viernes, 29 de abril de 2016

Cervantes, el infortunio de un mito

Publicado en Levante de Castellón el 29 de abril de 2016
Tal que hace cuatrocientos años, el día 22 de abril de 1616 murió Miguel de Cervantes, posiblemente de una cirrosis hepática, no porque le diera más de la cuenta al vino o al aguardiente, realmente Cervantes era un gran bebedor de agua, la consumía en grandes cantidades a todas horas, por la sed que le producía la diabetes que tenía, que fue la causa de la cirrosis que le llevó a la muerte. Tenía la edad de sesenta y ocho años y una vida a sus espaldas cargada de infortunios, que le fueron minando la salud, a la vez que su ingenio crecía exponencialmente al deterioro de su estado físico. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que Cervantes fue un perdedor, alguien al que la fortuna nunca sonrió y al que cualquier cosa que emprendía, por un motivo o por otro, le salía mal.
                El 1569, un lance de espada con un tal Antonio de Segura, hizo que tuviera que huir de España para evitar que la justicia le amputara una mano, que era la pena con que se castigaba a quienes hicieran uso de las armas cerca de palacio. Como si de una broma del destino se tratara, embarcado en la flota que gobernaba don Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II, al mando de la Armada Invencible, que derrotó al turco en Lepanto en el año 1571, Cervantes perdió una mano, no sabemos si la que trataba de salvaguardar o la otra. Qué ironía, huir de tu país para que no te corten la mano y volver a él con una inutilizada por una fatal herida de guerra, que le dio el sobrenombre para la historia de El Manco de Lepanto. 
                En 1575, de vuelta a España con importantes credenciales firmadas por don Juan de Austria y el virrey de Nápoles, don Íñigo López de Mendoza, que le abrirían muchas puertas en la Corte, su goleta El Sol es apresada por berberiscos a la altura de Marsella, tras separarse de la flota por culpa de una tormenta. En Argel, al ver las credenciales que lleva, piensan que es un personaje principal y piden un alto rescate por su libertad. Tras cinco años de cautiverio, y el pago de cuatrocientos setenta y cinco ducados, cantidad nada despreciable, es liberado por los padres Trinitarios y vuelve de regreso a España.
                Pero el que nace con la estrella apagada no consigue nunca llegar a encenderla. Así, procurando tener una vida con cierta solvencia económica, que le hiciera salir de la penuria en la que vivía, fue nombrado comisario real de abastos para la Armada Invencible en 1587, lo que le enemistó con la Iglesia por su celo recaudatorio, siendo excomulgado y encarcelado en 1592. No levanta cabeza, y mientras escribe, sobre todo comedias, que le van abriendo un hueco en los cenáculos literarios de la Corte, otros dos sucesos le vuelven a resituar en el camino de sus desdichas. Uno es la irrupción de Lope de Vega, que revoluciona el teatro y eclipsa a todos los autores de comedias, incluido Cervantes, con quien forjó una fructífera enemistad, hasta tal punto que Cervantes sospechó de la mano de Lope en el Quijote de Avellaneda. El caso es que don Miguel vio cómo su carrera de autor de comedias se apagaba, cegada por la luz que Lope irradiaba.
                El otro suceso vino a acontecer, que siendo nombrado recaudador de impuestos, fio todo lo recaudado a un banquero sevillano que quebró, y como él era el responsable de los dineros del rey, volvió a dar con sus huesos en la cárcel, esta vez de Sevilla, en la que permaneció varios meses, y donde el infortunio de un hombre se convirtió en la fortuna de la Humanidad, porque fue entre las rejas de la prisión sevillana donde escribe el comienzo más famoso de novela que haya existido jamás: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”, dando lugar a la invención de la novela moderna y a la obra literaria más famosa de la literatura universal.
                Esa es la ironía de Cervantes, que tras una vida de penurias y adversidades, cuando se libera de su afán por triunfar, escribe la mejor novela de todos los tiempos, la primera y revolucionaria novela que cambiará la manera de escribir y leer las historias de ficción. Y sin embargo, a pesar de que El Quijote, publicado en 1605 en la imprenta de Juan de la Cuesta de la calle Atocha de Madrid, enseguida adquiere una fama popular hasta entonces impensable para una novela  -hay que tener en cuenta que el gran espectáculo de masas era el teatro, precisamente por que el pueblo, el vulgo, no sabía leer-, su peculio no mejoró sustancialmente. Y es que el Quijote corre de boca en boca, une a las gentes en plazas y casas bajo la luz de un candil, a escuchar su lectura, posiblemente por boca de algún licenciado. Más allá de las clases cultas, es decir, la minoría, nadie lee novelas. Las ediciones se sucedieron en castellano, inglés, francés…. En 1616 publica la segunda parte, en contestación a El Quijote de Avellanada, pero antes ha publicado las “Novelas Ejemplares”, en 1613, dando lugar a la creación de la novela corta española.
                Cervantes ya es un mito de la literatura universal y de la cultura española. Ahora celebramos el 400 aniversario de su muerte con profusión de homenajes, actos, conmemoraciones, acercamiento de su obra a los niños, etc.  Todo lo que se haga es poco, en tiempos de penuria para el libro y los escritores. Sin embargo, todavía hay algunos pedantes del esnobismo intelectual que afirman que Cervantes si no fuera por El Quijote habría sido un escritor mediocre.  No se dan cuenta,  o sí, pero tiene que hacerse valer diciendo insensateces, que es precisamente porque escribió El Quijote, por lo que es el más grande escritor de todos los tiempos. 

