lunes, 16 de diciembre de 2024

España huele a podrido.

El único resumen que se me ocurre para despedir el año, es que la sociedad española está podrida, y cada vez, en su podredumbre, huele peor. Y no me refiero a que ustedes y yo estemos pútridos; faltaría más. Es la sensación de que el hedor que emana de las cloacas de unas élites entregadas a emponzoñar el país en defensa de sus privilegios, históricos y recientes, está infectándolo todo, hasta el punto de que mucha gente, quizá demasiada, se está dejando embriagar por este aquelarre de destrucción masiva de la convivencia y el buen sentido común. Así vemos que hay grupos políticos a los que no les importa arrastrar al país hasta convertirlo en un erial de tierra quemada; o que haya jueces, que en su cruzada contra la izquierda, no duden, en nombre de su independencia judicial, inventarse pruebas, imputados, autorizar registros inútiles, asediar a familiares de políticos que no les gustan u ordenar investigar a cualquiera que pase por la calle, con tal de alargar procesos, que si judicialmente acabarán en la basura mal oliente que genera, en muchas ocasiones, la judicatura, cumplirán su función de desprestigio mediático. Incomprensible que después de una de las mayores catástrofes naturales habidas en España, el Partido que más sube en las encuestas sea el único que ha votado contra las ayudas de los damnificados de la DANA valenciana; o que en la Federación Española de Fútbol se haya elegido presidente a un candidato condenado por prevaricación, lo que dice mucho de la catadura moral de los miembros de esa federación deportiva, enfermos de una sepsis generalizada de corrupción. España está podrida, cuando muchos españolitos se han entregado a las mentiras, las noticias falsas, los bulos, la nigromancia política y el odio, como si fuesen verdades que van a solucionar los problemas que tiene el país, sin darse cuenta consciente, que es lo peor, de que los únicos intereses que van a arreglarse si seguimos por ese camino es el de los privilegiados. España huela a podrido y el dedo acusador señala a quienes quieren limpiarla de mierda.

El gran Antonio Machado publicó en 1903, en su libro SOLEDADES, el poema “He andado muchos caminos”, que reza así en algunos de sus versos:

En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra.

 Y pedantones al paño
que miran, callan y piensan
que saben, porque no beben
 el vino de las tabernas.

Mala gente que camina
y va apestando la tierra...

               

              

domingo, 1 de diciembre de 2024

La DANA nos ha dejado huérfanos de libros

 


Un libro perdido es un girón en la construcción de la identidad cultural de una sociedad. Porque un libro no es sólo un almacén de palabras escritas con más o menos coherencia y belleza, que si está bien encuadernado hace su papel decorativo en una casa. Un libro es el fruto del conocimiento recogido de otros libros, de otras generaciones, de otras experiencias. Escribía Lope de Vega: “Libro cerrado, no saca letrado”. Nos hace sentir que pertenecemos a una comunidad que respira, piensa, vive, corre, come, ríe, sufre, se divierte, se emociona o busca respuestas a las mismas preguntas. Todo eso y lo que cada uno le quiera añadir es un libro. Claro que en la sociedad actual de las prisas, de la dictadura audiovisual, del materialismo que todo lo valora por el valor crematístico que puede aportar y del algoritmo que sustituye nuestra capacidad de pensar y reflexionar, los libros parecen una reliquia del pasado, de cuando no había internet ni redes sociales ni éramos tan adictos a que todo nos lo dieran masticado. Además, como decía el viejo profesor Enrique Tierno Galván: “Más libros, más libres”. Aunque hoy el concepto de libertad ya no se busque en los libros, ¡error!, sino en la barra del bar, en hacer lo que me de la gana o negar todo lo que a mi incultura, quizá por no leer libros, no le gusta.   

Sin embargo, cuando se pierde uno es como desprendernos de un pedacito de nosotros mismos. Imaginemos, entonces, la orfandad que deben sentir los cientos de miles de personas que se han quedado sin bibliotecas, sin librerías, sin la fortaleza intelectual que nos proporcionan los libros, por la DANA en Valencia. Seguro que entre la amalgama de emociones y sentimientos encontrados que deben tener, hay un hueco de tristeza por la pérdida de tantos libros.

Daños irreparables para el intelecto y el alma, pero también para los agentes que posibilitan que podamos sentarnos, plácidamente, a leer un libro: librerías, como agentes que ponen los libros a nuestro alcance; editoriales, que hacen posible que un manuscrito se convierta en un libro; escritores, que son el centro neurálgico de la literatura con sus creaciones, que pierden, también, si no hay librerías, editoriales o bibliotecas, que puedan difundir sus obras. Una asfixia que, que se agrava con la retirada de las ayudas al libro en 2024 por parte de la Generalitat Valenciana de la reconstrucción.

La zona afectada por la DANA es una pequeña parte en términos librescos, pero el efecto mariposa de la tragedia tiene un alcance que va mucho más allá del territorio devastado. Sin olvidar, que los primeros y grandes damnificados por la pérdida de libros son quienes las habitan, sean lectores o no.        

 

lunes, 25 de noviembre de 2024

El fétido olor de la judicatura

 


Siempre hemos sospechado que la Justicia (lo escribo con mayúsculas adrede) no es igual para todos. Un mantra que se repite desde el poder para camuflar que hay una justicia para ricos, otra para clases medias y otra para pobres, aunque en este caso sería más correcto decir que los pobres sólo tienen la justicia de los ricos. Es el signo de los tiempos desde que las clases altas de la sociedad entendieron que nunca llegarían a mantener su poder y sus riquezas sin un buen soporte de la judicatura. Si las leyes, gracias al sueño de una legislación democrática ya no se pueden hacer, descaradamente, en favor suyo, lo más práctico es que jueces y fiscales se dediquen a interpretarlas en favor del poder antiguo y nuevo cuando lo necesiten. Sobre esta gran mentira de una Justicia justa y ecuánime podríamos poner infinitos casos que se han venido reproduciendo a lo largo de la Historia sin solución de continuidad, desde Babilonia hasta nuestros días; desde el lejano Oriente hasta el cercano Occidente. Muy diversos casos que siempre han tenido un denominador común: una justicia que defiende a los poderosos, con todos los resortes del Estado.

Aun así, en la democracia liberal hemos albergado la esperanza de que la judicatura hiciera caso a su juramento y se atuviera a un modo de comportamiento equilibrado e imparcial, en donde las leyes se hacen cumplir sin procurar un beneficio partidista o económico. Un juramento, que en el caso de España, no creo que sea muy diferente al del resto de las democracias liberales de nuestro entorno, dice así: «Juro (o prometo) guardar y hacer guardar la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico, lealtad a la Corona, administrar recta e imparcial justicia y cumplir mis deberes judiciales frente a todos». Cuando vemos que no se juzga igual a un banquero que a un ratero de poca monta, o se aplica la ley de forma implacable contra sindicalistas o activistas sociales y, por contra, los políticos afines al poder judicial son tratados con guante blanco y mucha laxitud en las penas, gracias a despachos de abogados regados de dinero para dar cierta sensación de que el sistema tiene garantías, algo no funciona, pero preferimos hacer la vista gorda, en virtud de pensar que atacar al poder judicial es un atentado contra uno de los pilares básico de la democracia.

Sin embargo, lo que vienen sucediendo en los últimos años con la judicatura echada al monte en la defensa a ultranza del poder de los privilegiados, no tiene parangón. La utilización de los tribunales para deslegitimar a un gobierno que no les gusta, o admitir como válidas denuncias que no tienen ningún soporte probatorio, o ser cómplices de campañas de difamación, basadas en mentiras, poniendo a disposición de los difamadores todos los recursos procesales a su alcance, es el síntoma que debería hacernos ver hasta qué punto la judicatura, en su conjunto, está enferma, por no decir podrida. Que muchos jueces, fiscales y letrados han decidido colgar su juramento de imparcialidad y justicia para todos, lanzándose a una carrera desenfrenada, que sólo puede conducir al desprestigio de la democracia, tendiendo un puente de plata al fascismo.

Todos los estamentos de la democracia tienen contrapesos que impiden sus desmanes, pero al poder judicial, como en los mejores tiempos de la Inquisición, no hay nada que lo frene, que lo haga no descarrilar de la senda de una justicia democrática. Incluso quieren más endogamia, cuando reclaman que los órganos de gobierno de la Judicatura sean elegidos por ellos mismos. Así, el círculo se cierra, convirtiéndose en un poder intocable, ajeno a las normas de control y rendimiento de cuentas de cualquier democracia liberal.

