población), para acumular la mayor parte de riqueza posible.
                ¿Hay solución? Siempre hay una solución. Si abandonamos la dejadez por la política, y nos dedicamos a exigir a los gobernantes, no sólo que sean honestos, sino que también sean justos y gobiernen pensando en el bienestar del conjunto de la sociedad, todo es posible. Si esto hubiese sido así, no habríamos tenido que escribir “La Brecha”. Pero desgraciadamente no lo es, y la chulería política sigue campando por los cenáculos del poder, haciendo gala de un desdén hacia el bienestar de la ciudadanía que raya el insulto. Si el gobierno del país fuese de otra manera no saldría el ministro de Hacienda amenazando y cumpliendo su amenaza de cortar el grifo de la financiación a la Comunidad Valenciana, como castigo por no haber votado a su Partido. No le importa, ni a él ni al gobierno al que pertenece, que sus actos puedan generar mayor desigualdad y pobreza, si con estos deslegitima al gobierno valenciano actual, que se ha encontrado con las arcas de la Comunidad vacías, por la inmensa corrupción y despilfarro de los gobiernos anteriores, por cierto del mismo Partido del señor ministro, y por la ausencia de una financiación justa que durante cuatro años el Partido gobernante en España no ha hecho nada por solucionar. El mismo Partido que ahora exige en la Comunidad Valenciana que el nuevo gobierno de izquierdas arregle en cien días lo que ellos han destrozado durante veinte años.
                Si la sociedad estuviese más vigilante con sus gobernantes, nunca se habría producido al gran estafa de Wolkswagen y quién sabe si del resto de las compañías automovilísticas, a tenor de lo que hemos ido conociendo en las últimas semanas. Una estafa de dimensiones épicas, consentida por los gobiernos comunitarios, y que curiosamente, todavía no ha dado con los huesos en la cárcel de los responsables políticos, ni económicos, ni empresariales. Esto es como la película “Uno de los nuestros” de Martin Scorsese, en la que una vez entrado en la mafia, si eres leal, hagas lo que hagas, siempre tendrás la protección de “la familia”. A lo suma te llevarás un tirón de orejas. En esta Europa neoliberal, en la que se han perdido las formas democráticas, está sucediendo lo mismo: ellos se sienten protegidos, porque son uno de los suyos. Si los bancos comenten el desfalco más grande habido en el siglo XX, nadie paga por ello, y el Estado, ese del que tanto reniegan, correrá al rescate con cientos de miles de millones de euros, que pagaremos nosotros. Si la Wolkswagen y otras multimodales de automoción son cómplices de una estafa sin precedentes, tranquilos que ya se buscarán un responsable de tercera fila para que expíe por los pecados de sus jefes y, además, ya se dispondrán a pedir que si la cosa va a mayores, sean los Estados los que salgan a rescate. Una vez más, usted y yo a pagar, aunque sea acosta de la desigualdad, la explotación y la pobreza de una parte, cada vez más creciente, de la población.

                Por ejemplos como este, y por muchas otras cosas que han hecho de esta sociedad un hervidero de injusticias y abismos, es necesario un libro como “La Brecha”, y políticos  que sean conscientes de que sólo cambiando verdaderamente las cosas se puede salir de este atolladero. Y mucho más fundamental: lectores de hagan de “La Brecha” un ejercicio de reflexión para el cambio político.

