jueves, 27 de febrero de 2014

El Canto del Cuco

                

De González de la Cuesta

Podemos decir que “El canto del cuco” de Robert Galbraith es una buena novela policiaca. Está bien estructurada, con un argumento que no decae en ningún momento y va creando en el lector un interés creciente en “sostenuto,” hasta una resolución final muy bien armada. Los personajes están trazados con corrección de acuerdo a la historia, aunque quizá algo arquetípicos, pero eso en una novela policíaca no es un desmerecimiento. Narrada en clave muy desenfadada, da un repaso al mundo de la moda y la alta sociedad londinense a cuenta de la muerte de una supermodelo, que parece haberse suicidado tirándose por el balcón de su lujoso apartamento.
                Insisto, es una buena novela, que tiene un solo defecto ajeno a ella: que su verdadera autora no es el supuesto Robert Galbraith, sino J.K. Rowling, y este dato, una vez conocido, eleva el nivel de exigencia del lector, en la falsa creencia de que una escritor, escritora en este caso, siempre debe estar a la altura de su obra más famosa. Aun escribiendo buenas novelas no se le puede exigir a la Rowling que esté siempre a la altura de Harry Potter, porque eso nos conduciría a hacer una valoración injusta de su obra.
                Pero lo que más llama la atención de esta novela es toda la historia paralela que ha vivido, mostrándonos la estupidez del mundo editorial, que sólo apuesta sobre seguro, y la simpleza de los lectores, que se lanzan a comprar libros por la única razón de que el escritor es famosa o famosa. Si la intención de Rowling era poder escribir con libertad, sin la presión de su obra anterior, lo que ha conseguido de manera indirecta es poner al descubierto una verdad, no por conocida, menos cierta, que está actuando como una bomba de relojería en el mundo literario. La propia J.K. Rowling lo dice: “Nos compran porque somos famosos”. Sólo hay que remitirse a las pruebas. Mientras se mantuvo la autoría de “El canto del cuco” bajo un seudónimo, que nadie reconocía, solamente se vendieron 1.500 ejemplares, pero cuando, después de irse una amiga de la escritora de la lengua (por cierto habría que decir mejor una ex amiga, a la que Rowling ha llevado a los tribunales), y desvelar el Sunday Times la verdadera autoría de la novela, las ventas se dispararon, y la máquina editorial se puso a trabajar con ahínco desmedido.

                Chascarrillos al margen, merece la pena leer “El canto del cuco”, talibanes de Harry Potter abstenerse, porque sea quien sea su autora ha conseguido escribir una buena novela. 

viernes, 14 de febrero de 2014

NUNCA SEREMOS LOS MISMOS, el último grito de González de la Cuesta

                                                   Imagen: David Díaz Mundina

De Elia Saneleuterio Temporal
       Universitat de València / Universidad Católica de Valencia

