lunes, 18 de marzo de 2013

Sin cielo, sin cieno



Comentario de José Manuel González de la Cuesta

El nuevo libro de Marcelo Díaz: “Sin cielo, si cieno” es un poemario de altura, de gran madurez artística, que nos sitúa ante a un artista que se mantiene en el cenit de su carrera, ya larga, pero no por ello menos intensamente fructífera. Porque Marcelo Díaz es un renacentista del siglo XXI, no sólo por su manejo creativo en dos terrenos tan aparentemente distantes como la poesía y la escultura, sino por la vasta cultura que tiene puesta al servicio del arte y de la humanidad, en el convencimiento de que el hombre sólo se salvará cuando se reconozca a sí mismo como un sujeto extraordinario, para la bueno y para lo malo, esencial en el devenir de la vida.
“Sin cielo, sin cieno” recoge el espíritu de una manera de entender el arte, que tiene que ver con cierto expresionismo poético, al transmitirnos a través de los versos que surcan el libro, con una edición sumamente cuidada y original, sentimientos profundos que van más allá de la pura belleza formal y académica. Sus poemas son como paletadas de color poético, al igual que sus esculturas nos hablan de la vida desde la abstracción de la forma, porque es una manera más íntima y personal de transmitirnos las emociones y sentimientos que albergan en su interior. Hay una intención deliberada de esculpir palabras con una belleza que nos trastoca el alma, gracias a una poesía casi matérica, que cierra el círculo de Marcelo Díaz como artista en permanente simbiosis entre la forma escultórica y la forma poética, que nos hace recordar el espíritu informalista: abstracción, expresionismo, materia e inconformismo, de los grandes artista españoles de la segunda mitad del siglo pasado.
Pero “Sin cielo, sin cieno” no es un libro vacío, al modo parnasiano del arte por el arte. Esconde una fuerza espiritual reivindicativa del hombre frente a la codicia, la maldad, y la corrupción del poder. Alza la voz para decirnos que el ser humano tiene esperanza cuando se levanta como defensor de todo aquello: la bondad, la inteligencia, el valor, la justicia, el amor… que le ha hecho la criatura más fascinante de la creación. “La carne se hace verbo y es la vida” nos declama en un verso de uno de sus poemas; un aliento necesario para saber que la vida es un camino lo suficiente hermoso y breve, como para no dejarlo en manos de facinerosos cobardes, porque “llegas a la vida/y ya es ineludible la muerte”.

