viernes, 24 de marzo de 2017

Violencia

                                                                                              Imagen: Autor desconocido

Publicado en Levante de Castellón el 24 de marzo de 2017


El lunes pasado vi en internet un video en el que unos padres, por llamarles algo, se lían a puñetazos en un partido de fútbol de chavales de 12 y 13 años. La verdad, es que me quedé impactado por la brutalidad de las imágenes de esos cafres dándose empellones, mostrando su hombría -cuánto macho descarriado de la educación hay por el mundo- delante de niños, chavales y cualquier persona normal que estaba viendo el partido.
                No es la primera vez que veo una cosa así en un campo de fútbol de categorías inferiores e infantiles. Hace unos años pude presenciar una tangana parecida en Castellón, donde padres respetables en su vida cotidiana  se liaron a tortas, y no por un lace del juego, sino porque desde el principio ambas aficiones de papás y mamás energúmenos, se emplearon a fondo en calentarse mutuamente hasta que una chispa inocua encendió la llama de la testosterona que hace que los machos alfa borren de su cabeza cualquier atisbo de educación y saber estar, para convertirse en animales embrutecidos peleando.
                Me hago una pregunta: ¿Qué está pasando en la sociedad para que cada vez haya más violencia incontenida entre la gente? Quizá haya la misma de siempre, pero ahora nos enteramos más gracias a las redes sociales. Lo que no me consuela, porque esto significa que no hemos avanzado nada; seguimos siendo los mismos cernícalos de siempre, y parece que sin remedio. Podemos echar la culpa a la televisión, que ha colado en nuestras casas dosis de violencia indecentes, no sólo en los telediarios, que transmiten imágenes de una brutalidad exagerada, con la advertencia de que pueden herir la sensibilidad del espectador -si saben que es así, ¿qué sentido tiene emitirlas?-, como si eso fuera una excusa para enseñarnos, con patente de corso, muerte y violencia desmedida; también en los magazines, que en nombre de la audiencia, entrevistan, con desenfado matinal, a personajes que deberían ser repudiados por toda la sociedad, en vez de convertirlos en estrellas televisivas, que es lo mismo que sentarlos a nuestro lado en el sofá. Qué mensaje estamos mandando a la sociedad, de comportamiento cortes y tolerante, cuando día sí y día también en los reality se dan codazos para ver quién grita más que el otro. ¿Sí los famosos televisivos se comportan con esa mala educación, qué podemos pedir a los televidentes?
                El cine nos ha familiarizado con la violencia de tal forma, que ya la vemos como un acompañante más de nuestra vida; y lo que es peor, nos transmite modelos de personajes que utilizan la esta como modo de expresión natural, que indefectiblemente, aunque sea en el subconsciente, son modelos a seguir. ¿Quién puede negar que los padres que se lían a mamporros delante de sus hijos, no están tratando de emular a aquellos, creyéndose que son tan invulnerables en la realidad, como ellos en el cine o la pequeña pantalla?
                Pero no es menor, incluso diría que es causa mayor, el individualismo imperante que se está instalando entre nosotros. Esa idea que nos empuja a creer que nuestro destino es asunto exclusivo de cada uno, lo que convierte a los demás en potenciales enemigos que pueden obstaculizar nuestros planes. ¿Cómo no ser violentos, entonces, cuando el mensaje que nos inculcan es que hay que machacar al otro, en nombre de la competitividad, para conseguir nuestros fines?
                Pero también, hay una tensión violenta instalada en el epicentro de la sociedad, por la gran desigualdad que sufrimos, producto de esas ideas individualistas que se rigen por la ley de la selva, donde sólo sobrevive el más fuerte. ¿Cómo sustraerse a la violencia, cuando vemos que el más déspota y bestia es el que impone su ley? Esa corriente de desigualdad entre ricos y pobres, que está destruyendo la vida de millones de personas, es una fuente tan grande de insatisfacción, que no es de extrañar que nos estemos convirtiendo en una sociedad cada vez más cercana a las manadas de bestias salvajes que habitan en la naturaleza, a las que sólo las mueve los instintos animales más básicos.

