domingo, 28 de mayo de 2017

El Talón de Aquiles de Pedro

         
                                                                                         Imagen: Autor desconocido
Publicado en Levante de Castellón

“Alea iacta est”. Con esta frase, Julio César puso en manos del destino el futuro de Roma al cruzar el río Rubicón con una de sus Legiones. Para lo bueno y para lo malo, la suerte estaba echada y Roma ya no volvió a ser la misma, aunque todavía le quedaban varios siglos de ser la gran potencia mundial que pasó a la Historia.
                 El domingo pasado otra suerte se ha puesto en liza, salvando todas las distancias históricas y temporales, en el socialismo español. Esta vez, mucho menos incruenta que la guerra civil que asoló Roma tras el golpe del procónsul César, y más democrática, todo hay que decirlo, pero no exenta de parecerse a una guerra civil, políticamente muy cruenta, que va a dejar muchos cadáveres, en el sentido figurado, tirados en la cuneta. Porque lo vivido en los últimos tiempos en el PSOE, en donde las élites del Partido han tensado tanto la cuerda para hacerse con el poder, ha creado una fractura tan grande, que difícilmente va a poder coserse y sanar, salvo que pudiera alzarse con el poder del gobierno, situación que no cura, pero es un bálsamo que evita que las heridas supuren. Y ahí es donde va a estar su Talón de Aquiles.
                Unas primarias en un país como España, de filias y fobias, que con facilidad se convierten en el modus vivendi modus subsistendi de muchos, corren el riesgo de convertirse en un enfrentamiento fratricida, sino no están muy controlados los daños producidos por la artillería durante las semanas de enfrentamiento. Meterse en una guerra pensando en aplastar al enemigo si se vence, no tiene ningún resultado positivo, más bien destruye la convivencia en la comunidad, forzando a quien gana a tener mano dura contra cualquiera que trate de levantar la cabeza contra el vencedor.
                Me van a disculpar tanto símil bélico, pero la sensación que le queda a un ajeno al Partido Socialista es que no se ha planteado el debate en torno a unas ideas y unos candidatos, que aspiraban a convertirse en líderes del Partido, sino que hemos asistido a un conflicto con tanta beligerancia, que recuerda, excesivamente, a otros tiempos, en los que había que destruir al enemigo para empezar un tiempo nuevo.
                Pero el nuevo PSOE, como decía antes, tiene un Talón de Aquiles, y es que ya no va a ser el Partido hegemónico de la izquierda, ya no va a poder alternarse en el poder con la derecha, como lo ha venido haciendo desde la Transición. Porque el Partido Socialista surgido en Suresnes, el que fue capaz del fagocitar en la Transición al resto de socialismos patrios, ha pasado a la historia, con sus luces y sus sombras, y ya es carne de los libros de texto.
                El nuevo secretario general, tiene que ser consciente de dos cosas: la primera que la socialdemocracia ya no es válida para abanderar la izquierda, simplemente porque la sociedad ha cambiado y aquella no ha sabido adaptarse a esos cambios; y la segunda, que como consecuencia de esa derrota, está surgiendo otra izquierda, con la que va a tener que compartir el poder, si es que algún día, ambas izquierdas son capaces de entender esto y ponerse de acuerdo para gobernar.

                 Difícil tarea tiene Pedro Sánchez, con un Partido roto y una sociedad que ya no tiene en él el referente mayoritario de la izquierda. Si no abandona los coqueteos con el neoliberalismo, que muchos dirigentes de su Partido mantienen; si no se desmarca de todos aquellos que han entendido el PSOE como un aparato de poder y medro personal, cada vez más distanciado de la militancia y la ciudadanía; si no es capaz de resituar a su Partido en el  nuevo contexto político del país y la izquierda, no viendo a Podemos como el enemigo a batir, antes que a la derecha, estas primarias sólo habrán servido para despeñar más rápido al PSOE por el abismo. Y eso no es bueno, ni para la izquierda, ni para el país.  En cualquier caso, enhorabuena a Pedro Sánchez y a todos los que han creído en el PSOE que la utopía del cambio es posible, incluso con todas la élites del poder en su contra.

