jueves, 29 de octubre de 2026

España. Un crecimiento no planificado

 


Una nueva tragedia sacude España, como si hubiera un mal de ojo que nos somete, cada cierto tiempo, al estrés de la muerte imprevista y la destrucción. Ahora ha tocado, otra vez, al tren y los viajeros que han sufrido el terrible accidente de Toledo. Vaya por delante mis condolencias a los familiares de los finados y el deseo de una pronta recuperación, física y mental, para los heridos.

Sacando de mis adentros al ingeniero de caminos y experto ferroviario que todos llevamos dentro, me gustaría hacer alguna reflexión que fuera más allá de la búsqueda inquisitorial de culpables, que haberlos, haylos, y tendrán que responder por ello. Porque no se trata de señalar con el dedo o hacer acto de contrición y, después, si te he visto no me acuerdo.

España tiene un problema desde hace bastantes años, que va mucho más allá de la seguridad ferroviaria y el deficiente servicio que padecemos quienes cogemos habitualmente el tren. Hemos crecido demasiado como sociedad y nadie se ha puesto a planificar ese crecimiento en servicios públicos, vivienda, transporte, población, economía y/o nuevas tecnologías que ya han superado nuestra capacidad de adaptación y entendimiento.

La población española y sus necesidades han aumentado, casi exponencialmente, desde principios de siglo en unos diez millones de habitantes, que reclaman sanidad, educación, servicios, movilidad, vivienda, trabajo, cultura y todo lo que una sociedad necesita para funcionar con bienestar y seguridad. Pero, desgraciadamente, los gobernantes actuales, todos, incluidos los que puedan venir enfundados en banderas, son muy cortos de miras, incapaces de planificar nada que vaya más allá de los cuatro años para los que han sido elegidos, y no les proporcione réditos electorales. España está sobrepasada por su crecimiento y nadie ha puesto medidas para evitarlo. ¿Qué pasa entonces? Que los problemas se agolpan, y los accidentes, las tragedias, los conflictos y desigualdades aumentan.

Un país, para que pueda encarar el futuro con solvencia necesita dos cosas; dinero y voluntad e inteligencia política. El dinero se consigue con impuestos, con un sistema fiscal ecuánime y proporcional a la riqueza de cada uno, capaz de sufragar el funcionamiento del Estado con equidad, justicia, seguridad y bienestar, y todo esto no es barato. De la voluntad política ya he hablado más arriba. Y en cuanto a la inteligencia, no solo hay que pedírsela a los políticos, para que gobiernen con sabiduría y honestidad; también debemos asumir nosotros, los ciudadanos de a pie, los electores, qué parte de responsabilidad tenemos al depositar el voto, si lo hacemos dejándonos llevar por los medios o la propaganda cortoplacista. La inteligencia, en una democracia, tiene que ser un camino que se retroalimenta entre la clase política y la ciudadanía.  

Dicho todo lo anterior, hoy es un día triste, un día de duelo por las víctimas, que debería hacernos reflexionar más allá de la coyuntura provocada por el accidente, sobre qué país y qué sociedad queremos.  

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