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A su señoría Gabriel Rufián

                                                                                                 Foto: autor desconocido
Publicado el Levante de Castellón el 4 de noviembre de 2016
Sr. Rufián:
                Su intervención de la semana pasada en el Congreso de los Diputados ha levantado muchas ampollas y caras de indignación en la clase política bien pensante de este país, incluida Cataluña. No es de extrañar, pues a muchos les duele que les digan la verdad que ellos tratan de disimular. Tengo que decirle, que comparto algunas razones del fondo de su intervención, pero ya no tanto los modos, que me parecen impropias de un diputado que debe guardar unas mínimas formas de cortesía política hacia sus adversarios. Son las reglas, no escritas, del juego democrático, aquellas que hacen posible que la política no sea un lugar para esgrimir a garrotazos nuestras ideas o nuestros posicionamientos tácticos. Lo demás es matonismo verbal, de ese que los españoles, también los catalanes, estamos tan acostumbrados a hacer gala, ya sea en la barra del bar o con los amiguetes en animada charla privada. Los grandes parlamentarios que ha habido en nuestra historia común, lo han sido porque fueron capaces de saber que la tribuna del Congreso no era un púlpito desde el que arengar a los afines, y siempre expresaron sus ideas bajo la premisa del respeto y las buenas formas parlamentarias.

                Tengo la sensación de que usted se está convirtiendo en un títere de sí mismo, que ni siquiera le hace gracia lo que dice, al igual que aquellos antiguos izquierdistas que no hablaban, sino que dogmatizaban cada vez que lo hacían, eran incapaces de reírse agobiados por su propia fe en la verdad que ellos hacían única e indivisible. Y le tengo que decir una cosa, con todos mis respetos, cuando uno repite en público el mismo lenguaje no verbal, las mismas palabras, aunque con otra semántica, acaba aburriendo y convirtiéndose en un pesado, a no ser que, y esto es todavía peor, sólo se le preste atención para alimentar el morbo que todos llevamos dentro, es decir, se convierta en un histrión de la palabra, al que se le escucha la forma de expresarse y nunca el fondo de lo que dice.   
                El problema, sr. Rufián, es que usted no estaba hablando la semana pasada con los colegas, o en una reunión de su Partido, donde uno se explaya con la mejor verborrea que tiene para descalificar a los otros, que es también una manera de esconder nuestras propias miserias. Porque todos tenemos algo que esconder. Por ejemplo, usted acusa al PSOE de traidores, no le falta razón, si nos atenemos a uno de los significados que a la palabra da la RAE: “Falta que se comete quebrantando la fidelidad o  lealtad que se debe guardar o tener;, está usted en lo cierto, porque el PSOE ha cometido una deslealtad hacia sus votantes en nombre de la “ética de la responsabilidad”, según expresión de su portavoz parlamentario Antonio Hernando, que es como decir que la ética es una veleta que se mueve según la responsabilidad que a cada uno le conviene.
                Como ya le he dicho estoy de acuerdo en el fondo de su denuncia, aunque yo lo llamaría deslealtad hacia sus votantes; la palabra traición tiene unas connotaciones de rancio nacionalismo: “Delito cometido por civil o militar que atenta contra la seguridad de la patria”,  otra vez en definición de la RAE, que no me gusta, y no creo que sea este el caso, pues ningún Partido es una patria, ni siquiera un Estado es una patria, salvo que queramos convertirlo en un templo sacrosanto de adhesiones inquebrantables. Pero claro, usted es un nacionalista convencido, de esos para los que la patria y la bandera están por encima de las personas.      
                Por eso me llama la atención que llame traidores y otras lindezas ofensivas a los diputados del PSOE, cuando usted y su Partido han cometido un acto de “traición” –permítame que utilice sus mismas palabras- hacia los valores de la izquierda en Cataluña, al supeditarlos a un  nacionalismo más propio del siglo XIX, lo que les ha llevado a creer o hacernos creer que con la independencia de Cataluña, los catalanes alcanzarían la arcadia feliz, esa que nos han prometido tantas veces a lo largo de la historia, y que sólo ha servido para que una clase dominante sea sustituida por otra.
                Luego entonces, sr. Rufián, lecciones de ética puede dar pocas, porque el que esté libre de pecado que tira la primera piedra. Más le habría valido denunciar cuáles son las consecuencias que va a tener la abstención del PSOE para la mayoría de la población, incluida la catalana, aunque quizá usted piense que los catalanes, gracias a la hoja de ruta independentista van a estar a salvo de cualquier cosa que suceda en España.

Atentamente.

Comentarios

  1. La "buena" gente tiene una opinión, la prosaica tiene otra.
    Tampoco es bueno tener catalanofobia.
    Usted está haciendo "ingeniería del consentimiento" con el fin de "controlar y regir nuestros sentimientos, de acuerdo a su voluntad, sin que nosotros nos lleguemos a enterar".

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