domingo, 19 de mayo de 2013

Día Internacional de los Museos



Escrito por José Manuel González de la Cuesta

Hace aproximadamente 10.000 años un grupo de cazadores que se habían asentado al borde de lo que hoy conocemos como Barranco de la Valltorta, se internaban por un estrecha angostura entre dos altas rocas, que daba acceso a las profundidades del barranco donde habitualmente cazaban, para alcanzar un abrigo que colgaba del farallón vertical que cerraba, por uno de los laterales, el barranco. Su asombro fue casi reverencial al encontrarse dibujadas en la pared las escenas de caza que ellos protagonizaban habitualmente. Estaban maravillados al ver que la vida cotidiana que les obligaba a cazar para subsistir se pudiera plasmar sobre una roca de forma tan bella.  Ellos no sabían, por supuesto, aunque algo sí podían intuir, que se encontraban ante una manifestación artística; una forma de arte, que hoy podemos considerar primitivo, pero que era, sin lugar a dudas para aquellos hombres a caballo entre el paleolítico y el neolítico, una obra de arte. Y mucho menos que se hallaban ante uno de los museos más antiguos de la historia, que les hacía tener las mismas experiencias sensoriales, que las que hoy en día pueda tener cualquier urbanita del siglo XXI.
                Desde ese abrigo al aire libre lleno de pinturas de escenas de caza en el Barranco de la Valltorta, hasta nuestros días, han pasado miles de años y la cultura se ha ido refinando y subvertido nuestras conciencias; ha sido uno de los motores sin el cual la humanidad se habría quedado anclada en la Edad de Piedra. Y en esa evolución que nos ha hecho pasar de sofisticados depredadores prehistóricos a sofisticados consumidores de la era cibernética, han tenido mucho que ver los museos. Esos lugares que durante siglos han ido atesorando nuestro patrimonio cultural y científico,  si bien hasta el siglo XVII eran sólo accesibles a las elites sociales y religiosas, hasta que la Universidad de Oxford decide exponer al público la colección que le había donado el anticuario Elías Ashmole, inaugurando el primer museo del mundo, en la idea que hoy tenemos de lo que es un museo. En los dos siglos siguientes los grandes museos que hoy conocemos en Europa: Louvre, Británico, Prado, etc. abrieron sus puertas mostrando colecciones, que en gran parte pertenecían a las monarquías de cada país.
                El mueso, como contenedor de arte o conocimiento, es imprescindible para la divulgación de la ciencia o la cultura. Esa democratización pedagógica que después de la Segunda Guerra Mundial han experimentado los muesos, ha contribuido a convertirlos en actores fundamentales para la transmisión de valores, situándolos en el epicentro de la vida cultural de un país, una región o una localidad. Sin embargo, en los últimos años están sonando demasiadas alarmas, que deberían hacernos reflexionar, aprovechando el Día Internacional de los Museos. El mercantilismo pujante y depredador de la sociedad actual está convirtiendo a los museos en objetos de consumo en sí mismo; no es raro ver que la mercadotecnia y la tienda del museo tienen un valor tan importante como la obra que se expone. Esto representa un problema grave que puede acabar con la propia supervivencia de muchos museos, que al no estar a la altura económica que los poderes públicos y privados consideran, puedan ver en peligro su continuidad, lo que estaría provocando un excesivo protagonismo de exposiciones itinerantes que, gracias a enormes operaciones propagandísticas en los medios, atraen público, con el único fin de la rentabilidad económica. Desde este criterio que asocia museo con consumo cultural y negocio, se está dejando de lado el valor artístico de muchas obras y la apuesta por la función de pedagogía que todo museo debe tener, como instrumento de transmisión de conocimiento. Pero es que también pueden estar en peligro numerosos museos locales o regionales que no entran en ese circuito de negocio museístico, capaz de proporcionar pingües beneficios al capitalismo imperante. No es una suposición este peligro. Ya estamos viendo como los presupuestos dedicados a museos se reducen año a año, por la miopía de los dirigentes políticos, rendidos a la lógica del beneficio económico que el capitalismo y sus tiburones están imponiendo en el mundo.
                Es nuestra obligación denunciar esta situación que puede acabar con el patrimonio cultural y científico condenado a la soledad fría de un sótano, una vez que ya no sea soportable para el capitalismo mantenerlos en esos contenedores, que denominamos museos, que no visitan nadie. Ese es el drama que deberíamos reflexionar en este Día Internacional de los Museos, para que la falta de interés que los poderes públicos muestran hacia la promoción de los museos, se torne en políticas de dinamización cultural y artísticas, que transciendan al beneficio económico. El museo debe ser uno de los ejes en torno al cual gira la cultura de una localidad, fomentando sus colecciones y animando a la participación  de la sociedad, para hacerla ver que el museo es también parte de su acervo vital. No podemos dejar que los museos se conviertan en objetos de depredación capitalista, que sólo tiene como binomio de su interés rentabilizar o liquidar.
                En Castellón tenemos magníficos museos que debemos cuidar y exigir a los poderes públicos su puesta en valor cultural. El Museo de Bellas Artes, con una obra expuesta que todavía no está a la altura de su brillante edificio;  el EACC, que debería volver a recuperar el prestigio de los primeros años, antes de que el puritanismo de cierta derecha regional lo pusiera en cuarentena;  el Museo de Ciencias Naturales de Onda, un museo que es un museo en sí mismo, por ser una muestra del concepto decimonónico de museo de ciencias;  el Museo de Arte Rupestre Levantino de Tirig, que se beneficia de estar enclavado junto a una de las mayores concentraciones de arte rupestre de la Comunidad Valenciana;  el Museo de Arte Contemporáneo de Vilafamés, que es uno de los mejores museos de arte contemporáneo de España y quizá de Europa, un lujo que debemos conservar y dinamizar; y otros muchos que representan el patrimonio cultural de la provincia, y que bien puestos en valor son un reclamo de visitantes nativos y foráneos.
                El arte, la cultura, la ciencia, son elementos sustanciales para nuestra formación como ciudadanos libres y de pensamiento crítico, y los museos ponen a nuestra disposición muchos de los instrumentos necesarios para ello. Pero si dejamos que se conviertan en contenedores de consumo, los habremos transformado en transmisores de valores de la ideología dominante, y si esto es así, acabaremos transfigurados en nuevos androides manipulados a su conveniencia. 

