Después
del fatal y trágico accidente de trenes en Córdoba, parece que algunos han
descubierto el azar como un fenómeno extraordinario, que nos convierte en vulnerables.
Decía Séneca hace dos mil años, que “verdaderamente el azar tiene mucho
poder sobre nosotros, puesto que si vivimos, es por azar”. Y razón no le
faltaba. ¿Qué somos nosotros, sino el producto de una carrera de espermatozoides,
entre 200 y 400 millones por eyaculación, que tratan de alcanzar el óvulo, que sólo
será fecundado, si hay un poco de suerte, por uno, siempre que el óvulo lo
permita?
Con
estos mimbres el azar no puede ser producto de una casualidad, sino que va ligado
a nuestra existencia en casi todo aquello que hacemos. Unos lo llaman azar y
otros suerte, pero lo cierto, es que, por mucho que nos creamos dueños de
nuestro destino, el azar está siempre ahí, para lo bueno y lo malo. Porque la
suerte no es algo que siempre nos beneficia; existe la buena suerte y la mala
suerte; el azar benefactor o el azar canalla. Usted sale de viaje con el coche
en perfecto estado de revisión, con un día magnífico y, además, es un conductor
prudente, y en el kilómetro 266 se cruza un jabalí, y el coche da dos vueltas
de campana. ¿Dónde está la lógica, para que justo cuando un jabalí cruza la
autovía pase usted con su coche? No la hay, sino que el azar le ha jugado una
mala pasada.
¿Qué
ha sucedido con el accidente de trenes en Adamuz? ¿Acaso no es un azar infame
el que ha provocado que esos dos trenes colisionen? Porque puede haber motivos técnicos
que sean la causa de que el tren Iryo descarrile: la vía, las ruedas del tren, etc.;
la investigación determinará qué ha sucedido. Pero que justo en los segundos
que ese tren está descarrilando pase otro, provocando una colisión con el
resultado terrible que todos conocemos, no sé si comisión de investigación
alguna puede ofrecernos una explicación lógica.
Hace
años un amigo mío estaba de camarero en la inauguración de los nuevos salones
de la urbanización Los Ángeles de San Rafael (Segovia). Me contaba que en un momento,
cuando todos los invitados llenaban los salones, se produjo un gran estruendo y
el suelo se hundió causando 58 muertos. Con el tiempo se pudo saber que las causas
eran una deficiente construcción y un elevado número de invitados, pero yo no
voy a eso. Mi amigo vio como el compañero que tenía a su lado se desplomó con
el suelo y murió. ¿Por qué la muerte se paró justo al llegar a mi lado?, se
preguntaba. La única conclusión que sacó, era que ese día la suerte estaba de
su parte y lo había sonreído, y nunca más creyó que nuestra vida no era
producto de un azar.
Cada
uno de nosotros podríamos poner un ejemplo o muchos de lo que ha supuesto el azar
en nuestras vidas. Pero no nos planteamos que desde que nos levantamos hasta
que nos acostamos, dependemos del fino hilo del azar: cuando cruzamos una calle;
cuando conocemos al amor de nuestra vida en un lugar en el que no deberíamos
haber estado; cuando buscas la suerte y no llega, o a veces sí; cuando llegamos
a un examen y todas las preguntas son justo las que más hemos estudiado o un
terrible dolor de cabeza nos hace suspender después de tantas horas de estudio.
En fin, no acabaría de describir situaciones.
Lo
que nos sucede es, que perteneciendo a la especie humana, nos creemos los
dueños de todo. Nos cuesta asumir que nuestras vidas dependen de un sinsentido
que se llama azar. Pero la realidad es que no controlamos nada y aceptar eso
nos hace demasiado vulnerables ante la existencia. Cierto que podemos rebelarnos,
y negar la mayor, lo que no nos exime de seguir al albur de la suerte, buena o
mala. La falsa percepción de que somos dueños de nuestro destino nos hace
transitar por la vida sin las ataduras que provocan la incertidumbre de que
somos marionetas de no se sabe muy bien qué. Es lo que entendemos por libertad.
Tan necesaria para poder subsistir con dignidad. Y no me refiero a la libertad política
ni de pensamiento ni de acto u omisión, que esa debe ser innegociable. Me
refiero a la libertad que supondría ser los verdaderos dueños de nuestro destino,
sin tener que tentar a la suerte para que lo que somos y valemos tenga su
recompensa.
El azar
es irracional, o por lo menos no se ha descubierto que obedezca a ninguna ley
de la naturaleza y, por ello, hace que nuestra vida sea fascinante,
impredecible y alimentada por una gran dosis de sorpresa, que nos impide caer
en el aburrimiento existencial y la negrura de una existencia plana. Nietzsche
decía que “la irracionalidad de una cosa , no es un argumento contra su
existencia, sino más bien una condición de ella”. Esta idea debe ser el epicentro
que construya nuestra aceptación del azar como algo intrínseco a nosotros
mismos. Para que no caigamos en la desazón de creer que como nuestra vida es una
esclava de la irracionalidad del azar, nada podemos hacer. Porque ni siquiera
la muerte está sujeta a las leyes lógicas de la naturaleza. Morimos cuando el azar
lo decide, ya sea por accidente, por enfermedad o porque un día ya no nos
despertamos. Pero no lo sabemos ni lo podremos saber y eso es lo que hace
grande nuestra existencia: la incógnita del azar. Porque somos el designio del
azar desde que nos conciben hasta que morimos, con toda la vida marcada por
algo que nosotros no controlamos. Y eso nos hace vulnerables ante lo
imprevisible, pero también fuertes y tenaces en nuestro propósito de vivir y avanzar
gracias a la ciencia y la necesidad de buscar razonamientos lógicos al albedrío
del alzar. Vamos, que gracias al azar hemos construido la filosofía, que da
sentido a la existencia, convirtiéndonos en seres racionales, eso sí, al capricho
del azar.

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