A fin de cuentas, como en algún momento escribió el Marqués de Sade: “La ley solo existe para los pobres; los ricos y los poderosos la desobedecen cuando quieren, y lo hacen sin recibir castigo porque no hay juez en el mundo que no pueda comprarse con dinero”.  

      

 


miércoles, 20 de noviembre de 2024

7.291

 


Escribía San Agustín, allá por el siglo V: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón; parece grande pero no está sano”. Al leer esta cita no puedo dejar de pensar en Isabel Díaz Ayuso y su comportamiento habitual frente a todo lo que no le agrada, pero sobre todo, en ese ejercicio de soberbia y desprecio que tiene contra las víctimas del COVID 19 en las residencias de mayores. No puede soportar que las 7.291 personas muertas por falta de atención médica decretada por el gobierno que preside y los famosos protocolos de la muerte, la señalen con el dedo acusador por su falta de empatía ante unas personas que, posiblemente, se habrían salvado de morir, si no todas, muchas de ellas, si hubieran recibido la atención médica adecuada, bien en los hospitales, bien en las residencias, si estas hubieran sido medicalizadas, como se debería haber hecho de no haber estado gobernando en Madrid la peor persona que podía estar haciéndolo.

“Si total se iban a morir igual, mejor que se quedaran donde estaban”, vino a decir en su entrevista de El Mundo el 10 de mayo de 2020. A partir de ahí todo ha ido a peor en su desfachatez cada vez que ha tenido que exculparse de su comportamiento, potencialmente homicida. Porque la Sra. Ayuso no es capaz de dar una explicación lógica y humanitaria sobre por qué dejó morir a miles de ancianos en unas residencias que dependían de ella y su gobierno. Y entonces, aflora la soberbia de quien se cree por encima del resto de los mortales. De quien se siente respaldada por los tribunales madrileños -decenas de demandas son sistemáticamente desestimadas por una justicia que en Madrid está al servicio de la presidenta de la Comunidad, tal como podemos observar cada vez que entra en un juzgado algo contra ella, sea de la índole que sea-. Soberbia de quien tiene que ocultar que la muerte de 7.291 personas no es sólo imputable a la fatalidad del coronavirus. ¿Cuántas de las que murieron en las residencias se podrían haber salvado si se las hubiera atendido?

Según el informe de la Comisión Ciudadana de la Verdad se podrían haber salvado alrededor de 4.600 fallecidos, entre otras cosas porque no es cierto que en los hospitales no hubiera camas. Otro informe, del que fuera Director de Coordinación Sociosanitaria de Díaz Ayuso, dice que estaban ocupadas 44.000 camas de las 52.000 disponibles. Pero la presidenta madrileña prefirió destinar los recursos que tenía a la propaganda y la construcción de un hospital que nadie reclamaba, el Isabel Zendal, pero que le posibilitó muchas fotos manchadas de sangre.

Isabel Díaz Ayuso, en una huida hacia adelante para tapar sus miserias como gobernanta y como persona, para no reconocer que se equivocó teniendo que asumir su responsabilidad en aquellas muertes, está muy nerviosa, porque no consigue deshacerse de una pesadilla que la persigue allá donde vaya. De la falta de empatía y el disimulo, ha pasado al insulto macarra, propio de una navajera de la política; al desprecio zafio de quienes le recuerdan cada día, que 7.291 muertes no se pueden ocultar bajo las alfombras corrompidas de su despacho en la Puerta del Sol. Es tan soberbia que, al final, acabará culpando los familiares de las víctimas de la muerte de sus parientes, por el motivo que se le pase por la cabeza a ella o al Rasputín de su asesor —ya ha tenido la caradura de reclamar 1.000 € a muchos familiares que perdieron a sus mayores durante la pandemia en las residencias-. Pero como bien expresa el refranero: “A cada cerdo le llega su San Martín”, y ella, antes o después, se tendrá que enfrentar a la infamia de sus actos y a la soberbia que la define como persona y acabará haciéndola prescindible como política.             

domingo, 17 de noviembre de 2024

Todos somos migrantes

 



Escribía Baltasar Garzón en enero de 2022 lo siguiente en su blog: “Nada une más que tener un enemigo común”. Esta aseveración es una certeza que nadie pone en cuestión y si miramos retrospectivamente a lo largo de nuestro pasado, lo que ha cohesionado a los pueblos es el miedo de sentirse amenazados. Sin embargo, habría que distinguir entre una amenaza cierta, a saber: la invasión de un país extranjero, o el propio cambio climático que está a punto de mudar nuestras vidas; y las amenazas construidas falsamente, en donde se tiene que crear ese enemigo común para servir intereses de clase, ideológicos, económicos o religiosos. La historia, desgraciadamente, ha transitado a veces con consecuencias nefastas, mucho más en torno a la amenaza construida sobre mentiras muy bien elaboradas y propagadas, -de todos es sabido que una mentira si se repite suficientemente acaba convirtiéndose en una verdad”, como apuntó Joseph Goebbels en sus 11 Principios de la Propaganda Nazi-, que por enemigos externos que sí suponían una amenaza real.

La historia de la humanidad es una sucesión de migraciones. Desde que apareció Lucy, como primer homínido del que tenemos constancia, que vivió hace más de tres millones de años, la rueda de las migraciones no ha parado de girar hasta nuestros días. Todos, sin excepción, somos descendientes de algún inmigrante. Migrantes, que se asientan en un territorio y con el paso del tiempo y generaciones se convierten en nativos, hasta que por determinadas circunstancias, que no ha lugar enumerar aquí, vuelven a ser emigrantes y la rueda nunca deja de dar vueltas.

En el siglo XXI, les toca a todos aquellos que huyen de sus países acosados por el hambre, la guerra, la muerte y la peste, como siempre ha sido. Los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis, en definitiva, como causa de que millones de personas tengan que dejar su hogar, su familia, sus amigos, su cultura, su territorio o su forma de vida. Ahora son estos, pero por los mismos motivos emigramos los europeos durante los siglos XIX y XX a América o los españoles durante la segunda mitad del siglo pasado a los países ricos de Europa.

No ha habido una sola migración que no haya sufrido el desprecio, la explotación o la acusación de fomentar la delincuencia, con alguna salvedad, quizá en las emigraciones de españoles a Sudamérica, en donde fueron más o menos bien recibidos, integrándose relativamente pronto en la sociedad, posiblemente por razones de hermandad histórica. No fue así como se recibió a aquellos que desde los años sesenta del siglo pasado tuvieron que emigrar a Centroeuropa, donde el trato fue, en muchos casos, vejatorio, acusándoles de conflictivos, sucios y acosadores de mujeres, igual que ahora se culpa a los inmigrantes que vienen de diferentes latitudes.

El desprecio a los inmigrantes tiene una raíz de clase, que hace a unos ser buenos migrantes y a otros malos. Es una división que se fundamenta en la aceptación, cuando no el buen recibimiento, del migrante rico. En España, incluso, se les ha concedido un visado de oro o carta de residencia inmediata, si compraban una casa de más de 500.000 €. En contraposición, al inmigrante pobre se le ponen todas las trabas administrativas y políticas posibles, para impedir que se asienten en el país o para disuadir que otros vengan. Aunque esas trabas tienen mucho que ver con una parte del mercado laboral que se nutre de mano de obra barata y explotada, que sólo encuentra en una inmigración ilegal, sin derechos y con la Espada de Damocles de la expulsión sobre sus cabezas.

    Volviendo al principio: ¿En qué apartado podríamos incluir el asunto de la inmigración, que según algunos grupos ideológicos es la mayor amenaza que tiene la sociedad española y europea? Ateniéndonos a los datos ofrecidos por las instituciones oficiales, no parece que haya un grave problema con la inmigración, más bien una oportunidad de progreso; además si nos atenemos a los bajísimos índices de natalidad que se están produciendo en las últimas décadas, parece hasta necesaria; en el modelo de sociedad que tenemos la reposición de la población es fundamental para poder asegurar el estado de bienestar de la población.

Es obvio que, quienes están detrás de la demonización de la inmigración no sólo son xenófobos, racistas y supremacistas sino que tienen intereses ideológicos muy definidos y próximos a un nacionalismo posfascista, entendiendo este como la adaptación del fascismo de entreguerras, a los tiempos posmodernos que definen la sociedad democrática actual. Pensamiento que ha calado con fuerza en la extrema derecha, contaminando a la derecha tradicional, ya sea conservadora o liberal, e incluso a una parte de la izquierda. También las políticas de endurecimiento contra la inmigración se sustentan sobre la supervivencia de una cierta clase política, que ahora han encontrado en la demonización de los inmigrantes suficientes argumentos para subsistir en el circo político e incluso avanzar posiciones electorales.