lunes, 22 de mayo de 2017

Microfranquiasmo


Publicado en Levante de Castellón el 19 de mayo de 2017

Parece que en este país no vamos a desprendernos del franquismo nunca, está tan instalado en el subconsciente de una parte de la sociedad, que no produce sonrojo leer o escuchar declaraciones de algunos políticos de la derecha nacional, defendiendo lo bueno de la dictadura (¿alguien me puede explicar qué es lo que tiene de bueno una dictadura?) o aferrándose a la simbología franquista, como expresión de sus sentimientos políticos, tan visible todavía en nuestro país, en calles, plazas y parques, y lo que es más grave, tan ausente en los programas educativos, para que las generaciones posteriores a Franco, no tengan duda alguna que el régimen que este general, a sangre y fuego impuso, llamado, por la gracia divina de la conferencia episcopal española, a ser caudillo de España, es el peor de los sistemas políticos posibles.
                No voy a hablar en este artículo de las implicaciones de la derecha española con el franquismo; ni de la amnistía que supuso la Transición para todos los delitos cometidos por un régimen que asesinó a cientos de miles de compatriotas, por el simple hecho de ser sus disidentes; no hablaré del control de la economía que ejercen las grandes familias que se enriquecieron con el franquismo, y han coinvertido a España en un corral infectado de corrupción, algo normal, si tenemos en cuenta que todas ellas  acumularon o ensancharon su fortunas, gracias a las prácticas corruptas que durante cuarenta años fomentó la dictadura. Tampoco voy a hablar del franquismo latente y añorado en la cúpula de la Iglesia Católica, que tanto echa de menos aquellos años que pusieron de rodillas a todo el país, para que rezara por la gloria y larga vida del dictador. Ni siquiera hablaré del Valle de los Caídos, monumento a la ignominia de un país, que permite que siga en pie esa gran tumba del dictador y del fundador del Partido fascista que lo sostuvo durante cuatro décadas en el poder. No voy a hablar de nada de eso, hasta me salto el incumplimiento sistemático de la Ley de Memoria Histórica por los poderes de la derecha o las injurias de algún portavoz del Partido en el gobierno, contras las víctimas del franquismo.
                Lo que más preocupado me tiene, realmente, es la cantidad de pequeños actos profranquistas (microfranquismo podríamos llamarlos) que se viene produciendo últimamente a lo largo y ancho del país. Entierros de exministros de Franco, con brazos en alto y exaltación fascista; alcaldes que se niegan a retirar símbolos o nombres franquistas de sus pueblos; medios de comunicación que no dudan en machacar mediáticamente a Partidos democráticos, porque no son de su agrado, y sin embargo confraternizan con la extrema derecha sin pudor alguno. Demasiadas añoranzas de Franco y su dictadura, que están en la base del discurso clásico de la derecha para no hacer nada en contra de lo que esta supuso. Es habitual que escuchemos frases como: “dejemos a los muertos en paz”, “no hay que revolver el pasado”, “Franco hizo cosas buenas” o “los antifranquistas sólo quieren venganza por lo que ocurrió hace ochenta años”. Todo ello, con el silencio cómplice de la sociedad española y sus instituciones.
                No nos ha de sorprender, entonces, que en Castellón se hayan recogido 14.000 firmas, según un diario local, para que se mantenga la cruz levantada en el Parque Ribalta en honor a los caídos por Dios y por España, una cruz que debería haber sido retirada hace tiempo, porque además, como símbolo religioso, no pinta nada en un parque público y civil y porque recuerda demasiado a la vinculación de la Iglesia con la dictadura.


