viernes, 17 de mayo de 2013

Tuya es la voz


Escrito por José Manuel González de la Cuesta

“Mi padre me enseñó a amar la poesía”, esta es la esencia de puede resumir el nuevo libro de poemas de Amelia Díaz Benlliure: "Tuya es la voz”. Una advertencia que se recoge en la primera línea de la maravillosa introducción que hace Amelia al libro. Porque con la poesía aprendió a leer, a luchar, a ser solidaria, justa y tolerante. Todo eso se lo enseñó su padre, a quien profesa un inmenso amor, como el hombre que marcó su vida y moldeó la sustancia de lo que ella es hoy. Un hombre que vivió, como Amelia nos cuenta, entre dos lugares para el olvido, a los que nadie debería nunca ir: el hospicio, que le vio crecer y el hospital, que le vio morir, para transitar entremedias por la vida como un hombre hospitalario de las injusticias que él y los otros sufrían, y de los sueños que su hija tenía. Y de este reconocimiento al padre nacen los poemas de Tuya es la voz, porque es él quien habla a través de los versos de Amelia; versos poderosos, enérgicos y llenos de luz en la oscuridad de la orfandad por culpa de la guerra, y la soledad hospitalaria de la enfermedad. No hace Amelia un homenaje a su padre, porque los homenajes tienen algo de distancia, de tributo hacia algo que admiramos, pero que nos resulta externo. Amelia traza el recuerdo de su padre desde sus propias entrañas simbióticas de todo el acerbo paterno que han ido acumulando a lo largo de los años. Y de esta unión surge el grito liberador “Nuestra voz es tu voz……Es tu voz nuestra voz……Tuya es la voz”, que rompe el silencio amartillado por el duelo del recuerdo, de la memoria de una infancia feliz que ella sí tuvo y se le negó a su padre: “Reunidas en un mantel/ todas las hambres”; de las noches de hospital luchando contra la enfermedad, que anuncia como un heraldo de la muerte la despedida: “Avanzaba implacable/el séquito de la muerte./Doscientos/Doscientos dos”. Por ese dejar que hable él, dejando la ventana abierta para que Amelia, al otro lado del alfeizar se desnude ante el padre con otros versos que nos hablan de sus propios sentimientos, Tuya es la voz es un libro que resulta desgarrador, sin concesiones, escrito con versos muy pulidos y hermosos que llegan al alma del lector, con una pequeña luz, una débil linterna que nos anuncia que no todo está perdido: “Los ojos oscuros del camino/saquearon la luz./Mas tú perduras, inmortal, en lo invisible./Con el rostro sereno del que se sabe/caricia en el pensamiento”. Porque mientras el padre habite en la memoria y en la palabra hecha verso, la esperanza de alcanzar su sueño permanecerá viva. “De cada una de mis palabras,/tuya es la voz”.

