sábado, 5 de julio de 2014

EL RUMOR DEL VERANO. La incertidumbre de la pubertad.

                                                                                                Imagen: Joaquín Sorolla
Publicado en Levante de Castellón el 4 de Julio de 2014
Escrito por González de la Cuesta
El verano apunta, clarea tímidamente en el horizonte, pero sin llegar a asentarse con esa canícula infernal, que otros años, por estas fechas de Julio recién nacido, agosta los campos, abrasa la arena de la playa y dilata nuestros cuerpos sofocados por días y noches de calor imposible. Amaga, pero no golpea todavía. Amenaza inocentemente, como si estuviera en una pubertad inconsciente de días iniciáticos en los que debe demostrar que es capaz de sobrevivir a sí mismos, entre soles que se estrellan contra la superficie lisa del mar, y vientos que soplan de levante.
                Es este, por tanto, un verano púber, como lo fueron otros veranos, para adolescentes que encontraron en la orilla de un mar que iba a morir en olas espumosas, sobre las cálidas arenas de una playa tostada por un Sol estival, el camino que les conducía de la infancia hacia una adolescencia sobresaltada de hormonas. Veranos que supusieron una ruptura de la placidez infantil, para adentrarse en la oscuridad cargada de dudas e incertidumbres de la pubertad, que convertía en mozos a niños, que entraron en el estío ahítos de sueños infantiles y salieron abrumados por las nuevas sensaciones que habían experimentado durante días de Sol y pereza, de nuevos encuentros y amores tan breves como intensos, que les enseñó a beberse la vida a sorbos de deseo, decepciones y ganas de vivir y morir de desamor.
                Es en verano cuando un niño de diez años, protagonista de la novela de Erri de Luca: “Los peces no cierran los ojos”, encuentra en una playa cercana a Nápoles, un nuevo camino que le alejará de la infancia, en el que transitan la crueldad postinfantil de sus colegas veraniegos, el amor puro por una niña de la que se enamora perdidamente sin saberlo, y la certeza de que la vida es un aprendizaje constante, que no tiene vuelta atrás. En la playa, junto a su madre, y el recuerdo nostálgico de su padre, que se marchó a Nueva York en busca de una vida mejor, vivirá la experiencia del primer beso, ese beso que supone una ruptura con los besos maternales que hasta ese momento había recibido, y le enseña que el amor es un sarpullido que invade todo el cuerpo, que ni siquiera su madre puede aliviar. Pero también que la vida es una lucha por la supervivencia, a la que tiene que enfrentarse sin miedo, como le enseñará el pescador con el que traba amistad. Una vez más el verano, con sus días largos y sus noches de ensoñaciones, hace de maestro de ceremonias en la puesta de largo del fin de la infancia y el principio de la pubertad.
                En un final de verano de postguerra en España, Dani el Mochuelo, se da cuenta que su infancia a muerto, y los recuerdos de esos años felices le afloran en una noche de insomnio, antes de partir para seguir sus estudios en la ciudad. Así nos lo cuenta Miguel Delibes en su novela “El Camino”, en la que una galería de personajes y situaciones pasan por la cabeza de Daniel, inundando su desvelo, por la incertidumbre de su nueva vida, que va a cambiar, a sus once años, para siempre.
                En otro verano de 1953, la adolescencia se muestra en todo su esplendor en el Hotel Voramar de Benicasim, mientras Berlanga rueda su película “Novio a la vista”, con el hotel de fondo, como escenario. Una joven bellísima, con toda la carnalidad del fin de la pubertad, muestra sus encantos en la playa, perturbando las mentes de los hombres del régimen que veranean y merodean por el hotel, y de Manuel, el muchacho protagonista de la novela de Manuel Vicent: “León de ojos verdes”, que quiere ser escritor, y sucumbe platónicamente al deseo que le produce esa chica llamada Brigitte. Junto a un mar embebido por la placidez veraniega, la muchacha se pasea en bikini, el primer bikini visto en España, hasta que la moral de la época, que mira de reojo no exento de lujuria, antes de escandalizarse, envía una pareja de la Guardia Civil para que le hagan saber a la niña Brigitte, de apellido Bardot, que se tape las partes pudendas de su cuerpo, que estamos en la España de Franco, para desazón de Manuel y sus fantasías oníricas, que pensaba plasmar en papel. Un Manuel que está a punto de pasar la frontera de la adolescencia y vive esa verano como una libación de juventud, con un viaje iniciático incluido a las Islas Columbretes, en busca de un tesoro que yace en el fondo del mar, de la mano de un coronel del ejército, que no es más ni menos, que el viaje de un adolescente por las cálidas, a la ida, y bravías, a la vuelta, aguas mediterráneas en busca de sí mismo.