                Esta es la sociedad que estamos construyendo, la que estamos enseñando a  nuestros hijos. Luego nos sorprende que unos padres hagan lo que se les inculca, y sólo sepan dirimir sus diferencias en un partido de fútbol a tortazos. Es muy triste, pero es la realidad que vivimos. 

viernes, 17 de marzo de 2017

Feliz Magdalena plena

                                                                                                  Foto: Autor desconocido
Publicado en Levante de Castellón el 17 de marzo de 2017
Escribo este artículo en vísperas de las fiestas fundacionales de La Magdalena en Castellón, que como en todos los sitios van a poner patas arriba la ciudad con el sabor de la fiesta, el olor a pólvora y las ganas de pasarlo bien, por el sentir que muchas personas tiene  hacia sus fiestas, y por la necesidad de romper con la rutina y las preocupaciones de la vida diaria. Así que, bienvenidos sean propios y extraños a estas fiestas que van a asegurar una semana de goce y diversión.
                Las fiestas de La Magdalena, a pesar de que llevo ya un cuarto de siglo viviendo en estas tierras, nunca las he sentido como propias, como una manifestación de mi identidad cultural primaria, esa que se absorbe en la infancia y dura ya para siempre. Decía Rainer María Rilke, que la verdadera patria es la infancia, y creo que es una de las frases más acertadas que se han dicho a lo largo de la historia. No hay más que ver a quienes han nacido en Castellón y llevan en su ADN cultural la esencia de las fiestas, como disfrutan con una emoción que les sale desde lo más profundo de sus sentimientos, frente a los “arrimaos de fuera” que sin dejar de pasarlo bien y divertirse como el que más, nos falta ese cordón umbilical que nos una a la más profundo de la tierra, esa que se mama en la infancia. Aunque también acabamos contagiados por ese espíritu lúdico y colectivo que embarga a la ciudad durante la semana festiva. Quizá, porque en el fondo, uno acaba amando lo que vive y donde vive; la patria también es el lugar que te acoge y en el que eres feliz.
                Todavía recuerdo mi primera Magdalena, cuando el Mesón del Vino estaba ubicado en la avenida del Rey don Jaime y bebíamos caldos peleones (aún no había llegado al país ni a Castellón el culto que hoy se profesa al licor de Baco, ni se había producido la gran revolución enológica que ha conseguido que cualquier vino se pueda beber con un mínimo de dignidad). Aquel primer año, La Magdalena fue para mí un impacto emocional, claro que era veinticinco años más joven y el cuerpo y la mente estaban perfectamente engrasados para la diversión y la desmedida. Entonces, la fiesta era un hervidero de gente en las calles a cualquier hora del día: familias, jóvenes, adultos, niños, abuelos, gente de posibles y gente de imposibles para llegar a fin de mes…  todo un universo de personas que sólo tenían como objetivo pasar en la calle, con sus desfiles, gaiatas, músicos callejeros  subidos a un escenario, puestos de comida y mercadillos, el tiempo que el resto del año estaban desaparecidos de la ciudad. Esa fue la sensación que tuve y la pregunta ¿De dónde sale tanta gente, que el resto del año no se ve? Porque entonces, La Magdalena era una fiesta local y no venía mucho foráneo. Una fiesta viva y muy popular que, además, para asombro de forasteros no tiene su fundamento en un santo patrón, como en la mayoría de pueblos y ciudades que pueblan la geografía española.
                Pero no quiero que piensen que me he quedado instalado en la nostalgia de aquellas primeras fiestas que viví; nada más lejos. La Magdalena es una fiesta que ha ido evolucionando con los tiempos, activa, que ha sabido incorporar los nuevos gustos de la sociedad de hoy, quizá porque está muy unida a la gente, es parte de ella, y según esta cambia, evoluciona. Es cierto que ha pasado unos años que no ha podido substraerse a la corrupción, presunta o no, generalizada que ha sacudido el país, pero ese juicio no me corresponde a mí hacerlo, doctores tiene la Iglesia para hablar de teología. Pero dicen, con perdón por la expresión, que la mierda que no mata engorda; y eso es lo que le está pasando a la Magdalena, que va creciendo año a año en voluntad de pasarlo bien y de hacerlo cada vez mejor.