domingo, 28 de abril de 2013

Mi reino en un libro


 Escrito por José Manuel González de la Cuesta



Mis dos lecturas de la infancia fueron Ivanhoe, esa magnífica novela de Walter Scott ambientada en la Inglaterra medieval, con intrigas palaciegas y aventuras a raudales de su joven y apuesto protagonista, que llenaron mi imaginación, de apenas un niño de diez años, de fantasías maravillosas y momentos inolvidables. La otra, más o menos en la misma época, fue Las Aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain, que hizo que me identificara de tal manera con aquel muchacho, que a pesar de su vida pobre en un miserable pueblecito a orillas del río Misisipi, vivía en un mundo de aventuras infantiles, que se acabaron convirtiendo en tan suyas como mías. Esa era la magia de los libros, que nos transportaban a un mundo imaginativo, donde todo tenía un orden diferente, y lo mismo podíamos ser Jim Hawkins enfrentándose a malvados piratas en La Isla del Tesoro, que Oliver Twist luchando por sobrevivir entre lo más sórdido e hipócrita de la sociedad londinense. Después vinieron muchas otras lecturas que fueron dando forma al intelecto y la cultura, siempre mediante historias fascinantes que nos hablaban de otros mundos, de que hay muchas maneras de ver e interpretar la vida. Lecturas en la soledad de la habitación que se desvanecía conforme las palabras escritas empezaban ocupar todo el espacio de tu cerebro, para viajar más allá de los límites físicos y temporales del cuarto en el que uno se encontraba.
                He tenido la suerte de vivir en una época en la que los libros eran fuente de sabiduría, el alimento intelectual y espiritual que nos formaba como personas. Era una época en la que todavía no había irrumpido, como un elefante en cacharrería, la desafortunada frase: “Una imagen vale más que mil palabras”, que sólo tiene como fondo el interés de constreñir nuestra capacidad de pensamiento a lo evidente, negando toda posibilidad de interpretación propia de lo que sucede. Es cierto que las imágenes cumplen un papel fundamental en una sociedad que reclama información rápida y fácil de digerir, pero no es menos cierto que esta cultura de la imagen ha reducido nuestro interés por leer, que es lo mismo que nuestra capacidad de pensar, de discernir entre lo bueno y lo malo que nos cuentan los libros. Porque cuando leemos tenemos que hacer un esfuerzo de compresión, que exige activar nuestro pensamiento, y hoy es evidente que vivimos en una sociedad bombardeada por miles de imágenes, que están acabando por reducir todo a una asimilación visual de la realidad, rápida y sin memoria (la percepción de una imagen dura lo que tarda la siguiente en aparecer). Hoy sería inimaginable un periódico como El Caso, aquel semanario que nos contaba la crónica negra de España entre los años 50 y 80 del siglo pasado, mediante artículos que nos hacía imaginar el escenario del crimen, metiéndonos tanto en él y en lo que había sucedido, que parecía que estábamos allí mismo, como espectadores de lujo del delito; crónicas que siempre dejaban abierta la puerta de la duda, del misterio, para que los lectores pudieran hacer su propia reflexión sobre lo que leían. Ahora nos conformamos con ver  tres imágenes o un video, generalmente de mala calidad, con el muerto despanzurrado, sin tiempo para la reflexión, ni el pensamiento propio.
                Esta aceleración en el consumo de noticias y la cultura, nos ha conducido a que cada vez se lea menos, que  la lectura sea un esfuerzo que no estamos dispuestos a soportar. Por eso hoy, que se edita mucho, se lee poco, y se edita ligero, para no cansar demasiado al lector. No es una casualidad que estén tan de moda los microrrelatos; para que tener que leer diez páginas si en diez líneas nos han dicho lo mismo. Lo que sucede es que por el camino nos hemos dejado el deleite de la literatura; la belleza de lo contado con esmero y detalle; el placer de imaginar, que no es otra cosa que poner nuestras propias imágenes a lo que estamos leyendo; la fascinación de vivir lo que sienten los personajes, a través de nuestras propias sensaciones; la plenitud de saber que después de la primera página vendrá otra y otra y otra, hasta que nosotros seamos parte de lo que estamos leyendo. Porque la literatura que es empatía, también puede ser rechazo, pero siempre una activación de nuestros sentimientos.
                No significa que hoy no se escriban buenos libros. Los hay maravillosos, novelas que nos transportan en el espacio y en el tiempo, poesías que nos alimentan el alma, ensayos que nos arrojan luz. Me imagino que lo mismo que yo sentía cuando leí la trilogía de “El Señor de los Anillos”, lo habrán sentido millones de niños y adolescentes con Harry Potter. Por suerte, todavía se sigue leyendo, todavía seguimos fascinándonos con historias escritas que nos regalan tardes y noches de satisfacción. Ese mundo nuevo y revelado que muchas mujeres han descubierto en la trilogía de “Las cincuenta sombras de Grey” de E.L. James, se asemejará a lo que experimentaron muchas otras cuando leyeron “La pasión turca” de Antonio Gala. El problema es que hoy es mucho más difícil conseguirlo, porque la competencia que enfrenta a la literatura con otros medio de ocio cultural, sobre todo el audiovisual, es muy grande, en un contexto en el que el número de lectores se va reduciendo.
                La lectura hay que fomentarla, protegerla, facilitarla,  mimarla. Aprovechar cualquier resquicio que la acelerada sociedad actual nos dé para su promoción. Porque en los libros está todo: el conocimiento, la cultura, los sentimientos, el placer y el pensamiento. La literatura se está convirtiendo en uno de los últimos reductos de libertad que existen, al ser nuestra imaginación algo imposible de controlar por el poder. Además leer, en contra de una falsa creencia muy extendida, no es caro, es una inversión en nosotros mismos, y en los tiempos que corren, tenemos que empezar a pensar que un libro no es un formato, es una obra escrita para nosotros, lo que convierte el debate sobre formatos entre papel o digital en baladí y estúpido. Cada uno que elija el que quiera, lo importante es que escojamos uno u otro, o los dos, y nos pongamos a leer. Porque un libro, una vez leído, deja de tener forma y pasa ser sustancia de lo que somos.