viernes, 17 de mayo de 2013

Tuya es la voz


Escrito por José Manuel González de la Cuesta

“Mi padre me enseñó a amar la poesía”, esta es la esencia de puede resumir el nuevo libro de poemas de Amelia Díaz Benlliure: "Tuya es la voz”. Una advertencia que se recoge en la primera línea de la maravillosa introducción que hace Amelia al libro. Porque con la poesía aprendió a leer, a luchar, a ser solidaria, justa y tolerante. Todo eso se lo enseñó su padre, a quien profesa un inmenso amor, como el hombre que marcó su vida y moldeó la sustancia de lo que ella es hoy. Un hombre que vivió, como Amelia nos cuenta, entre dos lugares para el olvido, a los que nadie debería nunca ir: el hospicio, que le vio crecer y el hospital, que le vio morir, para transitar entremedias por la vida como un hombre hospitalario de las injusticias que él y los otros sufrían, y de los sueños que su hija tenía. Y de este reconocimiento al padre nacen los poemas de Tuya es la voz, porque es él quien habla a través de los versos de Amelia; versos poderosos, enérgicos y llenos de luz en la oscuridad de la orfandad por culpa de la guerra, y la soledad hospitalaria de la enfermedad. No hace Amelia un homenaje a su padre, porque los homenajes tienen algo de distancia, de tributo hacia algo que admiramos, pero que nos resulta externo. Amelia traza el recuerdo de su padre desde sus propias entrañas simbióticas de todo el acerbo paterno que han ido acumulando a lo largo de los años. Y de esta unión surge el grito liberador “Nuestra voz es tu voz……Es tu voz nuestra voz……Tuya es la voz”, que rompe el silencio amartillado por el duelo del recuerdo, de la memoria de una infancia feliz que ella sí tuvo y se le negó a su padre: “Reunidas en un mantel/ todas las hambres”; de las noches de hospital luchando contra la enfermedad, que anuncia como un heraldo de la muerte la despedida: “Avanzaba implacable/el séquito de la muerte./Doscientos/Doscientos dos”. Por ese dejar que hable él, dejando la ventana abierta para que Amelia, al otro lado del alfeizar se desnude ante el padre con otros versos que nos hablan de sus propios sentimientos, Tuya es la voz es un libro que resulta desgarrador, sin concesiones, escrito con versos muy pulidos y hermosos que llegan al alma del lector, con una pequeña luz, una débil linterna que nos anuncia que no todo está perdido: “Los ojos oscuros del camino/saquearon la luz./Mas tú perduras, inmortal, en lo invisible./Con el rostro sereno del que se sabe/caricia en el pensamiento”. Porque mientras el padre habite en la memoria y en la palabra hecha verso, la esperanza de alcanzar su sueño permanecerá viva. “De cada una de mis palabras,/tuya es la voz”.

