miércoles, 31 de julio de 2013

Cosecha de Verano


Prólogo de González de la Cuesta para el libro de relatos "Cosecha de Verano", publicado por Unaria Ediciones.

Imagínense ustedes la siguiente escena: Estamos en Atapuerca, una noche de hace quince mil años. En el interior de una cueva un grupo familiar extenso, quince o veinte personas, está reunido alrededor de un fuego, que más que calentarles, es verano y afuera hace una noche cálida, ilumina sus rostros y les da la seguridad de verse y sentirse protegidos ante posibles peligros nocturnos. Escuchan embelesados a una mujer mayor, quizá la matriarca del grupo, que va desgranando con palabras sencillas una historia que hace volar su imaginación muy lejos de su cueva. La anciana habla despacio, para que ninguna de sus palabras se pierda en la oscuridad de la caverna y queden concentradas en ese momento mágico que está absorbiendo la atención de todos los que la escuchan, porque sencillamente lo que está haciendo en relatarles un cuento, que quizá no sea la primera vez que lo oyen, pero que siempre surte el mismo efecto revelador, provocando un torrente de emociones.
                Como verán es el cuento la más antigua manera de narrar historias que ficcionan la realidad, convirtiéndola en algo mágico, a veces imposible, inalcanzable más allá de la imaginación del cuentista y del que escucha. Y digo bien del que escucha, porque durante muchos miles de años, la única forma de disfrutar con una historia era escucharla. Bardos, juglares, trovadores, cuentacuentos, abuelas… incluso todavía hoy en lugares donde existen personas que aún no sabe leer ni escribir, existen contadores de cuentos que van por las plazas, llevando magia e ilusión a las gentes, como los halakis de Marrakech, que siguen siendo fieles a una tradición antigua, desgraciadamente hoy en peligro de extinción.
                Los cuentos, que según la RAE son una “relación, de palabra o por escrito, de un suceso falso o de pura invención” siguen ocupando hoy, en la era tecnológica del siglo XXI, una posición privilegiada en el acervo cultural de la sociedad, aunque bien es cierto que la escritura ha sustituido a la palabra contada, pero no por ello dejan de ser igual de asombrosos que siglos atrás. Aunque si es cierto que el acto individualizador que significa la lectura de un texto, haya aparcado la magia de compartir las historias en grupo, y cruzar nuestras emociones con las de los que nos rodean. Pero no por ello, cada vez que leemos un cuento, nos estamos alejando de nuestros ancestros. Muy al contrario, participamos de esa tradición antigua de disfrutar de la revelación extraordinaria de unos sucesos que siendo, tal como define la RAE, “una narración breve de ficción” acaban colmando nuestra necesidad de volar con la imaginación a otros lugares y a unos acontecimientos que nosotros no vivimos.

                Con esta tradición tan antigua ha conectado, excelentemente, Unaria Ediciones, publicando ya su segundo libro de cuentos con el título de Cosecha de Verano, bajo el cual, al igual que en Cosecha de Invierno, podemos leer y disfrutar de una amplia selección de cuentos de autores de todo el país, que si bien muchos de ellos y ellas pertenecen a otros ámbitos literarios, como la poesía o la novela, no desmerecen con estos trabajos la calidad de sus obras. Esta segunda “cosecha” del año, son cuarenta y un cuentos marcados casi todos por la soledad, el amor y el desamor, la desesperanza que genera la crisis profunda que está viviendo nuestra sociedad, la denuncia de la injusticia, que si bien es un mal universal e inmemorial, no por ello deja de sacudir las conciencias de las personas justas. Pero también hay luz en los relatos, fogonazos de esperanza, que nos animan a seguir, a no caer en el desencanto por la vida. Estamos ante literatura muy anclada a la realidad que nos rodea, que por estar bien ficcionada no elude su compromiso con los valores eternos de la humanidad, ni con los sentimientos y las emociones que todos llevamos pegados en nuestro ADN. Literatura bien escrita, cuidada, arrancada de la sabiduría interior que todo escritor lleva dentro, para hacernos llorar, reír, maldecir, soñar y vivir. Qué más se le puedo pedir a esta nueva cosecha, escrita para que en las tardes calurosas del estío, o en las noches en las que buscamos el fresco de la Luna, podamos perdernos entre sus palabras, al igual que hace quince mil años, en una cueva de Atapuerca, ancestros muy lejanos nuestros apenas respiraban, para que el sonido del aire saliendo de sus pulmones no desviara la magia del cuento que la gran madre les estaba relatando.