domingo, 4 de octubre de 2015

La herencia recibida

                                                                     Foto: Autor desconocido
Publicado en Levante de Castellón el 3 de octubre de 2015
Uno de los recursos más usados por el gobierno de Rajoy para justificar las políticas de desigualdad que durante todos los años de su gobierno han laminado el estado de bienestar en España, es el de la herencia recibida. Incluso hoy, todavía, a escasos meses de las elecciones generales, sale algún  miembro de su Partido o del gobierno echando mano del mantra:  la culpa es de Zapatero, como si ellos no hubieran tenido cuatro años para enmendar errores de aquel, que al lado de las tropelías cometidas por estos, dan ganas de gritar: virgencita, virgencita, que me hubiera quedado como estaba.
                Lo de la herencia recibida es un tema que me parece grosero y de mal gobernante que trata de ocultar su incapacidad para solucionar los problemas que tiene la sociedad. Es más, un Partido, y sobre todo si hablamos de los grandes Partidos que ya han gobernado o tienen claras opciones de hacerlo, lo mínimo que debe saber es en qué situación se encuentra el país, o la comunidad autónoma, o el ayuntamiento, pues si no conoce la realidad a la que se va a enfrentar, difícilmente puede saber cómo la van a encarar. Lo que nos llevaría pensar que estamos ante unos malos gobernantes antes de serlo. Por ello, las herencias recibidas en política no son escusa de nada, y muchos menos para gobernar en contra de la mayoría de la sociedad, como viene haciendo en los últimos cuatro años el gobierno de Rajoy.
                Estas escusas de mal gobierno conducen a no saber qué hacer cuando uno está en la oposición, teniendo que volver a tirar del mantra de la herencia recibida, que ya saben ustedes, para al Partido Popular es la herencia de Zapatero, todavía hoy. Así, en la Comunidad Valenciana, ya en la oposición, siguen desempolvando la culpabilidad del expresidente socialista para taponar la sangría de despropósitos gubernativos y despilfarros que han cometido en los años de gobiernos ppopulares. Resulta bochornoso escuchar como cada vez que conocemos un despilfarro o un gasto desmedido por efectos de la corrupción que ha imperado durante décadas, el desparpajo de los portavoces del PP valenciano vuelve a echar la culpa a Zapatero, como si hubiera sido este el que ha gobernado durante décadas la Comunidad.
                Porque para herencia envenenada la que han dejado ellos en la Comunidad Valenciana, y no me refiero al déficit de financiación, que nunca han reclamado ante el gobierno central, para no incomodar a la dirección de su Partido en Madrid; ni a la corrupción que ha arruinado las arcas de la Generalitat, de la que se han enriquecido no pocos miembros del PP y afines (¿recuerdan aquello de hemos venido a forrarnos?, que ahora inundan los banquillos de acusados y los tribunales de presuntos inocentes. Tampoco me refiero a los despilfarros, que inevitablemente asociados a la corrupción, han dilapidado miles de millones de euros en obras difícilmente justificables, de costes desmesurados como el Aeropuerto de Castellón, Terra Mítica o la Ciudad de las Artes y las Ciencias, por poner algún ejemplo; y eventos que sólo tenían como objetivo encumbrar la imagen de sus dirigentes (recuerden la foto de Camps y Barberá montados en un deportivo de súper lujo dando la vuelta al circuito de Fórmula-1 en Valencia, conducido por Fernando Alonso). A nadie, ni al actual gobierno valenciano, le sorprende la fractura de desigualdad que los gobiernos del PP han abierto en la Comunidad, ni la soberbia encubridora de responsabilidades, utilizada con los familiares del accidente del Metro en Valencia. Todo eso se sabe y el gobierno de Ximo Puig lo sabía antes de presentarse a las elecciones, con el compromiso, precisamente, de aplicar políticas que pongan fin a todos estos años de malos gobiernos y peores gobernantes infectados de corrupción.
                Sin embargo hay otra herencia que empieza a aflorar poco apoco y que va a minar la gestión del gobierno actual durante algún tiempo. Se trata de todos los casos que vamos conociendo de ocultación de gastos, deudas y multas que están llegando a la Comunidad por la mala gestión de los gobiernos del PP y el delirio de sus gobernantes. Una suave lluvia fina que empezó con La Ciudad de Luz en Alicante y quién sabe si va acabar, con el Aeropuerto de Castellón. Trescientos millones de euros, de momento, que va a tener que afrontar la Generalitat, sólo en multas y devoluciones de ayudas impuestas por la Comisión Europea. ¿Cómo se ha podido gobernar tan mal? ¿Y ahora tienen el cuajo de exigir que el nuevo gobierno afronte los problemas que ellos han provocado? Se atreven a criticar que en cien días no han arreglado lo que ellos han destruido en 20 años y un día. La presidenta del PP Valenciano en algún momento ha dicho: “La izquierda de trabajar, poco…  de gestionar, nada de nada”. Para la gestión que la derecha ha hecho mejor que se hubiera quedado en casa viendo Juego de Tronos. Incluso ella, que siendo consellera de Infraestructuras se ha gastado la friolera de 85 millones de euros en un trolebús en Castellón; un gasto desmesurado por los excesos de la obra, la dilatación en el tiempo y quién sabe si también inflado por razones injustificables, pero sospechadas.  Un gasto que la gentileza de su gestión le ha dejado al gobierno municipal actual de Castellón una trampa financiera de 14 millones de euros en intereses por aplazamiento de deuda.
                Esto es lo que ha estado haciendo el PP durante tantos años de gobierno en la Comunidad. Ellos solitos, sin echarle la culpa nadie: aplazamientos de pago, esconder facturas en los cajones, destinar ayudas Comunitarias a quién sabe qué y esconder la mierda, la que ellos han ido acumulando, debajo de las alfombras. En definitiva, asfixiar la economía valenciana hasta el mareo por falta de aire. Para que luego llegue Montoro amenazando con cortar el hilo que sostiene débilmente las arcas públicas de la Comunidad, y así apretar hasta el rigor mortis.

