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martes, 18 de marzo de 2014
Nunca seremos los mismos: Reseña de Nunca Seremos los Mismos aparecida en la...
Nunca seremos los mismos: Reseña de Nunca Seremos los Mismos aparecida en la...:
jueves, 27 de febrero de 2014
El Canto del Cuco
De González de la Cuesta
Podemos decir que “El canto del
cuco” de Robert Galbraith es una buena novela policiaca. Está bien
estructurada, con un argumento que no decae en ningún momento y va creando en
el lector un interés creciente en “sostenuto,” hasta una resolución final muy
bien armada. Los personajes están trazados con corrección de acuerdo a la
historia, aunque quizá algo arquetípicos, pero eso en una novela policíaca no
es un desmerecimiento. Narrada en clave muy desenfadada, da un repaso al mundo
de la moda y la alta sociedad londinense a cuenta de la muerte de una supermodelo,
que parece haberse suicidado tirándose por el balcón de su lujoso apartamento.
Insisto, es una buena novela,
que tiene un solo defecto ajeno a ella: que su verdadera autora no es el
supuesto Robert Galbraith, sino J.K. Rowling, y este dato, una vez conocido,
eleva el nivel de exigencia del lector, en la falsa creencia de que una
escritor, escritora en este caso, siempre debe estar a la altura de su obra más
famosa. Aun escribiendo buenas novelas no se le puede exigir a la Rowling que
esté siempre a la altura de Harry Potter, porque eso nos conduciría a hacer una
valoración injusta de su obra.
Pero lo que más llama la
atención de esta novela es toda la historia paralela que ha vivido,
mostrándonos la estupidez del mundo editorial, que sólo apuesta sobre seguro, y
la simpleza de los lectores, que se lanzan a comprar libros por la única razón
de que el escritor es famosa o famosa. Si la intención de Rowling era poder
escribir con libertad, sin la presión de su obra anterior, lo que ha conseguido
de manera indirecta es poner al descubierto una verdad, no por conocida, menos
cierta, que está actuando como una bomba de relojería en el mundo literario. La
propia J.K. Rowling lo dice: “Nos compran porque somos famosos”. Sólo hay que
remitirse a las pruebas. Mientras se mantuvo la autoría de “El canto del cuco”
bajo un seudónimo, que nadie reconocía, solamente se vendieron 1.500
ejemplares, pero cuando, después de irse una amiga de la escritora de la lengua
(por cierto habría que decir mejor una ex amiga, a la que Rowling ha llevado a
los tribunales), y desvelar el Sunday Times la verdadera autoría de la novela,
las ventas se dispararon, y la máquina editorial se puso a trabajar con ahínco
desmedido.
Chascarrillos al margen, merece
la pena leer “El canto del cuco”, talibanes de Harry Potter abstenerse, porque
sea quien sea su autora ha conseguido escribir una buena novela.
viernes, 14 de febrero de 2014
NUNCA SEREMOS LOS MISMOS, el último grito de González de la Cuesta
Imagen: David Díaz Mundina
De Elia Saneleuterio Temporal
Universitat de València
/ Universidad Católica de Valencia
Calentita
todavía nos llega la última novela de González de la Cuesta, Nunca seremos los
mismos, publicada hace escasos meses por una editorial joven cuyo nombre
tampoco pueden perderse: Unaria.
Aunque la novela
teje como telón de fondo un escenario fibroso de la historia de España, los
últimos días de la guerra civil y las vicisitudes del exilio, el autor sabe
hacerse su hueco entre las mejores obras que en la última década han resurgido
el tema, con Soldados de Salamina a
la cabeza.
Digo novela, pero tiene alguna
incursión del género teatral: se trata de un detalle, pero curioso, el hecho de
que el autor nos ofrezca al principio un elenco exhaustivo de personajes. Lo
cierto es que el lector agradece la ayuda, en novelas con muchos personajes,
porque es difícil retener la identidad de algunos que aparecen de manera
puntual.