                Cervantes vivió en busca de un ideal de honestidad y cordura. Por ello creó al orate más cuerdo que haya existido jamás, porque es a través de la locura cuando se dicen las más grande verdades. “Don Quijote soy, y mi profesión la de andante caballería. Son mis leyes, el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿Es eso, de tonto y mentecato?

sábado, 23 de abril de 2016

II República. De la luz a la oscuridad

Publicado en Levante de Castellón el 22 de abril de 2016
Hace ocho días se conmemoró el 85 Aniversario de la proclamación de la II República. Esta fue un hito en la historia política de España, que se recibió con entusiasmo por la mayoría de la población, porque despertaba en muchos españoles un sentimiento patriótico fundamentado en los valores republicanos imperecederos de: libertad, igualdad y fraternidad. “Las ventanas exteriores del Ministerio (de la Gobernación) estaban cerradas, pero los aullidos de la muchedumbre, que llenaba literalmente la Puerta del Sol y las calles adyacentes llegaban hasta el despacho del ministerio. El espectáculo era literalmente impresionante y, como en Madrid se cena tan tarde, duró mucho. Los estallidos del espectáculo de  masas fueron variados y apasionados”. Así relata Josep Pla, en su libro “Madrid. El advenimiento de la República”, cómo se vivió la tarde del 14 de abril de 1931, la proclamación de la República. El mismo entusiasmo se sucedió en la mayoría de las ciudades y pueblos de España. En Castellón, el historiador Vicent Grau cuenta que a las 15,35 horas de la tarde del día 14 de abril de 1931, Miguel Peña, presidente de Acción Republicana, iza la bandera tricolor en el balcón principal del Ayuntamiento de Castellón. Era el colofón de una fiesta popular, del triunfo del pueblo.
Porque la República acababa con varios siglos de gobiernos oligárquicos, que sólo habían ensanchado la brecha social que desde tiempos inmemorables existía en España. Suponía introducir la democracia en un sistema viciado de caciquismo y turnismo en el poder, que se instauró por las oligarquías que implantaron la Restauración, y que tuvo, como colofón, la Dictadura de Primo de Rivera, cuando esas mismas oligarquías vieron cómo su poder y, por tanto, sus privilegios, se sentían amenazados. Pero no sólo se abría la puerta, tanto tiempo cerrada, hacia una mayor civilidad política, también representaba el sueño de una vida mejor, con un reparto de la riqueza más equitativo. Fueron muchas las esperanzas que la sociedad española depositó en la República, por ello concitó un entusiasmo popular masivo, que se celebró por todos los confines del país.
                Pero lo que para muchos era reparar una injusticia histórica, para otros fue un ajuste de cuentas, un alzar de navajas plateadas al cielo, como había escrito Lorca en su libro Poeta en Nueva York: “Y los puñales diminutos,/¡qué luna sin establos, qué desnudos,/piel eterna y rubor, andan buscando”, como una premonición de la muerte que estaba por venir. Puñales que rasgaron el aire fresco de esperanza que trajo la República, para bajar ensangrentados, acompañados de palabras huecas que sólo conducían al odio y la muerte. Puñales que junto a los que se convirtieron en defensores de la patria eterna, la que tiene que engullir a sus hijos, como vulgar Saturno, para subsistir, acabaron con el sueño de un país nuevo, libre, tolerante y democrático, que había