                Por eso el gobierno valenciano no debe cejar en su intento de acabar con la infrafinanciación y la bravuconería política de una oposición envalentonada por la chulería de un ministro que no gobierna para los españoles, sino para su Partido y sus amiguetes defraudadores fiscales. El gobierno y la sociedad valenciana, que ha de mostrarle su apoyo y manifestar su rechazo a la política de ahogo y endeudamiento del gobierno central. Y qué mejor, que una vez nos desintoxiquemos de tanto nacionalismo embrutecido por el virus de la endogamia y la soberbia de creerse los mejores frente al mundo, lo que debemos hacer es prepararnos para las elecciones generales y votar, para botar a la derecha del poder del Estado, que han reducido a un coto parecido al que Miguel Delibes describe en “Los Santos inocentes”. 

viernes, 25 de septiembre de 2015

El sofisma griego

                                                                                                   Foto: Autor desconocido
Publicado en Levante de Castellón el 25 de Sptiembre de 2015
Sofisma: “Si Syriza pierde las elecciones en Grecia, Podemos pierde credibilidad en España”. Esto es lo que, más o menos, han querido convencernos todos aquellos que ven en  Podemos un peligro para los privilegios que han ido atesorando durante años. Lo hemos podido escuchar, leer o ver en tertulias, mítines y artículos de prensa, como si fuese una letanía que pudiera exorcizar el fantasma de la otra muletilla con que nos quieren amenazar: los populismos. Siguiendo el mismo silogismo llegaríamos a la conclusión que si Syriza ha ganado las elecciones, Podemos aumenta su prestigio varios enteros. Aunque esto no conviene pasearlo por los platós mediáticos. Ya no interesa ligar el futuro de la formación morada con el de Syriza, ni el de Pablo Iglesias con el de Tsipras, una vez que el argumento de descrédito ya no sirve a los intereses de los enemigos de ambos, que visto lo visto, son muchos.
                Las elecciones griegas han vuelto a descolocar al oficialismo político en Europa, que tanto ahínco ha puesto en destruir el prestigio de los dirigentes helenos, laminado cualquier atisbo de salirse del tiesto de la austeridad impuesta por Meckel y sus monaguillos noeliberales. Tanto, que no han tardado ni un minuto en exigirle al nuevo gobierno de Grecia que acelere las reformas, que con gran saña le han impuesto, con el único fin de segar  cualquier disidencia en Europa que se atreva a asomar la cabeza. Incluso hay una izquierda refinada y amanuense del neoliberalismo que no ha tardado en cuestionar la bondad de la victoria de Tsipras para los griegos. La misma noche de las elecciones, una afamada dirigente del socialismo aposentado español, en una tertulia televisiva, trataba de quitarle hierro al triunfo electoral de Syriza, diciendo que tenían un grave problema de contradicciones, y uno piensa: si Syriza, que ha ganado las elecciones en Grecia por goleada  tiene graves contradicciones, qué clase de sarampión deben tener en el socialismo griego, “hermano” del Partido de la tertuliana, para haber quedado en cuarta posición, con 130 diputados menos y una diferencia del 30% de votos.