viernes, 26 de abril de 2013

Cuando la vida se pone perra



Escrito por José Manuel González de la Cuesta

     Hace dos años, Miguel Torija nos sorprendió con su libro: “Catálogo de excusas para seguir vivo”. Una compilación de relatos que nos hablaba de la vida en toda su dimensión negativa y positiva. Hoy nos presenta: “Cuando la vida se pone perra”, un libro de parecidas características, en cuanto a su estructura de relatos cortos y microrrelatos, y la intencionalidad de dejarnos con una sensación de incomodidad de la que es imposible escapar. Miguel Torija vuelve a zarandear nuestras conciencias, pero esta vez, y aquí es donde reside la abultada diferencia con su libro anterior, de una manera despiadada, sin misericordia para el lector, que va a sentir, relato tras relato, como se agita en el asiento su instinto de supervivencia, al ver que la realidad que lo rodea se ha colado entre las líneas de cada narración y ya no hay escapatoria posible; realidad y ficción se funden en un solo acto, del que podemos ser en cualquier momento protagonistas, personajes que sin pretenderlo escribiremos, al otro lado de la frontera literaria, un destino incierto y controlado por otros. Y es que estos dos últimos años no han pasado en balde, y lo que en 2011 creíamos era una crisis con fecha de caducidad, hoy, en 2013, se ha convertido en una incertidumbre estructural, de la que nadie está a salvo, ni siquiera “Cuando la vida se pone perra”, un libro que no se ha podido librar del zarpazo que la crisis ha lanzado sobre nuestras precarias vidas.
     Miguel Torija ha sabido manejar con maestría el relato cotidiano de personajes que pueden ser su vecino de arriba o usted mismo. Sin concesiones a la ficción literaria, ha conseguido que nos metamos en el papel de unos seres que dudan, que sienten con desdén el infortunio que les ha deparado el destino, que son tan reales que asustan, al igual que las situaciones en las que se encuentran metidos. Esta es la magia de su libro: hacernos creer que lo que es solo una ficción narrativa en un texto, puede ser tan real como que nosotros la estamos leyendo, con una prosa fina y depurada, que mantiene al lector pegado a la narración, inconsciente del tiempo.
     La otra gran sorpresa de este libro es Víctor Aranda, un fotógrafo de solvente prestigio profesional que ha sabido captar con su cámara la vida a pie de calle e insertarla en algunos de los relatos de “Cuando la vida se pone perra”, con tanta maestría, que parece que sean dos apéndices de un mismo cuerpo.

