sábado, 28 de noviembre de 2015

20-N

                                                                               Foto: Autor desconocido
Publicado en Levante de Castellón el 27 de Noviembre de 2015
El gravísimo problema al que se enfrenta Europa por el terrorismo yihadista ha velado el 40ª aniversario de la muerte de Franco, que acabó con la brutal y ridícula dictadura que impuso durante casi cuatro décadas en España, dando paso a La Transición que, con bastante esfuerzo y exigencia popular, consiguió traer la democracia. Debería haber sido un buen momento para analizar con profundidad lo bueno y lo malo de La Transición, comparar el sistema político actual con el del franquismo y sacar a la luz cómo era la sociedad española en aquellos años tan olvidados, con nocturnidad y alevosía, en la escuela y los programas educativos, no vaya a ser que las nuevas generaciones acaben sabiendo qué supuso aquella dictadura para sus padres y abuelos, y empiecen reivindicando la memoria histórica, como un derecho a conocer el pasado y el restablecimiento de la dignidad de los vencidos.
                 El 20-N es una fecha funesta en la historia de España. Un 20 de Noviembre de 1936 murió el anarquista y líder de la CNT, Buenaventura Durruti, cuando defendía Madrid de los fascistas, en el frente de la Ciudad Universitaria, al mando de la Columna Durruti. Nunca se supo la verdadera procedencia de la bala que lo mató, si se trataba de fuego amigo o enemigo (entiéndase esto en un sentido amplio, los enemigos de Durruti no sólo eran los fascistas), pero lo cierto es que aquella bala acabó con un hombre incómodo para muchos.
                El mismo día 20 de Noviembre de 1936, es fusilado en la cárcel de Alicante, Jose Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, hijo del general/dictador Miguel Primo de Rivera. Es cierto que la ejecución se llevó a cabo tras un juicio, con jurado, posiblemente demasiado influido por la guerra civil que se estaba viviendo en España, que lo condenó a muerte por el delito de conspiración. Pero Jose Antonio era un hombre también demasiado incómodo para muchos, y si hubo fuego enemigo que lo ejecutó, también hubo mucho fuego amigo que puso toda la carne en el asador para no evitar su muerte. Nadie niega ya que a Franco, la muerte de Jose Antonio, personaje al que odiaba, le venía como un guante para descabezar la Falange y domesticarla para el Régimen, como así sucedió, quitándose de en medio, gracias a la República, un problema que podría resultar fatal para sus intereses.
                El destino, en muchas ocasiones, es irónico. Lo fue con Franco, que vino a morir el mismo día que uno que sus mayores enemigos, aunque este lo hiciera treinta y nueve años antes, Jose Antonio Primo de Rivera, y/o que una bala acabara con la vida de otro que luchó contra él en el campo de batalla y las ideas, Buenaventura Durruti. Pero Franco tuvo cuarenta años para regodearse de todas las muertes que le alzaron al poder y fastidiarnos la vida a la mayoría de los españoles: a los vencidos, pero también a los vencedores, que vieron como España se convertía en un país construido sobre la miseria, el miedo y el confesionario; nada que ver con los países de su entorno, hasta el punto de llegar a creernos que España había sido siempre así, un país ajeno a la prosperidad y la modernidad que habitaban en Europa. Nada más falso. Pero el franquismo se encargó, como medida de autoprotección, de levantar un muro que nos separara de las malas influencias de nuestros vecinos. Es más fácil controlar a un pueblo ignorante y temeroso, que a una sociedad libre y culta. Principio básico de cualquier dictadura.
                Con la muerte de Franco, se inició la Transición democrática, un ejercicio colectivo de lucha por la libertad, que catapultó a los españoles de súbditos sobrevivientes a ciudadanos libres que acariciaban el estado de bienestar. Después de cuarenta años en la penumbra de la historia, tuvo una explosión de energía y vitalidad, hasta ese momento encarcelada por el aburrimiento y el miedo, que transformó radicalmente la vida en España.
                Es cierto que en La Transición hubo muchas lagunas y no poco olvidos, sobre todo porque, al principio estuvo muy tutelada por el postfranquismo, que utilizó como nadie, quizá con la sabiduría que da ostentar un poder absoluto durante tantos años, el miedo al enfrentamiento, como en 1936, utilizando en su beneficio la propaganda de reconciliación nacional. Pero también es cierto que después de cuarenta años de muerto el dictador, se podrían haber ido enmendado muchas lagunas que la democracia viene arrastrando desde aquellos tiempos, y que si no se ha hecho ya no es por el miedo al tardofranquismo, sino porque el sistema democrático de La Transición creo una nueva élite de poder que se retroalimenta así misma, impidiendo avanzar en cuestiones que habrían mejorado nuestra calidad democrática y bienestar social.
                Durante estos cuarenta años (qué lejos ya los partes del equipo médico habitual) se debería haber trabajado en una democracia más participativa y social, introduciendo reformas en la Constitución que garantizaran el estado de bienestar y el derecho a la igualdad de oportunidades. Quizá si se hubiese cambiado la Ley electoral, se habría andado mucho camino en la mejora de la representación democrática y la participación de la sociedad. Uno no puede evitar preguntarse por qué no hemos avanzado hacia un estado laico o cambiado el “Café para todos” impuesto por el postfranquismo en La Transición, por una distribución territorial más acertada, que reconozca la singularidad nacional y política de algunos territorios. No podemos dejar de preguntarnos qué intereses siguen impidiendo que en nuestro sistema educativo no se estudie la historia más cercana, la que tiene que ver directamente con lo que somos.
                Hay muchas cuestiones pendientes de resolver, y el 40ª aniversario de la muerte de Franco deberían ser objeto de reflexión y propuestas políticas, pero sobre todo, tendría que suponer el principio de la recuperación de la memoria histórica, porque es una deuda que los españoles tenemos con aquellos que lucharon por las libertades y perdieron la vida, tanto física como psíquica. Y decidir, de una vez por todas, qué hacer con ese oprobio a la memoria y la dignidad de los demócratas, que es el Valle de los Caídos. Una sombra negra que el franquismo todavía extiende sobre la sociedad española.