                Mal, muy mal se ha deglutido en los cenáculos comunitarios el resultado de unas elecciones que se pretendían fuesen un escarmiento a quienes están levantando la bandera del fin de la ortodoxia capitalista en Europa. Pero no desesperen los hinchas del liberalismo justiciero, inasequibles al desaliento, sus líderes no van a cejar en su empeño de destruir a esa nueva izquierda que puede acabar con un sistema de gobernar la UE que les ha sido muy beneficioso. Por ello, las tropas de caballería mediática ya se han lanzado a galopar y no dejarán de hacerlo hasta que el enemigo caiga derrotado o ellos exhaustos. Las acometidas ya han empezado, una vez comprobado que el virus del cambio es más resistente de lo que pensaban; el mal ejemplo griego debe ser erradicado antes que contamine al resto de la población europea. Las acusaciones de traidor a sus ideas a Tsipras, de haberse humillado ante la troika olvidado a su pueblo; el dedo acusador de muchos, que lo señalan como ejemplo de lo nefasto que es el populismo, no parece que hayan hecho mella en el electorado griego, que ha considerado que para administrar lo poco que tienen, mejor que sea uno que lo va a repartir, a otro que se lo va quitar.
                Es posible que el pánico se esté empezando a instalar en las cancillerías europeas, en Berlín o en Bruselas. No tanto por el resultado de las elecciones en Grecia, sino porque se extienda por el continente la creencia de que es posible darle la vuelta a las políticas de austeridad y destrucción del estado de bienestar. Incluso más allá de los denominados populismos, acusación fácil y sin sustancia política, con la que se señala a las nuevas formaciones de izquierda, el virus ha contagiado al Partido Laborista inglés, con un nuevo líder: Jeremy Corbin, que nunca se doblegó a ese engendro que era la Tercera Vía sacada de la manga por Tony Blair, que la historia ha demostrado era, ni más ni menos, que la cara amable del neoliberalismo, incapaz de frenar, quizá porque participaba de ellas, las políticas de desigualdad que se estaban poniendo en marcha en Europa, de la mano de una clase dirigente cada vez más embrutecida por el mercado salvaje, el beneficio empresarial y las puertas giratorias.
                No nos ha de extrañar que la socialdemocracia europea reaccione con gesto torcido a los cambios políticos que se avecinan. Tanto, que ha recibido de mal grado que la izquierda británica pueda dar un giro que colocaría a los socialdemócratas de la Tercera Vía en una situación delicada ante la ciudadanía de sus respectivos países. Salvo en España, que la falta de análisis ideológico de los dirigentes del Partido Socialista y las ganas de resituar mediáticamente a su líder como el mirlo blanco de la izquierda patria, les han hecho correr demasiado en hermanarlo con el líder laborista, sin darse cuenta de que este está ideológicamente mucho más cerca de las ideas de Podemos, que de las suyas. Incluso se han dado a la mofa y el escarnio cuando se ha equiparado a Pablo Iglesias con Corbyn. Casi acusando a aquel de chupóptero, al querer reivindicar al inglés para su ideas. Como si Corbyn fuese una eminencia famosa en el mundo de la política; alguien absolutamente desconocido  en Europa hasta hace unas semanas, y posiblemente bastante menos popular que Pablo Iglesias en su país. Pero la carrera electoral tiene estas mezquindades, como Corbyn e Iglesias ya puede estar dándose cuenta.

