domingo, 2 de diciembre de 2018

¡¡Gibraltar español!!


Publicado en Levante de Castellón el 30 de noviembre de 2018
Este país inventó la astracanada, un subgénero teatral de situaciones disparatadas, chabacanas, que sólo tiene como intención hacer reír al espectador, que bordó como nadie Pedro Muñoz Seca -¿quién no recuerda aquel dislate de obra, que bajo el título “La venganza de don Mendo”, nos hizo reír tanto hace años, gracias a la magistral interpretación de Tony Leblanc en el papel de un don Mendo enamorado?-  Y como la realidad siempre supera la ficción, el país en sí mismo se ha convertido en una gran astracanada, gracias a una clase política que  nada tiene que envidiar a los personajes de Muñoz Seca.
                Parece que la tan sonada renovación de la clase política, lo único que nos ha traído es una troupe de bufones, más interesado en hacer reír a sus espectadores, que en introducir dosis de raciocinio y sentido común a un país, ya de por sí bastante castigado por la mala gestión de lo público de unos gobernantes anteriores,  más preocupados de llenarse los bolsillos y del qué hay de lo mío. Ver como se lanzan a una carrera de despiece del adversario de otros Partidos y de los enemigos en el propio, es digno de una película de los Monty Pithon, como aquella Vida de Brian, en donde la resistencia al poder ridiculizado de Roma, siempre encontraba un grupo mucho más resistente, con una verdad más sólida, que el anterior.
               En la película “El  milagro de P. Tinto” de Javier Fesser, Usillos, un personaje que todavía no ha desaparecido del todo de la geografía española, al comprobar que el motor español de su camioneta está montado por piezas inglesas, grita con desesperación y enfado: “¡¡¡ Gibraltar español!!!”. El mismo grito que hemos escuchado hace unos días al líder de un partido nacional, que ya nos había regalado anteriormente su reivindicación de la hispanidad como la etapa más brillante del hombre, junto al Imperio Romano. Casi nada. Reivindicaciones viejas, con el fuerte olor a naftalina de otros tiempos de prietas las filas recias marciales, que delatan la impotencia de articular un discurso moderno y conectado a las necesidades de la sociedad, por lo que hay que recurrir a la astracanada, como método de ejercer política.
                Uno no sabe, si que la clase política siga instalada en aquella bufonada filmográfica que retrató con sabia maestría Berlanga en La Escopeta Nacional, como si estuviéramos viviendo un dejà vu político, es motivo de risa o de llanto. Sobre todo cuando algunos dirigentes vuelven a desempolvar términos como separatismo, patria o españolidad, en el mejor estilo joseantoniano, o emulando aquellos versos de José María Pemán: “Gloria a la Patria/que supo seguir/sobre el azul del mar/el caminar del sol”, en la versión ñoña y cursi de Marta Sánchez: “Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí/honrarte hasta el fin” (cuánta similitud), tan aclamada por unos políticos que tiene el concepto de la patria en el bolsillo o en su megalomanía de poder.
¿Qué podemos hacer con dirigentes que han llegado a un nivel tan alto de histrionismo, que son capaces de darse tiros en el pie, una y otra vez, con tal de parecer la Inmaculada Concepción de la política, esperando que alguien les suba a los altares? Aquellos, que no sabemos si lo que pretenden es gobernar el país o gobernarse a sí mismos, vista la capacidad que tienen de tirar por tierra todo lo que nos dijeron que iba a ser el cambio. O de los que han hecho una cruzada contra la deshonestidad en la política y se aferran al cargo cuando se descubre que ellos no fueron ajenos a  lo que denunciaban. 
Si una clase política sólo se preocupa de desacreditar al adversario -cuánta energía se pierde en esto-, para alcanzar el poder,  convirtiéndose en personajes de una astracanada nacional, algo va mal, y la risa se convierte en miedo, cuando no dejan de echar abono a la aparición de salvapatrias, que sólo  nos llevarán a tiempos oscuros y peores.  

jueves, 15 de noviembre de 2018

La identidad de España



Publicado en Levante el 12 de noviembre de 2018
Apuntes para un aniversario. Desgraciadamente, seguimos con el tema de la identidad de España sin resolver después de cuarenta años de democracia. Encontrar la identidad en la diversidad, parece que es bastante difícil. Sobre todo cuando, como en el caso español, esa identidad como nación siempre se ha tratado de imponer al resto por el conservadurismo nacional más rancio, incluso, cuando ha sido necesario, a costa de mucha violencia y sangre.
Pero el problema de España no es nuevo. Perdura en el tiempo desde los olvidados y manipulados Decretos de Nueva Planta, por los que el rey Felipe V impuso un modelo centralista, a la castellana, de nación, al modo de la borbónica Francia, eliminando cualquier vestigio de autogobierno en regiones, que desde la Edad Media hasta el siglo XVIII habían ejercido como un estado propio. Para ser más claro, lo que hasta aquel momento se llamó la monarquía española, que era, por decirlo en palabras modernas, un estado federal compuesto por la Corona de Aragón y la Corona de Castilla, pasó a ser, por la fuerza de las armas (Guerra de Sucesión), un estado centralista, en el que se impusieron las leyes de Castilla como únicas en todo el reino. 
España es un problema irresoluble. Ya lo dijo Amadeo de Saboya: “España para los españoles”, después de dar el portazo y largarse. Sobre todo, carácter y sentimentalismos aparte, cuando seguimos empeñados en confrontar la fuerza centrífuga de los nacionalismos periféricos, con la fuerza centrípeta del nacionalismo centralista. Y es que esto da mucho juego a determinados sectores de la sociedad, con sus Partidos ceñidos a  la bandera, cada uno la suya, en donde lo que importa es aplastar al otro, cómo única forma de supervivencia. Produce cierta urticaria ver como la derecha española, siempre dispuesta a enarbolar la bandera del nacionalismo más cutre, se ha lanzado a una carrera para ver quién es más español, en términos protofascistas provocadores y claramente franquistas, dinamitando cualquier posibilidad de convivencia dentro del estado español. Igualmente, da mucha tristeza ver que el nacionalismo periférico, sobre todo el catalán, se ha convertido en un movimiento romántico, dirigido por un puñado de salvapatrias de un enemigo ficticio, imaginado por ellos, anteponiendo el idealismo de la patria, por encima del pueblo catalán, sin preocuparle que Cataluña se está despeñando por un terraplén de autodestrucción.   
Creímos que el advenimiento de la democracia podría acabar con el sempiterno problema de España como una nación sin identidad común para todos los españoles. Nos equivocamos, porque la Constitución puso freno a un modelo de convivencia desde la diversidad, convirtiendo el estado español en una fractura de iguales, que si fue efectiva durante unos años, se ha demostrado insuficiente pasado el tiempo, y es incapaz de dar respuestas a las nuevas/viejas demandas de los territorios periféricos con sentimientos históricos y/o antropológicos  diferentes.
La constatación de un fracaso, que está distorsionando la política en España, además de hacernos vivir en un permanente conflicto, debería ser objeto de reflexión en el aniversario de la Constitución. El “café para todos” que se impuso en la Transición, frente al modelo federal y descentralizado que algunos proponían, incluso en la propia UCD, no ha servido para acabar con el problema de España, que tantas páginas de tinta ha escrito.
Ahora, con los Partidos de la derecha tirados al monte, intentando volver a un modelo centralista/franquista, que ya creíamos superado, adecuar la Constitución para que todos nos sintamos partícipes de una misma identidad como nación y sociedad, se barrunta harto difícil. Salvo que la gran mayoría de los españoles se de cuenta de que es en el reconocimiento de la diversidad, donde reside la única posibilidad de cerrar para siempre la herida, condenando a la insignificancia de los mediocres a todos aquellos, de un bando nacionalista u otro, que están convirtiendo este país en un déjà vu de tiempos ya pasados, que nunca deberíamos olvidar. A la provocación de los nacionalistas intolerantes, sean de donde sean, sólo se la puede contestar con tolerancia, empatía e inteligencia.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Apuntes para un aniversario. Salario y riqueza