                Este aniversario, con unas elecciones a la vista, es el momento de deshacernos de las ligaduras del franquismo, que todavía nos atan, y dar un paso adelante para que la democracia vuelva a ser una explotación de vialidad y energía, relegando a Franco, su dictadura y La Transición a los libros de historia, pero haciendo que se estudien.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Liberté, egalité, fraternité

Publicado en Levante de Castellón el 21 de Noviembre de 2015
El atentado de Paris de la semana pasada me ha dejado muy mal sabor de boca por la cantidad de muertos y la violencia fascista empleada contra ellos, que me recuerda a la famosa Noche de los Cristales Rotos, en noviembre de 1938, cuando las tropas de asalto de la SA y grupos paramilitares nazis, asesinaron a decenas de judíos alemanes, en una noche de brutal violencia. No hay que rascar mucho, para darse cuenta que detrás del Estado Islámico lo que hay es fascismo puro y duro en nombre de la religión, capaz de atentar y asesinar a todo aquel que no piensa como ellos, o no cree en el Dios que ellos han creado. En la Alemania de 1930/40, la violencia contra sus enemigos estaba diseñada por el Partido Nazi y consentida por los más altos dirigentes del país, en nombre de la pureza aria; y en el Estado Islámico, instigada por un fanatizado grupo de dirigentes yihadistas, en nombre de la pureza religiosa (volvemos a la letal combinación de religión, nacionalismo y racismo), pero en ambos casos, el objetivo final era/es el mismo: destruir al enemigo que no es como ellos.
                Un fascismo que ha señalado con el dedo acusador de forma directa a Europa, quizá porque representa la defensa de todos los valores y derechos que ellos niegan: la libertad, la igualdad y la fraternidad. Parece mentira, que después de más de dos siglos, estás tres palabras sigan teniendo el peso político que nos han dado a los europeos la posibilidad de vivir en paz y democracia. Tres palabras que deberían enseñar en todas las escuelas del continente como la esencia de nuestra sociedad, porque en ellas está el origen de la Europa de las libertades, la tolerancia y el bienestar.
                La democracia europea tiene muchas imperfecciones, pero esto no debe cegarnos para no pensar que es el mejor sistema político y social existente en el mundo. Que no nos quepa la menor duda. Lo que no quita para que sea un sistema en permanente revisión para mejorar los fallos que tiene. Aunque muchas veces no seamos conscientes de ello, porque no lo percibimos con la celeridad que nos gustaría, las mejoras vienen produciéndose desde la Revolución Francesa, con  momentos de corsi y recorsi, es decir, la historia tiene sus propios tiempos de evolución, tiempos cíclicos, en los que se avanza y se retrocede, aunque en el cómputo global, siempre se avanzado más que retrocedido.
                En los tiempos que corren, la democracia en Europa está amenazada por muchas razones que tienen que ver con los movimientos cíclicos de la historia, encontrándonos ahora en un momento de ricorsi, debido al crecimiento de la derecha neoliberal conservadora y el retroceso generalizado de la izquierda, ante el derrumbe de la socialdemocracia. En  nuestras manos está cambiar el signo de la política. Sin embargo, sobre nuestras cabezas pesa una amenaza que trata de destruir la democracia y nuestros valores sociales y culturales, que sí supone un peligro al que la sociedad europea y sus dirigentes tienen que enfrentarse.
                No pude existir la democracia sin seguridad. Y no me estoy refiriendo a la seguridad nacional, esa defensa de la patria que nos venden como un valor supremo, tras la que se esconde la defensa de los privilegios de las élites del poder existente o por venir. La seguridad, si no se traduce en bienestar y tranquilidad para la ciudadanía, es un doberman que se utilizará para tener a la población acogotada por el miedo. Los europeos tenemos que reclamar seguridad sin restricciones de nuestra libertad, para no caer en el uso torticero que se hizo de ella en EEUU después del 11-S, que con la aprobación de leyes coercitivas de la libertad, como la Patriot Act, con la excusa de combatir el terrorismo, se otorgaban poderes extraordinarios al Estado, que se usaron para perseguir libertades tan fundamentales como la de expresión e incluso reunión.
                No nos dejemos embaucar con discursos del miedo, que sólo tienen por objetivo amedrentarnos y dejar en manos del poder nuestros derechos democráticos, para que ellos sigan ejerciéndolo, sin posibilidad de recambio. Queremos seguridad para seguir viviendo en democracia y libertad; pero también, para poder salir un viernes a tomar unas cervezas, cenar o ir a un concierto. Una seguridad que es posible, como se ha demostrado en España durante tantos años de golpeo del terrorismo etarra, que no consiguió cercenar nuestras libertades. Porque esa sería nuestra derrota y la victoria, no sólo de los terroristas.
                Pero la seguridad y la democracia deben ir acompañas de buenos gobernantes que, por cierto, podemos elegir nosotros. Ante la amenaza del Estado Islámico, que ha declarado la guerra a Europa, no caben solo acciones militares, de venganza o de castigo, hay que ir más allá y hacer lo que hasta ahora no se ha hecho. Algunas preguntas chirrían demasiado, demostrando el poco interés que se ha puesto en afrontar un problema grave que, además, se ha supeditado a intereses geoestratégicos. ¿Quién está vendiendo armas al Estado Islámico? ¿Quién les está comprando el petróleo que producen? ¿Quién les está financiando? Si no se atienden a estas cuestiones, poco o nada se hará, aparte de meternos en una guerra contra el nuevo fascismo que está surgiendo en Oriente Próximo en forma de credo religioso.
                Los ciudadanos franceses, antes los españoles y los británicos, ya hemos sufrido el mordisco el terrorismo islámico. Mañana cualquier otro ciudadano europeo puede volver a padecerlo sino se ponen las medidas adecuadas para evitarlo y se trabaja para acabar, por todos los medios, con el Estado Islámico. Y cuando digo ciudadanos europeos, me estoy refiriendo a todos: cristianos, musulmanes, blancos, negros y asiáticos. Europa ya no es una comunidad cerrada entorno a una religión o una raza. Es un espacio político/geográfico ocupado por ciudadanos y ciudadanas, que tenemos derecho a vivir en paz y exigimos que así sea. No caigamos en discursos fáciles y fascistas, como el que está lanzando la extrema derecha europea de culpabilizar a todos los musulmanes del terrorismo yihadsita, para poner en marcha sus recetas xenófobas y nacionalistas.

