Con el verano llegaron ellos. Cuerpos esculpidos en
interminables sesiones de gimnasio, en horas de mancuernas, pesas y sudores.
Músculos ahítos de proteína, para que la sobredosis de esfuerzo no acabe
dañándolos. Hombres que se miran y remiran al espejo; que se acicalan con
camisetas de tirantes o mangas cortas a punto de estallar; bien peinados,
cuando no rasurados como un «marine»; en fin, hombres que han hecho de su
masculinidad un escaparate social. Y no está mal que se pongan afeites y
ungüentos, incluso que algunos se perfumen, con colonias abrótano macho o eau
sauvage. Atrás quedan los machos ibéricos de pelo en pecho y cara rasurada; hoy
la barba si es de un par de días, mejor, más varonil.
Masculinidades
modernas del siglo XXI, desgraciadamente intoxicadas por esa autodenominada
machosfera, que está haciendo que muchos hombres, bastantes más de lo que
cabría esperar, piensen, respiren, miren y se comporten como aquellos
personajes de las películas de los años setenta y ochenta, tan maravillosamente
encarnados por José Luis López Vázquez, Toni Leblanc o Alfredo Landa, pero con
más músculo por enseñar. Nuevos machos alfa, que hacen de la misoginia que se
extiende por la manosfera una epidemia de vuelta a las cavernas mentales, y
reniegan, temerosos de perder sus privilegios heredados por un machismo
ancestral que los ha situado en la cúspide de la depredación social, de las
mujeres, si no son seres que Dios ha puesto en la Tierra para servirles en la
cama o en la cocina.
Masculinidades
toxicas que han hecho de los gimnasios sus templos sagrados de oración y culto al
cuerpo, lo de la mente es demasiado woke, y de las redes sociales el caldo de
cultivo perfecto para expandir sus ideas neomachistas, con el fin de imponer,
de nuevo, un mundo de dominación hacia las mujeres, en donde solo brillen los
aceites que hacen relucir sus musculados cuerpos, que lucirán como palmitos
este verano en la playa.

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