Publicado en Levante de Castellón el 3 de noviembre de 2018
Uno de los fundamentos en el que se sostiene una democracia, es el reparto de la riqueza. Si ésta no está distribuida de una manera justa y equitativa, los  cimientos del sistema se empiezan a tambalear, provocando desafección y la aparición de salvapatrias, siempre, ligados al fascismo o en las conurbaciones de éste, como está sucediendo en Europa y otras partes del mundo.
                El reparto de la riqueza no significa que deje de haber ricos, implica que deje de haber pobres, y para ello es necesario que no esté acumulada en pocas manos, y a través de diferentes instrumentos políticos se distribuya de una forma equitativa entre todos, garantizando que va a permitir vivir con dignidad a los que menos oportunidades han tenido o las han desaprovechado.   
                En un congreso que se celebró hace años en Valencia sobre la pobreza, uno de los ponentes fue muy claro: “Denle ustedes un salario digno a los pobres y hablaremos menos de cooperación para paliar la pobreza”, más o menos vino a decir esto. Lo que le da al salario un valor de máximo nivel en la distribución de la riqueza. El salario como expresión de la dignificación económica de las personas, aunque es cierto, que las nuevas maneras de producir y trabajar que están introduciéndose en la sociedad por causa de la implantación de las nuevas tecnologías, exigen replantearse el concepto de trabajo y de salario, para que nadie quede excluido de la riqueza que se produce en el mundo.
                La democracia no se puede convertir en una plutocracia, en donde son los que acumulan gran parte de la riqueza los que dictan las leyes, porque si es así,  todas las normas de convivencia democrática se vienen abajo, al legislar, preferentemente, para preservar los intereses de la clase dominante  económica, auténtico centro del poder.
                No nos ha de extrañar, por tanto, que cuando un gobierno como el español, trata de equilibrar la balanza de la riqueza mediante el salario, en este caso, con medidas que garanticen derechos laborales que lapidaron la última reforma laboral o con el aumento del salario mínimo a unos niveles próximos a la dignidad salarial, la reacción de las élites económicas y todo el entramado mediático y de poder que sostienen, sea la de anunciar la apocalipsis económica del país. Para ellos, la democracia no es un sistema de libertad o bienestar económico, más bien la entienden como un instrumento que les puede posibilitar enriquecerse sin grandes sobresaltos, y cuando esto falla, no tienen remilgos para promover movimientos más autoritarios de control de la población.
                Subir el salario mínimo en España a 900 euros es una medida  que puede empezar a paliar la pobreza laboral, que tomando como excusa la crisis, los últimos gobiernos han extendido por todo el país, mientras el número de ricos y su riqueza aumentaba. Además de llevar emparejadas el incremento de los ingresos fiscales y de la Seguridad Social, con lo cual ganamos todos, a cambio de que unos pocos acumulen menos riqueza. Es sencillo, salvo que se quiera engañar y manipular a la población, complicándolo con discursos enrevesados sobre la competitividad, el efecto sobre el PIB, la inflación, el desempleo etc., toda una panoplia de conceptos mezclados para generar más confusión, que sólo tienen como fin último que aceptemos que es mejor ser pobres, que vivir con bienestar económico.
                El artículo 35.1 de la Constitución Española, dice: “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo”.  Como verán, papel mojado, que el poder se ha saltado cuando le ha convenido. En este aniversario de la Constitución, habría que reflexionar sobre qué mecanismos se deberían articular en una previsible reforma constitucional, para que estas declaraciones de intenciones se conviertan el ley  de obligado cumplimiento. De lo que se trata es de garantizar que todos vamos a tener un salario que nos permita vivir con dignidad y planificar la vida sin sobresaltos económicos, aunque siga habiendo ricos. Porque de lo contrario, si la democracia no es capaz de distribuir la riqueza,  no habrá reforma constitucional capaz de frenar al fascismo, en su versión siglo XXI,  que está llamando, cada vez con más fuerza, a la puerta de una sociedad con grandes capas de la población empobrecidas.

viernes, 26 de octubre de 2018

Diputaciones Provinciales


Publicado en Levante de Castellón el 26 de octubre de 2018
Apuntes para un aniversario. Hay un tema recurrente en la política española, que surge y desaparece dependiendo de las urgencias de la coyuntura política. Se trata de las Diputaciones y el papel que juegan o no juegan en el mapa del reparto de poder y gestión administrativa del Estado. Es una asunto complicado, porque si es cierto que durante muchas décadas, desde el siglo XIX, han sido un foco de corrupción y caciquismo, que la Transición no supo o no quiso abordar, en la actualidad pueden llegar a cumplir un papel importante en el desarrollo de lo que se denomina la España Rural.
                La Constitución de 1978 consagró la provincia como “entidad local con personalidad jurídica propia, determinada por la agrupación de municipios y división territorial para el cumplimiento de las actividades del Estado” (art. 141 de la Constitución), siendo las Diputaciones la entidad de gobierno de las provincias. Pero la aparición de las Comunidades Autónomas descafeinó su función, convirtiéndolas en un organismo de colaboración menor con los ayuntamientos, en permanente colisión de funciones con los gobiernos autonómicos. Además, no son pocas las Diputaciones que durante años han sido un foco de clientelismo del Partido que las gobernaba o del cacique provincial.
                Esto y la permanente pelea para acaparar poder, por parte de las diferentes administraciones del Estado: administración central, autonomías, grandes ayuntamientos,  han convertido a la mayoría de las Diputaciones en papel mojado al servicio de los intereses partidarios, sin conexión alguna con la ciudadanía. Sin embargo, frente a quienes sostienen que son un ente inservible, habría que preguntarse ¿inservibles, para qué o para quién?
                En un momento de grave despoblación rural que está sufriendo España, toda sin excepción, las Diputaciones deberían tener un papel relevante en la solución del problema, o por lo menos en su minimización. Si como ya se ha expuesto en otro artículo publicado en este periódico (Levante de Castellón, 12 de octubre de 2018), el problema de la despoblación rural se debe a la falta de infraestructuras, servicios y buenas comunicaciones, entre otros, la Diputaciones son esa parte de la administración cercana a los ayuntamientos y buenas conocedoras de los problemas existentes en cada provincia.
                A nadie se le escapa, que la vida en las poblaciones rurales sería mucho más difícil sin la intervención de la Diputación, en todos los aspectos: social, económico, laboral, cultural, sanitario, etc. Solventado, o en vías de terminar con él, el grave problema que durante años han tenido de caciquismo, una nueva política de desarrollo hacia el medio rural daría sus frutos. Pero no es suficiente. Las Diputaciones necesitan una reforma política que las dote de unas competencias definidas en el ámbito rural, donde tienen mayor capacidad de intervención y son más necesarias.
                Ese es el reto: luchar con todas sus capacidades contra la despoblación rural en todas sus manifestaciones, para que los habitantes del campo o la montaña o la costa, no se sientan ciudadanos de segunda, con competencias y financiación que las den autoridad para solucionar el problema. Pero también en colaboración con otras administraciones, sobre todo la autonómica, que debe ser consciente, de que el fin último de su existencia es mejorar la vida de los habitantes de su región.
                El cuarenta aniversario de la Constitución no debe ser un canto de sirena a la carta magna ni un cierre de filas para que permanezca inmutable en el tiempo, porque si esa es la intención, acabará siendo papel mojado y, por tanto, una Ley inservible. Más bien al contrario, hay que abrir el texto a los nuevos retos que tiene planteada la sociedad española del siglo XXI, y uno de esos retos es otorgar a cada administración el papel que le corresponde. Y que duda cabe, que las Diputaciones tienen un importante cometido como representantes del Estado en el ámbito rural y así se debe reconocer.