                La Europa del presente y del futuro he de ser una Europa común, en donde los principios de la tolerancia, la distribución de la riqueza y la democracia sean la base del bienestar, y en donde todas las creencias políticas y religiosas tengan cabida. Pero para ello tenemos que aprender a compaginar libertad y seguridad. Sólo así podremos mantener muy alta la llama que se encendió en 1789: liberté, egalité,  fraternité. 

viernes, 13 de noviembre de 2015

Prietas las filas

Publicado en Levante de Castellón 13 de Noviembre de 2015
No sé si a ustedes les sucede igual que a mí, pero el llamado “Proces” en Cataluña, empieza a ser un tostón, por la saturación a la que estamos siendo sometidos por los medios de comunicación, anulando cualquier otra noticia que suceda más acá del Ebro (digo esto como expresión metafórica). A veces me pregunto qué pasaría si todo este embrollo entre élites políticas inconscientes tuviera en los informativos los veinte segundos de rigor que se dedican a otras noticias.
El Proces (lésase prusses), me recuerda al libro “El proceso” de KafKa, aquel en que el ciudadano Josef K., de repente se encuentra inmerso en un proceso ante la justicia sin saber el motivo que se le imputa, y por más que apela y recurre,  siempre choca contra el muro de la burocracia. Algo así como lo que está ocurriendo en Cataluña, que si sustituimos burocracia por intereses nacionalistas, cualquier ciudadano con sentido común que apele a la cordura entre el nacionalismo español y el nacionalismo catalán se estampa contra le muro de la intolerancia y los hechos consumados.
Y es que el nacionalismo es un buldócer que todo lo que se interpone en su camino lo arrasa. Cuando la Caja de Pandora nacionalista se abre todo lo demás deja de existir. Si no, fijémonos en la agilidad de Mariano Rajoy, impasible el ademán ante cualquier problema, con la que actúa contra lo que está sucediendo en Cataluña, con una actitud que recuerda al  bombero pirómano, que primero cabrea a los catalanes hasta la ira enrojecida de estos y luego quiere aparecer como el hombre llamado a salvar España, en una unidad de destino en lo universal. Y para contrarrestar el despliegue de reuniones y declaraciones como si se le fuera la vida en ello, la presidenta del Parlament Catalán, Carme Forcadell, prietas las filas recias marciales, hace saber que llegará donde sea para hacer cumplir el mandato del 27-S (empieza a dar miedo esa señora. ¿Qué significa llegaré donde sea?). Y suma y sigue en esta carrera de autos locos sin faros, en una noche cerrada al borde de un acantilado.
Pero en el fondo, lo que hay es mucho teatro, demasiado postureo de cara a la galería. Así la presidenta del gobierno, actuando de bruja mala, dice con enojo, arrugando el entrecejo, que el gobierno al minuto después de aprobar el Parlamento de Cataluña la resolución de independencia, recurrirán al Tribunal Constitucional, tan dramáticamente enfadada, que sólo la faltaba golpear con el dedo índice la mesa, para hacernos ver que van a aplastar a esos mequetrefes independentistas.