lunes, 18 de marzo de 2013

Sin cielo, sin cieno



Comentario de José Manuel González de la Cuesta

El nuevo libro de Marcelo Díaz: “Sin cielo, si cieno” es un poemario de altura, de gran madurez artística, que nos sitúa ante a un artista que se mantiene en el cenit de su carrera, ya larga, pero no por ello menos intensamente fructífera. Porque Marcelo Díaz es un renacentista del siglo XXI, no sólo por su manejo creativo en dos terrenos tan aparentemente distantes como la poesía y la escultura, sino por la vasta cultura que tiene puesta al servicio del arte y de la humanidad, en el convencimiento de que el hombre sólo se salvará cuando se reconozca a sí mismo como un sujeto extraordinario, para la bueno y para lo malo, esencial en el devenir de la vida.
“Sin cielo, sin cieno” recoge el espíritu de una manera de entender el arte, que tiene que ver con cierto expresionismo poético, al transmitirnos a través de los versos que surcan el libro, con una edición sumamente cuidada y original, sentimientos profundos que van más allá de la pura belleza formal y académica. Sus poemas son como paletadas de color poético, al igual que sus esculturas nos hablan de la vida desde la abstracción de la forma, porque es una manera más íntima y personal de transmitirnos las emociones y sentimientos que albergan en su interior. Hay una intención deliberada de esculpir palabras con una belleza que nos trastoca el alma, gracias a una poesía casi matérica, que cierra el círculo de Marcelo Díaz como artista en permanente simbiosis entre la forma escultórica y la forma poética, que nos hace recordar el espíritu informalista: abstracción, expresionismo, materia e inconformismo, de los grandes artista españoles de la segunda mitad del siglo pasado.
Pero “Sin cielo, sin cieno” no es un libro vacío, al modo parnasiano del arte por el arte. Esconde una fuerza espiritual reivindicativa del hombre frente a la codicia, la maldad, y la corrupción del poder. Alza la voz para decirnos que el ser humano tiene esperanza cuando se levanta como defensor de todo aquello: la bondad, la inteligencia, el valor, la justicia, el amor… que le ha hecho la criatura más fascinante de la creación. “La carne se hace verbo y es la vida” nos declama en un verso de uno de sus poemas; un aliento necesario para saber que la vida es un camino lo suficiente hermoso y breve, como para no dejarlo en manos de facinerosos cobardes, porque “llegas a la vida/y ya es ineludible la muerte”.