                Lo que sí sorprende, es que la concejala portavoz del Partido Popular en el Ayuntamiento de Castellón haya salido en defensa de la no retirada de la cruz. “No entiende –dice- por qué les preocupan tanto los muertos. Si no se ocupan de los vivos”. No quiero creer que esta concejala esté defendiendo al franquismo, que posiblemente por edad no ha conocido y desgraciadamente, tampoco estudiado en la escuela, lo que me lleva a pensar que lo utiliza para atacar al gobierno municipal actual. Se equivoca. No todo vale en la labor de la oposición. Ella, como portavoz de su Partido en el Ayuntamiento, debería haber apoyado la moción, porque de lo que se está tratando es de devolver a Castellón a una normalidad democrática, que no será plena hasta que todos los símbolos franquistas hayan desaparecido de la ciudad. La democracia, el único hueco que debe dejar para el recuerdo del fascismo, es el de mantener viva la maldad de esa ideología. Por ello, una persona que representa a un Partido democrático en Castellón (a mí me consta que muchos de sus compañeros de filas lo son) si se afana en defender un símbolo que representa a la dictadura franquista, flaco favor está haciendo a su Partido, a sus correligionarios y a la convivencia democrática. 

viernes, 19 de mayo de 2017

"El Retablo de NO" novela de Luis Rodríguez


   Luis Rodríguez tiene una novela en la cabeza, y nos la va dosificando poco a poco en los sucesivos libros que va publicando. No es una novela cualquiera, es simplemente una novela sobre la vida, mejor dicho, sobre cómo miramos los mortales la vida en nuestra intimidad; cómo pensamos todo aquello que no nos atrevemos a decir. Es esa mirada turbia, pero lúcida de las cosas que nos sitúa frente a nuestros propios engaños diarios, esos que nos hacen ir hacia adelante. Vivir no es fácil, y lo soportamos con un velo que envuelve lo que somos: seres adorables, capaces de pensar las mayores barbaridades,  qué sólo  nuestra cobardía nos impide hacer.
                En “El Retablo de NO” (Tropo Editores 2017), Luis Rodríguez vuelve a utilizar los personajes como objeto de sus reflexiones, y otra vez más no defrauda. Con una escritura impecable, uno a uno van siendo cómplices de la mirada que tiene el autor de la vida, puestas en sus bocas reflexiones y aforismos que nos invitan a la risa, esa risa que nos produce leer lo que muchas veces no nos atrevemos ni a pensar, pero que no por ello dejan de ser verdades escondidas en el pliegue de nuestras vergüenzas.
                Por ello, volver a leer a Luis Rodríguez, es como no haber dejado de hacerlo nunca, y ese torrente de frescura intelectual que sentimos en sus anteriores novelas, vuelve a recorrer nuestra conciencia y a producirnos el placer de una buena lectura, ajena a las corrientes literarias que encada momento puedan estar de moda.
                “El retablo de No” es una contradicción entre el deseo y la realidad. Esa que viven los actores a caballo entre su vida real y los personajes que representan, en munchas ocasiones tan vividos, que no son capaces de distinguir entre una y otros. Actuar es un espejismo. Como leer. La vida es una mierda, le dice Claudio a José Ángel, el personaje principal, que se decide a dirigir Hamlet porque Shakespeare no le gusta.
                Los personajes, que tiene en la vida real los mismos nombres que los de la obra de Hamlet,  reflexionan sobre su pasado y el futuro, de su identidad perdida y recuperada cada noche en el escenario. Huyen de sí mismos, porque la herida se mueve y sólo cicatriza cuando ya no son ellos, sino otros.

                En esa gran novela, que por entregas Luis Rodríguez va escribiendo en diferentes escenarios y con distintos personajes, que en el fondo tienen todos la misma esencia, estos se mueven como diletantes intelectuales por la vida, ofreciéndonos una panoplia de reflexiones sobre su visión del mundo, sobre la soledad que todo lo impregna cuando se enfrentan al espejo de sus contradicciones y ven que todavía están ahí. Dale la vuelta a tu vida. Si finges la realidad, si vives la ficción como real, verás que ni la actuación aburre ni la vida pesa”.  Dejo esta última reflexión del personaje José Ángel, que bien podría ser del autor Luis Rodríguez.

domingo, 14 de mayo de 2017

Entrevista a Lidón Sancho

El arte contemporáneo es un termómetro de la sociedad, de cómo está funcionando la manera que tenemos de gestionar las emociones”.