Lo malo del teatro es que la compañía sea mediocre y la función sólo levante los bostezos del público, al ver a unos actores que no se creen el papel que están interpretando. Terminada la función, claro, sin aplausos, ellos se quedan en sus camerinos para no escuchar los abucheos de un público enfadado y aburrido. Algo así como la escenificación a bombo y platillo,  nuestras escuadras van, de los líderes catalanes de los tres partidos apuntados al nacionalismo español más rancio, posando y sonriendo antes de registrar un recurso en el Tribunal Constitucional, contra la celebración del pleno del Parlament. Un recurso muy escenificado, pero que cuando es tirado para atrás por el TC, vuelven a quedarse en el camerino sin dar más explicaciones, ni asumir su error. (Por cierto me gustaría que alguien explicara qué pintaba el líder del PSC, posando con un protofascista como es líder del PP catalán). Después en el Pleno cada uno por su lado, que en breve hay elecciones.
Aunque para teatro, tenemos al gran maestro de la escena que es Artur Más, el hombre capaz de actuar desde la sombra, tras los bastidores del escenario, mis camaradas fueron a luchar… la vida a España (Cataluña en este caso) dieron al morir. Ese hombre que sólo sale a escena en los grandes momentos, cuando su compañía le rodea y colma de aplausos, es capaz, en nombre de la causa, al igual que Napoleón, de sacrificar a sus generales, la tropa está claro que sólo sirve para ser carne de cañón, en aras de la victoria final, ya las banderas cantan victoria al paso de la paz.
Pero la sospecha de que todo esto no sea más que una burda representación, un sainete fácil encontrado entre los libretos del teatro, para no representar la verdadera obra para la que se les contrató, por la dificultad interpretativa que esta contiene, no puede quitársela uno de encima. Lo decía muy bien Iñaki Gabilondo el otro día: “En virtud del proceso soberanista  catalán, hemos logrado que millones de españoles hayan visto desaparecer de sus ojos todos los temas que afectan a la realidad de su vida”. Sospechoso es que la paro, la desigualdad, la corrupción, los recortes, el empleo precario y empobrecedor de millones de españoles… todo, como un encanto de magia, se haya escurrido por la chistera del nacionalismo.  A mes y medio de las elecciones, solo hay un tema que preocupa a una gran parte de la clase política española y catalana: la ruptura de España. Los que les ha permitido esconderse tras las pliegues del nacionalismo para no tener que comparecer ante la ciudadanía como unos gobernantes nefastos y de parte, en este caso de los élites del poder político y económico, ya han florecido rojas y frescas, las rosas en mi haz.
 Mientras, el debate que debería estar habiendo en pleno proceso electoral, se hurta, se escamotea, se  ningunea (resulta curioso ver como a las formaciones que están planteando otras alternativas que no pasan por las nacionalistas, están siendo invisivilizadas en los medios), en favor de unas miras  más altas, cara la mañana que nos promete Patria, Justicia y Pan, que sólo les interesa a ellos, a los que se les llena la boca de España y Cataluña y se olvidan, si es que alguna vez nos han tenido en consideración, de los españoles y los catalanes. Esos sujetos a los que hay que cegar con banderas y cánticos patrióticos, para que no se les ocurra interesarse por los problemas que les afectan. Y sobre todo para que no piensen y lleguen a la conclusión de que a los españoles y los catalanes no les va a modificar su vida que Cataluña y España estén juntas o separadas, pero sí que gobierne la derecha o la izquierda.

