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Un viaje sólo para hombres

               
  Raúl Ariza es un escritor que nos tenía acostumbrados al género corto: cuentos breves, relatos reflexiones en su blog… todo un mundo literario en el que se mueve muy bien. Sus anteriores libros: “Elefantiasis” ( Policarbonados, 2010), “La suave piel de la anaconda” (Talentura, 2012) y “Glóbulos Versos” (Talentura 2014), son un ejemplo  magistral del control de  los tempos que exige contar una historia en un espacio físico breve. Pero ahora ha dado el salto a la novela, un ámbito literario en donde el pulso de la narración exige otros tiempos y los personajes han de volar con vida propia, más allá de las líneas del texto. Vuelve a sorprendernos Raúl.
                “Un viaje sólo para hombres” (Versatil, 2017), es una novela donde nada es lo que parece. No es una novela negra; no es una novela policiaca, ni de investigación: no es un thriller psicológico, y el amor brilla por su ausencia. Ni siquiera con los personajes se tiene la sensación de que son lo que simulan ser. Sin embargo, es un poco de todo, porque Raúl sabe jugar muy bien con el lector, como si de un laberinto de espejos se tratase, donde la realidad queda escondida entre reflejos falsos de apariencia.
                “Un viaje sólo para hombres” es eso: un viaje sin retorno de tres personajes, que no saben a dónde van. Un padre que huye del acto más aborrecible que ha cometido en su vida y su hijo pequeño, que le acompaña sin saber por qué no está la madre con ellos. Es un viaje físico hacia ninguna parte, o quizá hacia el único lugar, más allá del mapa, hacia donde esa huida hipada de cobardía y de confusión les puede llevar. Hay un tercer personaje, Jorge Canal que no viaja con ellos físicamente, pero que hace tiempo inició otro camino hacia la destrucción personal e intenta redimirse sumergiéndose en la triste historia que unos años atrás vivieron Santiago Albiol y su hijo de cinco años. Aquí, Raúl hace un magnífico trampantojo entre los dos personajes, cargando de ilusiones narrativas su presencia en la novela. Pero no piensen que esto genera confusión en el lector, porque los personajes están desprovistos de maniqueísmo alguno y por tanto, no se mezclan sentimientos. 
En ese juego de espejos, nos hace creer que los acontecimientos que se narran son ciertos. Incluso, el lector tardará un rato en darse cuenta si realmente sucedieron o son pura ficción inventada por el escritor. Hasta ese extremo llega la maestría de Raúl Ariza en esta novela, que no para de jugar con el lector al escondite, para que nunca sepamos dónde está ese punto que nos acabará reconciliando con los personajes. Tanto en así, que se permite el lujo de hacer un cameo, situándose él, como personaje, de lado de uno de ellos. Este es otro ardid de genialidad: hacer que el autor se acabe confundiendo con un personaje de la novela, y que el narrador esté ajeno a todo ello.       

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