                Concluyendo. Lo de Grecia es un episodio importante, en una batalla planteada en Europa, donde la lucha de clases es la protagonista. Y a ella, con sus triunfos y sus derrotas, vamos a asistir los europeos hasta que uno de los dos bandos salga derrotado o se llegue a un nuevo pacto de bienestar y progreso para todos. El que se empeñe en enrocarse en lo habido hasta ahora como tabla de salvación, acabará como el Titanic, sumergido en las frías aguas del Atlántico o naufragando en el Mediterráneo. Y eso lo sabe el neoliberalismo y la nueva izquierda que poco a poco va emergiendo en Europa. 

sábado, 19 de septiembre de 2015

A vueltas con Cataluña

                                                                                            Foto: Cualquiera de los dos
Publicado en Levante de Castellón el 10 de Septiembre de 2015
Nos parece que el encaje de Cataluña en el Estado español es un problema reciente, que tiene que ver con el mito del peseterismo de los catalanes, ya saben ustedes aquello de la pela es la pela, que les convierte en un pueblo insolidario capaz de vender a su madre por una bolsa de monedas. Pero no hay nada más lejos de la realidad que esta percepción que tenemos en el resto de España, en los últimos años acrecentada desde la derecha nacionalista española. Ni los catalanes son unos insolidarios con el resto de los españoles, ni el fondo de su nacionalismo es económico, aunque algunos se empeñen en ello. Hay unas raíces más profundas que sí tienen que ver con la historia y con el sentimiento secular de ser un pueblo con referencias culturales propias, que están engarzadas a la génesis del nacimiento de Cataluña como reino en la Edad Media.
                Hasta el tratado de Utrech en 1713, la Península Ibérica, con la excepción de Portugal, era lo que podríamos considerar hoy una monarquía confederada, es decir, un rey dos coronas: Aragón y Castilla (lo del reino de Navarra es cosa aparte, con sus idas y venidas entre la independencia como reino, y sus dependencias a la corona de Castilla o al rey de Francia). A pesar de la propaganda oficial que nos quiere hacer ver que la unificación de España se produjo con los Reyes Católicos, nada más lejos de la realidad, pues con su reinado lo único que cambió fue que, desde sus católicas majestades, Castilla y Aragón tuvieron el mismo rey, pero siguieron siendo dos reinos diferentes, con aduana incluida, y sus propias leyes y fueros.
                Cataluña formará parte de la corona de Aragón, pero no sin una singularidad propia, debida a su gran potencial cultural, económico, político y territorial en el Mediterráneo, que ya desde tiempos antiguos generó quebraderos de cabeza a los reyes de Aragón; sino que se lo pregunten ultratumba a Jaume I y los problemas que tuvo que la nobleza catalana durante todo su reinado. Y es en los decretos de Nueva Planta, que el rey borbón Felipe V firmó para abolir del fueros del reino de Aragón, concretamente el del Principado de Cataluña lo hizo el 9 de Octubre de 1715, cuando Cataluña deja de tener un gobierno propio para reintegrarse, por la fuerza, en el  nuevo Estado centralizado que va a ser España con la monarquía borbónica, bajo los fueros y las leyes castellanas. Siendo desde esa fecha, cuando empiezan los problemas de encaje de Cataluña en España, no del resto de los reinos que conformaban la Corona de Aragón, problema no resuelto hasta la fecha, y ya saben de aquellos barros estos lodos.
