El oficio de escritor

                                                                                             Foto: Autor desconocido
Pasó la fiesta del libro, no con mucho boato, todo hay que decirlo, salvo en ciudades como en Barcelona que organizan todo un espectáculo urbano para que la gente se acerque a las historias impresas en un papel, o en las ciudades pequeñas, como Castellón, que ya viene danzando alrededor del libro desde principios de abril con el Encuentro Internacional de Editoriales Independientes, la gran fiesta que organiza la librería Argot el día del libro y, en breve, las ferias que por toda la provincia se ponen en marcha. Por lo demás, habremos visto mucha pasarela de famosos leyendo fragmentos del El Quijote –parece que no hay otro libro publicado en España- y alguna que otra referencia en los medios de comunicación al mercado editorial y aquel o aquella escritora de renombre paseándose por los platós. Es lo que toca en estas fechas, porque más allá de la literatura, escribir se está convirtiendo en un oficio multifacético, es decir, el escritor tiene que ejercer de empleado para todo: tiene que escribir, publicar, firmar, presentar, promocionar (hasta ahí bien), y vender. Esta es la última: la exigencia del mercado del libro para que el escritor se convierta, también, en vendedor de su obra, en comercial de un gran negocio, donde el único que sale perdiendo siempre es él.
                Sin ánimo de ofender a nadie, pues el mundo del libro es una rueda órfica de la que sólo se sale cuando quien escribe se convierte en una figura planetaria y alcanza la purificación en el mundo de las letras. Pero mientras, el escritor es una pieza menor del engranaje, esencial para que este funcione, pero mal cuidada. No son pocos los que se aprovechan del deseo de muchos escritores de ver publicado lo que han escrito, por no decir de todos (el ego tan presente en nuestros comportamientos, necesitaría un artículo aparte en el caso de los escritores): editoriales que exigen pagar la ediciones a los escritores, si quieren ver su obra publicada; librerías a las que sólo les interesa cobrar su porcentaje, contaminándose lo menos posible con quienes tiene el oficio de escribir;  distribuidoras que más parecen chupasangres, para las que el libro es una mercancía más; gobiernos que sólo ven en el escritor un potencial agente de propaganda de su política cultural o alguien que se puede triturar bajo la picadora implacable e inflexible de Hacienda o la Seguridad Social. Toda una panoplia diseñada para que el trabajo del escritor acabe estrellándose contra el muro de los que sólo ven en el libro un negocio.
                Pero volvamos a la situación de los escritores. Una pequeña pincelada de cómo el escritor es, muchas veces, las más, el tonto útil de un sistema demasiado regulado en su contra. Sólo quien se dedica a este oficio sabe muy bien las horas, días, semanas y meses de duro trabajo que tiene escribir un libro. Y se hace no con el ánimo de ser famoso y millonario, eso queda para otras profesiones, sino por amor a la literatura, al arte, en definitiva; a la necesidad de contar historias, plasmar sentimientos o escribir conocimiento. Es un oficio duro, que luego no tiene recompensa, o la tiene muy pequeña. Veamos por qué. Escribir no tiene por qué significar publicar, eso es un criterio muy subjetivo que obedece a las necesidades de las editoriales y su línea editorial. Por ello, aquí no se pretende decir que todo deber ser publicable, porque el escritor, pobrecito, se lo merece. No.  El asunto se centra, en una vez que ha conseguido que una editorial se interese por su obra. Dando por sentado que se trate de una editorial seria que asuma ella los gastos de edición, lo que el escritor se lleva en el reparto del precio final del libro es el 10%, cobrado al menos a un año vista, sin control de lo que se vende, y con el riesgo, últimamente muy extendido, de que la editorial, en ese periodo de tiempo desparezca o, simplemente, no te pague, lo que obliga al escritor a tener que embarcarse en un proceso judicial no deseado, muchas veces por cantidades pequeñas, que al final va a dejar de cobrar.
Eso sin contar que la promoción corre, en demasiados casos, a cargo del escritor, es decir, si tiene que ir a hacer una presentación a la ciudad X, los gastos corren de su bolsillo; o no se planifica un campaña de promoción adecuada, porque  a muchas editoriales pequeñas le vale con la presentación de amiguetes en su ciudad o barrio, para cubrir los gastos de edición, que, por otro lado, es lo único que se van a gastar. Para que les queda claro: el  90% restante se distribuye en la librería, la distribuidora y la editorial, y todos cobran en tiempo y forma.    

                Afortunadamente, no todas las editoriales ni librerías ni otros agentes del mundo literario están hechos de la misma pasta, y hay muchos y muchas que tienen en el libro, además de un negocio, un aliado cultural, un amigo profesional. Gente que se toma en serio su oficio y en la que se puede confiar, que es lo único que le queda al escritor, confiar en que su obra va a ser bien tratada y va a tener la recompensa moral y monetaria que los lectores decidan darle.  Para lo que son muy interesante la ferias, los encuentros literarios y que los medios de comunicación hagan un poco de caso a los escritores, que a fin de cuentas, son los que nos hacen soñar cada vez que abrimos un libro.

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