domingo, 10 de marzo de 2013

Aquellos que fundaron Castellón



Relato de José Manuel González de la Cuesta

Ferrán sujetaba el gaiato con fuerza a las puertas de la muralla que miraba desde el Cerro de la Magdalena al impresionante llano que hacía deslizar la vista hasta el mar.  El castillo se levantaba imponente sobre el ajetreo de los que, hasta ese día, habían sido sus habitantes, que se afanaban en los preparativos de la comitiva que iba a abandonar, por la gracia del rey Jaime, la protección que sus torres, como fieles guardianes que avistaban todo lo que pasaba en la llanura, y sus murallas, protectoras desde tiempos inmemorables, cuando eran habitadas por los muslimes, antes que las huestes del rey las conquistaran para la cristiandad, les ofrecían.  Atrás estaban a punto de quedarse sus años infantiles de juegos despreocupados; la mocedad en la que empezó a trabajar de sol a sol, junto a su padre, arrancándole a la tierra dura de los barrancos, que se empinaban hacia la cima de la montaña, el sustento de cada día; sus esponsales con Isabel, la hija de Nuño el cordelero, y los posteriores nacimientos de sus hijos Isabel, Ferrán y Nuño. Todo un tropel de recuerdos le vinieron del golpe, acentuando su melancolía y la incertidumbre de lo que les depararía el futuro. Pero lo cierto es que en la plana que se abría ante sus ojos la tierra era mucho más fértil y ofrecía mayor prosperidad; así lo habían hecho saber quiénes aprovechando el despoblamiento que habían sufrido esas tierras unos años atrás, al haber sido abandonadas por los musulmanes que las habitaban después de las revueltas que protagonizaron contra el rey, se aventuraron a ocupar las alquerías que habían quedado sin dueño. Ahora que Jaime de Aragón había concedido a su lugarteniente Ximén Pérez de Arenós la Carta Puebla, por la que autorizaba a ocupar cualquier lugar del término real, el momento de abandonar el castillo había llegado, para dirigirse hacia la alquería de Benárabe, lugar elegido para el nuevo asentamiento.
          Eso si el tiempo lo permitía, pues una inoportuna e incesante lluvia estaba retrasando la partida más de lo aconsejable, que siendo un día tan oscuro acabaría por echárseles la noche encima antes de llegar a su destino. Era mediodía y todavía se estaban cargando carromatos y acémilas que transportaran los pocos, pero necesarios enseres, que don Ximén había autorizado llevar. Si la noche les sorprendía con esa lluvia y apenas sin escolta iban a tener serios problemas. Por eso Ferrán, estaba nervioso y el mal humor iba creciendo en su interior, hasta que avanzada ya bastante la mañana la comitiva se puso en marcha por el camino que les conducía a las tierras planas y fértiles de su nuevo destino.
          Bajaban torpemente por culpa del barro que se hizo más intenso cuando alcanzaron la llanura, dejando tras de sí las rocas de la montaña, medio ocultas entre nubes que no paraban de descargar agua, lo que les obligaba a tener que empujar los carros haciendo un esfuerzo enorme que les dejaba exhaustos, sobre todo a los niños, obligándoles a tener que parar más de lo que sería conveniente. Pero iban felices, la nueva vida que se abría ante ellos les daba un plus de ánimo y fuerza que las hacía superar todas las dificultades. Ferrán tiraba con brío de su carromato hecho con pesadas ruedas de garrofera, que se hundía en el barro más de lo que a él le hubiera gustado, mientras sus hijos y esposa, salvo la pequeña  Isabel, que iba acomodada y protegida de la lluvia entre enseres, ayudaban en el empeño. Podía haberse pospuesto la bajada a otro día con mejor tiempo –pensaba-, pero las órdenes del lugarteniente del rey se habían de cumplir sin dilación, además ya habían aguantado bastante viendo como las tierras que desde el cerro se ofrecían a la vista, permanecía a la espera de que alguien las trabajara.
         La comitiva lentamente se iba adentrando en una llanura pantanosa anegada de agua, cuando la noche se les empezó a echar encima. Había que tomar decisiones, los niños y mayores estaban agotados, las mujeres no daban abasto para calmarles y en los hombres el cansancio empezaba a hacer huella. Además el temor a la oscuridad de una noche tan inclemente y lluviosa, y acabar perdidos entre las aguas pantanosas que les rodeaban, empezó a incrementar su desánimo, y las dudas sobre si había sido una buena idea abandonar sus hogares de la protección que les ofrecía el castillo, fueron prendiendo en muchos de ellos. Pero no se podía parar, don Ximén les esperaba en la alquería con todo preparado para su llegada, y la noche, si no seguían avanzando les engulliría entre el frio y la lluvia, quién sabe con cuánta desgracia. Ferrán opinaba que debían seguir, a pesar de ver a su familia al borde de la extenuación, y a su pequeña Isabel en un llanto provocado por el frío y el hambre. Había que seguir y alcanzar la alquería; mientras estuvieran en movimiento el cuerpo no sucumbiría a la derrota.  Repartieron las últimas viandas que les quedaba: longanizas, trozos de los rollo de pan que los niños llevaban colgados alrededor del cuello y vino para coger fuerzas, y buscaron cañas que en grandes manojos crecían a la vera del camino.  En cada gaiato colocaron un farol alimentado con grasa de manteca, una luz que les iluminaría hasta su destino, formando una sirga luminosa que serpenteaba por el camino entre la noche y el agua del marjal, que salvaban gracias a las cañas que usaban para marcar las zonas pantanosas y no caer en ellas.
           Cuando Ferrán vio las luces de la alquería al fondo, y los hombres del administrador real salieron a su encuentro, los ojos se le humedecieron con el grito de júbilo de toda la comitiva. Supo en ese instante que aquel iba a ser su hogar y el de las generaciones futuras de su familia, y prometió ante los suyos que cada año subirían al Cerro de la Magdalena, ese mismo día, tercer domingo de Cuaresma, en conmemoración del sufrimiento que habían padecido. Lo que no sabía era que se encontraba entre los fundadores de la futura ciudad de Castellón. 