                Es el verano junto al mar el que ha llevado a muchos infantes a vivir experiencias que han cambiado sus vidas, y se recuerdan siempre. Mismamente, mi primer contacto con el mar fue en la playa del Gurugú de Castellón. Tenía yo entonces entre ocho y nueve años, no recuerdo exactamente, y venía del secano veraniego de un Madrid, por aquella época de 1966 ó 1967, aburrido, en donde las tardes las vivía enjauladas en el piso, hasta que mi madre, pasado el calor canicular, sobre las siete y media de la tarde (hay que tener en cuenta que en esos años la hora no se cambiaba en verano) me dejaba salir a la calle a jugar. Vinimos toda la familia a la Residencia de Sindicato de Transportes, sita en el Grao de Castellón (mi padre, taxista, consiguió turno mediante el amigo de un amigo, que era comisario de policía y tenía un amigo en la Falange). Aquellas vacaciones inundadas de aromas salinos y brisas al atardecer que traían saludos de Júpiter desde las profundidades del mar, fueron una explosión de libertad absoluta. Con madrugones para bañarnos al amanecer en la playa, a la que llegábamos atravesando un cañaveral que separaba la residencia del paseo marítimo, vigente hasta hace pocos años. Una experiencia de olores y sabores (nunca olvidaré la primera vez que comí calamares en su tinta con arroz, con ese sabor tan genuino de mar profundo, sacado a flote por un arroz que bailaba en el plato de lo suelto que estaba) y una luz blanca, oceánica, que se perdía en la raya del horizonte, donde el cielo y el mar se juntaban en una lejanía de misterio que provocaba la imaginación despierta de un niño. Un verano de cuerpos tostados por el Sol y rebozados de fina arena de la playa, que cambió mi vida, de tal manera, que cuando el destino me llevó a tener que cambiar de ciudad, e irme a vivir a otro lugar, no lo dudé, elegí Castellón, porque en el fondo de mi memoria aquel verano de mi infancia quedó para siempre guardado, como un recuerdo de libertad, con el Sol y el mar Mediterráneo de fondo.