                Otra cosa es que a muchos nos resultaría triste que la cerrazón del nacionalismo, de ambos lados, acabara separando a los españoles de los catalanes. Es decir, que no nos gusta la independencia, pero que abogamos por que sea la democracia la que decida y se pueda hacer un referéndum en condiciones favorables, para que haya un debate constructivo entre catalanes, sobre qué tipo de relación quieren con el resto de los españoles. Pero eso parece que ahora ya no le interesa a nadie.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

LA HERIDA SE MUEVE de Luis Rodríguez

Genaro es un tipo sin aristas, ni doblez alguna por la que se le puede buscar un pliegue o una perífrasis. Transita por la novela de Luis Rodríguez: “La herida se mueve” (Tropo Editores 2015) sin cuestionarse si su comportamiento se ciñe a las reglas del bien y del mal. Pero lo bueno del caso es que el narrador tampoco se entretiene en situar al lector ante una decisión maniquea. No. Que cada uno aplique su propia escala de valores a lo que está leyendo y juzgue, si es que lo cree preciso. Porque los personajes de las novelas de Luis Rodríguez no están  sometidos a lo políticamente correcto, ni siquiera a lo políticamente incorrecto, van por libre, al dictado de unas normas que se salen de lo habitual, que  no vienen dictadas por nadie, sino por el devenir de  los acontecimientos en cada caso y lugar.
                “La herida se mueve”, no es una novela al uso, de las de exposición, nudo y desenlace, ni siquiera uno novela modernista o moderna, que se niegue a someterse a determinadas reglas de la narrativa. Tampoco es la novela de un anarquista que combata las normas sociales burguesas; muy diferente es su intención, si es que la tiene, y no es ni más ni menos, que enseñarnos en su desnudez más desvergonzada la realidad de la vida fuera de la literatura. Por eso sus personajes no son empáticos, ni sentimos una afectividad camarada con ellos; quizá porque son demasiado reales y  pasan por la novela sin pretender conquistarnos.
                Estamos hablando de una novela lineal, como un río que discurre paralelo a una orilla, que simplemente nos muestra, por la que entran y salen personajes que acompañan a Genaro en su navegación hacia la nada. Está alejada de las  florituras y descripciones, todo esto no le interesa al autor. ¿Qué más da si Genaro es un capullo o no? Es irrelevante, al propio narrador le resulta irrelevante, y lo que es pero al mismo Genaro le da igual.
                Pero no nos engañemos “La herida se mueve” es una novela de grandes verdades y profundas reflexiones, dichas por el narrador o sus personajes sin pretender impresionar, que se hunde tanto en la sustancia de muchas cosas, que acaba por convertirse en una novela expresionista. De un expresionismo, sin color, en blanco y negro, como los cuadros de Antonio Saura, que son una bofetada conceptual de sentimientos profundos que nos hace revolvernos ante su mirada. Lo mismo sucede con esta novela, que nos revuelve, sin poder dejar de leerla, atrapados en gruesos trazos de verdad expresiva. Quizá porque nos revela ese yo oculto que todos tenemos y queremos esconder de la luz, despojándolo del envoltorio de convenciones tras el  que se esconde.
                No hay conexión afectiva con el presente y eso nos lleva a una búsqueda constante que no pretende calmar ninguna ansiedad, sino rellenar los huecos vacíos que puedan ir quedando en el ejercicio diario de vivir. Lo expresa muy bien Genaro en un momento dado de la novela: “Todas las personas que vemos por primera vez proceden del futuro, de nuestro futuro”. No se pude condensar mejor la inestabilidad del presente, cuando uno se descarga del pasado, porque, en definitiva, este ya no es nuestra vida, será la de otros, pero  no la nuestra, que ha quedado varada en cualquier orilla del río. El futuro es el único asidero al que nos podemos agarrar para seguir adelante.

                Sólo por esa reflexión que nos va a hacer pensar y replantearnos todo nuestro concepto del tiempo vital, merece la pena dejarse atrapar por una novela, que lo que seguro va a conseguir es no dejarnos indiferentes, poniéndonos ante el espejo de lo que somos.