domingo, 10 de marzo de 2013

Aquellos que fundaron Castellón



Relato de José Manuel González de la Cuesta

Ferrán sujetaba el gaiato con fuerza a las puertas de la muralla que miraba desde el Cerro de la Magdalena al impresionante llano que hacía deslizar la vista hasta el mar.  El castillo se levantaba imponente sobre el ajetreo de los que, hasta ese día, habían sido sus habitantes, que se afanaban en los preparativos de la comitiva que iba a abandonar, por la gracia del rey Jaime, la protección que sus torres, como fieles guardianes que avistaban todo lo que pasaba en la llanura, y sus murallas, protectoras desde tiempos inmemorables, cuando eran habitadas por los muslimes, antes que las huestes del rey las conquistaran para la cristiandad, les ofrecían.  Atrás estaban a punto de quedarse sus años infantiles de juegos despreocupados; la mocedad en la que empezó a trabajar de sol a sol, junto a su padre, arrancándole a la tierra dura de los barrancos, que se empinaban hacia la cima de la montaña, el sustento de cada día; sus esponsales con Isabel, la hija de Nuño el cordelero, y los posteriores nacimientos de sus hijos Isabel, Ferrán y Nuño. Todo un tropel de recuerdos le vinieron del golpe, acentuando su melancolía y la incertidumbre de lo que les depararía el futuro. Pero lo cierto es que en la plana que se abría ante sus ojos la tierra era mucho más fértil y ofrecía mayor prosperidad; así lo habían hecho saber quiénes aprovechando el despoblamiento que habían sufrido esas tierras unos años atrás, al haber sido abandonadas por los musulmanes que las habitaban después de las revueltas que protagonizaron contra el rey, se aventuraron a ocupar las alquerías que habían quedado sin dueño. Ahora que Jaime de Aragón había concedido a su lugarteniente Ximén Pérez de Arenós la Carta Puebla, por la que autorizaba a ocupar cualquier lugar del término real, el momento de abandonar el castillo había llegado, para dirigirse hacia la alquería de Benárabe, lugar elegido para el nuevo asentamiento.
          Eso si el tiempo lo permitía, pues una inoportuna e incesante lluvia estaba retrasando la partida más de lo aconsejable, que siendo un día tan oscuro acabaría por echárseles la noche encima antes de llegar a su destino. Era mediodía y todavía se estaban cargando carromatos y acémilas que transportaran los pocos, pero necesarios enseres, que don Ximén había autorizado llevar. Si la noche les sorprendía con esa lluvia y apenas sin escolta iban a tener serios problemas. Por eso Ferrán, estaba nervioso y el mal humor iba creciendo en su interior, hasta que avanzada ya bastante la mañana la comitiva se puso en marcha por el camino que les conducía a las tierras planas y fértiles de su nuevo destino.
          Bajaban torpemente por culpa del barro que se hizo más intenso cuando alcanzaron la llanura, dejando tras de sí las rocas de la montaña, medio ocultas entre nubes que no paraban de descargar agua, lo que les obligaba a tener que empujar los carros haciendo un esfuerzo enorme que les dejaba exhaustos, sobre todo a los niños, obligándoles a tener que parar más de lo que sería conveniente. Pero iban felices, la nueva vida que se abría ante ellos les daba un plus de ánimo y fuerza que las hacía superar todas las dificultades. Ferrán tiraba con brío de su carromato hecho con pesadas ruedas de garrofera, que se hundía en el barro más de lo que a él le hubiera gustado, mientras sus hijos y esposa, salvo la pequeña  Isabel, que iba acomodada y protegida de la lluvia entre enseres, ayudaban en el empeño. Podía haberse pospuesto la bajada a otro día con mejor tiempo –pensaba-, pero las órdenes del lugarteniente del rey se habían de cumplir sin dilación, además ya habían aguantado bastante viendo como las tierras que desde el cerro se ofrecían a la vista, permanecía a la espera de que alguien las trabajara.
         La comitiva lentamente se iba adentrando en una llanura pantanosa anegada de agua, cuando la noche se les empezó a echar encima. Había que tomar decisiones, los niños y mayores estaban agotados, las mujeres no daban abasto para calmarles y en los hombres el cansancio empezaba a hacer huella. Además el temor a la oscuridad de una noche tan inclemente y lluviosa, y acabar perdidos entre las aguas pantanosas que les rodeaban, empezó a incrementar su desánimo, y las dudas sobre si había sido una buena idea abandonar sus hogares de la protección que les ofrecía el castillo, fueron prendiendo en muchos de ellos. Pero no se podía parar, don Ximén les esperaba en la alquería con todo preparado para su llegada, y la noche, si no seguían avanzando les engulliría entre el frio y la lluvia, quién sabe con cuánta desgracia. Ferrán opinaba que debían seguir, a pesar de ver a su familia al borde de la extenuación, y a su pequeña Isabel en un llanto provocado por el frío y el hambre. Había que seguir y alcanzar la alquería; mientras estuvieran en movimiento el cuerpo no sucumbiría a la derrota.  Repartieron las últimas viandas que les quedaba: longanizas, trozos de los rollo de pan que los niños llevaban colgados alrededor del cuello y vino para coger fuerzas, y buscaron cañas que en grandes manojos crecían a la vera del camino.  En cada gaiato colocaron un farol alimentado con grasa de manteca, una luz que les iluminaría hasta su destino, formando una sirga luminosa que serpenteaba por el camino entre la noche y el agua del marjal, que salvaban gracias a las cañas que usaban para marcar las zonas pantanosas y no caer en ellas.
           Cuando Ferrán vio las luces de la alquería al fondo, y los hombres del administrador real salieron a su encuentro, los ojos se le humedecieron con el grito de júbilo de toda la comitiva. Supo en ese instante que aquel iba a ser su hogar y el de las generaciones futuras de su familia, y prometió ante los suyos que cada año subirían al Cerro de la Magdalena, ese mismo día, tercer domingo de Cuaresma, en conmemoración del sufrimiento que habían padecido. Lo que no sabía era que se encontraba entre los fundadores de la futura ciudad de Castellón. 