Cabría preguntarse, entonces, si la inmigración es un problema, o este se ha creado artificialmente, siguiendo las pautas marcadas por Joseph Goebbels, para enfrentar a la sociedad española y europea contra un fantasma que sólo existe en la mentalidad de los sectores más retrógrados de la sociedad, en los que la pobreza es el principal motivo de rechazo. Mentalidad que entra en contradicción con la petición de contratar inmigrantes que algunos sectores productivos están reclamando, por la falta de mano de obra.

Somos herederos de Lucy y de las migraciones que salieron de África y poblaron todo el continente, en el caso europeo, para llegar a donde nos encontramos ahora. Y no deberíamos permitir que ese ciclo se rompa, con la invención de enemigos comunes, por intereses que nada tienen que ver con el progreso de los pueblos, que está íntimamente ligado al intercambio de genes, cultura y descubrimientos que entre unos y otros hacen que la humanidad avance.    

 

 

viernes, 15 de noviembre de 2024

Mazón tenía una tarea sencilla: dimitir. Ni siquiera ha sabido hacer eso.

 


Carlos Mazón sólo tenía que hacer hoy una cosa: dimitir. Lo tenía fácil, simplemente consistía en asumir su irresponsabilidad, sin acritud, y decir que se marchaba. Casi todo el mundo se lo habría agradecido, incluidos muchos barones de su Partido, que deben estar sintiendo mucha vergüenza ajena, y habría dejado a la oposición descolocada, sin discurso preparado de casa. Pero sobre todo, se marcharía como un hombre digno y un político honesto. “Los siento, me equivocado y me voy”.

Sin embargo, no parece que el Molt Honorable President de la Generalitat Valenciana esté a esa altura. Para él, todo el mundo tiene la culpa: su propio consell, el gobierno central, la Aemet por dejar que llueva tanto, la Confederación Hidrográfica del Júcar, quizá también la del Tajo, los paisanos por irresponsables, Pedro Sánchez, cómo no, Teresa Ribera, los gin-tonics posteriores a su misteriosa comida, el tráfico, los alcaldes, el terrorismo islámico y el Papa de Roma. Nada que asumir de por qué dejó que los vecinos de las poblaciones afectadas se ahogaran, en sentido literal y figurativo, mientras él se lo pasaba en grande de comilona (digo esto por lo que duró), jugando al Monopoli con la radio televisión valenciana. Nada que reconocer por la tardanza de la alerta ni por el caos posterior, que a todas luces ha demostrado que él y su gobierno, son incapaces de dirigir un territorio más allá de las declaraciones grandilocuentes, el vamos a hacer y el entender la política como un sarao que se baila en los medios y las redes sociales. Una forma de pensar que sólo podemos interpretar de una manera: no es él quién está al servicio de la gente; es la gente la que está a su servicio.

Y cuando digo que él y su gobierno son un grupete de amiguetes en un party gubernamental no dotados para el buen gobierno, quizá ni siquiera para el malo, lo digo acotándolo a ellos. Porque otras instituciones valencianas no han participado de ese aquelarre de incompetencia del que ha hecho gala el Consell valenciano. El Ayuntamiento de Valencia sí se puso en alerta y a trabajar para minimizar los riesgos en su demarcación municipal; La Diputación de Valencia avisó a su personal de la que se venía encima y suspendió su actividad; la misma Universidad de Valencia suspendió las clases haciendo caso a los avisos; o los Ayuntamientos, dentro de sus posibilidades, tuvieron que alertar a la población cuando vieron que nadie en el Consell decía nada. La pregunta es inevitable: ¿Si otras instituciones dieron la alerta, tomándose en serio lo que decían los expertos, por qué el Consell de la Generalitat y su presidente hicieron caso omiso?

Silencio, dudas, ausencias, mentiras, incompetencia, desorganización, això ho arreglo jo, abandono, negligencia, falta de empatía, soberbia… no le ha faltado de nada al Consell, y sin embargo la culpa es de otros. Parece que Carlos Mazón, entre los muchos vaivenes que ha dado estos días, pasando del agradecimiento al presidente del Gobierno, a señalarle con el dedo acusador, ha optado por alinearse con la estrategia de Núñez Feijoo y su guardia pretoriana, de acoso y derribo al gobierno central, para tratar de salvar los muebles, aunque eso suponga quemar la casa, o mejor dicho: anegar la casa. Esa es la medida filibustera que podemos esperar de Mazón, a ver si echando las culpas a otros, se desvía la atención y él se libra. A no ser que se esté aferrando al sillón del Palau de la Generalitat, junto con algunos de sus consellers, para que cuando empiece el rosario de demandas, que llegará, tengan por lo menos asegurado el aforamiento.

“El honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”, decía Pedro Crespo en el Alcalde de Zalamea. Pero Carlos Mazón, con su negativa a dimitir de hoy, más allá de sonrojarnos a muchos valencianos, no parece que tenga ni honor, ni alma y mejor que no tenga Dios, porque purgará sus pecados en el infierno.           

        

     

sábado, 9 de noviembre de 2024

Malos tiempos para la lírica

 


Malos tiempos para la lírica”, es una canción de Golpes Bajos de los años ochenta del siglo pasado y un poema que Bertolt Brech escribió en 1939, en el que expresa su tristeza por el ambiente irrespirable que se vivía en Alemania, gobernada por el Partido Nazi. Me acuerdo de ello, porque hoy son malos tiempos para la lírica y la libertad. La libertad de verdad, no esa que reclama la extrema derecha, embadurnándola de patriotismo, banderas al viento y negación de todo lo que sean avances sociales y ambientales. La libertad, que sólo se puede entender desde una mirada colectiva, porque no hay libertad si no es compartida con los miembros de tu comunidad o de la sociedad. Justo lo contrario de la idea de individualismo egoísta que pregona el nuevo posfascismo ultraliberal, que con la ayuda de poderosos grupos económicos y mediáticos, está echando raíces en el mundo democrático, con el avance de partidos ultraderechistas, plagados de místicos cristianos, anarcoliberales, negacionistas de todo pelo, patriotas de pacotilla y hombrecitos de pelo en pecho y cuernos de búfalo que sienten amenazada su hombría y sus privilegios ante el avance del feminismo. El posfascismo está de enhorabuena con la victoria de Donald Trump en las elecciones de EEUU. Una mala noticia para los demócratas, que vemos como las ideas más retrógradas van abriéndose camino en los países que vencieron al fascismo hace ochenta años. Al final va a tener razón Mark Twain, cuando dijo que la historia no se repite pero rima. Porque da un poco de miedo ver cómo estos años, ya entrado el siglo XXI, riman demasiado con lo sucedido en Europa hace un siglo, cuando los movimientos fascistas fueron colonizando las mentes de los europeos y las instituciones democráticas, hasta su desaparición.

En octubre de 1922, Mussolini avanzó sobre Roma para liquidar el gobierno democrático e instauró, con sus camisas negras, una dictadura fascista en Italia, que duró hasta su derrota militar en abril de 1945. Un año después, el general Primo de Rivera daba un golpe de estado en España, con el beneplácito del rey borbón Alfonso XIII, instaurando una dictadura militar que duró, casi, hasta la proclamación de la II República. En 1924, Iósif Stalin, hace de la Unión Soviética una de las dictaduras más sanguinarias habidas en Europa (un fascista que decidió llamarse comunista), que hasta 1953 estuvo, con mano de hierro, al frente de la URSS, y en este caso, perpetuando un sistema político fundamentado en la represión. Adolf Hitler, llegó al poder aupado por el pueblo alemán tras las elecciones celebradas en enero de1933, en una premonición de lo que está sucediendo en la actualidad en las democracias occidentales; todos ustedes saben cómo terminó. Y por último, las dos dictaduras fascistas más longevas de Europa, gobernaron la Península Ibérica: la de Salazar en Portugal y Franco en España, ambas también surgidas en los años treinta del siglo pasado, fueron el último refugio del fascismo europeo durante cuarenta años. Si se fijan todas tienen un denominador común: el espíritu de perpetuarse, roto por derrota militar o muerte del dictador. Algo que debería preocuparnos con el ascenso de las ideas posfascistas, que utilizando los resortes de la democracia, que ellos desprecian, tristemente han resucitado un siglo después, junto a líderes con alma de dictador. Sólo tenemos que fijarnos en los ataques al Capitolio de EEUU, instigados por Donald Trump, o el asalto a las sedes del Congreso brasileño, incitado por Jair Bolsonaro. Por no hablar de los ataques menores de grupos de extrema derecha a las instituciones democráticas, y no tan menores, como el vivido el 2 de noviembre por el rey, el presidente del gobierno y el de la Generalitat Valenciana en Paiporta; algo inédito, hasta ahora, en cualquier democracia.      