martes, 25 de junio de 2013

novienvre


Escrito por González de la Cuesta

LITERATURA. Es el único adjetivo que se me ocurre para calificar la nueva novela de Luis Rodríguez “novienvre”. Literatura con todas sus letras y en mayúscula, para un texto que trasciende lo puramente novelesco, para adentrarnos en un terreno en el que lo anecdótico es la historia que Luis Rodríguez nos cuenta, porque brilla con luz propia su capacidad para transmitirnos ideas y un concepto de la escritura que raya la magistratura de la insubordinación intelectual y gramatical. Porque en “novienvre” encontramos un ejercicio de concisión mental que no deja lugar a la interpretación subliminal de la palabra escrita, ni a ningún rodeo semántico; no hay, ni siquiera, espacio para la subordinación gramatical, mediante la encadenamiento de oraciones que se subordinan en explicaciones innecesarias de lo que se quiere decir. Lo dicho se escribe con tal rotundidad, que a veces pude herir alguna sensibilidad. Una crudeza que ya se pudo leer en su anterior novela “La soledad del cometa”, que ahora, si es cierto que se suaviza en beneficio de una historia mejor construida y muy bien narrada, no deja de tirar para atrás a las mentes bien pensantes y algunas de las políticamente incorrectas. Y aquí está la gracia de esta maravillosa novela, que no por breve desmerece su calidad, al contrario, es tanta la que tiene que una dosis mayor acabaría dopándonos a una adicción de la que sería difícil desengancharse. La gracia reside en que una literatura tan políticamente incorrecta esté tan pegada a la realidad, que nos duele al situarnos ante el espejo de nuestra hipocresía intelectual. Todavía más cuando sus personajes nos resultan tan cercanos y familiares, que podríamos ser cualquiera de nosotros. De hecho somos cualquiera de nosotros al otro lado del espejo. No es gratuito que el personaje principal se llame Luis Rodríguez, igual que el autor, y que el narrador sea un híbrido entre ambos seres, el real y el ficticio. Porque aun ignorando cuánto de autobiográfico tiene la novela, los tres están íntimamente ligados en una simbiosis que les hace entender la vida de la misma manera, con esa mirada que todo lo disecciona y lo reduce a esencia mordaz, de quien hace lo que hace sin remordimientos morales. Lo que no significa que personaje, narrador y autor, sean seres amorales, que viven en un mundo de libertinaje e indecencia. Simplemente que el libre albedrío está condicionado por la irremediable huella del destino que cada uno transita, y así se acepta sin necesidad de remordimiento. La lectura de “Novienvre” no deja indiferente, pues detrás de una espléndida literatura, se esconde la irreverencia de la palabra frente a la mojigatería de la sociedad actual. LITERATURA.

martes, 11 de junio de 2013

EL AMOR A DESHORA

             
  Antonio Arbeloa es un hombre de la cultura, también de gran cultura, que ya ha publicado varios libros de poesía, ensayos y obras teatrales, además de ser el director del programa cultural de Televisión de Castellón“Página en blanco”. Era irremediable, por tanto, que se decidiera a escribir una novela, y entrar en ese mundo fantástico en el que las palabras construyen historias, que nos transportan por lugares ignotos de nuestra imaginación, en donde la vida sucede de una manera ajena a nuestra realidad, convirtiéndonos en espectadores, a veces cómplices, de acontecimientos y personajes con los que empatizamos, amamos, odiamos y nos emocionamos.
                Es en ese fabuloso mundo de la novela donde Antonio Arbeloa ha entrado sin miedos ni contemplaciones de novelista primerizo, con una novela, “El amor de deshora”, bien armada, que sigue una estructura in crescendo hacia la resolución final; escrita con una prosa cuidada y de lectura ágil. En torno a una trama de novela policiaca, en la que unos asesinos, que actúan movidos por un honor muy primario, ponen en jaque a la policía de España e Italia, va desgranado, magistralmente, como influye el amor en la vida de los personajes, que transitan por la novela marcados por amores eternos, inquebrantables, de esos que se instalan a primera vista en el corazón y ya no vuelven a desocuparlo jamás; y amores que llegan inesperadamente, a deshora, cuando ya a la vida sólo se le pide el olvido de pasiones pasadas, o que la rutina del actual no se haga insoportable.
                Es, por tanto, “El amor a deshora” una novela coral, en la que los personajes se van moviendo, sabiamente, de la mano de Antonio Arbeloa por distintas ciudades europeas entre el crimen ,el honor, el amor y el desamor, cada uno con su historia acuestas, con la vida que les ha tocado vivir, para lo bueno y para lo malo. Personajes que no creen en la salvación por sus actos, sino que transitan por la vida con las cartas de su destino ya echadas, intentando jugarlas lo mejor posible. Una lectura que no defrauda y mantiene el impulso de seguir leyendo, sin cansancio, trufada de un enorme despliegue de referencias culturales.