                Nos veremos en la romería que más me gusta de este país, pues no vamos a recibir la bendición de ningún santo, con todos mis respetos a los santos y quienes creen en ellos, sino a reencontrarnos con el origen de lo que somos en la actualidad, nacidos y venidos de fuera. El punto desde el que partió hace casi ocho siglos la ciudad que hoy es Castellón.  Que pasen ustedes buenas fiestas, sin sentimiento de culpa por los excesos que van a hacer.    

lunes, 13 de marzo de 2017

Sólo son mujeres

                                                                                                  Foto. Autor desconocido
Publicado en Levante de Castellón el 10 de marzo de 2017
Cada año celebramos el 8 de marzo como una fecha reivindicativa de los derechos de las mujeres en igualdad con los hombres, y cada año se repiten las mismas palabras, los mismos gestos y las mismas indignaciones. Es como si el tiempo se hubiera detenido y todo siguiera igual año tras año: violencia machista, brecha salarial, desigualdad profesional… etc. Todo un rosario de afrentas hacia las mujeres que la sociedad está consintiendo, quizá porque los hombres seguimos teniendo el sentido de posesión muy activo, lo que convierte a las mujeres en un objeto sobre el que se tiene la propiedad de decidir qué hacer con él; no debemos olvidar que el mundo sigue estando gobernando por hombres o, en algún caso, por mujeres que se comportan como hombres, y las leyes son y están hechas para y por los hombres.
                Nos escandalizamos por cada atentado violento que sufre una mujer, y sin embargo no hay un clamor social para que la violencia de género tenga la misma calificación jurídica y social, que el terrorismo. O cuando un diputado polaco lanza exabruptos contra las mujeres dignos del siglo XIX, y sin embargo, ante unos calificativos que deberían haber hecho levantarse a todas sus señorías dejando con la palabra en la boca al energúmeno que estaba hablando,  nadie abandona el hemiciclo y los medios de comunicación van prestos a que sus ideas cavernícolas queden bien amplificadas por todo el continente. Nos escandalizamos, hasta que cada acto denigrante que se ejerce contra las mujeres vuelve a caer en el olvido, quizá porque vivimos en una sociedad tan cortoplacista que nuestra vida se ha convertido en una amnesia permanente de todo lo que haya pasado un minuto antes, o quizá porque, en el fondo, seguimos bebiendo tragos de ese machismo que nos han inoculado desde el poder, porque, no nos engañemos, en nuestra sociedad el poder sólo se mantiene si es machista en el sentido amplio de la palabra, es decir, si puede someter a su dominio, violencia incluida, a la mayor parte de población posible, teniendo las mujeres el doble sometimiento de la transversalidad a todas las clases sociales. Miramos cada acto de desigualdad, sintiéndolo como algo ajeno. A fin de cuentas, sólo son mujeres, por eso en el último barómetro del CIS, el problema de la violencia machista sólo le preocupa al 1,6% de los españoles.
                Tratamos de buscar soluciones a corto plazo de un problema que tiene su origen en el mismo principio de nuestra civilización, que se fundamentó,  no me cabe la menor duda, en la fuerza que les daba a los hombres ser lo cazadores, y por tanto, los que llevaban el alimento a la tribu (no hemos cambiado mucho, como pueden ustedes ver). Sin embargo, más allá de las necesarias medidas urgentes que la sociedad debe acometer para acabar con los casos más graves de machismo y violencia, el problema sólo se puede resolver a largo plazo, mediante la educación que sistemáticamente se nos ha hurtado a las generaciones actuales. Una educación en igualdad que hiciera que hombres y mujeres, en un futuro, estuvieran en el mismo plano de consideración mutua, legal y social. Yo sé que esto es revolucionario, por ello los grupos más conservadores de la sociedad, que tristemente suelen ir unidos a cualquiera de las religiones que se profesan en el mundo, no cejan en su empeño para que desaparezcan de los programas escolares asignaturas que eduquen a niños y niñas en igualdad. Además, si el poder abre la mano para que una de las mayores injusticias desaparezca gracias a la educación, quién le asegura que no va a ocurrir otro tanto con las demás desigualdades que se ocupan de mantener.