domingo, 28 de abril de 2013

Mi reino en un libro


 Escrito por José Manuel González de la Cuesta



Mis dos lecturas de la infancia fueron Ivanhoe, esa magnífica novela de Walter Scott ambientada en la Inglaterra medieval, con intrigas palaciegas y aventuras a raudales de su joven y apuesto protagonista, que llenaron mi imaginación, de apenas un niño de diez años, de fantasías maravillosas y momentos inolvidables. La otra, más o menos en la misma época, fue Las Aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain, que hizo que me identificara de tal manera con aquel muchacho, que a pesar de su vida pobre en un miserable pueblecito a orillas del río Misisipi, vivía en un mundo de aventuras infantiles, que se acabaron convirtiendo en tan suyas como mías. Esa era la magia de los libros, que nos transportaban a un mundo imaginativo, donde todo tenía un orden diferente, y lo mismo podíamos ser Jim Hawkins enfrentándose a malvados piratas en La Isla del Tesoro, que Oliver Twist luchando por sobrevivir entre lo más sórdido e hipócrita de la sociedad londinense. Después vinieron muchas otras lecturas que fueron dando forma al intelecto y la cultura, siempre mediante historias fascinantes que nos hablaban de otros mundos, de que hay muchas maneras de ver e interpretar la vida. Lecturas en la soledad de la habitación que se desvanecía conforme las palabras escritas empezaban ocupar todo el espacio de tu cerebro, para viajar más allá de los límites físicos y temporales del cuarto en el que uno se encontraba.
                He tenido la suerte de vivir en una época en la que los libros eran fuente de sabiduría, el alimento intelectual y espiritual que nos formaba como personas. Era una época en la que todavía no había irrumpido, como un elefante en cacharrería, la desafortunada frase: “Una imagen vale más que mil palabras”, que sólo tiene como fondo el interés de constreñir nuestra capacidad de pensamiento a lo evidente, negando toda posibilidad de interpretación propia de lo que sucede. Es cierto que las imágenes cumplen un papel fundamental en una sociedad que reclama información rápida y fácil de digerir, pero no es menos cierto que esta cultura de la imagen ha reducido nuestro interés por leer, que es lo mismo que nuestra capacidad de pensar, de discernir entre lo bueno y lo malo que nos cuentan los libros. Porque cuando leemos tenemos que hacer un esfuerzo de compresión, que exige activar nuestro pensamiento, y hoy es evidente que vivimos en una sociedad bombardeada por miles de imágenes, que están acabando por reducir todo a una asimilación visual de la realidad, rápida y sin memoria (la percepción de una imagen dura lo que tarda la siguiente en aparecer). Hoy sería inimaginable un periódico como El Caso, aquel semanario que nos contaba la crónica negra de España entre los años 50 y 80 del siglo pasado, mediante artículos que nos hacía imaginar el escenario del crimen, metiéndonos tanto en él y en lo que había sucedido, que parecía que estábamos allí mismo, como espectadores de lujo del delito; crónicas que siempre dejaban abierta la puerta de la duda, del misterio, para que los lectores pudieran hacer su propia reflexión sobre lo que leían. Ahora nos conformamos con ver  tres imágenes o un video, generalmente de mala calidad, con el muerto despanzurrado, sin tiempo para la reflexión, ni el pensamiento propio.
                Esta aceleración en el consumo de noticias y la cultura, nos ha conducido a que cada vez se lea menos, que  la lectura sea un esfuerzo que no estamos dispuestos a soportar. Por eso hoy, que se edita mucho, se lee poco, y se edita ligero, para no cansar demasiado al lector. No es una casualidad que estén tan de moda los microrrelatos; para que tener que leer diez páginas si en diez líneas nos han dicho lo mismo. Lo que sucede es que por el camino nos hemos dejado el deleite de la literatura; la belleza de lo contado con esmero y detalle; el placer de imaginar, que no es otra cosa que poner nuestras propias imágenes a lo que estamos leyendo; la fascinación de vivir lo que sienten los personajes, a través de nuestras propias sensaciones; la plenitud de saber que después de la primera página vendrá otra y otra y otra, hasta que nosotros seamos parte de lo que estamos leyendo. Porque la literatura que es empatía, también puede ser rechazo, pero siempre una activación de nuestros sentimientos.
                No significa que hoy no se escriban buenos libros. Los hay maravillosos, novelas que nos transportan en el espacio y en el tiempo, poesías que nos alimentan el alma, ensayos que nos arrojan luz. Me imagino que lo mismo que yo sentía cuando leí la trilogía de “El Señor de los Anillos”, lo habrán sentido millones de niños y adolescentes con Harry Potter. Por suerte, todavía se sigue leyendo, todavía seguimos fascinándonos con historias escritas que nos regalan tardes y noches de satisfacción. Ese mundo nuevo y revelado que muchas mujeres han descubierto en la trilogía de “Las cincuenta sombras de Grey” de E.L. James, se asemejará a lo que experimentaron muchas otras cuando leyeron “La pasión turca” de Antonio Gala. El problema es que hoy es mucho más difícil conseguirlo, porque la competencia que enfrenta a la literatura con otros medio de ocio cultural, sobre todo el audiovisual, es muy grande, en un contexto en el que el número de lectores se va reduciendo.
                La lectura hay que fomentarla, protegerla, facilitarla,  mimarla. Aprovechar cualquier resquicio que la acelerada sociedad actual nos dé para su promoción. Porque en los libros está todo: el conocimiento, la cultura, los sentimientos, el placer y el pensamiento. La literatura se está convirtiendo en uno de los últimos reductos de libertad que existen, al ser nuestra imaginación algo imposible de controlar por el poder. Además leer, en contra de una falsa creencia muy extendida, no es caro, es una inversión en nosotros mismos, y en los tiempos que corren, tenemos que empezar a pensar que un libro no es un formato, es una obra escrita para nosotros, lo que convierte el debate sobre formatos entre papel o digital en baladí y estúpido. Cada uno que elija el que quiera, lo importante es que escojamos uno u otro, o los dos, y nos pongamos a leer. Porque un libro, una vez leído, deja de tener forma y pasa ser sustancia de lo que somos.