                

sábado, 1 de junio de 2013

ÁNGEL

Poema de Amelia Díaz Benlliure

Eres bello
pluma de ángel erguido
baile de laurel y máscara
ya vencedor

ojeas con mirada nueva
los cuerpos oscuros de las ninfas
que merodean bulliciosas
tu desnudez

eres bello
ojos-flecha penetrantes
verbo-azul desembocado
bosque-fuego en precipicio
arrasando la maleza que parasita la luz

ese no saber de bambalinas
donde se esconden los huesos
y los fantasmas sin brazos
ya no pueden atrapar
tus palabras de follaje

y tú
ángel-efigie de mármol cálido
rostro-grito que abre el mar

cantas por encima de todas las olas.

domingo, 19 de mayo de 2013

Día Internacional de los Museos



Escrito por José Manuel González de la Cuesta

Hace aproximadamente 10.000 años un grupo de cazadores que se habían asentado al borde de lo que hoy conocemos como Barranco de la Valltorta, se internaban por un estrecha angostura entre dos altas rocas, que daba acceso a las profundidades del barranco donde habitualmente cazaban, para alcanzar un abrigo que colgaba del farallón vertical que cerraba, por uno de los laterales, el barranco. Su asombro fue casi reverencial al encontrarse dibujadas en la pared las escenas de caza que ellos protagonizaban habitualmente. Estaban maravillados al ver que la vida cotidiana que les obligaba a cazar para subsistir se pudiera plasmar sobre una roca de forma tan bella.  Ellos no sabían, por supuesto, aunque algo sí podían intuir, que se encontraban ante una manifestación artística; una forma de arte, que hoy podemos considerar primitivo, pero que era, sin lugar a dudas para aquellos hombres a caballo entre el paleolítico y el neolítico, una obra de arte. Y mucho menos que se hallaban ante uno de los museos más antiguos de la historia, que les hacía tener las mismas experiencias sensoriales, que las que hoy en día pueda tener cualquier urbanita del siglo XXI.
                Desde ese abrigo al aire libre lleno de pinturas de escenas de caza en el Barranco de la Valltorta, hasta nuestros días, han pasado miles de años y la cultura se ha ido refinando y subvertido nuestras conciencias; ha sido uno de los motores sin el cual la humanidad se habría quedado anclada en la Edad de Piedra. Y en esa evolución que nos ha hecho pasar de sofisticados depredadores prehistóricos a sofisticados consumidores de la era cibernética, han tenido mucho que ver los museos. Esos lugares que durante siglos han ido atesorando nuestro patrimonio cultural y científico,  si bien hasta el siglo XVII eran sólo accesibles a las elites sociales y religiosas, hasta que la Universidad de Oxford decide exponer al público la colección que le había donado el anticuario Elías Ashmole, inaugurando el primer museo del mundo, en la idea que hoy tenemos de lo que es un museo. En los dos siglos siguientes los grandes museos que hoy conocemos en Europa: Louvre, Británico, Prado, etc. abrieron sus puertas mostrando colecciones, que en gran parte pertenecían a las monarquías de cada país.
                El mueso, como contenedor de arte o conocimiento, es imprescindible para la divulgación de la ciencia o la cultura. Esa democratización pedagógica que después de la Segunda Guerra Mundial han experimentado los muesos, ha contribuido a convertirlos en actores fundamentales para la transmisión de valores, situándolos en el epicentro de la vida cultural de un país, una región o una localidad. Sin embargo, en los últimos años están sonando demasiadas alarmas, que deberían hacernos reflexionar, aprovechando el Día Internacional de los Museos. El mercantilismo pujante y depredador de la sociedad actual está convirtiendo a los museos en objetos de consumo en sí mismo; no es raro ver que la