producido la exaltación de Antonio Machado: “Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros, la primavera traía a nuestra República de la mano”, como escribe en “Recuerdos. El 14 de abril de 1931 en Segovia”, rememorando la emoción que sintió la izar la bandera republicana en el Ayuntamiento de Segovia, seis años después, cuando la oscuridad del odio se había extendido por España, y la guerra, las varias guerras que se libraran sobre el sueño de muchos en un país civilizado, habían llenado todo de oscuridad, de fealdad y de muerte. “Tierra que sólo brindas paciencia y superficie,/tierra para morir,/deshabitada y loca./¡Oh, trágico destino de España, madre España!, escribe Luis Rosales en 1936, en “Poemas de la muerte contigua”, llorando la muerte de su amigo Federico García Lorca.
Esta año, también, se conmemora el estallido de la Guerra Civil, de ese golpe de estado cruel y sangriento que condujo a los españoles a una guerra fratricida, a la sublimación de los odios sembrados por los enemigos de la libertad, por la intransigencia de las ideas, por el totalitarismo despiadado que se retroalimentaba, para supervivir, en la eliminación del otro, el señalado con el dedo como enemigo político. Se cumplen 85 años del mayor drama que ha vivido la sociedad española en los últimos siglos. “Y una mañana todo estaba ardiendo,/y una mañana las hogueras/salían de la tierra/devorando seres,/y desde entonces fuego,/y desde entonces sangre”. Escribe Pablo Neruda, ante la desolación y la indignación que le provoca ver la guerra instalada en el corazón de muchos españoles.
La Guerra Civil del 36 es la manifestación más palmaria de la incapacidad de concordia y tolerancia que se instaló en la sociedad española de la época,  azuzada por los radicalismos ideológicos que acabaron asolando Europa unos años después. Fue el colofón de un fracaso de convivencia que la República no supo resolver tendiendo puentes entre las diferentes ideologías democráticas de le época, lo que supuso la alineación de estas con los radicalismos totalitarios que sólo pregonaban la destrucción del otro, para imponerse ellos. 
Fueron muchos los errores que cometieron las autoridades republicanas al no enfrentarse con la legitimidad democrática a aquellos que acabaron convirtiendo la Republica en un ajuste de cuentas. Porque una democracia tiene que ser capaz de aislar a sus enemigos, sean del bando que sean, y tender puentes para el entendimiento entre todos los grupos que forman la sociedad. Si no hay cultura de pacto, no hay democracia. Si hay demasiada testosterona política, el poder se convierte en un arma arrojadiza contra los disidentes y/o adversarios, convirtiéndose en un instrumento de exclusión y desigualdad. Una democracia no es sólo gobernar, es también establecer controles del poder, ejercer la oposición con firmeza al gobierno de turno, porque no todos pueden gobernar. Pero también es distribuir la riqueza, para que nadie se sienta en inferioridad de condiciones; desarrollar la igualdad de oportunidades,  para que nadie se sienta discriminado; y preservar la libertad como un valor irrenunciable, capaz de garantizar la calidad democrática. 
Entre 1931 y 1936, España pasó de la luz a la oscuridad; de la vida a la muerte. La República no supo resolver sus conflictos, en los márgenes de la democracia, y eso debe ser una lección histórica, que debería enseñarse en todas las escuelas.