Donald Trump ha ganado las elecciones presidenciales de EEUU con una victoria incuestionable, porque no son solos los votos que le han aupado a la presidencia, sino los de millones de electores que se han abstenido, mostrando su indiferencia a quien les gobierne. Unas elecciones que han tenido sobre su cabeza la Espada de Damocles de una insurrección de la extrema derecha. Pero que incuestionablemente ha ganado, y ese triunfo del miedo, el bulo, la mentira, las fake news, las amenazas y la mala educación democrática y política, debería ser objeto de reflexión en todos aquellos, sean de derechas o de izquierdas, que piensan/pensamos en la democracia como el único sistema político que asegura la paz, la convivencia, la tolerancia y el bienestar.

Una reflexión que necesariamente tiene que ir en dos direcciones: la primera, atendiendo a la manera de frenar en la esfera pública la mentira como instrumento de hacer política; no sé si se han dado cuenta de que el ascenso de los partidos posfascistas va parejo a la extensión de las redes sociales. A lo mejor, plantearnos acabar con esa desinformación, que sólo tiene como objetivo socavar la democracia, sería un ejercicio de salud democrática. La libertad de expresión no puede ser un saco roto, donde todo vale, porque, entonces, se acaba convirtiendo en un aquelarre destructivo de la convivencia. 

La segunda, es mucho más compleja, pues hunde sus raíces en el descontento popular de muchas capas de la población , que ven como la democracia no resuelve sus problemas más cotidianos. Y cuando esto pasa, no sirve de nada la razón. “El sueño de la razón produce monstruos”, es un aguafuerte de Goya que podría aludir a que cuando la razón se duerme aparecen los fantasmas de las emociones más irracionales, los sueños oscuros de la sinrazón y el ascenso de los monstruos acechando nuestras vidas. Esto no se produce porque una maldición Divina se vengue de la razón al sentir cuestionada la fe como columna vertebral de una divinidad jerarquizada. Más bien, es producto de la inoperancia de la democracia, cuando es incapaz de distribuir la riqueza, generando desigualdades crueles entre las diferentes clases sociales. Entonces, la extrema derecha, que ya tiene la experiencia de hace un siglo, apela a las emociones como única vía de salvación, generando enemigos ficticios como la inmigración, la igualdad, el cambio climático y toda la retahíla de monstruos que acaban cegando la razón de mucha gente. Si la democracia no es capaz de generar bienestar, igualdad, libertad y solidaridad, es humo y nos conduce a el autoritarismo posfascista.

La victoria de Donald Trump no es sólo un problema para los demócratas de Estados Unidos. Va mucho más allá, porque da alas a la extrema derecha del mundo occidental y a esa fachosfera negacionista y conspiranoica que inunda la redes sociales y los pseudomedios de comunicación. Es un factor desestabilizador de primera magnitud en occidente, entendiendo este concepto como el lugar geográfico donde se ha desarrollado la democracia. Incluso entre los propios partidos de extrema derecha, que si ahora celebran el triunfo de sus ideas, porque están en confrontación contra la democracia, y no hay nada que una más que un enemigo común, no tardarán en enfrentarse entre ellos, cuando su exacerbado nacionalismo se sienta amenazado por otro nacionalismo igual de montaraz.

Más allá de estas consideraciones, están en juego muchos avances que se han ido consiguiendo durante décadas. La lista puede ser interminable, si los defensores de un orden ultraconservador, casi absolutista, en el sentido decimonónico del término, y ultraliberal, en el sentido económico del mismo, que defiende la lógica del dinero por encima de todo, extienden su poder y empiecen como ya está sucediendo en países donde gobiernan, a cercenar derechos. El retroceso en políticas medioambientales, derechos humanos, igualdad de oportunidades, diversidad, derechos laborales, igualdad de género, avances LGTBI, estado de bienestar, etc., es ya un síntoma, por la cobardía de una parte de la derecha que se siente amenazada electoralmente, y no se enfrenta a la extrema derecha; y por la estupidez de una parte mesiánica de la izquierda, que está más pendiente de redimir al mundo de sus pecados, que de solucionar los problemas reales y cotidianos que los ciudadanos tenemos.

Es por ello que son malos tiempos para la lírica, y lo peor, es que una creciente masa de población está entregada a su propia destrucción, abrazando lobos disfrazados de Caperucita y nos va a arrastrar a todos y a todas.                    




domingo, 3 de noviembre de 2024

El pueblo no salva al pueblo



Me cuesta creer que lo sucedido esta mañana en Paiporta, sea sólo producto de la desesperación de sus habitantes, porque la respuesta a las consecuencias de la DANA del martes no ha tenido la celeridad que les hubiera gustado, aun siendo cierto que cuando un grave problema nos afecta, cada minuto que pasa sin que se solucione parece una eternidad. Siempre he creído en el sentido común de las personas, por eso no puedo pensar, que el sentir mayoritario de los vecinos de las localidades afectadas por la mayor catástrofe natural que hemos vivido en España, sea atentar violentamente contra las autoridades, cuando estas van a mostrar su solidaridad con su desgracia.

A lo largo de nuestra vida hemos sido testigos de muchos acontecimientos que han llevado a poblaciones al límite de su resiliencia, por dramáticas o destructivas que hayan sido, pero nunca, hemos visto que esa desesperación se manifestara de forma tan violenta contra quienes son las autoridades del Estado que está poniendo remedio a su situación. Incluso habiendo habido errores, y en este caso los ha habido, y alguno de ellos bastante gordo, como no haber alertado a tiempo a la población del peligro que se cernía sobre sus vidas.

La agresividad que hemos visto hoy contra el rey, el presidente del gobierno y el presidente de la Generalitat Valenciana, excede, con mucho, el legítimo derecho a la protesta, por muy justa que esta sea. Atacar con palos, barro, barras de hierro, piedras e insultos que sobrepasan las mínimas reglas de la educación, la decencia democrática y el decoro ciudadano, no es producto de un enfado, sino, más bien, de una situación de polarización política, de la que algún alto dirigente debería empezar a avergonzarse, que está siendo aprovechada por ese populismo de extrema derecha, que sólo busca el enfrentamiento político, como arma para hacerse un hueco en la sociedad.

Las imágenes que hemos visto en televisión, cargadas de una agresividad impropia de un país democrático, solamente pueden apuntar en una dirección: la de grupos organizados de extrema derecha, con la intención de encender una mecha de insatisfacción y llegar al despropósito que hemos visto hoy. Extrema derecha que viene azuzando, desde hace tiempo, cualquier descontento popular, no contra el gobierno -este sólo es un chivo expiatorio en su propósito-, sino contra el propio sistema democrático del país. Afortunadamente, sus métodos son conocidos, a poco que rasquemos en la historia.

¿Qué habría sucedido si una de esas piedras hubieran impactado, letalmente, en el rey, la reina o alguno de los presidentes de España y Valencia que les acompañaban? ¿Alguien se imagina el escenario político que se habría abierto? Posiblemente no. Ni ellos ni los medios que no han tardado en seguir echando leña al fuego de la intolerancia antidemocrática ni los políticos que, más allá de remangarse y ponerse a trabajar, se apuntan a la división y al “yo acuso”, sin más razones que su supervivencia política. No todo vale, y lo de hoy en Paiporta ha superado todos los límites que una sociedad democrática puede soportar, haciéndonos ver, en directo, que la democracia en España está en peligro.

¿Realmente el Estado ha hecho dejación de sus obligaciones tras la DANA? Cierto que la gestión de las autoridades autonómicas es manifiestamente mejorable, y tendrán que responder por sus errores, siguiendo los cauces democráticos, no en linchamientos populares. Cierto que el gobierno de España, quizá por un celo excesivo a las normas constitucionales de respeto al sistema autonómico y sus competencias, ha podido ser un poco timorato y podría haber llegado más lejos en su intervención. Pero lo que no es cierto, de ninguna manera, es que hayan hecho dejación de sus funciones tras el desastre material y humano del martes. Si no, quién ha mandado estos días a los servicios de emergencia; quién ha enviado a la UME, al ejército, a los bomberos, a la policía, a protección civil, o quién ha implementado las medidas fiscales, económicas y políticas que se están anunciando estos días. Quiénes llevan días tratando de poner orden en un caos de proporciones bíblicas, a pesar de los errores que se puedan estar produciendo, ante el tamaño de la catástrofe y todos los puntos en los que hay que intervenir: localidades devastadas, comunicaciones, infraestructuras, búsqueda de cuerpos, atención a las víctimas, organización de voluntarios, etc., etc., etc.