domingo, 8 de noviembre de 2015

El despertar de la xenofobia

Publicado en Levante de Castellón el 6 de Noviembre de 2015
El drama que están viviendo los refugiados sirios y en general todos los que vienen huyendo de las guerras y el mal vivir en sus países, nos debería hacer reflexionar sobre cuál es nuestro comportamiento ante sucesos que nos colocan frente al espejo de lo que verdaderamente somos y no queremos reconocer, porque nos avergüenza o simplemente porque no es políticamente correcto.
                Nos comportamos como veletas que mueven a su antojo los medios de comunicación, en función de unos intereses empresariales, nunca periodísticos, que poco tienen que ver con la solidaridad como fundamento para absorber la desgracia humana y poner todo nuestro interés en paliarla. Así, vemos como lo que debería ser un principio esencial de todas las personas que pueblan la tierra, como  es el derecho a una vida digna y con seguridad, se convierte en un espectáculo televisivo al que se apuntan todos los políticos con una catarata de buenas intenciones, que no van más allá de rimbombantes declaraciones y reuniones urgentes para dejar las cosas como están, si me apuran peor, por la mirada cortoplacista de la clase política europea, que no ve más allá de la fecha de las próximas elecciones, mostrándose incapaz de planificar los problemas con una visión de estado que atienda con a amplitud temporal y política los problemas.
                Porque, a pesar que algunos lo niegan, la avalancha de refugiados políticos hacia el centro de Europa y de inmigrantes económicos por el sur, es un grave problema que la sociedad europea debe solucionar. Aunque para ello los dirigentes tengan que tomar medidas alejadas del populismo al que nos tienen acostumbrados de gobernar con la vista puesta en las encuestas. Aunque esto, con la clase dirigente actual es como pedirle peras al olmo.
                Desde tiempos que la  memoria no alcanza, las migraciones han sido el pan  nuestro de cada día en el mundo. Toda la cultura europea se ha construido con base en esto. Desde las prehistóricas migraciones que llegaron del centro de África o trajeron la agricultura desde los valle del Éufrates y el Tigris, pasando por las migraciones indoeuropeas de las que surgieron la mayoría de los idiomas que hoy se hablan en el continente. Amén de las invasiones musulmanas por el sur y las turcas por el este y los movimientos internos que llevaron latinos al centro de Europa, desplazaron germanos al sur, y extendieron a los celtas como una mancha de aceite por todo el centro y el sur del continente. Las migraciones son el ADN de los europeos que, muy a pesar de los defensores de la raza pura (una entelequia insostenible científicamente, que tiene más que ver con los deseos de dominación de unos pueblos sobre otros, mejor dicho de las élites de unos pueblos para en engrandecer su gloria y sus patrimonio), están grabadas por el fuego de la historia en el mapa genético de todos nosotros. Lo que no ha sido óbice para que no aceptemos el intercambio de culturas de buena gana. Nunca ha sido así, no habiendo migración en la historia que haya estado exenta de tensiones, violencia y xenofobia.
