Dimitir, no es un verbo conjugable

Publicado en Levante de Castellón el 16 de junio de 2017
Aquí nadie dimite. Aquí y allí. No sé qué tiene el poder, que quien lo prueba se pega como una lapa a sus paredes y es capaz de perder la dignidad y el saber estar con tal de seguir bebiendo de ese néctar que les convierte en seres por encima del resto de los mortales. Nos venden su vicio al mando y a los oropeles de los palacios con monsergas de servicio público, de responsabilidad ante la sociedad, como si ellos fuesen imprescindibles para que la sociedad funcione. Ahora se está poniendo de moda la frase “a trabajar”, como excusa cuando la gente les dice que ya no son tan necesarios y les señala el camino de la puerta de salida. El “a trabajar”, “seguimos trabajando” y “ahora toca trabajar más que antes”, es la muletilla de aquellos que pierden el favor mayoritario de la sociedad y no tiene intención de bajarse del sillón. No se enteran, o no quieren enterarse, que lo que queremos es que no sigan trabajando, que si lo han hecho tan mal, que trabajen más significan que lo van a hacer peor. Vamos que da pavor que aquellos que han hecho del poder su modus vivendi, modus subsistendi, nos digan que van a trabajar más. Casi mejor que ganen y trabajen lo justo.
                La primera ministra británica pierde las elecciones y, contra viento y marea, se empecina en seguir mandando en su país. De nada sirve el mensaje que los electores la han enviado, para que haga las maletas y sean otros los que se encarguen de arreglar el desaguisado que ella ha montado. Susana Díaz pierde estrepitosamente las primarias en su Partido; de una manera tan escandalosa que cualquier otra persona con menos apego a las alfombras palaciegas se habría marchado por la puerta de atrás. Pero ella se aferra en su señorío, para hacer justo lo contrario que estaba haciendo, lo que criticaba que le pidiese hacer la oposición. Ahora se ha hecho de izquierdas, digo esto, porque como anuncia desde Sevilla, va a dar un giro hacia la izquierda para evitar seguir cayendo por el despeñadero. Y uno se pregunta: ¿si va a dar un giro a la izquierda, dónde estaba antes?  En Cataluña todos los que quieren seguir aferrados al poder y aumentarlo, si cabe, se convierte, de la mañana a la noche, en independentistas, en una carrera sin frenos hacia el disparate. El ministro de Justicia, reprobado por el Congreso, no dimite porque se siente apoyado por el gobierno. Y el gobierno, con el agua de la corrupción hasta el cuello, sigue trabajando, da miedo que lo hagan,  como única justificación para no moverse de sus poltronas ministeriales.  

                Cambian, se agarran, se transmutan, se vuelven en trileros de la política, serían capaces hasta de hacerse la cirugía estética, con tal de seguir ahí, en la cima, controlando y dirigiendo nuestras vidas, mientras ellos  viven al margen de los derroteros por los que circula la sociedad. Se han convertido en maestros del artificio, en constructores de falsas imágenes públicas en las redes sociales, pagadas muchas de ellas con dinero público, Porque, a fin de cuentas, la erótica del poder es tan grande, que París bien vale un a misa.   

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