mercadotecnia y la tienda del museo tienen un valor tan importante como la obra que se expone. Esto representa un problema grave que puede acabar con la propia supervivencia de muchos museos, que al no estar a la altura económica que los poderes públicos y privados consideran, puedan ver en peligro su continuidad, lo que estaría provocando un excesivo protagonismo de exposiciones itinerantes que, gracias a enormes operaciones propagandísticas en los medios, atraen público, con el único fin de la rentabilidad económica. Desde este criterio que asocia museo con consumo cultural y negocio, se está dejando de lado el valor artístico de muchas obras y la apuesta por la función de pedagogía que todo museo debe tener, como instrumento de transmisión de conocimiento. Pero es que también pueden estar en peligro numerosos museos locales o regionales que no entran en ese circuito de negocio museístico, capaz de proporcionar pingües beneficios al capitalismo imperante. No es una suposición este peligro. Ya estamos viendo como los presupuestos dedicados a museos se reducen año a año, por la miopía de los dirigentes políticos, rendidos a la lógica del beneficio económico que el capitalismo y sus tiburones están imponiendo en el mundo.
                Es nuestra obligación denunciar esta situación que puede acabar con el patrimonio cultural y científico condenado a la soledad fría de un sótano, una vez que ya no sea soportable para el capitalismo mantenerlos en esos contenedores, que denominamos museos, que no visitan nadie. Ese es el drama que deberíamos reflexionar en este Día Internacional de los Museos, para que la falta de interés que los poderes públicos muestran hacia la promoción de los museos, se torne en políticas de dinamización cultural y artísticas, que transciendan al beneficio económico. El museo debe ser uno de los ejes en torno al cual gira la cultura de una localidad, fomentando sus colecciones y animando a la participación  de la sociedad, para hacerla ver que el museo es también parte de su acervo vital. No podemos dejar que los museos se conviertan en objetos de depredación capitalista, que sólo tiene como binomio de su interés rentabilizar o liquidar.
                En Castellón tenemos magníficos museos que debemos cuidar y exigir a los poderes públicos su puesta en valor cultural. El Museo de Bellas Artes, con una obra expuesta que todavía no está a la altura de su brillante edificio;  el EACC, que debería volver a recuperar el prestigio de los primeros años, antes de que el puritanismo de cierta derecha regional lo pusiera en cuarentena;  el Museo de Ciencias Naturales de Onda, un museo que es un museo en sí mismo, por ser una muestra del concepto decimonónico de museo de ciencias;  el Museo de Arte Rupestre Levantino de Tirig, que se beneficia de estar enclavado junto a una de las mayores concentraciones de arte rupestre de la Comunidad Valenciana;  el Museo de Arte Contemporáneo de Vilafamés, que es uno de los mejores museos de arte contemporáneo de España y quizá de Europa, un lujo que debemos conservar y dinamizar; y otros muchos que representan el patrimonio cultural de la provincia, y que bien puestos en valor son un reclamo de visitantes nativos y foráneos.
                El arte, la cultura, la ciencia, son elementos sustanciales para nuestra formación como ciudadanos libres y de pensamiento crítico, y los museos ponen a nuestra disposición muchos de los instrumentos necesarios para ello. Pero si dejamos que se conviertan en contenedores de consumo, los habremos transformado en transmisores de valores de la ideología dominante, y si esto es así, acabaremos transfigurados en nuevos androides manipulados a su conveniencia. 