sábado, 28 de junio de 2014

EL RUMOR DEL VERANO. Hedonismo estival

                                                                                                Foto: Autor desconocido
Publicado en Levante de Castellón el 27 de Junio de 2014

Escrito por González de la Cuesta

Escribo esto horas antes de la noche de San Juan. Esa noche mágica en la que el fuego purificador al borde del mar, hará que nos conjuremos contra nuestras penas. Cantaba Serrat en su canción Fiesta: Apurad/ que allí os espero si queréis venir/pues cae la noche y ya se van/ nuestras miserias a dormir. Y es que con esa sabiduría ancestral que tienen los pueblos mediterráneos, el fuego se ha convertido en una especie de confesionario sin culpas, el diván donde descargamos nuestras angustias sin dolor para el bolsillo, pero más lúdico, festivo y sensual. En la noche de San Juan,/como comparte su pan,/su mujer y su gabán,/gentes de cien mil raleas. Para que luego, todos juntos, soñemos al dar la medianoche, al borde de mar, con la espuma de las olas mojando nuestros pies, en un futuro mejor, cargado el aire de los miles deseos que se piden al dios Neptuno. Es una noche perfecta en la que dejamos purgar, primero, las desdichas en el fuego, y nos deseamos la mejor suerte, después, en el agua. Fuego de las hogueras, agua del mar, tierra de la arena de la playa, y aire impregnado de deseos y felicidad, los cuatro elementos de la naturaleza unidos en la noche más mágica y bruja del año, invocados en un rito pagano (por eso la noche de San Juan estuvo prohibida durante el franquismo, y la Iglesia la ve con malos ojos), en el que nos ponemos la vida por montera y damos rienda suelta a un frenesí fuertemente cargado de erotismo y desenfreno.   Juntos los encuentra el sol/ a la sombra de un farol/ empapados en alcohol/magreando a una muchacha (o muchacho). Sigue cantando Serrat. 
Con la noche de San Juan inauguramos el verano, esa estación en la que la fuerza del Sol va a imponerse sobre nuestras voluntad, dándonos la energía cósmica que nos permite abandonarnos al placer de las tardes calurosas, dormitando con esas siestas, casi telúricas, que renuevan nuestro espíritu, porque nos rendimos al sueño sin más preocupación que fundirnos con el paso del tiempo y con la naturaleza que invoca los cuatro elementos, otra vez, que dibujan el mapa de la vida. Escribía Calderón de la Barca, en su magistral “La vida es sueño”: En quien un mapa se dibuja atento,/ Pues el cuerpo es la tierra,/ El fuego, el alma que en el pecho encierra,/ La espuma el mar, y el aire es el suspiro,/ En cuya confusión un caos admiro;/ Pues en el alma, espuma, cuerpo, aliento,/ Monstruo es de fuego, tierra, mar y viento. Así el verano, cuando más cerca estamos de la naturaleza, es cuerpo que abandonamos al placer mundano, alma que se purifica con el alimento del Sol que la ilumina, espuma que limpia nuestras penas con una libación de sal y agua, y suspiro que fundimos en el aire impregnado de sensualidad y goce.
En verano las noches son cortas pero intensas, bañadas por el perfume de las estrellas. Son noches en las que nos perdemos en el laberinto de nuestros deseos, de aquello que soñamos hacer o compartir. ¿Quién no ha soñado con vivir una aventura de tórridos amores veraniegos, bajo la luz de la Luna? ¿Quién no ha deseado encontrar su destino en un paraíso exótico lejos del aburrimiento de la vida cotidiana? ¿Quién no se ha visto montado a lomos del placer de saberse dueño de su destino, sin más preocupación que beberse a sorbos de felicidad la vida que le queda por delante? Pero también hay deseos cumplidos, sueños que se hacen realidad traspasando el umbral de la noche perdida en ensoñaciones. Lorca escribe en su “Madrigal de Verano: “¿Cómo a mí te entregaste, luz morena?/¿Por qué me diste llenos/de amor tu sexo de azucena/y el rumor de tus senos?/. Y es que en verano nos dejamos narcotizar por el placer de la nada, del vacío que inunda nuestros pensamientos, para volver a ser espíritus que vagan por el aire casino de la tarde, como diletantes que caen ensimismados ante el espejismo dorado por un sol ardiente, que esconde nuestra mecánica vida de actos programados de los que no somos dueños.
Amamos el verano porque es luz, poesía, color y olores que se mezclan en un aire cargado de sensualidad. Escribió Juan Ramón Jiménez: De tu lecho alumbrado de Luna venían/ no sé qué olores tristes de deshojadas flores;/ heridas por la Luna, las arañas reían/ ligeras sonatinas de lívidos colores… Cuánto luz ilumina nuestras pupilas, cuántos colores inundan nuestros sueños, cuántas fragancias nos hacer perdernos en el laberinto de los sentidos. Quizá vivamos el verano con tanta intensidad que la realidad se vea trastocado como le sucedía a Rafael Alberti en su poema “Verano”: Del cinema al aire libre/ vengo, madre, de mirar/ una mar mentida y cierta,/ que no es la mar y es el mar. Juego de luces que nos confunde entre coplas que cantan al amor, a la Luna y a un Sol que abrasa la arena de la playa y levanta olas sofocadas de espuma. Porque el verano, en fin, es un espejismo, un maravillosos juego de luces y sombras, de días largos y noches breves, que nos devuelve a la felicidad de la infancia, de largas horas de abulia e intensos momentos de placer.


Tras la noche de San Juan, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas, como cantaba Serrat. Pero empieza un tiempo para soñar entres soles, siestas, comidas que nunca acaban y noches en vela de encendido deseo. Todo se aplaza en esa prolongada noche en la que se olvidó que cada uno es cada cual.  

lunes, 21 de abril de 2014

CUARENTAYOCHOAVO ANUNCIO A mi Tía Berta Pizarro Silva


Poema de Rodrigo Verdugo, poeta Chileno, inédito perteneciente a un libro que aparecerá este año, titulado "Anuncio".