sábado, 20 de octubre de 2018

Están entre nosotros


Publicado en Levante de Castellón el 19 de octubre de 2018
Apunte para reflexión. ¿Por qué seguimos empeñados en llamar populismo a lo que sólo es fascismo? No hay que ser licenciado en Salamanca, para darse cuenta de que Salvini, Lepen, Orbán, Vox y tantos otros que están sembrando Europa de odio, xenofobia e intolerancia, son lisa y llanamente fascistas. Incluso allende los mares, en el continente americano, con Bolsonaro y Trump a la cabeza, el fascismo está más implantado que  nunca. (Para evitar suspicacias de neoliberales encendidos, no voy a hablar de los dictadores comunistas, porque no es este el problema que tiene Europa).
                Cierto que no son comparables con los fascismos de la primera mitad del siglo pasado. Las condiciones históricas son diferentes, y ahora todos se ponen la corbata de la democracia para extenderse por el continente. Pero si alguien piensa que estos Partidos son respetuosos con los valores de la libertad, la igualdad y la solidaridad, es que prefiere mirar para otro lado para que nadie perturbe su acomodaticia vida. Error.
                No son iguales a Hitler, Franco o  Mussolini ni a los partidos que estos representaban, si es que representaban algo que no fuese a sí  mismo. Pero el discurso político fundamentado en la supremacía de sus ideas sobre el resto, junto a la exaltación del patriotismo, colocando a la nación por encima de sus habitantes. La manipulación de la propaganda, con el único fin de ocultar la verdad que a ellos no les interesa que se sepa, y las soflamas de regeneración política, que sólo esconden la supresión de todos los principios que deben constituir una democracia, no son más que la vuelta de Europa  a la oscuridad y la violencia como instrumento de relación política.
                No nos equivoquemos. Hitler llegó al poder en 1933 y sólo tardó unos meses en acabar con la democracia; Franco, juró lealtad a la República y en cuanto pudo se lanzó en armas contra ella; Mussolini, después de implantar el terror con sus camisas negras, -cuanto peor mejor- consiguió el poder, otorgado por el rey Víctor Manuel II, y como buen fascista, acabó acaparándolo en su persona. Todos utilizaron los resortes que la democracia ponía a su disposición para hacerse con el poder y liquidar la libertad. Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿los fascistas del siglo XXI tienen motivos para no hacer lo mismo?  No lo creo, teniendo en cuenta que detrás de un fascista, siempre, hay un megalómano.
                Segunda reflexión. ¿Cuándo va a aprender la democracia a defenderse de sus enemigos, evitando que estos sean un peligro para su propia supervivencia? Si cuando se ha tratado de parar el totalitarismo de izquierdas ha sido implacable, frenando cualquier posibilidad de ascenso de este, cabría pensar que con el fascismo se debería hacer lo mismo. Sin embargo, no es así. La prueba es que cada vez la extrema derecha va copando más cotas de poder en el continente, sin que nadie les cierre el paso.
                Lo que nos lleva a pensar, que el liberalismo no es tan democrático como creíamos y hace muy  buenas migas con el fascismo, sobre todo cuando se trata de utilizar este, como ya se hizo en el siglo pasado, para frenar la expansión de la izquierda no acomodaticia. Antes se consintió como cortafuegos del comunismo y ahora como muro de contención del surgimiento de una nueva izquierda que plantea un modelo de sociedad muy distinto a los intereses del capitalismo liberal.
                El ascenso del fascismo es un peligro real que no debemos despreciar, sobre todo, si va aparejado a los intereses de las élites de poder en Europa, que están poniendo en práctica, sabiamente, los Once Principios de la Propaganda de Goebbels. Les invito a leerlo y ustedes, después, decidan. 
González de la Cuesta
Escritor

sábado, 13 de octubre de 2018

Despoblación rural


                                                                                                                               Ares del Maestrat

Publicado en Levante de Castellón el 12 de octubre de 2018
Parece que la gran política se ha dado cuenta ahora del grave problema de despoblación que están sufriendo la mayoría de los territorios en toda la península, por lo menos en su parte española. Un problema que no es desconocido, porque se viene produciendo desde que el nuevo capitalismo, de la mano de la Revolución Industrial, irrumpe en la sociedad española cambiando todas las formas de vida, y relacione sociales y económicas anteriores.
 Es decir, el despoblamiento de las zonas rurales empieza en el siglo XIX, acentuándose En España, sobre todo, en la segunda mitad del siglo pasado.  La necesidad de mano de obra en la industria, provoca un  movimiento migratorio del campo a la ciudad imparable, que luego, cuando se han producido las sucesivas crisis del capitalismo, arrojando a miles de personas al desempleo y la exclusión social urbana, no se ha revertido en un  movimiento de vuelta los pueblos rurales.
                Los que ya tenemos suficiente edad para hacer memoria de cómo era la España de los años cincuenta y sesenta, todavía nos acordamos de la intensa vida que había en muchas localidades rurales, y cómo se fue apagando, por desidia de las autoridades políticas, produciéndose un fenómeno que mientras vaciaba los pueblos en el campo o la montaña (los pueblos de la costa, o muchos de ellos, se salvaron por el turismo) otras localidades, cercanas a las ciudades, experimentaron una explosión demográfica sin parangón en nuestra historia, con no pocos problemas de saturación que, en este caso, sí fueron solucionados por los poderes políticos,  porque tenían un claro interés económico en ello. Por poner dos ejemplos: en el lado del híper aumento demográfico podríamos situar a la localidad de Móstoles en Madrid, que en 1960 tenía 2.500 habitantes y en 2017 206.000; en cambio, en el lado de la despoblación, bien nos puede servir la localidad castellonense de Ares del Maestrat, que si en 1960 tenía 1.000 habitantes, en la actualidad, no llega a los 200 (197 en 2017).
                La despoblación de las zonas rurales puede tener muchas lecturas, cuando nos ponemos a buscar las causas, pero hay dos que son fundamentales: los servicios y las comunicaciones. Nadie quiere vivir hoy en lugares donde no hay médico ni escuela ni internet ni una buena red de comunicaciones por carretera o ferrocarril, incluyendo aquí el transporte público. Pero además, hay otro factor que tiene mucho que ver con la despoblación: nos referimos a la facilidad que tiene el poder para controlarnos en las ciudades, siendo mucho más efectivo cuando estamos todos agrupados, que si vivimos dispersos.
                La despoblación rural no es un problema mayor que la superpoblación urbana a la que nos quieren avocar. Sólo hace falta voluntad política con medidas que sean sugerentes para que la gente no se tenga que ir de sus pueblos por obligación. ¿Cuántos de quienes viven en las ciudades regresarían al campo si hubiese unas condiciones similares a las urbanas? En vez de lamentarse, los políticos deberían ponerse a trabajar en medidas como la mejora de los servicios públicos, las inversiones en infraestructuras, planes de sostenibilidad económica y fomento de la cultura rural, como un elemento de identidad que vertebre la sociedad no urbana. Medidas que revertirían la actual despoblación.
                 Pero para todo ello, hace falta que los políticos dejen de hablar tanto de sí mismos y pelear por aumentar sus parcelas de poder.  Es necesario que las instituciones asuman que el ámbito rural también es competencia suya, y aquí deberían cumplir un importante papel las Diputaciones, como entidades vertebradoras del territorio, si tuvieran las competencias para poner en marcha una política de desarrollo rural, capaz de aumentar la población en los pueblos.
                Volver a recuperar el mundo rural no se trata de obligar a la gente a que vuelva a su pueblo, sino facilitar que quien quiera hacerlo, sepa que sus derechos como ciudadano no se van a ver disminuidos por la despreocupación del poder.