viernes, 1 de marzo de 2013

Exposición Grupo Figuración Siglo XXI



De José Manuel González de la Cuesta


Figuración XXI es un grupo de jóvenes castellonenses que han tomado la figuración como bandera, haciendo de ella una reivindicación artística, no tanto porque en esa tensión dialéctica habida a lo largo del siglo XX entre figuración y abstracción, la primera haya sido ninguneada en ciertos círculos artísticos y mercantiles, hasta la poderosa irrupción que el Arte Pop y el Realismo tuvieron desde los años 60, o incluso que algunos de los grandes pintores del siglo, como Edwar Hopper, George W. Bellows, en Estados Unidos, Antonio López, Amalia Avia, o Eduardo Úrculo en España, hayan marcado parte de la historia del arte del siglo XX, sino porque su reivindicación va más allá del mero aspecto formal, tal como exponen en su Manifiesto fundacional: “Este reclamo, viene dado entre otros motivos por una revitalización y un reconocimiento a la figura del pintor de caballete, que se remonta a tiempos inmemoriales dentro de la historia del arte y por supuesto al lado más manual y humano que conlleva el ejercicio de la pintura”. Es una reivindicación del oficio de pintor, una vuelta al clasicismo del caballete como soporte de la obra pictórica. Sin embargo, tienen también un espíritu de vanguardia, reflejado al reivindicar la nueva figuración mediante un  “manifiesto” en el que anunciar cuáles son sus propósitos como Grupo, del mismo modo que las vanguardias del siglo XX hicieron sus propios manifiestos, como gritos al mundo de cuáles eran sus ideas artísticas. Pero El Grupo Figuración XXI no se queda en la reivindicación del aspecto formal de la pintura: “De la misma forma se puede optar por ser “tradicional” en cuanto a la ejecución se refiere y “moderno” en el concepto”, dicen reclamando el derecho conceptual de la pintura figurativa. La apariencia naturalista y explícita nunca ha estado exenta de contenido, continúan expresando en su manifiesto.
         Ahora, hasta el día 23 de Marzo exponen en Castellón, en el Centro Cultural Provincial Las Aulas, donde podemos ver el Pop de Raquel Lara, en figuras y rostros de mujer con una delicada factura cubista no geométrica, que nos habla del arte como una evolución constante, rememorando al gran Roy Lichtenstein’s. Carlos Asensio nos enfrenta ante un realismo que va más allá del puro ejercicio visual, transcendiendo hacia la intelectualización y el concepto que nos quieren expresar esos hombres, jóvenes o mayores, en actitudes gimnásticas que incitan a pensar que la vida está inmersa en una dinámica que sólo se acaba con la muerte. Nacho Puerto nos asombra con el realismo casi etéreo de sus paisajes urbanos, o en la frontera del hiperrealismo surrealista o el Pop, con una belleza formal que deja al espectador desnudo ante sus obras.  Todos ellos componentes del Grupo Figuración XXI, que nos dan la buena noticia de que el arte pictórico sigue vivo en Castellón, que tan buena tradición tiene, siguiendo la estela de Traver Calzada, Luis Prades o Bolumar, con una propuesta expositiva que cierran la fuerza expresiva de las naturalezas de Esmeralda Rodríguez y la materia escultórica postindustrial de Manuel Martí.
         Estamos, por tanto, de enhorabuena, al constatar la calidad artística de estos jóvenes que auguran un futuro prometedor para ellos mismos y para el arte sin fronteras.
        

