jueves, 24 de diciembre de 2015

"Mañana, si Dios y el diablo quieren" de Julio Cesar Cano

                                  Foto portada libro: OPALWORKS
      
            Julio César Cano, es un escritor que tiene una obra importante. Hace ya casi tres años leí su novela “Hojas de otoño”, Ed. Hiria. 2012, y me pareció una obra fascinante (http://laescrituraesferica.blogspot.com.es/2013/01/hojas-de-otono.html) y ahora, tras una larga sequía, vuelve a publicar una novela policiaca, retomando al inspector Monfort, para ponerse al frente de un nuevo caso que lleva por la calle de la amargura a la policía de Castellón: “Mañana, si Dios y el diablo quieren”, Maeva Ediciones. 2015.
                La nueva novela de JC Cano, que continúa con la saga abierta en el “Asesinato en la plaza de la farola”, vuelve a recorrer la geografía de Castellón y de su ciudad con mano sabia, conocimiento del terreno que pisa y gran maestría a la hora de plantear, desarrollar y resolver el relato. Exposición, nudo y desenlace, en la mejor tradición literaria, que tan magistralmente supo manejar Lope de Vega en sus obras teatrales, en donde los personajes transitan por el hilo narrativo de la obra, siendo quienes le dan contenido, desde el principio al final.
                JC Cano maneja bien esta técnica de la estructura narrativa de la novela y hace de “Mañana, si Dios y el diablo quieren” una lectura que fluye como un río de acontecimientos, bien encauzados, hacia la resolución final, con la habilidad de un maestro que nos va poniendo trampas, hasta el punto, que a lo largo de su lectura vamos cambiando varias veces nuestra idea sobre quién es el asesino. No es fácil sostener este juego de sombras, que hacen al lector redoblar su interés, según van cayendo sus candidatos a posibles culpables.
                Con personajes bien trazados, perfectamente sostenidos por el incasable trabajo del inspector Monfort, los acontecimientos se van sucediendo sin prisa, pero sin pausa, por la geografía castellonense, hasta transformar este territorio, en la imaginería popular, como de ocio y vacaciones, en un lugar más sombrío de lo que las apariencias pudieran hacernos creer. Esta es la magia de la novela: darle la vuelta a la realidad, para enseñarnos ese lado oscuro que todas las sociedades tienen. Y aunque estemos en el terreno de la ficción literaria, nos muestra que las sombras pueden encontrarse en cualquier doblez de la realidad.
                “Mañana, si Dios y el diablo quiere” es, por tanto, una novela de alto voltaje policiaco, muy recomendable, en un género que está más vivo que nunca, y que va a llevar al lector colgado de una cuerda por el abismo de unos acontecimientos que se asoman al lado perverso de la humanidad, como son el crimen y el fanatismo. Impecablemente escrita, lo que hace que su lectura sea aún mucho más atractiva.

martes, 22 de diciembre de 2015

Elecciones 20-D. Confucio.

“Confusio, fue uno de los que inventó la confusión”. Dixit míss Panamá, cuando se le pregunta sobre el filósofo chino, en un concurso planetario de bellezas. Bueno, pues ya sabemos a quién tenemos que rezar para que nos aclare el galimatías que hay es España después de las elecciones.  Porque confusión, es decir, estar confundidos, lo estamos. Aunque no deberíamos dejarnos engañar, porque es posible que no sea tanto y estemos ante una nueva burbuja mediática que trata de generar eso, mucho desconcierto, porque, ya saben, a río revuelto ganancia de pescadores, y cuáles son las redes que se van a llenar: las que tienen forma de cuenta de resultados de los grandes medios. Y de paso, también, dirigir la presión mediática, para lo que le interesa al establishment español, que PP y PSOE lleguen a un pacto de gobierno, una vez comprobado la inutilidad de Ciudadanos como sostén de los intereses del poder económico, y como mejor forma de neutralizar la fulgurante irrupción de Podemos en el Congreso.