viernes, 5 de octubre de 2018

Será nuestro secreto


Publicado en Levante de Castellón el 5 de octubre de 2018

Una de las vergüenzas que tiene esta sociedad de ritmo trepidante, es el olvido de todo aquello que no nos apetece recordar, quizá porque nos sitúa ante el espejo de unos comportamientos que nada tienen que ver con los valores que tanto nos gusta proclamar de justicia, solidaridad, igualdad, junto a otros que nos hablan de aspirar a un mundo mejor, pero que chocan contra el  muro de realidad que día a día queremos esconder, en el que todos esos conceptos se desvanecen. Esa realidad que cubrimos con un velo de silencio, que en los tiempos que corren es como convertirla en algo invisible, irreal, y por tanto no dañina para nuestras acomodaticias existencias, incapaces de tolerar aquello que no sea nuestra Albanta particular.
                Pretendidamente, ignoramos muchas cosas, cubriéndolas con un manto de indiferencia. Olvidos con mayúsculas, como la pobreza o desigualdad y olvidos con minúsculas, como el abandono que la sociedad y nosotros mismos ejercemos y consentimos de las personas mayores. Inservibles en una sociedad que idolatra la juventud; invisibles, porque su propia naturaleza les inhabilita para la protesta, por lo que nos acabamos olvidando de ellos.
                ¿Nos hemos puesto a pensar cuántos abuelos y abuelas son abandonados por sus familias, sumiéndoles en una espiral de tristeza y congoja, que les va a acompañar el resto de vida que les quede? Puede que algunos sí, pero la mayoría preferiría no saberlo, por lo que apuntábamos más arriba. Es esa minoría que trata de enfocar a la vista pública a los olvidados del mundo, la que revuelve nuestras conciencias. Y quizá sea en el arte, el cine, la literatura, el teatro..., donde resida ese último reducto de conciencia, lo que evita que  nos despeñemos por el abismo de la indiferencia  como seres humanos miserables.
                El cineasta castellonense Sergi González, ha hecho que nos revolvamos en  nuestros asientos, con su corto “Será nuestro secreto”, maravillosamente protagonizado por una niña de 10 años: Martina Caparrós y la maestría de Rosario Pardo. No hay concesiones al vacío mental ni a la elucubración dispersante en este corto, en el que una nieta descubre a su abuela, supuestamente fallecida, en una visita escolar a una residencia de ancianos. A partir de aquí, Sergi González nos invita a la reflexión. Las otras actrices del reparto -curiosamente todas son actrices, quizá porque las mujeres son mucho más sensibles a este tipo de problemas-: María Pedroviejo, Ana Caldas y Rebeca Valls, van abriendo en canal aquellas zonas de nuestro cerebro insensibilizadas por tantos olvidos, conforme el drama, breve, intenso, como no puede ser de otra manera en un cortometraje, va mostrándonos una verdad, que nos abofetea sin compasión.
                “Será nuestro secreto”, sigue el camino de los trabajos anteriores de Sergi González y su productora Dionisia Films, radicada en Vila-real. En su laureada filmografía agita nuestra plácida mirada del  mundo, siempre desde lo cotidiano, desde esos pequeños conflictos personales o familiares, que nos rodean a lo largo de  nuestra vida. Consigue poner en valor la importancia de lo pequeño, de aquella brevedad que anunciaba Baltasar Gracián, enseñándonos que era dos veces buena. Esa es la magia de este cineasta afincado en Almassora y proyectado al mundo detrás de una cámara. La magia de hacernos grande lo pequeño, de convertir en universal un conflicto familiar, comunitario, pequeño comparado con los grandes problemas del mundo. Nos invita a reflexionar sobre cómo sería ese mundo si nos fijáramos en los conflictos con los que convivimos diariamente y nos propusiéramos solucionarlos.
                En “Será nuestro secreto” nos lanza el dardo de recapacitar sobre el olvido al que se ven sometidos nuestros mayores, y por ende, a todos los conflictos invisibles que deliberadamente nos esforzamos en olvidar. 

viernes, 28 de septiembre de 2018

Bajo sospecha


“Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Frase lapidaria que San Juan Evangelista recoge en su evangelio, atribuida a Jesucristo delante de los fariseos. ¿Hay alguien que esté libre de pecado? ¿Qué tenga su hoja de ruta inmaculada, limpia de toda sospecha? Me atrevería a decir que no, que todos tenemos algo que ocultar, y muchos bien que se esfuerzan en hacerlo, como si la ausencia de mácula en su impoluta vida les hiciera mejores personas, llamadas a redimirnos. Y esos me dan miedo, porque creo que son los auténticamente peligrosos; los redentores que se convierten en mesías para llegar al autoritarismo, al fascismo, siempre en nombre de una verdad, la suya, que consideran inmutable.
             Así, en este país de actos sin ideas e ideas sin actos, como definía Carlos Marx a los españoles, hemos pasado de la tolerancia absoluta de la corrupción y la consideración de la deshonestidad como un derecho privativo de los poderosos, a tener bajo sospecha a cualquiera que asome la cabeza. Es el péndulo de Foucault aplicado a la naturaleza humana que habita la piel de toro: hoy te dejo que me robes delante de mis narices, mañana me escandalizo por unos párrafos copiados en un libro.
            Vivir bajo la amenaza de verse sometido a un auto de fe por un quítame esas pajas, se está convirtiendo en la moneda de cambio corriente dentro de la política española, que es donde se lleva a la quinta esencia la lupa de la sospecha, gracias a la baja calidad de los políticos del país, que prefieren darse un tiro en el pie, si esto le sirve para alcanzar el minuto de gloria, no por lo que ellos hacen, sino por el desprestigio al que han sometido al contrario, sea verdad o mentira las acusaciones lanzadas contra aquel. Porque la política en España se ha convertido en eso: la destrucción del otro en un vale todo, a la que si sumamos la estupidez congénita de los españoles para gestionar los asuntos públicos, que nos lleva a creer siempre los más inverosímil que oímos, con la ansiedad de algunos políticos por parecer los redentores del país, el cóctel de autodestrucción como sociedad está servido.
            Lo peor de todo, es que la sospecha siempre se aplica menos en los que se dedican a justificar comportamientos indeseables. Aquellos que han convertido el poder o sus aspiraciones de alcanzarlo en un camino que sólo se puede transitar desde la mentira, con el único fin de afianzar su posición de privilegio personal y de clase o estamento. Sostenía Pereira, en el maravilloso libro de Antonio Tabucchi que “en los periódicos se escriben cosas que corresponden a la verdad o que se asemejan a la verdad”. Mucho han cambiado los tiempos desde que Antonio Pereira dijera estas palabras. Hoy, es inevitable que uno no sienta cierta vergüenza ajena cuando el periodismo, o parte de él, se ha apuntado al pim pam pum de los políticos y hace cola para consultar una tesis, discute sobre el concepto de doctorado o doctorando o se dedica a rebuscar cualquier error del político de turno, por mínimo que sea, en una carrera hacia el amarillismo informativo, que está convirtiendo al país en un  Sálvame de Luxe, sin un Jorge Javier Vázquez que lo dirija.
            Mientras, los asuntos que realmente deberían importarnos a todos, caen en el más absoluto olvido. Pereira ya no podría sostener: “hacemos un periódico libre e independiente, y no queremos meternos en política”. Algo impensable hoy en una sociedad gobernada por los fariseos campeones de la mentira y la sospecha.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Todo por el empleo