viernes, 26 de abril de 2013

Cuando la vida se pone perra



Escrito por José Manuel González de la Cuesta

     Hace dos años, Miguel Torija nos sorprendió con su libro: “Catálogo de excusas para seguir vivo”. Una compilación de relatos que nos hablaba de la vida en toda su dimensión negativa y positiva. Hoy nos presenta: “Cuando la vida se pone perra”, un libro de parecidas características, en cuanto a su estructura de relatos cortos y microrrelatos, y la intencionalidad de dejarnos con una sensación de incomodidad de la que es imposible escapar. Miguel Torija vuelve a zarandear nuestras conciencias, pero esta vez, y aquí es donde reside la abultada diferencia con su libro anterior, de una manera despiadada, sin misericordia para el lector, que va a sentir, relato tras relato, como se agita en el asiento su instinto de supervivencia, al ver que la realidad que lo rodea se ha colado entre las líneas de cada narración y ya no hay escapatoria posible; realidad y ficción se funden en un solo acto, del que podemos ser en cualquier momento protagonistas, personajes que sin pretenderlo escribiremos, al otro lado de la frontera literaria, un destino incierto y controlado por otros. Y es que estos dos últimos años no han pasado en balde, y lo que en 2011 creíamos era una crisis con fecha de caducidad, hoy, en 2013, se ha convertido en una incertidumbre estructural, de la que nadie está a salvo, ni siquiera “Cuando la vida se pone perra”, un libro que no se ha podido librar del zarpazo que la crisis ha lanzado sobre nuestras precarias vidas.
     Miguel Torija ha sabido manejar con maestría el relato cotidiano de personajes que pueden ser su vecino de arriba o usted mismo. Sin concesiones a la ficción literaria, ha conseguido que nos metamos en el papel de unos seres que dudan, que sienten con desdén el infortunio que les ha deparado el destino, que son tan reales que asustan, al igual que las situaciones en las que se encuentran metidos. Esta es la magia de su libro: hacernos creer que lo que es solo una ficción narrativa en un texto, puede ser tan real como que nosotros la estamos leyendo, con una prosa fina y depurada, que mantiene al lector pegado a la narración, inconsciente del tiempo.
     La otra gran sorpresa de este libro es Víctor Aranda, un fotógrafo de solvente prestigio profesional que ha sabido captar con su cámara la vida a pie de calle e insertarla en algunos de los relatos de “Cuando la vida se pone perra”, con tanta maestría, que parece que sean dos apéndices de un mismo cuerpo.