Calentita todavía nos llega la última novela de González de la Cuesta, Nunca seremos los mismos, publicada hace escasos meses por una editorial joven cuyo nombre tampoco pueden perderse: Unaria.
Aunque la novela teje como telón de fondo un escenario fibroso de la historia de España, los últimos días de la guerra civil y las vicisitudes del exilio, el autor sabe hacerse su hueco entre las mejores obras que en la última década han resurgido el tema, con Soldados de Salamina a la cabeza.
Digo novela, pero tiene alguna incursión del género teatral: se trata de un detalle, pero curioso, el hecho de que el autor nos ofrezca al principio un elenco exhaustivo de personajes. Lo cierto es que el lector agradece la ayuda, en novelas con muchos personajes, porque es difícil retener la identidad de algunos que aparecen de manera puntual.
Es un libro que se disfruta, que se acaba y se recomienda a los amigos. Elementos dramáticos aparte, incluso poéticos, entre sus páginas se encuentra la posibilidad de degustar lo mejor del género narrativo: para empezar, una estructura propia de los grandes hitos del género. Dividida en 28 capítulos, la novela avanza con ramas cuya relación o tronco común conoce el lector, pero no los personajes. Lo interesante es que en ellos se distribuye el argumento en tres o cuatro tramas paralelas, que se van sucediendo estratégicamente, consiguiendo grandes golpes de efecto en los momentos en los que el autor las entrecruza, pues no siempre nos encontramos ante el resultado que quizás estábamos esperando. Resumiendo, tanto las sorpresas argumentales como la estructura en capítulos relativamente breves facilitan el mantenimiento del ritmo, al mismo tiempo que agilizan la lectura y aseguran al lector indudable amenidad.
Asimismo la transición entre los capítulos se realiza como lo harían los grandes maestros del género. Guardando una pregunta cuya respuesta abre toda una perspectiva de interpretación, por ejemplo como cuando tras presentar a una mujer desconocida, que acude a una reunión secreta, descubrimos que no es tan desconocida para nosotros como lectores, aunque lo sea para los personajes en ese momento.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Marga rompiendo el frío silencio que se había instalado en todos los demás.
—Mi nombre es Viveka Grossman. (p. 256)
En la presentación del personaje, el autor deja el nombre para el último lugar, un nombre por otra parte elegido con gran poder de atracción, como el del resto de personajes.
El capítulo siguiente retoma una de las tramas argumentales diferentes, dejándonos el regustillo en el paladar de aquello que la simple mención del nombre nos ha suscitado. En mi opinión, esta es una de las estrategias del suspense mejor conseguidas del libro.
Pero no siempre hay respuesta para estas preguntas que González de la Cuesta nos deja para el final… A veces las deja latir en el aire, sin réplica. Por ejemplo, cuando Marcial pregunta al personal del Hostal del Gall por Manuel: “Una cosa más. ¿Me podrían describir a nuestro sujeto?” (p. 284). Conocemos la respuesta, pero no si los interlocutores la satisfarán, ni tampoco las implicaciones que esta tendrá en el avance de la investigación de Marcial… Y como siempre, el siguiente capítulo, desmarcándose de Marcial y centrándose ahora en otros de los protagonistas, nos obligará a mantener la intriga en la recámara, mientras se abren nuevos interrogantes.
Pero sobre todo, la novela brinda al lector la oportunidad de disfrutar de una prosa de lujo, con una cadencia adecuada a los requerimientos de momento argumental, según la contracción o distensión de la acción. Y en relación a esto considero que la novela es bastante decorosa, y me estoy refiriendo al concepto aristotélico de decoro, que recuperaron los ilustrados y neoclásicos a finales del siglo XVIII. Decoro como adecuación de la caracterización física, lingüística, de vestuario, etc. de los personajes a su realidad social, política, de acuerdo con su extracción cultural y económica. Por ejemplo, las referencias toponímicas son diferentes en las descripciones que en boca de los personajes: Girona/Gerona, etc. El autor ha realizado un trabajo profundo de documentación histórica y geográfica que es de agradecer, por la cultura con la que ilustra al lector.
Recuperando la referencia al decoro, por supuesto no me refiero a la ausencia de jugo morboso, que lo hay, aunque sin excederse, que hasta en esto hace el autor gala de buen gusto. Si hay que soltar tacos para caracterizar a un personaje o a una situación, se hace, todo ello con cuidado exquisito del ritmo. Y por ello les quiero regalar un fragmento en el que se consigue magistralmente esta caracterización de la que les hablo.  