viernes, 17 de mayo de 2013

Tuya es la voz


Escrito por José Manuel González de la Cuesta

“Mi padre me enseñó a amar la poesía”, esta es la esencia de puede resumir el nuevo libro de poemas de Amelia Díaz Benlliure: "Tuya es la voz”. Una advertencia que se recoge en la primera línea de la maravillosa introducción que hace Amelia al libro. Porque con la poesía aprendió a leer, a luchar, a ser solidaria, justa y tolerante. Todo eso se lo enseñó su padre, a quien profesa un inmenso amor, como el hombre que marcó su vida y moldeó la sustancia de lo que ella es hoy. Un hombre que vivió, como Amelia nos cuenta, entre dos lugares para el olvido, a los que nadie debería nunca ir: el hospicio, que le vio crecer y el hospital, que le vio morir, para transitar entremedias por la vida como un hombre hospitalario de las injusticias que él y los otros sufrían, y de los sueños que su hija tenía. Y de este reconocimiento al padre nacen los poemas de Tuya es la voz, porque es él quien habla a través de los versos de Amelia; versos poderosos, enérgicos y llenos de luz en la oscuridad de la orfandad por culpa de la guerra, y la soledad hospitalaria de la enfermedad. No hace Amelia un homenaje a su padre, porque los homenajes tienen algo de distancia, de tributo hacia algo que admiramos, pero que nos resulta externo. Amelia traza el recuerdo de su padre desde sus propias entrañas simbióticas de todo el acerbo paterno que han ido acumulando a lo largo de los años. Y de esta unión surge el grito liberador “Nuestra voz es tu voz……Es tu voz nuestra voz……Tuya es la voz”, que rompe el silencio amartillado por el duelo del recuerdo, de la memoria de una infancia feliz que ella sí tuvo y se le negó a su padre: “Reunidas en un mantel/ todas las hambres”; de las noches de hospital luchando contra la enfermedad, que anuncia como un heraldo de la muerte la despedida: “Avanzaba implacable/el séquito de la muerte./Doscientos/Doscientos dos”. Por ese dejar que hable él, dejando la ventana abierta para que Amelia, al otro lado del alfeizar se desnude ante el padre con otros versos que nos hablan de sus propios sentimientos, Tuya es la voz es un libro que resulta desgarrador, sin concesiones, escrito con versos muy pulidos y hermosos que llegan al alma del lector, con una pequeña luz, una débil linterna que nos anuncia que no todo está perdido: “Los ojos oscuros del camino/saquearon la luz./Mas tú perduras, inmortal, en lo invisible./Con el rostro sereno del que se sabe/caricia en el pensamiento”. Porque mientras el padre habite en la memoria y en la palabra hecha verso, la esperanza de alcanzar su sueño permanecerá viva. “De cada una de mis palabras,/tuya es la voz”.