Es un libro que se disfruta, que
se acaba y se recomienda a los amigos. Elementos dramáticos aparte, incluso
poéticos, entre sus páginas se encuentra la posibilidad de degustar lo mejor
del género narrativo: para empezar, una estructura propia de los grandes hitos
del género. Dividida en 28 capítulos, la novela avanza con ramas cuya relación
o tronco común conoce el lector, pero no los personajes. Lo interesante es que
en ellos se distribuye el argumento en tres o cuatro tramas paralelas, que se
van sucediendo estratégicamente, consiguiendo grandes golpes de efecto en los
momentos en los que el autor las entrecruza, pues no siempre nos encontramos
ante el resultado que quizás estábamos esperando. Resumiendo, tanto las
sorpresas argumentales como la estructura en capítulos relativamente breves
facilitan el mantenimiento del ritmo, al mismo tiempo que agilizan la lectura y
aseguran al lector indudable amenidad.
Asimismo la transición entre los
capítulos se realiza como lo harían los grandes maestros del género. Guardando
una pregunta cuya respuesta abre toda una perspectiva de interpretación, por
ejemplo como cuando tras presentar a una mujer desconocida, que acude a una
reunión secreta, descubrimos que no es tan desconocida para nosotros como
lectores, aunque lo sea para los personajes en ese momento.
—¿Cómo te
llamas? —preguntó Marga rompiendo el frío silencio que se había instalado en
todos los demás.
—Mi nombre es
Viveka Grossman. (p. 256)
En la presentación del personaje, el autor deja el nombre
para el último lugar, un nombre por otra parte elegido con gran poder de
atracción, como el del resto de personajes.
El capítulo siguiente retoma una de las tramas argumentales
diferentes, dejándonos el regustillo en el paladar de aquello que la simple
mención del nombre nos ha suscitado. En mi opinión, esta es una de las
estrategias del suspense mejor conseguidas del libro.
Pero no siempre hay respuesta para estas preguntas que
González de la Cuesta nos deja para el final… A veces las deja latir en el
aire, sin réplica. Por ejemplo, cuando Marcial pregunta al personal del Hostal
del Gall por Manuel: “Una cosa más. ¿Me podrían describir a nuestro sujeto?”
(p. 284). Conocemos la respuesta, pero no si los interlocutores la satisfarán,
ni tampoco las implicaciones que esta tendrá en el avance de la investigación
de Marcial… Y como siempre, el siguiente capítulo, desmarcándose de Marcial y
centrándose ahora en otros de los protagonistas, nos obligará a mantener la
intriga en la recámara, mientras se abren nuevos interrogantes.
Pero sobre todo, la novela brinda
al lector la oportunidad de disfrutar de una prosa de lujo, con una cadencia
adecuada a los requerimientos de momento argumental, según la contracción o
distensión de la acción. Y en relación a esto considero que la novela es
bastante decorosa, y me estoy refiriendo al concepto aristotélico de decoro,
que recuperaron los ilustrados y neoclásicos a finales del siglo XVIII. Decoro
como adecuación de la caracterización física, lingüística, de vestuario, etc.
de los personajes a su realidad social, política, de acuerdo con su extracción
cultural y económica. Por ejemplo, las referencias toponímicas son diferentes
en las descripciones que en boca de los personajes: Girona/Gerona, etc. El
autor ha realizado un trabajo profundo de documentación histórica y geográfica
que es de agradecer, por la cultura con la que ilustra al lector.
Recuperando la referencia al
decoro, por supuesto no me refiero a la ausencia de jugo morboso, que lo hay,
aunque sin excederse, que hasta en esto hace el autor gala de buen gusto. Si
hay que soltar tacos para caracterizar a un personaje o a una situación, se
hace, todo ello con cuidado exquisito del ritmo. Y por ello les quiero regalar
un fragmento en el que se consigue magistralmente esta caracterización de la
que les hablo.
Quince minutos,
quince, llevaba Marcial esperando a que le sirvieran en un bar del barrio de
Sants un café y un bollo. Quince minutos que se estaban clavando en su
paciencia como un puñal. Era intolerable que le trataran así, a él, que podía
cerrar el local con un simple chasquido de dedos. Era tanto su enfado que,
cuando la chica vino con el servicio, dio un manotazo tirando taza, plato,
bollo y bandeja por los suelos. Fue un acto de mala leche y soberbia, que dejó
a la camarera y a todos los que estaban en el bar estupefactos. La primera
reacción fue del dueño que se lanzó sobre él:
—Pero usted qué… —cortada inmediatamente por Marcial, que saltó hacia
atrás, sacó su pistola reglamentaria y
encañonó la frente del hombre.