Lidón Sancho Ribés, es especialista en educación artística y doctora de Arte Contemporáneo por la Universidad Jaume I de Castellón, además desarrolla una importante labor como comisaria de exposiciones. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que se mueve empujada por una pasión: enseñar a comprender el arte, porque en ese conocimiento está su fuerza liberadora y trasformadora de la sociedad y de las personas que la forman. Educadora artística y comisaria de exposiciones, son las dos actividades que forman el eje central de su vida profesional. Acaba de publicar un libro titulado: “Regina José Galindo: la performance como arma” (UJI. Servicio de Publicaciones., 2017), como reivindicación de una artista que tiene en la performance un instrumento de denuncia social, que trata de remover nuestras conciencias.

Quedamos a charlar en la terraza de una cafetería de Castellón, en una luminosa mañana de primavera, y enseguida entramos en materia, porque urge descubrir qué se esconde detrás de esa mirada perspicaz que tiene Lidón Sancho sobre la vida y el arte contemporáneo. 

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jueves, 11 de mayo de 2017

Los vapores del vino en la literatura del Siglo de oro

Este artículo está publicado en la revista Jot Down en mayo de 2017


Los vapores del vino en la literatura del Siglo de Oro



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Hablar hoy, en el siglo XXI, del vino, es entrar en el universo de la gastronomía, convertida en uno de los principales placeres que el ser humano moderno puede alcanzar. El vino, como parte de ese mundo gastronómico marcado por excelentes cocineros, proliferación de establecimientos que ofrecen todo tipo de propuestas diferentes para acercarse a la comida y grandes campañas de marketing que han elevado el arte de comer al Olimpo de nuestra cultura, se ha hecho un hueco en nuestros paladares, después de años de ser considerado una bebida vulgar, en muchos casos asociada a borrachines, y no son pocos los que presumen de tener una buena nariz y los conocimientos suficientes para poder hablar con soltura de este o aquel caldo... (sigue leyendo)