viernes, 1 de marzo de 2013

Exposición Grupo Figuración Siglo XXI



De José Manuel González de la Cuesta


Figuración XXI es un grupo de jóvenes castellonenses que han tomado la figuración como bandera, haciendo de ella una reivindicación artística, no tanto porque en esa tensión dialéctica habida a lo largo del siglo XX entre figuración y abstracción, la primera haya sido ninguneada en ciertos círculos artísticos y mercantiles, hasta la poderosa irrupción que el Arte Pop y el Realismo tuvieron desde los años 60, o incluso que algunos de los grandes pintores del siglo, como Edwar Hopper, George W. Bellows, en Estados Unidos, Antonio López, Amalia Avia, o Eduardo Úrculo en España, hayan marcado parte de la historia del arte del siglo XX, sino porque su reivindicación va más allá del mero aspecto formal, tal como exponen en su Manifiesto fundacional: Este reclamo, viene dado entre otros motivos por una revitalización y un reconocimiento a la figura del pintor de caballete, que se remonta a tiempos inmemoriales dentro de la historia del arte y por supuesto al lado más manual y humano que conlleva el ejercicio de la pintura”. Es una reivindicación del oficio de pintor, una vuelta al clasicismo del caballete como soporte de la obra pictórica. Sin embargo, tienen también un espíritu de vanguardia, reflejado al reivindicar la nueva figuración mediante un  “manifiesto” en el que anunciar cuáles son sus propósitos como Grupo, del mismo modo que las vanguardias del siglo XX hicieron sus propios manifiestos, como gritos al mundo de cuáles eran sus ideas artísticas. Pero El Grupo Figuración XXI no se queda en la reivindicación del aspecto formal de la pintura: “De la misma forma se puede optar por ser “tradicional” en cuanto a la ejecución se refiere y “moderno” en el concepto”, dicen reclamando el derecho conceptual de la pintura figurativa. La apariencia naturalista y explícita nunca ha estado exenta de contenido, continúan expresando en su manifiesto.
         Ahora, hasta el día 23 de Marzo exponen en Castellón, en el Centro Cultural Provincial Las Aulas, donde podemos ver el Pop de Raquel Lara, en figuras y rostros de mujer con una delicada factura cubista no geométrica, que nos habla del arte como una evolución constante, rememorando al gran Roy Lichtenstein’s. Carlos Asensio nos enfrenta ante un realismo que va más allá del puro ejercicio visual, transcendiendo hacia la intelectualización y el concepto que nos quieren expresar esos hombres, jóvenes o mayores, en actitudes gimnásticas que incitan a pensar que la vida está inmersa en una dinámica que sólo se acaba con la muerte. Nacho Puerto nos asombra con el realismo casi etéreo de sus paisajes urbanos, o en la frontera del hiperrealismo surrealista o el Pop, con una belleza formal que deja al espectador desnudo ante sus obras.  Todos ellos componentes del Grupo Figuración XXI, que nos dan la buena noticia de que el arte pictórico sigue vivo en Castellón, que tan buena tradición tiene, siguiendo la estela de Traver Calzada, Luis Prades o Bolumar, con una propuesta expositiva que cierran la fuerza expresiva de las naturalezas de Esmeralda Rodríguez y la materia escultórica postindustrial de Manuel Martí.
         Estamos, por tanto, de enhorabuena, al constatar la calidad artística de estos jóvenes que auguran un futuro prometedor para ellos mismos y para el arte sin fronteras.
        