—No me toque los cojones más de lo que ya lo ha hecho —le gritó— si no quiere que le joda ahora
mismo la vida. (p. 273)
Pero donde se luce el autor,
donde yo como lectora he nadado, buceado, con inmenso placer literario, es en
los momentos de emoción contenida o distensión en el ritmo de la acción. Yo
confieso que me pierdo, en el sentido de que abandono mis sentidos en prosa
como esta. Me detengo en ella, degustando lingüística y metafóricamente la
trama, el texto (recordad que texto tiene
la misma etimología que tejido).
Quizás sea yo muy platónica. Pero lo cierto es que cuando el escritor se recrea
en la elección de la palabra precisa, cuando se divierte con la construcción no
solo del argumento, sino también de la sintaxis, plegándola a su antojo, cuando
el autor disfruta, eso se nota, y permite al lector disfrutar con él.
Cuando su
cuerpo cansado y envejecido asomó por encima del resto, de repente un silencio,
casi reverencial, se hizo en la estación. Todas las voces, todos los sonidos se
apagaron como si un viento de admiración hubiera barrido los andenes. Incluso
los gendarmes que ya se preparaban para intervenir se quedaron clavados en el
suelo. El pueblo amaba a Antonio Machado, adoraba sus poemas, y ahora, ante
ellos, ante ese gentío que abarrotaba las estación de Cerbère, posiblemente en
el día más aciago de su vida, personas que tomados uno por uno tenían una vida
rota que recomponer: familiar, personal, profesional… Ante todos ellos, como
expresión de todos los hombres, mujeres y niños que se habían visto forzados al
exilio, con la derrota colgada a sus espaldas como una losa, se encontraba el
poeta que habían recitado en el colegio hasta la memorización de sus poemas,
con el que se habían enamorado y soñado; el hombre que mediante su poesía y sus
escritos les había enseñado que otra vida era posible y necesaria, y había
apoyado, sin fisuras intelectuales, el camino de la República como valor de
progreso y libertad. Todos estos pensamientos le vinieron a la cabeza a Manuel,
cuando la piel se le erizó por el silencio impresionante que la sola presencia
en Machado había provocado. (p.
104)
Para acabar me permito la licencia
de anunciaros una profecía. González de la Cuesta no será el mismo después del
éxito que seguro cosecha esta novela.
Pensemos un momento. Un año antes
de escribir el Quijote de Cervantes nadie podría haber afirmado que era el
autor del Quijote. ¿Quién era Cervantes a finales del siglo XVI? Quien tuviera
el placer de platicar veinte minutos con él no habría platicado con el
Cervantes que conocemos ahora.
Ahora veis que no era un juego de
palabras. González de la Cuesta, el autor de Nunca seremos los mismos, nunca será el mismo. Y nunca lo será
porque este libro no va a poder ser borrado, ni de su currículum ni de la
memoria de los lectores. Tampoco va a quedar como una obra más dentro del
género de novela histórica de la guerra civil y el exilio, ni dentro de la
historia de la literatura española en general.
Quiero dejarles con las palabras con
las que González de la Cuesta nos hace pensar al respecto. En una de las
numerosas reflexiones mágicas, aplomantes, que dispersa por la novela, nos
dice:
Al tercer día
de llegar, Bernard le anunció que se iba. Había contactado con compañeros del
Partido Comunista Francés y estos le habían encontrado un nuevo alojamiento;
volvía a la lucha contra el fascismo, que en esos días en París tomaba fuerza,
agitando la vida pública parisina, por los rumores crecientes de confrontación
con la Alemania de Hitler, a pesar de los incesantes desmentidos del gobierno.
Cada uno debe seguir su camino —le dijo— y aquella noche en Le Chat Noir, rodeados de artistas,
bohemios, vinos, tabaco y nostalgias, se emborracharon hasta el amanecer. No se
volverían a ver nunca más, pero eso entonces no lo sabían, y tampoco les
importaba. (p. 207)
miércoles, 12 de febrero de 2014
Canción del crepúsculo
Foto: Autor desconocido
De González de la Cuesta
Estas tardes de hastío, cuando el Sol cae sobre un horizonte
de azul anaranjado.
