Diario esférico 11 noviembre 2016


Hay días que uno tiene la sensación de estar en batalla con la muerte. No porque te sientas aludido por ella, que eso es cosa que mejor no saber, sino porque desaparecen aquellos que han convivido contigo a lo largo de tu vida, o en una parte de ella.Es como si se desmoronaran a tu alrededor los referentes que te han hecho ser lo que eres, disolviéndose en el vacío que te queda cuando desaparecen. Sentir que tu mundo, el que has conocido, al que has ayudado a construir, con el que te identificas, se desvanece, por el paso implacable del tiempo convertido en señora vestida de negro y guadaña, te deja una sensación de ingravidez líquida, que ya no vas a recuperar nunca.
Hoy Leonard Cohen, el poeta que se metió a trovador, porque la poesía no le daba para comer, y Paco Nieva, el hombre que no revolucionó el teatro, pero que nos enseñó otra maneras de verlo y entenderlo, han desparecido. Cierto que queda su obra, pero eso no me quita la sensación de que nos vamos quedando solos, y de que el mundo, para toda una generación, la mía, era mucho mejor con ellos vivos. La muerte, siempre se lleva lo mejor de nosotros mismos, y lo peor; el recuerdo de una persona es una imagen distorsionada que proyectamos sobre nuestra imaginación, hasta que la borra el olvido. 
Para más regocijo fúnebre, hoy también a muerto Perico Fernández, aquel peso superligero, que en nuestra adolescencia de ídolos secuestrados por el franquismo, nos hizo soñar con que era posible salir del fondo de la sociedad y llegar a la cima, aunque fuera del boxeo. Perico Fernández, a diferencia de Cohen y Nieva, fue un ídolo de papel, de esos de usar y tirar, cuando a quienes le auparon ya no le interesó, y le dejaron caer, en un viaje de vuelta a la miseria. Por eso, quiero rendirle homenaje, aunque no pertenezca a ninguna aristocracia conocida, porque él también pertenece a ese mundo que se desvanece, y sería injusta dejarlo en el olvido.

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