1978 queda muy lejos

                                                                                                  Foto: Autor desconocido
Publicado en Levante de Castellón el 9 de noviembre de 2016
La mañana del 22 de noviembre de 1975 se había levantado luminosa, pero fría; un día típico de otoño en Madrid, con un sol engañoso. Una pequeña multitud se agolpaba en la acera de enfrente al Congreso de los Diputados, por aquel entonces Cortes Españolas, a un lado y a otro de la Carrera de San Jerónimo. Algunos llevaban allí desde primeras horas de la mañana  por motivos diferentes. Con un amigo estadounidense que se llamaba Frank, y estaba en España por intercambio cultural, yo me encontraba situado en la plaza de las Cortes, pues desde allí, mi amigo, que era un bigardo de talla XL norteamericana, quería tirar algunas fotos y a buen seguro que lo consiguió, teniendo en cuenta que sacaba la cabeza a todos los presentes en la plaza.
                La verdad es que siempre me ha gustado asistir a este tipo de acontecimientos históricos, por eso, cuando mi amigo el yankee me propuso que fuéramos, no lo dudé, y allí nos presentamos, convencidos de que estábamos siendo testigos de un acontecimiento que seguro iba a tener un hueco en los libros de historia. A pesar del frío, todo iba según lo previsto: la llegada del príncipe, a punto de ser rey, y su familia, levantó bastante revuelo entre autoridades, policía y público asistente, pitos (aseguro que los hubo) y aplausos. Pero la estrella indiscutible fue otro. Unos minutos antes de la llegada de Juan Carlos, creo recordar, un coche negro, de esos que se utilizaban para la visita de jefes de estado extranjeros, paró unos metros más abajo de la escalinata de entrada al edifico de las Cortes, engalanada para las grandes ocasiones. Del  mismo, rodeado de guardas espaldas, bajó Pinochet y entonces el griterío se hizo ensordecedor: ¡Pinochet! ¡Pinochet!, gritaba gran parte del público asistente, como si quisieran encontrar en él refugio a su frustración por la pérdida de su amado dictador. El chileno, sabedor de las simpatías que despertaba, saludaba feliz, en ese improvisado, pero a todas luces preparado, paseíllo, que sólo tenía por objeto una demonstración de fuerza de los defensores más acérrimos del franquismo, como aviso a navegantes.
                Esa era la España quedaba tras la muerte de Franco. Con un rey nombrado a dedo por el dictador y una sociedad dividida entre quienes lloraban la muerte de su caudillo y quienes anhelaban que esa muerte fuese el final de una feroz dictadura que había durado cuatro décadas, dando paso a la democracia, esa que tomó carta de naturaleza jurídica cuando tres años más tarde se aprobó en referéndum la  Constitución, que cumple ahora treinta y ocho años.
                No fue un camino fácil, sobre todo para la izquierda, que tuvo que hacer muchas renuncias y concesiones a un franquismo descabezado, pero que supo transitar hacia la legalidad democrática, conservando las élites de la dictadura gran parte de sus privilegios. Es posible, que en aquellos años, la Constitución que se aprobó fuese la única posible para embocar al país por la senda de la democracia, eso no lo voy a poner yo aquí en cuestión. Pero no es menos cierto, que se diseñó una democracia muy tutelada por la derecha franquista, de baja calidad y blindada para que el sistema que se ponía en marcha hiciese muy complicado hacerle cambios.
                En los años de la Transición no teníamos perspectiva histórica para darnos cuenta de todo esto y mucho menos, cegados por la idea de poner tierra de por medio con el franquismo. Obviamos poder decidir entre la monarquía impuesta por Franco o la república; aparcamos en la cuneta de la historia el reconocimiento de todos que sufrieron represión y muerte por la dictadura; nos olvidamos de blindar el estado de bienestar en la Constitución, y dejamos que el franquismo impusiera su visión unitaria del Estado, quedando abierta la herida del no reconocimiento de las nacionalidades históricas, con las consecuencias que hoy y a los largo de estos años hemos padecido.
                Son muchas las lagunas que dejó el sistema nacido en 1978 y que la confortabilidad de la élite del país no ha tratado de solucionar. ¿Para qué si a ellos les ha ido bien?  Pero en el siglo XXI, con una sociedad totalmente diferente a la que había cuando el dictador Franco murió, las reformas son urgentes. Y no cambios que sólo supongan una operación cosmética para que todo siga igual; se necesita una revisión profunda, de la que surja una Constitución respetuosa con las cosas buenas de la actual, pero alejada de ese postfranquismo tan vigente en estos años. Hace falta diseñar un país con mayor calidad democrática, mejoras garantías sociales y reconocimiento de derechos incuestionables en un estado de bienestar, que ensanchen los límites de la libertad; un país de igualdad de oportunidades y de género, que posibilite un mejor reparto de la riqueza. En definitiva, una Constitución abierta a toda la sociedad española y a todos los pueblos que la integran, para que nadie se pueda sentir excluido, porque si no se hace así, el país se irá deteriorando poco a poco y caeremos en manos de esos populismos de tufo fascistoide, que están surgiendo en la mayoría de los países occidentales. No me gustaría volver a ver cómo se jalea a un dictador en las calles de nuestras ciudadades.    

                No será fácil, tampoco lo fue hace cuarenta años. Pero es la oportunidad de volver a diseñar una España en la que la gran mayoría nos reconozcamos.   

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