                En contra de la idea que nos están transmitiendo los medios de que un pacto por la izquierda es una quimera, yo no diría tanto. Otra cosa es, que a muchos de ellos no les interese que se produzca y, por supuesto, van a hacer todo lo posible por bombardearlo. La política es, entre otras cosas, el arte de negociar, y todas las supuestas líneas rojas, que tanto les gusta airear a esos medios, no son  ni más ni menos que posiciones iniciales de negociación. Si un negociador no pone sobre la mesa con claridad y firmeza cuáles son sus puntos fundamentales de discusión, mal negociador es. Y este es el momento en que nos encontramos: fijar posturas de negociación. Aunque, tristemente, se estén anunciando en los medios, contribuyendo aún más al espectáculo. Es, en definitiva, lo que pedimos: espectáculo. Lo que hace falta es que la partida de cartas, la verdadera, se empiece a jugar detrás de los focos. Lo demás, si la izquierda tiene voluntad de acuerdo, lo habrá, y los digo diegos ocuparan las portadas de los medios en unas semanas. Si no es así, seremos tan ignorantes como miss Panamá, y acabaremos confundiendo a los chinos con los japoneses.

viernes, 18 de diciembre de 2015

El cambio es posible

                                                                                                 Foto: Autor desconocido
Publicado en Levante de Castellón el 18 de Diciembre de 2015
Se acabó. La legislatura más nefasta de la historia de la democracia española se termina el domingo. Hasta la llegada de Rajoy, la sociedad  iba avanzando y en los malos tiempos trataba de capear el temporal, teniendo al estado de bienestar en el pedestal de lo intocable, sobre todo porque en España este no estaba muy desarrollado, y lo que teníamos había que resguardarlo. Pero la llegada de Mariano Rajoy a la Moncloa supuso la aplicación, por primera vez, de una política de corte neoliberal muy dura, que con la excusa de la crisis se ha esmerado en dilapidar el estado de bienestar estos años, arrojando a los españoles a los leones de una desigualdad como no se conocía desde los tiempos de Franco. Claro que Mariano Rajoy aterrizó con sus medidas de recortes y desigualitarias sobre una pista que ya estaba preparada por gravísimo error de Zapatero al dejar la política económica en manos de del virus neoliberal que ha hecho enfermar a la socialdemocracia en los últimos años, llevando al PSOE a los pies de los caballos. Ministros de puertas giratorias que prepararon el camino a la llegada del equipo de Rajoy, con una justificación tan demagógica, como letal: no se puede hacer otra cosa. Esperemos que el Partido Socialista haya aprendido la lección y no vuelva a confiar en quienes actúan más como submarinos del neoliberalismo dentro de él, regresando a la senda de la socialdemocracia, a no ser que pretenda hacerse un haraquiri en directo.
                Se acabó y llegó el momento del cambio. Pero no del cambio como eslogan electoral de algún Partido, sino el del cambio real de la política en España. Durante cuatro años de crecimiento del paro, de desigualdad, de pobreza, de casticismo patrio, de diáspora de jóvenes, de destrucción de derechos laborales y sociales, de Ley Mordaza, de desahucios, de enriquecimiento desmedido de los más ricos, de pobreza energética, de frenazo a las energías renovables, de amnistía fiscal, de estrangulamiento fiscal de las clases medias, mientras los ricos y las grandes empresas tributan cada vez menos, de aumento de la violencia de género, de vaciamiento de la educación pública, de acabar con el sistema universal de sanidad y recortar sus prestaciones, de corrupción abusiva y leyes que protegen a los más ricos, de tasa judiciales…, de tanta cosas negativas, han convertido el país en un espejo donde ya no nos podemos mirar sin indignarnos. Somos una caricatura de las ilusiones democráticas y de bienestar que impulsaron España en la época de la Transición. Y precisamente, quienes más invocan aquella época y la Constitución que emanó de aquellos años de lucha y consenso, son los que más la  vulneran y se pitorrean de ella, utilizando su nombre para aferrarse a un inmovilismo tan propio de las élites conservadores. Si a ellos les va bien, por qué cambiar nada.