Publicado en Levante de Castellón el 21 de septiembre de 2018
Una de las mayores distorsiones sociales del capitalismo liberal es trasmitirnos la idea de que el empleo está por encima de cualquier otra consideración, es decir, que por el empleo vale todo. De este manera, en su nombre, justificamos condiciones laborales y salarios miserables, que en muchas ocasiones convierten el trabajo en dura y pura esclavitud. Vemos con desinterés, cómo una de las grandes manifestaciones de los derechos humanos, recogida, entre otros ámbitos, en nuestra Constitución, que proclama la no discriminación por razones de sexo, raza, religión o manera de peinarse,  se viene abajo cuando se enfrenta al mundo laboral, y las discriminaciones, de todo tipo, están a la orden del día en empresas. En nombre del empleo se justifican centrales nucleares o el cambio climático, que se aparca si atajarlo supone pérdida de puestos de trabajo; las democracias se bajan los pantalones, si de lo que se trata es vender armas a dictaduras, porque garantizan faena a los trabajadores; tiramos al cajón del olvido la seguridad y la salud laboral, si estas suponen una traba para el empleo; o sectores que están en franco retroceso, exigen, para garantizar la ocupación, grandes cantidades de subvenciones públicas.
                Pero si rascamos con un poco de denuedo, lo que encontraremos no es tanto una salvaguarda de los puestos de trabajo por parte de quienes ostentan el poder económico y político, sino la defensa de intereses que tiene que ver con la clase dominante. Porque cuando se han tenido que hacer reconversiones en sectores que necesitaban un ajuste, para que las élites económicas pudieran sobrevivir, al poder no le ha temblado la mano: véanse las reconversiones industriales de los años ochenta, el reajuste de la industria cerámica o la concentración del sector bancario, entre otros. Todo con el único fin de aglutinar el poder económico en pocas manos. Entonces, poco o nada les ha importado la pérdida de puestos de trabajo. Incluso en los servicios públicos: sanidad, educación, seguridad, etc., no ha sido un impedimento destruir empleo de calidad, sustituido por peores condiciones laborales, al transferir estos servicios a la iniciativa privada.
                Uno puede comprender que el trabajador que ve peligrar su puesto por amenaza de cierre, deslocalización de su empresa, perdida de carga de trabajo o cualquier otra causa, se rebele, porque, en definitiva, todos queremos cobrar un sueldo a fin de mes que nos permita llevar una vida lo más digna posible. Eso es ley de vida y no debe ser criticable, aunque la defesa de su puesto de trabajo suponga saltarse a la torera el medio ambiente, la moral y los derechos humanos. Lo que no es de recibo es que los dirigentes políticos no den alternativas al empleo, cuando este se sienta amenazado.
                La explotación de nuevos yacimientos de empleo que estén en sintonía con una sociedad basada en la ética, la sostenibilidad, la igualdad y la preservación del medio ambiente, debería ser uno de los principales objetivos de la política. No es tan difícil, sólo hay que tener voluntad y coraje, y un clase política menos cortoplacista, con la vista puesta en las encuestas electorales. De esta manera, ningún trabajador tendría que elegir entre su puesto de trabajo o vender bombas. Ni encontrarse en el dilema de tener que defender el deterioro del medio ambiente, para defender su empleo. Ni dejarse explotar para llevarse un sueldo a final de mes
                En nombre del empleo no puede valer todo, y eso es responsabilidad de los dirigentes políticos y no de quien necesita trabajar para poder vivir.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Una dimisión acertada


Publicado en Levante de Castellón el 14 de septiembre de 2018
¿Podría haber sido Carmen Montón una buena ministra de Sanidad? Posiblemente. Yo no lo voy a poner en duda, a tenor de su trayectoria en la Consellería de Sanidad de la Comunidad Valenciana y sus cien días en el Gobierno de España. Pero no es eso lo que ha provocado su dimisión, sino las dudas acerca del máster que realizó en la Universidad Rey Juan Carlos (URJC), que no han sido satisfactoriamente despejadas, y ya saben cualquiera que se encontré en la élite gobernante del país, no sólo debe ser honesto, también tiene que parecerlo. Aunque, en los tiempos que corren de jaurías mediáticas al acecho, esto se hace bastante complicado.
Por eso ha hecho bien en dimitir, colocando el listón de la honorabilidad de los políticos muy alto. Y yo, en contra de lo que ahora tertulianos y medios viene diciendo, quiero felicitarla. Porque tomar una decisión así, no es fácil, menos cuando la afectada, como es este caso, piensa que no ha obrado mal. La honra y espero que en el futuro, cuando todo este asunto se aclare, pueda ser resarcida por un comportamiento que no es habitual en la política española.
O por lo menos, no le era. Porque ahora, la derecha y la izquierda de arrobamientos místicos, dicen que son muchas las dimisiones que ha tenido que afrontar el presidente del gobierno en tres meses. ¿Muchas? Parece que seguir una línea de firmeza contra la deshonestidad en el poder se quiere interpretar como debilidad. Claro, como en los gobiernos del PP nadie dimitía y cuando lo hacía era porque las columnas del Olimpo monclovita empezaban a desquebrajarse, esto parece raro. ¿Nos hemos preguntado cuántos ministros y altos cargos del PP en los seis últimos años que han gobernado deberían haber dimitido, por cosas mucho peores que el máster de Carmen Motón? Sin embargo, para la caverna eso no debía ser objeto de atención, a tenor del silencio que mantuvieron en todo momento.
Hay una cosa que me ha llamado mucho la atención y que demuestra el grado de cinismo que existe en este país. Resulta que, según los medios, lo que precipita la dimisión de la exministra es que ha hecho un corta pega en su trabajo de fin de máster. A parte de la poca capacidad intelectual que demuestra esta práctica, me gustaría saber cuántos de los que la acusan y se mofan de ella por eso, han hecho corta pega en sus trabajo universitarios, una práctica, por otro lado, extendidísima en la universidad española, más acentuada desde que existe internet, pero tan vieja como la de Salamanca. Incluso el secretario general del PP, se permite el lujo de decir que Pablo Casado no ha plagiado. ¡Hombre! Como va a plagiar si no ha hecho el trabajo de fin de máster ni nada que se le parezca.
Por cierto, seguimos esperando la dimisión de Pablo Casado, que hay que recordar no está imputado porque es aforado. Por supuesto que el caso del señor Casado no es el mismo que el de la señora Montón, es mucho peor y con un comportamiento más indecente aferrándose al cargo, a ver si escampa. O el del tesorero de Ciudadanos, ese Partido regenerador de España, que es el gran mantenedor de Partido de la corrupción, que todavía sigue en su puesto y Albert Rivera poniéndose de perfil.
Dos últimas consideraciones. La primera, si el diario.com tiene, como dice, muchos nombres de personalidades beneficiadas por la URJC, debería hacer un ejercicio de afirmación democrática y sacarlos a la luz. No dosificarlos en función de los intereses empresariales del periódico. Eso sí sería colaborar a regenerar el país. Segundo, el desprestigio y malas prácticas de la URJC debería ser objeto de una intervención por parte del gobierno, y la apertura de una investigación a fondo sobre quién ha estado detrás de tantos desafueros, por qué se han hecho, quién los ha consentido y a quién ha beneficiado y perjudicad. Es decir, limpiar, abrillantar y dar esplendor.  