“Decidles que os engendraron/ y  libres nacisteis,/y que vuestras madres tristes,/también libres os criaron”. Miguel de Cervantes, “El Cerco de Numancia” 1585.

viernes, 15 de abril de 2016

Maquiavelo, el populista

Publicado en Levante de Castellón el 15 de abril de 2016
Cuando uno vuelve la vista atrás en nuestra historia, podemos colegir que en los últimos quinientos años la relación del poder con el pueblo sustancialmente no ha cambiado. Fijemos la fecha del reinado de los Reyes Católicos, como el primer paso en la construcción de los territorios españoles en un Estado nacional, tal como sostienen algunos historiadores, aunque no es hasta los Decretos de Nueva Planta de 1707-15 de Felipe V, en los que se anulan los fueros de la corona de Aragón, configurando una monarquía centralista a la imagen y semejanza de las leyes de Castilla, cuando el Estado adquiera una unidad en todos los sentidos que lo define como nación española. Sin embargo, a pesar de los cambios habidos en la estructura política del Estado, desde los Reyes Católicos los grupos de poder en España no han variado sustancialmente y por tanto su actitud hacia las nuevas ideas ha sido a lo largo de los siglos de una elevada beligerancia.
                Ya Isabel y Fernando, tanto monta, monta tanto, consolidaron su poder monárquico frente a la nobleza civil y religiosa, comprando el silencio de esta mediante la extensión de los privilegios feudales que disfrutaban y otorgándoles nuevos derechos económicos, lo que cerró la puerta, sobre todo en Castilla, a una transferencia del poder que hasta entonces sustentaba nobles y eclesiásticos, hacia las nuevas clases sociales de carácter urbano y burgués que estaban emergiendo, frenando en seco el ascenso de los  nuevos grupos sociales y económicos que, de una manera muy sucinta y precipitada, podemos decir desembocaron en las revoluciones fallidas de las Germanías y Comuneros, habidas en tiempos de Carlos I.
                A partir de ahí, y la dura represión posterior que las élites de la monarquía ejercieron contra los disidentes, el establishment de poder se consolida, construyendo la identidad del Estado monárquico absoluto  en torno a la figura del rey, la limpieza de sangre, el control religioso (en este caso a través de la Inquisición, autentica policía política devenida en Tribunal de Orden Público, que ejerció con mucha dureza represiva cualquier manifestación  que se saliera los límites establecidos por el poder del reino) y la preservación de los privilegios de la nobleza, a costa del empobrecimiento del pueblo.
                Sin embargo, nada más lejos de pensar que la sociedad era un bloque monolítico de pensamiento, ni en el siglo XVI, ni en los siglos posteriores. Más bien, el debate, a pesar de la censura (muchos libros se tuvieron que publicar fuera de España), los encarcelamientos, los destierros, la tortura y en algunos casos la ejecución de disidentes, ha estado siempre muy vivo. Lo que nos permite ver, que si el discurso opositor ha ido cambiando con los siglos y las circunstancias que se vivían en cada momento, el discurso oficial  no ha variado sustancialmente, cuando de lo que se trataba eras de desprestigiar a los disidentes y sostener los privilegios de la clase domínate. Veamos un ejemplo:
                En el siglo XVI se produce un intenso debate entre la intelectualidad sobre las ideas que Maquiavelo expone en su libro “El Príncipe”, a cerca de la razón de Estado como un principio secularizado al margen de la providencia divina con la que el gobierno monárquico dice estar ungido. La disputa se hace a través de escritos y libros a favor y en contra de las tesis de Maquiavelo. No es una discusión menor pues en la raíz se esconde la secularización del Estado y, por tanto, el cuestionamiento del orden nobiliario y monárquico como una voluntad de Dios. Lo que abriría la puerta a la entrada en el poder de los nuevos grupos emergentes sociales y económicos. Por ello la monarquía y toda la clase dominante que la rodea despliega sus armas contra los maquiavelistas, sobre todo después de que al Papa Paulo IV, decretara la inclusión del libro de Maquiavelo en el Índice de Libros Prohibidos. Lo que llama la atención es el argumentario que se utiliza de desprestigio de las ideas maquiavelistas, que, salvando las distancias, recuerda mucho a los que hoy se usan para desprestigiar las ideas de cambio que atentan directamente contra el estatus del poder actual. Así, Pedro Ryvadeneira, jesuita y refutado intelectual de la época, en su libro: “Tratado de la religión y virtudes que debe tener el Príncipe Cristiano para gobernar y conservar sus Estados, contra lo que Nicolás Maquiavelo y los políticos de ese tiempo enseñan” (Madrid, 1595), dice que no hay una, sino dos razones de Estado: “una falsa y aparente, otra sólida y verdadera; una engañosa y diabólica, otra cierta y divina; una, que de Estado hace religión, otra que de religión hace Estado; una enseñada de los políticos y fundada en vana prudencia y en humanos y ruines medios, otra enseñada de Dios, que estaba en el mismo Dios y en los medios que Él, con su paternal providencia, descubre a los príncipes y les da fuerza para usar bien dellos, como Señor de todos los Estados”· ¿Qué diferencia conceptual hay entre este texto y el siguiente, publicado en el País, con la firma de Francesc de Carreras, el 9 de abril de 2015?: “El Estado democrático, además es liberal, es decir, su objetivo sólo es asegurar la igual autonomía de los individuos; el Estado populista tiende a ser totalitario, es decir, sabe de antemano aquello que conviene a estos individuos y utiliza su poder para tomar las decisiones sin necesidad de utilizar procedimientos para consultarlos. No se trata, pues, de dos formas de gobierno distintas, sino de dos formas de Estado diferentes: la una democrática y la otra no”.
                Cambiemos Dios por democracia liberal y Maquiavelo por populismo (todo el mundo sabe a quiénes señala la clase dominante como populistas) y nos habremos ahorrado más de cuatrocientos años de discusión política, porque el discurso del poder sigue utilizando los mismos recursos: el miedo, el inmovilismo, el desprestigio y la satanización. Hoy, para el poder o se es liberal o se es populista totalitario, además de comunista, terrorista, come niños, cortabolsas, etc. Todo vale, cuando se trata de desprestigiar al enemigo de clase o de estamento, que uno ya no sabe muy bien donde se encuentra.  
                Poco hemos avanzado entonces en la relación del poder con el pueblo, y aunque existen muchas diferencias entre hoy y los siglos pasados, la democracia que tenemos en España no ha servido para cambiar la estructura del poder, que se ha ido retroalimentando así mismo a lo largo de nuestra historia, adaptándose a los tiempos, para que nada pusiera en peligro sus privilegios, y llegar indemne al siglo XXI, fagocitando a todos aquellos que no han cuestionado un cambio radical en esa estructura y eliminando a quienes lo han pretendido. Por eso, no tuvieron empacho de liquidar la II República, cuando esta, democrática y popular, se reveló como gobierno que pretendía una transformación radical del país, incluidas sus élites civiles y religiosas. Por las mismas razones que ahora, al igual que en los siglos pasados, utilizan todas sus armas: mediáticas, policiales, jurídicas, legislativas, económicas, etc.,  para liquidar los movimientos emergentes que cuestionan sus privilegios.