                Pero también, durante esto cuatro años, la sociedad ha despertado de un letargo producido por los analgésicos de la autocomplacencia  y la mentira con la que el poder nos droga, para que no cuestionemos sus decisiones. Muchas palabras, muchas horas de manifestaciones, mucha indignación recogida a pie de calle y mucha esperanza en la posibilidad de cambiar las cosas desde las urnas ha habido, y ahora, que ha llegado el momento de dar el do de pecho y propiciar ese cambio tan deseado, no podemos echarnos atrás.
                Este país necesita una buena dosis de izquierda para diseñar el futuro de toda una nueva generación, preservando el bienestar de las anteriores. Al igual que en 1982 abrió su corazón al cambio que proponía el PSOE, como adalid de la izquierda, ahora en 2015, tiene que volver a ser la izquierda la que abandere ese cambio. Entonces eran otros tiempo y se pensó que un único Partido debería asumir en solitario toda la trasformación que la sociedad española demandaba,  comandad por una nueva generación. Ahora vivimos otra realidad y la sociedad se ha hecho más plural y deberá ser la izquierda en su conjunto la que pilote ese cambio que tanto necesita el país, más allá de que esta izquierda esté formada por uno, dos, tres o varios Partidos. Teniendo en cuenta que la sociedad es plural y se debe imponer la negociación y el consenso en cuestiones fundamentales, para el buen funcionamiento del país.
                No nos dejemos engañar por el mito, tan bien articulado por la derecha, de la incapacidad de la izquierda para gestionar la economía. Es absolutamente falso: los periodos de mayor crecimiento económico con mejor reparto de la riqueza generada, siempre se han producido con gobiernos de izquierda. Igual de falso que el nuevo mantra de la derecha, toda, la nueva y la vieja, que se refiere a las coaliciones de izquierda como un galimatías que conducen al país al desastre. Falso, y para demostrarlo voy a poner un ejemplo:
                En la Comunidad Valenciana, una coalición que surge del denominado Pacto del Botanico, está sosteniendo el gobierno de la Generalitat. Ese Pacto fue firmado por PSOE, COMPROMIS y PODEMOS, y desde el minuto uno la derecha y sus medios han dinamitado su existencia. Pero lo cierto es que desde que el nuevo gobierno ha empezado a gobernar los cambios se han empezado a notar, sobre todo porque ahora se desarrolla una política que tiene como centro el bienestar ciudadano, la igualdad y la transparencia democrática. Una de las primeras medidas gubernamentales ha sido la gratuidad de los libros escolares, el plan denominado Xarxa Llibres, por el cual, en este primer año, sino todo, la gran parte del coste familiar en libros, va a estar sufragado por la administración.  El Partido Popular, que en veinte años de gobierno, ha tomado una medida así, no ha ahorrado críticas, vilipendiando la medida, ridiculizando y vituperándola, para tratar de conseguir que quienes van a beneficiarse de ella la denuesten.  El caso es que está siendo un éxito, en una Comunidad donde no estamos acostumbrados a que el poder se acuerde de los no poderosos.
                Hablando de memoria convendría recordar que Cospedal, en cuanto llegó a la presidencia de Castilla-La Mancha, suprimió la gratuidad de los libros de texto. O podríamos preguntarnos si el gobierno de la Comunidad de Madrid, apoyado por Ciudadanos, se ha planteado tomar una medida parecida a la de Valencia, o más bien ha promovido una iniciativa de pura cosmética, que no es universal y a los que alcanza no les da ni para pagar el libro de matemáticas, según denunciaron el mes pasado las AMPAS de la Comunidad.
                Luego entonces, el tercer mito de que todos los políticos son iguales, es también falso. Tan falso como que en ese engaño reside la resistencia de la derecha para no perder el poder, y que nos demos cuenta, como se está demostrando en la Comunidad Valenciana,  que la izquierda es más solvente y más justa cuando gobierna. Y ahora es el momento de no andarnos con remilgos. El cambio es posible y puede llegar si el día 20 le damos  nuestro voto a la izquierda. Ese es el voto más útil, si lo hacemos masivamente.