lunes, 18 de marzo de 2013

Sin cielo, sin cieno



Comentario de José Manuel González de la Cuesta

El nuevo libro de Marcelo Díaz: “Sin cielo, si cieno” es un poemario de altura, de gran madurez artística, que nos sitúa ante a un artista que se mantiene en el cenit de su carrera, ya larga, pero no por ello menos intensamente fructífera. Porque Marcelo Díaz es un renacentista del siglo XXI, no sólo por su manejo creativo en dos terrenos tan aparentemente distantes como la poesía y la escultura, sino por la vasta cultura que tiene puesta al servicio del arte y de la humanidad, en el convencimiento de que el hombre sólo se salvará cuando se reconozca a sí mismo como un sujeto extraordinario, para la bueno y para lo malo, esencial en el devenir de la vida.
“Sin cielo, sin cieno” recoge el espíritu de una manera de entender el arte, que tiene que ver con cierto expresionismo poético, al transmitirnos a través de los versos que surcan el libro, con una edición sumamente cuidada y original, sentimientos profundos que van más allá de la pura belleza formal y académica. Sus poemas son como paletadas de color poético, al igual que sus esculturas nos hablan de la vida desde la abstracción de la forma, porque es una manera más íntima y personal de transmitirnos las emociones y sentimientos que albergan en su interior. Hay una intención deliberada de esculpir palabras con una belleza que nos trastoca el alma, gracias a una poesía casi matérica, que cierra el círculo de Marcelo Díaz como artista en permanente simbiosis entre la forma escultórica y la forma poética, que nos hace recordar el espíritu informalista: abstracción, expresionismo, materia e inconformismo, de los grandes artista españoles de la segunda mitad del siglo pasado.
Pero “Sin cielo, sin cieno” no es un libro vacío, al modo parnasiano del arte por el arte. Esconde una fuerza espiritual reivindicativa del hombre frente a la codicia, la maldad, y la corrupción del poder. Alza la voz para decirnos que el ser humano tiene esperanza cuando se levanta como defensor de todo aquello: la bondad, la inteligencia, el valor, la justicia, el amor… que le ha hecho la criatura más fascinante de la creación. “La carne se hace verbo y es la vida” nos declama en un verso de uno de sus poemas; un aliento necesario para saber que la vida es un camino lo suficiente hermoso y breve, como para no dejarlo en manos de facinerosos cobardes, porque “llegas a la vida/y ya es ineludible la muerte”.

