Una nueva tragedia sacude España,
como si hubiera un mal de ojo que nos somete, cada cierto tiempo, al estrés de
la muerte imprevista y la destrucción. Ahora ha tocado, otra vez, al tren y los
viajeros que han sufrido el terrible accidente de Toledo. Vaya por delante mis
condolencias a los familiares de los finados y el deseo de una pronta
recuperación, física y mental, para los heridos.
Sacando de mis adentros al ingeniero
de caminos y experto ferroviario que todos llevamos dentro, me gustaría hacer
alguna reflexión que fuera más allá de la búsqueda inquisitorial de culpables,
que haberlos, haylos, y tendrán que responder por ello. Porque no se trata de
señalar con el dedo o hacer acto de contrición y, después, si te he visto no me
acuerdo.
España tiene un problema desde hace
bastantes años, que va mucho más allá de la seguridad ferroviaria y el deficiente
servicio que padecemos quienes cogemos habitualmente el tren. Hemos crecido demasiado
como sociedad y nadie se ha puesto a planificar ese crecimiento en servicios
públicos, vivienda, transporte, población, economía y/o nuevas tecnologías que
ya han superado nuestra capacidad de adaptación y entendimiento.
La población española y sus
necesidades han aumentado, casi exponencialmente, desde principios de siglo en unos
diez millones de habitantes, que reclaman sanidad, educación, servicios,
movilidad, vivienda, trabajo, cultura y todo lo que una sociedad necesita para funcionar
con bienestar y seguridad. Pero, desgraciadamente, los gobernantes actuales,
todos, incluidos los que puedan venir enfundados en banderas, son muy cortos de
miras, incapaces de planificar nada que vaya más allá de los cuatro años para los
que han sido elegidos, y no les proporcione réditos electorales. España está sobrepasada
por su crecimiento y nadie ha puesto medidas para evitarlo. ¿Qué pasa entonces?
Que los problemas se agolpan, y los accidentes, las tragedias, los conflictos y
desigualdades aumentan.
Un país, para que pueda encarar
el futuro con solvencia necesita dos cosas; dinero y voluntad e inteligencia
política. El dinero se consigue con impuestos, con un sistema fiscal ecuánime y
proporcional a la riqueza de cada uno, capaz de sufragar el funcionamiento del
Estado con equidad, justicia, seguridad y bienestar, y todo esto no es barato. De
la voluntad política ya he hablado más arriba. Y en cuanto a la inteligencia,
no solo hay que pedírsela a los políticos, para que gobiernen con sabiduría y
honestidad; también debemos asumir nosotros, los ciudadanos de a pie, los electores,
qué parte de responsabilidad tenemos al depositar el voto, si lo hacemos
dejándonos llevar por los medios o la propaganda cortoplacista. La inteligencia,
en una democracia, tiene que ser un camino que se retroalimenta entre la clase política
y la ciudadanía.
Dicho todo lo anterior, hoy es un
día triste, un día de duelo por las víctimas, que debería hacernos reflexionar más
allá de la coyuntura provocada por el accidente, sobre qué país y qué sociedad
queremos.

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