sábado, 12 de diciembre de 2015

Del 15-M al 20-D

                                                                                                Foto: Autor desconocido
Publicado en Levante de Castellón el 11 de Diciembre de 2015
Nunca llueve a gusto de todos. Si aplicáramos el Principio de Arquímides al excitado panorama político preelectoral que vivimos en España, podríamos decir que la cantidad de votos que puedan conseguir los nuevos Partidos, ejercerá una fuerza vertical hacia arriba en los votos de los Partido tradicionales, con desbordamiento de votos proporcional al espacio que ocupen los nuevos. Entendiendo Partidos tradicionales, como los que se han repartido el poder político en los últimos treinta años, dicho esto sin acritud, ni malas intenciones. Simplemente que si la tarta del Congreso tiene 350 porciones, ahora los de siempre ya  no se podrán atiborrar, y esto, aunque parezca que no es un problema, puede hacer morir de inanición a muchos que han hecho de la política su modus vivendi modus subsistendi. Y aunque posiblemente, si leyes que delimiten el aposentamiento en cargos públicos no lo remedian, dentro de unos años volverá a suceder lo mismo, pues como dice el refranero popular: “La jodienda no tiene enmienda” y al calor del poder, aunque sea a tres cuartas de la chimenea, se está muy calentito. Pero ahora un aire fresco de renovación llega a la política española, que falta hacía, y durante este tiempo se pueden hacer muchos de los  cambios que la sociedad necesita, entre otros sacudirse la caspa de una panorama político que ya olía ha cerrado. Por tanto, bienvenidos sean los nuevos Partidos.
                En los años setenta del siglo pasado, la sociedad española ya había interiorizado la necesidad de un cambio hacia nuevas formas de convivencia política, que pasaban, ineludiblemente, por la vuelta a la democracia (digo vuelta porque, a pesar de que muchos se empeñaron en hacérnoslo creer, la democracia en España no era una cosa nueva, la tuvimos y muy avanzada en la República y en los años anteriores a la dictadura de Primo de Rivera. Lo que pasa es que cuarenta años de franquismo provocaron muchas amnesias). Fueron muchas las causas, y no la menor, el cambio generacional que se había empezado a producir en España desde los años sesenta (aunque aquí había también había muchos jóvenes con caspa, al igual que ahora), que empujaba para cambiar el status quo del poder, aunque en aquella época hubo que esperar a que se muriera Franco para que La Transición pusiera este país patas arriba hacia un nuevo modelo de sociedad.
                El siglo XXI, cuarenta años después de aquellos intensos y apasionados años, ha vuelto a traer otro cambio generacional, en una sociedad, además, muy cambiante, que tiene sus propias claves de comportamiento público y privado, con unas maneras de relacionarse y comunicarse impensables hace no muchos años. Una sociedad, por qué no reconocerlo, que a los que ya hemos cumplido el medio siglo se nos queda un poco grande, lo que no significa que reneguemos de ella. Y como es de naturaleza, los cambios están afectando de lleno a la política y a quienes la han gestionado en las últimas décadas.
                Desde los primeros años del siglo, mucho hemos hablado de la necesidad de un cambio político en la izquierda que trajera aire fresco al país. Y lo hacíamos en los sitios donde los españoles, para bien y para mal, discutimos y reflexionamos sobre las cosas más trascendentales: en los bares. Cuántas cañas y raciones de bravas habrán sigo testigos mudos de los anhelos de cambio sociopolítico que se discutía como una necesidad, para poner el país en la senda de una democracia más evolucionada y participativa acorde al siglo XXI. Hasta que un 15 de mayo de 2011, con el país despeñándose por el precipicio de la crisis, no sólo económica, también política, con una izquierda incapaz de plantear soluciones progresistas al delicado  momento que estábamos viviendo, y otra ensimismada en su revolución pendiente, la juventud, que todavía pensaba que en este país tenía futuro, se movilizó, iniciando un proceso de cambio de dimensiones inimaginables en ese momento, que ha desembocado en la situación política actual, tan del poco gusto de los Partidos tradicionales.
                No podemos negar que es con la irrupción del 15-M, cuando la sociedad española se sienta en el diván, y empieza a mirarse al espejo y lo que ve no le gusta. Mientras, las plazas se llenan y la gente empieza a entonar el grito de “Si se puede”, como un cántico de esperanza, de creer que las cosas se pueden cambiar si hay ganas, y la utopía se rescata del cubo de la basura de una clase política plana e instalada en su autocomplacencia. Mientras todo esto sucede, la máquina de establishment, lo que después se llamaría la casta, empieza a funcionar con las armas que mejor sabe usar: el desprestigio y la descalificación. El desprestigio: jóvenes antisistema, radicales y utópicos. La descalificación: el 15-M es una ensalada de grupos incapaces de ponerse de acuerdo; no tienen un proyecto electoral que pueda cambiar las cosas en las urnas; son cobardes porque no se enfrentan a unas elecciones. Después, cuando la derecha ya gobierna, se da una vuelta de tuerca, y se pasa a impedir las protestas del 15-M y las que están surgiendo a raíz de los recortes y las políticas de desigualdad. Llega la Ley Mordaza.
                Lo que no se esperaban quienes auguraban que el 15-M pereciera ahogado en sus propias contradicciones y falta de propuestas políticas, es que se acabara articulando un Partido que recogiera su espíritu y muchas de sus propuestas, con claras intenciones de presentarse a las elecciones, con un programa de cambio que muchos han calificado de utópico (como si la utopía fuese un delirio) o de populista (los mismos que ahora incorporan en sus programas y declaraciones propuestas parecidas). Un Partido, que a pesar de que la máquina de trituradora de políticos e ideas sigue echando humo, se posiciona como una alternativa más en el panorama político español. La alternativa que se empezó a gestar el 15-M, que ahora, contra vientos y galernas, ha conseguido llegar al 20-D.
                Además, a ese Partido hay que reconocerle ser quien ha revolucionado el panorama político, acabando con la alternancia de poder, al igual que se dio en los tiempos de Sagasta y Cánovas, que con sus respectivos Partidos conservador y liberal, coparon durante toda la Restauración el poder político en España, provocando la ruptura del bipartidismo, que tan mal representa a una parte considerable del electorado, y el fin del voto útil. Gracias a ese Partido, del que no voy a decir el nombre, la izquierda y al derecha se han hecho más plurales, activando un reajuste en el electorado y en la manera de hacer e interpretar la política.