El que vuelve desde su propia sangre
Ve las magnitudes resignadas
Ve los jardines que se defienden del placer
Resbala por el costado del animal para llegar hasta a ti
Con el trozo de diamante en las manos
Para dormir contigo, verte invadida,
Tan invadida que al despertar hay un piso de cristal y abajo un gran acuario.
Tú te quedas durmiendo
Él empieza a caminar sobre ese acuario
Irremediablemente vuelve más atrás de la sangre de ambos
Porque cierta vez detrás de esas sangres los relámpagos se decían adiós
Ahora sobre este acuario justamente a eso le haremos justicia.
Levántate con las diez miradas del diamante  
Para resucitar a los peces que murieron anoche.
Levántate pronto con las diez miradas del diamante
Para que sepas cuantos cielos debe cargar un signo aunque no lo parezca
Aunque solo se note en ciertas magnitudes.
Levántate con las diez miradas del diamante y haz justicia
No permitas que lleve un pedazo de diamante
Que te invada cada noche
Al punto que debajo de ambos todo sea un acuario   
Y en el techo todo sea la sombra de ese acuario
La sombra de algo que murió anoche 
Que resbalo por el costado del animal
Sin alcanzar ningún arco.
Los peces muertos resbalan mejor que los peces vivos
Levántate di que sabes cuantos cielos carga un solo signo
Solo quieres los trozos de diamantes que te traigo 
Yo por ti volví desde la sangre de ambos
Traía un pedazo de diamante
Y al resbalar por el costado del animal
Me enterré un pedazo de diamante   
Quedé colgado de ese pedazo
Abajo en el acuario se comenzaba a hacer justicia 
Tú te levantabas, con temor a todo lo que pasó detrás de la sangre
Te dolía como lucio ese acuario
El no regresó, quedó colgado, los peces saltaron hasta alcanzarle
Lo soltaron y empezó a resbalar
Tú te levantabas a esperar el trozo de diamante
La blancura no puede hacer justicia con el costado del animal
Si arrasar rápidamente con todo lo reflejado en el techo
Los relámpagos se decían adiós y el seguía resbalando.

jueves, 27 de febrero de 2014

El Canto del Cuco

                

De González de la Cuesta

Podemos decir que “El canto del cuco” de Robert Galbraith es una buena novela policiaca. Está bien estructurada, con un argumento que no decae en ningún momento y va creando en el lector un interés creciente en “sostenuto,” hasta una resolución final muy bien armada. Los personajes están trazados con corrección de acuerdo a la historia, aunque quizá algo arquetípicos, pero eso en una novela policíaca no es un desmerecimiento. Narrada en clave muy desenfadada, da un repaso al mundo de la moda y la alta sociedad londinense a cuenta de la muerte de una supermodelo, que parece haberse suicidado tirándose por el balcón de su lujoso apartamento.
                Insisto, es una buena novela, que tiene un solo defecto ajeno a ella: que su verdadera autora no es el supuesto Robert Galbraith, sino J.K. Rowling, y este dato, una vez conocido, eleva el nivel de exigencia del lector, en la falsa creencia de que una escritor, escritora en este caso, siempre debe estar a la altura de su obra más famosa. Aun escribiendo buenas novelas no se le puede exigir a la Rowling que esté siempre a la altura de Harry Potter, porque eso nos conduciría a hacer una valoración injusta de su obra.
                Pero lo que más llama la atención de esta novela es toda la historia paralela que ha vivido, mostrándonos la estupidez del mundo editorial, que sólo apuesta sobre seguro, y la simpleza de los lectores, que se lanzan a comprar libros por la única razón de que el escritor es famosa o famosa. Si la intención de Rowling era poder escribir con libertad, sin la presión de su obra anterior, lo que ha conseguido de manera indirecta es poner al descubierto una verdad, no por conocida, menos cierta, que está actuando como una bomba de relojería en el mundo literario. La propia J.K. Rowling lo dice: “Nos compran porque somos famosos”. Sólo hay que remitirse a las pruebas. Mientras se mantuvo la autoría de “El canto del cuco” bajo un seudónimo, que nadie reconocía, solamente se vendieron 1.500 ejemplares, pero cuando, después de irse una amiga de la escritora de la lengua (por cierto habría que decir mejor una ex amiga, a la que Rowling ha llevado a los tribunales), y desvelar el Sunday Times la verdadera autoría de la novela, las ventas se dispararon, y la máquina editorial se puso a trabajar con ahínco desmedido.