sábado, 23 de febrero de 2013

Vilafamés. Arte contemporáneo


                                                                                                 Fotografía de: Abiriltu

De José Manuel González de la Cuesta

A finales de los años 60s del siglo pasado, el crítico de arte valenciano Vicente Aguilera Cerni regresa de la Costa Azul donde ha estado trabajando con Roberta González en un futuro libro sobre su padre, el escultor Julio González. Es un viaje de vuelta en el que don Vicente, que va con su hija Mercedes, lleva la cabeza llena de ideas sobre el arte contemporáneo, del que es una experto reconocido internacionalmente, por los días pasados inmerso en la obra del gran artista español, que murió en París en 1942, pero todavía no sabe que está a punto de encontrarse ante el gran proyecto de su vida; de cruzarse con su destino en un pueblecito cercano a la costa de Castellón, que en aquellos años de prohibiciones de lenguas vernáculas, se denominaba Villafamés. Lo que tenía que haber sido una visita fugaz a su tío Paco, acabará convirtiéndose en la ciudad visible para Aguilera Cerni, en un lugar que impregnará su espíritu al encontrarse una localidad encaramada en un alcor del que sobresalen las ruinas de un castillo vigilante de la inmensa belleza de una llanura mediterránea que se pierde, al fondo, en las siluetas de la sierra que cierra el decorado paisajístico.
                Durante ese final de década,  los años 68 y 69, en los que la sociedad española empieza a cambiar sutilmente debajo de la pesada alfombra oficial del franquismo, se juntan dos voluntades poderosas en Villafamés: la de un pueblo que todavía rezuma historia entre sus calles, ruinosas por la dejadez atávica que tenemos los españoles de abandonar lo antiguo, pero cargadas de un esplendor que tuvo que ver con su conquista a cargo del rey Jaime I en el siglo XIII; con ser sede de la orden de Montesa, que traerá una larga disputa jurisdiccional entre la Orden y la Corona, hasta que en 1635 pase a ser una villa plenamente de realengo; o con su resistencia numantina a los ataques y asedios carlistas en el siglo XIX, que tras no conseguir doblegar su espíritu liberal, la dejaron semidestruida. La otra voluntad que se cruza junto a la del pueblo de Villafamés, muy dignamente encabezado por su alcalde don Vicente Benet Meseguer, es la de Aguilera Cerni, que ha encontrado el lugar idílico, sin pretenderlo, para desarrollar un proyecto consagrado al arte contemporáneo, a su conservación y difusión. Quién sabe si este era el sueño que albergaba en el subconsciente desde años atrás. Y es aquí, en la confluencia de estas dos voluntades, donde nace el Museo Popular de Arte Contemporáneo de Villafamés, al conseguir que la Diputación de Castellón compre el ruinoso palacio de Batlle, y tras cedérselo al ayuntamiento y acometer unas iníciales obras de restauración, poder inaugurar en 1972, con apenas 200 obras, la sede de uno de los muesos de arte contemporáneo más fascinantes que existen en España.
                ¿Qué le hace extraordinario al Museo de Vilafamés? Desde una perspectiva social, su carácter popular, a pesar de que hoy haya perdido la denominación de Museo Popular, para internacionalizarlo, sigue siendo un museo del pueblo, no de pueblo, en el que el ayuntamiento y los vecinos tienen un importante papel en su gestión y dirección, lo que ha conseguido que en estos tiempos de crisis, en que la cultura ha pasado a tener la consideración de un gasto superfluo para el Estado y la sociedad, el museo siga vivo y a nadie se le ocurra caer en la tentación de dejarlo morir o cerrarlo. Algo que tiene mucho que ver con la forma en que se gestiona la obra expuesta, un acierto de Aguilera Cerni, que impide estatutariamente comprar obra, evitando así el enorme desembolso que supondría tener que acudir al mercado para actualizar los fondos. De esta forma son los artistas los que le donan obra al museo, bien en depósito temporal o permanente, lo que permite una renovación constante de la obra expuesta, dándole a la exposición la frescura de la novedad permanente.
                Pero lo que hace más interesante al Museo de Vilafamés es su colección, los cuadros que cuelgan de sus paredes, o las esculturas que llenan las estancias, como totems artísticos que nos hablan de cómo ha intentado el arte contemporáneo atrapar el espacio y darle volumen a lo largo del siglo XX. Aunque no hay grandes obras de referencia, ni una profusión de artistas encumbrados por la crítica y el público, esto es sólo una apariencia de  la calidad que tiene el museo. A poco que se va paseando por las maravillosas salas del palacio, uno va descubriendo obras significativas de importantes artistas que, atrapados por la idea del museo, generosamente las donaron. Y si no es este el lugar para ir desgranado nombres, si lo es para afirmar que el arte contemporáneo español, con especial representación del valenciano, de la segunda mitad del siglo XX, está presente en el museo, además de una somera visión de las vanguardias anteriores a los años cincuenta. Desde el informalismo, hasta el arte cinético u óptico, pasando por el pop art, las abstracciones geométricas, el expresionismo tan presente a los largo de estos últimos años, ya sea en su vertiente figurativa, ya sea en su vertiente abstracta. El realismo, que con tanta fuerza volvió a partir de los años setenta; el compromiso social de muchos artistas, que nunca han vivido ajenos a la realidad que les rodeaba; el arte rupturista de los años cincuenta y sesenta que denunciaba el simplismo moral y estético, teñido de moral religiosa y dictadura, que promocionaba el régimen de Franco. Todo está en el Museo de Arte Contemporáneo de Vilafamés, que cuatro décadas después de la visionaria idea de un pueblo y un crítico de arte, ha conseguido que siga vigente su espíritu inicial de convertir una localidad rural en centro internacional de arte contemporáneo, sabiendo entender que las identidades colectivas no solamente están en el pasado, se van construyendo día a día con el presente. Y en esto el arte tiene mucho que aportar.