                Como bien decía don Quijote: “Nunca el consejo del pobre, por bueno que sea, es admitido”.                 

viernes, 8 de abril de 2016

Pensión y derechos de autor

Publicado en Levante de Castellón el 8 de Abril de 2016
En los últimos meses hemos sabido que la Seguridad Social y Hacienda están persiguiendo a los escritores y creadores que compatibilizan su pensión con ingresos provenientes de derechos de autor por sus obras y otras actividades relacionadas con su actividad creadora. Un país que es capaz de colocar a los creadores ante la tesitura de seguir cobrando la pensión o renunciar a esta para percibir derechos de autor, es de una catetez (perdón por la palabra) propia de la incultura que parecen mostrar algunos dirigentes, o bien, lo que pretende es callar la voz de quienes con sus obras cuestionan el poder mediante la transmisión de ideas, dando instrumentos a la población para que sean más cultos, y por tanto, más críticos y reflexivos.
                No quiero ni pensar cuántas obras literarias se habrían dejado de escribir si esta absurda medida hubiera estado vigente en España en las últimas décadas, pues como el escritor también come y tener que renunciar a la pensión que le da de comer, cuando llega el  momento, por la volatilidad, y en la mayoría de los casos, los exiguos ingresos derivados de su actividad creadora, que no le aseguran una vejez digna, al final, dejará de crear, con lo que el país, para satisfacción de muchos, ensanchará el prado de pastar burros. Porque la literatura ha sido, es y será una fuente única de transmisión de ideas y conocimientos. En cada libro, el pensamiento fluye como una máquina de tren por los raíles de sus líneas, creando en el lector la sensación de ser más sabio y más libre. El conocimiento del mundo se manifiesta en todo su esplendor, ya sea mediante los ensayos que tanta sapiencia nos trasmiten; o a través de las historias que los novelistas nos cuentan, llevándonos a lugares quiméricos o inverosímiles para la mayoría, junto a personajes que acaban siendo uno más de la familia. Está en la emoción que nos regalan los poetas, arquitectos mágicos de palabras, en versos que inundan de belleza nuestros sentimientos, o hacen que nos rebelemos contra la injusticia trasmitida por la palabra exacta, en el lugar preciso; y en la fuerza del teatro, nacido de la palabra sobre el papel, para ser declamada, en historias que nos conmueven o nos irritan. Todo está en los libros, y seguirá estando en un futuro. ¿Por qué, entonces, se trata de impedir que se siga creando en la etapa de la vida donde el escritor ha llegado cargado de experiencia y de sabiduría? Con esto no quiero decir que los más jóvenes no están haciendo obras maravillosas, sino que hay un punto de discernimiento que sólo se puede alcanzar cuando se llega a cierta edad. Miguel de Cervantes, publica la primera parte de El Quijote con cincuenta y ocho años y la segunda con sesenta y ocho. Cuando José Saramago publica “Ensayo sobre la ceguera”, tiene setenta y dos años, y todavía le quedaban unas cuantas obras de una lucidez y calidad literaria única que regalarnos. Jose Manuel Caballero Bonald recibe con 80 años el Premio Nacional de Poesía, por su libro “Manual de infractores”. Podríamos seguir admirando obras de escritores que han creado sus mejores textos en la vejez, pero con estos tres ejemplos puede valer.
                No nos engañemos, la inmensa mayoría de escritores no viven de lo que escriben. Eso sólo queda al alcance de unos pocos a quienes la fortuna y en algunos casos la calidad literaria han sonreído. Pero incluso estos, cuando se jubilen, por obra y gracia de gobernantes insensibles a la cultura, tendrán que renunciar a la pensión pagada de su bolsillo durante años, para poder seguir publicando. Pero el resto, que han compaginado el oficio de escribir con una profesión ajena a este arte, que les ha proporcionado unos ingresos para vivir, ahora no tienen escapatoria. Imagínense el temor de estar escribiendo algo que tenga el suficiente éxito como para generar unos derechos de autor que le invaliden a uno la pensión. O no escribes, o lo guardas en el cajón, o te lanzas de cabeza a la economía sumergida, con algún subterfugio que te permita cobrar algo de lo que tu obra ha generado. Esto me recuerda aquella película dirigida por Martin Ritt, en la que hacía de protagonista Woody Allen, titulada “The Front” (“La Tapadera” en España), en la que un grupo de guionistas perseguidos por el Macarthismo, cuando el senador Joseph McCarthy metió a Estados Unidos en una cruzada anticomunista, tan absurda como ridícula, para seguir escribiendo se buscaron testaferros que firmaban sus obras por ellos, para eludir la censura y la cárcel. No quiero dar ideas, no vaya a ser que me acusen de deslealtad a Hacienda y la Seguridad Social.
                Lo cierto, es que más allá de las nefastas consecuencias que puede tener esta medida para la cultura, hay que decir que no es ajena a la estupidez; una más a las que nos tienen acostumbrados nuestros gobernantes, actuales y anteriores. A veces pienso que era más eficaz e inteligente la gestión de la cosa pública en época de Felipe II que en la actualidad, por lo menos, no demostraban tanta incompetencia a la hora de dirigir el país. Si no, dígname ustedes, qué pasa por la cabeza de estos ministrables de ahora, para negar la posibilidad de aumentar los ingresos del Estado. Si un pensionista desarrolla una actividad creativa o simplemente desarrolla una actividad como autónomo, ¿No ingresará dinero a las arcas del Estado si cotiza a la Seguridad Social y a Hacienda por ello?  ¿Qué Ley absurda hecha por los hombres y las mujeres no puede cambiarse? Llegados al punto de tener una Ley ridícula, que roza el esperpento, ¿Por qué no se cambia ya? Todos ganarían: El Estado recaudaría más, los escritores, creadores y autónomos, podrían aumentar sus ingresos, vivir mejor, y por tanto consumir más; y la sociedad, en su conjunto, se beneficiaría culturalmente y económicamente.
                Sin embargo, parece que aquí hay que hacer todo al revés, porque si no dejaríamos de ser diferentes. Prefieren bajar las pensiones a los jubilados, antes que aumentar los ingresos, por vías seguras y fáciles. Al igual que cuando un trabajador mayor de 55 años pierde su trabajo por consecuencia de un ERE en su empresa, la Seguridad Social le impide volver a trabajar, y por tanto cotizar, porque si lo hace pierde el derecho a jubilarse anticipadamente a los 61 años. ¿No será mejor que trabaje lo que quiera o pueda, cotice y, si quiere, a los 61 años se jubile?