                Chascarrillos al margen, merece la pena leer “El canto del cuco”, talibanes de Harry Potter abstenerse, porque sea quien sea su autora ha conseguido escribir una buena novela. 

viernes, 14 de febrero de 2014

NUNCA SEREMOS LOS MISMOS, el último grito de González de la Cuesta

                                                   Imagen: David Díaz Mundina

De Elia Saneleuterio Temporal
       Universitat de València / Universidad Católica de Valencia

Calentita todavía nos llega la última novela de González de la Cuesta, Nunca seremos los mismos, publicada hace escasos meses por una editorial joven cuyo nombre tampoco pueden perderse: Unaria.
Aunque la novela teje como telón de fondo un escenario fibroso de la historia de España, los últimos días de la guerra civil y las vicisitudes del exilio, el autor sabe hacerse su hueco entre las mejores obras que en la última década han resurgido el tema, con Soldados de Salamina a la cabeza.
Digo novela, pero tiene alguna incursión del género teatral: se trata de un detalle, pero curioso, el hecho de que el autor nos ofrezca al principio un elenco exhaustivo de personajes. Lo cierto es que el lector agradece la ayuda, en novelas con muchos personajes, porque es difícil retener la identidad de algunos que aparecen de manera puntual.
Es un libro que se disfruta, que se acaba y se recomienda a los amigos. Elementos dramáticos aparte, incluso poéticos, entre sus páginas se encuentra la posibilidad de degustar lo mejor del género narrativo: para empezar, una estructura propia de los grandes hitos del género. Dividida en 28 capítulos, la novela avanza con ramas cuya relación o tronco común conoce el lector, pero no los personajes. Lo interesante es que en ellos se distribuye el argumento en tres o cuatro tramas paralelas, que se van sucediendo estratégicamente, consiguiendo grandes golpes de efecto en los momentos en los que el autor las entrecruza, pues no siempre nos encontramos ante el resultado que quizás estábamos esperando. Resumiendo, tanto las sorpresas argumentales como la estructura en capítulos relativamente breves facilitan el mantenimiento del ritmo, al mismo tiempo que agilizan la lectura y aseguran al lector indudable amenidad.
Asimismo la transición entre los capítulos se realiza como lo harían los grandes maestros del género. Guardando una pregunta cuya respuesta abre toda una perspectiva de interpretación, por ejemplo como cuando tras presentar a una mujer desconocida, que acude a una reunión secreta, descubrimos que no es tan desconocida para nosotros como lectores, aunque lo sea para los personajes en ese momento.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Marga rompiendo el frío silencio que se había instalado en todos los demás.
—Mi nombre es Viveka Grossman. (p. 256)
En la presentación del personaje, el autor deja el nombre para el último lugar, un nombre por otra parte elegido con gran poder de atracción, como el del resto de personajes.
El capítulo siguiente retoma una de las tramas argumentales diferentes, dejándonos el regustillo en el paladar de aquello que la simple mención del nombre nos ha suscitado. En mi opinión, esta es una de las estrategias del suspense mejor conseguidas del libro.
Pero no siempre hay respuesta para estas preguntas que González de la Cuesta nos deja para el final… A veces las deja latir en el aire, sin réplica. Por ejemplo, cuando Marcial pregunta al personal del Hostal del Gall por Manuel: “Una cosa más. ¿Me podrían describir a nuestro sujeto?” (p. 284). Conocemos la respuesta, pero no si los interlocutores la satisfarán, ni tampoco las implicaciones que esta tendrá en el avance de la investigación de Marcial… Y como siempre, el siguiente capítulo, desmarcándose de Marcial y centrándose ahora en otros de los protagonistas, nos obligará a mantener la intriga en la recámara, mientras se abren nuevos interrogantes.
Pero sobre todo, la novela brinda al lector la oportunidad de disfrutar de una prosa de lujo, con una cadencia adecuada a los requerimientos de momento argumental, según la contracción o distensión de la acción. Y en relación a esto considero que la novela es bastante decorosa, y me estoy refiriendo al concepto aristotélico de decoro, que recuperaron los ilustrados y neoclásicos a finales del siglo XVIII. Decoro como adecuación de la caracterización física, lingüística, de vestuario, etc. de los personajes a su realidad social, política, de acuerdo con su extracción cultural y económica. Por ejemplo, las referencias toponímicas son diferentes en las descripciones que en boca de los personajes: Girona/Gerona, etc. El autor ha realizado un trabajo profundo de documentación histórica y geográfica que es de agradecer, por la cultura con la que ilustra al lector.