Tardes durmientes, de inviernos de oscuridad creciente,
que envuelven nuestro alma en la soledad de la nada,
de una nada que se pierde bajo las ramas secas
de los árboles desnudos del paseo.
Tardes de pensamientos urdidos en el vacío de la brevedad
que impone el rayo verde, ese último segundo de luz
que se pierde con un Sol en retirada,
justo antes que la noche imponga su ley, y el silencio
invada la calle,
entregada a oscuridades canallas, que se esconden entre las
sombras
que tímidamente develan las luces tibias de las farolas.
Aquí estoy, viendo cómo mi alma se escurre por las oquedades
del tiempo,
sin saber cómo ha sucedido que ayer fuera pájaro
y volara con las alas de la juventud de campo en campo,
y hoy sea topo que escarba en la oscuridad para ocultar
que ya la piel abandonara el esplendor de la tersura,
y los huesos sean el armazón que soporta el cansancio de los
años.
Y sin embargo, nos levantamos, respiramos,
nos ungimos de la luz de la mañana, como una libación de
vida,
amamos igual que lo hacíamos en la escuela,
y soñamos despiertos el futuro que nos queda.
Nos resistimos a caer en el vacío de la noche invernal,
arrinconados, para ver, como se van consumiendo
las brasas, antaño ardientes, de otro tiempo.
Ayer fuimos, y la sustancia de lo que éramos, es lo que hoy
somos,
y sólo si sabemos convertir el hastío de una tarde de
invierno
en un momento placentero; si podemos ver que la vida
fluye a nuestro alrededor como el Carro de Hermes,
avanzando hacia el enigma que se esconde más allá del
horizonte,
seguiremos sintiendo en cada por de piel que estamos vivos.
Si todavía somos capaces de rehacernos
al silencio que nos sepulta en el olvido,
y podemos discernir entre lo bueno y lo malo,
entre lo justo y lo indigno,
entre la sabiduría y la necedad,
entre la belleza y la fealdad,
sabremos que nuestra vida no ha sido baldía,
y un día, al mirar atrás, no nos cegará el deseo del tiempo
pasado,
porque la luz del porvenir, siguirá siendo ese rayo de Sol,
que ilumina el paisaje en el crepúsculo.
martes, 14 de enero de 2014
El libro como objeto de consumo
Foto: Autor desconocido
De González de la Cuesta
Hubo
un tiempo que las librerías eran lugares donde los amantes de la lectura podían
encontrarse con los libros, no sólo físicamente, sino también intelectual y
espiritualmente. El lector sabía que entre las estanterías encontraría su tesoro,
el que le proporcionaría algunas horas de placer y conocimiento, y el libro
descansaba, plácidamente, sabedor de que era el objeto de culto de quienes
cruzaban el umbral que separaba el mundo real del mundo de las letras, que no
es ni más ni menos cruel, pero sí más divertido.
En ese tiempo, el orden de las
cosas guardaba un cierto pudor y los libros estaban en su sitio, al resguardo
de la mano larga del mercado, que los ha convertido en objetos mercantiles,
sujetos, no a su valor cultural, sino al valor crematístico que puedan tener.
Por eso, hoy los libros ya no se consideran un bien espiritual, que produce
placer, nos hacen viajar o nos ensanchan la mente. No, hoy el libro es una
cifra en la cuenta de resultados de las grandes editoriales. Los podemos
encontrar en grandes superficies, al lado de la leche o los productos de
limpieza, o en las gasolineras, junto a los chicles y chocolatinas. Cualquier
lugar es bueno si produce beneficios.
Esta desnaturalización de los libros, convertidos en
objetos de consume acrítico y sujetos a las leyes del marketing y del mercado,
está provocando que disminuya el número de lectores, también por la falta de
interés político por el fomento de la lectura y el desdén de la educación hacia
la literatura, al dejar de ser un instrumento de culturización y tener que
competir con otros objetos de consumo. En la banalización de la sociedad a la
que nos están sometiendo los poderes públicos y privados, preferimos gastarnos
el dinero en copas que comprar un libro. Así las grandes editoriales, con el
único fin de optimizar gastos y obtener beneficios por la vía rápida, están inflando
una burbuja de editorial de incalculables consecuencias. No deja de resultar
llamativo que las últimas publicaciones duran en las librerías el tiempo que
tarda la editorial en sacar otra que la sustituya.