domingo, 7 de mayo de 2017

Moción de censura


En mayo de 1980 Felipe González presentó una moción de censura contra el gobierno de Adolfo Suárez sabiendo que no podía prosperar. Los motivos que impulsaron al PSOE a dar esta paso fueron la decadencia que estaba instalándose en política española, con el parón que suponía para democracia; eso, al menos, fue la versión oficial, pero hubo otro motivo que llevó a Felipe González a dar el paso de la moción: arrinconar a Suárez y que los españoles visualizaran a los socialistas como una alternativa fiable de gobierno. Es decir, el trasfondo de aquella iniciativa parlamentaria no fue otro que la pura promoción de Felipe González a una futura presidencia del Consejo de Ministros. No preocupaba, realmente, el resultado de la misma, pues este ya se sabía de antemano, algo que a los socialistas no pareció importarles, para llevar adelante sus planes y poner en solfa el grave deterioro político que estaba padeciendo el país debido a la situación de descomposición que se estaba produciendo en la UCD por sus luchas de poder internas. 
En definitiva, utilizaron un mecanismo legal, recogido en la Constitución para situaciones no de emergencia nacional, pero sí de incapacidad gubernamental para atajar problemas graves que pueden afectar al buen funcionamiento de la democracia o la sociedad.  
                La segunda moción de censura la presentará Alianza Popular en 1987 por motivos parecidos de promocionar a su secretario general, entonces Antonio Hernández Mancha, que ni siquiera tenía escaño en el Congreso de los Diputados.  Esta fue, como ha calificado el diario ABC el 29 de abril de este año un “tiro al aire”, pues no tenía mayor razón que la expuesta.
                Ahora, UNIDOS-PODEMOS presenta otra moción de censura que no está muy alejada, en la sustancia, de aquella que presentó el PSOE en 1980. Sin embargo, parece que los convocantes están cometiendo un delito contra la patria, por el mero hecho de haberla anunciado.
                Deberíamos preguntarnos, más allá de los furibundos ataques que está sufriendo la formación morada, si está justificada su presentación o es meramente una operación de estética para tener más relevancia en la vida política y parlamentaria.  Cabe pensar que algo de esto puede haber, nadie está exento de sucumbir a los focos mediáticos, en una sociedad donde uno sólo existe si aparece en los medios de comunicación. No obstante, la situación de corrupción que protagoniza a diario el Partido de gobierno, hace pensar que puede haber motivos sobrados para una moción de censura, porque se está llegando a un punto de extrema gravedad ético/moral, que empieza a resultar del todo punto insostenible.
                El argumento más utilizado en contra de ella es que se trata de un intento baldío, pues no va a prosperar, entonces, para que molestarse. Sin embargo, y ahí es donde puede venir el miedo de muchos, el debate de la moción va a suponer poner blanco sobre negro sobre el expolio al que ha sido sometido este país por no pocos dirigentes del Partido Popular. Pero, también, sitúa al resto de la oposición frente al espejo de la corrupción, porque es tan nociva cuando se comete, como cuando se consiente, por activa o por pasiva.
                Un estudio aproximado que intenta cuantificar el coste de la corrupción en estos años, la sitúa entorno a los 40.000 millones de euros. En un país castigado por el recorte del estado de bienestar, no es cantidad menor. Cuantos problemas económicos habríamos dejado de tener si se hubiera podido disponer de ese dinero. Pero es que hay más. La connivencia de los corruptos con ministros, poder judicial y fiscalía, es tan escandalosa, que  nadie que se tenga por honesto debería pasarla por alto.  Por ello, la moción de censura al gobierno, independientemente de su resultado, puede, debe, ser un acto de profilaxis democrática, que si no tiene consecuencias a corto plazo, si pueda tenerlas a medio y largo.
                Decía Alfonso Guerra en 1980, defendiendo la moción de su Partido contra la UCD que “la democracia no soporta a Suárez; cualquier avanza democrático pasa por la desaparición de Suárez”. Palabras que son perfectamente trasferibles a la actualidad, pues si un jefe de gobierno, que además es el presidente del Partido que ha convertido a España en el patio de Monipodio, sin acabar de una manera contundente con todos los corruptos que hay en su interior, y pedir perdón a los españoles por el daño que les haya podido hacer tanta corrupción, es el responsable último y, por tanto, debería dimitir, y si no forzar para que lo haga y el Partido Popular, pueda refundarse como un Parido limpio y honesto. Se lo deben a todos los militantes y dirigentes honrados que tienen, y a la sociedad española en su conjunto.
                Pero lo que llama la atención es que parte de la oposición se ha tomado la moción de censura como una afrenta a ellos, lanzando todo tipo de improperios a los convocantes. Da la sensación que les viene mal, por razones que tiene que ver por la situación interna de cada Partido, o porque para otros es preferible sostener en el gobierno a Rajoy a que deje de  gobernar la derecha. Por no hablar de los nacionalismos, que una vez más, sólo analizan la realidad con las orejeras de sus intereses nacionalistas.

                Dicen algunos, para justificar su no apoyo a la moción, que al final beneficiará a Rajoy.  Evidentemente que será así, si ellos permiten que la moción de censura no prospere y España saiga siendo un circo de maleantes y facinerosos. Este sí que es un circo de alto riesgo, que mucho nos tememos va a seguir de gira. Es el  tiempo de tomar Partido y dejar de ponerse mascarillas para disimular el mal olor.

miércoles, 3 de mayo de 2017

"La peste del azahar" Novela de Joan Montañés Xipell

               