viernes, 22 de junio de 2018

50 escritores singulares


Publicado en Levante de Castellón el 22 de junio de 2018
El día 15 de junio se presentó, en ese icono cultural de Castellón, que es el espacio cultural La Bohemia, el libro “50 escritores singulares”, una maravillosa iniciativa, que pone en valor el interesantísimo momento literario que está sucediendo en la provincia de Castellón. El libro recoge cincuenta entrevistas realizadas por Francisco Pérez Benedicto, a otros tantos escritores y escritas, principalmente de Castellón, gracias a las cuales podemos conocer un poco más a quienes nos deleitan con sus libros y escritos. Poetas, cuentistas, novelistas de los que poco conocemos, pero que están ahí, presentes en algún momento de nuestra vida.
                Conocer qué piensan, qué gustos tiene, cómo ven el mundo que les rodea, inevitablemente, nos hace sentir más cerca de los escritores y permite que nos adentremos, un poco, en ese mundo mágico de palabras que va tejiendo, como una sutil tela, el proceso creativo, que acabará desembocando en esa novela que tanto nos ha gustado, o ese poema que ha abierto en canal el río de nuestras emociones.
                El oficio de escribir tiene alrededor un halo mistérico, que lo convierte a los ojos de la sociedad en algo fascinante y casi telúrico. No es de extrañar, teniendo en cuenta que es uno de los oficios más antiguos que existen, desde que nuestros ancestros se reunían en una cueva a escuchar historias fantásticas, alrededor del fuego que les procuraba seguridad. Y es cierto, que para el escritor no hay mayor placer que dejar correr su imaginación, hacer que fluyan las emociones, para plasmarlas en un papel; ahora en la pantalla de un ordenador.
                Pero hay un trabajo, que si bien forma parte de este oficio, no está ungido con el brillo de las letras. Las horas de soledad frente al ordenador, de repensar lo que queremos escribir, de búsqueda de documentación, de tediosas correcciones y cuando ya todo está hecho, cuando el texto palpita recién terminado, llega lo más duro: la búsqueda de editorial, el trabajo de edición, el cansancio de las promociones… todo ello forma parte de la vida del escritor, y no siempre está suficientemente recompensado.
                Son múltiples los problemas que los escritores tienen acumulados desde hace años. Porque mientras, como hemos dicho antes, existe una cierta veneración en la sociedad hacia su oficio, el abandono institucional, la paulatina pérdida de lectores, las trabas que la Seguridad Social impone a la creación literaria, la escasa defensa de los derechos de autor y el ser el último eslabón económico en la distribución del precio del libro, colocan al escritor en una situación de vulnerabilidad absoluta. No es que se pretenda vivir de la literatura; muy pocos son los que lo consiguen, y quien escriba pensado en ello, se equivoca. La literatura no da para vivir, ni ahora, ni antes. La gran mayoría de los escritores han tenido/tienen otro oficio que les reporta ingresos.
                Sin embargo, seguimos escribiendo, vertiendo nuestra imaginación en libros, en periódicos, en pálidas pantallas de ordenador. Porque no hay nada que más satisfacción produzca que la de ver como una historia, unos personajes, unos versos o un pensamiento, va tomando cuerpo, se va construyendo, muchas veces en contra de nuestra voluntad inicial. Hurgar en el fondo de nuestro alma, para convertir lo que saquemos en parte del imaginario colectivo que conforman nuestro lectores, compensa todos los sacrificios, esa falta de inspiración que hay que esperar con el bolígrafo en la mano, ese lado oscuro que rodea todo el proceso de creación y edición.
                No hay mayor recompensa que recibir el aliento de los lectores, que ver como tu obra pasa a ser propiedad de quienes la leen. Porque cada lector es un mundo pleno de sus propias fantasías, sus propios miedos y sus maneras de sentir. Por eso, un libro como “50 escritores singulares” hace que nos sintamos más cerca de quienes habitan al otro lado de las páginas. Y eso es sumamente reconfortante.

viernes, 15 de junio de 2018

Cruces de los caídos


Publicado en Levante de Castellón el 15 de junio de 2018

Estos últimos días vengo haciéndome una pregunta: ¿Cómo es posible que después de cuarenta años la derecha española todavía siga defendiendo el legado de la dictadura de Franco? Se puede entender, que los nostálgicos del dictador se aferren a su figura y a los símbolos de la dictadura, como una manera de sobrevivir a los recuerdos de un patriotismo ramplón que desfilaba al Paso de la Oca marcado desde el Palacio del Pardo. Pero que Partidos que se definen democráticos estén impidiendo el desarrollo de la Ley de Memoria Histórica y defendiendo los símbolos franquista que aún quedan en España, dice mucho de las carencias que tiene esta democracia, sobre todo por el ala derecha del espectro político, que ni siquiera es capaz de responder con contundencia, democrática eso sí, a los resabios de la dictadura que todavía quedan entre nosotros.
                Viene esto a cuenta de la polémica que ha surgido en Castellón por el derribo de algunas cruces franquista en localidades como La Vall d’Uixó o la capital. Polémica alimentada por la derecha provincial, que dice bien poco de la calidad, como demócratas, de algunos de sus representantes. Porque defender, como lo están haciendo algunos dirigentes del Partido Popular y de Ciudadanos en Castellón, la permanencia de símbolos ofensivos para la democracia en localidades de la provincia, es alimentar el sueño, para algunos y quizá para ellos, de que la dictadura todavía está entre nosotros al hacernos rememorar día a día la España de la “Montañas nevadas y bandeas al viento”, como un pasado del que todavía se puede reivindicar algo.
                Decir que para no revolver viejas heridas, es mejor que las cruces en honor de los caídos por Dios y por España, deben seguir en las plazas y los parques, es torticero, porque las heridas siguen abiertas y no se cerrarán hasta que esta derecha, cada vez más ultramontana, deje de defender el franquismo y de poner palos en las ruedas de la memoria histórica. Es una demagogia cuando se dice que los símbolos de la dictadura deben estar ahí para que nunca la olvidemos. Donde tiene que estar la dictadura bien explicada, con rigor histórico, es en los libros de texto o de historia, pero no en las calles, porque una cruz de los caídos, por mucho que se la haya querido lavar la cara, no es un recuerdo del pasado, sino una exaltación del franquismo y su régimen fascista. No hay ningún país democrático que no haya eliminado de sus callejeros y de sus plazas, cualquier vestigio que rememorara el fascismo que imperó en algún momento de su historia. Sin embargo, en España seguimos obligados a vivir con ello.
                Pero lo que más vergüenza ajena produce, es que algunos dirigente del PP y de CS hayan decido utilizar la defensa de los símbolos franquista como arma arrojadiza electoral. Eso nos da una idea de la talla política de algunos de ellos (estoy seguro que tanto en un partido como en el otro hay dirigentes que deben estar sonrojados por la torpeza política a la que estamos asistiendo), que incapaces de hacer una oposición digna de tal nombre, no tienen empacho en agarrarse a Franco, para justificar su acción política. Triste que sea así, y que no se den cuenta, que están alimentando un monstruo dormido en España durante décadas,  con sus acciones. Si es que ellos/as no son miembros activos de ese monstruo.
                Las cruz de La Vall d’Uixó y la de Castellón, como otras tantas, por mucho que se les cambie el nombre o se quiera que parezcan monumentos a la reconciliación, no dejan de ser símbolos que la dictadura puso allí para recrear su poder y recordar a quien quisiera oponerse a ella, que la guerra contra el rojo no había terminado. Además, es un recuerdo demasiado explícito de la empática colaboración que tuvieron la Iglesia y la dictadura, y eso en una sociedad democrática y aconfesional no se puede tolerar. Por eso las cruces deben desaparecer y si se quiere hacer un  monumento que recuerde a las víctimas de todos los terrorismos, de todas las violencias, que se haga, pero que sea un monumento democrático y no nos recuerde un tiempo gris y demasiado dramático para millones de españoles, excepto para la derecha empeñada en defenderlos. 

viernes, 8 de junio de 2018

¿A qué huelen las nubes?


Publicado en Levante de Castellón el 8 de junio de 2018


Preguntaba en un anuncio de televisión una conocida marca de compresas. Una pregunta tonta, que no merece la pena ni contestar, por lo obvia que es la respuesta. Igual que la que se hacen hoy muchos “ciudadanos” del por qué  no se convocan elecciones. La respuesta es igual de simple: porque no hace falta; porque el país no pude estar enfrascado en procesos electorales cada vez que a un partido le interesa.