                Podemos protestar por grandes iniquidades o graves sucesos, es necesario hacerlo, pues la sociedad civil se alimenta, entre otras cosas, por ser la vigilante de los desmanes del poder. Sin embargo, nos encontramos ante un desafuero compartido, bidireccional entre el poder y nosotros. Hay muchos comportamientos que pasan desapercibidos; demasiados actos de dominio y sumisión entre hombres y mujeres; pequeños micromachismos en lo que sí podemos incidir, liquidar, romper esa dinámica de miles de años que nos sitúa a los hombres por encima de las mujeres, sin que muchas veces seamos conscientes de ello. Está bien que discutamos sobre el machismo con mayúscula en el lenguaje, en el mundo laboral, en la cultura, en el deporte, en todas y cada una de las actividades que desarrollamos diariamente, pero si nosotros no cambiamos en nuestro comportamiento cotidiano; si no exigimos, por ejemplo, que la Real Academia de la Lengua acabe con definiciones denigrantes para la mujer, pero que están ahí, porque el lenguaje se ha construido desde la visión que los hombres y el poder tienen de la sociedad , como la de sexo débil: “conjunto de mujeres”; o que a una mujer no se la despida porque no lleva tacones al trabajo o va sin pintar. Si no conseguimos esto, seguiremos celebrando cada año el 8 de marzo, con las mismas reivindicaciones, porque la igualdad se ha parado en el tiempo o está en claro retroceso. 

