Diario esférico. 19 de octubre 2016

                       Parece que el centralismo democrático sigue siendo del gusto de los partidos políticos, bueno así es como se llama en los partidos de izquierda a la toma de decisiones por una élite dirigente, al margen de la militancia; en los de derecha, directamente se aplica el ordeno y mando del jefe. Aunque nadie lo quiere reconocer esa es la realidad imperante en una clase de partidos que no acaba de creerse que la democracia es otra cosa, quizá porque le tienen miedo a que si este se impone en el interior de sus estructuras, los que permanecen anclados al poder durante décadas, pueden perder su asiento cuando no hagan bien las cosas. Ustedes me dirán, pero para eso ya está los congresos. ¿Y qué son los congresos de los partidos sino un mercado donde se compran y se venden apoyos, que tiene como resultado que siempre salen ganado los mismos? Porque no nos engañemos, en los congresos, las discusiones políticas son el invitado de piedra; donde se centra el interés, sobre todo el de las élites dirigentes, es en quién va a mandar o no. Es así, y esto lo sabe cualquiera que haya asistido a alguno.
                Veamos los cuatro partidos de ámbito estatal: En el PP, manda Rajoy y punto. En el PSOE, cuando han ensayado un sistema más democrático de elección de sus dirigentes, la vieja guardia, acostumbrada a gobernar durante décadas, se ha revelado y liquidado cualquier esperanza de democratización. En PODEMOS, que parecía ser el mirlo blanco de la democracia interna, hay una élite dirigente, que se empeña y comporta dentro del más rancio centralismo democrático. Y en Ciudadanos lo que se impone es el caudillismo de su líder.
                Así es difícil que el país cambie y adapte sus estructuras políticas a tiempos donde la democracia debería ser un hábito de participación y control de los grupos dirigentes. En definitiva, hay mucho miedo al voto no controlado desde el poder, y por eso, no se van a cambiar las reglas del juego actual, ni en las normas internas de los partidos, ni en las leyes electorales, ni en la participación de la sociedad en política.

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