Pero para ser exactos, no es que desaparezcan. Es que muchos
libreros han entrado en ese juego de mercantilización del libro, perdiendo el
papel de experto al que se acudía en busca de su consejo, que conocía a sus
clientes y les informaba de las novedades, convirtiendo las librerías en
grandes supermercados del libro, donde, incluso para ellos, es difícil
aconsejarte donde se encuentra un libro. Cuando, por ejemplo, organizan una
firma de libros, no se hace para propiciar un encuentro entre lectores y autor,
se hace con el único fin de intentar vender ese día más ejemplares de ese libro
en concreto. Y a veces ni eso.
No se venden pocos libros sólo por la crisis actual. Una
parte importante de responsabilidad la tienen las librerías, que ha hecho
dejación de sus funciones, para convertirse en puntos de venta de un objeto de
consumo que se llama libro. Si la librería no vuelve a ser ese espacio de
encuentro entre lectores y libros, y no se convierte en un ámbito de dinamización
cultural en torno al libro y la literatura, en el que escritores, lectores y
libreros deben coincidir, para fomentar la lectura, y compartir el gusto por la
literatura, el futuro de muchas de ellas se dibuja negro. Porque si el libro es
un factor más de ocio, al final, será más rentable cerrar y poner una
hamburguesería, que vender libros. Y todos habremos perdido.
jueves, 28 de noviembre de 2013
Luis Rodríguez
Escrito por González de la Cuesta
Luis
Rodríguez es un escritor de trago corto, que no utiliza muchos ingredientes,
aunque alguno de ellos de alto contenido alcohólico, por el impacto emocional
que provoca en nuestras conciencias al leerlos. Entra en el texto sin
concesiones a la floritura. Directo. ¿Para qué andarse por las ramas? Como si
un bisturí diseccionara nuestra alma y vertiera un cóctel de palabras precisas,
que como cuchillas rasgaran nuestros buenos y decentes pensamientos. Porque
Luis Rodríguez, lector insaciable, que nació en Santander hace más de medio
siglo y ha ido bebiendo como una libación lo que le ofrecían los distintos
lugares en los que ha vivido, hasta que se afincó, definitivamente, en
Benicasim, nos sirve en dosis muy elaboradas literatura en estado puro, que
entra como un chute en nuestras venas hasta que alcanza el cerebro y ya nuestra
mirada del mundo no vuelve a ser igual. Es un ser peligroso, no porque sea
violento o maquiavélico, sino porque utiliza el arma de destrucción masiva de
las ideas bien pensantes más poderosa que se haya inventado jamás: la palabra. Y
además lo hace sin ninguna intención de provocar terremotos ni incitar a
revoluciones. La sacudida que provocan las novelas de Luis Rodríguez proviene
de hablarnos, con toda naturalidad, de la vida misma, sin celosías que la
oculten, ni espejos que la deformen.
Así es su primera novela “La
soledad del Cometa”, un ejercicio de vivisección del comportamiento humano, que
muestra unos personajes viviendo experiencias que pueden parecernos
irreverentes o rebuscadas, pero que, sin embargo, nos cuentan una parte de la
realidad que deliberadamente no queremos ver, y lo hace con tanta naturalidad
que no deja concesiones al regateo intelectual. Los personajes de esta novela,
que transitan por la vida de una soledad a otra, en busca de nada, o en el
mejor de los casos de una conformidad que les hace sobrevivir, no son ni siquiera
ácidos, ni subversivos, ni sucios. Son gente normal que aceptan el papel que
les ha tocado vivir, sin cuestionarse si lo que hacen está bien o mal. Lo hacen
porque tiene que ser así.