domingo, 10 de marzo de 2013

Aquellos que fundaron Castellón



Relato de José Manuel González de la Cuesta

Ferrán sujetaba el gaiato con fuerza a las puertas de la muralla que miraba desde el Cerro de la Magdalena al impresionante llano que hacía deslizar la vista hasta el mar.  El castillo se levantaba imponente sobre el ajetreo de los que, hasta ese día, habían sido sus habitantes, que se afanaban en los preparativos de la comitiva que iba a abandonar, por la gracia del rey Jaime, la protección que sus torres, como fieles guardianes que avistaban todo lo que pasaba en la llanura, y sus murallas, protectoras desde tiempos inmemorables, cuando eran habitadas por los muslimes, antes que las huestes del rey las conquistaran para la cristiandad, les ofrecían.  Atrás estaban a punto de quedarse sus años infantiles de juegos despreocupados; la mocedad en la que empezó a trabajar de sol a sol, junto a su padre, arrancándole a la tierra dura de los barrancos, que se empinaban hacia la cima de la montaña, el sustento de cada día; sus esponsales con Isabel, la hija de Nuño el cordelero, y los posteriores nacimientos de sus hijos Isabel, Ferrán y Nuño. Todo un tropel de recuerdos le vinieron del golpe, acentuando su melancolía y la incertidumbre de lo que les depararía el futuro. Pero lo cierto es que en la plana que se abría ante sus ojos la tierra era mucho más fértil y ofrecía mayor prosperidad; así lo habían hecho saber quiénes aprovechando el despoblamiento que habían sufrido esas tierras unos años atrás, al haber sido abandonadas por los musulmanes que las habitaban después de las revueltas que protagonizaron contra el rey, se aventuraron a ocupar las alquerías que habían quedado sin dueño. Ahora que Jaime de Aragón había concedido a su lugarteniente Ximén Pérez de Arenós la Carta Puebla, por la que autorizaba a ocupar cualquier lugar del término real, el momento de abandonar el castillo había llegado, para dirigirse hacia la alquería de Benárabe, lugar elegido para el nuevo asentamiento.
          Eso si el tiempo lo permitía, pues una inoportuna e incesante lluvia estaba retrasando la partida más de lo aconsejable, que siendo un día tan oscuro acabaría por echárseles la noche encima antes de llegar a su destino. Era mediodía y todavía se estaban cargando carromatos y acémilas que transportaran los pocos, pero necesarios enseres, que don Ximén había autorizado llevar. Si la noche les sorprendía con esa lluvia y apenas sin escolta iban a tener serios problemas. Por eso Ferrán, estaba nervioso y el mal humor iba creciendo en su interior, hasta que avanzada ya bastante la mañana la comitiva se puso en marcha por el camino que les conducía a las tierras planas y fértiles de su nuevo destino.
          Bajaban torpemente por culpa del barro que se hizo más intenso cuando alcanzaron la llanura, dejando tras de sí las rocas de la montaña, medio ocultas entre nubes que no paraban de descargar agua, lo que les obligaba a tener que empujar los carros haciendo un esfuerzo enorme que les dejaba exhaustos, sobre todo a los niños, obligándoles a tener que parar más de lo que sería conveniente. Pero iban felices, la nueva vida que se abría ante ellos les daba un plus de ánimo y fuerza que las hacía superar todas las dificultades. Ferrán tiraba con brío de su carromato hecho con pesadas ruedas de garrofera, que se hundía en el barro más de lo que a él le hubiera gustado, mientras sus hijos y esposa, salvo la pequeña  Isabel, que iba acomodada y protegida de la lluvia entre enseres, ayudaban en el empeño. Podía haberse pospuesto la bajada a otro día con mejor tiempo –pensaba-, pero las órdenes del lugarteniente del rey se habían de cumplir sin dilación, además ya habían aguantado bastante viendo como las tierras que desde el cerro se ofrecían a la vista, permanecía a la espera de que alguien las trabajara.
         La comitiva lentamente se iba adentrando en una llanura pantanosa anegada de agua, cuando la noche se les empezó a echar encima. Había que tomar decisiones, los niños y mayores estaban agotados, las mujeres no daban abasto para calmarles y en los hombres el cansancio empezaba a hacer huella. Además el temor a la oscuridad de una noche tan inclemente y lluviosa, y acabar perdidos entre las aguas pantanosas que les rodeaban, empezó a incrementar su desánimo, y las dudas sobre si había sido una buena idea abandonar sus hogares de la protección que les ofrecía el castillo, fueron prendiendo en muchos de ellos. Pero no se podía parar, don Ximén les esperaba en la alquería con todo preparado para su llegada, y la noche, si no seguían avanzando les engulliría entre el frio y la lluvia, quién sabe con cuánta desgracia. Ferrán opinaba que debían seguir, a pesar de ver a su familia al borde de la extenuación, y a su pequeña Isabel en un llanto provocado por el frío y el hambre. Había que seguir y alcanzar la alquería; mientras estuvieran en movimiento el cuerpo no sucumbiría a la derrota.  Repartieron las últimas viandas que les quedaba: longanizas, trozos de los rollo de pan que los niños llevaban colgados alrededor del cuello y vino para coger fuerzas, y buscaron cañas que en grandes manojos crecían a la vera del camino.  En cada gaiato colocaron un farol alimentado con grasa de manteca, una luz que les iluminaría hasta su destino, formando una sirga luminosa que serpenteaba por el camino entre la noche y el agua del marjal, que salvaban gracias a las cañas que usaban para marcar las zonas pantanosas y no caer en ellas.
           Cuando Ferrán vio las luces de la alquería al fondo, y los hombres del administrador real salieron a su encuentro, los ojos se le humedecieron con el grito de júbilo de toda la comitiva. Supo en ese instante que aquel iba a ser su hogar y el de las generaciones futuras de su familia, y prometió ante los suyos que cada año subirían al Cerro de la Magdalena, ese mismo día, tercer domingo de Cuaresma, en conmemoración del sufrimiento que habían padecido. Lo que no sabía era que se encontraba entre los fundadores de la futura ciudad de Castellón. 