Quince minutos, quince, llevaba Marcial esperando a que le sirvieran en un bar del barrio de Sants un café y un bollo. Quince minutos que se estaban clavando en su paciencia como un puñal. Era intolerable que le trataran así, a él, que podía cerrar el local con un simple chasquido de dedos. Era tanto su enfado que, cuando la chica vino con el servicio, dio un manotazo tirando taza, plato, bollo y bandeja por los suelos. Fue un acto de mala leche y soberbia, que dejó a la camarera y a todos los que estaban en el bar estupefactos. La primera reacción fue del dueño que se lanzó sobre él:
 Pero usted qué… cortada inmediatamente por Marcial, que saltó hacia atrás,  sacó su pistola reglamentaria y encañonó la frente del hombre.
No me toque los cojones más de lo que ya lo ha hecho le gritó si no quiere que le joda ahora mismo la vida. (p. 273)
Pero donde se luce el autor, donde yo como lectora he nadado, buceado, con inmenso placer literario, es en los momentos de emoción contenida o distensión en el ritmo de la acción. Yo confieso que me pierdo, en el sentido de que abandono mis sentidos en prosa como esta. Me detengo en ella, degustando lingüística y metafóricamente la trama, el texto (recordad que texto tiene la misma etimología que tejido). Quizás sea yo muy platónica. Pero lo cierto es que cuando el escritor se recrea en la elección de la palabra precisa, cuando se divierte con la construcción no solo del argumento, sino también de la sintaxis, plegándola a su antojo, cuando el autor disfruta, eso se nota, y permite al lector disfrutar con él.
Cuando su cuerpo cansado y envejecido asomó por encima del resto, de repente un silencio, casi reverencial, se hizo en la estación. Todas las voces, todos los sonidos se apagaron como si un viento de admiración hubiera barrido los andenes. Incluso los gendarmes que ya se preparaban para intervenir se quedaron clavados en el suelo. El pueblo amaba a Antonio Machado, adoraba sus poemas, y ahora, ante ellos, ante ese gentío que abarrotaba las estación de Cerbère, posiblemente en el día más aciago de su vida, personas que tomados uno por uno tenían una vida rota que recomponer: familiar, personal, profesional… Ante todos ellos, como expresión de todos los hombres, mujeres y niños que se habían visto forzados al exilio, con la derrota colgada a sus espaldas como una losa, se encontraba el poeta que habían recitado en el colegio hasta la memorización de sus poemas, con el que se habían enamorado y soñado; el hombre que mediante su poesía y sus escritos les había enseñado que otra vida era posible y necesaria, y había apoyado, sin fisuras intelectuales, el camino de la República como valor de progreso y libertad. Todos estos pensamientos le vinieron a la cabeza a Manuel, cuando la piel se le erizó por el silencio impresionante que la sola presencia en Machado había provocado.  (p. 104)
Para acabar me permito la licencia de anunciaros una profecía. González de la Cuesta no será el mismo después del éxito que seguro cosecha esta novela.
Pensemos un momento. Un año antes de escribir el Quijote de Cervantes nadie podría haber afirmado que era el autor del Quijote. ¿Quién era Cervantes a finales del siglo XVI? Quien tuviera el placer de platicar veinte minutos con él no habría platicado con el Cervantes que conocemos ahora.
Ahora veis que no era un juego de palabras. González de la Cuesta, el autor de Nunca seremos los mismos, nunca será el mismo. Y nunca lo será porque este libro no va a poder ser borrado, ni de su currículum ni de la memoria de los lectores. Tampoco va a quedar como una obra más dentro del género de novela histórica de la guerra civil y el exilio, ni dentro de la historia de la literatura española en general.
Quiero dejarles con las palabras con las que González de la Cuesta nos hace pensar al respecto. En una de las numerosas reflexiones mágicas, aplomantes, que dispersa por la novela, nos dice:
Al tercer día de llegar, Bernard le anunció que se iba. Había contactado con compañeros del Partido Comunista Francés y estos le habían encontrado un nuevo alojamiento; volvía a la lucha contra el fascismo, que en esos días en París tomaba fuerza, agitando la vida pública parisina, por los rumores crecientes de confrontación con la Alemania de Hitler, a pesar de los incesantes desmentidos del gobierno. Cada uno debe seguir su camino —le dijoy aquella noche en Le Chat Noir, rodeados de artistas, bohemios, vinos, tabaco y nostalgias, se emborracharon hasta el amanecer. No se volverían a ver nunca más, pero eso entonces no lo sabían, y tampoco les importaba. (p. 207)