jueves, 17 de enero de 2013

Hojas de otoño


De José Manuel González de la Cuesta

       Hace algunos años pasé unas vacaciones en la localidad navarra de Beintza-Labaien, lo que me dio la oportunidad de recorrer los Valles Tranquilos, una maravillosa comarca al norte de Navarra, que ahora he tenido la suerte de poder rememorarlos gracias a la novela “Hojas de otoño” del escritor Julio César Cano, que tiene, entre sus virtudes, trasladarnos a aquella geografía de cultura euskaldun, sumergiendo al lector en un ambiente de mística belleza natural, a la vez que lo empapa de la idiosincrasia de sus gentes, en un mundo de relaciones reconocibles hasta la intimidad de sus habitantes. Aquí es donde reside la magia de esta novela, que empieza con la llegada de una joven pareja con niña a la localidad de Zubieta en busca de una oportunidad laboral, que encontrará su destino en la cercana localidad de Donamaría, al cruzarse en su camino un viejo caserón que perteneció a un indiano llamado Miguel Mitxea. A partir de aquí su vida entrará en un torrente de sentimientos, de encuentros y desencuentros, que van a marcar su futuro, sobre todo cuando la historia de Miguel Mitxea les envuelva en un remolino mágico, de misterio y pasiones desenfrenadas, que transcurre paralela a las tortuosas relaciones que establecen con algunos vecinos, igual que ellos foráneos, de la zona. 
         Durante buena parte de la novela la joven pareja vive en dos mundos, uno real, marcado por unas relaciones de amistad difíciles y envueltas envidias y odios inútiles, que nos señala hasta dónde puede llegar la estupidez humana, y otro mágico en la medida que van conociendo la historia truculenta del dueño del caserón, un hombre de la comarca que emigró a Chile huyendo de su destino, y que tras años de éxito económico y amoroso, volvió a los Valles Tranquilos, para reencontrarse con el fantasma de la locura, que creía haber exorcizado al otro lado del océano Atlántico. 
         Hay en estas dos historias convergentes, que son como balizas que señalan el camino de la pareja protagonista hasta encontrarse ellos también con su propio destino, una lección de sobre el lado oscuro de las personas y de cómo las pasiones sin control y los sentimientos desmedidos pueden marcar la vida de cada uno. Pero también de superación ante la mordedura de la iniquidad, aferrándose a las cosas cotidianas, al amor como madero de salvación en el naufragio, y sobre todo nos enseña cómo la vida de otras personas, incluso ya desaparecidas, es capaz de influir en la nuestra.
        “Hojas de otoño”, tiene una forma de narrar distinta para cada historia: la cotidiana y actual de la pareja, que es lineal y bien escrita, y la de Miguel Mitxea y todo lo que tiene que ver con el caserón en el que acaban viviendo nuestros personajes principales, que es de una factura literaria magistral en todos sus aspectos. Julio César Cano ha escrito una hermosa novela sabiendo integrar dos mundos de forma lúcida a través de un personaje misterioso, no humano, en un territorio donde la brujería ha marcado su historia, para lo bueno y para lo malo, haciendo que la novela también respire un cierto halo mistérico. Una lectura que no les va a defraudar.