Recuperando la referencia al decoro, por supuesto no me refiero a la ausencia de jugo morboso, que lo hay, aunque sin excederse, que hasta en esto hace el autor gala de buen gusto. Si hay que soltar tacos para caracterizar a un personaje o a una situación, se hace, todo ello con cuidado exquisito del ritmo. Y por ello les quiero regalar un fragmento en el que se consigue magistralmente esta caracterización de la que les hablo.  
Quince minutos, quince, llevaba Marcial esperando a que le sirvieran en un bar del barrio de Sants un café y un bollo. Quince minutos que se estaban clavando en su paciencia como un puñal. Era intolerable que le trataran así, a él, que podía cerrar el local con un simple chasquido de dedos. Era tanto su enfado que, cuando la chica vino con el servicio, dio un manotazo tirando taza, plato, bollo y bandeja por los suelos. Fue un acto de mala leche y soberbia, que dejó a la camarera y a todos los que estaban en el bar estupefactos. La primera reacción fue del dueño que se lanzó sobre él:
 Pero usted qué… cortada inmediatamente por Marcial, que saltó hacia atrás,  sacó su pistola reglamentaria y encañonó la frente del hombre.
No me toque los cojones más de lo que ya lo ha hecho le gritó si no quiere que le joda ahora mismo la vida. (p. 273)
Pero donde se luce el autor, donde yo como lectora he nadado, buceado, con inmenso placer literario, es en los momentos de emoción contenida o distensión en el ritmo de la acción. Yo confieso que me pierdo, en el sentido de que abandono mis sentidos en prosa como esta. Me detengo en ella, degustando lingüística y metafóricamente la trama, el texto (recordad que texto tiene la misma etimología que tejido). Quizás sea yo muy platónica. Pero lo cierto es que cuando el escritor se recrea en la elección de la palabra precisa, cuando se divierte con la construcción no solo del argumento, sino también de la sintaxis, plegándola a su antojo, cuando el autor disfruta, eso se nota, y permite al lector disfrutar con él.
Cuando su cuerpo cansado y envejecido asomó por encima del resto, de repente un silencio, casi reverencial, se hizo en la estación. Todas las voces, todos los sonidos se apagaron como si un viento de admiración hubiera barrido los andenes. Incluso los gendarmes que ya se preparaban para intervenir se quedaron clavados en el suelo. El pueblo amaba a Antonio Machado, adoraba sus poemas, y ahora, ante ellos, ante ese gentío que abarrotaba las estación de Cerbère, posiblemente en el día más aciago de su vida, personas que tomados uno por uno tenían una vida rota que recomponer: familiar, personal, profesional… Ante todos ellos, como expresión de todos los hombres, mujeres y niños que se habían visto forzados al exilio, con la derrota colgada a sus espaldas como una losa, se encontraba el poeta que habían recitado en el colegio hasta la memorización de sus poemas, con el que se habían enamorado y soñado; el hombre que mediante su poesía y sus escritos les había enseñado que otra vida era posible y necesaria, y había apoyado, sin fisuras intelectuales, el camino de la República como valor de progreso y libertad. Todos estos pensamientos le vinieron a la cabeza a Manuel, cuando la piel se le erizó por el silencio impresionante que la sola presencia en Machado había provocado.  (p. 104)
Para acabar me permito la licencia de anunciaros una profecía. González de la Cuesta no será el mismo después del éxito que seguro cosecha esta novela.
Pensemos un momento. Un año antes de escribir el Quijote de Cervantes nadie podría haber afirmado que era el autor del Quijote. ¿Quién era Cervantes a finales del siglo XVI? Quien tuviera el placer de platicar veinte minutos con él no habría platicado con el Cervantes que conocemos ahora.
Ahora veis que no era un juego de palabras. González de la Cuesta, el autor de Nunca seremos los mismos, nunca será el mismo. Y nunca lo será porque este libro no va a poder ser borrado, ni de su currículum ni de la memoria de los lectores. Tampoco va a quedar como una obra más dentro del género de novela histórica de la guerra civil y el exilio, ni dentro de la historia de la literatura española en general.
Quiero dejarles con las palabras con las que González de la Cuesta nos hace pensar al respecto. En una de las numerosas reflexiones mágicas, aplomantes, que dispersa por la novela, nos dice:
Al tercer día de llegar, Bernard le anunció que se iba. Había contactado con compañeros del Partido Comunista Francés y estos le habían encontrado un nuevo alojamiento; volvía a la lucha contra el fascismo, que en esos días en París tomaba fuerza, agitando la vida pública parisina, por los rumores crecientes de confrontación con la Alemania de Hitler, a pesar de los incesantes desmentidos del gobierno. Cada uno debe seguir su camino —le dijoy aquella noche en Le Chat Noir, rodeados de artistas, bohemios, vinos, tabaco y nostalgias, se emborracharon hasta el amanecer. No se volverían a ver nunca más, pero eso entonces no lo sabían, y tampoco les importaba. (p. 207)