miércoles, 12 de febrero de 2014

Canción del crepúsculo

                                                                                              Foto: Autor desconocido
De González de la Cuesta

Estas tardes de hastío, cuando el Sol cae sobre un horizonte de azul anaranjado.
Tardes durmientes, de inviernos de oscuridad creciente,
que envuelven nuestro alma en la soledad de la nada,
de una nada que se pierde bajo las ramas secas
de los árboles desnudos del paseo.
Tardes de pensamientos urdidos en el vacío de la brevedad
que impone el rayo verde, ese último segundo de luz
que se pierde con un Sol en retirada,
justo antes que la noche imponga su ley, y el silencio invada la calle,
entregada a oscuridades canallas, que se esconden entre las sombras
que tímidamente develan las luces tibias de las farolas.
Aquí estoy, viendo cómo mi alma se escurre por las oquedades del tiempo,
sin saber cómo ha sucedido que ayer fuera pájaro
y volara con las alas de la juventud de campo en campo,
y hoy sea topo que escarba en la oscuridad para ocultar
que ya la piel abandonara el esplendor de la tersura,
y los huesos sean el armazón que soporta el cansancio de los años.
Y sin embargo, nos levantamos, respiramos,
nos ungimos de la luz de la mañana, como una libación de vida,
amamos igual que lo hacíamos en la escuela,
y soñamos despiertos el futuro que nos queda.
Nos resistimos a caer en el vacío de la noche invernal,
arrinconados, para ver, como se van consumiendo
las brasas, antaño ardientes, de otro tiempo.
Ayer fuimos, y la sustancia de lo que éramos, es lo que hoy somos,
y sólo si sabemos convertir el hastío de una tarde de invierno
en un momento placentero; si podemos ver que la vida
fluye a nuestro alrededor como el Carro de Hermes,
avanzando hacia el enigma que se esconde más allá del horizonte,
seguiremos sintiendo en cada por de piel que estamos vivos.
Si todavía somos capaces de rehacernos
al silencio que nos sepulta en el olvido,
y podemos discernir entre lo bueno y lo malo,
entre lo justo y lo indigno,
entre la sabiduría y la necedad,
entre la belleza y la fealdad,
sabremos que nuestra vida no ha sido baldía,
y un día, al mirar atrás, no nos cegará el deseo del tiempo pasado,
porque la luz del porvenir, siguirá siendo ese rayo de Sol,

que ilumina el paisaje en el crepúsculo.

martes, 14 de enero de 2014

El libro como objeto de consumo

                                                                                                   Foto: Autor desconocido

De González de la Cuesta

Hubo un tiempo que las librerías eran lugares donde los amantes de la lectura podían encontrarse con los libros, no sólo físicamente, sino también intelectual y espiritualmente. El lector sabía que entre las estanterías encontraría su tesoro, el que le proporcionaría algunas horas de placer y conocimiento, y el libro descansaba, plácidamente, sabedor de que era el objeto de culto de quienes cruzaban el umbral que separaba el mundo real del mundo de las letras, que no es ni más ni menos cruel, pero sí más divertido.
                En ese tiempo, el orden de las cosas guardaba un cierto pudor y los libros estaban en su sitio, al resguardo de la mano larga del mercado, que los ha convertido en objetos mercantiles, sujetos, no a su valor cultural, sino al valor crematístico que puedan tener. Por eso, hoy los libros ya no se consideran un bien espiritual, que produce placer, nos hacen viajar o nos ensanchan la mente. No, hoy el libro es una cifra en la cuenta de resultados de las grandes editoriales. Los podemos encontrar en grandes superficies, al lado de la leche o los productos de limpieza, o en las gasolineras, junto a los chicles y chocolatinas. Cualquier lugar es bueno si produce beneficios.
Esta desnaturalización de los libros, convertidos en objetos de consume acrítico y sujetos a las leyes del marketing y del mercado, está provocando que disminuya el número de lectores, también por la falta de interés político por el fomento de la lectura y el desdén de la educación hacia la literatura, al dejar de ser un instrumento de culturización y tener que competir con otros objetos de consumo. En la banalización de la sociedad a la que nos están sometiendo los poderes públicos y privados, preferimos gastarnos el dinero en copas que comprar un libro. Así las grandes editoriales, con el único fin de optimizar gastos y obtener beneficios por la vía rápida, están inflando una burbuja de editorial de incalculables consecuencias. No deja de resultar llamativo que las últimas publicaciones duran en las librerías el tiempo que tarda la editorial en sacar otra que la sustituya.
Pero para ser exactos, no es que desaparezcan. Es que muchos libreros han entrado en ese juego de mercantilización del libro, perdiendo el papel de experto al que se acudía en busca de su consejo, que conocía a sus clientes y les informaba de las novedades, convirtiendo las librerías en grandes supermercados del libro, donde, incluso para ellos, es difícil aconsejarte donde se encuentra un libro. Cuando, por ejemplo, organizan una firma de libros, no se hace para propiciar un encuentro entre lectores y autor, se hace con el único fin de intentar vender ese día más ejemplares de ese libro en concreto. Y a veces ni eso.