                Con la conversión política del 15-M en opción electoral, ahora sí que podemos decir claramente que La Transición a muerto. Y como dice su líder: Gracias 1978, hola 2016.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Democracia impostada

                                                                                            Imagen: Autor desconocido
Publicado en Levanre de Castellón el 4 de Diciembre de 2015
Tengo la impresión, cada vez más creciente, que somos espectadores de una gran función teatral que sólo tiene como objetivo hacernos creer que la realidad está en el escenario, y los actores, es decir, los agentes del poder, son los únicos que pueden representarla. Es como si nuestra única función, en este gran teatro del mundo, fuese ser meros asistentes a la representación desde la cazuela y aplaudir después de cada acto.
Vivimos en una democracia impostada, donde ya no importan las ideas, y nuestra condición de ciudadanos se ha vulnerado para convertirnos en consumidores de todo lo que nos pongan por delante: productos, bienes, ideas y mentiras. Nos han hecho creer que el destino de la sociedad está en nuestras manos, porque podemos decidir qué consumimos y a quién votamos. Sin embargo no hay nada más lejos de esta falsa creencia. El poder, el verdadero poder, el del dinero, ese que maneja los hilos de la política construyendo y destruyendo dirigentes a su antojo; el poder que interfiere en nuestras conciencias para dirigir nuestra libertad de elección política o de consumo, es el auténtico director de estos Autos de Fe que escenifican cada día, para que hagamos y pensemos lo que ellos quieren.
                ¿Cuántas canciones insoportables nos han llegado a parecer bonitas, a base de machacarnos con ellas, hora tras hora, en las radio fórmulas? ¿Cuántos libros, que no aportan absolutamente nada, más bien adocenan y nos convierten en ovejitas luceras, han llegado a ser best-seller? Son dos ejemplos de cómo manipulan nuestra vida más cotidiana, donde podemos ver cómo nuestra capacidad de elección se encuentra mediatizada por unos medios de comunicación que se han convertido en agentes trasmisores de los intereses del poder.
                Ahora se ha celebrado la cumbre del clima de París. Cuando escribo esto ignoro el resultado de ese gran circo en el que antes de empezar está todo ya decidido, y al que van los grandes dirigentes del mundo a hacer el paripé, y como decía José Mújica de estos encuentros (qué lucidez la de este hombre), sólo sirven para engrosar la cuenta de resultados de las compañías aéreas y las empresas hoteleras. Pero aun no sabiendo el resultado, la cumbre, como las otras anteriores, se fundamenta sobre una gran manipulación de lo que está sucedido en realidad. El cambio climático ya era objeto de discusión científica hace más de cuarenta años. Los dos primeros informes que se elaboraron para El Club de Roma, llevaban fecha de 1972: “Los límites del crecimiento” y 1974: “La Humanidad en la encrucijada”. Si han pasado cuatro décadas y hemos ido a peor, es porque al poder económico mundial y a los dirigentes políticos que han mirado más por sus intereses nacionales cortoplacistas, no les ha interesado poner freno al problema, Es más, en la década de los 90, el lobby petrolero, apoyado por la mayoría de los gobiernos, inició una campaña de desprestigio, sin  ningún fundamento científico, de las teorías sobre el cambio climático y de destrucción profesional y personal de quienes las sostenían, fundando el negacionismo, tan del gusto de nuestro querido Jose María Aznar, o al que se apuntó Marino Rajoy, aludiendo a su primo científico, cuando dijo aquello de: “Si nadie garantiza qué tiempo hará mañana en Sevilla ¿Cómo van a decir lo que va a pasar dentro de cien años?”. Esa es la gran mentira que nos han contado, para que el cambio climático no sea objeto de nuestras preocupaciones y  obstáculo para las cuentas de resultado de las grandes multinacionales.