Este país está sobrepasado de polarización política, por la incapacidad de algunos dirigentes de asumir las reglas democráticas; por unos medios de comunicación echados al monte de la desestabilización del gobierno, sin darse cuenta de que lo que están desestabilizando es el propio sistema constitucional; por una judicatura que ha perdido, hace mucho, la independencia y el buen juicio que se le supone debe tener; y por una extrema derecha que atiza la confrontación, porque están instalados en la mentira, el bulo y la infamia del “cuanto peor mejor”. Una lacra que lo ensucia todo, a pesar de los intentos que gobierno central y autonómico están haciendo por colaborar, más allá de sus posiciones ideológicas, ante esta desgracia.

Por último, la gravísima situación provocada por la DANA de esta semana, sólo se puede solucionar con más Estado y servicios públicos, y menos ocurrencias populistas del tipo “al pueblo sólo lo salva el pueblo”. Les recuerdo que el resultado histórico del pueblo salva al pueblo, siempre ha desembocado en una dictadura, el apellido se lo ponen ustedes, y seguro que aciertan. Y les aseguro, que si esto hubiera sucedido en el contexto de una dictadura, muchos iban a estar demasiado tiempo a pan y cebolla.                    


jueves, 31 de octubre de 2024

La DANA nos ha puesto ante el espejo de nuestra inoperancia

 


Me resulta muy difícil escribir sobre una catástrofe de dimensiones tan grandes como la DANA que ha azotado la provincia de Valencia estos días. De tal magnitud, que los 200 lm2 que han caído hoy en algunas zonas de Castellón, se han quedado en la irrelevancia. Es difícil porque, más allá de la cercanía del territorio, que siempre le hace a uno empatizar más, hablar sin perder la mesura en busca de culpables, se torna en un ejercicio de contención, por esa cultura punitiva que tenemos gran parte de los humanos, que nos obliga a buscar, siempre, a quién cargar con el pecado.

Es evidente que se han cometido errores por parte de algunos dirigentes, pero si tienen que dar cuenta de ellos, ya llegará el momento. Cada cosa tiene su tiempo y ahora lo que toca es trabajar para aliviar la pesadumbre de tantas víctimas, enterrar a los muertos y reconstruir la destrucción material que ha provocado la DANA. No es momento de lanzar dardos por el retraso en el aviso, ni por qué se disolvió la Unidad Valenciana de Emergencias. La vida tiene estas ironías, lo que ayer era una ocurrencia (esto mismo dijeron algunos cuando se creo la UME), hoy habría sido más necesaria que nunca. Tiempo habrá para la crítica y las justificaciones. Pero lo que sí me gustaría que alguien explicara es a qué ha venido a Valencia Núñez Feijoo, porque la sensación que ha dado, no es que haya venido a interesarse por las víctimas, sino más bien para hacerse una foto, dar un mitin contra el gobierno de España (está enfadado porque nadie le avisa) y darse un abrazo, palmadas en la espalda incluidos, con el presidente de la Generalitat, que parecía un abrazo de esos que se dan de compromiso cuando te encuentras un conocido en la calle y no te ha dado tiempo a cruzar a la otra acera. Tanto es así, que se ha visto más empático al presidente Mazón con el Presidente del Gobierno que con el de su Partido.      

Una catástrofe con las dimensiones de esta DANA, que nos puede dar una idea de cómo debió ser el diluvio universal, si es que lo hubo, debería hacernos recapacitar sobre lo insignificantes que somos ante la naturaleza. Pensamos que podemos domeñarla, que podemos doblegarla según nos interesa, y de vez en cuando nos recuerda que somos una especie insignificante para ella. Quizá deberíamos empezar a tomarnos en serio el cambio climático y no tratarlo como a un cuñado molesto, que toda la familia critica. Y cuando digo deberíamos me estoy refiriendo a todos y todas: a los gobiernos, que hablan mucho y dicen poco, y siguen plegados a la industria de los combustibles fósiles; a las instituciones internacionales, que actúan como convidados de piedra en el concierto internacional; a los grupos ecologistas que muchas veces pierden el foco de lo urgente en beneficio de lo importante; a los negacionistas, por ser los grandes imbéciles de la Historia; a los partidos políticos, por estar más pendientes de cómo puede afectarles el cambio climático en las encuestas, que ocupando el papel de verdadero motor que revierta la situación; a los agentes sociales, que en no pocas ocasiones supeditan la lucha contra el cambio climático por razones laborales; y a nosotros mismos, que hacemos tanto caso al cambio climático, como a la posibilidad de vida extraterrestre, es decir, como si no fuera con nosotros.

Las catástrofes naturales lo son por su capacidad de destrucción en bienes y vidas humanas. Si los 600 lm2 que han caído sobre la provincia de Valencia, un territorio muy urbanizado, hubieran caído en medio del océano Atlántico, no habrían tenido ninguna relevancia destructiva. Igual que un terremoto de escala Ritcher 8, en zonas urbanizadas es una desgracia, si se produce en medio del desierto no llegaría, difícilmente, a superar el cero. Es por eso, que la prevención en lo que se refiere a las catástrofes naturales es tan importante. Porque puede salvar muchas vidas y pérdida de bienes materiales, infraestructuras, etc. Creo que con la DANA de Valencia deberíamos empezar a ser conscientes de que el cambio climático es una realidad, que si no la remediamos, va a cambiar nuestra forma de vida radicalmente, en un corto espacio de tiempo, y no sé si estamos preparados para ello, como sociedad y como individuos. Por eso deberíamos exigir a los dirigentes políticos, que se lo tomaran más en serio, no sólo con medidas de gran calado, que son urgentes, sino, también, en un terreno más próximo a nuestra vida.

Con la DANA se está haciendo un esfuerzo enorme por parte de todas las instituciones, pero si ese esfuerzo se hiciera en prevención, poniendo en valor la vida y los bienes de las personas, por encima de los miedos e intereses políticos o económicos, se habría evitado que el diluvio universal caído sobre Valencia y otras zonas de España, se convirtiera en un drama humano difícilmente asimilable.                       

martes, 29 de octubre de 2024

El silencio de quienes ahora hablan demasiado

 


La cacería por el caso Errejón está en marcha; parece que se ha abierto la veda y algunos tratan de rascar donde se pueda, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, a ver si debilitamos al adversario político o se ajustan cuentas. Pero lo cierto, es que ni la derecha pueda dar lecciones de lucha contra le violencia sexual ni la izquierda de la izquierda está exenta de mirar para otro lado. Si no, Podemos, que ahora está agitando el avispero contra Sumar y el PSOE, debería explicar por qué no denunció hace un año el acoso de Errejón a una joven de Castellón, si como parece, tenía conocimiento de ello. Y mientras, las víctimas del acoso sexual que enmana del poder, por miedo a las represalias y el linchamiento mediático, sólo se atreven a denunciar de forma anónima en las redes sociales. Algo con mucha audiencia, pero con poco valor jurídico. Porque si Sumar, Podemos y todos los que sabían lo que estaba sucediendo con Errejón hubieran denunciado o se hubieran puesto a disposición de las víctimas para hacerlo, hoy no estaríamos en esta situación.

viernes, 25 de octubre de 2024

El desconcierto y la cacería

Es complicado descubrir que uno de los referentes de la lucha contra la violencia de género es un impostor, no sé muy bien si de la persona o del personaje; que quien durante diez años ha ocupado un lugar central en la defensa de los derechos de las mujeres, las ha tratado como objetos sin ningún tipo de empatía. Es duro constatar que los Partidos en los que ha militado, desde hace diez años, el hombre a quien muchas madres quisieron tener como yerno, han hecho la vista gorda en nombre de la lógica partidista, dejando crecer en su seno el mal del que ahora tratan de distanciarse desesperadamente. Triste sospechar que, posiblemente, este no sea el único caso que se ha producido o se está produciendo en las esferas de poder, ya sea político, económico, cultural o social, sin que nada ni nadie le preste la atención que se merece. El poder, sobre todo en Madrid o las grandes capitales donde se cuece, es una burbuja en la que se sabe todo y que se retroalimenta así mismo, incluso tapando las vergüenzas más escandalosas.