miércoles, 12 de febrero de 2014

Canción del crepúsculo

                                                                                              Foto: Autor desconocido
De González de la Cuesta

Estas tardes de hastío, cuando el Sol cae sobre un horizonte de azul anaranjado.
Tardes durmientes, de inviernos de oscuridad creciente,
que envuelven nuestro alma en la soledad de la nada,
de una nada que se pierde bajo las ramas secas
de los árboles desnudos del paseo.
Tardes de pensamientos urdidos en el vacío de la brevedad
que impone el rayo verde, ese último segundo de luz
que se pierde con un Sol en retirada,
justo antes que la noche imponga su ley, y el silencio invada la calle,
entregada a oscuridades canallas, que se esconden entre las sombras
que tímidamente develan las luces tibias de las farolas.
Aquí estoy, viendo cómo mi alma se escurre por las oquedades del tiempo,
sin saber cómo ha sucedido que ayer fuera pájaro
y volara con las alas de la juventud de campo en campo,
y hoy sea topo que escarba en la oscuridad para ocultar
que ya la piel abandonara el esplendor de la tersura,
y los huesos sean el armazón que soporta el cansancio de los años.
Y sin embargo, nos levantamos, respiramos,
nos ungimos de la luz de la mañana, como una libación de vida,
amamos igual que lo hacíamos en la escuela,
y soñamos despiertos el futuro que nos queda.
Nos resistimos a caer en el vacío de la noche invernal,
arrinconados, para ver, como se van consumiendo
las brasas, antaño ardientes, de otro tiempo.
Ayer fuimos, y la sustancia de lo que éramos, es lo que hoy somos,
y sólo si sabemos convertir el hastío de una tarde de invierno
en un momento placentero; si podemos ver que la vida
fluye a nuestro alrededor como el Carro de Hermes,
avanzando hacia el enigma que se esconde más allá del horizonte,
seguiremos sintiendo en cada por de piel que estamos vivos.
Si todavía somos capaces de rehacernos
al silencio que nos sepulta en el olvido,
y podemos discernir entre lo bueno y lo malo,
entre lo justo y lo indigno,
entre la sabiduría y la necedad,
entre la belleza y la fealdad,
sabremos que nuestra vida no ha sido baldía,
y un día, al mirar atrás, no nos cegará el deseo del tiempo pasado,
porque la luz del porvenir, siguirá siendo ese rayo de Sol,

que ilumina el paisaje en el crepúsculo.

Bajas laborales

                   Núñez Feijoo vuelve a liarla con una de sus ocurrencias, que, si bien, está en su ideario político, no quita para que int...