                La primera novela de Xipell: “La peste del azahar” (La pajarita roja. 2017), es un disparate, una astracanada tan inteligente como sus tiras de humor gráfico diarias en el Levante de Castellón. Porque para Joan Montañés Xipell, el humor no tiene sentido si no nos provoca una sonrisa sacástica, de esas que destilan ironía empática con el humorista. 
                La risa es un viento diabólico, es pecado -clamaba fray Jorge de Burgos en “El nombre de la rosa”-. A lo que respondía Guillermo de Baskerville, cómo los santos se valían del humor para ridiculizar a los enemigos de la fe. Incluso fray Guillermo va más lejos en su discusión con el anciano monje benedictino, apelando al segundo libro de la Poética de Aristóteles, como instrumento de la vedad.
                Se preguntarán qué tiene que ver lo anterior con “La peste del azahar”. Pues todo, porque Xipell, desde el humor, en este caso utilizando la palabra escrita como vehículo, se permite el lujo de reírse de tantos tópicos de la sociedad actual, en general, y valenciana en particular, que no puede impedir que la verdad asome por los resquicios de su novela entre el absurdo bufo de sus personajes.  
Una verdad insondable que afecta a la esencia pura de lo que somos: la estupidez y la vanidad.  No importa que los personajes parezcan estar sacados de una parada de bufones: el escritor amanuense de otros, que trata de escribir la gran obra de la literatura valenciana; la miss de medidas esculturales, que se debate entre el deseo que despierta en los otros (ellos y ellas) y su deseo de redimir a los negritos de Africa; la gordita que trata de superar sus kilos de más sacando a pasear una inteligencia sobrecargada de vanidad y envidia por no ser tan deseable como su compañera de adosado y miss; la Molt Honorable, histriónica, que recuerda demasiado a algún personaje real de la vida valenciana; el repartidor que sueña con batir la velocidad del sonido entre el ir y venir de algún reparto, como ya lo hizo su padre; el incompetente líder de la oposición que sueña con desbancar a la Molt Honorable… y toda una galería de personajes menores que en nada desmerecen a los disparatados principales.
Xipell utiliza “La peste del azahar” para desentrañar, a través del humor y del engaño, la verdad de lo majadera que es esta sociedad y quienes la formamos, al igual que Cervantes en su ya famoso “Retablo de las Maravillas”, se mofa de la hipocresía y la falsedad que imperan en su época. Nos tiende una celada, provocándonos a la risa, porque así es más fácil hacernos ver que el mal que provoca la peste del azahar no está sometido a las páginas de su novela, impregnando a toda la sociedad valenciana y quién sabe si española, de sus efectos.  


                 