domingo, 5 de marzo de 2017

Muerte a Montesquieu

                                                                                                      Imagen: RUNRUN.ES
Publicado en Levante de Castellón el 3 de marzo de 2017
No se sabe a ciencia cierta dónde está enterrado Montesquieu, aquel pensador francés, no sé si se acuerdan de él, que en el siglo XVIII se le ocurrió la feliz idea de que pensar que el estado tiene tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial, y que estos debían estar separados, para el buen gobierno de las naciones. Imagínense ustedes, en aquel momento de monarquías absolutas y cortes esplendorosas de damas empolvadas y miriñaques; y caballeros con casaca, chaleco, chorreras y pelucas de bucles. Aunque, todo hay que decirlo, no creo que las ideas de Montesquieu tuvieran un efecto significativo en el pensamiento de la época, más allá de los círculos enciclopedistas, rendido al despotismo ilustrado de todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Pero la semilla que más adelante tomó cuerpo como liberalismo político ya estaba echada.
                La anécdota de esto, como decía al principio, es que no se sabe bien en qué lugar reposan sus restos, si en la Iglesia de Saint-Sulpice o en el cementerio, hoy desaparecido bajo los edificios, que había entre las calles de Vaugirard y Jean Ferrandi de París, cercanas a la iglesia, cosa extraña en una sociedad que adora a sus grandes personajes. No obstante, en tiempos en  que lo democracia se está convirtiendo en una sistema estético en detrimento de la ética, a algunos no les vendría mal que sobre Montesquieu y su separación de poderes, cayera una losa de olvido tan grande como la confusión que existe sobre el paradero de sus restos.
                Que la divisoria entre el poder ejecutivo y el legislativo ha desaparecido en nuestra democracia hace ya bastante tiempo, es algo ya sabido por la mayoría de la ciudadanía. Sobre todo en un país como España, donde el parlamento se ha convertido en un felpudo de los intereses del gobierno, limitándose a aprobar las leyes que este elabora, sin solución de continuidad. Esto se produce cuando hay un Partido muy mayoritario o con mayoría absoluta, que sólo tiene como misión parlamentaria hacer que todas las propuestas del gobierno triunfen. El propio sistema está diseñado para que así suceda, al no tener los diputados libertad de voto, teniendo que plegarse a los dictados de sus Partidos. Pero también, en situaciones como la actual, en las que estando el gobierno sustentado por un Partido en clara minoría parlamentaria, ninguna de las resoluciones que se aprueban en el Congreso le obligan a que las cumpla. El resultado es que ha desaparecido la capacidad legislativa del parlamento y el control que este debe hacer sobre cualquier ejecutivo. “Pulvis est” para la separación de poderes.
                La liquidación definitiva de la idea de Montesquieu ha venido estas semanas con el descarado intervencionismo del consejo de ministros sobre el poder judicial, más allá de la sospecha que veníamos teniendo; en demasiadas ocasiones algo más que una sospecha. ¿Cómo podemos interpretar si no las denuncias de fiscales sobre las presiones que vienen sufriendo a cuenta del rosario de delitos por corrupción que entran un día sí y otro también en los juzgados? Qué el fiscal general de Estado haga una remodelación de la fiscalía, liquidando fiscales que están haciendo un trabajo escrupuloso contra la corrupción, para sustituirlos por otros más afines ideológicamente,  sólo se puede interpretar como una injerencia en el poder judicial que desvirtúa la democracia. Recordemos que la fiscal general lo nombra el ejecutivo, otra intrusión que limita la separación de poderes. Por no hablar de las presiones que se ejercen sobre la judicatura, con el ánimo de torcer las resoluciones judiciales en beneficio de aquellos afines al poder político.
                Uno se queda pensando qué diría Montesquieu de todo esto si levantara la cabeza y, después de averiguar dónde está enterrado, viera lo que está sucediendo con sus ideas sobre la separación de poderes, cuando ministros se reúnen con amigos enjuiciados, para que otra cosa que intentar favorecerles ante los jueces;  o un ministro de justicia justifica que jueces y fiscales no afines a su causa sean apartados de su puesto; o cuando al parlamento cambia leyes que le son perjudiciales a quienes forman el gobierno.

                Nuestra democracia presenta graves problemas de funcionamiento. Deficiencias que tienen que ver con un poder que trata de acapararlo todo, implantando un modelo oligárquico, con la apariencia de democracia. Es como si estuviéramos haciendo el camino a la inversa de lo avanzado en estos dos siglos, y nos dirigiésemos felices y contentos hacia un nuevo despotismo ilustrado. 