                El relato de la realidad se va construyendo en contra de nuestros intereses, porque no lo escribimos nosotros y dejamos hacerlo a quienes gobiernan nuestra vida. Porque a pesar de los cantos de sirena al individualismo como expresión máxima de nuestra libertad de elección, el margen de maniobra que tenemos como individuos y sociedad está bastante condicionado por los intereses de un poder cada vez más afianzado en la mentira y cuando esta falla, en la represión. Lo bueno del caso es que nos hacen ver que la represión es necesaria para salvaguardar nuestra libertad y garantizar nuestra seguridad. Vamos de cabeza hacia una sociedad ya definida en alguna novela de ciencia ficción por George Orwell, como en “1984”, o “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury. Una vez más el discurso del miedo pretende sustituir la libertad por la seguridad, en beneficio de quienes nos gobiernan. Fijémonos en España o en Francia.
                El gobierno español, cuando se ha visto amenazado por las crecientes protestas populares contra sus políticas de recortes del estado de bienestar y de desigualdad creciente, se ha inventado un enemigo invisible tan peligroso, que les ha llevado a tener, en contra de su voluntad, que aprobar una Ley, la Ley Mordaza, que reduce la libertad de manifestación, reunión, protesta, etc. Todos aquellos derechos que puedan señalarles con el dedo como artífices de la desigualdad social y económica que han abierto en la sociedad. De una gran mentira levantan una Ley que sólo les beneficia a ellos. Como cuando firmaron, a bombo y platillo, el pacto antiyihadista; papel mojado, pues ya existen en España suficientes leyes y capacidad policial, como para afrontar este nuevo peligro, pero que venía como anillo al dedo a los dirigentes de los Partidos firmantes para hacerse una foto como hombres de Estado. Aunque lo que roza el insulto a la inteligencia de los españoles es la actitud de los Partidos que lo tacharon en su  momento de “pura propaganda”, y ahora, cuando sus dirigentes creen que los vientos electorales les pueden ser favorables firmándolo, han corrido, suplicado, implorado…, firmarlo y aparecer en la foto. Esa es la catadura moral de algunos políticos, aspirantes a dirigir el país, que son capaces de acostarse con el diablo, si este les garantiza  no perder la comba del poder.
                Tras el atentado de París, empiezan a verse claras algunas razones de las decisiones que se han tomado en Francia en las últimas semanas. La sobreactuación de sus dirigentes, llevados en volandas por los medios de comunicación, han convertido, otra vez más, un atentado en un circo mediático. Aferrándose al madero del atentado, con un discurso patriotero engolado y pegajoso, han visto que su popularidad crecía, lo que nos hace pensar que van a seguir sometiendo la libertad a la seguridad. ¿Realmente es necesaria tanta demostración de fuerza? ¿No tiene esta la intención de ocultarnos todos los fallos de seguridad habidos antes del atentado? Hundido en las encuestas  ¿No se está comportando el presidente Hollande como lo hizo anteriormente Bush, con el único fin de asegurarse su permanencia en el Palacio del Eliseo? ¿Qué papel tiene la industria militar en bombardear masivamente a un enemigo volátil, sin tener un plan previo de asfixia del Estado Islámico? Preguntas sin respuesta.

                Como podemos ver, por mucha democracia que nos digan que tenemos, el poder sigue manteniéndose, al igual que lo ha hecho a lo largo de la historia, por encima de los intereses de la sociedad. Cierto que antes lo hacía a lo bruto, sin miramientos en el uso de la violencia y ahora lo tiene que hacer más sofisticadamente, mediante la invención de realidades que se acaban convirtiendo en noticia, para poder seguir haciendo de su capa un sayo. 

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