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Cervantes, el infortunio de un mito

Publicado en Levante de Castellón el 29 de abril de 2016
Tal que hace cuatrocientos años, el día 22 de abril de 1616 murió Miguel de Cervantes, posiblemente de una cirrosis hepática, no porque le diera más de la cuenta al vino o al aguardiente, realmente Cervantes era un gran bebedor de agua, la consumía en grandes cantidades a todas horas, por la sed que le producía la diabetes que tenía, que fue la causa de la cirrosis que le llevó a la muerte. Tenía la edad de sesenta y ocho años y una vida a sus espaldas cargada de infortunios, que le fueron minando la salud, a la vez que su ingenio crecía exponencialmente al deterioro de su estado físico. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que Cervantes fue un perdedor, alguien al que la fortuna nunca sonrió y al que cualquier cosa que emprendía, por un motivo o por otro, le salía mal.
                El 1569, un lance de espada con un tal Antonio de Segura, hizo que tuviera que huir de España para evitar que la justicia le amputara una mano, que era la pena con que se castigaba a quienes hicieran uso de las armas cerca de palacio. Como si de una broma del destino se tratara, embarcado en la flota que gobernaba don Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II, al mando de la Armada Invencible, que derrotó al turco en Lepanto en el año 1571, Cervantes perdió una mano, no sabemos si la que trataba de salvaguardar o la otra. Qué ironía, huir de tu país para que no te corten la mano y volver a él con una inutilizada por una fatal herida de guerra, que le dio el sobrenombre para la historia de El Manco de Lepanto. 
                En 1575, de vuelta a España con importantes credenciales firmadas por don Juan de Austria y el virrey de Nápoles, don Íñigo López de Mendoza, que le abrirían muchas puertas en la Corte, su goleta El Sol es apresada por berberiscos a la altura de Marsella, tras separarse de la flota por culpa de una tormenta. En Argel, al ver las credenciales que lleva, piensan que es un personaje principal y piden un alto rescate por su libertad. Tras cinco años de cautiverio, y el pago de cuatrocientos setenta y cinco ducados, cantidad nada despreciable, es liberado por los padres Trinitarios y vuelve de regreso a España.
                Pero el que nace con la estrella apagada no consigue nunca llegar a encenderla. Así, procurando tener una vida con cierta solvencia económica, que le hiciera salir de la penuria en la que vivía, fue nombrado comisario real de abastos para la Armada Invencible en 1587, lo que le enemistó con la Iglesia por su celo recaudatorio, siendo excomulgado y encarcelado en 1592. No levanta cabeza, y mientras escribe, sobre todo comedias, que le van abriendo un hueco en los cenáculos literarios de la Corte, otros dos sucesos le vuelven a resituar en el camino de sus desdichas. Uno es la irrupción de Lope de Vega, que revoluciona el teatro y eclipsa a todos los autores de comedias, incluido Cervantes, con quien forjó una fructífera enemistad, hasta tal punto que Cervantes sospechó de la mano de Lope en el Quijote de Avellaneda. El caso es que don Miguel vio cómo su carrera de autor de comedias se apagaba, cegada por la luz que Lope irradiaba.
                El otro suceso vino a acontecer, que siendo nombrado recaudador de impuestos, fio todo lo recaudado a un banquero sevillano que quebró, y como él era el responsable de los dineros del rey, volvió a dar con sus huesos en la cárcel, esta vez de Sevilla, en la que permaneció varios meses, y donde el infortunio de un hombre se convirtió en la fortuna de la Humanidad, porque fue entre las rejas de la prisión sevillana donde escribe el comienzo más famoso de novela que haya existido jamás: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”, dando lugar a la invención de la novela moderna y a la obra literaria más famosa de la literatura universal.
                Esa es la ironía de Cervantes, que tras una vida de penurias y adversidades, cuando se libera de su afán por triunfar, escribe la mejor novela de todos los tiempos, la primera y revolucionaria novela que cambiará la manera de escribir y leer las historias de ficción. Y sin embargo, a pesar de que El Quijote, publicado en 1605 en la imprenta de Juan de la Cuesta de la calle Atocha de Madrid, enseguida adquiere una fama popular hasta entonces impensable para una novela  -hay que tener en cuenta que el gran espectáculo de masas era el teatro, precisamente por que el pueblo, el vulgo, no sabía leer-, su peculio no mejoró sustancialmente. Y es que el Quijote corre de boca en boca, une a las gentes en plazas y casas bajo la luz de un candil, a escuchar su lectura, posiblemente por boca de algún licenciado. Más allá de las clases cultas, es decir, la minoría, nadie lee novelas. Las ediciones se sucedieron en castellano, inglés, francés…. En 1616 publica la segunda parte, en contestación a El Quijote de Avellanada, pero antes ha publicado las “Novelas Ejemplares”, en 1613, dando lugar a la creación de la novela corta española.
                Cervantes ya es un mito de la literatura universal y de la cultura española. Ahora celebramos el 400 aniversario de su muerte con profusión de homenajes, actos, conmemoraciones, acercamiento de su obra a los niños, etc.  Todo lo que se haga es poco, en tiempos de penuria para el libro y los escritores. Sin embargo, todavía hay algunos pedantes del esnobismo intelectual que afirman que Cervantes si no fuera por El Quijote habría sido un escritor mediocre.  No se dan cuenta,  o sí, pero tiene que hacerse valer diciendo insensateces, que es precisamente porque escribió El Quijote, por lo que es el más grande escritor de todos los tiempos. 

                Cervantes vivió en busca de un ideal de honestidad y cordura. Por ello creó al orate más cuerdo que haya existido jamás, porque es a través de la locura cuando se dicen las más grande verdades. “Don Quijote soy, y mi profesión la de andante caballería. Son mis leyes, el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿Es eso, de tonto y mentecato?

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