viernes, 14 de marzo de 2025

El carrusel de los falsarios



     Me resulta difícil rememorar los días de confinamiento durante la pandemia de coronavirus. Tengo razones personales para ello, por la muerte de mi madre en la famosa residencia de Leganés. Para hacerlo, prefiero releer el libro que publiqué: Diario de un desconfinamiento (Playa de Heliópolis, 2021) que recoge el diario que fui escribiendo día a día, durante varios meses.

    Lo que no puedo olvidar es la gran campaña que desplegó la derecha de este país cainita, sobre todo cuando ellos no gobiernan, contra el confinamiento, el estado de alarma, el gobierno, las vacunas… todo ello en nombre de una libertad de cartón piedra, que se inventaron para hacernos ver que estábamos reprimidos por un gobierno dictador, bolivariano y antiespañol, mientras miles de contagiados morían, a pesar de los esfuerzos que las instituciones sanitarias, políticas, y policiales hacían para evitarlo.

    Imposible dejar de recordar que el Partido Popular y Vox, a la segunda de cambio empezaron a votar en contra del estado de alarma, incluso presentaron un recurso ante el Tribunal Constitucional, que pasado el tiempo, en un alarde de sumisión política a la derecha y sus delirios, dictó una de las sentencias más vergonzantes de su historia y, quizá, su futuro. Vox y PP utilizaron el confinamiento y la pandemia para deslegitimar al gobierno e iniciar una campaña de acoso y derribo, que dura hasta la fecha actual. Cualquier cosa valía/vale. El 2 de abril Cuca Gamarra acusa al gobierno de querer acabar con el libre mercado y las empresas: “Este es un país de libre mercado, que tiene libertad de empresa y eso, antes y después de esta crisis, tiene que estar garantizado”. Santiago Abascal llamó, es literal: irresponsables, psicópatas, mezquinos, criminales e incapaces a quienes estaban trabajando para frenar la pandemia. Pablo Casado llegó a decir en el Congreso que el gobierno buscaba instaurar una dictadura constitucional. Por no hablar del espectáculo de las banderas que montó Vox, para culpabilizar de las muertes al gobierno o los ataques en nombre de la libertad de Isabel Diaz Ayuso, que trató de erigirse en el ariete contra Pedro Sánchez, cuando la Comunidad de Madrid se desangraba en muertos y protocolos de la vergüenza. Incluso hoy, todavía, cuando la presión de los familiares de las víctimas, 7.291, fallecidas en las residencias por el abandono de sus políticas, sigue culpando al gobierno central de las muertes por el COVID-19, como si ella no hubiera tenido ninguna responsabilidad como presidenta de una comunidad autónoma: “Hay 130.000 muertos sobre los hombros de Pedro Sánchez”, dijo ayer en el Parlamento madrileño.

    Para el Partido Popular, la Comunidad de Madrid estuvo bien gestionada durante la pandemia y su presidenta es un ejemplo de buen hacer, al igual que Carlos Mazón en la DANA de Valencia. No importa que durante la primera ola, Madrid fuera la región de Europa con mayor mortalidad, ni que el virus se expandió exponencialmente mucho más tiempo porque Díaz Ayuso y el PP madrileño convirtieron a Madrid en el centro mundial de la libertad, donde cada cual tenía derecho a hacer lo que quisiera, provocando un efecto llamada que hizo de la capital un lugar de encuentro de descerebrados, fiesta y corte de mangas a quienes se esforzaban, diariamente, por evitar muertes. Luego, la culpa, para la presidenta madrileña, la tuvo el aeropuerto, que no controlaba quién entraba.

    Pero lo más canalla, por lo que hoy todavía la sociedad se sigue movilizando, a pesar de los insultos de Díaz Ayuso y su asesor Miguel Ángel Rodríguez; de los intentos de frenar cualquier extensión de propagación de su responsabilidad en las muertes de las residencias, son los protocolos, llamados de la vergüenza, que negaban la asistencia hospitalaria a los contagiados de COVID o enfermos de cualquier otra patología en las residencias de mayores dependientes de la Comunidad de Madrid. No los de las residencias privadas, que esos, afortunadamente para ellos, si tuvieron asistencia; ni quienes vivían en sus casas, que sí pudieron acudir a un hospital a que les trataran.

    Discute la presidenta la cifra de muertos, como si 4.000 en vez de 7.000, la exoneraran a ella de algo. Las muertes por falta de asistencia y por abandono de las autoridades madrileñas están ahí, aunque Díaz Ayuso quiera minimizarlas o demonizar a quienes exigen justicia y reparación. Y Madrid, ni ninguna comunidad autónoma, puede estar dirigida por una personalidad así. Leía hace poco que quienes presentan rasgo psicopáticos exhiben anestesia afectiva, es decir, ausencia de culpabilidad y remordimiento ante el sufrimiento ajeno. No quiero señalar a nadie, pero la falta de empatía, descarga de culpa y protocolos de la vergüenza, señalan demasiado en una dirección. Isabel Díaz Ayuso es un peligro para los madrileños y para la sociedad en su conjunto, porque, visto lo visto, no podemos asegurar que no lo volviera a hacer.

    Me hubiera gustado escribir sobre lo poético de las calles vacías; sobre la solidaridad entre balcones, el silencio urbano y el respiro medioambiental; del esfuerzo, nunca pagado, de quienes estuvieron en el frente de combate de la pandemia; de si hemos aprendido algo o dónde están aquellos buenos pensamientos de que el mundo saldría de todo aquello mejor. Pero, como dije al principio, me resulta imposible ver cómo la hipocresía de la derecha sigue impune, campando a sus anchas, con el único fin de que olvidemos su comportamiento en aquellos meses o acabemos aceptando el relato que a ellos les interesa.
 

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