Seguramente, lo que voy a escribir en este artículo sea una repetición de cosas que ya he dicho en otros artículos, o lo vengan leyendo o escuchando en los últimos días. No voy a ser original, pero creo que debemos insistir, aun a fuer de ser pesados, hasta que en Europa despierte la conciencia de que nadie va a salvar nuestro modelo de vida, con lo convulso que se ha vuelto el mundo desde que la extrema derecha ha accedido al poder en algunos de los grandes países. Es más, si pueden, desde dentro y desde fuera, van a intentar dinamitarlo.
La construcción de la Unión
Europea es, sin duda, el acontecimiento político más fascinante llevado a cabo
desde el final de la II Guerra Mundial. Y digo esto, porque partiendo de una
reflexión que se realiza en una Europa dividida y enfrentada entre sí desde la
Edad Media, se llega a una conclusión sorprendente, para lo que había sido
Europa hasta ese momento. Si los diferentes países de Europa no se unen en la
paz y la defensa de un modelo de vida democrático, de derechos, libertades y
bienestar, el eufemísticamente llamado Viejo Continente estará muerto, ante Las
nuevas potencias que se estaban repartiendo el mundo. Entendido eso y con un
espíritu europeísta que hoy se tambalea, se firmó el Tratado de Roma en 1957,
que sentó las bases del desarrollo posterior de la UE durante la segunda mitad
del siglo XX y lo que llevamos del XXI. No voy a extenderme mucho en este
asunto y los peligros que acechan al proyecto de la UE, porque ya lo hice en mi
artículo de fecha 18 de febrero de 2025, en este mismo medio.
De lo que me gustaría hablar es
de la importancia que tiene la Unión Europea en el mundo, a pesar de las
fuerzas centrífugas que están surgiendo en su interior y en el exterior, porque
es un modelo de convivencia democrático y de bienestar que resulta un mal
ejemplo para países occidentales, que o se están desviando de la democracia o
la están entendiendo como una china en el zapato, para sus anhelos
expansionistas y ultranacionalistas o, sencillamente, nunca la han llegado a
ejercer. Aunque parece que somos los europeos los únicos que no nos damos
cuenta de ello.
Esa importancia no sólo viene
dada porque la UE es una potencia económica y política, a pesar del empeño de una
parte del liberalismo continental que se ha entusiasmado en deslocalizar la
economía europea, en busca de mayores beneficios. Los principios que rigen la
Unión Europea, basados en los derechos, la paz, la igualdad de oportunidades,
la libertad y el estado de bienestar, a los que se han unido el feminismo, las
políticas medioambientales, el ecologismo o la transición hacia energías
sostenibles y medioambientalmente inocuas, no tiene que ser moneda de cambio de
nada, porque no hay UE sin ellos, y sin UE el empobrecimiento de los europeos
será de consecuencias dramáticas.
Porque nuestro bienestar, como
ciudadanos de un proyecto común y democrático, se fundamenta en la defensa de
todos esos valores; en la conciencia de que todo iría a peor si renunciamos a
ellos, y en que el modelo político actual, a pesar de sus defectos, es el mejor
para todos. Lo que no significa que debamos hacer dejación para mejorarlo. Pero
esto no tiene nada que ver con el populismo neofascista que campa por todo el
continente, que sólo tiene como objetivo la perpetuación de las élites
económicas que se han decantado por apoyar a quienes les aseguran liquidar
derechos de todo tipo: sociales, laborales, sindicales, feministas, etc., con
el único fin de proteger y ensanchar sus intereses de clase.
Sin embargo, nada es gratis. Las
amenazas, porque son varias, que tiene nuestro modelo de vida, sólo se pueden proteger
si los europeos nos movilizamos en su defensa, tomamos conciencia de que no va
a haber nada mejor que lo que tenemos. ¿O acaso estamos dispuestos a perder
nuestras pensiones, la sanidad pública, la educación pública, los programas
sociales de apoyo a los más desfavorecidos, la igualdad de derechos y
oportunidades o el bienestar, en general, que disfrutamos, plácidamente instalados
en una falsa autosuficiencia, entre otras cosas? No lo creo. Por eso hay que
luchar, salir a la calle, como lo han hecho en Roma, en la Piazza del Popolo
(que bonito recuperar el nombre de pueblo, como símbolo de lo que somos: un
pueblo que se necesita a sí mismo para avanzar). Hay que presionar a nuestros
gobiernos, para que se tomen en serio la amenaza que se cierne sobre nuestras
cabezas y para profundizar en la democratización de las instituciones europeas.
Y no se trata sólo de salir a la calle, también los sindicatos deben hacer ver
a los trabajadores y trabajadoras que su bienestar laboral depende de una
Europa social; convencernos de que Europa necesita una política migratoria
abierta y solidaria, porque en la inmigración está el futuro del continente. El
mundo académico e intelectual debe salir de su ensimismamiento para generar
debate; la cultura tiene que tomar la bandera de Europa, porque es lo que más
nos une. En definitiva, ser europeos y sentirnos europeos con orgullo, no por
razones nacionalistas, sino porque nuestro modelo es el mejor y tenemos que
creérnoslo.
Pero en toda esta ecuación no
puede faltar una cosa: la defensa. Hasta hace dos días los europeos nos hemos
comportados como flowers powers, que vivíamos bien a costa de que otros
garantizaban nuestra seguridad. Eso se ha acabado, porque el mundo está
cambiando. Porque el statu quo surgido después de la II Guerra Mundial, por el
cual EEUU se convertía en el gendarme de occidente, para ser la potencia
imperial de medio mundo, que aseguraba a Europa su defensa frente a la Unión
Soviética, se ha terminado. EEUU hoy se está convirtiendo en el país líder de
la extrema derecha, justo la que quiere acabar con el modelo de vida europeo y
su proyecto de unión.
Por tanto, tenemos que asegurar
nuestra defensa en todos los ámbitos: militar, inteligencia, tecnológico e
industrial. Una democracia como la nuestra no puede sobrevivir sin un buen
sistema defensivo, que la asegure de amenazas internas y externas. Y no se
trata de crear un ejército imperial, que se dedique a amenazar al mundo, sino
de diseñar un sistema de defensa único, común para la Unión (que por cierto
sería muchísimo más eficiente y barato que el actual, disperso en varias
decenas de ejércitos), y para eso, hay que rascarse el bolsillo. No me
pregunten cómo, pero hay que rascárselo.
Democracia y seguridad no tienen
por qué ir separados ni deben darse la espalda. Porque de nada serviría que los
europeos nos lanzáramos a luchar por nuestro modelo político y de vida (va todo
junto, en el mismo paquete), si no somos capaces de defenderlo.
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