viernes, 1 de marzo de 2013

Exposición Grupo Figuración Siglo XXI



De José Manuel González de la Cuesta


Figuración XXI es un grupo de jóvenes castellonenses que han tomado la figuración como bandera, haciendo de ella una reivindicación artística, no tanto porque en esa tensión dialéctica habida a lo largo del siglo XX entre figuración y abstracción, la primera haya sido ninguneada en ciertos círculos artísticos y mercantiles, hasta la poderosa irrupción que el Arte Pop y el Realismo tuvieron desde los años 60, o incluso que algunos de los grandes pintores del siglo, como Edwar Hopper, George W. Bellows, en Estados Unidos, Antonio López, Amalia Avia, o Eduardo Úrculo en España, hayan marcado parte de la historia del arte del siglo XX, sino porque su reivindicación va más allá del mero aspecto formal, tal como exponen en su Manifiesto fundacional: Este reclamo, viene dado entre otros motivos por una revitalización y un reconocimiento a la figura del pintor de caballete, que se remonta a tiempos inmemoriales dentro de la historia del arte y por supuesto al lado más manual y humano que conlleva el ejercicio de la pintura”. Es una reivindicación del oficio de pintor, una vuelta al clasicismo del caballete como soporte de la obra pictórica. Sin embargo, tienen también un espíritu de vanguardia, reflejado al reivindicar la nueva figuración mediante un  “manifiesto” en el que anunciar cuáles son sus propósitos como Grupo, del mismo modo que las vanguardias del siglo XX hicieron sus propios manifiestos, como gritos al mundo de cuáles eran sus ideas artísticas. Pero El Grupo Figuración XXI no se queda en la reivindicación del aspecto formal de la pintura: “De la misma forma se puede optar por ser “tradicional” en cuanto a la ejecución se refiere y “moderno” en el concepto”, dicen reclamando el derecho conceptual de la pintura figurativa. La apariencia naturalista y explícita nunca ha estado exenta de contenido, continúan expresando en su manifiesto.
         Ahora, hasta el día 23 de Marzo exponen en Castellón, en el Centro Cultural Provincial Las Aulas, donde podemos ver el Pop de Raquel Lara, en figuras y rostros de mujer con una delicada factura cubista no geométrica, que nos habla del arte como una evolución constante, rememorando al gran Roy Lichtenstein’s. Carlos Asensio nos enfrenta ante un realismo que va más allá del puro ejercicio visual, transcendiendo hacia la intelectualización y el concepto que nos quieren expresar esos hombres, jóvenes o mayores, en actitudes gimnásticas que incitan a pensar que la vida está inmersa en una dinámica que sólo se acaba con la muerte. Nacho Puerto nos asombra con el realismo casi etéreo de sus paisajes urbanos, o en la frontera del hiperrealismo surrealista o el Pop, con una belleza formal que deja al espectador desnudo ante sus obras.  Todos ellos componentes del Grupo Figuración XXI, que nos dan la buena noticia de que el arte pictórico sigue vivo en Castellón, que tan buena tradición tiene, siguiendo la estela de Traver Calzada, Luis Prades o Bolumar, con una propuesta expositiva que cierran la fuerza expresiva de las naturalezas de Esmeralda Rodríguez y la materia escultórica postindustrial de Manuel Martí.
         Estamos, por tanto, de enhorabuena, al constatar la calidad artística de estos jóvenes que auguran un futuro prometedor para ellos mismos y para el arte sin fronteras.
        

Bajas laborales

                   Núñez Feijoo vuelve a liarla con una de sus ocurrencias, que, si bien, está en su ideario político, no quita para que int...