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domingo, 14 de abril de 2024

La peligrosa huída hacia adelante de Israel y EEUU

 


Netanyahu, EEUU y algún que otro país occidental demasiado implicado en su apoyo a Israel, haga lo que haga, sólo tienen una salida al conflicto que está desangrando Palestina, para disimular la vergüenza de asistir a un genocidio con un silencio tan cómplice que da hasta pavor. Y esta escapatoria no es más que una escalada del conflicto que implique a Irán y sus aliados, así de esta manera poder justificar su posición en lo que está sucediendo en Oriente Próximo.

Está claro que Israel ha sido, hasta ahora, el gendarme de EEUU en la zona, frente a los países árabes que las potencias occidentales definen como inductores del terrorismo. Como si hubiera una diferencia muy grande entre el terrorismo islamista que sostiene Irán y el que financia Arabia Saudí. Al final es todo un juego de intereses estratégicos que hacen a algunos malos aceptables y a otros malos satánicos, en un mundo que se desmorona, tal como se lo repartieron las grandes potencias tras la Segunda Guerra Mundial.

El ataque de Israel a la embajada de Irán en Damasco, solo se puede entender en ese contexto de extender la guerra, para encontrar una salida política a Netanyahu, bastante cuestionado en su país y el mundo, que le permita mantenerse en el poder. En cuanto a EEUU, la bajada de popularidad de su presidente, Joe Biden, que está más perdido que nunca al ver que su apoyo al genocidio de Israel en Gaza le resta cada vez más popularidad, necesita, al igual que sus predecesores, atizar el espantajo de un enemigo externo, y quién mejor que Irán. ¿Alguien se puede creer que el ataque israelí a la embajada de Terán en Damasco se hizo sin el consentimiento de Estados Unidos?

Suena así de triste, pero la paz en el mundo depende, en este momento, de la supervivencia política de dos mandatarios, que están vulnerando los valores democráticos para salvar su cargo. Claro, que la alternativa, por lo menos en EEUU, da mucho miedo.

Por eso, ahora más que nunca, debemos apoyar la iniciativa de la ONU, el gobierno de España y otros de la UE, para obligar a Israel y EEUU a parar la guerra genocida y reconocer al Estado Palestino (139 países lo reconocen ya), sin fisuras ideológicas, porque nos va mucho en ello, si esto acaba en un conflicto extendido y global.

Los ciudadanos y ciudadanas de la Unión Europea no podemos permitir que el conflicto vaya a más, y en ese sentido, el reconocimiento del Estado de Palestina, debería ser un elemento de discusión e importancia en las elecciones al Parlamento Europeo de junio. Porque si pensamos que no nos salpicará estaremos muy equivocados, y todas las décadas de desarrollo, convivencia y bienestar, conseguido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, en un corto espacio de tiempo se pueden ir al traste, y seguro que eso no lo queremos ninguno.  

Y mientras el mundo tiene puesta su mirada en el juego de intereses de Israel, EEUU e Irán, el genocidio palestino sigue adelante, pero cada vez se habla menos de él. Este es el éxito de Netanyahu, que por el momento es el gran vencedor de todo este conflicto.

 


miércoles, 26 de enero de 2022

¿Merece el mundo una guerra después de la pandemia?

 



¿Merece el mundo una guerra después de haber pasado una gran pandemia que no solo ha puesto en jaque la economía, sino que, y esto es quizá más importante, ha colocado a sus habitantes al borde de colapso social y sanitario, sumiéndonos en una situación de desconcierto intelectual, moral, psicológico, y espiritual, que está descolocando todos nuestros referentes y provocando una gran crisis de identidad colectiva e individual? Es una pregunta bastante larga y retórica, porque la inmensa mayoría de la población daríamos una única contestación: NO.

Porque lo que ahora necesitamos es un periodo de calma y sosiego, que nos permita pensar y reflexionar hacia dónde queremos ir. No a enzarzarnos en una disputa, casi planetaria, dados los actores que están en liza, de la que ninguno de nosotros va a sacar beneficio, sino más bien desorientación, un sufrimiento mucho mayor que el provocado por la pandemia, miedo, más desigualdad y, por tanto, más pobreza.

Entonces ¿a quién beneficia una hipotética guerra o la amenaza de ella? Es una pregunta que deberíamos hacernos todos y todas, antes de lanzarnos, como ya algunos pretenden, en los brazos de soflamas de patriotismo barato y banderas desplegadas al viento. La verdad es que la nómina de beneficiarios se reduce bastante.

Más allá del oculto interés por desviar la atención a los problemas que están teniendo algunos líderes mundiales en sus países, léase Boris Johnson y Joe Biden, necesitados, urgentemente, de un conflicto quien les haga tapar la mala gestión de sus gobiernos y los escándalos, que se suceden sin solución de continuidad en el caso del dirigente británico, se esconde la necesidad de un reajuste del capitalismo mundial, para que los de siempre sigan acumulando riqueza, aunque sea gracias al sufrimiento que la población, en general, padece en una guerra. Eso sí que es fatiga social y psicológica.

Fíjense ustedes que en los últimos 100 años las dos grandes guerras que ha habido en el mundo han tenido un trasfondo económico, mezclado con soflamas nacionalistas. Y ahora, el reparto geoestratégico del mundo, que surgió de la Segunda Guerra Mundial, se está deshaciendo como un azucarillo, en un sociedad que nada tiene que ver con la de 1940 y unos actores nuevos que reclaman su parte del pastel en el poder mundial y en la economía capitalista.

Ese mundo de capitalismo globalizado se ha buscado un tonto útil, porque tengo la sensación de que Rusia y Ucrania en esto son meras fichas de un puzle que están jugando, principalmente, China y EEUU. En Vladimir Putin han encontrado al sátrapa perfecto con sueños imperiales; al pequeño dictador que sigue levantándose cada mañana con el carnet de la KGB en el bolsillo, de un país, como tantos otros del orden mundial del siglo XX, venido a menos.

No caigamos en tentaciones de un nacionalismo democrático ya trasnochado en el siglo XXI. La democracia se tiene que defender, pero no con un guerra, salvo que se vea en peligro. Pero, me van a permitir que sea un agorero, el peligro actual no está fuera de sus fronteras, sino dentro. El peligro son aquellos que utilizan la democracia como pantalla para seguir manteniendo privilegios, cuando no aumentarlo, ya sean políticos, ricos, religiosos o grandes corporaciones empresariales. Y de estos, desgraciadamente, está el mundo lleno.

¡Por fin!

  ¡Por fin! reza la pancarta que han colgado en Génova los Ppopulares. Después de ocho años reclamando elecciones, deslegitimando al gobiern...