                También los europeos nos hemos desplazado por el mundo en diferentes etapas de nuestra historia, unas veces como colonizadores y otras como meros emigrantes que hemos tenido que partir hacia otras latitudes en busca de una vida mejor o  huyendo de la barbarie de la guerra. Todavía están presentes en nuestra memoria los grandes flujos migratorios hacia América de irlandeses huyendo del hambre en el siglo XIX, o de centro europeos que tuvieron que huir en el siglo XX por las penosas condiciones de vida que tenían en el periodo de entreguerras, cuando no por ser perseguidos en sus países de origen. Miles de españoles han cruzado el atlántico huyendo de la miseria, o tuvieron que atravesar los Pirineos en una frenética carrera por sobrevivir a la ira de los vencedores de la Guerra Civil.
                En definitiva, las migraciones, que siempre son forzosas, han estado presentes en nuestro devenir histórico, como sociedad, sin solución de continuidad. Sin embargo, no parece que hayamos aprendido, más bien nos comportamos con tiranía y egoísmo hacia los que ahora llaman a nuestra puerta. Hay un viejo refrán castellano que dice: “No hay mayor tirano que el esclavo con un látigo en la mano”. Esto es una verdad que se ha cumplido siempre, y nuestro comportamiento hacia los refugiados que llaman en la actualidad a las puertas de Europa, está más cercano al tirano que ha sido esclavo, que a la solidaridad que nos haría más humanos y tolerantes.
                Esa xenofobia que sigue impregnado la sociedad, más allá de comportamientos individuales, está en la raíz del problema. El egoísmo está en la base del miedo al otro, al diferente, a compartir lo que tenemos y a convivir con tolerancia. Un egoísmo que saben manejar muy bien quienes detentan el poder, azuzando miedos que nos repliegan en nuestra condición de seres humanos libres. Cuanto más miedo tengamos, menos capacidad de reacción tendremos, y más fácil será manipularnos, para que no tengamos intenciones de cambiar nuestra percepción de las cosas, lo que conduciría a un cambio de los dirigentes y las políticas actuales.
                A los dirigentes europeos, abducidos por el neoliberalismo económico, sólo les interesan los inmigrantes como mano de obra más barata que la actual nativa. Por eso, cuando cambian las condiciones económicas y la mano de obra autóctona rebaja sus expectativas laborales y salariales, los inmigrantes se convierten objetos de usar y tirar, en definitiva no votan, y salvo el económico no se les puede sacar otro rédito.

                El germen del racismo está impregnado a la condición humana, es así de triste, pero para eso se inventó la política: para establecer reglas que delimiten nuestro comportamiento salvaje (no hay que olvidar que no dejamos de ser mamíferos, y a pesar de la gran creación de la cultura y el arte, como tal nos comportamos ante situaciones primarias) y dotarnos de normas de convivencia que nos permitan vivir en paz y armonía. Por eso, no hay escusas que justifiquen que en el siglo XXI, sociedades que se reclaman democráticas se estén comportando con los refugiados de una manera tan indiferente, vacunados ante le desgracia y la muerte diaria de personas, sin exigir a los dirigentes que solucionen el problema y no precisamente levantando vallas de espino, sino con justicia y solidaridad. Porque Europa, una población envejecida y cada vez con muestras más visibles de senilidad, los necesita más que nunca, para que nos saquen de este sueño apático y patético en el que hemos caído.

Apuntes para un aniversario. Salario y riqueza

Publicado en Levante de Castellón el 3 de noviembre de 2018 Uno de los fundamentos en el que se sostiene una democracia, es el repart...