miércoles, 9 de enero de 2013

La noche de los tiempos



De José Manuel González de la Cuesta

 A parte de los estudios históricos, el pasado de un país también se puede conocer a través de las novelas que hablan de él, porque éstas aportan una mirada de los acontecimientos más introspectiva y subjetiva, lejos del análisis frío de los datos históricos. Y la subjetividad es el retrato de la manera en que los personajes de una novela viven la historia que se está gestando a su alrededor. A nadie se le escapa que novelas como “Tiempo de Silencio” de Luis Martín Santos o “La colmena” de Camilo José Cela, han sido fundamentales para conocer la miseria que se vivía en la España de los años 40, o que “Soldados de Salamina” de Javier Cercas nos muestran una realidad diferente de cómo se vivía la Guerra Civil, más allá de los grandes acontecimientos políticos o bélicos. Las novelas son unas excelentes aliadas de la intrahistoria, esa que se escribe con minúscula, pero que es grande por ser capaz de darnos a conocer la vida en un patio de vecinos o en un palacio de la alta burguesía.
Es esencial, por ello, que la historia esté novelada, y personalmente pienso que el siglo XX español lo está poco, a pesar de tener algunas obras excelentes. Esta insuficiente ficción escrita de lo que ha sucedido en los últimos cien años, nos puede estar dando un visión sesgada o manipulada de los acontecimientos y, sobre todo, de la manera de vivirlos por parte de la sociedad. Por eso la novela de Antonio Muñoz Molina: “La noche de los tiempos” es una obra necesaria en el camino del conocimiento de nuestro pasado. Se trata de una novela valiente al trascender a las banderías que inundaron las calles de Madrid de odios y venganzas, en los meses previos al golpe de estado de Julio del 1936, y el terror instalado en sus calles por las diferentes milicias, sin control, que tomaron la ciudad aplicando la justicia que se ajustaba a su credo político.
Antonio Muñoz Molina, de virtudes literarias sobradamente conocidas por todos, aporta luz a ese periodo de la historia de España, a mi juicio, poco conocido y muy vilipendiado, mediante la construcción de un personaje perteneciente a la alta burguesía republicana, en torno al cual pivota toda la narración. Una aventura arriesgada que solamente consigue a medias, no porque esté mal trazado el personaje y sus vínculos narrativos, sino porque escribe una obra descomunal, de casi mil páginas, que se hace, en algunos momentos, pesada en su lectura, además de la utilización desmedida de párrafos interminables que no dan respiro al lector. No obstante su lectura es gratificante y recomendable,  si nos armamos de paciencia, ya que arroja una luz muy interesante sobre acontecimientos de nuestra historia poco contados, contribuyendo a la narración literaria de nuestro pasado, salvo en lo referente a la relación amorosa del personaje con una joven norteamericana, que si bien es un argumento esencial que sostiene toda la estructura de la novela, resulta tediosa en algunos momentos, por reiterativa y excesiva. Las grandes novelas no tienen porqué acumular páginas si no se puede mantener el interés del lector. Y a esta novela le sobran algunos cientos.



lunes, 7 de enero de 2013

Sueño de una noche de invierno


                                                         Foto: Carlos Ramírez de Arellano

Relato de José Manuel González de la Cuesta publicado en el libro "Cosecha de Invierno", editado por Urania Ediciones en Noviembre 2012.

Jonás estaba sentado frente al ventanal por el que entraba la luz grisácea de una fría mañana invernal, que estrellaba contra el cristal las gotas de una fina lluvia que le provocaba una sensación de desapacible tristeza. Miraba a lo lejos las luces fragmentadas por  miles de gotitas que en ese momento caían sobre la Gran Vía, como si la ventana fuera un gran caleidoscopio que distorsionara la realidad de la calle que, a esas horas de domingo, empezaba a desperezarse con un ligero tránsito de vehículos que circulaban suspendidos sobre el reflejo del rojo y blanco de sus faros sobre el asfalto. Algún transeúnte subía deprisa y encorvado, para refugiarse en sí mismo del frío y el agua, desde la calle Alcalá, perdiéndose en la neblina de la lluvia en dirección a Callao. Solo el edificio de la Telefónica, ese imponente rascacielos que se construyó a finales de los años 20, dándole a la Gran Vía un certificado de modernidad neoyorkina, se mantenía firme ante la crudeza de ese domingo de invierno que azotaba la calle y la ciudad. Todo lo demás que veía le transmitía una sensación de irrealidad fantasmal, de desolación que trepaba por la fachada del edificio, en el que se encontraba, hasta el último piso que ocupaba resguardado tras el ventanal de la habitación, en la que dormía Lola con un sueño tal apacible que le provocaba envidia.

Se sentía solo en el silencio de muebles art decó que decoraban el apartamento que había alquilado meses atrás, cuando llegó a Madrid para impartir un máster sobre arquitectura, impresionado porque todavía existieran edificios que conservaran ese aire señorial de las decoraciones interiores de la arquitectura modernista de los años veinte.