Ahora todo el mundo gesticula, y como vivimos en un país de cazadores, la cacería ha comenzado, no para aniquilar al culpable, que en eso todo el mundo parece que está de acuerdo, no vaya a ser que alguien quede en evidencia. No. La cacería de los carroñeros se ha puesto en marcha, para ver de donde se puede rascar; para conseguir, como un trofeo pagano, la cabeza del adversario político. Porque, desgraciadamente, el asunto que nos ha dejado descolocados a muchos y muchas, no es lo importante, sino ver de qué manera se puede desgastar al de la otra familia política. De eso va este juego y no de los aspavientos que a derecha e izquierda se hacen. Incluso en algún territorio que tiene gobierno gracias al apoyo de un condenado por violencia de género, apoyo al que no hicieron asco, ahora se colocan en el lado acusador. Favor que se pagó con un premio de igualdad al susodicho maltratador.

Va a ser difícil afrontar este asunto con serenidad, con el feminismo en shock, una parte de la izquierda rota, otra afilando cuchillos y la otra tan desconcertada que no sabe por dónde le van a venir las tortas; y con una derecha echada al monte, dispuesta con todos los medios a su alcance a conseguir el poder, a quien quizá la palabra reflexión les suene a latín, que como todos ustedes saben es una lengua muerta.         

sábado, 19 de octubre de 2024

Con todos los medios a nuestro alcance

 


“Con todos los medios a nuestro alcance”. Esa es la medida de lo que está dispuesto a urdir el Partido Popular para hacerse con el poder, cueste lo que cueste, por lo menos su vicesecretario general Miguel Tellado, el hombre para el que la palabra “escrúpulos” le suena a nombre griego. No estaría de más que leyera a algún filósofo de la antigua Grecia, el que quiera, a ver si se le queda algo, aunque fuera sólo un gramo de moral y ética política, y dejara de hacer el ridículo tan a menudo. Y no sirve de excusa que estuviera hablando en una emisora de radio que se siente gurú de la derecha más rancia y ultramontana y se le calentara la boca; en Miguel Tellado ese tipo de exabruptos políticos son habituales. Para eso lo llevó Núñez Feijoo a Madrid. Qué mejor que un amoral, políticamente hablando, para decir las barbaridades en una ciudad incendiada por el extremismo de algunos políticos.

“Con todos los medios a nuestro alcance”, a uno le hace pensar, no sin preocupación, en qué medios está pensando el portavoz del Grupo Parlamentario del PP en el Congreso. Si ya tiene a una parte de la judicatura haciéndoles el trabajo sucio en los tribunales; a una mayoría de medios y pseudomedios de comunicación, convertidos en fábricas de bulos, al servicio de sus tropelías dialécticas y amoralmente políticas; si han levantado o dejado levantar un Tercio de Flandes en la extrema derecha, para lanzar a los nostálgicos del fascismo, como si fueran un ariete con cabeza de toro contra cualquier gobierno, da igual el actual u otro, que se defina progresista y democrático. Si todo esto son medios al alcance del Partido Popular para derribar al gobierno, eufemismo de para hacerse con el poder, ¿qué les falta? ¿Van a lanzar a la caballería al galope contra las instituciones democráticas que ellos no controlan? ¿Están pensado en otro 23-F, con sus autoridades competentes, para que la derecha reaccionaria, en la que se ha convertido el Partido Popular, dé el salto al poder de su España unida en lo universal? Da un poco de miedo y vergüenza, asistir a este espectáculo, en el que nada importa salvo que los de siempre recuperen el poder. Ya saben lo que dijo José María Aznar: “El que pueda hacer, que haga”. Y se abrió la veda contra el progresismo de este país, sea de izquierdas o de derechas.        

miércoles, 16 de octubre de 2024

Las medias tintas del Gobierno con la vivienda

 


La vivienda va a ser el talón de Aquiles del gobierno si no se toma en serio un problema que ya afecta a una gran mayoría de la juventud. No es un asunto baladí que la juventud, con o sin trabajo, no pueda acceder a una vivienda digna, que le permita organizar su vida con independencia de su familia o de los compañeros de piso. Y el gobierno está actuando con medias tintas, con medidas absurdas, como la del bono, que lo único que va a conseguir es que los alquileres suban más, como ya ha ocurrido otras veces. Por no hablar de la ingenuidad ridícula de la ministra de Vivienda, apelando a los propietarios a que sean buenos y bajen los alquileres.

Ignoro cuál es el miedo que en este país se tiene al mercado, que incluso un gobierno progresista de izquierdas no se atreve a meterle mano, sabiendo que sólo hay una forma de acabar con el problema. Una única forma, muy lejos de la tibieza con que encara el asunto, a saber, la intervención del mercado de la vivienda. No estoy proclamando que España se convierta en una república bolivariana marxista comunista. No. Mismamente los precios iniciales de los alquileres y sus posteriores incrementos, están regulados en Dinamarca, Países Bajos, Austria, Luxemburgo Suecia y Alemania.

Un gobierno está para gobernar cuando es necesario atajar un grave problema, ya sea económico, social o sanitario, y no para echar balones fuera con regulaciones que dependen su aplicación de otras instituciones. Porque quien no puede acceder a una vivienda digna, al que va a mirar es al gobierno central, y al que le va a pasar factura es al gobierno central.

Pero más allá de las consecuencias electorales por su mala política en vivienda, está el incumplimiento de la Constitución, que en su artículo 47, dice: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos”.

Vaya, a gobierno y oposición, enzarzados a diario sobre quién es más defensor de la Constitución, se les olvida la aplicación de un derecho constitucional, que no da margen a la interpretación y afecta a la gran mayoría de los habitantes de España.       

 

viernes, 11 de octubre de 2024

El emérito Borbón es lo que parece y nada más.

 


Ahora resulta, que sin el emérito no tendríamos democracia y no deberíamos confundir el gran servicio que Juan Carlos I ha hecho a España, con sus trapicheos económicos. Ese es el mantra que desde los círculos de la derecha están tratando de colarnos, para que seamos benévolos con su majestad abdicada. 

La democracia no la trajo el rey borbón, ahora emérito borbón, por mucho que nos quieran hacer ver. Si él se apuntó al carro, fue porque no le quedaba más remedio, tanto por una exigencia exterior, que con la muerte del dictador Franco daba por amortizada la dictadura en España, como por exigencia interior, con una sociedad que ya había hecho la transición en su imaginario colectivo, harta de franquismo y anhelante de democracia. Una sociedad que se lanzó a la calle a exigir, un día sí y otro también, la vuelta de la democracia, rota tras el triunfo del fascismo de Santa Cruzada, que acabó con la República y las ansias de libertad de la sociedad española.  

Que sea un mujeriego machista (“¡¡rubia, ponme un gin-tónic!! gritaba en Castellón hace unos años en su visita a la edición de la regata Costa de Azahar, ahíto de poder intocable y grados etílicos), y un pichafloja, nos da igual, de estos hay muchos, desgraciadamente. Pero que lo haya sido utilizando los resortes que le daba su real corona, sin medida, eso es harina de otro costal. Pero incluso, esto sería un delito, que podríamos calificar de menor. Lo grave, lo que se trata de ocultar es que el borbón Juan Carlos I, es, ha sido y será un corrupto mangante de marca mayor. Un sinvergüenza, que escudándose en su halo de hacedor de democracias, ha robado todo lo que ha podido, con el beneplácito del Estado y la culpabilidad de muchos dirigentes políticos y medios de comunicación. Un monarca tan liberal, que es amigo de todos los dictadores árabes y cristianos repartidos por el orbe, siempre donde haya dinero que poder rapiñar. El borbón que llegó al poder con una mano delante y otra detrás y ahora atesora, según la revista Forbes, una fortuna de 2.000 millones de euros. ¿Gracias a su abnegado trabajo por amor a España?

Lo del golpe de Tejero y compañía lo dejaremos para otra ocasión, porque aquí la sospecha, alimentada por la oscuridad de no desclasificar los papeles de 23-F, es tan grande que ya se está convirtiendo en un clamor.     

martes, 30 de julio de 2024

¿De verdad la singularidad de Cataluña es un peligro para los españoles?

 


No voy a ocultar que siempre he pensado que Cataluña debería tener un concierto económico similar al del País Vasco. Quizá porque he creído y creo que la España de las autonomías es un empastre regional impuesto por la derecha franquista durante la Transición, que no solucionó el encaje territorial de regiones como Cataluña, enquistando el problema de la formación de un país aceptado por todos. Un problema que trajeron los Borbones, triunfadores de la Guerra de Sucesión a principios del siglo XVIII, trasponiendo el centralismo férreo de la monarquía francesa a España. Lo que me lleva a pensar que como siguen los Borbones, nadie se plantea derogar los decretos de Nueva Planta impuestos por Felipe V contra la Corona de Aragón y reinstaurar, aunque con unos siglos de retraso, el modelo confederal que tenía la monarquía de los Austrias.