No se venden pocos libros sólo por la crisis actual. Una parte importante de responsabilidad la tienen las librerías, que ha hecho dejación de sus funciones, para convertirse en puntos de venta de un objeto de consumo que se llama libro. Si la librería no vuelve a ser ese espacio de encuentro entre lectores y libros, y no se convierte en un ámbito de dinamización cultural en torno al libro y la literatura, en el que escritores, lectores y libreros deben coincidir, para fomentar la lectura, y compartir el gusto por la literatura, el futuro de muchas de ellas se dibuja negro. Porque si el libro es un factor más de ocio, al final, será más rentable cerrar y poner una hamburguesería, que vender libros. Y todos habremos perdido.    

jueves, 28 de noviembre de 2013

Luis Rodríguez


Escrito por González de la Cuesta

Luis Rodríguez es un escritor de trago corto, que no utiliza muchos ingredientes, aunque alguno de ellos de alto contenido alcohólico, por el impacto emocional que provoca en nuestras conciencias al leerlos. Entra en el texto sin concesiones a la floritura. Directo. ¿Para qué andarse por las ramas? Como si un bisturí diseccionara nuestra alma y vertiera un cóctel de palabras precisas, que como cuchillas rasgaran nuestros buenos y decentes pensamientos. Porque Luis Rodríguez, lector insaciable, que nació en Santander hace más de medio siglo y ha ido bebiendo como una libación lo que le ofrecían los distintos lugares en los que ha vivido, hasta que se afincó, definitivamente, en Benicasim, nos sirve en dosis muy elaboradas literatura en estado puro, que entra como un chute en nuestras venas hasta que alcanza el cerebro y ya nuestra mirada del mundo no vuelve a ser igual. Es un ser peligroso, no porque sea violento o maquiavélico, sino porque utiliza el arma de destrucción masiva de las ideas bien pensantes más poderosa que se haya inventado jamás: la palabra. Y además lo hace sin ninguna intención de provocar terremotos ni incitar a revoluciones. La sacudida que provocan las novelas de Luis Rodríguez proviene de hablarnos, con toda naturalidad, de la vida misma, sin celosías que la oculten, ni espejos que la deformen.
                Así es su primera novela “La soledad del Cometa”, un ejercicio de vivisección del comportamiento humano, que muestra unos personajes viviendo experiencias que pueden parecernos irreverentes o rebuscadas, pero que, sin embargo, nos cuentan una parte de la realidad que deliberadamente no queremos ver, y lo hace con tanta naturalidad que no deja concesiones al regateo intelectual. Los personajes de esta novela, que transitan por la vida de una soledad a otra, en busca de nada, o en el mejor de los casos de una conformidad que les hace sobrevivir, no son ni siquiera ácidos, ni subversivos, ni sucios. Son gente normal que aceptan el papel que les ha tocado vivir, sin cuestionarse si lo que hacen está bien o mal. Lo hacen porque tiene que ser así.           
                En su segunda novela, “Novienvre”, hay una intencionalidad provocativa ya desde el título, que deliberadamente transgrede las normas ortográficas, para agitar nuestra comodidad, cuando no abulia, intelectual. No puede ser de otra manera cuando esta incorrección gramatical viene de un escritor muy cuidadoso con el lenguaje y pulcro en su escritura. Lo que nos hace pensar que estamos ante una provocación del autor. Sin embargo “Novienvre” es una novela más amable, a pesar de que hurga en el lado oscuro de nuestra conciencia forjada en siglos de judeocristianismo. Pero es mucho más peligrosa, porque ahora la amabilidad del personaje, que vuelve a transitar por la soledad como elemento de cohesión de su trayectoria vital, nos seduce. Y no porque tenga una vida de película. Esto es lo verdaderamente transgresor, sino porque es un individuo corriente, que se enfrenta a los acontecimientos que la vida le va poniendo delante, otra vez, con una naturalidad que te deja impávido. Luis Rodríguez, esta es otra provocación, llamar al personaje con el nombre del autor, sin ser una novela autobiográfica, es un ser que, al igual que los personajes de la “Soledad del Cometa”, no se plantea si lo que hace está bien o mal, un rasgo literario que empieza a ser distintivo de Luis Rodríguez, el otro, el escritor y autor de estas novelas, lo hace porque así viene dado.