martes, 28 de febrero de 2017

"El imaginador de pinturas" de Joan Feliu

               
Después de leer “El imaginador de pinturas” (Unaria 2016) de Joan Feliu, me ha quedado la agradable sensación de haber asistido a una clase de arte, pasándolo estupendamente. No de una clase cualquiera, de esas que se dan en las universidades, para que conozcamos el arte y sus artistas, no. Joan Feliu, con un despliegue nada pedante de erudición, nos enseña todos los trucos y técnicas para convertirnos en buenos falsificadores. Tomen nota. Porque la gracia de esta novela es que salvo los personajes, el paisaje y la historia que cuenta, todo lo demás es cierto. Quiero decir, que si es usted un alumno aplicado, puede dedicarse a dar gato por liebre, en los ámbitos artísticos del mundo, después de leer esta magistral lección sobre cómo falsificar un artista y luego que parezca genuino. Todo un mérito del autor, a quien se le nota que de arte sabe y mucho; y a tenor de lo leído, también sabe escribir.
                “El imaginador de pinturas” parte de un hecho constatable: que la admiración que nos produce el arte no es capaz de discernir entre lo verdadero y lo falso, ni siquiera para grandes expertos y/o avezados miembros de la benemérita. Quizá porque, como explica el capitán Halcón: “El gran descubrimiento de Rovere no está en la copia del original, sino en la creación de un falso original”. Este es el quid de la cuestión de la novela: como crear una obra de arte con técnicas de falsificación, que parezca hecha por el verdadero artista, y cómo colarla en el cerrado y exigente mundo del coleccionista. 
                Juan Rovere, el falsificador que nadie es capaz de poner cara, ni siquiera su perseguidor y primer admirador, el capitán de la Guardia Civil Manuel Halcón, sabe muy bien todo esto, por eso ha llegado a ser el número uno. Sabe jugar con la codicia, la vanidad y la avaricia del poder, ya sea en su vertiente económica, política e intelectual. Ahí es donde está su éxito, no tanto en la calidad de su creación falseada, sino en su capacidad para excitar la hormona del placer que activa el poder, y qué duda cabe, que poseer una obra de arte única, funciona como un chute de dopamina para muchos que se sienten llamados por la divinidad a ser y tener más que nadie.
                Todo el proceso se lo va enseñando Rovere a la hija de su antiguo socio ya fallecido, Linda; una estudiante, recién salida del horno universitario, pero que enseguida se da cuenta que se encuentra aprendiendo de Rovere como pez en el agua.  Este, si al principio pone alguna pega, se deja llevar por la testosterona que produce saberse poseedor de un conocimiento único, que le permite lucirse ante una chica joven, guapa e inteligente. Es de esta manera, mientras ejecuta la obra de su último gran engaño, como nos va enseñando a convertirnos en falsificadores, mediante las explicaciones que le va dando a Linda. El círculo de esta clase magistral se cierra con el capitán Halcón, alguien cuyos conocimientos sobre arte y falsificaciones están a la altura de su delicuete preferido, al que sueña apresar, para demostrarse a sí mismo que él, a pesar del traje verde, es digno de sus conocimientos.

                    Joan Feliu escribe una espléndida novela, sin pliegues y fácil de leer, lo que se agradece dada la complejidad del tema que trata. Si bien al principio, puede apuntar a una novela del género policiaco, nada más lejos; ni siquiera creo que el autor haya pretendido esto. La narración crece por caminos muy distintos, introduciéndonos en ese mundo tan desconocido de las falsificaciones artísticas.  Tanto, que después de haberla leído, ya no sabremos, cuando nos pongamos delante de un cuadro, si realmente está facturado por el artista que lo firma, o es una magnifica creación del Juan Rovere de turno. Esa es la gracia de esta magnífica novela.

sábado, 25 de febrero de 2017

¿Quién mata al capitalismo?