                Aunque lo cierto es que el condado de Barcelona, en torno al cual se constituyó en el siglo XIV el Principado de Cataluña, desde el siglo XII, que se unió por esponsales a la corona de Aragón,  nunca ha tenido un Estado propio, perteneciendo siempre a una entidad política superior. Y cuando lo ha intentado ha sido un fracaso, como le sucedió tras las revueltas de 1640 y 1641, con la proclamación por parte de Pau Claris de la República Catalana, que acabó rindiendo vasallaje al rey francés  Luis XIII, convirtiéndose en un territorio anexionado por el reino de Francia, fuertemente centralizado, que no tardó en ocupar militarmente toda Cataluña, para mejorar posiciones en su guerra contra el rey Felipe IV. La conclusión de este episodio fue que 10 años después la oligarquía catalana, apoyada por el descontento popular hacia el ejército francés, vuelve a reconocer a Felipe IV como rey, tras  rendir  éste obediencia a las leyes catalanas, y que por el Tratado de los Pirineos de 1659 pierde para la historia los territorios de la Cerdeña transpirenaica  y el Rosellón, que pasan a formar parte del reino de Francia.
                La oportunidad histórica de solucionar el encaje de Cataluña en España se tuvo en la Transición, tras el intento fallido de la II República, pero la presión de la derecha postfranquista, con el visto bueno de las élites catalanas y el despiste de la izquierda, impidió que adquiriera un estatus diferencial en la Constitución de 1978. Para salvaguardar el concepto de unidad franquista de España, el Estado encontró su mirlo blanco en Cataluña: Jordi Pujol, un hombre al que se le perdonó la estafa de Banca Catalana, y se la ha dejado robar durante décadas, construyendo un entramado de corrupción en Cataluña, a través de su familia y CIU, a cambio de la docilidad del nacionalismo catalán.
                ¿Qué ha cambiado entonces en Cataluña para que se haya llegado a la actual situación preindependentista? A mi juicio, fundamentalmente, dos razones: la intransigencia de la derecha nacionalista española en los últimos años frente a Cataluña, que ha creado agravios y afrentas hasta despertar a una masiva parte de la población dormida e indiferente al hecho nacionalista. Y por otro lado, la llegada el poder de la Generalitat de un hombre que se siente el mesías de la nación catalana, al que sólo le preocupa pasar al libro de la historia oficial de Cataluña con letras de oro. Un político ineficaz y mal gestor que ha ido sembrando girones por doquier, con recortes en el estado de bienestar, mayor pobreza y desestructuración de la sociedad; que ha encontrado en el humo del nacionalismo intransigente y mesiánico el mejor velo para cubrir su mal gobierno, llevando a la sociedad catalana a una fractura de difícil cosido, a la que el españolismo postfranquista no cesa de meter la tijera para agrandar.
                La torpeza de unos y otros ha conducido a unas elecciones absurdas, en donde sea cual sea el resultado nadie va a dar su brazo a torcer. Aunque quizá, más que torpeza, habría que hablar de intereses compartidos entre dos derechas nacionalistas, que a cuenta de todo el lío que están montando en Cataluña, tratan de ocultar sus políticas de desigualdad y empobrecimiento de la población.
                Quizá todo este problema se hubiera podido solucionar, si en su momento la Constitución hubiese recogido el derecho de autodeterminación, hoy llamada derecho a decidir. Porque un Estado plurinacional, como es el español, no se entiende sin ese derecho que otorgue a los  pueblos singulares que lo conforman la capacidad de decidir si quieren o cómo quieren pertenecer a España. Cuando escucho la grandilocuencia de la frase: “No vamos a consentir que España se rompa”, que me recuerda muchísimo a aquella otra tan manida en el franquismo: “España es una unidad de destino en lo universal”, se me abren las carnes al pensar que seguimos viviendo en un país, catalanes incluidos, de intolerancias y miedos, alimentados por los intereses de las oligarquía que nos gobiernan, en el que la democracia es un término que sirve más para acallar virtualmente las aspiraciones de la sociedad, que para gobernar desde el sentido común, la justicia y la prosperidad para todos.