                Cuando un personaje te dice ante una persona que piensa que está muerta, que le tomó el pulso por hacer algo, hay un mensaje que está produciendo un cortocircuito en nuestras neuronas, lo peor de todo, sin saberlo. Esta es la literatura tal como la escribe Luis Rodríguez: una provocación ante el lector, sin que este sea consciente de ello. Algo así como cuando en una aglomeración alguien te empuja discretamente, te pide perdón con toda naturalidad, y después te das cuenta que te ha robado la cartera. Esa cartera vieja, que tanto detestabas, y que nunca te atrevías a cambiar, por el rancio valor sentimental que tenía. Por eso, a las novelas de Luis Rodríguez hay que enfrentarse sin miedos, libre de ataduras mentales, y dejar que nos robe la cartera con naturalidad, para que las palabras cuando circulen por nuestras venas no provoquen demasiados desgarros. Un imprescindible. 

martes, 19 de noviembre de 2013

A ti Mateo, es a ti.


Escrito por González de la Cuesta

                 Escribir una novela sobre pinturas robadas, con Roma como escenario y la Iglesia como tenedor de arte, es un riesgo hoy en día, pues se puede caer en esa corriente de misterios vaticanistas y sectas de origen oscuro que tratan de preservar la verdad del universo, que tan al uso están en la literatura desde hace años, y que, todo hay que decirlo, ha dado algunas obras esplendidas y muchas más prescindibles. Por eso a Juanma Velasco (Castellón, 1963) autor de la novela “Sólo los hombres sin patria pintan lobos”, hay que reconocerle que haya sabido dar el tono adecuado a su nueva novela A ti Mateo, es a ti, sin dejarse llevar por ese torrente editorial que ha colonizado los estantes de las librerías en los últimos años.
                A ti Mateo, es a ti, es una novela muy bien trazada, que nos habla de la ambición del poder, la glotonería de la riqueza y el triunfo del amor, con un cuadro de Caravaggio, La vocación de San Mateo, exhibido en la iglesia de San Luis de los Franceses en Roma, que sin pretenderlo se convierte en el verdadero personaje principal de la trama, haciendo girar al resto alrededor de él. Una historia contada con maestría que tiene un argumento muy bien estructurado de intriga policiaca, pero que no se resuelve dentro de los cánones habituales de este género. Porque aunque la sucesión de capítulos platean una trama policial, salpicada de retrospectivas históricas que nos cuentan cómo se gestó la pintura del cuadro, el fondo de la historia tiene más que ver con la realidad de la vida, cargada de matices, en donde los personajes no aparecen como buenos o malos, sino simplemente como deudores de sus propios actos.
                Hay varias intrigas en la novela que se superponen con la habilidad suficiente para que no se entorpezcan unas a otras, y para que las resoluciones de todas lleven una secuencia que nos haga ver que el final de la historia es la suma de todas ellas. Pero también hay una pulsión de deseo sexual que atraviesa gran parte de la narración, convirtiéndola, en algunos momentos, casi en una novela erótica.
                Por todo ello, Juan Velasco ha acertado en esta su segunda novela, haciendo de A ti Mateo, es a ti, una lectura recomendable, en la que podremos disfrutar y darnos cuenta que detrás de cada cosa, siempre hay una trastienda en la que se esconde otra realidad menos visible.

Díaz Ayuso en el república Bolivariana de Madrid

¿Y si el centro de la República Bolivariana estuviera en la Puerta del Sol de Madrid? Parece una paradoja, que siendo el gobierno de la Comu...