No sé si en la actualidad el modelo idóneo sería el confederal o el federal. Lo que sí tengo claro es que el autonómico es un fracaso que sólo sirve para alimentar el centralismo de una derecha que se espanta cada vez que un territorio solicita más competencias, en nombre de la unidad de España, con el mantra de la igualdad de los españoles.

Igualdad de los españoles que sólo sacan a pasear cuando no son ellos los que promueven la desigualdad, como el dumping fiscal que lleva años practicando la Comunidad de Madrid, por ejemplo. Una desigualdad que sólo les preocupa cuando se habla de la “sagrada unidad centralista de España”, pero que no les mueve la ropa ante la brecha que sus políticas sociales y económicas abren entre españoles.

Que el modelo autonómico hace aguas por todas sus costuras lo pone negro sobre blanco el sistema de financiación autonómica, cuasi inexistente, que condena a las autonomías a depender, financieramente hablando, de la generosidad del gobierno central de turno o de su cicatería o de su silencio. Silencio cuando son los míos los que rompen la financiación común y aspavientos cuando son los otros.

Que Cataluña tenga un concierto económico singular al modo del País Vasco, es una reparación histórica, puesto que Cataluña es un territorio singular, como viene demostrando desde hace siglos. Y no entiendo, salvo que haya intencionalidad política en ello, por qué la derecha se opone tan vehementemente. O sí lo entiendo. Desgraciadamente en España tenemos una derecha que no disimula en esconder su nacionalismo centralista exacerbado, anteponiendo el centro sobre el resto de España. Ni tampoco me creo que el resto del país se vaya a resentir por que los impuestos los recojan unos u otros, siempre que haya mecanismos de compensación solidarios entre territorios.

Aunque quizá, lo que deberíamos plantearnos como país, si queremos poner fin al problema territorial, es dar carpetazo al sistema autonómico e implantar un modelo federal y si fuese necesario confederal con algunos territorios. Claro, que entonces, la derecha nacionalista no tendría excusas para poner el país patas arriba por su patriotismo electoral. Ni podría buscar enemigos internos diabólicos, que es la manera que siempre han tenido los nacionalismos para reafirmarse.                  

 

sábado, 27 de julio de 2024

Paris 2024. Unos Juegos para las esperanza

 


Una vez más, Francia. Cuando el mundo democrático occidental se desmorona por el avance de la extrema derecha, recicladora del fascismo tal como lo hemos conocido hasta ahora, y todo tipo de teorías extravagantes, delirantes y autoritarias, que circulan por las redes sociales como por el pasillo de su casa, llega Francia y vuelve a lanzar al mundo un mensaje de esperanza y tolerancia, haciéndonos entender, unas semanas después de encontrarse al borde del abismo neofascista, que sólo es posible una sociedad libre y justa, cuando estas tres palabras mágicas: libertad, igualdad y fraternidad, forman un todo que asegura una sociedad más libre, más igualitaria, más justa, más solidaria, más tolerante, más diversa, más pacífica y, por tanto, más democrática.

Ese es el mensaje que prevalecerá en nuestras conciencias, después de las cuatro horas de espectáculo humano, deportivo y artístico, que han supuesto la inauguración de los Juegos Olímpicos París 2024. Cuatro horas de tantos estímulos emocionales y visuales, que uno siente haber asistido a una fantasía mágica, diseñada, organizada y ejecutada con tanta precisión y elegancia, que difícilmente podrá superarse. Aunque, mirándolo subjetivamente, no podría ser de otra manera en la ciudad que ha marcado el camino de la elegancia en la moda, la cultura y el arte en occidente, desde que todos los que estamos leyendo esto tenemos conciencia.

El riesgo de una ceremonia tan extraordinaria y única, ha sido un salto al vacío digno de una sociedad que ha marcado nuestra vida política y social desde hace más de dos siglos. Sólo quién fue capaz de hacer una revolución que rediseñó la vida en Europa y América, sacándola del ostracismo, la injusticia y el clasismo estamental del absolutismo, con la autoridad que le da ser el origen de todo lo que vino después y prevalece todavía, podría dar un puñetazo en la apatía de nuestra conciencia y proclamar, mediante un espectáculo bello y universal, que la libertad, la igualdad y la fraternidad, siguen siendo los únicos valores posibles para avanzar hacia el futuro. Un futuro donde todos tengamos cabida, unidos en la diversidad y la igualdad.

El mensaje es tan nítido, que los medios de extrema derecha y afines, y las redes sociales se han lanzado a desprestigiar la ceremonia y la llamada a la tolerancia que ha lanzado al mundo. No podía ser de otra manera, puesto que les ha situado frente al espejo de su intolerancia y falta de empatía hacia un mundo diverso e igualitario. “Demasiado politizada”, dicen algunos de los más suaves. Ya saben ustedes, todo lo que no sea ensalzar lo que ellos piensan, está politizado. Ya lo advirtió un jugador de la selección española de fútbol, declarando que el deporte no se debe mezclar con la política. Algo que se le olvidó enseguida mostrando su lado más ultra y descortés al saludar al presidente del gobierno.

Si al deporte se le quiere “despolitizar”, es porque quienes lo reclaman no quieren que cambie la “politización” actual, el statu quo que privilegia al deportista blanco, hombre y si me apuran cristiano. Por eso, vista la ceremonia de ayer, sólo tengo palabras de agradecimiento al COI, a la organización de los juegos y a todos y todas los que han hecho posible que el mundo vea la diversidad de la sociedad del siglo XXI, y que todos tenemos cabida en ella. Y a Francia, para que siga siendo la memoria de la libertad, la igualdad y la fraternidad frente al caos.

          

domingo, 21 de julio de 2024

No les gusta la regeneración democrática ¿Qué raro, no?


La derecha tardofranquista se rasga las vestiduras ante el plan de regeneración democrática que va a presentar el gobierno al Congreso. La democracia está en peligro -dicen- por culpa del aprendiz de dictador de Sánchez. No se han preocupado por el torrente de noticias falsas o inventadas que desde hace años circulan entre los medios afines a ella. Ni por las anarrosas, grisos, vicentesvallés, ikersjiménez, ferreras, anaspastor, indas, losantos y pseudoperiodistas que manejan presupuestos desmedidos para desinformar en televisiones, radios y medios digitales y alguno escrito, pagados por las instituciones que gobiernan (en este apartado la distinción especial es para Isabel Díaz Ayuso). Todo para ellos es normal, siempre que se ajuste a sus intereses políticos. Pero ahora, cuando se trata de poner coto a tanto despropósito informativo y tanto alumno aventajado de J. Goebbels, se echan las manos a la cabeza. ¿Porque la democracia está en peligro? No. Más bien porque se les puede acabar el chollo millonario de desinformar, mentir y denigrar, tan útil, según parece, para sus intereses electorales, en ese trinomio que forman la judicatura, los medios de comunicación y el Partido Popular/Vox, que está poniendo en solfa algunos de los principios básicos de una democracia como son el respeto, la tolerancia y la educación cívica.

Si no nos dejamos influir por el atropello informativo al que nos están sometiendo a todas horas sus medios afines, no con la intención de informar, sino, más bien, para destruir al adversario político; ni por el lawfare de una judicatura rendida a la causa ultraconservadora; ni por la mala educación apoyada en un discurso fundamentado en falsedades, que distingue a diario a muchos dirigentes del Partido Popular/Vox, veremos que lo que está sucediendo en España es un ataque frontal a la democracia, desde el burladero mediático y judicial de una derecha echada el monte.              

 


jueves, 30 de mayo de 2024

No en mi nombre, señor Mazón.

