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EL RUMOR DEL VERANO. El goce del arte

                                            Imagen: "El árbol residente en la mente humana" de Úrculo
Publicado en Levante de Castellón el 8 de Agosto de 2014
Escrito por González de la Cuesta
El verano aprieta fuera, agostando las calles de piedra arcillosa, de rojizo rodeno y cal blanca envueltas en un halo casi mágico, como de pueblo emergido de un cuento de las Mil y una Noches, por algo su trazado en la parte antigua viene de los tiempos en los que la villa era musulmana, pertenecen al Emirato de Córdoba, ese que Abderramán III convirtió en Califato y en el reino más poderoso de occidente, donde el lujo competía con la ciencia, la poesía y la brutalidad del califa. Pero eso fue hace más de mil años, y hoy el calor aprieta afuera y Vilafamés se resguarda tras los gruesos muros de sus casas. Por las ventanas del Museo de Arte Contemporáneo entra el rumor de las cigarras, como embajadoras campestres de la canícula, pero también entra el sonido silencioso de la placidez rural, que se expande por cada rincón del museo, haciendo que el visitante se encuentre en un mundo onírico, muy lejos del que se está cociendo en el exterior.  
                Las salas se suceden vigiladas por cuadros y esculturas que viven el verano en el fresco que dan sus anchas paredes centenarias, haciendo del palacio que alberga a tanta sabiduría plástica, una buena excusa para abandonar la abulia de la playa y alimentar el espíritu mientras el cuerpo agradece un poco de descanso solar. Porque la materia, tan al uso en el arte contemporáneo, tiene espíritu, como dijo Antoni Tàpies, y de eso, de materia y espíritu está sobrado el Museo de Vilafamés. Un alma que se muestra distinta en cada estación del año, porque el ánima está expuesta a los humores climatológicos, y en verano se muestra abierta a la experiencia onírica, a la sensualidad que provoca la dilatación de los cuerpos y la expansión de la mente hacia lugares ignotos, que nos gustaría sentir.
                Pero el arte contemporáneo no es fácil, ni siquiera en su versión figurativa. ¿Qué trata de transmitirnos Eduardo Úrculo, cuando nos apostamos delante de su impresionante cuadro “El árbol residente en la mente humana”, colgado de una de las paredes del Museo de Vilafamés? ¿Somos capaces de penetrar en ese sueño evanescente de una noche de verano, que Úrculo pinta? Intentarlo es un esfuerzo vano, más vale dejarnos llevar por los sentidos, vivir la experiencia de sentirse atrapados entre los vahos nocturnos que surgen de la pintura. Cuando el visitante veraniego se sitúa ante el monumental cuadro de Traver Calzada “Las Meninas”, creerá que está ante una obra reconocible por su ojo, pero las dudas enseguida le asaltarán, por la originalidad y la actitud transgresora de la pintura.
                Si el calor del estío nos abre los poros a experiencias sensoriales, no intentemos apresar con la razón lo que está lejos de nuestro entendimiento, porque, entonces, nos convertiremos en diletantes que suben y bajan por las escaleras del museo, sin haber tenido ni una sola sensación placentera. Sobre todo cuando nuestro ojo quiere ser el comandante de lo que ve, para analizarlo y comprenderlo, sin dejar que otros sentidos, ese cerebro emocional que llevamos todos en el intestino, de rienda suelta a sus impresiones. Jacobo López, personaje de la novela “Larga tormenta de otoño” descubre el arte abstracto delante de “El Grito” de Antonio Saura, cuando se quita el velo de la razón y puede ver más allá que un lienzo emborronado de grises y negros: “Solo entonces comprendió que la pintura abstracta nos mostraba el alma de la cosas, y que necesitaba una mirada desprendida de la realidad que nos rodea para llegar al fondo de lo que es.”
                Porque si el arte figurativo que cuelga en el Museo nos resulta difícil de entender, el abstracto nos enfrenta a nuestra propia capacidad de tolerancia, esa que hacemos más elástica en verano, por lo que pasear y detenerse en estos días de canícula por las salas de uno de los mejores museos de arte contemporáneo de España, puede resolvernos muchas intransigencias. Si en su viaje veraniego por el museo se detiene ante la poesía de la obra escultórica de Marcelo Díaz, la fuerza de la abstracción expresionista de Manolo Rivera, o las cerámicas sobre tabla de Manuel Safont, entre otras muchas, mire más allá de lo que ve, atraviese el espacio que le separa de la obra y déjese llevar; no trate de comprender, simplemente sienta y recuerde que no tiene porqué gustarle, pero si le atrapa piense que es posible que en otoño ya no le trasmita las mismas sensaciones. Por eso, si paseando por el Museo cualquier tarde de este verano se encuentra atrapado en alguna obra, no tenga prisa en abandonarla, responda a su llamada y disfrute del placer de tenerla ahí, frente a usted, durante unos minutos, porque esa sensación no volverá a repetirse, pero cuando esté tumbado en la playa bajo la luz del Sol y la brisa del mar, sabrá que este verano será inolvidable porque un día se le ocurrió experimentar la sensación de dejarse envolver por un museo pleno de maravillosas obras de arte contemporáneo, y que hubo una que recordará como una acontecimiento sensorial que siempre llevará consigo.

                El Museo de Arte Contemporáneo de Vilafamés es una invitación para vivir una experiencia distinta en cualquier estación del año. Pero en verano, pasear por sus salas con ese maravilloso contraste que se palpa entre la contemporaneidad del arte que habita en ellas, en un espacio centenario de gruesos muros que ya ha trascendido al tiempo, como esos vinos que adquieren un bouquet con el paso de los años, que los diferencia del resto, y en un paisaje que se cuela por los ventanales de singular belleza urbana y rural, es un placer sobrevenido que nadie debería perderse. Volviendo a Tàpies, dijo en una ocasión: Pienso que una obra de arte debería dejar perplejo al espectador, hacerle meditar sobre el sentido de la vida.” Y en un museo como el de Vilafamés, les aseguro que si son receptivos a la perplejidad que produce el arte, sus vidas recordarán siempre ese momento de goce que produce la contemplación una obra de arte.

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