Hay un asunto que lleva varios
días dando vueltas por mi cabeza, y es el comportamiento de la policía en las
manifestaciones que se están sucediendo a lo largo del país. Esa mano blanda
con los provocadores de extrema derecha, que contrasta con la dureza con la que
se aplican cuando los manifestantes son de izquierdas o, simplemente, reclaman
derechos fundamentales que se están precipitando por el sumidero de ese
neoliberalismo extremo, que ha contaminado a parte de la clase política y la
sociedad en su conjunto.
Con los primeros porrazos dados,
con bastante saña por parte de algunos policías en la Universidad Complutense
de Madrid (he tenido la tentación de llamarlos “grises”, porque no he podido
evitar el recuerdo de aquellos años de dictadura y postdictadura, cuando los
palos llovían por todos los lados en las manifestaciones), pudimos creer que
eran una anécdota, que se saldaría con las sanciones oportunas por parte del
Ministerio del Interior. Sin embargo, la actuación policial en las
provocaciones fascistas del 12 de octubre en la Puerta del Sol de Madrid, tan
complaciente con tanto joven cantando “El cara al Sol” y profiriendo gritos
fascistas, y la sucesión de golpizas dadas a los docentes de Madrid, o a los
que han protestado contra el fascista Vito Quiles, por cierto, siempre
escoltado por la policía, y Santiago Abascal, provocador ultraderechista nato y
fascista de libro, en varias ciudades españolas, han encendido las alarmas
sobre si la policía, o parte de ella (no olvidemos que hay un par de sindicatos
de ultraderecha en sus filas), se ha apuntado a “el que pueda hacer que haga”
lanzado como una fetua por José María Aznar.
El único que puede parar este
dislate antidemocrático de la policía es el ministerio del Interior, y no lo
está haciendo. Porque no vale con anunciar investigaciones que nunca terminan y
cuando lo hacen es para exculpar o condenar tímidamente a los responsables.
Tienen los números de identificación de los antidisturbios que golpearon con
una saña brutal a pacíficos manifestantes y todavía no sabemos si ha habido
alguna actuación disciplinaria contra ellos. Eso debería ser lo primero e
inmediato (quizá si se hubiera hecho con los golpes de la universidad
madrileña, no se habrían reproducido, días después, con tanta ligereza), luego,
que abran las investigaciones que quieran para destituir a quienes han ordenado
esos comportamientos; una policía democrática no puede comportarse como si
estuviéramos en una dictadura.
Por tanto, si el ministro del
Interior no toma medidas urgentes y visibles para la ciudadanía, debería
presentar la dimisión, o alguien debería cesarle.
Dicho lo anterior, los altercados
de Barcelona son inaceptables en democracia y es necesario que todo el peso de
la Ley caiga sobre los responsables, sean menores o no, y quienes los han
instigado desde el cuarto oscuro de la red. Porque un tufo a provocación de la
extrema derecha, para que parezca que España vive un estado de violencia
alentado por la izquierda, como no han tardado en decir Partido Popular y Vox,
no deja de impregnar el ambiente.

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