                Por último, desde una posición estrictamente democrática, los catalanes tiene derecho decidir su futuro como pueblo, aunque se puedan equivocar, y el resto de los españoles, simplemente  respetar cuál es su decisión.

martes, 15 de septiembre de 2015

Sinopsis de la novela "Nunca seremos los mismos"

La caída de Barcelona en manos de las tropas de Franco supone la salida de miles de republicanos que se unen a la diáspora, ya iniciada desde hace meses, hacia la frontera francesa. También lo hace el gobierno, con todos los intelectuales que residen en la capital catalana, y el presidente de la República. Se inicia así un largo camino que los convertirá a todos en refugiados y conducirá hacia un exilio que tiene como primera parada Francia, y por última, tras el sufrimiento del camino el desarraigo que supone el abandono de su vida anterior y todos los referentes con los que habían vivido, a una transformación personal que los convertirá en otras personas, y ya nunca volverán a ser los mismos.
                Manuel Murillo y Rodrigo Ballester, son antiguos milicianos que se conocieron en el frente de Teruel, y que ahora sirven como chóferes militares del gobierno republicano. Se encuentran en Barcelona el día 22 de enero de 1939, cuando se produce la huida del gobierno hacia Francia. A Manuel le asignarán abandonar España como chófer de la familia Machado y a Rodrigo, junto a Marga Centellés, una  novia de Manuel a la que consigue llevar en el convoy in extremis, le tocará conducir el vehículo en donde el presidente de la República abandonará Barcelona, rumbo a la frontera.
                Durante el viaje Manuel intima con Antonio Machado, al que acompañará hasta Colliure, convirtiéndose en el amigo inseparable del poeta hasta la muerte de este un mes después.
                La peripecia de Rodrigo y Marga es mucho más complicada, mientras el amor va surgiendo entre ellos. Después de recalar en La Vajol y vivir la accidentada salida de España del presidente Azaña con parte de su gobierno, en una fría madrugada de principios de Febrero, son separados en la frontera por los gendarmes franceses. Rodrigo es detenido y enviado a Perpignan, para acabar en el campo de internamiento de la playa de Argelès-sur-mer, en donde sufrirá el lado más oscuro del exilio, y Marga, que ha hecho buenas migas con doña Dolores, esposa de Azaña, parte con la comitiva presidencia hacia Les Illes, pequeña población francesa cercana a la frontera, para dedicarse, posteriormente, a la búsqueda incansable de Rodrigo y a sacarle del infierno de la playa de Argelès, una vez que consigue descubrir que su amado está allí.
                Tras el entierro en Colliure de Machado el 23 de Febrero de 1939, Manuel, que ha sabido por algunos exiliados que su amigo Rodrigo se podría encontrar en el campo de Argelès, se dirige hacia allí, donde se encontrará con Marga y tras una rocambolesca situación conseguirán que Rodrigo huya del campo.
                A partir de aquí Manuel dirigirá sus pasos hacia Nueva York, en un viaje no exento de riegos y dificultades, que le llevará primero a París y después a Le Havre, junto a un cáliz de oro que robó del Palacio Episcopal de Teruel cuando el ejército de la República  reconquistó la ciudad, por unos días, en la navidad de 1937. En Nueva York encontrará una ciudad hecha a su medida, en la que encaja perfectamente. Tras pasar por un centro de ayuda a los exiliados de la guerra de España, conseguirá instalarse como empresario de una pequeña empresa de reparto de bebidas, que irá creciendo hasta convirtiéndose en un mecenas de la cultura neoyorquina y entusiasta del jazz. En Nueva York, gracias al cáliz que ha viajado con él por medio mundo, conseguirá cerrar una herida que viene arrastrando desde la Guerra Civil, y consolidará su amor con Viveca, una mujer que conoció en Le Havre y que vive en París durante la ocupación nazi.
                A París llegan Marga y Rodrigo, topándose con un mundo fascinante de libertad y agitación política, que cuando las tropas nazis ocupen la ciudad, les hará participar activamente en la resistencia parisina contra el nazismo, haciendo de Marga la líder indiscutible de su grupo resistente. Viven intensamente su Juventud y su amor, entre la felicidad y el riesgo.
                Mientras tanto, en España, Marcial Canero, falangista y comisario de policía en Barcelona, es citado a Burgos para encomendarle una altísima misión. La Iglesia está muy preocupada por el robo del cáliz del Palacio Episcopal de Teruel e insta a las autoridades de la Nueva España a poner todo el empeño posible para recuperarlo. Marcial acepta, qué remedio, el encargo, sin saber que su destino va asociado a la nueva misión.


                “Nunca seremos los mismos” habla de personajes reales y ficticios que tienen que exiliarse después de ser derrotados en la Guerra Civil  española,  en busca de una vida más segura, más libre y más digna, aunque se encuentran con el rechazo del gobierno francés, que los confina en campos de internamiento. Pero como se refleja en la dedicatoria, cualquier persona que tenga que abandonar su país si desearlo, por las razones que sean, se puede sentir reflejado en sus páginas.

Resposabilidad vs. culpa

  Si en una cosa somos campeones los españoles, es en buscar culpables por encima de todo. Nos resulta más interesante señalar con el dedo, ...