                Sin embargo, una parte de la derecha insiste machaconamente en hacernos creer que la única solución para España es la convocatoria de elecciones. Como si una moción de censura fuese un mecanismo espurio de sustitución de un presidente del gobierno, que ya no debe serlo, por todas las razones que ustedes saben. Parece que a esa España de una única dirección, no le gusta que se aplique la Constitución, por lo menos cuando a ellos no les interesa  o quizá es que no se la han leído, al igual que cuando piden la prolongación del artículo 155 en Cataluña, saltándose a la torera el acuerdo de aplicación en el Senado de este artículo constitucional, con su voto entusiasta. Aunque, me inclino más a pensar que la Ley conocerla sí la conoce, pero aplicarla, sólo cuando se les ajusta. Claro, que luego están los verdaderos damnificados de la moción, que todavía no entienden por qué se presentó y se ha aprobado, sin motivo aparente, sólo por la ambición de un señor por ser presidente, que además ha traicionado, no sabemos muy bien a quién, si a España, a los españoles, a la Constitución, a ellos mismos, a la selección española o a esa idea de que sólo la derecha tiene capacidad para gobernar por mandato divino.
                Parece, que ni los 180 diputados que han votado a favor de la moción de censura ni los doce millones de españoles que representan, tiene la categoría suficiente para desalojarlos del poder o impedir que se convoquen elecciones. Como si estuviéramos en una democracia censitaria, y los votantes de las diferentes sensibilidades políticas que no sea la suya, tuvieran un voto de menor importancia que los de la derecha nacional española. Eso es lo que no pueden soportar, que la democracia se despliegue en toda su plenitud y les arranque del poder real o demoscópico. Para ello se sacan de la manga la demagogia de que son los españoles votando los que deben solucionar esta situación. Como si no hubiéremos votado ya hace dos años y esos votos hayan servido para que un partido corrupto salga del gobierno y otro, muletilla del partido corrupto, ya no pueda aparentar ser el único que pude poner freno a la corrupción en España.
                Está claro que la Constitución ha funcionado con una precisión de reloj suizo en este caso; que la moción de censura ha concitado apoyos suficientes de aquellos que por corrupción o por mal gobierno han considerado que el ejecutivo actual debía dejar de gobernar, y lo ha  hecho de una manera legítima y ajustada a derecho. También está claro que ahora el nuevo gobierno tendrá que tejer un  mosaico de apoyos, que no van ser fáciles si quiere prolongar la legislatura hasta el final. Todo eso lo tenemos claro, incluso que la derecha va a ejercer una oposición durísima y no siempre constructiva, por diferentes intereses, pero va a ser así, y no será ilegítimo que lo hagan, siempre que se respeten unas normas de tolerancia y moralidad política mínimas, ajustadas a la democracia. Pero el gobierno se acaba de nombrar y es de buena educación política dejarle aterrizar y que tenga un periodo de cortesía para ver qué es lo que hace. Aunque la cortesía en política hace ya mucho tiempo que se perdió.

¿A qué huelen las nubes? Preguntaba en un anuncio de televisión una conocida marca de compresas. Una pregunta tonta, que no merece la pena ni contestar, por lo obvia que es la respuesta. Igual que la que se hacen hoy muchos “ciudadanos” del por qué  no se convocan elecciones. La respuesta es igual de simple: porque no hace falta; porque el país no pude estar enfrascado en procesos electorales cada vez que a un partido le interesa.
                Sin embargo, una parte de la derecha insiste machaconamente en hacernos creer que la única solución para España es la convocatoria de elecciones. Como si una moción de censura fuese un mecanismo espurio de sustitución de un presidente del gobierno, que ya no debe serlo, por todas las razones que ustedes saben. Parece que a esa España de una única dirección, no le gusta que se aplique la Constitución, por lo menos cuando a ellos no les interesa  o quizá es que no se la han leído, al igual que cuando piden la prolongación del artículo 155 en Cataluña, saltándose a la torera el acuerdo de aplicación en el Senado de este artículo constitucional, con su voto entusiasta. Aunque, me inclino más a pensar que la Ley conocerla sí la conoce, pero aplicarla, sólo cuando se les ajusta. Claro, que luego están los verdaderos damnificados de la moción, que todavía no entienden por qué se presentó y se ha aprobado, sin motivo aparente, sólo por la ambición de un señor por ser presidente, que además ha traicionado, no sabemos muy bien a quién, si a España, a los españoles, a la Constitución, a ellos mismos, a la selección española o a esa idea de que sólo la derecha tiene capacidad para gobernar por mandato divino.
                Parece, que ni los 180 diputados que han votado a favor de la moción de censura ni los doce millones de españoles que representan, tiene la categoría suficiente para desalojarlos del poder o impedir que se convoquen elecciones. Como si estuviéramos en una democracia censitaria, y los votantes de las diferentes sensibilidades políticas que no sea la suya, tuvieran un voto de menor importancia que los de la derecha nacional española. Eso es lo que no pueden soportar, que la democracia se despliegue en toda su plenitud y les arranque del poder real o demoscópico. Para ello se sacan de la manga la demagogia de que son los españoles votando los que deben solucionar esta situación. Como si no hubiéremos votado ya hace dos años y esos votos hayan servido para que un partido corrupto salga del gobierno y otro, muletilla del partido corrupto, ya no pueda aparentar ser el único que pude poner freno a la corrupción en España.
                Está claro que la Constitución ha funcionado con una precisión de reloj suizo en este caso; que la moción de censura ha concitado apoyos suficientes de aquellos que por corrupción o por mal gobierno han considerado que el ejecutivo actual debía dejar de gobernar, y lo ha  hecho de una manera legítima y ajustada a derecho. También está claro que ahora el nuevo gobierno tendrá que tejer un  mosaico de apoyos, que no van ser fáciles si quiere prolongar la legislatura hasta el final. Todo eso lo tenemos claro, incluso que la derecha va a ejercer una oposición durísima y no siempre constructiva, por diferentes intereses, pero va a ser así, y no será ilegítimo que lo hagan, siempre que se respeten unas normas de tolerancia y moralidad política mínimas, ajustadas a la democracia. Pero el gobierno se acaba de nombrar y es de buena educación política dejarle aterrizar y que tenga un periodo de cortesía para ver qué es lo que hace. Aunque la cortesía en política hace ya mucho tiempo que se perdió.

jueves, 31 de mayo de 2018

Emergencia democrática



Escribo este artículo con la sensación de ser un funambulista sobre una cuerda muy floja, porque no es fácil opinar sobre algo que está sucediendo en el momento que ustedes lo lean y, mucho menos, con la incertidumbre del resultado. Uno no deja de tener cierta sensación de vértigo ante la velocidad de los acontecimientos que pueden convertir las palabras en una escritura inútil.
                ¿Pero se puede escribir estos días algo que no tenga que ver con la situación de emergencia democrática que tiene España? Se podría, pero cuando un país se despierta del sueño hipnótico al que ha estado sometido durante años por un partido político que se ha dedicado a espoliarlo en nombre de la patria, es difícil sustraerse al deseo de decir algo.
                Parece que casi todo el mundo lo tiene claro: el Partido Popular se ha convertido en un ente tóxico para el país. No sólo por la corrupción, también por su incapacidad para afrontar  las exigencias de una nueva organización territorial del Estado; por tener paralizado el Congreso con su inacción, que impide sacar adelante iniciativas aprobadas en Pleno; por haber abierto una brecha social y de género, que es sonrojante como sociedad; por haber ido, silentemente, desmantelando el estado de bienestar: sanidad, pensiones, educación, etc., con el único fin de privatizar sus servicios; por haber conseguido que España sea un país irrelevante en el concierto internacional; por haber desregularizado, hasta tal punto, las normas laborales, que ha convertido a los trabajadores/as en nuevos esclavos del capital. En definitiva, por estar destruyendo el país y la convivencia poco a poco, sin más interés que el de aferrarse al poder.
                Pero todo lo anterior ya lo sabíamos y, de alguna manera, consentíamos, instalados en la desidia democrática que ha permitido que ese mismo Partido siga gobernando el país. El problema es que ahora, además, ha sido condenado por corrupción y ya no puede haber medias tintas, ni echarse las manos a la cabeza mientras se les mantiene en el poder, ni enrocarse en reivindicaciones territoriales, para seguir fingiéndose víctimas de un gobierno malo, malísimo, que no les deja en paz. Un país democrático no puede consentir estar gobernado por un Partido (aquí hay que recordar a los miembros del gobierno y su presidente, que ellos están ahí porque su Partido posibilita que estén) infectado de corruptos, ahíto de corrupción y ya condenado por ello.
                Por eso resulta increíble, que presentada una moción de censura, casi todos los Partidos estén más pendientes de sus cálculos electorales, ante la gravísima situación de crisis institucional y democrática que vivimos, que de comprometerse en una solución de regeneración, que vuelva a instalar la decencia en este país. Ahora no es posible nadar y guardar la ropa; en  otro momento, a lo mejor sí, pero ahora no. El problema es cuando se confunden españoles con votos o vascos von votos o catalanes con votos, y tanto nacionalismo electoral es capaz de sacrificar el bienestar del país por el interés del propio Partido.
                Aferrarse al poder tiene consecuencias graves para quien lo hace, porque siempre se acaba perdiendo la noción de la realidad; también para la sociedad, que termina convirtiéndose en un juguete en manos de intereses espurios. Pero cuando el país lo reclama, que los Partidos de la oposición sean incapaces de alcázar un acuerdo de mínimos para regenerar la democracia, nos revela que algo no está funcionando y que las reformas deben ser de mucho más calado, que una mera operación estética de cambio de presidente o convocatoria de elecciones, para que todo siga igual.  