Veía el vestido de Lola por el suelo, la ropa interior tirada por sillas y cómoda, su camisa colgada al albedrío de cómo cayó sobre el sillón, los abrigos y pantalones delatores de la urgencia vivida por el deseo de explorar el cuerpo del otro, de poseerlo como un conquista efímera, pero plena de poder en esos instantes de abrazos convulsivos y besos atropellados, que habían vivido tan solo unas horas antes en el calor de la habitación, por el apremio que marcaba el sexo inesperado, que como un trofeo habían encontrado aquella noche, cuando Lola se acercó a él en un bar con los ojos pícaros de quien se atreve a romper el hielo de un encuentro furtivo, que si sale bien acabará ahogado en alcohol y enrollado entre las texturas suaves de unas sábanas que esconderán el deseo de dos cuerpos entregados y compartidos.

Jonás miraba a Lola como quien se asoma a un misterio por descubrir. ¿Quién era esa mujer que se encontraba plácidamente durmiendo en su cama, bañada por los tonos grises del invierno que se colaban por el ventanal y marcaban las facciones de su rostro con una belleza serenísima? Nada sabía de ella, salvo que aquel cuerpo y aquellos ojos que le habían rescatado de la indiferencia de los bares de copas, le encandilaron nada más verlos. Sobre todo, qué tontería, cuando salieron a la calle y el cuerpo frágil de Lola se acurrucó contra el suyo buscando el abrazo protector del frío y la lluvia, que en ese momento hacían de Madrid una ciudad inclemente, como quien se refugia de los malos espíritus de tantas noches a la intemperie del calor de otro cuerpo, tratando de resguardar el sortilegio mágico del encuentro que, por fin, se ha producido entre el humo y la música de un bar reconocido hasta la saturación.

Bajaron por la calle Fuencarral abrazados, con los cuerpos empapados, que en ese momento eran uno sólo, ajenos al frío y a la gente que huía, quién sabe si de sí mismo o de la soledad del invierno, hasta llegar a la Gran Vía, majestuosa hendidura urbana, que hizo de Madrid una ciudad cosmopolita y abierta al mundo. Entraron en Chicote y el mes de enero se estrelló, nocturno, contra la puerta giratoria, mientras ellos se susurraban palabras de deseo disimuladas en la auscultación de sus vidas entre la suavidad de un  Gin Fizz Ramos, como toque exótico de la noche.

Viéndola dormida entre las sábanas de raso sintió un escalofrío que le subió por la columna vertebral, como si todo el frío de la noche exorcizado por la presencia de Lola, se estuviera cobrando venganza por haberle ninguneado. Un pensamiento helado, que le hizo volverse como si buscara en el ambiente húmedo y frío que se agolpaba tras la ventana la causa de esa corriente que se detenía en el centro de su cerebro, se fue convirtiendo en pánico, un pánico atroz a que Lola se despertase y todo hubiera sido un sueño: El sueño de una noche de invierno. Que se levantara tratando de reconocer las paredes extrañas, los muebles ajenos, al hombre que la miraba fijamente sentado delante de ella, como una aparición surgida del invierno exterior, y una vez resituada en el lugar, recogiera sus cosas con cualquier excusa, y tras darle un beso ausente de calor, siberiano y distante, se marchara de su vida para siempre, dejándole allí, en la soledad de su apartamento art decó, como un ser perdido en su propia abulia de tardes aburridas de invierno, solitario en una ciudad que no sentía como suya, a pesar de ofrecérsele como una meretriz deseosa de engullir entre sus piernas a los recién llegados.

El frío es inhóspito, sobre todo cuando uno vive instalado en la soledad no deseada, y Jonás después de haber bebido tragos de soledad y hielo, sentía que la primavera podía haber llegado a su vida esa noche de pasiones encontradas. Tenía miedo a que todo fuera un espejismo, por eso miraba a Lola deseando que el tiempo se detuviera, que una burbuja les protegiera del invierno que se ensañaba en la calle.

Lola se movió y Jonás contuvo la respiración. Abrió los ojos recorriendo con la mirada la habitación desordenada por el ímpetu sexual de esa noche, hasta que se cruzaron con los de él y sus labios dibujaron una sonrisa de ternura y satisfacción, inundado de calor el corazón de Jonás, a pesar de que en la Gran Vía seguía lloviendo y el frío atenazaba a los viandantes.


Resposabilidad vs. culpa

  Si en una cosa somos campeones los españoles, es en buscar culpables por encima de todo. Nos resulta más interesante señalar con el dedo, ...