                                                                                           Imagen: Autor desconocido
Publicado en Levante de Castellón el 24 de febrero de 2017
El gran capitalismo vuelve a la carga. No nos ha de extrañar si el presidente de la nación más poderosa del mundo, aunque ya en decadencia, como todos los imperios, es uno de los empresarios más grandes de los Estados Unidos y ha formado un gobierno exclusivo de una élite empresarial, millonaria y ultraconservadora. Claro que no ha tenido que romper ningún molde, puesto que el capitalismo salvaje ya lleva instalado en el mundo occidental unas cuantas décadas, con el beneplácito de una clase política que ha desertado de sus funciones de gobernar para el bienestar de la mayoría, y con una sociedad rendida a la zanahoria del consumo, cada vez más potencial, hasta el punto de vivir narcotizada por la erótica de un poder que sólo piensa en sí mismo.  Diciéndolo con otras palabras: El gran capitalismo avanza con paso firme, porque la sociedad occidental, es decir, usted y yo, hemos dimitido de nuestra condición de ciudadanos, para convertirnos en consumidores. Esto no es una ocurrencia; tiene profundas y graves consecuencias sociales, como todos podemos estar viendo y viviendo.
                No es que yo esté en contra del capitalismo. Ni mucho menos. Eso sería como estar en contra de la propia esencia de la naturaleza humana, en la que la libertad para intercambiar productos, ideas, bienes y cultura nos ha acompañado a lo largo de nuestra historia de muy diferentes maneras y con distintas formas de gobierno. Leía no hace mucho un artículo del historiador e hispanista francés Joseph Perez: “Reforma y catolicismo. Ataque desde el norte”, en el que citando a R.H. Tawney, otro historiador, pero este anglosajón, pone en cuestión las tesis Max Weber en “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, tan extendida por occidente durante el siglo XX, por las que el pensador alemán asocia el nacimiento del capitalismo a la Reforma Luterana y la expansión por el norte de Europa del protestantismo. La tesis de Tawney, es que esta idea es falsa e interesada, y que sólo tiene como objetivo imponer el poder de los países centro/norte europeos, protestantes, sobre los católicos del sur, algo que todavía hoy seguimos sufriendo; sólo hay que mirar que Europa está dividida en dos bloques norte /sur (esto tómenlo como referencia), y es el norte el quien marca el paso de las políticas economías al resto del continente.
                El capitalismo viene de mucho antes. Para Tawney nace en la Italia Medieval, en el entorno de las ciudades mercantiles, como Génova, Florencia o Venecia. Incluso, quién  puede negar que en la antigua Roma había una forma de capitalismo no muy lejana a los modelos que ahora conocemos. La propia Castilla, en la baja Edad Media, es rica en ferias comerciales (qué es el capitalismo sino comprar y vender) de tanta importancia, que es en Medina del Campo en 1553, donde se gira la primera letra de cambio, con un concepto moderno, es decir, como instrumento financiero: un cambista recibía dinero de un comerciante y emitía un documento, por el cual se comprometía reintegrarlo en otra plaza. Sin ir tan lejos, la Loja de Valencia fue un espacio mercantil donde el capitalismo se desarrollaba a pleno pulmón durante los siglos XV y XVI.
Quiero decir, que no nos devanemos los sesos, el capitalismo ha existido y existirá. De lo que se trata es de ver qué capitalismo tenemos o queremos. En la actualidad el capitalismo coexiste con diferentes formulaciones políticas: liberalismo, nacionalismo, dictaduras de todo tipo, democracia, etc. Personalmente, me quedo con el capitalismo social que se ha venido practicando en Europa durante la segunda mitad del siglo XX, hasta que el los gobernantes europeos, tristemente con nuestro apoyo, se han empleado a fondo para convertirlo en capitalismo salvaje. Quieren hacer de nuestra sociedad en una selva en donde sólo sobrevive el que más fuerza destructora del prójimo tiene. Un mundo cargado de violencia latente, que nos coloca a los pies de un gran conflicto bélico, que como hemos podido ver en el último siglo tiene como objetivo último depurar todos los desajustes cíclicos que el capitalismo tiene.

El fracaso de todos los ismos que han tratado de destruir el capitalismo, nos debería hacer pensar que más vale que la sociedad se replantee que es mejor reformarlo que destruirlo. Por lo menos, cuando se ha humanizado con políticas que han tratado de regular sus desmanes, a todos nos ha ido mejor y la riqueza ha estado más distribuida.  Y para eso, lo que se llama la sociedad civil, tiene que despertar de su letargo y activarse. Sin este contrapeso, el poder siempre caerá rendido a los pies del capitalismo y sus intereses.