En su segunda novela,
“Novienvre”, hay una intencionalidad provocativa ya desde el título, que
deliberadamente transgrede las normas ortográficas, para agitar nuestra
comodidad, cuando no abulia, intelectual. No puede ser de otra manera cuando
esta incorrección gramatical viene de un escritor muy cuidadoso con el lenguaje
y pulcro en su escritura. Lo que nos hace pensar que estamos ante una
provocación del autor. Sin embargo “Novienvre” es una novela más amable, a
pesar de que hurga en el lado oscuro de nuestra conciencia forjada en siglos de
judeocristianismo. Pero es mucho más peligrosa, porque ahora la amabilidad del
personaje, que vuelve a transitar por la soledad como elemento de cohesión de
su trayectoria vital, nos seduce. Y no porque tenga una vida de película. Esto
es lo verdaderamente transgresor, sino porque es un individuo corriente, que se
enfrenta a los acontecimientos que la vida le va poniendo delante, otra vez,
con una naturalidad que te deja impávido. Luis Rodríguez, esta es otra
provocación, llamar al personaje con el nombre del autor, sin ser una novela
autobiográfica, es un ser que, al igual que los personajes de la “Soledad del
Cometa”, no se plantea si lo que hace está bien o mal, un rasgo literario que
empieza a ser distintivo de Luis Rodríguez, el otro, el escritor y autor de
estas novelas, lo hace porque así viene dado.
Cuando un personaje te dice ante
una persona que piensa que está muerta, que le tomó el pulso por hacer algo,
hay un mensaje que está produciendo un cortocircuito en nuestras neuronas, lo
peor de todo, sin saberlo. Esta es la literatura tal como la escribe Luis
Rodríguez: una provocación ante el lector, sin que este sea consciente de ello.
Algo así como cuando en una aglomeración alguien te empuja discretamente, te
pide perdón con toda naturalidad, y después te das cuenta que te ha robado la
cartera. Esa cartera vieja, que tanto detestabas, y que nunca te atrevías a
cambiar, por el rancio valor sentimental que tenía. Por eso, a las novelas de
Luis Rodríguez hay que enfrentarse sin miedos, libre de ataduras mentales, y
dejar que nos robe la cartera con naturalidad, para que las palabras cuando
circulen por nuestras venas no provoquen demasiados desgarros. Un
imprescindible.
martes, 19 de noviembre de 2013
A ti Mateo, es a ti.
Escrito por González de la Cuesta
Escribir una novela sobre
pinturas robadas, con Roma como escenario y la Iglesia como tenedor de arte, es
un riesgo hoy en día, pues se puede caer en esa corriente de misterios
vaticanistas y sectas de origen oscuro que tratan de preservar la verdad del
universo, que tan al uso están en la literatura desde hace años, y que, todo
hay que decirlo, ha dado algunas obras esplendidas y muchas más prescindibles.
Por eso a Juanma Velasco (Castellón, 1963) autor de la novela “Sólo los hombres sin patria pintan lobos”,
hay que reconocerle que haya sabido dar el tono adecuado a su nueva novela A ti Mateo, es a ti, sin dejarse llevar
por ese torrente editorial que ha colonizado los estantes de las librerías en
los últimos años.
A ti Mateo, es a ti, es una novela muy bien trazada, que nos habla
de la ambición del poder, la glotonería de la riqueza y el triunfo del amor, con
un cuadro de Caravaggio, La vocación de
San Mateo, exhibido en la iglesia de San Luis de los Franceses en Roma, que
sin pretenderlo se convierte en el verdadero personaje principal de la trama,
haciendo girar al resto alrededor de él. Una historia contada con maestría que
tiene un argumento muy bien estructurado de intriga policiaca, pero que no se
resuelve dentro de los cánones habituales de este género. Porque aunque la sucesión
de capítulos platean una trama policial, salpicada de retrospectivas históricas
que nos cuentan cómo se gestó la pintura del cuadro, el fondo de la historia
tiene más que ver con la realidad de la vida, cargada de matices, en donde los
personajes no aparecen como buenos o malos, sino simplemente como deudores de
sus propios actos.
Hay varias intrigas en la novela
que se superponen con la habilidad suficiente para que no se entorpezcan unas a
otras, y para que las resoluciones de todas lleven una secuencia que nos haga
ver que el final de la historia es la suma de todas ellas. Pero también hay una
pulsión de deseo sexual que atraviesa gran parte de la narración,
convirtiéndola, en algunos momentos, casi en una novela erótica.
Por todo ello, Juan Velasco ha
acertado en esta su segunda novela, haciendo de A ti Mateo, es a ti, una lectura recomendable, en la que podremos
disfrutar y darnos cuenta que detrás de cada cosa, siempre hay una trastienda
en la que se esconde otra realidad menos visible.
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