Lo
que no puedo olvidar es la gran campaña que desplegó la derecha de este país cainita,
sobre todo cuando ellos no gobiernan, contra el confinamiento, el estado de alarma,
el gobierno, las vacunas… todo ello en nombre de una libertad de cartón piedra,
que se inventaron para hacernos ver que estábamos reprimidos por un gobierno
dictador, bolivariano y antiespañol, mientras miles de contagiados morían, a
pesar de los esfuerzos que las instituciones sanitarias, políticas, y
policiales hacían para evitarlo.
Imposible
dejar de recordar que el Partido Popular y Vox, a la segunda de cambio empezaron
a votar en contra del estado de alarma, incluso presentaron un recurso ante el
Tribunal Constitucional, que pasado el tiempo, en un alarde de sumisión política
a la derecha y sus delirios, dictó una de las sentencias más vergonzantes de su
historia y, quizá, su futuro. Vox y PP utilizaron el confinamiento y la
pandemia para deslegitimar al gobierno e iniciar una campaña de acoso y
derribo, que dura hasta la fecha actual. Cualquier cosa valía/vale. El 2 de
abril Cuca Gamarra acusa al gobierno de querer acabar con el libre mercado y las
empresas: “Este es un país de libre mercado, que tiene libertad de empresa y
eso, antes y después de esta crisis, tiene que estar garantizado”. Santiago
Abascal llamó, es literal: irresponsables, psicópatas, mezquinos, criminales e
incapaces a quienes estaban trabajando para frenar la pandemia. Pablo Casado
llegó a decir en el Congreso que el gobierno buscaba instaurar una dictadura
constitucional. Por no hablar del espectáculo de las banderas que montó Vox,
para culpabilizar de las muertes al gobierno o los ataques en nombre de la libertad
de Isabel Diaz Ayuso, que trató de erigirse en el ariete contra Pedro Sánchez,
cuando la Comunidad de Madrid se desangraba en muertos y protocolos de la
vergüenza. Incluso hoy, todavía, cuando la presión de los familiares de las víctimas,
7.291, fallecidas en las residencias por el abandono de sus políticas, sigue
culpando al gobierno central de las muertes por el COVID-19, como si ella no
hubiera tenido ninguna responsabilidad como presidenta de una comunidad
autónoma: “Hay 130.000 muertos sobre los hombros de Pedro Sánchez”, dijo ayer
en el Parlamento madrileño.
Para
el Partido Popular, la Comunidad de Madrid estuvo bien gestionada durante la pandemia
y su presidenta es un ejemplo de buen hacer, al igual que Carlos Mazón en la
DANA de Valencia. No importa que durante la primera ola, Madrid fuera la región
de Europa con mayor mortalidad, ni que el virus se expandió exponencialmente
mucho más tiempo porque Díaz Ayuso y el PP madrileño convirtieron a Madrid en
el centro mundial de la libertad, donde cada cual tenía derecho a hacer lo que
quisiera, provocando un efecto llamada que hizo de la capital un lugar de encuentro
de descerebrados, fiesta y corte de mangas a quienes se esforzaban, diariamente,
por evitar muertes. Luego, la culpa, para la presidenta madrileña, la tuvo el aeropuerto,
que no controlaba quién entraba.
Pero
lo más canalla, por lo que hoy todavía la sociedad se sigue movilizando, a
pesar de los insultos de Díaz Ayuso y su asesor Miguel Ángel Rodríguez; de los
intentos de frenar cualquier extensión de propagación de su responsabilidad en
las muertes de las residencias, son los protocolos, llamados de la vergüenza,
que negaban la asistencia hospitalaria a los contagiados de COVID o enfermos de
cualquier otra patología en las residencias de mayores dependientes de la
Comunidad de Madrid. No los de las residencias privadas, que esos,
afortunadamente para ellos, si tuvieron asistencia; ni quienes vivían en sus
casas, que sí pudieron acudir a un hospital a que les trataran.
Discute
la presidenta la cifra de muertos, como si 4.000 en vez de 7.000, la exoneraran
a ella de algo. Las muertes por falta de asistencia y por abandono de las autoridades
madrileñas están ahí, aunque Díaz Ayuso quiera minimizarlas o demonizar a quienes
exigen justicia y reparación. Y Madrid, ni ninguna comunidad autónoma, puede estar
dirigida por una personalidad así. Leía hace poco que quienes presentan rasgo
psicopáticos exhiben anestesia afectiva, es decir, ausencia de culpabilidad y
remordimiento ante el sufrimiento ajeno. No quiero señalar a nadie, pero la
falta de empatía, descarga de culpa y protocolos de la vergüenza, señalan demasiado
en una dirección. Isabel Díaz Ayuso es un peligro para los madrileños y para la
sociedad en su conjunto, porque, visto lo visto, no podemos asegurar que no lo volviera
a hacer.
Me
hubiera gustado escribir sobre lo poético de las calles vacías; sobre la
solidaridad entre balcones, el silencio urbano y el respiro medioambiental; del
esfuerzo, nunca pagado, de quienes estuvieron en el frente de combate de la
pandemia; de si hemos aprendido algo o dónde están aquellos buenos pensamientos
de que el mundo saldría de todo aquello mejor. Pero, como dije al principio, me
resulta imposible ver cómo la hipocresía de la derecha sigue impune, campando a
sus anchas, con el único fin de que olvidemos su comportamiento en aquellos
meses o acabemos aceptando el relato que a ellos les interesa.
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