domingo, 27 de mayo de 2018

Albert Primo de Rivera


Publicado en Levante de Castellón el 25 de mayo de 2018
«Nosotros amamos a Cataluña por española, y porque amamos a Cataluña la queremos más española cada vez…» Esta frase no está dicha por Albert Rivera en una arranque de patriotismo de bandera, de esos que tanto le gustan, y que hacen llorar a Marta Sánchez cuando canta envuelta en su delirio rojo y gualda el himno de España, con ese engendro de letra, más propio de otros tiempos en que Isabel la Católica era la reina que cosió la unidad nacional, por la gracia de Dios y de Franco. No señores y señoras, la frase pertenece a un discurso que dio José Antonio Primo de Rivera en el Congreso el 4 de enero de 1934, un par de meses después de que las elecciones las ganara la derecha, poniendo fin a los sueños reformistas que la sociedad española había puesto en la  República, comenzando lo que la historia ha denominado “el Bienio Negro”, aunque lo que vino después fue mucho peor.
                Sorprende el parecido, incluso hasta físico, que se está produciendo entre José Antonio, fundador de la Falange Española y Albert Rivera, fundador de Ciudadanos. Pensarán ustedes que esto es una exageración, pero la deriva nacionalista española que está tomando el partido de Rivera, nos está haciendo pensar que ya sólo les separa de los del yugo y las flechas el color de las camisas: azul marino los unos y naranja los otros. Y también un asunto no menor: la sinceridad de Albert Rivera cuando dice que su proyecto es liberal y su intención es convertir España en el paraíso del “laissez faire, laissez laissez passer”, es decir, en la  nueva barragana del capitalismo globalizado. En cambio, José Antonio Primo de Rivera, como buen fascista, abominó del liberalismo, y como buen fascista era defensor, por debajo de la mesa camilla,  del ultra capitalismo.
                Pero lo que a los dos les une, es esa palabrería envuelta en patrias, separatismo, etc., que sólo pretende una España cegada por la bandera, que si estamos ciegos, nunca sabremos por donde nos vienen los palos. Es sorprendente la afinidad de pensamiento entre uno y otro, en cuanto a su idea de España como una unidad de destino en lo universal. Veamos dos discursos que tienen 84 años de distancia: «Pero para realizar esta tarea, España ha de estar unida. Nada de partidos. Nada de izquierdas ni derechas. Unas y otras miran el interés patrio, desde su propio interés», del discurso que José Antonio dio en Fuensalida, provincia de Toledo, el 20 de mayo de 1934. Comparemos, salvando las distancias: «Recorrido España yo no veo rojos y azules, veo españoles; no veo jóvenes y mayores, veo españoles; no veo creyentes y agnósticos, veo españoles. Vamos a unirnos para recuperar el orgullo de pertenecer a esta gran nación», del discurso dado por Albert Rivera en Madrid, el 20 de mayo de 2018.
                Una España llena de españoles, donde no entran los pobres, ni los ateos, ni las mujeres, ni los pensionistas, ni los parados, ni la gente que pasa hambre, ni quienes sufren violencia de género, ni…; una España llena de españoles sin diferencias, todos iguales -como en la novela de Aldous Huxley: “Un mundo feliz”-, plagada de símbolos patrios: la bandera, el himno, Marta Sánchez, la selección y el abrazo de la historia entre dos hombres que tenían una idea: pintar toda España del mismo color,  y dejar que sus habitantes vivan en la intemperie. «España es irrevocable. Los españoles podrán decidir acerca  de cosas secundarias; pero acerca de la esencia misma de la unidad de España, no tienen nada que decir». Cualquiera de los dos pudo haber pronunciado este discurso, por ello ni me molesto decir de quién es.

domingo, 20 de mayo de 2018

Amaia y Alfred


Publicado en Levante de Castellón el 18 de mayo de 2018
La lúcida respuesta de Amaia, la joven cantante que junto con Alfred ha representado a España en el Festival de Eurovisión, a Isabel Sansebastián, cada vez más hundida en las profundidades de la caverna, resume en pocas palabras lo que la izquierda y la derecha no nacionalista, no ha sabido expresar después de años de sesudas reflexiones y desconcierto. «Queremos a nuestro país a nuestra manera, no existe sólo una manera de querer un país». Fin de la cita, y la sociedad española, harta de tanto besuqueo a la bandera, se  queda perpleja, porque una chica de 20 años, sin rencor, sin enojo en la mirada, nos ha dado una lección de convivencia, que a muchos debería hacernos sonrojar.  
                La caverna nacionalista española, con la vena hinchada de fascismo en el cuello, no puede soportar que alguien tenga una idea de España diferente a la suya,  que está más próxima a  la dictadura de Franco, que a una democracia tolerante y libre. Les asusta ese amor diferente, porque eso les quita la patente de la patria, que tan buenos resultados les ha dado. Y Amaia y Alfred, en las antípodas de esa España de besamanos, trompetas celestiales e himnos a la raza, son un grano en el culo, que les ha estropeado esa fiesta de orgullo patrio que es para ellos el Festival de Eurovisión, aunque quedemos en los últimos lugares. Posición que les sirve para agitar el espantajo del nacionalismo más rancio de camisas azules y desfiles brazo en alto. El “no nos quieren fuera, porque nos tiene envidia”, que tanto les gusta a aquellos que  no han superado todavía la derrota de los Tercios de Flandes, que sembraron de terror media Europa, en los tiempos de gloria imperial, que tanto añoran.
                Al nuevo/viejo fascismo disfrazado de demócrata, ahíto de liberalismo rojiualdo, ya le ha molestado que la pareja de jóvenes eurovisivos se llamasen Alfred y Amaia y no Jorge y María. En su paranoia contra los nacionalismos periféricos, tenían que ser una navarra y un catalán quienes representaran a España, como si no hubiera otros. Ya saben que en la mente de la caverna, un catalán, un vasco, un navarro…, son españoles de segunda categoría, no de pura raza castellana, como mandan los cánones de los decretos de nueva planta, que acabaron en el siglo XVIII con la España diversa y cuasi confederal de los siglos anteriores. Encima, para sentir más la afrenta, Alfred y Amaia, al igual que muchos otros españoles, piensan que  no estaría mal que algún año el/la representante español/a cantara en alguna de las lenguas vernáculas existentes en el Estado.
Son demasiadas ofensas para los oídos de esa nueva/vieja derecha postfranquista, que además tiene que soportar ver como Alfred le regala a Amaia un libro de Albert Pla (atención: un hereje catalán) que se titula: “España de mierda”, que a pesar de lo que ustedes puedan creer no tiene nada que ver con la política.
                Alfred, Amaia: os ha caído la del pulpo, porque no os van a dejar, les venís muy bien para seguir destruyendo el país con sus delirios ultranacionalistas. Pero no os debe importar. A otros les ha pasado antes, como a Serrat que se negó a cantar el “La-La-La”, en 1968, si no lo hacía en catalán, y ha sobrevivido y triunfado, Por eso, seguir con vuestra carrera después de desintoxicaros de tanta mala baba que hay en este país. Nos habéis dado una lección de humildad y de clarividencia, al hacernos ver que hay muchas maneras de amar, no sólo a tu país, sino a todo lo que nos rodea, y además, cantáis bien.

¡¡Gibraltar español!!

Publicado en Levante de Castellón el 30 de noviembre de 2018 Este país inventó la astracanada, un subgénero teatral de situaciones dis...