sábado, 23 de febrero de 2013

Vilafamés. Arte contemporáneo


                                                                                                 Fotografía de: Abiriltu

De José Manuel González de la Cuesta

A finales de los años 60s del siglo pasado, el crítico de arte valenciano Vicente Aguilera Cerni regresa de la Costa Azul donde ha estado trabajando con Roberta González en un futuro libro sobre su padre, el escultor Julio González. Es un viaje de vuelta en el que don Vicente, que va con su hija Mercedes, lleva la cabeza llena de ideas sobre el arte contemporáneo, del que es una experto reconocido internacionalmente, por los días pasados inmerso en la obra del gran artista español, que murió en París en 1942, pero todavía no sabe que está a punto de encontrarse ante el gran proyecto de su vida; de cruzarse con su destino en un pueblecito cercano a la costa de Castellón, que en aquellos años de prohibiciones de lenguas vernáculas, se denominaba Villafamés. Lo que tenía que haber sido una visita fugaz a su tío Paco, acabará convirtiéndose en la ciudad visible para Aguilera Cerni, en un lugar que impregnará su espíritu al encontrarse una localidad encaramada en un alcor del que sobresalen las ruinas de un castillo vigilante de la inmensa belleza de una llanura mediterránea que se pierde, al fondo, en las siluetas de la sierra que cierra el decorado paisajístico.
                Durante ese final de década,  los años 68 y 69, en los que la sociedad española empieza a cambiar sutilmente debajo de la pesada alfombra oficial del franquismo, se juntan dos voluntades poderosas en Villafamés: la de un pueblo que todavía rezuma historia entre sus calles, ruinosas por la dejadez atávica que tenemos los españoles de abandonar lo antiguo, pero cargadas de un esplendor que tuvo que ver con su conquista a cargo del rey Jaime I en el siglo XIII; con ser sede de la orden de Montesa, que traerá una larga disputa jurisdiccional entre la Orden y la Corona, hasta que en 1635 pase a ser una villa plenamente de realengo; o con su resistencia numantina a los ataques y asedios carlistas en el siglo XIX, que tras no conseguir doblegar su espíritu liberal, la dejaron semidestruida. La otra voluntad que se cruza junto a la del pueblo de Villafamés, muy dignamente encabezado por su alcalde don Vicente Benet Meseguer, es la de Aguilera Cerni, que ha encontrado el lugar idílico, sin pretenderlo, para desarrollar un proyecto consagrado al arte contemporáneo, a su conservación y difusión. Quién sabe si este era el sueño que albergaba en el subconsciente desde años atrás. Y es aquí, en la confluencia de estas dos voluntades, donde nace el Museo Popular de Arte Contemporáneo de Villafamés, al conseguir que la Diputación de Castellón compre el ruinoso palacio de Batlle, y tras cedérselo al ayuntamiento y acometer unas iníciales obras de restauración, poder inaugurar en 1972, con apenas 200 obras, la sede de uno de los muesos de arte contemporáneo más fascinantes que existen en España.
                ¿Qué le hace extraordinario al Museo de Vilafamés? Desde una perspectiva social, su carácter popular, a pesar de que hoy haya perdido la denominación de Museo Popular, para internacionalizarlo, sigue siendo un museo del pueblo, no de pueblo, en el que el ayuntamiento y los vecinos tienen un importante papel en su gestión y dirección, lo que ha conseguido que en estos tiempos de crisis, en que la cultura ha pasado a tener la consideración de un gasto superfluo para el Estado y la sociedad, el museo siga vivo y a nadie se le ocurra caer en la tentación de dejarlo morir o cerrarlo. Algo que tiene mucho que ver con la forma en que se gestiona la obra expuesta, un acierto de Aguilera Cerni, que impide estatutariamente comprar obra, evitando así el enorme desembolso que supondría tener que acudir al mercado para actualizar los fondos. De esta forma son los artistas los que le donan obra al museo, bien en depósito temporal o permanente, lo que permite una renovación constante de la obra expuesta, dándole a la exposición la frescura de la novedad permanente.
                Pero lo que hace más interesante al Museo de Vilafamés es su colección, los cuadros que cuelgan de sus paredes, o las esculturas que llenan las estancias, como totems artísticos que nos hablan de cómo ha intentado el arte contemporáneo atrapar el espacio y darle volumen a lo largo del siglo XX. Aunque no hay grandes obras de referencia, ni una profusión de artistas encumbrados por la crítica y el público, esto es sólo una apariencia de  la calidad que tiene el museo. A poco que se va paseando por las maravillosas salas del palacio, uno va descubriendo obras significativas de importantes artistas que, atrapados por la idea del museo, generosamente las donaron. Y si no es este el lugar para ir desgranado nombres, si lo es para afirmar que el arte contemporáneo español, con especial representación del valenciano, de la segunda mitad del siglo XX, está presente en el museo, además de una somera visión de las vanguardias anteriores a los años cincuenta. Desde el informalismo, hasta el arte cinético u óptico, pasando por el pop art, las abstracciones geométricas, el expresionismo tan presente a los largo de estos últimos años, ya sea en su vertiente figurativa, ya sea en su vertiente abstracta. El realismo, que con tanta fuerza volvió a partir de los años setenta; el compromiso social de muchos artistas, que nunca han vivido ajenos a la realidad que les rodeaba; el arte rupturista de los años cincuenta y sesenta que denunciaba el simplismo moral y estético, teñido de moral religiosa y dictadura, que promocionaba el régimen de Franco. Todo está en el Museo de Arte Contemporáneo de Vilafamés, que cuatro décadas después de la visionaria idea de un pueblo y un crítico de arte, ha conseguido que siga vigente su espíritu inicial de convertir una localidad rural en centro internacional de arte contemporáneo, sabiendo entender que las identidades colectivas no solamente están en el pasado, se van construyendo día a día con el presente. Y en esto el arte tiene mucho que aportar.

Díaz Ayuso en el república Bolivariana de Madrid

¿Y si el centro de la República Bolivariana estuviera en la Puerta del Sol de Madrid? Parece una paradoja, que siendo el gobierno de la Comu...