 


Escucho en la radio que el presidente de la Generalitat Valenciana va a interponer un recurso de constitucionalidad contra la Ley de Amnistía, en nombre de todos los valencianos. Yo le pido, por favor al señor Mazón, que no en mi nombre, como valenciano que soy. Usted, como presidente de su partido está en su derecho de presentar al Constitucional todos los recursos que quiera a la Ley de Amnistía, en nombre de sus afiliados, simpatizantes y votantes, pero no en nombre de todos los valencianos. Le recuerdo que la suma de todos los votantes que apoyaron el Botanic es de 1.100.000 electores, que presumiblemente no estén de acuerdo en que usted, como presidente de la Generalitat, recurra al Constitucional por este asunto. Es más, no sé si es políticamente ético y legítimo que un presidente de la Generalitat interponga recurso al Constitucional por una asunto que no atañe a los valencianos y que una parte significativa de ellos están en contra. Estaría bien que recurriera por cuestiones que afectan, directamente, a la Comunidad, pero por una ley que ni quita ni pone en Valencia, Alicante y Castellón, es muy cuestionable. No sea más papista que el Papa y deje que sea el líder nacional de su Partido el que lleve el peso del recurso. Con este acto, usted demuestra que no es el presidente de todos los valencianos.


miércoles, 29 de mayo de 2024

La Unión Europea en la encrucijada

 


Me van a permitir que copie, literalmente, el artículo 2 de la Versión Consolidada del Tratado Constitutivo de la Comunidad Europea, firmado el 24 de julio de 2002: «La Comunidad tendrá por misión promover, mediante el establecimiento de un mercado común y de una unión económica y monetaria y mediante la realización de las políticas o acciones comunes contempladas en los artículos 3 y 4, un desarrollo armonioso, equilibrado y sostenible de las actividades económicas en el conjunto de la Comunidad, un alto nivel de empleo y de protección social, la igualdad entre el hombre y la mujer, un crecimiento sostenible y no inflacionista, un alto grado de competitividad y de convergencia de los resultados económicos, un alto nivel de protección y de mejora de la calidad del medio ambiente, la elevación del nivel y de la calidad de vida, la cohesión económica y social y la solidaridad entre los Estados miembros».

Este es el espíritu que ha gobernado La Unión Europea desde su fundación en Roma, en el año 1957, perfeccionado en su ambición de una mayor integración y el desarrollo armónico de todas sus naciones y habitantes. No cabe la menor duda, de que aquel proyecto que surgió al finalizar la Segunda Guerra Mundial con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en 1951, para que Europa cambiara su pasado de enfrentamientos y egos nacionales, por un futuro de paz y progreso, ha sido un proyecto de éxito, a poco que echemos la vista atrás y veamos cómo hemos evolucionado los europeos hacia una mayor calidad de vida, en paz e integración.

Todo ha sido posible a una vocación europeísta de los líderes surgidos tras la Segunda Guerra Mundial, de indudable espíritu democrático (no olvidemos, que el fin de aquella guerra supuso la victoria de la democracia frente al fascismo que contaminó gran parte de Europa durante la primera mitad del siglo XX). Un espíritu que supo compaginar el liberalismo con la social democracia, en lo que el añorado José Vidal Beneyto revindicó como socialismo liberal, en la serie de artículos que publico durante el mes de mayo de 2008 en el diario El País, apelando a la definición que Carlo Roselli hizo en los años 20 del siglo pasado. Para Vidal Beneyto, el socialismo liberal, cito textualmente: «conllevan un proceso de hibridación que recorre la segunda mitad de siglo XX e inaugura procesos de los que los principales son el liberalismo social entre los liberales y el socialismo liberal en el ámbito socialista».

¿Qué ha sucedido, entonces, para que a las puertas de unas elecciones al Parlamento Europeo, los enemigos de la democracia, antieuropeístas, negacionistas e iluminados cósmicos, que durante décadas han estado marginados en Europa, por el desarrollo y la aplicación de políticas de una Unión Europea, que podríamos calificar, sin temor, de socialistas liberales, estén pugnando por tener una presencia significativa en la Unión Europea?

Este neoliberalismo rampante, que ha sumido al capitalismo en la peor de sus versiones: la salvaje egocéntrica, marcada por un fuerte individualismo que sólo tiene como principio el sálvese quien pueda e idolatra el dinero, la fama y el poder, es el que está poniendo en un grave riesgo las políticas de bienestar y desarrollo armónico del continente, después de más de cuarenta años (podríamos decir que todo esto empezó con Margaret Thacher y Ronald Reagan) de propaganda exhaustiva y bien regada de dinero público y privado en los medios de comunicación, y en los últimos años metida en nuestra cama, gracias a las redes sociales.

Neoliberalismo desregulador, deslocalizador, insolidario, que en su máxima expresión ha sacado de las catacumbas al neofascismo que creíamos superado en Europa, (permítanme que discrepe de aquellos que se niegan a denominar como fascistas a todos esos movimientos de extrema derecha que campan por Europa; simplemente es un fascismo adaptado al siglo XXI). No hay extrema derecha que no sea defensora del capitalismo salvaje, por mucho que lo quieran disfrazar de bondades para los trabajadores y las clases menos favorecidas. De esto en España sabemos bastante, los que más, después de cuarenta años de dictadura fascista; o es que ya no nos acordamos de cómo vivía una gran parte de la población durante el gobierno de Franco, la que no estaba rendida al Movimiento Nacional o era rica de cuna o se hizo rica gracias a la corrupción que el franquismo les permitió ejercer.

La Europa que hemos construido durante las últimas décadas, es una Europa en la que el bienestar de sus ciudadanos no ha caído del cielo, ha sido gracias a un gran impulso democrático de la sociedad y sus dirigentes; a unos sindicatos combativos, y junto con las patronales, receptivos a la negociación; a políticas que entendían que la democracia no es viable sin un reparto justo de la riqueza, lo que nos conduce a políticas fiscales pensadas en el sostenimiento del estado de bienestar, y salarios dignos, que permitían planificar, a largo plazo, una vida. Pero también, al convencimiento de que una sociedad justa no es viable si no se implementan políticas reguladoras de todos los aspectos que la conforman: economía, derechos, medio ambiente, igualdad, sanidad, educación, etc. Lo que no ha significado un recorte de libertades ni de iniciativas, mas bien al contrario, con unas reglas del juego bien definidas es todo más fácil y permite que exista la sensación de seguridad jurídica, para cualquier acto de nuestra vida.

Esta manera de entender la democracia no cayó del cielo después de la Segunda Guerra Mundial. Ya hubo filósofos, a lo largo de la historia del pensamiento europeo, que fueron marcando el camino. Entre otros, Erasmo de Rotterdam predica sobre la libertad y la educación como principios esenciales de una cultura civilizada. Hobbes, Rousseau y Locke desarrollaron la idea del contrato social como un acuerdo de derechos y deberes entre ciudadanos y/o entre estos y el Estado, que permitiera desarrollar leyes a las que todos se someterían. Después vinieron Adam Smith y Carlos Marx, que sientan las bases de cómo van a ser las relaciones económicas a lo largo del siglo XX. Todos ellos y muchos otros contribuyeron, después de dos guerras letales para Europa en el siglo pasado, marcadas por un nacionalismo pujante, a concebir la filosofía que dio cuerpo político, económico y social a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero CECA, posteriormente la Comunidad Económica Europea CEE y finalmente a la Unión Europea.

Dicho lo anterior volvamos a la actualidad y el riesgo de que todo se desvanezca en una nueva vorágine nacionalista, marcada por el ascenso de la extrema derecha, con sus afinidades más o menos neofascistas y el negacionismo de todo aquello que le sirva para destruir la democracia. Por lo que deberíamos hacer una pequeña reflexión y preguntarnos qué ha sucedido, por qué en el lugar del mundo donde mejor se vive, los movimientos destructivos de esa convivencia y bienestar, están en auge. Quizá una mirada hacia la expansión del neoliberalismo más salvaje, que se ha extendido por todo el continente, dejando a grandes capas de población desfavorecidas y por tanto ajenas a lo que la UE les pueda proporcionar, no vendría mal. Pero también al desarrollo de unas ideas que son de exacerbado individualismo, en donde sólo importa “lo mío”, incluso en la capas de población que sólo pueden vivir con dignidad cuando “lo de todos” se convierte en un manto protector contra el capitalismo feroz.

No hay posibilidad de mejorar nuestra calidad de vida, en todos los aspectos, si no es desarrollando una Unión Europea fuerte, democrática, solidaria, segura y de bienestar para todos sus ciudadanos y ciudadanas. Los cantos de sirena de la extrema derecha, son sólo eso, salvo que una parte de la derecha tradicional europea se rinda y le dé carta de naturaleza política y, lo que es peor, poder en las instituciones. Pero también, es responsabilidad de todos nosotros hacer que ese neofascismo, que como el lobo asoma la patita de cordero, se quede en una representación marginal y, por tanto, prescindible.

Vamos a dejarnos de aventuras y de postureos pundonorosos, pensado que todos los políticos son iguales y, total, para qué ir a votar. Porque no son iguales y por ello nos jugamos el futuro. Sí, el futuro nuestro y de nuestros hijos. Sólo hay un camino: retomar con fuerza las ideas del artículo 2 del Tratado Constitutivo de la Comunidad Europea, al que hacía referencia al principio de este escrito.       

    

           

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