                Al final, Cervantes, siempre tiene razón: “Sobre el cimiento de la necedad, no asienta ningún discreto oficio”.

domingo, 3 de abril de 2016

¿De qué Europa hablamos?

                         Imagen: "El Rapto de Europa" de Picasso
Publicado en Levante de Castellón el 1 de Abril de 2016
Después de los atentados de Bruselas hemos vuelto a escuchar en los medios de comunicación y por boca de dirigentes europeos, las frases, ya tan manidas, de encontrarnos ante ataques a los valores europeos y el modo de vida occidental. Es cierto, que en el objetivo del terrorismo yihadista hay una intención clara de amedrentar a la población pues, para ellos, la liberalidad con que los europeos entendemos la vida y las relaciones sociales, son una muestra más de la decadencia de occidente, alejada de los auténticos valores de la divinidad. Nada que los grupos más integristas del cristianismo no piensen, ya sean católicos, luteranos u ortodoxos. Aunque es cierto, que estos grupos no comenten atentados terroristas; eso parece que hemos ganado en occidente, después de siglos de guerras de religión que asolaron Europa. En nombre de Dios, y sobre todo en defensa de los privilegios de sus representantes en la Tierra, se siguen cometiendo muchas tropelías contra la libertad y la dignidad de las personas.
                Pero volviendo al principio, está claro que los ciudadanos europeos compartimos un modo de vida parecido, salvando las distancias que puede haber entre un andaluz y un sueco. Compartimos una Historia común; podemos decir con orgullo que tenemos una gran cultura europea cimentada en la cercanía y siglos de convivencia; disfrutamos de un ocio que no difiere básicamente entre unos europeos y otros: deportes parecidos, afición a los bares, gusto por la gastronomía, etc.; escuchamos la misma música, leemos los  mismos libros, vemos las mismas películas, y en Navidad participamos de sentimientos comunes. Además, para la inmensa mayoría, a pesar de que los sectores más conservadores de la sociedad se empeñen en impedirlo, las creencias religiosas son una cuestión personal, que deben estar alejadas de la política y el Estado. Todos esto y otras muchas cosas nos son comunes y nos hacen singulares respecto a otras partes del mundo. Nada que objetar, entonces, cuando el político de turno liga los atentados yihadistas como un ataque a ese modo de vida, porque es cierto, que en la mente perversa y retorcida de un integrista religioso, en este caso islamista, no cabe vivir así, tan laicamente, dejando que sea cada uno el que decida cómo es su relación con la religión y cuál es el grado de fe que tiene. Pero claro, tanta libertad religiosa los fanáticos de Dios no la pueden consentir, porque les quita la principal fuente de dominio sobre las personas, de control mental de sus actos y  represión psicológica, que es, en definitiva, lo que les da un poder absoluto sobre la sociedad.
                Otra cosa es lo de los valores europeos. A mí esto me produce un tic nervioso que a veces me cuesta controlar. Sobre todo cuando me pregunto cuáles son esos valores europeos tan al uso de nuestros dirigentes, que sacan a pasear siempre que a ellos les interesa. Porque no acabo de poder focalizarlos correctamente. Algunos me dirán: hombre, la libertad. Eso está bien, nuestras constituciones consagran la libertad como un principio fundamental de convivencia, y ciertamente gozamos de ella. Votamos cada cuatro años a quiénes queremos que nos gobiernen y qué políticas deben aplicarse. Eso está bien, pero ¿y cuando votamos lo que al poder no le interesa? ¿Somos verdaderamente libres? No sé cómo se sentirán los griegos, a quienes se les ha aplastado su libertad