Hoy es el Día del Libro, y como
escritor me pregunto si merece la pena seguir escribiendo. Si merece la pena
pertenecer a una profesión en la que el libro sólo tiene valor como mercancía en
un mundo donde todo se monetiza, otorgándole a los escritores valor, no por la
calidad de sus obras, sino, principalmente, por la cantidad de libros que sean
capaces de vender, para engordar las cuentas de resultado de grandes editoriales,
cadenas de librerías, medios de comunicación y redes sociales, lanzados,
decididamente, a promocionar sólo aquellos libros que pasan primero por la caja
de la publicidad, sin importar la calidad de estos.
Me pregunto, si los escritores
nos hemos convertido en agentes de venta, si queremos que nuestra obra tenga un
mínimo de lectores, muy mediatizados por una industria monopolizada por grandes
grupos empresariales, que tienen editoriales, cadenas de televisión y radio,
prensa escrita, críticos literarios y redes sociales, al servicio de quienes
ellos deciden que pueden ser un filón de ventas. Un negocio que, en muchos casos,
pregunta o indaga cuántos seguidores tienes en la redes sociales, antes de aceptar la obra que les has enviado,
independientemente de si es buena o mala. Todo al servicio del bussines
y no de la literatura. Con esto no quiero decir que no haya escritores o escritoras
en estos grandes grupos, que se han ganado a pulso su éxito, por la indudable
calidad literaria de sus obras.
El oficio de escritor es una
nebulosa cada vez más gaseosa. Hay un núcleo sólido en el que, de momento (ya
veremos con la irrupción de la IA), estás tú solo frente a ti mismo. Es esa
intimidad que te ofrece estar dándole vueltas durante un tiempo a una novela,
un ensayo, un poema o una obra de teatro; sentirse, como un llanero solitario,
frente a la pantalla del ordenador o el papel en blanco, buscando la manera de contar
lo que te bulle en la cabeza. Un trabajo hermoso, que nos hace libres, porque en
ese acto podemos escribir lo que queremos, como queramos. Sin embargo,
finalizado ese trance íntimo de creación, el gas se empieza a expandir en un
proceso que escapa a nuestro control y nos deja al albur de otros intereses, absolutamente
ajenos a nuestra obra. Ha sido así siempre. El escritor, la escritora, han tenido
que buscar quien les acepte su obra, para ser publicada. Pero una vez aceptada,
era la editorial, confiando en la calidad de ella, la que se encargaba de todo.
Ahora, en estos tiempos de rentabilidad y vellocino de oro, a la gran mayoría
de los escritores/as se les deja al albur de sus capacidades de venta, si
quieren que su obra se lea, incluso a muchos de los que publican con grandes
editoriales.
No obstante, merece la pena pertenecer
a este oficio. Porque el libro, desde que existe la escritura, ha sido fuente
de conocimiento, ayuda, distracción, sabiduría, necedad, pasión, sentimientos
encontrados, emociones y registro del devenir de la historia de la humanidad.
Merece la pena escribir y procurar pulir tu obra, porque el lector, la lectora,
no se merece enfrentarse a una obra que no esté bien escrita, al margen de que
les guste más o menos lo que están leyendo. No hay nada más gratificante que
cuando alguien lee tu libro, al cerrarlo tenga la certeza de que no ha perdido
el tiempo: bien porque se ha divertido, porque ha aprendido cosas, porque se ha
emocionado, o por vaya usted a saber qué. Por eso merece la pena ser un ser sólido
frente al ordenador, que se va a convertir en gaseoso cuando la obra está terminada.
Dicho lo anterior y a pesar de
todo ello, me gustaría felicitar hoy, en el Día del Libro, a todos, todas, los
que sí creen que el libro es algo más que un apunte en la contabilidad o un
dato en el telediario. A todas las que se sientan a leer y se evaden de la
realidad que les rodea; a todas y todos que no paran de imaginar historias,
para entregárselas al mundo; a quienes día a día levantan la persiana de su
librería o se dejan los ojos leyendo manuscritos que puedan ser editados. En definitiva,
a esa comunidad, que en un mundo gobernado por la imagen, la velocidad y la simplicidad
de los mensajes, es capaz de hacer el esfuerzo de sentarse a escribir o leer, y
encima les gusta.

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