domingo, 28 de abril de 2013

Mi reino en un libro


 Escrito por José Manuel González de la Cuesta



Mis dos lecturas de la infancia fueron Ivanhoe, esa magnífica novela de Walter Scott ambientada en la Inglaterra medieval, con intrigas palaciegas y aventuras a raudales de su joven y apuesto protagonista, que llenaron mi imaginación, de apenas un niño de diez años, de fantasías maravillosas y momentos inolvidables. La otra, más o menos en la misma época, fue Las Aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain, que hizo que me identificara de tal manera con aquel muchacho, que a pesar de su vida pobre en un miserable pueblecito a orillas del río Misisipi, vivía en un mundo de aventuras infantiles, que se acabaron convirtiendo en tan suyas como mías. Esa era la magia de los libros, que nos transportaban a un mundo imaginativo, donde todo tenía un orden diferente, y lo mismo podíamos ser Jim Hawkins enfrentándose a malvados piratas en La Isla del Tesoro, que Oliver Twist luchando por sobrevivir entre lo más sórdido e hipócrita de la sociedad londinense. Después vinieron muchas otras lecturas que fueron dando forma al intelecto y la cultura, siempre mediante historias fascinantes que nos hablaban de otros mundos, de que hay muchas maneras de ver e interpretar la vida. Lecturas en la soledad de la habitación que se desvanecía conforme las palabras escritas empezaban ocupar todo el espacio de tu cerebro, para viajar más allá de los límites físicos y temporales del cuarto en el que uno se encontraba.
                He tenido la suerte de vivir en una época en la que los libros eran fuente de sabiduría, el alimento intelectual y espiritual que nos formaba como personas. Era una época en la que todavía no había irrumpido, como un elefante en cacharrería, la desafortunada frase: “Una imagen vale más que mil palabras”, que sólo tiene como fondo el interés de constreñir nuestra capacidad de pensamiento a lo evidente, negando toda posibilidad de interpretación propia de lo que sucede. Es cierto que las imágenes cumplen un papel fundamental en una sociedad que reclama información rápida y fácil de digerir, pero no es menos cierto que esta cultura de la imagen ha reducido nuestro interés por leer, que es lo mismo que nuestra capacidad de pensar, de discernir entre lo bueno y lo malo que nos cuentan los libros. Porque cuando leemos tenemos que hacer un esfuerzo de compresión, que exige activar nuestro pensamiento, y hoy es evidente que vivimos en una sociedad bombardeada por miles de imágenes, que están acabando por reducir todo a una asimilación visual de la realidad, rápida y sin memoria (la percepción de una imagen dura lo que tarda la siguiente en aparecer). Hoy sería inimaginable un periódico como El Caso, aquel semanario que nos contaba la crónica negra de España entre los años 50 y 80 del siglo pasado, mediante artículos que nos hacía imaginar el escenario del crimen, metiéndonos tanto en él y en lo que había sucedido, que parecía que estábamos allí mismo, como espectadores de lujo del delito; crónicas que siempre dejaban abierta la puerta de la duda, del misterio, para que los lectores pudieran hacer su propia reflexión sobre lo que leían. Ahora nos conformamos con ver  tres imágenes o un video, generalmente de mala calidad, con el muerto despanzurrado, sin tiempo para la reflexión, ni el pensamiento propio.
                Esta aceleración en el consumo de noticias y la cultura, nos ha conducido a que cada vez se lea menos, que  la lectura sea un esfuerzo que no estamos dispuestos a soportar. Por eso hoy, que se edita mucho, se lee poco, y se edita ligero, para no cansar demasiado al lector. No es una casualidad que estén tan de moda los microrrelatos; para que tener que leer diez páginas si en diez líneas nos han dicho lo mismo. Lo que sucede es que por el camino nos hemos dejado el deleite de la literatura; la belleza de lo contado con esmero y detalle; el placer de imaginar, que no es otra cosa que poner nuestras propias imágenes a lo que estamos leyendo; la fascinación de vivir lo que sienten los personajes, a través de nuestras propias sensaciones; la plenitud de saber que después de la primera página vendrá otra y otra y otra, hasta que nosotros seamos parte de lo que estamos leyendo. Porque la literatura que es empatía, también puede ser rechazo, pero siempre una activación de nuestros sentimientos.
                No significa que hoy no se escriban buenos libros. Los hay maravillosos, novelas que nos transportan en el espacio y en el tiempo, poesías que nos alimentan el alma, ensayos que nos arrojan luz. Me imagino que lo mismo que yo sentía cuando leí la trilogía de “El Señor de los Anillos”, lo habrán sentido millones de niños y adolescentes con Harry Potter. Por suerte, todavía se sigue leyendo, todavía seguimos fascinándonos con historias escritas que nos regalan tardes y noches de satisfacción. Ese mundo nuevo y revelado que muchas mujeres han descubierto en la trilogía de “Las cincuenta sombras de Grey” de E.L. James, se asemejará a lo que experimentaron muchas otras cuando leyeron “La pasión turca” de Antonio Gala. El problema es que hoy es mucho más difícil conseguirlo, porque la competencia que enfrenta a la literatura con otros medio de ocio cultural, sobre todo el audiovisual, es muy grande, en un contexto en el que el número de lectores se va reduciendo.
                La lectura hay que fomentarla, protegerla, facilitarla,  mimarla. Aprovechar cualquier resquicio que la acelerada sociedad actual nos dé para su promoción. Porque en los libros está todo: el conocimiento, la cultura, los sentimientos, el placer y el pensamiento. La literatura se está convirtiendo en uno de los últimos reductos de libertad que existen, al ser nuestra imaginación algo imposible de controlar por el poder. Además leer, en contra de una falsa creencia muy extendida, no es caro, es una inversión en nosotros mismos, y en los tiempos que corren, tenemos que empezar a pensar que un libro no es un formato, es una obra escrita para nosotros, lo que convierte el debate sobre formatos entre papel o digital en baladí y estúpido. Cada uno que elija el que quiera, lo importante es que escojamos uno u otro, o los dos, y nos pongamos a leer. Porque un libro, una vez leído, deja de tener forma y pasa ser sustancia de lo que somos.

Resposabilidad vs. culpa

  Si en una cosa somos campeones los españoles, es en buscar culpables por encima de todo. Nos resulta más interesante señalar con el dedo, ...