jueves, 17 de septiembre de 2026

Lobbies, la corrupción consentida


 

¿Se imaginan que los sindicatos emplearan millones de euros en comprar voluntades políticas, para conseguir que se aprueben o no leyes? ¿Qué dirían todos aquellos y aquellas que están celebrando que el Congreso ha rechazado la ley de regulación de lobbies? La respuesta es fácil: se echarían las manos a la cabeza, ¡¡¡Qué escándalo!!!, dirían, y a la cartera para que los medios afines se lanzaran a la yugular de los dirigentes sindicales. Porque en ese ecosistema de dependencia mutua entre determinados políticos y partidos y los intereses de las grandes empresas, está bien visto que el dinero fluya para doblegar a quienes tienen en su mano la regulación de las actividades económicas, de la manera que mejor saben hacer unos y otros: regando de dinero y privilegios el bolsillo de legisladores y gobiernos; y como no creo en la polarización política equidistante, más a los de la derecha que a los de la izquierda.

La pregunta que deberíamos hacernos en un país de fortaleza democrática, es si es necesario regular los lobbies. Porque quizá, digo solo quizá, lo que habría que hacer es prohibirlos y considerarlos como lo que son: grupos de corrupción política que nunca pensarán en el bien común. De esa manera, algunos de los que han votado en contra de la ley reguladora de los lobbies sabrían que no hay espacios de legalidad para sus corruptelas. Por eso, pienso, que es un error del gobierno haber presentado esa norma de regulación al Congreso, porque es darles carta de naturaleza jurídica, y ya sabemos, que cuando a un corruptor se le da un centímetro de espacio, va a encontrar un corrupto, por muy señoría que sea, para correr por la banda disimulando que es defensa. Habría sido más democrático acabar, legalmente, con esos grupos de presión, que se saltan, billetera en mano o bitcoins, el normal funcionamiento de una democracia. Porque una cosa es presionar y tratar de convencer, y otra pagar para doblegar voluntades. 

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