lunes, 1 de mayo de 2017

El oficio de escritor

                                                                                             Foto: Autor desconocido
Pasó la fiesta del libro, no con mucho boato, todo hay que decirlo, salvo en ciudades como en Barcelona que organizan todo un espectáculo urbano para que la gente se acerque a las historias impresas en un papel, o en las ciudades pequeñas, como Castellón, que ya viene danzando alrededor del libro desde principios de abril con el Encuentro Internacional de Editoriales Independientes, la gran fiesta que organiza la librería Argot el día del libro y, en breve, las ferias que por toda la provincia se ponen en marcha. Por lo demás, habremos visto mucha pasarela de famosos leyendo fragmentos del El Quijote –parece que no hay otro libro publicado en España- y alguna que otra referencia en los medios de comunicación al mercado editorial y aquel o aquella escritora de renombre paseándose por los platós. Es lo que toca en estas fechas, porque más allá de la literatura, escribir se está convirtiendo en un oficio multifacético, es decir, el escritor tiene que ejercer de empleado para todo: tiene que escribir, publicar, firmar, presentar, promocionar (hasta ahí bien), y vender. Esta es la última: la exigencia del mercado del libro para que el escritor se convierta, también, en vendedor de su obra, en comercial de un gran negocio, donde el único que sale perdiendo siempre es él.
                Sin ánimo de ofender a nadie, pues el mundo del libro es una rueda órfica de la que sólo se sale cuando quien escribe se convierte en una figura planetaria y alcanza la purificación en el mundo de las letras. Pero mientras, el escritor es una pieza menor del engranaje, esencial para que este funcione, pero mal cuidada. No son pocos los que se aprovechan del deseo de muchos escritores de ver publicado lo que han escrito, por no decir de todos (el ego tan presente en nuestros comportamientos, necesitaría un artículo aparte en el caso de los escritores): editoriales que exigen pagar la ediciones a los escritores, si quieren ver su obra publicada; librerías a las que sólo les interesa cobrar su porcentaje, contaminándose lo menos posible con quienes tiene el oficio de escribir;  distribuidoras que más parecen chupasangres, para las que el libro es una mercancía más; gobiernos que sólo ven en el escritor un potencial agente de propaganda de su política cultural o alguien que se puede triturar bajo la picadora implacable e inflexible de Hacienda o la Seguridad Social. Toda una panoplia diseñada para que el trabajo del escritor acabe estrellándose contra el muro de los que sólo ven en el libro un negocio.
                Pero volvamos a la situación de los escritores. Una pequeña pincelada de cómo el escritor es, muchas veces, las más, el tonto útil de un sistema demasiado regulado en su contra. Sólo quien se dedica a este oficio sabe muy bien las horas, días, semanas y meses de duro trabajo que tiene escribir un libro. Y se hace no con el ánimo de ser famoso y millonario, eso queda para otras profesiones, sino por amor a la literatura, al arte, en definitiva; a la necesidad de contar historias, plasmar sentimientos o escribir conocimiento. Es un oficio duro, que luego no tiene recompensa, o la tiene muy pequeña. Veamos por qué. Escribir no tiene por qué significar publicar, eso es un criterio muy subjetivo que obedece a las necesidades de las editoriales y su línea editorial. Por ello, aquí no se pretende decir que todo deber ser publicable, porque el escritor, pobrecito, se lo merece. No.  El asunto se centra, en una vez que ha conseguido que una editorial se interese por su obra. Dando por sentado que se trate de una editorial seria que asuma ella los gastos de edición, lo que el escritor se lleva en el reparto del precio final del libro es el 10%, cobrado al menos a un año vista, sin control de lo que se vende, y con el riesgo, últimamente muy extendido, de que la editorial, en ese periodo de tiempo desparezca o, simplemente, no te pague, lo que obliga al escritor a tener que embarcarse en un proceso judicial no deseado, muchas veces por cantidades pequeñas, que al final va a dejar de cobrar.
Eso sin contar que la promoción corre, en demasiados casos, a cargo del escritor, es decir, si tiene que ir a hacer una presentación a la ciudad X, los gastos corren de su bolsillo; o no se planifica un campaña de promoción adecuada, porque  a muchas editoriales pequeñas le vale con la presentación de amiguetes en su ciudad o barrio, para cubrir los gastos de edición, que, por otro lado, es lo único que se van a gastar. Para que les queda claro: el  90% restante se distribuye en la librería, la distribuidora y la editorial, y todos cobran en tiempo y forma.    

                Afortunadamente, no todas las editoriales ni librerías ni otros agentes del mundo literario están hechos de la misma pasta, y hay muchos y muchas que tienen en el libro, además de un negocio, un aliado cultural, un amigo profesional. Gente que se toma en serio su oficio y en la que se puede confiar, que es lo único que le queda al escritor, confiar en que su obra va a ser bien tratada y va a tener la recompensa moral y monetaria que los lectores decidan darle.  Para lo que son muy interesante la ferias, los encuentros literarios y que los medios de comunicación hagan un poco de caso a los escritores, que a fin de cuentas, son los que nos hacen soñar cada vez que abrimos un libro.

Apuntes para un aniversario. Salario y riqueza

Publicado en Levante de Castellón el 3 de noviembre de 2018 Uno de los fundamentos en el que se sostiene una democracia, es el repart...