sábado, 18 de febrero de 2017

Saturno y la izquierda

                                                                                     Imagen: Giulia Lama 
Publicado en Levante de Castellón el 17 de febrero de 2017
Finaliza PODEMOS su Congreso, Asamblea en la jerga de la nueva política, y todo sigue igual; nada ha quedado claro, a pesar de la aparente victoria del modelo pabloiglesias y la derrota, sin aplastamiento, del modelo, iñigoerrejón.  Porque aquí, salvo que los anticapitalistas han quedado reducidos a ascuas por el incendio dual atizado por el resto de dirigentes y militantes en redes sociales, recomponer la unidad del Partido se barrunta una tarea muy difícil, que va a necesitar de un moderador con mucha mano izquierda, y no precisamente de la que se hace gala en PODEMOS.
                Hemos visto como el mesianismo cainita tan apegado a la izquierda ha vuelto a desintegrar las esperanzas de muchos miles de personas, que habían depositado su confianza en una formación que se presentó como la auténtica alternativa de cambio en España. Hemos escuchado gritos de ¡Unidad!¡Unidad!, como si la unión de la “gente”, antiguamente “clase obrera” , fuese un maná divino caído del cielo, capaz de aunar las voluntades de todos, sin más dialéctica, en el camino hacia la victoria final. Y hemos visto como, al igual que en el pasado, la izquierda sigue siendo una sucesión de enfrentamientos internos, capaces de destruir cualquier intento de alcanzar el poder, y cuando lo han conseguido, el látigo de la fraternidad ideológica no ha tardado en fustigar a todos los hermanos díscolos del pensamiento oficial (aunque en descarga de ella, lo mismo sucede en la derecha, cuando se trata de atrincherarse en el poder)
                La realidad es que PODEMOS sale de Vistalegre con heridas profundas y con algunos acerados militantes dispuestos a que no se cierren e infligir un duro castigo, digno del mejor centralismo democrático, a los que ellos consideran traidores a sus ideas. Es tanto el egocentrismo de cierto izquierdismo que no pueden soportar que alguien les lleve la contraria. Hay tanto mesías dispuesto a redimirnos de nuestros pecados; tantos inveterados activistas que se han dedicado en las redes sociales a destruir a sus otrora lideres incuestionables, que toda esperanza construir una sociedad más justa, igualitaria y honesta, se puede hundir como un castillo de naipes. A no ser que la cordura se imponga y lo que no se ha conseguido coser antes de Vistalegre, lo empiecen a tejer ahora con todo el cariño del mundo y respeto que deben a esos cinco millones de votantes que confiaron en ellos. Habrá que ver cómo digieren todo esto, en un tiempo en el que ya asoman los preparativos de listas electorales, para las elecciones que se avecinan.
Tampoco está mejor la otra izquierda, no exenta de conflictos internos y mesías dispuestos a salvar los restos del naufragio. Curiosamente aquí, quienes se ofrecen como solución a los males que padecen, son algunos de los mismos que han provocado el destrozo. Con lo cual, es posible que el fuego se avive más después de mandar a un cuerpo de bomberos con mangueras de gasolina. Es el mismo guion que en PODEMOS, peor, si me apuran, porque aquí los vicios y mochilas del pasado son enormes, tanto que nadie se plantea mandar a casa, sin exclusión, a todos los actores de ese Titánic que se empezó a hundir en los últimos años del gobierno de Zapatero, y renovar dirigentes capaces de rediseñar un PSOE del siglo XXI, lejos de los modos y los agrietados líderes del siglo pasado.

                El asunto es que tanto cainismo en la izquierda, por mucho que estemos acostumbrados a ello, no deja de ser cansino y poco eficaz, en un mundo que exige soluciones sin mirar quién las ofrece. El tiempo de las grandes adhesiones ideológicas ha pasado a la historia, por lo menos en la actualidad, y ver cómo la izquierda pone más énfasis en despedazarse entre ella por dentro y por fuera, que en combatir al unísono los males que aquejan esta sociedad,  produce sonrojo y desazón. Mientras, la derecha sigue su camino triunfal, quizá gracias a la unidad que da el pegamento del poder o porque ahora no necesitan ningún mesías que les saque de apuros, asomándose a un horizonte despejado de obstáculos, que han sido barridos por la estupidez fratricida de la izquierda., que como Saturno no para de devorar a sus hijos.      

Resposabilidad vs. culpa

  Si en una cosa somos campeones los españoles, es en buscar culpables por encima de todo. Nos resulta más interesante señalar con el dedo, ...