desde el centro de Europa, porque lo que ellos querían no gustaba a los dirigentes de la UE, y mucho menos a los que manejan el dinero; o a los españoles, que habiendo votado mayoritariamente un giro a la izquierda en las políticas que se tiene que aplicar para salir de la crisis (como no puede ser de otra manera, aquí también entran los votantes del PSOE) se les está hurtando esa posibilidad, mediante mentiras, ardides mediáticos y falsos testimonios, que sólo pretenden una cosa: inocular miedo a la población, para que invoquemos a los poderes establecidos, con la bendición de Dios y Ángela Merckel, a que nos salven de la apocalipsis que se puede avecinar, si ellos, es decir, la Gran Coalición, por activa o por pasiva, no gobierna. También, somos libres de desear comprar lo que queremos, otra cosa es que tengamos libertad para poder comprarlo, porque, claro, aquí la libertad choca con el reparto de la riqueza y la capacidad adquisitiva que tenga cada cual, haciendo que unos sean más libres que otros.
                Los europeos tenemos como valor haber construido el estado de bienestar. Cierto, en los tratados de la Unión, desde su constitución, aparece el concepto de estado social europeo, un eufemismo de estado de bienestar, que trata de diferenciarlo del de Estados Unidos y otros países del mundo. Pero, ya saben ustedes, el que hace la Ley hace la trampa, y ese valor supremo que es el estado de bienestar europeo, encuadrado en una política social de mercado, se ha venido abajo en lo últimos años, desde que el neoliberalismo ha colonizado todas las instituciones de Europa, y los dirigentes de estas han abrazado el nuevo theacherismo, aunque no lo reconozcan en público (algunos, conversos renegados de la socialdemocracia, ni siquiera en privado), convirtiendo el sueño del bienestar, la igualdad y un reparto más justo de la riqueza en una entelequia.
                Apelan a la seguridad que da pertenecer a la UE. ¿De qué seguridad hablamos, si ni siquiera son capaces de asegurar la vida de las personas, frente a ataques terroristas? ¿Se están refiriendo a una seguridad plagada de fallos, que han conducido a los atentados de los últimos meses? Creo, que su obsesión por garantizar los mercados, les ha dejado alejado de la seguridad de los ciudadanos. Esa es la única seguridad que les preocupa: garantizar que el dinero, su dinero, no entre en riesgo por acontecimientos externos que invaliden las políticas neoliberales y austericidas que el establishment europeo está imponiendo. Por eso, convierten en convictos a los refugiados que huyen de las guerras que ellos han contribuido a provocar, abocándolos a la muerte y al holocausto, para que su entrada en el “paraíso” de Europa, no desestabilice sus finanzas; o se confina a millones de inmigrantes, da igual a qué religión pertenezcan, en guetos urbanos, desprotegidos de futuro, trabajo y bienestar, a los que sólo les queda la opción de delinquir o dejarse explotar como nuevos esclavos del siglo XXI, porque cualquier otra posibilidad les está vedada. De ahí, a sucumbir en la otra gran mentira que es el fanatismo religioso hay un solo un paso, sobre todo cuando se les promete un futuro y un lugar en el mundo, aunque sea el ultraterrenal.

Al final de todo, los atentados que están poniendo en riesgo el modo de vida europeo, están sacando a la luz la ineficacia de unos dirigentes, que los únicos valores que tiene son la mezquindad de un nacionalismo rampante y la defensa de sus intereses económicos y de poder, muy alejados de los valores de solidaridad, bienestar y libertad, que se encuentran en el espíritu de la mayoría de los europeos. 

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